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Full text of "Obras del Lic. D. J. López-Portillo y Rojas [microform]"

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BIBLIOTECA r 

DE . ■■,:.'■; 

AUTORES MEXICANOS 



NOVELISTAS 



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A. iljA. :m:£!]s^oi^i-a. i; 

DEL -< > 

JNSIGNE NOVELISTA ESPAÑOL 

DON JOSÉ M* DE PEREDA, 

mi grande» noble é inolvidable amigo. 

, EU AUTOR. 



Nott.— Don José Mirla de Pettáñ aceptó eo vfda esta deáicato 
ria y estaba dlspaesto á poner prólofo á la aovela; su eafermedad 
primero y sa sentida mnerte aás tarie, le impidieron llevar á cabo 
el intento. 









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LO QUE ES ESTE LIBRO 



Los sucesos narrados aquí, se remontan á épocas 
dramáticas y dolorosas, que parecen ya muy lejanas 
de nosotros, no tanto por el tiempo que de ellas nos 
separa, como por el cambio de rumbo que híh toma- 
do nuestros destinos. Pasan por el fondo del cuadro 
escenas hoy inusitadas: fragor de cañones, estrépito 
de fusilería y gritos de lucha. Agítanse alo lejos per- 
sonajes semibosquejados, ya ceñidos de acero, ya 
crispados por la ira, ya absortos en la contemplación 
de ardientes ideales; y la guerra fratricida, el anhelo 
por la libertad, la invasión extranjera y los últimos 
espamos de nuestros odios políticos, flamean fugaces 
en su lontananza, como antorchas agitadas por ma- 
no invisible. 

Sobre ese fondo de cosas borrosas é indecisas, 
dibújanse con mayor precisión algunas figuras bro- 
tadas de un mundo melancólico, elde la pobreza y la 
caridad; y la acción casi toda se desenvuelve en el se- 
no de un grupo de seres innminados y humildes, cu- 
yas huellas no se conservan en ningunos anales. En 
la mansión de la orfandad y el desamparo, estallan el 
amor, la esperanza, los anhelos gloriosos; y el mi- 
crocosmo palpita de emoción, se retuerce, y goza ó 
sufre, como si fuese una verdadera cosmópolis; así 
sur^e un triple drama formado por las ansias del. co- 
razón, las ilusiones de la mente y las injusticias de 
la vida, y el amor á la gloria resulta tan lastimado en 
algunos corazones, como la justicia y la gratitud en 
otras almas piadosas. 

De todos los conflictos que pueden aparecer en la 
existencia, pocos son tan agudos y desgarradores, 
como los del poeta ó el artista con una sociedad indo- 
lente y aletargada, que aun no ha subido á su nivel 
ni puede comprenderlos. Suelen aparecer en las so- 
ciedades incipientes, almas luminosas que se adelan- 
tan á su época, y han recibido en precoz pentecos- 









VIII 



,í2 



.•^f'5 



,_/ tés, la iniciación y los arrebatos propios de los genios 

^ que forman la gloria de los graneles centros humanos 

y de las grandes épocas; pero esas almas solitarias 
r|í|-' cantan, lloran y luchan inútilmente, porque á su de- 

'^' rredor aun duerme todo, y el espíritu público sólo 

se alimenta de monotonía y de languidez. Enardeci- 
dos por sus propios sentimientos, esos seres prema- 
turos sueñan y trabajan llenos de ardor y esperan- 
za, como si el medio que los cerca les fuese propicio; 
mas pronto se entabla un combate desigual entre 
ellos, ^e aspiran á tanto, y la sociedad contemporá- 
nea, que no los entiende, estima ni galardona. ¿Quién 
puede pintar la amargura de esas luchas impías, en 
que el conjunto, la multitud, la masa, aplasta sin 
saberio ni quererlo, cerebros luminosos y corazones 
encendidos por un fuego sacro? Al fin, el soñador, el 
loco, agotadas las fuerzas en la obscura pugna, cae 
rendido en la areqa regada con su sangre y con sus 
lágrimas, y sus viejos ensueños se evaporan por lo 
azul, y van á tachonar no se sabe qué cielos inacce- 
sibles, mansión del ideal y del suspiro. 

Pero esos esfuerzos no recompensados, no son al 
fin estériles, como no lo son el polen de las anteras, 
ni las semillas de las plantas, que el huracán, las aves 
ó las mariposas arrebatan en su vuelo; quedan como 
susjiensas en el espacio con su virtud reproductora, 
y al cabo de un tiempo más ó menos largo, vuelven 
á la tierra en lluvia fecundante, para producir gene- 
raciones magníficas de flores y de frutos. Nosotros 
venimos de ese pasado confuso, donde todo pareció 
trastornado y perdido, y las brillantes construcciones 
modernas de nuestra patria, que ya atraen las mira- 
das del mundo, han salido de ese caos de tanteos po- 
pulares, deseos indistintos, ambiciones desproporcio- 
nadas y ensayos fracasados. Nuestros triunfos de 
hoy tienen su raíz en aquellas derrotas; somos los 
' hijos afortunados de los mártires de ayer, y nada es 
más justo ni meritorio que depositar sobre la tumba 
de las esperanzas muertas y de las ilusiones marchi- 
tas de nuestros padres, las rosas frescas y olorosas 
de nuestros recuerdos. 

Méjico, septiembre i? de 1908. 



■>''' ^ 



■■':: -.;*- '. .--- ■*^-.> 



Suplico á usted se sirva aceptar este libro 
como una nueva muestra de la cordial es- 
timación que le profeso. Las dolorosas cir- 
cunstancias que cruzo, me han impedido 
hacer de él una revisión esmerada y dete- 
nida; sale, pues á la luz, plagado de defec- 
tos, y reclama y aguarda indulgencia bon- 
dadosa de todos, y muy especialmente de 
parte de usted. Pensé reponer algunas de 
sus páginas, por contener errores de gran 
tamaño, mfos ó de la imprenta, observados 
demasiado tarde; pero los reveses de la 
suerte han venido á impedírmelo. 

A toda prisa he formado una fe de erra- 
tas harto deficiente; pero sobre ella ruego 
á usted se sirva echar un vistazo, para que 
pueda comprender al menos el sentido de 
ciertos pasajes. 

Quedo de usted afmo. servidor y amigo, 
que respetuosamente b. s. m. 

EL AUTOR, 
iléxico, Diciembre de 1909. : -. 



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F»RIMERA PARTE. 



CIS/IS-A.LIIDJLS. 



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■. y ■■ . I. 
V La ciudad luminosa. 






Hay en el corazón de Méjico uma ciu- 
dad marcada con sdlo tan propio de as- 
pecto y carádter, que forma género ajpar- 
te entile las otras de la Unión; esa ciu- 
dad isie llama . Fópoli, y se asienta en um 
vadle árido y polvoriento. Los vallados 
de piedra que costean los caminos que á 
ella conducen, las bardas de adobe que 
limitan sus corrales, los techos que co- 
ronan sus chozas suburbanas, y hasta el ' 
follaje de los árboles y la mezquina ycr- 
bezuela de sus vecinos campos, todo 
cuao.to le atañe y la rodea, muéstrase cu- 
bierto de una espesa capa die polvo. La 
toba pomosa qiue forma su 'Siuelo, seca co- 
mo la ceniza por no tener riachueilos 
que la crucen, ni humedad que la alegre, 
se levanta en capas espesas al soplo de 
ráfagas y to«-bdllittios, formando grises 



t: 



■jt- i - 



coQrtindjes ó columnais isadomónicais, qvx 
se 'despliegan -en el hoirÍ20iHt« ó &e !«- 
vanitají girando en el espacio. Esos ven- 
tarrones de color sucio, vistas de lejos, 
parecen envolver á da población en una' 
nube baja -y gris á cuyo través se dibu- 
jan los contornos vagos y esfumados de 
te, ciudiad; y el caserío disperso por la 
llaniuira, -las torres de ¡los templos y las 
tupidas arboledas que manchan el cua- 
dro de trecho en trecho, traen á la me- 
moria al través del velo que los cubre, ©1 
caos pintoresco de Jas ciudades morunas, 
con sus altos cimborrios, esbeltos mina- 
retes y huertas de granados y Jimoneros. 
Mas esa confusa perspectiva no es más 
que uin engaño óptico, pues una vez 
atravesadas lias puertas de Fópoli, se ve 
una ciudad alegre y risueña, de calles 
rectas y limpias, casas pintadas de colo- 
res vivos y jardines poblados de nasran- 
jos y rosales. Tiempo hubo cm que el ca- 
serío tan elegante ahora y bien dispues- 
to, fué sólo un hacinado de escombros; 
eso pasó en la triste época de niuestraa 
guerras civiles. La ducha fratricida pare- 
ció escoger á Fópoli como teatro de sus 
horrores, pues siempre que los beligeran- 
tes se sentían débiles para pelear á 
campo raso, emcerrábanse en la ciudad, 
cavaban fosos en las calles, "atroneraban 
bardas y paredones, y coronaban con geax- 
te armada Jais torres de las iglesias y las 



principales alturas de la ciudad. Así lo- 
grabaii rechazar los alfaques d-e sus con- 
trarios; pero también, debido á ese sis- 
tema, lloviendo por aquí el fuego de la 
fusilería, arrasándolo todo por allá las 
balas de lois obuses, reventando por acu- 
llá las bombas, y estallando más allá mi- 
nas como volcanes en erupt'.ó-i, llegó á 
quedar hecho una mina el poblado : «des- 
plomados sus techos, mutila* las sus fa^ 
chadais, derruidos sus murailones y vuel- 
tas una eraba sius casas. Pues aun lais fin- 
cas que entonces quedaban en pie, salían 
de la refriega con puertas y cristales per- 
forados ó hechos añicos, con rejas de bal- 
cones y ventanas desencajadas, rotas y 
retorciidats, y con el revestimiento de las 
paredes horribliemenite desconchado y ca- 
carañado por los proyectiles. De allí ha- 
bía nacido que Fópoli ganase fama de- 
heroica y conquisitase notoriedad en la 
República; ¡peno ¡á qué costa! 

Pasó por fortuna aquel período terri- 
ble, y vinieron para la ciudad, como para 
todo el país, días más serenos; y á mer- 
ced de la paz y del bienestar nuevamen- 
te inaugurados, pudo salir el caserío del 
e.^tado desastroso en que se hallaba, re- 
naciendo, como al fénix, de sus propias 
" cenizas. 

Las cualidades de s.ui población, que, 
según fama, son de alto valer,, puédctn 
sólo atribuirse á U luz de su cielo. Por- 






«-l.iie, si la naturakza hace al hoimbre, ¿qué 
huimanidaid debió haber salidio de aqu-el 
paisaj-e árido, triste, infecuaido, sin agua, 
árboles, ni montañas; de aqueilla mono- 
tonía d'Csesperanjte de un auelo oeaiicien- 
to y de una vejetación ruin y 6nfe;rmiza? 
Üina hiurnanidad .enclenque, depirimida, 
ísin imag^^inación, sin arranque, agobiada 
por (la tristeza y por la anemia. Aquella 
tierra, á primera vista, parece haber sido 
destinada para guarida de toiK>s ; y muy 
Jejos de eso, la población que de ahí sur- 
ge, sabe, si es femenina, mirar como las 
gacelias, arrullar como üas paílomas y te- 
jer la felicidad como las hadáis; y si es 
masculina, escalar Jas cimas de Ja cien- 
cia, cultivar las bellas a-rtes y triunfar 
en Jas luchas nobles y viriles de lais le- 
iras ó de las armas. I 

La clave del enigma debe buscanse, 
pues, en la región aerea de Ja ciudad. El 
cieilo, hé £tihí el escenario de todos los 
prodigios que encantan y engrandecen á 
I^ópoli. ¡El cielo! Arcana é impalpable 
extensión, profunda, inmensa, inmiutable, 
recorrida por Jos astros, incendiada por 
el sol, agitada por el huracán, poblada 
de visiones y de sueños ! ¡ Hacia ella con- 
vierten Jos fopolitanos sus ojos, hacia 
ella vuelan sus suspiros, de ahí. se sienten 
venir y á ella desean tornar; piélago su- 
tiJ y misterioso que Jos envuelve, y don- 
de flotan en compañía de los astros ! 



:x. 



•' :i: 



Ningún cielo tan azul como aquel, ni 
como él tan diáfano y profundo ; bello y 
romántico como el de Venecia, y tibio 
y embalsamado como el ide Graoiada. Pe- 
ro, al mismo tiempo, tningiino tam sinies- 
tro como él, cuando entra en cerrazonies 
sombrías y enciende centellas, Jamza ru- 
gidos y desata diluvios como los de las 
primeras edades del mundo. Asi, ese cie- 
[■o incompairabJe míuestna toda la gama de 
la belleza, deside ila risueña del idilio has- 
ta la imponente del cataclismo; y abre 
ante el espíritu pórticos variados é in- 
mensos hacia todos los horizontes. 

Cada una de sus aiuroras es una apo- 
teosis, una fiesta de colores, una «olem- 
iiidad incomparable. Desde que la son- 
risa del alba, tenue y casta, se dibuja en 
el confín, y la aurora con sus dedos de 
rosa abre las puertas del Oriente, y las 
primeras olas de ]a marea luminosa co- 
mienzan á bulllir en la lontananza, has- 
ta que la refulgencia del día estalla sobre 
los picos de los cerros en toda su glo- 
ria; siéntese que algo estupendo, nunca 
visto, como soiñado y divino, flota y se 
diesarroilla por aquellos espacios, cual si 
fuese reflejo de sobrehumanas maravi- 
llas ordenadas y dirigidas más allá del 
firmamento, por ángeles blancos y por 
arcángeles ígneos. Y á la puesta del sol, 
cuando suspira el viento entre las hojas 
y pían los pajarillos en la arboleda, os- 



'*v; 



tenta celajes de exquisita y fantástica 
hermosura. Ora es hornaza de vivida 
lumbre, como meftal fundido en áinfora 
diamaoitina, ora son lagos apacibles de 
rosas disueltas y fluidas, donde boga la 
barquilla de la melancolía y del ensue- 
ño. Un tumulto de nubes de extrañas 
formáis, dibuja sobre el fondo incendia- 
do, en cambiantes siluetas, poesías y fan- 
tasías dtesboridadais : ya gigantescas serra- 
nías de crestas ciclópeas, el Ararat, el 
Himalaya, el Sinaí, vestidos de solemni- 
dad y con cabellera de rayos, ó ciudades 
portentosas construidas de bloques enor- 
me®, con casas y palacios como monta- 
ñas; tal vez Tebas con sus templos co- 
losales, ó M^enfis con sus Pirámides y 
Esflngeis, ó Luxor con sus columnatas y 
obeliscois; ya el mundo del prodigio vo- 
lando por los aires : hipogrifos de alas 
refuilgentes, serpientes voladioras de esca- 
mas luminosas y miadusas de cabellera 
tempesitiuosa lanzando al eispacio mira- 
das de fuego; ó bien el oro del Rhin vo- 
lando por la atmósfera, y Lohengrin na 
vegando por el zafir sobre albo cisne, y 
Angélica corriendo en pos de Medoro, y 
Rollando en pos de Angélica : toda la ins- 
piración de Wagner y del Ariosto ilus- 
trada ipor el crepúsculo con pinceladas 
de luz y sombra. 

Aquella ftasita de colares, aquellos ce- 
lajes», aquella claridad, han hecho á -la 



ciudad; de ahí su nombre, que quiere de 
cir: ciudad de luz. 



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11. 

E!l Aguacero. 

A'lgo más quie mediaba el siglo XIX y 
era el oscuirecer die una tafde de agosto. 
Habia hecho en FópoH un calor de hor- 
no por la mañana, y nada habia indicado 
hasta las doce que hubiese de llover an- 
tes de mucho, pues limpio y sereno se 
había ostentado el cielo, no habia sopla- 
do ni una ráfaga die viento, y árbol-es, 
plantas y flores habían languidecido en 
medio idel bqchomo gieneral; pero al Ite- 
gair el (sol al .meridiano, y cuando alcan- 
zó la temperatura su punto más alto, apa- 
recieron de súbito aÜá á do lejos, en el 
Mamígero oriente, los bordes plomizos 
y oblongos ide Jas primaras nubes, y no 
tardaron en levantarse en el confín, glan- 
des y oscuros cúmujlos, semejantes á ne- 
gras monitañas, en pos de los cuades, apa- 
recieron otros y otros deJ mismo aspec- 
to, que fueron llenando y oscureciendo el 
espacio. I>e pironto rasgó el viento sus 
viejos odres y recorrió furioso las calles 
V plazas, isilbanido con rabia al chocar 
con árboles y mu¡ros, cerrando con es- 






r^s, 



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8 



' 



t repito ipuertas y ventanas y haciendo pe- 
dazos los cristales; y simultáneamente 
con aquellos aullidos y con aquella lo- 
cura, se difundieron por el ambiente va- 
pores húmedos y olor de tierra mojaida, 
que venían de lo lejos. El hosco seno de 
ios cúmuilos se incendió con llamarajdas 
de relámpagos, retumbó el trueno á 
distancia, y una lluvia torrencial se des- 
prendió de los pleitóricos nubarrones, so- 
bre valles, lomas y (laderas. 

Antes de la llegada de las falanges 
más cerradas y cargaidas de electricidad, 
se ipresentaron batidas más ligeras y su- 
tiles, como cuerpos volantes, que inter- 
poniénldose entre la ciudad y el sol, sólo 
permitían el paso á una claridad triste 

' y mortecina. A poco cayeron las prime- 
ras gotas ide lluvia, raras, grandes y re- 
dondas; las cuales, no bien puestas en 
contacto con el ardiente suelo, fueron 
absorbidas por él, sin dejar ej menor 
rastro. Hízose luego más y más revuel- 
to y enmarañado el tumulto de la tem- 
pestad ; sucediéronse unas á otras, y á ca- . 

'da instante más próximas, las descargas 
e'éctricas, fué cerrándose más y más la 
lobreguez circundanite, convirtióse el 
viento en huracán, y fueron haciiéndose 
los relámpagos á cada momento más vi- 
vos é incesaintes. Hubiérase dicho que 
era aquello el avance de un ejército ene- 
migo, que descargaba sobre Fópoli siu.s 



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obuses y ametralladoras; hasta que un 
cnortme estampido, como el de un cañón 
de diez y siete pulgadas que parecía ha- 
ber tomado posiciones /dentro de la po- 
blación, anunció que la tempestad había 
lilegado de veras, A la voz idte aquel true- 
no, dio priincipia de golpe la iusilería 
de una lluvia estrepitosa, de gruesos y 
pesados chorros, como si un inmenso de- 
pósito de agua hubiese sido volcado 60- 
bie la ciudad. Por las desiertas «cailles, 
de cerradas casas, «lo se oía más que el 
fragor del chaparrón azotando techos y 
paredes, ó el rumor de las cauílalosas y 
lápidas corrientes, que iban huyendo de 
ios sitios elevados para precipitarse en 
el cauce del menguado río que divide la 
cuidad. Así continuó lloviendo desde la 
hora de la siesta hasta la noche, como si 
se iniciara un nuevo diluvio, pues ciuain- 
do parecía que la tormenta comenzaba á 
ceder, llegabain del orienite, en alas de 
viento imipetuoso, nuevos refuerzos de 
cumulas cargaJdos de electricidad ira- 
c Linda y resonante; y se renovaba el bom- 
bardeo con iniueva furia, y otra vez se di- 
fundía por el firmamento el incendio de 
": . s relámpagos. 

* * ♦ 

Elevase al oriente de Fópoli un vasto 
Hospicio para pobres, cuyo fuindador fué 
el santo Obispo don Juan Ruiz de Caba- 
nas. 



f.T-^-V.- 'V^ 



Una c^ulle costeadai por verdes y co- 
pudos naranjos, siempre ciu>ajado$ <die 
azahar, conlduce á ila stuave emimencia so- 
bie la cuai se ostenta el pallado. De- 
trás de un pórtico de ordien dórico co- - 
roñado por un sencillo timpano de so- 
ebrias lineas, se kvaaita la airosa cúpula 
oe la capil'la; y como reámate die toda la 
conistruoción, se destaca «obre el tem- 
plete de la esbelta linternilla, la blan'ca 
estatua die la Caridad, reina y señora del 
sagraido recin>to. , 

Así dispuesta y coronada la fábrica,, 
cierra la calle con felicísimo efecto óp- 
tico, y ofrece una perspeotiva imponen- 
te, debido á la estrechez de la vía, que 
enfoca la vista del observador hacia aiquel 
punto abjetivo, único y «tlevado dea ho- 
rizonite. 

Poco después de que el santo pastor 
fundador de la obra, la hubo levarntado 
como por (milagro (á ¡expensas de su pe- 
oulto particular y con el óbolo (de los fie- 
les), puso la institución en manos de las 
hermanas de la Caridad. A la cabeza de 
aquel grupo de heroínas, hallábase por 
el tiempo á que alude esta narración, sor 
Ignacia Oses, hija de la Navarra espa- 
rcía; mujer superior por sms prendas y 
virtudes, que sabía sin esfuerzo ni medi- 
das extremas, mantemier el orden y la har- 
monía en aquella babilonia, que contaba 
cerca de dos mil habitamfes. 



II 

Uno de los prodigios realizados por 
sor Ignacia en el -gobierno de aquel es- 
tablecimiento, era la atinaida administra- 
ción de sus fondos, pues aunque el Obis- 
po y el Gobernador le ayuidaban con al- 
gunos subsidios, tales recursos «ran 
eventuales y notoriamente insuficientes. 
Por otra parte, llevada die su buen co- 
razón, no tenía tasa para recibir asila- 
dos, y había llegado á atestar de tal suer- 
te con ellos el edificio, que no habifi apo- 
senito, rincón ni desván que no rebosase 
de gente. De allí la constante necesidad 
en que se veía de resolver el arduo pro- 
blema de cómo alimentar y vestir á 
aqueíla multitud; era su eterno tormen- 
to y su idea fija. Aquella preocupación 
la traía absorta y discursiva por el día, 
y con frecuencia no le permitía cerrar 

los ojos por la noche. 

Cierto que había almas caritativas que 
solían sacarla de apuros; piadosas seño- 
ras que le enviaban reguílares sumas de 
dinero, hacendados que la obsequiaban 
con azúcares y semillas, y comerciantes 
que le regalaban jabón, cobertores y gé- 
neros de lana' y algodón ; mas con eso 
y todo, andaba siempre á la cuarta pre- 
gunta, devanándose los sesos con la con- 
goja de lo que haría para conseguir el 
gasto del día siguiente y salvar Tas di- 
fiouítades crecientes de la situación. El 
Hospicio, no obstanite, caminaba de pe-r- 



'■:■' I- 



12 

las, pues los pobres de nada carecían y 
la población ée los asilados iba crecien- 
do á ojos vistas. ¿Cómo explicar el fe- 
nómeno? La ciudad, entre bromista y 
seria, opinaba que aquello no podía ser 
sino mediante la Tiep^tición del milagro 
de los cinco pames. El hecho era que la 
superiora hacía comer á tres donde co- - 
mían dos, á cuatro donde comían tres, 
y así sucesivamente, hasta llegar á una 
cifra fantástica. Y lo peor del caso era 
que sop Ignajcia era tanto más impreviso- 
ra é incorregible cuanto que no se que- 
ría corregir. Si se le presentaba un an- 
ciano encorvado, de trémulas piernas y 
voz desfallecida, ó una doncella desam- 
parada, perseguida tal vez por libertinos 
y en peligro de caer, ó un huérfano que 
entregado á sí mismo, podría morirse 
de hambre sobre el empedrado, ¿qué otra 
cosa le quedaba que hacer, sino abrir las 
puertas del establecimiento para que en 
él Sie guareciesen aquellos seres débiles 
y miserables? Ella les franqueaba la en- 
tarda en el asilo, que era cuanto podía 
liacer, y lo demás lo dejaba á la volun- 
tad de Dios. i . 

En medio de tantos apuros y escase- 
ces, ni siquiera perdía de vista la buena 
madre el cuidado de la parte material del 
establecimiento, pues la atendía, repara- 
ba y ornaba más allá de cuanto parecía 
humanamente posible. Apenas debilita- 



:^^..^-'^, 



^3 

íla algu-na viga ó ligeramente cuart^eado 
algún muro, acudía pronto al remedio, 
y hasta dolíase de que s€ desportillasen 
las esquinas ó se desconchasen ó raspa- 
sen los revestimientos de las paredes, 
con motivo de mudanza de niuel)les ó 
retozo de rapaces; y cuidaba de que na- 
da se roimpie&e, malitrataisie ni deslus- 
trase, en medio del barullo v de la con- 
fusión de aquella mar humana. Y hacía 
pintar y bruñir á cada momento cuanto 
se iba poniendo viejo y feo, para que tu- 
viese aspedto nluevo y hermoso; y po- 
blaba los patios de arbolillos recortados 
y frescos y olorosas jardines, para recreo 
ce los ojos y el espíritu de su doliente 

familia. 

Un aseo nimio y escrupuloso se vela 
por donde quiera: obligaba á asilados y 
sirvientes á tener siempre bairridos y bri- 
IJantets los Siuelos, que eran de rojos la- 
drillos, y la batería de la cocina como 
de plata, bruñida con tiza, y los manteles 
del refectorio albeando ide blancos, y los 
dormitorios con colchas inmaculadas, y 
tan plamchadas é intactas, como si no 
tuviesen wso, y fuesen de mero apara- 
to pa)ra deslumhrar á las visitáis. 

PoT aquellos días, precisamente, anda- 
ba sor Ignacia ocupada en reparar la 
pmturas murales, y como el aguacero de 
la tande había sorprendido á los artistas 
de brocha gorda en lo más empeñado de 

Precursores— 2 



la fiaena, no es para dicha la congoja qu« 
sin.tió al darse cueoíLa ée los estragos 
<iue la lluvia había hecho ©n las tintas 
briillantes y frescas. Mucho k preocupó 
también la inuindación de los aposen- 
tos, pues fué tan graíide la cantidad de 
agua que cayó por los patios, que, reba- 
sando umbrales y escalinatas, se deslizó 
é introdujo por doflide quiera, cubriendo 
de sucio barro la refulgente superficie de 
los bruñidos pisos. Aquel accidente dio 
nioti'vo á un tragín descomuinal, pues las 
asiladas dirigidas por las religiosas, iw 
dieron paz á ,1a mano durante largas ho- 
ras, xecogiendio el agua de la inunda- 
ción en barreños y sartenes, ó bien en- 
jugándola con esponjas y grandes piezas 
de jerga. Fué preciso también contener 
el estrago ide las goteras abiertas en los 
techos y retirar los roperos de las pare- 
des, amontonar sillas en medio de las 
piezas, cambiar de sitio .las camas y po- 
ner cántaros y baldes en sitios conve- 
nienites para recibir el agua escuirridiza. 
La noche llegó en medio de aquella fa- 
tiga y de aquella gresca, que mucho di- 
vertía á las asiladas, pues cualquier mo- 
vedad es motivo de alborozo para las al- 
mas red usas. 

Serían rx>mo las ocho auando sonó 
com gran repique la campana de la puer- 
ta prin.cipal, cuyo cordón, tirado desde 
afuera, hizo vibrar la flexible lámina de 



•f??S?V 



15 

hierro que, en retorcida espiral, servía 
oc sostén al sonoro imsitrumento. Como 
la portera, Estéfana, se hallaba ocupada 
también en auxiliar á las Hermanas en 
si^s trabajos de drenaje, sonó varias ve- 
ces y á cada momiento con más fuerza 
la campanilla, antes qué nadie acudiese 
al llamado. 
-Al fin lo hizo la buena anciana. 

— Santas y buenas noches, dijo al aibrir 
el (postigo. 

— ^Buenas las tenga usted, contestó una 
fresca voz de mu'jer desde d- otro Tad-o 
del um,bral. 

— ¿Qué se ofrece á Jla señora? conti- 
nuó Estéfana. Si quiere ver á aflgiina 
persona de aquí, debo recordarle que ya 
sonaron las ocho y que de esa hora en 
a-delante entra en silencio y recogimieíi> 
te la casa. 

— No, repuso la voz, «que pareció un 
tamto insegura ; no vengo á eso. 

— Bues, ¿á qué? 

—A traer esto, repuso. 

Un vivo relámpago iluminó á la knter- 
locutora: era de dase media é iba en- 
vuelta en twi chai obscuro; llevaba en 
brazos un bulto cuidadosamente tapaido, 
y al pronunciar las últimas palabras, lo 
adelanitó con ambas manos hacia "EsAé- 
íana. 

— ^¿Qué es esto? pregiuñtó la poft«ra 
sorprendida. 



«L,^,.: K " ; • ' ' - 



i6 . 

— Tome uatod, insistió la mujer. 
— ¿Peno qué es? interrogó otra vez 
Es-téfana. , 

— Tomie y lo sabrá. 
La portera aideJaintó maquinalmente 
las imanos y aai^ el objeto que se le pre- 
sentaba; y niíuy luego, á la escasa luz 
ilel farol que ardía en mitad del portal, 
pudo darse cuenta de lo que era. 

— ¡Un niño! exclamó. No, de ninguna 
mamiera, .lléveselo usted; no lo puedo' re- 
cibir, sor Ignaciia me lo tha prohibido. 
Hay diemasiados en la Cuna y no pode- 
ncos hacernos cargo de tantos. ¡ Ea, se- 
ñora! ¿No oye? ¡Tómelo, lléveselo! 

Y diciendo así, la buena de Estéfana, 
uniendo la acción á la palabra, traspasó 
fi umbral de la puterta em seguimiento 
de Ja desconocidia, y sailió con paso preci- 
pitado hasta el pórtico ; pero ¡ que si quie- 
res ! La miujer se hizo Ja sorda, y, ape- 
nas .puesto el niño en brazos de la por- 
tera, apretó á correr como si la siguie- 
sen los lamceros, y sin temor al viento 
-ni á la lluvia, y metiéndosie en baches y 
coirrientes, se alejó por la calle á paso 
precipitado. Estéfana la siguió hasta la 
gradería ; pero de allí no pasó, porque 
no quería ni podía ir más lejos. Así que, 
contentándose con hacer algunos adema- 
rías inútiles, como de ofreoer á la Ciia- 
tura á aJgiiien hacia adelante y en ía 



síT' j;ií^»?;'S~- v^^-;- 



obscíuiridad, prorrumpió en aUas voces 
dvcienúo : 

— ¡Señora, señora; llévese á su n'ño! 
i señora ! 

Esperó un poco, como si aun tuvie 
se esperanza de convencer á la fugiti- 
va de que aquie'Uo no podía ser; p5i'.>, al 
ver que Ja silueita se alejaba más y más 
é iba confundiéndose con la sombra, «=0 
dio al fin por vencida, y volviendo atrás, 
cerró la puenta y se internó por el IIc^- 
iplcio. 



III. 
Matute. 



Fué en derechura al aposento ion de 
s-e encontraiba sor Igmacia, ri€vand«> cu 
brazos á la criatura, que iba^ proíunda- 
niente dormida. La superiora apenas vio 
á Estéfana sobrecargada de aquel modo, 
sospechó una mala jugada. 

— ¿Qiué es eso, Eíatéfana? ¿qué e¿ lo 
que traes por ahí? preguntó con alarma. 

— Un niño, señora, contestó la portera 
compungida. 

— i Cómo un niño ! ¿ No ite tengo ondie- 
nado que no los recibas? 

— Seño'rar no lo he recibido. 



A^:*'- 



i8 



> 



— ^¿Cómo no, y le traes en brazos? 

— Ha sido un en^gaño: me lo han deja- 
do con aFtiñcio. 

— ¡A otro perro con osie hueso! 

— ^Va usitcid á oído. 

Quieras que no, tu-vo que escuchar la 
su.periora e^l relato puntual y mmucioso 
dio lo que acababa die pasar; y mal die su ^ 
grado y obedeciendo tós impulsos d« su 
generoso corazón, fué mudiando de pa- 
recer á medida también que fué impo- 
niéndose de lo ocurrido. 

— Siendo así, repuso resignadamient* 
erando hufbo conduldio la narración, 
¡qué se ha de hacer! No hemos de arro- 
jar á tesa criartura al arroyo. Tranquilí- 
zate, pues, muj-er, no es tuya la culpa; 
son cosas que Dios /dispoine. 

El diálogo había llamado la atención 
de las circunstantes, que habían forma- 
do corro en derredor. En el grupo se en- 
contraba sor Marcelina, la hermana en- 
(cargada de la Cuna; era joven, de cutis 
blanco y isonrosaido, ojos garzos, labios 
fíeseos y dentadura de nácar. La blan- 
ca corneta qiue llevaba en 'la cabeza, le 
sentaba á maravilla, y eJ traje de reli- . 
giosa que le ceñía el flexible talle, daba 
mayor realce á su hermosura. Había si- ; 
do escogida para cuidar recién nacidots, 
por su .reconocida afición á los niños: 
era urna gloria verla acariciándolos, dán- 
doles el biberón y vistiéndoles los paña- 



les, con a<qu'ellas finas y suaves manos 
■d*? tnieve y rosas. Por de contado que 
fué 'tflila la primera em t ornar en brazos 
á la criatura. 

—¡Qué niña más preciosa! exclamó en 
el colmo del entusiasmo, poniéndole sua- 
vemente el índice sobre la barbilla, 

— Niño, quie no niña, dijo Bstófasia. 

— No, repíioó sor Marceilina, niña y 
muy niña. ¿No ve usted los finos arillos 
óe oro que lleva «n las orejas? 

A la luz die los veJonies de sebo que 
aproximaron las asiladas, apareció á 'los 
ojos de todas, un angelito sonrosado, 
rubio, de boca de fresa y lozjanos y ro- 
llizos mofletes, cuya cabeza iba resguar- 
dada por una blanca y vaporosa cofia 
adornada con delicados encajes, y cuyo 
delica/do cuerpecito iba envuelto en fi- 
nos pañailies y jo3rant€ mantiil'la de seida. 

— Veamos ahora si podemos averiguar 
cómo se llama, continuó sor Marcelina 
con curiosidad. 

Y buscando sobre la criatura algún 
iiidicio, icabó, í fuerza le levantar :u- 
les y gasas, por d-escubrir colgado del pe- 
cho, un hermoso relicario de oro, en cu- 
yo interior, cuidiadosam.ente doblado, se 
escondía un fragmento de paipd, donde 
se veían escritas con letra de mujer, es- 
tas palabras : 

"No está bautizada. — 'Se llamará Ber- 
ta." 



20 

. — ¡ Preciosa, preciosísima ! repitió sor 
Marcelina; no Je irá mal el nombre. 

— Para sor Maroelina todos los niños 
son qüerubinies, observó sor Ignacia. 

— No todos, replicó 'la aludida; pero 
Cita niña «í que lo es: ila más bonita de 
cuantas han llegado á la dasa, y si no, 
que lo digan todais. 

Y Levantando 'Cn alto á Ja criatura, la 
mostró con aire de triunfo. 

— ¡De veras! exdamó una voz. ! 

— 'j Y tan saniita ! dijo otra. ! 

— j Miren qué hoyruieilos ee Le hacen á 
los laidos de la boca! saJtó Ja ée más 
aJiá. 

— Y es decente y iprdncipal, hubo quien 
observase. 

— Eso sí, aprobó ¡sor Ignacia. Esta ni- 
ña no es india, ni hija de cocinera; es 
áe bu-ena naza y familia. 

— ^j Quién sabe qué misterio habrá en 
€5.1 o! penisó sor M are dina. 

Y se imaginó una historia de amor' 
desgraciado, la» calda de alguna joven 
honesta, Ja vergüenza de la falta, la ne- 
cesidad de ocUfltarla, y Ja resolución de 
apelar á aquel doloroso extremo para 

*. conciliar la vida die la criatura con la 
aparente honra de la rnaidre. Para dis- 
traerse de aqUi©llos p.onsamiefn'tos, pre- 
guntó en voz ailta: 
— iQivé edad (podrá tender? 






— Mes y medio ó dos, á lo más, repu- 
«^o una de las presenten. 

— No puede pasar die dos, 'declaró sor 
Ignacia. 

En esto la miña, asustada sin duda pol- 
las voces y las luces, comenzó á hucer 
puchieros y á poco rompió á llorar con 
lodos sus pulmones. 

— .¡Y qué pecho tiene! exclamó sor 
ílarcelina oelebrándole la gracia. 

— Ha de tener hambre, observó una 
<ie lais asiladas. 

La reflexión puso seria á sor Igna- 
cia. 

— Y ¿qué haícemas ahora para alimen- 
tarla ? interrogó. 

— Muy sencillo; illevarla á la sala de 
(."una y entregarla á una nodiriza, repiuiso 
sor Marcelina. 

— ^¿Pero á cuál? insistió Ja superiora. 
No hay ninguna disponible. 

— Eso corre de mi cuenta. 

— ¿Pero qué va usted á hacer, sor? 

— Yo me lo sé. Atilana tiene leche de 
tíobra ; su niño no basta para agotársela. 
.\ veces se queja die dolores y grietas en 
el seno por falta de apetito del niño, y 
hay necesidad de extraerle la leche con 
paños cailientes : sería capaz de criar á 
la vez tres ó cuatro criaturas, 

— No puede ser, replicó sor Ignacia; 
stría sacrificar á esa pobre mujer. 

— Le sobran las fuerzas y la salud, 



V---.T, -j-f:, f.^T^^c » i^, -j^-vg^^ .-y . -jf 



82 



insistió sor MaTcelina; va usted á ver- 
lo I 

— En fin, se hará así por ahora, repu- 
so sor Ignacia, puiesto que mo hay otro 
í.em'e<iio. 

Satisfecha de su triunfo, se dispoinla 
«sor Maroelina á salir did dormitorio, 
cuando la detuvo sor Iginacia. 

— Hay otra dificuiltad, k dijo, ¿Dón- 
de la acostaremos? 

— ^En efecto, balbuceó sor Maroeilina, 
no tenemos más que las cunas in-diispen- 
sables .... Ya le improvisaremos una ca- 
mita. 

En esto sonó de nuevo la campanilla. 

— ¡ Otra ! dijo Estéfana con enfado ; pa- 
rece que se han propuesto líos ma'los es- 
píritus no dejarnos en paz esta noche. 

— ¡ Tilín ! ¡ Tiilín ! volvió á gritar la 
campana. 

— ¡ Y parece que les urge ! observó sor 
Jgnaciía. ¡Cosa rara! ¡A estas horas! 

— ¿Nos hacemos las sordas? insinuó 
Estéfana. 

Un nu€vo y prolongado repique dio la 
réplica á la portera. i 

— No, dijo sor Ignacia, no sería posiible 
íoikrar esa molestia toda la noche. Anda, 
Estéfana, corre para que sepamos lo que 
es y quedemos en paz. 

No hubo más remedio, acudió Esté- 
fana á la portería ; pero iba gritando con 
", oz enf adiada : 



' ^--^^&Tty^^ '-í?-v\;íy ry~ ,*'-^^' 



—¡Ya!.. ¡Ya!... ¡Van!... ¡Van!.... 

La última exclamación la lanzó aü 
abrir el postiigo y en las narices mismas 
ríe la persona que llamaba. 

Era don Juan José Matute. Alto, blanco, 
fuerte, soniroiaado, de cabel'los alabes y lair- 
gos, echados hacia atrás de la oreja, de 
barba como la nieve rizada y larga, ros- 
tro benévolo y mirada cariñosa (no amor 
tiguada por los diáfanos espejueilo.s con 
aros de oro que, prendidos de las orejas, 
llevaba á caballo sobre la nari-z), infun- 
día tanto respeto como simpatía. Llega- 
ba hecho literalmente una isopa, á pesar 
del sombrero de anchas alas que le cu- 
bría y de la 'larga capa española que le 
envolvía desde la barba haslta los pies. 

— ¿Qué te pasaba, Estéfana? preguntó 
á la portera con dulzura. Hac€ quince 
rriniutos que estoy llamando. 

— Andaba lejos, don Juan, contesté Es- 
tCiana mudando el tono de la voz; usted 
flisipense 

^ — iLa verdad es, prosiguió don Juan 
e.iiitrando en eil portal, que estoy fuera de 
hora. Pero ilas circunstancias lo exijen. 
Quiero hablar luego con sor I guacia. 

— Usltied es de casa . . . para usted no 
hay reglamento. Pas>e, contestó la por- 
tera. —"J-i - /-". ^ 

Y diciendo así, echó á andar por pasa- 
■'Izos y corredores seguida por Matute. 



•.'*T<'. ■ -' 



S. -í 



24 

hfcsta que llegó al dormitorio donde ^t 
hallaba sor Iguacia. ' ■ \- \ ■ 

— ¡ Hola ! señoT don Juan, exclamó U 
sr.períora al vislumbrar á Matute. ¿Tan- 
*o bueno por acá? ¿Qué vientos le traen 
á estas horas y con tan mal tiempo? 

-—Un .negocio urgente. 

^-Debe serlo, prosiguió la religiosa con 
gravedad. ¿Quiere usted que hablemos 
Eparte ? 

— No, .repuso don Juan con timidez; 
no tes cosa reservada. 

En aquel momento y en medio del 
asombro general, saiLió un grito de niño 
de debajo de la capa de Matute. Sor Ig- 
nacia miró asombrada á su interlocutor, 
y frunció el enitreceijo. . . 

—Ya se ve que Ja cosa no es reserva- 
da, observó con ironía. 

—Mi secreto es á voces, articuló Ma 
tute con una sencillez que cuadraba per- 
fectaim¡ente con su sonrisa de infinita dul- 
zura; ya ve usted como tenía razón al 
declararlo así desde el principio. 

Diciendo esto, abrió la capa y puso de 
manifiesito, bien apretado con la mano 
siniestra al amplio y robusto seno, otro 
I ño qiue en aquellos momentos lloraba 
"í^n aíltas é iracundas voces. 

— ¿Me hará usted la gracia de expli- 
cp-rme eil enigma? contfiíuó sor Ignacia, 
adivinando la significación del caso y sin 









25 



ablandarse por la actitud mansa y conci- 
liadora de su interloctitor. - 

— 'A eso vengo, repuso Matute, á eso 
vengo .... Este pobre niño es en cierto 
modo mi nieto. Su padre, Cirilo Sandoval, 
fué aguador de mi casa durante varios 
años, y, como era honrado y trabajador, 
me propuse protejerlo, casi como si hu- 
biera sido mi hijo. . . . Yo lo casé. . _. . 

— ^i Hola ! ¡ hola ! ¡ Usted haciendo oficios 
de cura ! exclamó la madre con tono zum- 
bón. 

—Quiero decir, contiíiuó don Juan Jo- 
sé, que le ayudé pecuniariamiente para que 
pudiera realizar su téndace .... Y se casó 
en efecto, con Micaela, -una india molen- 
dera á quien conoció en mi misma caisa; 

excelenite mujer Los dos trabajaban 

y vivían bastante bien, al estilo de los po- 
bres : en un cuaipto con puerta á la caUe, 
sin más menaje que um lecho humilde y 
algunas sillas de paja; pero inada les fal- 
taba y la iban pasanido muy contentos. 
En esto, hará como dos mieses, enfermó 
Cirilo á consecuencia de una caída qnie 
sufrió al bajar la gradería de la fuente, y, 
EÍn que le valieran aiuxilios ni esfuerzos, 
murió á poco. ... El caso fué lamenta- 
ble, y con frecuencia lo depsloramos en 
casa. Juanita mi esposa, que es fatalislta, 
me dijo á raíz del fallecimiento de Ciri- 
lo : "No creas, Juan, que en esto pare to- 



Go; vas á ver como Micaela va á morir- 
se también, y va á quedar en la calle eíl 
niño recién nacido" .... Míe espanité y 
casi me irrité por el pronóstico, y protes- 
té contra él en alta voz; pero mi íniíjer 
insistió diciendo que ojalá no se realiza- 
se, pero q'ue á ella le daba el corazón 
que se realizaría, y aun agregó que la fa- 
talidald ise gozaba en perfeccionar sus 
obras con esmero exquisito. . . . Pasó al- 
gún tiempo sin qOe hubiese otra novedad 
en la casa de Cirilo, y casi me había ol- 
\idado ya del incidente, cuando, hará co- 
mo una semana, recibimos recado de que 
Micaela había caído en cama atacada de 
pulmonía. Juanita me vio, al oírlo, con 
ojos tan expresivos, que comprendí que^ 
ría decirme: "¿Ya ves, Juan, cómo no 
me equivocaba? Ya cayó enferma Mi- 
caela; ahora vas á ver cómo se muere." 
Por fortuna no desplegó los labios, pues 
si hubiese hablado, me hubiera causado 
un disgusto ; así que no me di por en- 
tendido de lo que había querido decir- 
inie. ... Y, efectivamiente, ¿lo crerá usted, 
sor Ignacia? Hoy al medio día exhaló 
Micaela el último suspiro. Y lo peor no 
es eso, sino que ha dejado á esta pobre 
criaitura en la última miseria y en el ma- 
yor abandono. . . . Estábamos á Ja mesa 
mi mujer, mis hijos y yo, cuando llegó 
^1 portera de la casa de viocindad donde 
vnáa Micaela, á llevarnos la noticia, pa- 



.*jg;' 



la qiue dispusiésemos el entierro y lo que 
debía hacerse con el niño. Mi esposa y 
yo hemos :riesuelto, después de pensajrlo 
bien, ponier á la criatura em esta santa 
casa. . . . 

Sor Igíiacia y las demás cirounstan- 
tes habían oído el relato con vivo y ma- 
nifiesto interés; cuaindo Matute aicabó de 
hablar, la fisonomía de la superiora esta- 
ba ya s-eria y pensativa. 

— Todo está bien, don Juan, dijo la 
religiosa, procurando disimulaír la emo- 
ción. La historia que usted acaba de re- 
latar es muy idolorasa y ime canmueve . . . 
Juanita y usted se han conducido como 
buenos cristianos ; pero usted, mejor que 
nadie, conoce las condiciones en que se 
eniouentra la Sala de Expósitos, y que 
cuenta sólo con diez ounas, como que us- 
ted imismo la ha fundado. Diez cunas coai 
.TU correspondiente dotación de colcho- 
nes, sábanas, almohadas, pañales, gorras, 
etcétera, cuestan mucho; y todo sin con- 
tar las diez nodrizas, que cobran fuerte. 

— Pero, madre, observó Matute, un 
niño rniás ó imenos, nada significa. 

— -Eso lo dice usted porque tío ti^ene 
experiencia de lo que (son estas cosas; 
pero significa mucho, muchísimo. Todo se 
desorganiza con lesta falta de ¡métoido. . . 
Además, aquí tiene usted precisamente, 
á esa otra criatura (y señaló á Berta), 
que acaba de caemos como llovida del 



28 

cielo. Hace un momeflito que una diesco- 
nocida , arrostrando con el aguacero, lo 
mismo que usted, llegó á la portería, y 
ha dejado con engaño á esa niñita en 
míanos de Estéfana. ¡ Qué quiere usted 
que hagamos con ella ! No podemos dejar 
que se la coman los perros. 

— iLx) mismo digo yo, interrumpió Ma- 
tute, creyendo haber hallado un buen ar- 
gumento en boca de la madre; no podre- 
mos dejar que á este miño sie lo coman 
los perros. 

— Pero como son ya idos, no tenemos 
clemenitos para tanto. Es iimposible. Si 
no fuera por eso, de mil amores. No sólo 
á él, sino á todos los expósitos, huérfa- 
nos y desamparados de la ciudad ; pero 
ro siempre los imecjios de que se dispone 
están á la altura de la voluntad. . . . Dé- 
mielos usted y tráigaju^e á cuantos quiíe- 
ra. 1 

— Se refiere en la vida de no sé qué 
santo, objetó candorosamente Matute, 
que cada niño trae consigo una torta de- 
bajo del brazo. 

— ^Veamos, continuó sor Ignacia, tor- 
nando á mostrar en el semblante una li- 
gera expresión de ironía, veamos si es- 
verdad. 

Y diciendo así, tomó al niño de, manos 
de Matute, y, oon ademán cómico, se pu- 
so á cxaminairlo. Era feo, de color de cho- 
colate, indio de raza pura ; chato, de bo- 



ca grande, ojos pequeños, frente deprimi- 
da y profusa cabellera negra y lacia. 

— (Pues no veo ninguna torta, exclamó 
6or Ignacia levamitandole los brazos uno 
después de otro. Lo único que veo es que 
es um negrito de lo menos gracioso que 
se ha conocido. 

— No tanto, madre, objetó sor Marce- 
lina; en la cuna tenemos otros más fei- 

citOS. ■ •:'<^í?lí)..^Oir'*"'«í :. '- ■•>s:rw¿Sf:- _ 

— ^Usrted no es voto, sor, repuso la ma- 
dre. Para uslted no haiy niño feo; pero ««- 
te es de encajrgo. 

En el rostro de las asiladatsi, que se in 
diñaban hacia la criatura para observar- 
la, se dibujaba un vago gesto ide antipa- 
tía á lia vista de aquel ipobre y ruin vas- 
tago. Y se oyeron voces recatadas que 
decían: 1=? l 
— '¡De veras es feo! - •'^ 

— '¡Parece rana! . ; ^ 'W 

— ¡ Parece isaipo ! . * í 

— i Qué diferente de la niña ! fe 

— .¡iQ)mo del cielo á la tierra! < > ^- 
— 'Eso no >sii>gniifica nada, protestó sor 
Marcelina, imipomendo silencio á aque- 
llas exclamaciones; ipues ¡qué! ¿tiene es- 
ta casa por objeto hacer el bien sólo á 
los seres hermosos? Si á eso nos attuvié- 
jsemos, ¡ cuántos de los que estamos en 
e:Ia tendríamos que salir de aquí como 
disparados ! . . . . Yo la primera, agirlo 
con verdadera ó falsa imodesitia. Por for- 

Precursores— 3 






3P 

^í tuna mo es eso, sino que -tieiine un objeto 

# más elevaldo: ¡proteger á dos ¡pobres, sean 

quien sean, como quiera que se Idamen y 

|t' cuaíiquiera que >siea su rostro. Y aum, á 
mi modo de ver, los fieos meirecen más 
compasión qiu'e los ihermosos, .porque la 
gente hermosa tien^ en la cara s\i carta 
de recoanenidación, como suele decirse; 
mientras que die los feos naldie se duelle, 
cosno si no fuesen también hijos ide Dios. 
— No se tra)ta de eso, sor, saltó sor Ig- 
naicia penetrada de la verdad de aquellas 
reflexionéis. Ya sie ve q>ue aunque -este 
niño fuese más feo que Picio, le habría- 
mos ide recibir len esta santa casa, que só- 
lo se kiistpira en los sentamientos de la • 
caridad evangélica; lo que pasa es qut 
carecemos de los recursas necesarios pa- ^ 
na echarnos á cuestas una nueva icarga, y 
que somos pobres, muy pobres, y aun ha- 
comoís más de lo que podemos. . . . 

-^¿De suerte que se niega usted á re- 
cibir á este pobre niño ? interrogó Matu- 
te conistemaido. h .'■'■ -I 
— No, no tanto, repuso sor Ignacia. 

\-'- procurando eludir el rigor de la respues- 
ta, no tanto. Déme usted 1q indispensa- 
ble para ateftider á las necesidades de la 
criatura, y la acepto, y no sólo á ella, si- * 
no á todas las quie quiera Uóted recoger 
^ en los umbrales de las .puertas ó en los 
pórticos de los templos. 

- — Haremos un esfuerzo, madre, excla- 



inó sor MaticeUna. Ya acomodadnos á Ber- 
tita, ahora veremos cómo podemos aco- 
tVfodar á este otro ,niño. 
- — lYa la viera á usited en mi lugar, sor 
Marceflina, contestó isor Ignacia. Fácil «s 
mostrar taaita misericordia como la suya, 
sin llevar á cuestas la enorme responsa- 
blidod qiuie pesa sobre mi; pero cuainído 
<.s uino quien se aipoira por conseguir 
cuanto se ha menester, y el yunque sobre 
el cual caien y golpean todais las exigen- 
cias y disgustos, entonces tiene que con- 
ducirse de otra manera. 
' — ^Yo no lo decía por tanto, madre, re- 
puso humildomem/te sor Marcelina ponién- 
dose como la grana ; bien sé lo que us- 
ted s€ afana y trabaja ¡por todos nosotros. 

Entretanto permaniecía Matute en si- 
lencio y como reflexionando. Al fin dijo : 

— ^¿De suerte, sor Ignacia, que la única 
dificulta)d que tiene usted paar recibir á 
efyta criatura es la falta id«e recursos? 

— >No es otra. » 

— En tal caso, concluyó ed anciano, to- 
an está arreglado. 

— ¿Cómo? interrogó sor Igtiacia. 

— 'Comprometiénidome yo, presiiguiió 
aquel, de la manera más solemne, á sumi- 
nistrar cuanto se necesite para el sostén 
de mi recomendado. ¿ Cuánto se habrá me- 
nester para protvteerle de lo indispensable? 

— Bien está, don Juan; pero, ¿qué va 
us;ted á hace-r para cumplir el compro- 



32 

miso? Nada briill>ainte es su siituadón 

Se .n«cesitarán como vei-nticinco duros. 
— 'Siabré tomar imis .me|dida5. Mañana, 

antes del mediodía los tendrá usted. ¿Lie 

basta mi palabra? 
— ^Tamto como una escritura. | ^ * 
— -La doy .... ¿ Está, pues, cerrado ©1 

ti arto? 

— Cerrado, dion Juan, repuso sor Igna- 
cia ; ,pero queda entendido que no me ha 
ae abandonar en lo tocanite á este niño. . . 

— .Sólo que ime miuera ; ipueJie usted es- 
tar segiira de ello. 

— iSor Marcelina, continuó la suiperiora, 
ya que es usted tan compasiva, tome á 
su cargo el resolvier este -nuevo problema. 

— 'No tenga cuidaído, madre ; verá cómo 
lo arreglo, contestó la inrtenpelada. \ Ben- 
dlito s.ea Dios! 

— 'EL Jo ha de -pagar á ustedes, repuso 
Martute. 
« — Así sea, oondluyó sor Ignacia. 

Una vez tomado aquel camino, no sólo 
\ol(vió el buen hiiiimor al esipíritu de la su- 
periora, sino que irradió la felicidad por 
todos los poros de isu austero semblante. 

— ^Y á propósito, don Juan, continuó, 
aun- .no nos ha dicho usted' cómo se lla- 
ma la criatura, ni gué edad tiene, ni sa 
está ó no bautizada. 

— lEm efecto, repuso Martute, me iba 
o-vidando de comumicar á usted esos da- 



tos. Se llama Joaquín Sandoval, tiene ocho 
meses de nacido y está bautizado ya. 

Lais aisilaidas volvieron á murmurar: 

— i Ocho meses ! 

— ¡ Qué mal empl^eados ! ■^:' 

— ¡Paree» que acaba ide nacer! > ' 

— ¡Es como un ratón oito! 

— ¡ Silencio, miñas ! interru-mpió sor Ig- 
nacia. ¿No han oído lo que acaba de de- 
cir sor Marcelina? La pequenez y la d«- , 
bilidad son defectos que no vienen de la 
voluntad, lo mismo que la fealdad; todo 
viene de Dios. 

— <A<sI es, dijo don Juan, lanzando des- 
de la elevación de su arrogante estatura, 
una isiuave miradla sobre el grupo; todo 
viene de Dios. Niñas, hay «que compade- - 
cer á los pobres, á los feos y á los débiles, 
que bastaníte infelices son sólo por serlo. 
Y no sólo eso, sino que hay que dar gaia- • 
c as á Diois ¡cuando se ve lUtio libre de esos 
ú otros defectos que pudiera tiener, y que 
liO tiene «ólo por efecto de la divina mi- 
scricondia. - ^ ' • 

tCoimprendiie.n.do lais asiladas la profun- 
da verdad de aquella breve homilía, que- 
daron coníusas ; tanto más cuanto que la 
mayor parte die ellas tenía toldas esas dtes- 
graicias juintas: fae^aldad, pobreza y de- 
bilidad. , . • 



■• : ^^^il/•- ■^■-^. ^;. 



IV. 



Una buena colecta. 






La estatua de la Caridad c|ue corona la 
cú(pula del Hospicio de Fópoli, amanicció 
radiosa y triunianite á l¡a -mañana siguien- 
te. Desipu-és del aiguacero de la víspera» 
apareció el cielo límpido y transparente, 
como si nunca nube tenue ó vaiho liígero 
hubiesen empañado su superficie ; hubié 
rase dicho que toda, el agua quie andaba 
^'agando por los aires, había sido derra- 
madla sobre la ciudad, para limpiar su 
atmósfera de toda impuireza. j :-." 

El alba coríenzó muy temprano exten- 
diendo por el horizonte sus cendales opa- 
linos, al través de los cuales filtró la auro- 
ra sus dorados refliejos ; ráfagfas alegres 
inundaron luego el confín con lluvia de 
grana4:e.s y rubíes; y para coronar aque- 
lla prodigiosa soLemnidad, el isol elevó so- 
bre los cerros isu enorme disco, envuelto 
en cegadoras fullguraciones. Y al herir 
desde su trono la blainca estatua de la Ca- 
ridad, que se yergue en la parte más ele- 
v.ida del Hospicio, quebró de tal suerte 
sus rayos en la idead cabeza y en el albo 
ropaje, que, rechazados en torno como 
chispas de incendio, la envolvieron en au- 
reola espléndida y cerco luminoso. 

Temprano despertó Matute y se vistió 






ic prisa recondando el solomnc compro- 
miso contraído con sor Ignacia ; y tan 
pronto como estuvo listo y hubo gusta- 
do la frugal colación matutina, tomó el 
sombrero íde jipi*japa qiu'e usaba de cotn- 
tinuo, y salió seguido por algunos mozos 
provistos de cestas. 

Frecuentemente emprendía aquellaís ji- 
ras por ddferenites partes de la ciudad, 
con el objeto de allegar provisiones para 
los pobres ; lo que hacía, tanto para ejer- 
c'-tar 'SU caridad, que era muy viva, como 
por cumplir ciertos arreglos hechos con 
el Obispo, quien le había autorizado 
pa^^ establecer en el Hospicio varios 
nuevos sefvicios, y, entre otros, el de la 
Cuna. Hasta entonces no había habido en 
Fópoli asilo para niños expósitos ó huér- 
fóíios, y andaban en lengnias muchas his- 
torias conmovedoras de criaturas abando- 
nadas y miuertas de hambre ó frío por ca- 
lles y plazas. 

Aunque nacido en México, Maitute ha- 
bía sido educado en España. El 20 de oc- 
tubre de 1805, isu padre, don Juan Bau- 
tista Matute, teniente de navio, había 
muerto batiéndose heroicamente con los 
ingleses á bordo diel "Santísima Triná- 
cad," en la gloriosa batalla die Trafalgar. 
Por tal motivo, Juan José y su familia 
habían corrido por cuenta del rey des- 
de q^ue éste fué reinfstalado en el trono; 
así que la viuda fué pensionada y al man- 



36 

cebo se l^e hizo lenitrar en las Escuelas 
Pías de Madrid. Al salir de ellas, se le 
dio lugar en el Colegio náutico de la is- 
'k ée León, con el nombríumiento ée 
guardia marino, y una vez concluidos sus 
estudios, sentó plaza M-atute en la Real 
Armaida. 

Poco tiemipo después, salió de la Pe- 
nínsula á bordo del "Asia," barco encar- 
gado de traer á Méjico al virrey O'DonO'» 
jú, quien venía á siustituir á Apocíaca, 
destituido por Buceli. Pero al llegar el 
"Asia," á Veracruz, se encontró O'Dono- 
jú con la novedad de que la -Nueva Espa- 
ña había roto los vínculos que la unjan 
á la madre patria, y de que Itutbide, des- 
pués 'de entenderse con Guerrero en Aca- 
temipan, había proclamado en Iguala la 
indepenidiencia. de la colonia. Persiuadído 
de que la Ntueva España estaba irremisi- 
blemente perdida, y de que seria inútil y 
criimitial prolongar .por más tiempo la lu- 
cha, firmó paces coai Iturbidie en la ciu- 
dad de Córdoba, y reconoció la indepen- 
dencia de la nueva nacionalidad. Matute, 
entretanto, había saltado á tierra en Ve- 
racruz, y, en vista de los tratados cele- 
brados por los beligerantes, resuelto 
quedarse definitivamente en su país 
Poco después sentó plaza em la marima 
mejicana. Eran aquellos días hermosísi- 
mos para la joven nación : todo parecía 
sonreirle. Hasta los españoles mismos la 



:* ^ ■ z"? ' . 

acataban y le servían, y los indianos de la 
víspera, enalteciidios aihora con el nombre 
de mejicanos (como los vencidos y con- 
quistados por Cortés), acudían de todas 
partes, al país, para fundirse en los es- 
plendores d-e s-u nactente gloria. 

Aun no llegaba Matute á los, treinta 
años, y, lleno de bríos y entusiasmo, mi- 
raba ante sí un gran porvenir. Y le tuvo, 
en efecto, por haberse casado con su her- " 
TTosa prima doña Juana Cañexio, que le 
hizo muy dichoso; por haber obtenido di- 
versos empleos y grados honoríficos, aun 
fuera de la marinería ; y por haber alcanza- 
do la gloria de ser el benefactor de Fó- 
poli. 

Las naturalezas batalladoras coaiservau 
stu carácter, cualquiera que sea el género 
de trabajo á que se consagren. Así Ma- 
tute, aiutti después de haber abandonado las 
escuadras, no dejó d'e pensar en las tem- 
pestadles y naufragios. Donde quiera que 
algún infeiliz de cualquier modo se aho- 
gaba, volaba á su socorro ; y ese noble 
anhelo le hizo i^jar la mirada en los ex- 
pósitos de Fópoli, para tenderles mano 
protectora. ¿Qué mayores tempestades 
que las del munido? ¿Qué mayores nau- 
fragios que los de la vida? ¿Qiué náufra- 
gos m(ás infelices que los huérfanos y ex- 
pósitos? Así lo pensó, sin duda, cuando, 
al llegar á los ^sesenta años, se consagró 
al servicio de aquellos desgraciados, pa-. .. 



T . ■'i^^f-' 



38 

ra redimirlas del aibandono y d¡e la muer- 
tr , 

Lo dicho es suficienite paira que el lec- 
tor conozca á Matute por dentro y por 
fuera. Dejárnosle saliendo de su casa ; 
ahora k encontraimos llegando al merca- 
do. Serían como las siete de la mañana 
ciian.do s.e mezcló can aquella, babilonia 
de vendedoreis de semillas, legiumbres, fru- 
tas y todo género de comestibles. To- 
dos lo conocían bien y le hablaban con 
respeto y cariño, porque sabían cuan bue- 
no era, y porque estaban acostumbrados á 
recibir sus visitas. La de aciuel día, no obs- 
tante, tenía algo de particular, como lo 
dio á conocer al dirigir la palabra á la pri- 
mer vendedora con quien habló. La buena 
mujer le recibió sonriente y con un enorme 
manojo de vetrudos y rojos rábanos en la 
mano. 

— Buenos días, don Juanito, le dijo; 
aquí tiene usted para sus pobres. 

Peno don Juan no aflargó la mano para 
recoger la dádiva. 

— No, Poliicarpa, repuso; ahora prefe- 
riría cualquier moneda, por pequeña que 
fuese : estoy muy comprometido, pues de- 
bo entregar á isor Ignacia buen iinero 
antes del medio día. ¿No podría usted 
darme aunque fuese una monedita de co- 
bre? 

— De todo corazón lo hiciera, coaitestó 



39 - 

la buena mujer; p£ro mire, aun no he ven- 
dido nada. • . í^í-v 

Al decir esto mostró á Matute vacío y 
sin un ochavo, el pequeño vaso de ba- 
rro donde guardaba el producto de las 
ventas. 

— En esc caso, reipuso éste, vengan acá 
ios rábanos; (precisamente en previsión 
<:e eso, he traído á estos muchachos. 

Y cogiendo el rubicundo manojo, lo 
arrojó al fondo de una cesta . 

— Mil gracias, concluyó don Juan ten- 
f^iendo la mano á la pobre muchacha. 

Y pasó á un puesto de comestibles. 

— ¿ Qué es de la buena vida, doña Boni- 
facia? dijo saludando á la corpulenta ma- 
trona dueña del comercio. 

Era doña Bonifacia tan alta y gruesa 
como una torre, y al hablar se ponía de- 
negrida y respiraba con dificultad. 

— Ya usted lo ve, don Juanito, repuso, 
siempre detrás del palo hueco, y todos. los 
días más enferma. 

— Ni- lo diga, que se rueda eje gorda. 

— Precisamente por eso ; mi enferme- 
dad es de gordura. Aquí donde usted ve. 
la grasa me va á matar. Dice el médico 
que ya la tengo en el corazón. - 

— Pues hay que atenderse ; por fortuna 
no le hacen falta los medios. 

— Eso parece ; pero no todo lo que re- 
lumbra es oro. Sólo Dios sabe las apura- 
ciones qué paso. 

— Pues creía estaba usted bien de re- 



40 

cursos. Dios quiera remediarlo todo ; dar- 
le salud y desahogo. Así lo deseo, i - ... - 

— Lo creo, sí señor.... 

— En fin, continuó Matute ; vamos al 
grano. •: I - :¿« 

— Ahora mismo, repuso doña Bonifacia, 
cogiendo la medida de hoja de lata y me- 
tiéndola en una pila de garbanzos. 

Y dirigiéndose á uno de los mozos, con- 
tinuó: .,, i, i _, . t 

— ¡A ver, muchacho, acerca la canasta! 

— Un momento, interrumpió Matute, 
voy á proponer á usted una sustitución. 

— ¿Prefiere usted frijol, azúcar, arroz? 

— No ; mejor algunas mondeas, pues 
tengo que comprar ciertos menesteres de 
que anda necesitado el Hospicio. 

— ¿Monedas, don Juanito? pero ¡en qué 
piensa ! ¡ Si apenas cae una ú otra en el 
cajón ! Esto no es ya negocio, y aun es- 
toy pensando venderlo ó traspasarlo. Efec- 
tos sí, con mucho gusto ; pero monedas . . . 
¡ya las quisiera! j , 

— En tal caso, dijo Matute suspirando, 
vengan los efectos. 

— Enhorabuena, ¿qué prefiere usted?. . . 
Escoja entre todo lo que tengo: azúcar, 
frijol, arroz, garbanzo, chile... 

— No siento predilección por ninguno 
de esos artículos ; todos son de primer 
orden. Ni quiero agraviarlos establecien- 
do injustas preferencias entre ellos. ¿Por 
qué no me cede un poco de cada uno? 

— Pero un poco nada más. 






41 

— Lo que usted guste ; Dios se lo ha- 
brá de pagar, y doblado. 

Sacó doña Bonifacia unas hojas de pa- 
pel de estraza de debajo del mostrador, 
é hizo con ellas cucuruchos de no mu^ 
grande capacidad, los llenó con diferentes 
cereales, y los echó al fondo de la cesta, 
dando fuertes resoplidos. 

— Mil gracias, le dijo el anciano ; mis 
pobres se lo pagarán con oraciones. í-»' 

Pasó en seguida al puesto de la carni- 
cera, que era una joven giganta, de bueií 
ver y mejores colores, estaba siempre de 
buen humor, y hablaba y reía, que era 
una bendición. Parecía un pájaro, solo 
que en lugar de jaula y alpiste, estaba me- 
tida entre dobles hileras de piezas de car- 
ne, pendientes de gruesos clavos, y en lu- 
gar de trinar, bromeaba con todos, y ta- 
jaba pulpa ó partía huesos con el hacha 
^obre el grueso y grasoso tronco que en 
medio del despacho se veía. 

— Desde que divisé á usted, me estoy 
preparando para recibirlo. 

— ¿Y cómo, Plutarca? preguntó don 
Juan. 

— Cortándoles unas costillas á las her- 
manas de la Caridad, contestó la carnicera 
con soma. 

— "Para las Hermanas," querrá usted 
decir, objetó Matute; pues si se las corta- 
se á ellas, mal rato las haría pasar.^ 

— Se entiende; ¿cómo había de atrever- 



^\- 



42 

me á cortar las de sus reverencias? Soy 
muy buena cristiana. 

— Pero ni aun así está bueno. 

— ¿Ni aun asi? ¿Por qué no ha de sei 
bueno que corte y prepare unas costillas 
"para" sor Ignacia y su plana mayor? 

— Porque cuanto pido y ustedes me dan, 
es para los pobres, no para las hermanas. 

— Está bien, señor; pero á mí nadie me 
quita de la cabeza, que ellas separan todo 
lo mejorcito para su regalo: el mejor cho 
colate, el mejor pan, la mejor leche y. . . . 
todo lo mejor. 1 

— ¡ Calumnias, puras calumnias ! Eso es 
lo que dicen sus enemigos. 
— ¿De manera que viven de aire? 

— Se entiende que comen, y también que 
participan de la comida de los pobres ; de 
otro modo se morirían de hambre. 

— i Ya pareció el peine! Siendo así, ¿por 
qué no quiere usted que les parta las cos- 
tillas ? 

— En ese sentido'no me opongo. Ahora, 
hablando en serio, Plutarca, lo que nece- 
sito es un poco de dinero. 

— ¿ Costillas y dinero ? No pide poco sor 
Ignacia. ¿ No sería mejor que le llevase us- 
ted el cajón y toda la res ? 

Y al decir esto, señalaba con el pesado 
y filoso cuchillo, los cuartos sangrientos 
que colgaban en torno. 

— Nada más que en ese caso, continuó, 
tendría' usted que llevarme á mí también 



■3>- 



.43 

al Hospicio para que me mantuvieran las 
hermanas. • 

— Pero, Plutarca, repuso Matute, ¿ quién 
pide á usted costillas y dinero? He habla- 
do de dinero, y sólo de dinero, fijese bien. 

— Perdone el señor; pero soy un poco 
sorda . . . ¿ De modo que las hermanas no 
quieren más que djnerito? 

— Nó, ellas nó; soy yo quien lo quiere. 

— ¿Más dinero todavía? Harto les ha 
dado usted. Dicen que lo mandan al Santo 
Padre. ¡ Y acá tanta falta como nos hace ! 
¡ Y el dineral que ha entrado en el Hos- 
picio ! ¡ Sería bueno que saliese un poco 
de allá para acá! 

— Ahora se trata de mí y no de ellas ; ó, 
por decirlo mejor, de un niño huérfano, 
cuya 'entrada en la cuna deseo asegurar, 
comprándole lo necesario. 

— Esa es otra cosa, dijo la muchacha 
con seriedad; y siendo así, con gusto da- 
ré lo que pueda. 

Acabó de separar lo's costillares, cortó 
con el hacha los huesos demasiado largos 
y puntiagudos, para legularizarlos. y, en 
seguida, abriendo el grasicnto cajón don- 
de iba guardando las "ventas," sacó un 
puñado de thonedás de cobre y plata, y lo 
puso sobre el mostrador. El anciano, antes 
de echarle mano, procedió á contarlo, co- 
mo metódico que era, y halló que el mayor 
número de las monedas era de cobre, y 
sólo unas cuantas de plata. 



' j'"\c;-^ X'^ 'i^\~'.f. . 



■r 



44 

— Dos pesos doce granos justos, dijo 
Matute al\:oncluir. 

Sacó del bolsillo una taleguilla de man- 
ta, corrió los cordones, abrió la boca y 
guardó dentro las sucias y grasicntas mo- 
nedas. 

— ¡ Jesús ! j qué barbaridad ! clamó Plu- 
tarca con fingido susto y ademán cómico, 
¡ me he equivocado ! Vuélvame usted los 
dos pesos, que es lo poco, y quédese con 
los doce granos, que es lo mucho. 

— De eso se encargará Dios, dijo Matu- 
te con gravedad. ¡ 

Y siguió adelante quitándose el som- 
brero. 

— ¡ Eh ! j eh ! gritó Plutarca. ¿ Y las costi- 
llas de las hermanas? | 

— ¡ Muchacho, la cesta ! repuso el inter- 
pelado. 

Y envió á uno de los sirvientes para que 
recogiese como una. docena de frescas y 
rojas costillas, que la generosa muchacha 
reunía y levantaba entre sus manos hom- 
brunas, mostrándolas á don Juan. 

Así siguió Matute durante la mañana 
recorriendo el mercado, puesto por pues- 
to, y recogiendo aquí comestibles, allá 
monedas de cobre y en pocas partes una 
ú otra pieza de plata ; mas, á pesar de sus 
afanes, al caer las doce, no había reunidq 
más que cinco pesos. Al oírlas, se dirigid 
á las tiendas de ultramarinos, y comenzó 
de nuevo la colecta ; y en menos de media 
hora, con poca charla, recorrió todas 



■r.r. 



'^■-'r C;=' 



cuantas se abren en derredor del mercado, 
y pudo cosechar como otros cinco pesos. 
Aun así, le salían faltando quince; mas 
como el tiempo se le acababa, emprendió 
la marcha hacia el Hospicio, consolándose 
con el pensamiento de que las cestas ib-'i" 
repletas de todo género de« provisiones. 

Mas en el camino torció el rumbo, por- 
que tropezó con un centinela que hacía 
guardia frente á una casa, y este sencill.-» 
incidente le sugirió una idea que le paic 
ció buena. 

— ¡ Táte !, se dijo ; aquí vive el General 
Briones Dicen que tiene muy mal ge- 
nio, pero buen corazón. ¿Será cierto? 

Y se paró un momento á reflexionar. 

— En último caso, siguió pensando, me 
dirá que nó con muy mal gusto ; pero eso 
no importa. En cambio, si salgo bien li- 
brado, me dará un buen auxilio. 

Tomada su resolución, ordenó á los sir- 
vientes que siguiesen hasta el Hospicio, y 
se encaminó á la casa del militar. 

— ¡ Alto ! dijo el centinela al verle, ter- 
ciando el fusil delante da la puerta. 

— Usted dispense, repuso cortesment'e 
el anciano. ¿ Está en casa el señor Ge- 
neral ? 

— ¡ Cabo cuarto ! gritó el soldado sin 
contestar. 

No tardó en presentarse el interpelado. 

— ¿Qué ocurre? preguntó. 

— El señor General Briones ¿ está en ca- 

PRECW'RSOPES — 4 



i^ 



46 

sa'? preguntó don Juan; deseo hablar con 
él. 

— No se le puede ver ; ha dado orden 
de que no se le interrumpa. > • t; 

— Con todo, ¿me hiciera usted la gracia 
de anunciarme ? Soy Juan José Matute ; 
tal vez conozca mi nombre el señor Brio- 
nes. . . . Puede usted decirle que tengo un 
negocio importante que comunicarle ... 

El sargento vaciló ; pero dominado por 
la amabilidad y el aspecto venerable del 
anciano, se dejó vencer. 

— Espere usted un poco, repuso; nada 
le aseguro, pero voy á ver. | _ 

— Mil gracias. 

Con esto entro el cabo en la casa, de- 
jando á don Juan en la acera; tardó, en sa- 
lir, y cuando se presentó de nuevo^ traía 
las orejas color de escarlata. 

— Me ha reprendido duramente porque 
falté á la consigna, dijo, pero puede usted 
pasar.... Voy á enseñarle el camino. 

Así logró Matute penetrar en aquel edi- 
ficio hosco, que inspiraba al público idea;? 
pavorosas de truenos, juramentos y exter- 
minio,» y cuyo aspecto interior correspon- 
día á tales aprensiones, pues parecía un 
arsenal por lo repleto que se veía de fusi- 
les, espadas, lanzas, cornetas y tambo- 
res. Por los corredores había grupos de 
soldados sentados en las banquetas ó ti- 
rados por el suelo ; pero todos hablaban á 
media voz: parecía la casa del silencio. Se 
conocía que en aquel recinto se hilaba 



m 



■ 4S^ ■'"¥■■"- 

muy delgado. Subió don Juan la empinada 
escalera, cruzó un largo corredor y llegó á 
una puerta de cristales, que se abría en 
la pared del fondo. El cabo llamó con los 
nudillos de los dedos. 

— ¡ Adentro ! gritó una voz estentórea. 

Y penetró Matute en la estancia. Era 
una sala de vastas dimensiones, tapizada 
con blanca estera que ahogaba el ruido 
de los pasos. En derredor, contra los mu- 
ros pintados al temple, hallábanse alinea- 
dos numerosos estantes llenos unos de li- 
bros, otros de legajos y otros de periódi- 
cos. En medio de los balcones que daban 
á la calle, se miraba la enorme mesa dq 
trabajo del general, ante la cual se halla- 
ha éste «entado f<"r:i un hombre como de 
cuarenta años, de estatura pequeña, tez 
roja, pelo rubio cortado al rape, corto 
mostacho de puntas engomadas, nariz 
aguileña, labios delgados, estereotipado 
entrecejo y ojos verdes. Con durísima ex- 
presión los clavó en el rostro de Matute, 
quien hizo una profunda reverencia, á la 
cual contestó Briones con imperceptible 
inclinación de cabeza. El anciano, un tanto 
confuso, no halló por lo pronto qué de- 
cir ni cómo empezar. 

— ¿Decía usted, señor? interrogó Brio- 
nes con severidad. Le advierto que no 
tengo tiempo que perder. La consigna da- 
da á la guardia era de que nadie subiese 
á interrumpirme; pero al cabo la ha roto 
haciéndose acreedor á una buena repri- 



48 

menda. ¡Veamos ese negocio "importan 
te !" 

— Voy, mi general, contestó Matute, 
que había permanecido en pie y con el 
sombrero en las manos. , 

— ¡ Pues al grano ! 

— Soy Juan José 

— Matute, lo sé ; interrumpió Briones 
con impaciencia. 

— De acuerdo con el señor Obispo, ht 
abierto en el Hospicio de pobres una Sa- 
la de Cuna. I 

— ¿Y qué tenemos con eso? 

— ¡ Allá voy, señor general ! Anoche se 
murió una pobre viuda dejando un niño 
desamparado 

— ¡ Hum ! ¡ hum ! murmuró el militar re- 
moviéndose en el asiento con visible mal- 
humor. Acorte usted, acorte .... 

— Y para no dejarle perecer, le llevé al 
Hospicio de pobres ; pero la Cuna está 
llena, y necesito comprar colchón, sábanas 
y otras cosas para el nuevo asilado ... 

—¿Y bien? 

— U'sted comprende. ... I 

— No comprendo nada ; si no es más que 
eso, hágame la gracia de dejarme en paz. 

— En usted fundo mis esperanzas, señor 
general. 

— Esperanzas, ¿de qué? I 

— De conseguir lo necesario para com 
prar todo eso. 

— ¿Y es ese el negocio "importante" 
que le ha traído aquí ? 



— Sí, señor. ' - ' :^ ^f*- 

— ¡ Pues es una patochada ! 

Briones bufaba; increíble le parecía que 
mortal alguno se atreviese á desafiarle 
con tanta frescura. 

— Se me figura, continuó golpeando la 
mesa'con el puño, que lo que usted se ha 
propuesto, ha sido jugarme una mala pa- 
sada. 

— No lo permita Dios ; no soy capaz de 
eso. 

— ¡ Pe mí nadie se burla, señor mío ! 

E hizo un ademán que claramente que- 
ría decir: "¡márchese usted en el acto!" 

— j Luego, señor general ! repuso Matu- 
te adivinando el sentido de la indicación ; 
tan pronto como usted me dé algún soco- 
rro. 

Briones, sin contestar, se encogió de 
hombros, y, para desairar á Matute, to- 
mó la pluma y continuó escribiendo ó ha- 
ciendo como que escribía. Entretanto, in- 
móvil como una estatua, permaneció don 
Juan mirándole suplicante, aunque sin ser 
visto, sin duda con el objeto de ablandar- 
le. El general, que sentía sobre sí aque- 
lla mirada, pudo reprimirse algunos mi- 
nutos, procurando abstraerse en su labor ; 
mas era demasiado nervioso para sopor- 
tar la situación. Al fin, rojo de cólera, 
arrojó con ímpetu la pluma sobre la me- 
sa, y levantándose, vociferó : -^ 

— ¡ Es imposible ! ¡ no puedo trabajar ! 
¿Oué hace usted ahí todavía? , 



50 • 

— Espero, señor general. ....... 

— ¿Y qué es lo que espera? 

Briones tenia ya la sangre en la cabe- 
za al articular las últimas palabras, y mi- 
raba á Matute de hito en hito con aire de 
desafio. Si don Juan José hubiese sido pru' 
dente, se habría marchado al observar su 
actitud, y todo hubiera parado en gritos 
y palabrotas ; desgraciadamente, cuando 
tomaba un empeño entre manos, no lo 
abandonaba con facilidad. Sobre todo, la 
idea de no haber reunido ni la mitad de la 
suma ofrecida á sor Ignacia, le impulsaba 
á ser testarudo. No ; lo que era de allí no 
habia de salir con las manos vacías. 

— ¿Está usted sordo? siguió vociferan- 
do Briones. ¿Qué espera? I . 

— j Que Dios le mueva el corazón ! repu- 
so el anciano. 

La frase sonó como nota falsa en aquel 
ambiente ; pareció una burla. No es raro 
que la gente buena incurra en faltas de 
tacto como esa, pues la idea del fin moral 
que la domina, suele tornarla inopor- 
tuna. El rostro de Briones, de rojo qut 
era, se puso escarlata ; y creyendo que 
Matute se mofaba de él, y había ido á 
su casa con el único designio de hacerle 
una mala jugada, no supo ya de sí, per- 
dió los estribos, y, ciego de rabia, se lanzó 
°obre. él. erritando : I 

— ¡ Insolente ! ¡ Fuera de aquí ! 

El general tenía la mano larga : esta- 
ba acostumbrado á tratar á puntapiés y bo- 






fetenes á los soldados, como era costum- 
bre en aquellos buenos tiempos. Así que, 
llevado de sus hábitos, unió la acción á la 
palabra, y arremetiendo contra don Juan 
José, que permanecía inmóvil, le cogió 
por el cuello, y le sacudió y empujó con 
furia para ponerle en la puerta. El ancia- 
no, que no aguardaba la agresión y^ esta- 
ba debilitado por la edad, no pudo resistir 
la violencia, y dio consigo en tierra á los 
primeros estrujones. De pronto sintió in- 
dignación é ímpetus de volver golpe por 
golpe ; pero se reprimió en el acto^ y no 
lanzó ni una queja; lo único que hizo, fué 
murmurar al incorporarse: 

— i Sea por el amor de Dios ! 
• Tardó un momento en levantarse, atur- 
dido por la caída, y cuando al fin logró 
ponerse en pie, fué con la ay-uda del mis- 
mo general. Recogió el sombrero que se 
le había escapado de las manos, y se dis- 
puso á marcharse en silencio ; pero su 
agresor le detuvo. • s- ; -< 

— ¡ Un momento ! le dijo con voz alte- 
rada. 

Briones era noble en el fondo, aunque 
no lo parecía; exaltado así, pero no cruel 
ni perverso. Le pasaba lo que á todas las 
personas arrebatadas : no bien había come- 
tido una violencia, le venía la reflexión y se 
dolía de lo hecho ; era la historia de todos 
los días de su vida. Ahora, pues, que había 
puesto la mano en un hombre pacífico, en 
un caballero bien nacido, y sobre todo, 



í>i>. 



en un anciano, sintió más que nunca ver- 
güenza de sí mismo ; y las breves palabras 
de Matute, tan humildes como insólitas, 
hicieron que su frente se cubriese de ru- 
bor : 

— Caballero, ha sido una violencia, con- 
tinuó diciendo. Caballero, perdóneme. ¿ Me 
perdona ? 

— No hay de qué, señor. , . l 

— No diga usted eso. ¿Me perdona? 

— Está usted perdonado. 

— ¿De todo corazón? 

— De todo corazón. 

— Gracias, no esperaba menos de usted. 

Y anheloso de resarcir el mal que aca- 
baba de hacer, abrió con mano febril una 
de las gavetas de la mesa, y sacando una 
talega de dinero, la puso en manos del 
anciano. 

— ¿Para qué es? preguntó Matute. 

— Para usted. 

—¿Toda? ; . , k 

— Toda ; haga usted con ella lo que 
quiera. 

La emoción cegó á don Juan, que que- 
dó deslumhrado : apenas podía creer lo 
que pasaba. Lograba al fin lo que tanto 
había deseado, pues podría cumpHr lo ofre- 
cido á sor Ignacia, y tendría el niño cuan- 
to hubiese menester. Reflexión tan placen- 
tera borró de su alma hasta el recuerdo de 
la ofensa recibida, y absorto en aquellas 
consideraciones, y pensando sólo en la lar- 
gueza de la dádiva, tomó la mano del ge 



neral, murmurando un '*¡ Dios se lo pa- 
gue !," y la llevó á sus labios. 

Briones la retiró como si hubiera sen- 
tido el contacto del fuego. Sin comprender 
lo que estaba pasando, vio como al través 
de un velo de niebla, que Matute se mar- 
chaba sonriente y haciendo profundas re- 
verencias ; y considerando la fealdad de su 
acción y la belleza del alma del anciano, 
sintió que un sollozo le brotaba del pecho 
y de los ojos una lágrima, al bajar á su con- 
ciencia la confusa percepción de una ex- 
traña grandeza. 



Se rompe un velo inútil. 

Omitimos describir la satisfacción que 
se dibujaba en el rostro de Matute al pre- 
sentarse á la superiora del Hospicio mo- 
mentos después de la escena que acabamos 
de relatar, el asombro de ésta al recibir 
de manos del anciano tanto dinero, y las 
fiestas que ella y las otras hermanas hi- 
cieron á las canastas de provisiones : el lec- 
tor podrá figurarse todo eso, tomando en 
consideración las circunstancias del caso. 
Para colmo de alegría, resultó que las 
cuentas mismas de sor Ignacia habian si- 
do exageradas, y que el surtido de todo lo 



■ w , ■íp.''v,'>*'y'^ 



54 

necesario para el niño, costaba menos de 
lo calculado ; de suerte que con el subsidio 
de don Juan, pudo comprarse lo preciso 
no sólo para Joaquín, sino también para 
Berta y otras varias criaturas. 

— Ya que la casualidad trajo á la vez á 
los dos niños á esta santa casa, dijo la 
graciosa hermana sor Alarcelina, conviene 
poner juntas sus cunas; tanto más cuan- 
to que un mismo acto de caridad y un mis- 
mo óbolo piadoso les han proporcionado 
cuanto han menester. 

Así fué cómo desde aquel día, se vieron 
contiguas las cunas de l>erta y Joaquín, 
y los nombres de los niños anduvieron jun- 
tos constantemente en los labios de todos 

Pocos días después, se dio traza al bau- 
tismo de la expósita. Para ello fué invita- 
do un matrimonio rico, como que la supe- 
riora no perdía oportunidad de provocar 
' las liberalidades de la gente adinerada ; y 
como era público y notorio que aquellos 
buenos señores apaleaban los pesos, como 
suele decirse, los eligió sor Ignacia para ei 
objeto, no sólo con el fin de arrancarles 
alguna limosna, sino también con el de 
poner bajo su protección á la tierna niña 
á quien se iba á cristianar. Desgraciada 
mente eran demasiado viejos aquellos bue- 
nos señores, y murieron mucho antes que 
su ahijada. Buscando a? acto mayor relie- 
ve, obtuvo sor Igtiacia que el mismo deán 
de la Catedral, tanto más decorativo cuan- 
to más anciano y trémulo parecía, fuese 



. - ■ ' -•".■■■ • .". " ■•" ' ' ' . ' '^"- 

55 . :f/ 

quien administrase el agua bautismal á la 
criatura. Cúmulo tal de bien escogidas cir- 
cunstancias, dio por resultado que el día 
del bautizo fuese de gran regocijo en la 
casa de los pobres, que éstos vistiesen con 
esa ocasión, sus trajes de fiesta, que hu 
biese lucidos refrescos en el refertorio, 
que los compadres repartiesen volps en 
tre todos los asilados, y que, amén de to- 
do eso, fuesen llevadas al hospicio cargas 
de diversos azúcares y cereales, donados 
por los padrinos, que eran dueños de fa- 
mosas y ricas haciendas. 

A la niña se le puso por nombre Berta 
Cabanas, lo primero en obediencia á la 
indicación contenida en el papelito halla- 
do en el relicario, y lo segundo, en ho- 
nor al santo obispo fundador de aquella 
casa ; y el angelito lució ficas mantillas y 
encajes finos en la ceremonia, merced á la- 
liberalidad de sus padrinos, quienes, apar- 
te de eso, le otorgaron un donativo de 
cien pesos, que recibió sor Ignacia para ; 
que dispusiese de su valor en beneficio de 
la niña, ó bien para que se lo conservase 
como un corto dote para cuando saliese; 
del Hospicio. f/^ ; .i; m-' 

Pasados los festejos, siguió la vida re- 
gular y monótona de la casa de caridad. 

Casi á la vez concluyó la lactancia de 
Joaquín y Berta, á pesar de la diferencia 
de sus sendas edades ; pues como aquél 
era tan desmedrado y endclíle, y ésta tan 
fuerte y sana, result(S que el niño necesita- 



56 

se nodriza casi dos años, con lo que &e 
igualó con Berta, quien la tuvo sólo diez 
\ ocho meses. Sufrieron al mismo tiempo 
el destete, adolecieron á la vez de los tras- 
tornos gástricos que ocasiona la dentición, 
y más tarde, las viruelas locas y el saram> 
pión los obligaron á guardar cama en 
igual época. 

Durante ese período de evolución, cui- 
dó sor Marcelina de ellos con cariño ma 
ternal, en tanto que Matute no cesaba de 
llevar al Hospicio buen contingente de di 
ñero y víveres, ya para el sostenimiento 
general de la casa, ya para hacer frente 
á los gastos personales de su protegido ; v 
como los recursos que aportaba solían 
ser superiores á las necesidades del niño, 
hallaba medio sor Igfnacia de hacer á Ber- 
ta partícipe del beneficio. Entretanto iban 
creciendo paralelamente Berta y Joaquín. 
Este pobre muchacho parecía todos los 
días más obscuro de color, hirsuto de pe- 
lo, deprimido de frente, aplastado de na- 
riz y hendido de boca. Sor Marcelina le 
había tomado, con todo, bajo su protec- 
ción por eso mismo, y tenía para él ter- 
nuras exquisitas. Traíale en brazos y pa- 
seábale alegre por patios y jardines, ju- 
gueteando con él y cantándole dulces can- 
ciones ; y acariciábale y besábale con tan 
franco y espontáneo deseo, como si se hu- 
biese tratado del delfín de Francia. Y co- 
mo no faltase quien se manifestase asom- 
brado al ver su predilección por Joaquín 



57 \, 

y su aparente despego hacia Berta, ex- 
plicaba el caso la buena hermana muy 
grave y dulcemente con las siguientes ra- 
zones : ,,, ,-:y\-;¡y.y. ' ;: , -.ií^-^ 
— Bien comprendo que no hay compa- 
ración posible entre estos dos niños desde 
el punto de vi^ta de la figura ; pues mien- 
tras Joaquín es feo y poco gracioso, es la 
niña un granito de oro, un capuUito de ro- 
sa, una estrellita del cielo ; mas por eso 
precisamente consagro mis preferencias 
á Joaquín, porque, si yo no le quiero y 
agasajo ¿quién ha de hacerlo? ¿Y no se- 
ría cosa muy triste que no tuviese este po- 
bre niño quien le mimase? Cierto que el 
señor Matute le quiere bien y le protege ; 
pero lo hace á estilo de padre v no de ma- 
dre! .,.-,.-, ,-,:.;•■:. ' ...v;. ;' 

Y añadía en tono sent^encioso : 

— No basta dar á los niños comida y 
vestido ; es necesario darles también ca- 
ricias, porque las han menester tanto co- 
mo el sustento. Los niños feos las necesi- 
tan aún más, porque á ellos todo el mun- 
do sie las niega. Se les hace la caridad, 
pero desde lejos, porque no inspiran sim- 
patía ; de suerte que son dos veces indi- 
gentes. Ejerzo, pues con Joaquín una cari- 
dad á mi modo ; yo, que no tengo nada 
le doy mis caricias. Si no fuiera por mi. 
no habría quien le pasara la mano por las 
mejillas, ni quien posase los labios sobre 
su frente y sus ojos. 

Y al decir esto la tierna hermana, estre- 






58 

chaba contra el corazón á Joaquín y le 
besaba con sincero arrebato. 

Y en efecto, mientras á Joaquín nadie 
le hacía aprecio, andaba disputada la ni- 
ña de mano en mano, no sólo por las her- 
manas, sino también por las asiladas y 
las visitas ; siempre festejada, acariciada y 
querida, llena de mimos y regalos. Y es 
que era tan atractiva, como si las hadas 
desde la cuna, se hubiesen empeñado en 
concederle todos sus dones. Blanca como 
la leche, de frescas, rosáceas y redondas 
mejillas, de ojos azules y grandes, de boca 
r.oja y diminuta, de pelo rubio y rizoso, 
siempre alegre y risueña, parecía un que 
rubín bajado del cielo. 

Y para que nada faltase á sus inocentes 
hechizos, había recibido de Dios la índo- 
le más mansa y cariñosa que se ha visto. 
Nunca se oponía á nada, á todo estaba 
constantemente dispuesta ; su complacen- 
cia era perpetua é intuitiva. La primera 
palabra que aprendió á decir, después de 
"■mamá," fué "sí." A todo cuanto se le 
decía, contestaba que "sí." 

— i Que te levantes, Berta! decíale sor 
Marcelina. 

Sí ! respondía la niña. 

Que no comas tanto pan ! 

Sí! 

Que no te arrastres por el suelo ! 

Sí! 

Que entres en el dormitorio ! 

Sí! 



• ;' ': 59 

— ¡Que te metas en la cama! 

— ¡ Sí ! 

Y siempre ."si;" en todo momento y en 
cualquier ocasión "sí" y "sí," ya le agra- 
dase ó le fuese enojoso el mandato, ora 
significase un placer, ora una pena. El cíe 
lo había formado aquella almita, de .dul- 
zura y obediencia, de suavidad y de amor. 
¿Qué extraño, pues, que cuantos la cono- 
cieran se sintiesen dispuestos á cogerla en 
brazos, festejarla y acariciarla can intensa 
fruición y simpatía? Sus mejillas, semejan- 
tes á maduros melocotones, eran una per- 
petua invitación al beso, y tan apremiante, 
que nadie la resistía. 

Era opinión general que Berta viniese 
de alguna familia principal y empingorota- 
da. Los malignos se complacían en atri- 
buirle altas paternidades y maternidades, 
con designación expresa de nombres cono- 
cidísimos y aristocráticos; pero todo eso 
no era más que pura fantasía ó declarada 
impostura, pues, en realidad, nadie sabía 
nada sobre el origen de la niña. 

Nosotros vamos á decirlo, porque esta- 
mos en el secreto, y preferimos revelar 
esta poridad, á rhirar calumniada y en len- 
guas á la inocencia. 

Sus padres, aunque de buena proceden- 
cia, formaban parte de esa clase que, por 
hallarse igualmente alejada de la baja y 
de la alta, es conocida con el nombre de 
"media." Su abuelo materno, el doctor en 
medicina y cirujía, don Leopoldo Revuel- 



-Sit-' 



ta, había gozado en Fópoli reputación de 
docto y acertado, y, mediante una labor 
larga y asidua, habia logrado colocar á 
su familia en una posición decorosa. En 
sus buenos tiempos, habia llegado á ser 
profesor de la Escuela Médica del lugai 
y leu-cargado de una de las salas del Hos- 
pital Civil. Desgraciadamente, debido á 
causas desconocidas, al llegar apenas á 
la madurez de la vida, habia sentido gue 
se le debilitaba la vista, y poco á poco, 
habia ido perdiendo la fuerza óptica^ sin 
que ni los mayores esfuerzos de sus co- 
legas, ni los cuidados esmerados de su hi- 
ja Teodosia, hubiesen sido parte á atajar 
el avance de la terrible dolencia. Según el 
diagnóstico de los mejores oculistas, la en- 
fermedad del doctor Revuelta no habia te- 
nido remedio desde que se había iniciado, 
pues consistía nada menos que en la paráli- 
sis del nervio óptico, mal profundo y recón- 
dito, que ni colirios ni escalpelos son capa- 
ces de alcanzar ni combatir. Así fué que 
siguió oscureciéndose gradualmente la vis- 
ta del profesor, quien había comenzado por 
no percibir los objetos por algunos de sus 
lados, mientras los miraba claramente por 
otros. Entretanto, parecían sanos los ojo?^ 
del enfermo : hermosos y límpidos, de ni- 
ñas trasparentes y azuladas, y de expresión 
suave y melancólica. Fijábanse en~los del 
interlocutor con la misma dulzura y clari- 
dad de siempre, y nadie hubiera sospechado 
estuviesen amenazados de ceguera, pues 



no lúuúmn rojez ni dttfoFmaición en la cór- 
nea, ni mancha en el crístalino, ni cosa que 
pareciese alarmante en ninguna de sus par- 
tes; por eso precisamente daba mayor 
compasión el verlos, pues dolía considerar 
que, bajo su apariencia normal, llevasen 
acurrucada en el fondo la sombra que aca- 
baría por cubrirlos. 

Había enviudado pronto Revuelta, y co- 
mo único alivio de su soledad y tristeza, 
conservaba á su lado una niña llamada Teo- 
dosia, débil y triste resto del náufrago bajel 
de sus amores. Por fortuna, cuando comen- 
zó á manifestarse la dolencia, contaba ya 
Teodósia diez y seis años ; y como era lis- 
ta y animosa, había podido, á pesar de su 
corta edad, hacerse cargo de la situación, 
no sólo para proveer al gobierno de la ca- 
sa, sino también para cuidar y atender con 
eficacia á su padre. /a;^ jv;;: >; ^ -a^i-r; 

Había heredado Teodósia !a hermosura 
de la madre, la cual á su vez la había he- 
redado de la abuela; én aquella familia 
no había habido hembra fea, ni exenta de 
atractivo, pues hasta las menos favores 
cidas por la suerte, habían sido, cuando 
menos, graciosas. Tan precioso legado 
trasmitido de generación en generación, 
parecía destinado á perpetuarse en aque- 
lla familia. Morena era Teodósia, pero d» 
un tinte moreno bastante claro, y lle- 
vaba en las mejillas el color de la salud 
y de las frescas manzanas. No tenía ojos 
grandes, pero sí expresivos ly; dé largas y 

PRECURSOKBS— 5 



-■!.■•*' 



62 

rizadas pestañas ; y, aunque su estatura no 
era elevada, era tan bien proporcionada 
de cuerpo, que un griego no le hulñése 
dado ni una línea más ni una linea menoa 
por ninguno de sus lados. Sus facciones no 
pecaban por exceso ni por defecto, y teníii 
una gracia tal en la fresca y encendida bo- 
ca, ya para hablar, ya para reír, ó bien para 
hacer mohines, que, complacidos los ojos, 
se recreaban contemplando los primores 
y donaires de sus rojos labios y la resplan- 
deciente blancura de sus dientes. A todo 
eso, había que agregar la extraordinaria 
fogosidad de su temperamento, que le 
comunicaba una vivacidad exuberante y 

una fuerza de atracción irresistiMe. 

A medida que la ceguera de Revuelta 
había ido avanzando, el buen doctor, do- 
minado por la tristeza, había ido retirán- 
dose de la saciedad y del mundo, hasta el 
punto de quedar reducido á la compañía 
de algunos deudos y muy contados ami- 
gos. Entre ellos se encontraba un joven 
discípulo suyo, muy simpático, llamado 
Francisco Palacios. Al cursar aquel jo^ 
ven el primer año de Medicina, recibió 
clases de Revuelta, quien comenzaba ya 
por aquel tiempo á quejarse de fatiga en 
la vista ; y, con motivo del trato y bcwi- 
dades del profesor, había dado Palacios en 
frecuentar la casa de éste, ya para con* 
sultar libros, ya para recibir especiales ex- 
plicaciones sobre los cursos. Bqco tiempo 
después, había quedada it>ca{>acitadb Re^ 



vuelta para continuar desempeñando d 
profesorado, y desde entonces el agradeci- 
do Palacios sé habla impuesto el deber 
de no abandonarle ; así que le visitaba muy 
á menudo, entreteniéndole con la crónica 
de la Escuela y del Hospital, y con lecturas 
de libros y periódicos. 

Palacios era hijo de un comerciante de 
aldea ; mas por su brillante apostura, blan- 
cura de la piel y color dorado del pelo, ha-^s 
bríale tomado cualquiera por un hermo* 
so hijo de Albión. En todo caso, tenía la 
pinta de un inglés pobre, pues sólo dis- 
ponía para hacer sus gastos, de una pen-> 
sión miserabk, que le bastaba escasamen- 
te para pagar el mísero cuartucho donde 
vivía, y procurarse una ruin alimentación. 
Apasionado por el estudio y de una inte- 
ligencia notable, gozaba de gran estima- 
ción entre sus condiscípulos y maestros; 
y era opinión general entre unos y otros, 
que no había habido de muchos años á 
aquella parte, alumno de más aventajado 
entendimiento que él en las clases que 
iba cursando. Tendría por entonces diez 
y nueve años, y llevaba el alma tan car- 
gada de ensueños y de tanto fuego el co- 
razón, que bien pudiera decirse que no vi- 
vía en este mundo, sino absorto en la con- 
templación de las mágicas ilusiones que 
volaban por su mente. 

Privado de hogar propio, tomó el joven 
por suyo el de Revuelta, y pronto quedó 
establecida la costumbre de que casi no sa- 












.. ■» • 

lics€ de aquella casa, donde bien se hallan 
ban todos en compañía, y donde se pasa- 
ban horas gratísimas de sabrosa conver- 
sación ó escogida y variada lectura. De 
aquel roce constante y creciente iiitimi- 
dad entre los jóvenes, nació la inclinación 
mutua de Francisco y Teodosia. Hermo- 
sos, inexpertos, y aproximados por la 
suerte, estaban fatalmente destinados á 
quererse ; así que la historia de sus amores 
i fué natural y lógica, aunque desgraciada. 

V- Se amaron al principio con amor de ni- 
ños, casto y puro, é hicieron juntos, dul- 
/:• ees proyectos de dicha para lo porvenir; 
yi^. y el doctor, que supo á tiempo lo que pa- 
^{" saba, no solamente lo aprobó, sino lo 
I -,-v aplaudió cordialmente, creyendo ver en 
í^^ . aquellos amores, un acontecimiento pro- 
ST videncial para sostén y dicha de su hija. 
. :-¡^ Desgraciadamente su ceguera fué aumen- 
-^ tando, y disminuyendo can «lia su cuidado 
■ f, _ y vigilancia cerca de los ardorosos adoles- 
' ' \ centes. Y como el fuego crecía y las ocasio- 
nes se venían á las manos, y como á la inex- 
periencia de la edad, se unían el arrebato de 
la juventud y la impaciencia por llegar al 
V' término anhelado, sucedió lo que era de 
esperar. Y fué que aquellos amores todos 
los días más vehementes, fueron perdiendo 
poco á poco idealidad y poesía, hasta llegar 
á convertirse, al fin de todo, en una triste 
;' caída y en una falta vergonzosa. Por for- 

tuna acaecía todo eso cuando ya Revuelta 
podía apenas distinguir los objetos; así 



65 

que el pobre padre no llegó á darse cuen- 
ta de lo que pasaba, y continuó creyendo 
que los jóvenes se amaban sin mengua de 
sus deberes, mancilla de su nombre, ni 
ultraje á su desgracia. Y quiso Dios mise- 
ricordioso que, antes de que Teodosia vie^ 
se Sellada su falta con la venida al mundo 
del fruto de sus culpables amores, una 
breve y aguda dolencia sacase á Revuelta 
de aquel mal paso ; que sólo por las puer- 
tas de la ceguera y de la muerte pudo li- 
brarse de la vergüenza y de la deshonra. 
• Apenas fallecido Revuelta, tuvo la exal- 
tada Teodosia un agrio coloquio con Pa- 
lacios, á quien exigió un matrimonio inme- 
diato para reparación de su buena famaj; 
pero como el joven era pobrisimo y de 
menor edad, no pudo acceder á ello des- 
de luego. En cambio, juró á la joven por 
lo más sagrado, que lo haría tan pronto 
como allegase los recursos indispensables 
y cumpliese los veintiún años; pero Teo- 
dosia no entendía de razones: le llamó 
traidor y fementido, lloró de rabia y despe- 
cho, se volvió casi loca, y, sin más ni más, 
le despidió de su casa, diciéndole que nun- 
ca volverían á verse. Y en efecto, á la hora 
menos pensada desapareció de su hog^ar 
sin que nadie pudiese dar noticia de su 
paradero ; y se ocultó tan bien y porfiada- 
mente, que nunca más volvió á verla su 
amante, ni á saber de ella durante su vida. 
Lo que hizo, en realidad, fué meterse 
en la casa de una parienta lejana que tenía, 



<- 



66 









y vivía en las afueras de la ciudad, y ahí 
dar á luz á su hija Berta, entre terribles 
y alternados accesos de llanto y cólera. 
Después de eso, obrando con una frialdad 
y un endurecimiento de corazón inexpli- 
cables á sus años, y no queriendo batallar 
con la niña ni echarse á cuestas la cár^a 
dic su culpa, la llevó por sí misma á la in- 
clusa, como queda relatado. V-^r: --tí» v^ri^t: 

Su incalificable conducta y el extraño é 
impensado desenlace por ella dado al 
amoroso conflicto, dejaron en el corazón 
de Francisco una huella de dolor, que 
nunca llegó á borrarse. Teodosia y su hija 
se perdieron para él en el torbellino de la 
vida, como una gota de agua en el océa- 
no, como una voz .en el desierto ; pues por 
más empeño que tomó y pasos que fué 
dando para aclarar el misterio, nunca lo- 
gró penetrarlo. Así se vio eclipsada para 
siempre la alegría de su juventud, pues, 
aparte del peso abrumador de aquella 
amarga historia, sentía sobre sí el de una 
responsabilidad imposible de ser satisfe-r 
cha. 

¿Quién podría adivinar el paradero de 
Teodosia? ¿Quién explicar á qué fin llevó 
á su hija á la casa de expósitos? ¿Quién 
asegurar que no haya sido para salir de 
nuevo á la sociedad, renovada y libre, á 
fin de seducir otro corazón y conquistar 
nombre y esposo al abrigo de una falsa 
virtud? ¿Quién, que no haya sido, para 



'-Í-- 



tnirég&rtt á la liviandades de la juventud, 
de! amor y de la codicia ? 

Dcjiínotla pues, engolfarse en el mai 
de la existencia, como potente íragata ar- 
mada en guerra y dispuesta á abordar y 
echar á pique inexpertos y confiados ba- 
jeles ; y volvamos los ojoi á Palacios, cu- 
yos breves y románticos hechos valen 
bien la pena de ser bosquejados. 



■'■•-'I y-íví :i.tí:-,-yv^-y : ■ ._. ■ • »»; . 




!\' Cómo murió Palacios. 

T :'•'■'!' t^ ■ ■■/■ 





Mientras Berta y Joaquín iban cre- 
ciendo al abrig^o de la Casa de Caridad, 
arreciaban los vientos revolucionarios 
fuera del recinto misericordioso. Santa 
Anna habia ascendido á la presidencia una 
v« más, por medio de la revuelta, y ha- 
bíase hecho proclamar dictador vitalicio 
y otorgar poderes para nombrarse un su- 
cesor. Los patriotas volaron á las armas. 
Corta fué la lucha. México estaba cansado 
de "su Alteza ;" la situación se fué des- 
moronando como el azúcar en el agua, ^ 
el dictador sé vio obligado á salir de la 
República. Al triunfo de la revolución, 
fué convocado el pueblo para elegir dipu- 
tados á la Constituyente, y poco después 
se reunió en México el Congreso Naqio 






■Líf 



rial. Desgraciadamente la discordia kabia 
minado al mismo grupo que había derro- 
cado al tirano, y , el Presidente Compn- 
fort, que tan eminentes servicios ^aiCababa 
de prestar á la patria en la lucha contra 
Santa Anna, lanzó á poco el grito de rcr 
belión contra gl nuevo orden de cosas; 
mas el pueblo por movimiento espontá- 
neo, se dispuso á defender la Ley Fundas- 
mental. 

En circunstancias tan críticas, los fo- 
politanos, sin distinción de clases, con- 
virtieron su ciudad en centro de resisten- 
cia. Gobernaba por entonces aquel Es- 
tado el General Parrodi, quien ofreció al 
Vicepresidente Juárez, ascendido á Pre- 
sidente por ministerio de la ley, asilo j 
^rcfugio en Fópoli, donde "estaría Tes 
guardado y defendido por los leales pechos 
de sus conciudadanos." Juárez, encarcela- 
do por Comonfort, pero puesto en liber- 
tad muy á poco, había salido de México 
y establecido su gobierno en Guanajuato. 
Entretanto, Comonfort se expatriaba y 
el partido militar hacía Presidente ^á Zu- 
loaga, quien levantaba un fuerte ejército 
con los restos del santanista, para lan- 
zarse en persecución del Vicepresidente. 
El avance del ejército j-evolucionario 
obligó á Juárez á salir de Guanajuato y 
dirigirse á Fópoli. Parrodi entretanto, ha^ 
bía invitado á los gobernadores de los 
Estados para que se le uniesen, y logrado 
que le secundasen v*rios de -ellos; y una 



vea; jieunidas. -las . milicias ptrovincianas, 
marchó al encuentro dd enemigo. 

Juárez y su Ministerio fueron recibidos 
en Fópoli con indescriptible entusiasmo, 
é instalados eh el Palacio de Crobiemo. -i' 

Francisco Palacios; en unión de Miguel 
Cruz Ahedó, Antonio Rosales y Antonio 
Molina, héroes que han llegado á la in 
mortalidad, fué uno de los primeros en 
alistarse bajo la bandera de la legalidad. 
Sus amores desgraciados con Teodoria 
habían dado nuevo gfiro á sus ideas; v de 
joven frivolo que habia sido, habíase tor- 
nado entusiasta demócrata, con la gra- 
vedad y el arranque de un apóstol. Con- 
cluidos los estudios, faltábale sólo obtener 
él titulo para completar su carrera de 
médico ; > perb en medio de la confusión 
de aquellos tiempos de fiebre, nada fun- 
cionaba con regularidad, todo andaba des- 
organizado y fuera de quicio; y ni los 
profesores pensaban en examinar á los 
alumnos, ni éstos en terminar su carrera.: 
Palacios estaba impregnado de las ideas 
que flotaban en la atmósfera, y, como 
tenía temperamento exaltado, era uno de 
los más vehementes sostenedores de las 
nuevas ideas. - 

Había sido colocada desde el tiempo de 
la colonia en una de las torres de la Cate- 
dí^al, una campanilla de timbre penetran- 
te, á-la que, por costumbre inmemoria!, 
se dat>a el nombre de "Campanita del Co- 
rreOi" Sirvió cuando España nos mandaba. 






4- 



■M 



|M para anunciar la Ikgada de los vtrreyct é 

^^' de la Nao de China, ó la jura de algún 
v><. monarca; una vez realizada la indepen- 
dencia, continuó llamando la atención pú> 
blica hacia las noticias faustas, las cuales, 
por desgracia, se referían las más veces, 
á batallas ganadas por mejicanos contra 
mejicanos. Así, al ser puesto Juárez én 
hbertad, al establecer su gobierno en Gua- 
najuato, y á su llegada á Fópoli, no cesó 
aquel instrumento vocinglero de pregonar 
y celebrar tales nuevas con su lengua de 
V|' bronce; y Palacios le oía con tan honda 
'':'f . emoción, como si anunciase la vida ó la 
V muerte de sus propios padres. Cuando es- 
cuchaba los sonoros y jubilosos repiques 
de las campanas «de la ciudad, que iban 
I -. en pos de las vibraciones de la campa- 
;:j:f nilla, no cabía en sí de gozo, y se sentía 
"':V capaz de las hazañas más extraordinarias. 
Desde los tiempos de su desgraciada pa- 
sión por Teodosia, no había vuelto á sentir 
oleadas de sangre como aquellas, levan- 
tadas por la pasión en su pecho juvenil. 
¿Cuál no sería, pues, su desesperación 
cuando supo en día aciago, que Parrodi 
'i había sido vencido, y que los revolucio- 
narios avanzaban sobre Fópoli para ases- 
tar el golpe de gracia á la Constitución? 
Cundió como rayo por la ciudad aquelln 
'/c-- noticia, alentando las esperanzas de lot 
secretos amigos de los rebeldes, y enarde* 
ciendo el furor de los constituci^ialiai 
tat. Aunque la mayoría de ¡Qt fopolita- 



nos era juarista, los simpatizadores de 
la revolución no eran pocos ni inútiles, 
pues contaban con altos y misteriosos 
apodos de gente rica y principal. Era Fó- • ■ 
poU entonces coma hirviente caldero de í * 
pasiones, donde nada permanecía sereno, 
ni en su lugar, pues la discordia política í 
había llegado como el Evangelio, á ser 
espada colocada entre el esposo y la es- 
posa, el padre y el hijo, y el amigo y el - 
amigo. Grandes intereses en . lucha, ati- 
zaban el fuego de aquella inmensa hogue- - 
ra, y los elementos de combate eran co- 
losales ; había en la atmósfera algo extra- 
ordinario, como pasa en las luchas decisi- 
vas, donde se juega el todo por el todo. 

Cobraron nuevos bríos los rebeldes des- 
pués del descalabro de Salamanca, f sus 
secretos amigos de Fópoli, queriendo apreí 
surar el desenlace, concibieron un plan v ; 
atrevido para arrancar pronto de su más- 

. til, y arriar para siempre, la bandera de la 
Constitución; y fué el de apoderarse de / •; 
Juárez y sus ministros, por medio.de un 
golpe de mano. Para poner por obra e( 
osado pensamiento, cobecharon al Coro*. ) ' 

^ nel Landa, jefe del cuerpo que custodiaba 
el palacio ; y una mañana, á la hora menos 
pensada y á la sazón que Juárez y sus 
ministros estaban reunidos, sonaron gri- " 
tos y disparos, y Landa al frente de sus 
soldados, tomó posesión del edificio, re- ; 
dujo á prisión á los Supremos Poderes, 
armó á los presidiarios y abocó piezas de >. 



-í^^-'; 



artillería en las bocacalles de la plaza prin- 
cipal. _ «', 

Los milicianos, jtor su parte, organiza- 
ron la resistencia sin pérdida de momento. 
y abrieron fuego sobre lo§ pronunciados, 
desde sus cuarteles. ^•'«' ^s""" 



-!ihi,xr.*¡ 



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• En uno de éstos, cuyo coronel era Cruz 
Ahedo, y cuyo comandante era Molina, 
fué vivísima la indignación producida por 
aquella infidencia. Palacios pertenecía á 
ese cuerpo en calidad de capitán. Cruz 
Ahedo y Molina llamáronle á consejo pa- 
ra acordar lo que debería hacerse pa-* 
ra libertar al Presidente y á su gabinete; 
y después de mucho discutir y conside- 
rar, resolvieron realizarlo por medio de 
un golpe de audacia. Disponían sólo de 
ciento sesenta soldados ; pero ni sabían 
medir el peligro ni dudaban de nada; to- 
do era posible para ellos. Su arrojo les 
hacía ver como realizable y aun fácil 
aquella aventura. ¡ Ciento sesenta hombres 
para atacar una fortaleza ! j Ciento sesen- 
ta hombres, apenas armados, para apode- 
rarse de buen número de cañones ! ¡ Sola- 
mente entonces y á hombres como ellos, 
pudo ocurrirse idea tan descabellada! 

El plan propuesto y adoptado, fué de 
una sencillez extrema. Convínose formar 
cuatro pelotones con los ciento sesenta 
milÍGÍanos, y que cada «no de ést05 



se dirigiese por calles diferentes y en ac-> 
titud paciñca, hacia la plaza principaU 
Una vez llegados á aquel sitio, dos de ellos 
deberían romper el fuego sobre las altu- 
ras, en tanto que los otros dos atacasen 
á la guardia. Palacios aplaudió la idea coil 
entusiasmo, y pidió y obtuvo el mando de 
uno de los grupos. 

Al siguiente día por la mañana, y á la^ 
plena luz del sol, salió en efecto, del cuar- 
tel, aquel puñado de bravos, dividido en 
cuatro secciones. Los transeúntes que vie- 
ron á los milicianos transitar por las ca- 
lles, aparentemente descuidados, no sos- 
pecharon nada, y los grupos armados pu- 
dieron llegar inadvertidos al lugar de la 
cita. Los de Palacios y Molina fueron de- 
signados para atacar la guardia ; los otros 
dos se encargaron de batir á los laudistas 
apostados en las alturas. 

Una vez á la vista del Palacio, dio Fran- 
cisco la voz de "¡ alto !'' á su pelotón ; y 
con las facciones alteradas por la grave- 
dad del momento, pero con ademán deter- 
minado y voz potente, dijo desenvainando 
el acero : 

— Compañeros, somos pocos, pero co- 
mo despreciamos la muerte, podemos va- 
ler por todo un ejército. ¡Vamos á librar 
á los Supremos Poderes! ¡Adelante! 

En aquel momento, los otros pelotones 
habían roto ya el fuego sobre las alturas. 
Esta circunstancia impidió al joven soi^ 
prender á la guardia ; así que. cuándo 



avanzó á paso veloz, fué recibido con una 
descarga cerrada. Los proyectiles alcan- 
zaron a varios de los suyos, que rodaroi^ 
por tierra; pero los que quedaron en pie, 
siguieron avanzando. Nuevos refuerzos sa- 
lieron del interior del edificio para repeler 
á los asaltantes, y llegaron también mal 
milicianos á unirse con los de Palacios; y 
asi fué haciéndose el combate á cada mo- 
mento más serio y comprometido. Aun- 
que los fuegos cruzados de las alturas 
sobre aquel puñado de valientes, iba mer- 
mando á cada paso sus filas, sordo á la^ 
voces de la prudencia ó del miedo, fué ga- 
nando terreno palmo á palmo, y pronto, 
al combate á distancia, sucedió la lucha 
cuerpo á cuerpo ; pero los soldados de li- 
nea, heridos de cerca por los milicianos, 
caian en gran número delante de la puerta, 
é iban formando un nuevo obstáculo al 
avance de los asaltantes. Los artilleros 
entretanto, habían logrado sacar y descar- 
gar algunos cañones; pero como los mili- 
cianos no iban en grupo compacto y ha- 
bían acabado casi por mezclarse con la 
guardia, los disparos hicieron más ruido 

que víctimas. ^ , ;; >:i^,tv.:: i .; I- 

Espada en mano caminaba Palacios co- 
mo una tromba, sin que nada ni nadie 
pudiese atajar su empuje, y los hombres 
que iban tras él, electrizados por el ejem- 
plo, menospreciaban las balas, tanto co- 
mo él mismo. Así lograron, arrollándolo 
todo, colocarse bajo el arco de la puerta 



■*■■ v< 



priiicipal. En aquellos momentos el espec- 
táculo era sublime: rugía la fusilería, los 
proyectiles hendían el espacio, nubes de 
humo se televahan por donde quiera, y á la 
luz del sol y al fulgor de los disparos, se 
veía el suelo Sembrado de cadáveres. La 
confusión había llegado á su colmo: el 
comandante Molina habíase apoderado de 
uno de los cañones, había trepado sobre 
él á horcajadas, y probaba á dispararlo 
con su tabaco encendido, pero tu aquel 
momento una bala enemiga le destrozaba 
el cuadril y le derribaba agonizante ; Cruz 
Ahedo y Palacios estaban ya en la puer- 
ta del edificio: allí se había trabsido tin 
combate dese^>erado de tiros, cuchilladas, 
ballonetazos y culatazos. Los defensores, 
impotentes para rechazar el asalto, se es-\ 
forzaban por cerrar los batientes de made* 
ra, mientras pugnaban vigorosamente los 
milicianos por impedir la maniobra, y en 
medio de la refriega, unos y otros caían 
confundidos, formando sangrientos mon- 
teses. Al ña, sobreponiéndose el mayor 
número á la valentía de los pocos, logró la 
soldadesca cerrar las hojas enormes, pe- 
ro no antes de que algunos milicianos 
quedasen por la parte de adentro. Del nú- 
mero de éstos fué Palacios, á quien pare- 
cían respetar las balas y los sablazos. Lí- 
vido, desgarrado, perdido -el sombrero y 
cubierto de sangre, siguió adelante, como 
ea sueños, llevando en una mano la e^>a' 
da y M otra la pistola; asi subió la «sca- 



'•í'. 



'.ití-. . 



lera en medio de la confusión de la solda- 
desca que bajaba y subía, y, llevado por el 
torbellino, llegó hasta el lugar mismo don- 
de se hallaban Juárez y los ministros. En 
aquellos momentos un pelotón de pronun- 
ciados enardecidos por el ataque, se pre- 
paraban á fusilar al Presidente y á los que 
formaban su cortejo. Palacios presenció 
absorto aquel tremendo espectáculo: el 
pelotón en fila, tendía los fusiles^ y^ la 
figura de Juárez, pálida, pero imponente- 
se destacaba sobre el marco de una puer- 
ta. Su tez bronceada y la inmovilidad de 
sus facciones, le daban la majestad de la 
estatuaria; los ministros se mantenían á 
su lado. Palacios oyó la orden de pr,eparar 
las armas .... Todo parecía perdido . . ; . 
Pero cuando iba á sonar la voz de "¡fue- 
go!" uno de los ministros, blanco, mele- 
nudo y con espejuelos, se interpuso entre 
los soldados y el presidente, y levantando 
con uno de sus brazos las bocas de los 
fusiles, gritó : 

— ¡ Los fopolitanos son valientes, no ase- 
sinos ! ¡ Saben morir y matar en el comba- 
te*; no sacrificar hombres pacíficos! [Viva 
Fópoli r ¡ Abajo las armas ! 

El oficial y sus hombres quedaron atóni- 
tos: aquel arrojo y aquellas palabras los 
subyugaron, y, sintiendo vergüenza por lo 
que iban á hacer, despertaron dé su deli- 
rio sangriento. Hubo un momento de du- 
da ; de él los sacó Palacios, gritando entu- 
síasmado/loco y sin poder contenerse:' - - 



•j. — ¡Viva €l Presidente! ¡Viva la Consti- 
tución ! ¡ Mueran los vendidos ! 

Su acento hizo estremecer de rabia á 
los soldados. Una victima se les escapa- 
ba, pero otra se les venía á las manos. La 
atmósfera estaba caldeada por la ira, y el 
instinto de la fiera se había despertado en 
el hombre. Los fusiles se volvieron sobre 
Francisco y se dispararon casi por sí so- 
los. El joven rodó por tierra acribillado 
de balas, y aun muerto, conservó asidas la 
espada y la pistola. 

Entretanto, cerrada la puerta, se estre- 
llaron contra ella los esfuerzos de las mer- 
madas filas de los asaltantes, pues aunque 
varias veces intentaron éstos derribarla, 
arrojándose sobre ella con ímpetu furioso, 
otras tantas fueron rechazadas con pérdi- 
das enormes para su escaso efectivo ; así 
que los restos sangrientos de aquella le- 
gión de bravos, tuvieron al fin que aban- 
donar la inútil porfía, aunque de mala ga- 
na y retirándose paso á paso. 

Aquella hazaña, aunque frustrada, dio 
á Landa la medida de lo que eran y valían 
los patriotas de Fópoli ; así que al siguien- 
te día, determinó darse á partido, entregó 
el Palacio, puso en libertad á los Supre- 
mos Poderes y evacuó la población. 

Juárez y su grupo lanzaron manifiestos 
en que dieron' testimonio de su reconoci- 
miento y admiración hacia el pueblo de 
aquella ciudad. 

"i En esta fase de la gran lucha de la 

PRICURSOREf— 6 



:V J 



kumanidad (decía uno de ellos firmado por 
Juárez), entre los que tiranizan y los que 
libertan, entre los que especulan y los que 
prodigan cuanto poseen, la victoria es dig- 
na de su teatro, porque Fópoli es una tie- 
rra consagrada por el valor y por la li- 
bertad!" . . . .1 . 



Así, debajo de aquella historia grandio- 
sa, se desarrolló y llegó á su epílogo la 
de aquel joven herofco y entusiasta qué 
parecía llamado á altos destinos ; y sin que 
nadie lo supiese, perdió á su padre, que 
nunca conoció, aquella niña rubia y hermo- 
sa, que tomaron bajo su protección las 
hijas de San Vicentcf de Paul. 

A la sombra de los dramas públicos, 
suekn desenvolverse los pequeños y oscu- 
ros de 4a vida humana, callados é invisi- 
bles, pero no menos hondos ni patéticos 
que aquellos. 



VII 



Un Náitfrago. 



En medio' de aquellas escenas flamíge- 
ras de lucha y exterminio, y entre el rugi- 
do d^ las .pasiones y el combate gigantes- 
co por la supremacía del poder, habían 
ido creciendo y entrando en la vida Bcr- 



ta y Joaquín. Tan pronto como terminó 
su lactancia, pasaron al departamento de 
párvulos, donde fueron recibidos con óscu-. 
los por la hermana Petra, otra religiosa 
no menos tierna y cariñosa con los niños, 
que sor. Marcelina. Ya por entonces Ber- 
ta y Joaquín calzaban zapatitos y llevaban 
sueltas batas y largos baberos que les lie- 
gabán hasta el tobillo ; y podían marchar 
por sí solos, aunque trastabillando, por 
los "ambulatorios" de su departamento. 

Por los * días en que este capítulo se 
abre, sufría un asedio la ciudad; pero la 
Casa de Caridad había quedado fuera del 
recinto fortificado. Las fuerzas sitiadoras 
circunvalaban la población y la embestían 
por todas partes ; la fusilería rugía rabip- 
sa por el día y casi no cesaba por la noche. 
El cañoneo era intermitente; pero á ratos 
retumbaba ensordecedor, haciendo trepi- 
dar el suelo de la ciudad. Los belígera^-; 
tes habían tratado de tomar posiciones 
en las alturas del Hospicio ; pero con me- 
gos y súplicas, había logrado sor Ig^acia 
hacerlos prescindir de su intento, para 
que aquella Casa de Caridad fuese como 
isla de paz en medio de los horrores de 
la lucha. 

La maííana á que nos referimos^ amane- 
ció más encarnizado el combate que los 
días anteriores, pues, á lo que se decía, el 
ejército sitiador había emprendido ataque» 
parciales sobre la plaza, y, aunque hahim 
sido rechazado en casi todos, había iogra- 



■ i^* . 






-v»t.J.-> 






8o 

do avanzar importantes posiciones, hora- 
dando paredes para no ser advertido. Las 
fuerzas sitiadas, por su parte, defendían 
el terreno palma á palmo, y hacian deses- 
perada resistencia dentro de Jos mismas 
casas, donde se trababan combates cuer- 
po á cuerpo.- 

A pesar de las angustias de la situaron, 
la vida pacífica del Hospicio continuaba, 
cuanto era posible, su curso normal. Le- 
vantábanse los asilados á la hora regla- 
mentaria; las faenas interiores no se inte- 
rrumpían, y la enseñanza de las escuelas 
y el trabajo de los talleres no cesaban en 
los departamentos. En el de párvulos, 
sor Petra, aquella mañana, después de le- 
vantar, lavar á los niños y conducirlos al 
refectorio, los había hecho salir á los co- 
rredores, como de costumbre, para ense- 
ñarlos á marchar, cantar y rezar; serían 
como veinticinco los chicuelos que la bue- 
na hermana tenía bajo su dirección. Ri- 
zólos desfilar en columna cerrada, enca- 
bezándolos á guisa de jefe y dirigiéndolos 
con la voz, y á golpes de castañuela, y así 
vacilando y con paso poco airoso, llega- 
ron los rapaces al extremo del corredor, 
que era su aula y colegio; y en bancos 
lustrosos y pequeñitos, colocados en cua- 
dro, se sentaron quietos y calladitos, los 
unos al lado de otros, vueltos los ros- 
tros inocentes hacia la maestra en espera 
de sus órdenes. Una vez ahí, les repasó 
sor Petra con gran paciencia, las leccio- 



m^ 



8i 



nes de siempre, comenzando por la 4qC" 
trina cristiana. " 

— Padre nuestro decía. 

— Padre nuestro, contestaba la grey in- 
fantil. 

— Qué estás en los cielos 

— Que estás en los cielos, seguía dicien- 
do el inocente coro. 

Y así continuó trozo, á trozo, y con son- 
sonete particular, no exento de bien estu- 
diado ritmo, enseñándoles la Oración Do- 
minical, el Ave María y la Salve ; echándo- 
se de ver que, á fuerza de repetir maqui- 
nalmente aquellas mismas palabras, ha- 
bían acabado algunos parvulillos por sa- 
bérselas de memoria, pues no pocos de 
ellos solían anticiparse á las indicaciones 
de la maestra. 

Concluido el rezo, siguieron los ejerci- 
cios físicos. Formados en columna cerra- 
da, y guiados por el golpe de las castañue- 
las y las voces de mando, iban y venían 
los niños por el patio y los corredores, 
haciendo evoluciones militares, levantan- 
do y dejando caer las manecitas, y hacien- 
do cien otros movimientos que tendían 
á favorecer el desarrollo de sus miembros, 
en medio de la alegría y el divertimiento 
de un aparente juego. Y á fin de que los 
pulmones tomasen parte también en el 
ejercicio, no menos que para amenizar el 
trabajo, cantaban en coro (dirigidosjjor el 
acento suave y acordado de la hermana), 
himnos cuya letra, aunque defectuosa y 



^,V?í. _ . -■ ^ ■■:•,,;■■ .•-■■•■ 

■ "avs" ~ ■ ^ •>'.■..■':•■ 

■íi^ _ -82 - -■• 

vulgar, estaba al alcance de su nacient* 
y corta inteligencia; é iban así diciendo, 
mientras marcaban el ritmo. con los pies: 

Marchando vamos, amigos, ' 
Con el paso siempre igual; 
: ' Del desorden enemigos, 

Todo haremos á compás. 

Y arrastrados por el ejemplo, y bajo 
la influencia fisiológica de la medicTa y la 
percusión, caminaiban con reguJariidald su- 
ficiiente para la cortedad de sus piernas y 
la torpeza de sus pies. 

Y continuaba el coro : 

• "Cuando las palomitas 

.. Bajan al agua, 

^ Todas juntan sus piquitos, 

Y extienden la ala." 

Su infantil imaginación les representaba, 
sin duda, en aquellos momentos, una 
bandada de blancas é inocentes aves, aba- 
tiendo el vuelo sobre la corriente y 
disputándose juguetonas con el pico el 
líquido claro y fresco, mientras rnovían 
las inquietas alas y agitaban el aire con 
estruendo alborozado ; pues, á medida que 
iban cantando aquellos versos, hacían 
acompasados movimientos representativos 
de las escenas que la -estrofa describía. 

"Cuando las palomitas" .... 



- ^íí^-^--- ;■/■"■ -.V; :;■.-.■ 83 ■ ':-^..:':-':&f: 

Aquí los niños, elevando el rostro y 
las miradas al espacio, levantaban las má-» 
necitas y las movían como figurando e! 
vuelo de las aves. _. • > á« 

"Bajan al agua" M^ 

La turba infantil iba bajando gradual y 
paulatinamente la cabeza y las manos, 
siempre con igual movimiento, para re- 
presentar el descenso de la bandada. 

"lúnta.n todas sus piquitos". . . * 

Inconscientemente apretaban y adelan- 
taban los labios como para darles forma 
de pico, y volteaban los uno% hacia los 
otros, en actitud de besarse. 

"Y extienden la ala". ... M'} 

Al llegar á este pasaje, hacían ademán 
cómico de sentarse, y apartaban los bra- 
citos hacia los lados, como si fuesen alas 
que hubiesen ido desplegando. 

Pasado un rato, volvieron á los bancos 
para oír de boca de sor Petra sencillos 
relatos sobre pasajes de la Historia Sa- 
grada, ó cuentecitos breves y fáciles de en- 
tender, que envolvían alguna moraleja. De 
tiempo en tiempo, la buena hermana in- 
terrumpía la lección para hacerles interro- 
gatorios. La mayor parte de aquellas in- 
teligencias, aletargadas todavía por la ex- 



■ 84 ' 

trema infancia, daban apenas muestra de 
comprender lo que se les preguntaba; y 
era cosa divertida oir los dislates que salian 
de tan frescas y risueñas boquitas. Tales y 
tan estupendos solían ser, que la misma sor 
Petra, aunque Hecha á tamaños despropó- 
sitos, no podía menos de sonreír al oírlos, 
y aun prorrumpía, de vez en cuando, en 
frescas y sonoras carcajadas. Si el chiste 
rayaba en lo sublime, la alegre maestra se 
acercaba al niño disparatero y le daba pal- 
maditas en las mejillas, ó bien se las besa- 
ba con estrépito, como para premiarle por 
el absurdo que acababa de decir. 

— No, así no, les observaba, sino de esta 
, otra manera . . . . ■ ~ \ 

'. Aquello era más que una clase, un pa- 
satiempo angelical. Absorta en él se ha- 
llaba sor Petra, cuando llegó sor Ignacia 
acompañada por una hermosa y elegante 
joven que había pedido permiso para visi- 
tar el Hospicio. « 

— Aquí tiene usted á los parvulillos, dijo 
la superiora á su compañera, señalando 
el gfrupo infantil. 

La joven pasó los ojos con delicia por 
el risueño cuadro que tenía delante. 

— ¡A ver, niños, dijo sor Petra, salu 
den ! 

Con un golpe de castañuelas los obligó 
á ponerse en pie, y fué pronunciando des- 
pacio, coreada por ellos, la salutación ha- 
bitual: I 

— Buenos.... dVas.... señora.... 



— Bueno* días, niños, repus» la joven 
sonriendo, ¿ Están ustedes buenos y con- 
tentos ? 

Con el mismo procedimiento contesta- 
ron: 

— Sí.... señora.... por favor.... de 
Dios. 

— Pregúnteles usted lo que guste, dij( 
sor Petra. - ./,: 

— ¿Sobre qué? interrogó la joven. 

—Sobre cosas sencillas y que puedan- 
comprender. 

La joven vaciló un momento, y luego 
preguntó: :¿ 

— ¿Cómo se llama la maestra de uste- 
des ? : 

Sin necesidad de apuntador, respondie- 
ron al mismo tiempo con inocente son- 
sonete: ; .; - r- 

— ¡Sor Petra! 

— ¿No es verdad que es muy buena? 

— Sí, señora. :x; 

— ¿La quieren ustedes mucho? 

— Sí .... mucho .... mucho .... 

— Gracias, hijos míos, contestó sonrien- 
do la religiosa ; yo también quiero á uste- 
des, porque son buenos. 

Terminado el fácil examen, invadió la 
joven sin cortedad el cuadro formado por 
los bancos, y fué de cerca pasando en re- 
vista á los niños, uno por uno. Llevaba el 
bolsillo repleto de dulces y pequeñas mo- 
nedas: se conocía que iba prevenida para 
el cas» ; y fué poniendo en la manecita ée 



. > •;>^:-v- 



cada párvulo, aquellos obsequios, con 
gfran regocijo de ellos y de la maestra. 

Y de la manera más natural, después de 
la dádiva, preguntaba á cada chiquillo: 

— ¿Cómo te llamas, niño? I 

Ellos le decían sus nombres, unos por 
si solos y otros ayudados por sor Petra, 
intérprete obligada de los que no hablaban 
con bastante claridad; y así continuó la 
joven recorriendo toda la fila hasta lle- 
gar á Berta, quien, al oírse preguntai 
como se llamaba, repuso con graciosa 
media lengua é indescriptible gracia : 

— Beta Cabanas. i* 

La desconocida se inmutó. 

— ¿Conque Cabanas? insistió maquinal 
mente. 

— Sí, repuso sor Ignacia ; lleva ese ape- 
llido en honor del Obispo fundador del 
Hospicio, á falta del suyo, que no co- 
nocemos. Es la costumbre : damos á los 
expósitos el de nuestros bienechores. 

— Ya, ya, repuso la joven distraída. 

Largo rato permaneció al lado de Ber- 
ta, á quien dio más golosinas y. monedas, 
y acarició más tiernamente que á los 
otros huérfanos ; y cuando al fin se apartó 
de ella y siguió repartiendo preguntas, 
dulces y dinero entre los demás expósitos, 
pareció hacerlo maquinalmente y como 
sabiendo apenas lo que hacía. Termina- 
da la jira, detúvola sor Petra unos mo- 
mentos para que de ella se despidiesen 
los parvuHlIos. Comenzó la hermana por 



echar ál grupo una mirada preventiva, y 
luego, al golpe de las castañuelas, hizo 
que los Tiuerfanillos se pusiesen en pie. 

— Niños, díjoles, ¿qué se dice á las per- 
sonas que nos hacen el favor de obse- 
quiarnos? 

El coro, reposado, y con voz acompasa- 
da contestó : 

— Muchas gracias. 

— No hay de qué, niñitos, repuso la 
dama cariñosamente ; Dios los haga di 
chosos. j Adiós ! 

— ¡ Adiós .... señora ! repusieron éstos 
despacio. 

Pocos pasos habían daido la sup«riora 
y la joven hacia los departamentos inte- 
riores, cuando la desconocida interrum 
pió á sor Ignacia. 

— Es inútil continuar la visita, dijo. De 
seo hablar con usted algunas palabras. 
¿Me hace el favor de oírme? 

— Con mucho gusto, repuso sor Igna- 
cia. 

Y conduciéndola al recibidor, la hizo 
sentar en el estrado. 

— Mucho me ha interesado esa graciosa 
niña. . . .Berta, á quien acabo de conocer, 
dijo la joven. t 

— Con razón, repuso la siip«riora ; es 
preciosa la chiquilla. No hay otra como 
ella en todo el Hospicio ; y lo que es más, 
no hay tampoco otra almita tan buenn 
como la suya. Es un angelito de Dios por 
dentro y por fuera. 



88 

— Es expósita ¿no es así? 

— Sí, pobre niña. 

— ¡ Pobrecilla ! ¡ Tan simpática ! . . . . 

Reflexionó un poco y luego continuó . 

— Se me ocurre una idea. 

— ¿Cuál? I . 

— Llevármela y adoptarla por hijp. 
¿Cabe dentro del reglamento? 

— Perfectamente, previas algunas for- 
malidades. I 

— ¿Sobre qué, madre? 

— Sobre lo que es natural : sobre la ma- 
dre adoptiva y sus circunstancias. 

— Bástele saber que no tengo hijos v 
pu«do subvenir á la subsistencia y edu- 
cación de la niña. 

— Muy bien; pero necesitaría saber aun 
más. Como usted comprende, debo velar 
por esa criatura, en cuanto al cuerpo > 
en cuanto al 

La joven comprendió sin duda lo nue 
iba á decir sor Ignacia, pues la interrum 
pió vivamente, diciendo : 

— Lo que usted indica es ofensivo .... 

— Líbreme Dios de semejante, propó- 
sito. 

— Advierto á usted, continuó la joven 
cambiando de tono súbitamente, que lo 
que pido por favor, pudiera exigirlo con 
derecho. 

— ¿Con cuál? '. 

— ¿Quiere usted saberlo? 1 

— Sí, señora. 

— Antes d» contestar la pfegunta, pro 



'^•' 



siguió la joven, necesito fijar ciertos pim-» 
tos. 

En seguida hizo á sor Ig^acia un de- 
tallado relato mezclado con interrogato- 
rio, sobre los hechos relativos á la pre- 
sentación de Berta al Hospicio, con sus 
circunstancias de fecha, dia y hora, v sin 
olvidar lo tocante al relicario y al papel 
escrito con lápiz, que indicaba el noir.lre 
de la niña y la particularidad de no estar 
bautizada. Una vez puesta en claro la t.ís- 
toria, exclamó la joven triunfante ; 

— ¿Ya lo ve usted, señora? Todo lo -íé 

respecto de esa niña Como rjue.... 

se lo diré de una vez.... ¡sov su ma- 
dre! 

Y pareció visiblemente conmovida al 
pronunciar estas palabras. Soi Jgnacia 
no se sorprendió en lo más mínimo al oír 
la conclusión, porque hacía rato venía 
comprendiendo cuál habría de ser el de's- 
senlace de la plática ; y con la penetración 
que le daban su claro talento y dilatada 
experiencia en aquellos asuntos, se ha- 
bía dicho para sí : "¿ Cuánto vamos á que 
esta joven resulta ser la madre de Ber- 
ta?" 

— ¿Conque sí? preguntó en alta voz y 
con tono de incredulidad. 

— Sí, hermana, repuso Teodosia, que 
así seguiremos llamando á la desconocida; 
como estar Dios en los cielos. 

— Pero no basta decirlo; sería necesa- 
rio probarlo. 



¿''Í.V 



90 

Teodosia reflexionó unos jnomentos. 

— ^¿No basta .á usted el conocimiento 
que tengo de los hechos? 

— No, porque podría saberlos por infor- 
mes ó por haberlos presenciado. 

— En tal caso, no sé cómo podría ha- 
cerlo .... Pero por la gloria de Dios, juro 
á usted que es cierto .... soy su madre .... 
Me vi obligada á abandonarla, por cir- 
cunstancias excepcionales.... ¿Quiere 
usted que le cuente la historia? 

— No, repuso sor Ignacia, no es nece- 
sario ; sólo que, como usted comprende, 
no puedo entregar á los expósitos á cual- 
quier persona, sólo porque proteste 'Ha- 
berles dado el ser. 

— ¿ Y mis lágrimas ? . . . . ¿ No son prueba 
suficiente? interrogó Teodosia levantando 
la compuerta <ieil llanto .... He sido muy 
ingrata, es verdad, he abandonado á esa 
criatura; pero siempre la he querido, v 
bien sabe Dios qué no la he olvidado un 
solo momento .... Tan pronto como la 
vi, me dio un vuelco el corazón, y algo 
me dijo aquí dentro, que era mi hija 
Cuando me le acerqué y le pregunté cómo 
se llamaba, estaba segura de que iba á 
decir "Berta :" y desde que sé quién es, 
no pienso más que en ella, y siento que 
no podré vivir ya sin ella. La necesito, se- 
ñora, y tengo el derecho de recogerla. 

— ^Y la recogerá usted, sí, repuso la 
superiora; pero como es debido, cuando 



pruebe ser su madre .... y otras varias 
cosas. ■ :"'D:-- 

Teodosia se impacientó al ver surgir 
el obstáculo, y dejándose llevar por uno 
de los accesos de cólera que le eran habi- 
tuales, cambió de tono y cesando de llorar, 
exclamó: 

— No tengo necesidad de suplicar: he 
venido á hablar a usted en buenos térmi- 
nos, pensando hallar una acogida bonda- 
dosa ; pero si, valida de fútiles pretextos, 
rehusa entregarme á mi hija, sabré echar 
mano de otros medios para obtener lo que 
deseo,"quiera usted ó no quiera. 

— Desearía conocerlos, repuso la supe- 
riora con frialdad- . 

— i La fuerza ! gritó Teodosia con exal- 
tación. ¿Le parece á usted suficiente? El 
coronel Carrasco, que es quien manda es- 
ta línea de circunvalación, es persona de 
mi amistad, y no me niega nada de cuanto 
le pido. No tendré más que decirle : "Co- 
ronel, hágame usted el favor de sacar del 
Hospicio á mi hija," para que mande por 
ella con un piquete de soldados. 

Sor Ig^cia comprendió la seriedad del 
amago y lo peligroso de la situación. En 
aquellos tiempos calamitosos, estaban á 
la orden del día los atropellos. Si el Hos- 
picio había sido respetado hasta cntóaces^ 
había sido excepcionalmente y por la sola 
voluntad de los- beligerantes ; mas, en pu- 
ridad, carecía de medios de defensa, y es-- 
taba á la merced de quien quisiera ultra- : 



; 1 



92 

jarlo ; y, cemetido el primer desmáH, ven- 
drían otros detrás de él, y Dios sabe lo * 
que llegaria á ser del establecimiento. Y 
entonces ¿qué suerte correrían los^asila- 
dos, y, sobre todo, aquel rebaño de tier- 
nas doncellas que esta'ba bajo su custodia ? 
Todo lo pensó la superiora en un momen- 
to, y sus ideas y propósitos cambiaron de 
rumbo. Una luz, con todo, vio en medio 
de la obscuridad. Silenciosamente contem- 
pló á Teodosia de hito en hito: vestía 
con elegancia, pero con lujo excesivo y 
exagerado ; llevaba un peinado abultadísi- ' 
mo, sobrepujando la moda del día; los 
pendientes que mostraba en las pequeñas , 
y sonrosadas orejas, si bien de valor, 
eran de tamaño desmesurado ; y lucía en 
los dedos buenos anillos de irisados bri- 
llantes y topacios, pero en número tal, 
que le cubrían casi las primeras falanjes. 
Todo aquello, unido á cierto aspecto sos- V 
pechoso, á cierta manera de hablar espe- 
cial, y á ciertos modales desenfadados que 
había estado observando en su interlocu- 
tora* pusieron á la astuta hermana sobre 
la pista. 

— No hay necesidad de eso, repuso con 
acento conciliador; se llevará usted á la . 
niña si se empeña ; pero le ruego oiga an- •' 
tes lo que voy á decirle. 

Y de improviso, mirándola fijamente, 
le preguntó: 
— ¿Es usted casada? 



"La joven vaciló un instante; mas luego 
,se repuso y contestó con altanería: 

— Y eso ¿ qué le interesa á usted ? 

— No necesito más, repuso sor Ignacia. 
No lo es ; si lo fuera, no tendría reparo en 
decirlo. 

— Suponiendo, gritó Teodosia roja de 
ira, ¿dejo por e,so de ser la madre de 
Berta? 

— No se exalte usted, joven, continuó 
sor Ignacia con urbanidad. Usted puede 
llevarse á la niña, repito, pero reflexione 
que no debe hacerlo. ¿Por qué? Voy ü 
decirselo. ... El coronel Carrasco, á quien 
usted acaba de mencionar, debe ser. . . . 

La joven hizo un movimiento. 

— No me interrumpa, prosiguió la supe- 
riora: no trato de ofenderla. Pues bien, 
si el coronel es lo que me figuro, el mo- 
do de vivir de usted, no es ¿cómo diré?. . . 
el más á propósito para que lo presencie 
la niña .... Anda usted además, en medio 
de la soldadesca, corriendo los azares de 
la revolución, ahora aquí, mañana allá; 
rozándose con toda clase de gente, oyén- 
dolo todo, presenciando las peores esce- 
nas . . . . ¿ Quiere usted llevar á su hi[a á 
ese pudridero? ¿No le remuerde la con- 
ciencia sólo de pensarlo? ¿Qué sería de 
ella si creciese viendo y oyendo tales co- 
sas, y, sobre todo, recibiendo tales ejem- 
plos?. . . . Pasó ya de los siete años, y en- 
tiende mucho. 

Precursores— 7 



V 

■i 



Teodosia densamente pálida, reflexiona 
ba con creciente preocupación. ; | 

— Por otra parte, siguió diciendo sof 
Ignacia, si usted la deja en el Hospicio, 
la niña será buena. Nosotros velaremos 
por ella, y Dios nos ayudará para llevarla 
por buen camino.... Vamos, no cierre 
usted el corazón á la voz del deber y del 
amor.... Muestre con su sacrificio que 
de veras la quiere .... ¡ Animo, hija mía., 
ánimo! . - t 

La joven atacada en sus últimos atrin- 
cheramientos, se echó á llorar de nuevo á 
lágrima viva, y á poco sollozó: 

— Tiene usted razón : no debo por aho- 
ra recoger á mi hija, no soy digna de ella. 
Lo haré más tarde, cuando cambie de 
vida, cuando me haga buena, y mi compa- 
ñía no le sea perjudicial. ... Y me corre- 
giré .... ¿ Por qué no ? . . . . Pronto, lo 
más pronto posible .... Pero, continuó con 
humildad, si llega el caso y usted se per- 
suade de que soy buena ¿no es verdad 
que me la entregará? 

— Ya lo creo, hija mía, repuso sor Ig- 
nacia enternecida, sin duda alguna. 

— Entonces, dijo Teodosia, suplico á us- 
ted le haga saber, cuando lo crea conve- 
niente, que vine á buscarla, y íe ha:ble d« 
mí con frecuencia para que no me olvide; 
y le infunda para mí algún cariño, para 
que cuando nos reunamos, no me rechace, 
y me quiera. Entretanto, guárdele usted 



95 

esto, que le dejo en prenda de mi amor 
y de mi pronto regreso. 

Y con una impetuosidad enteramente 
suya, se despojó de las alhajas que lleva- 
ba, y poniendo en sus manos pendientes 
y anillos, los ofreció á sor Ignacia. 

— Tome usted, señora, le dijo : es para 
mi hija. 

— Un momento, repuso sor Ignacia sin 
alargar la mano ; es mejor que conserve 
usted esas joyas 

— ¿ Por qué ? preguntó Teodosia con in- 
genuidad. 

— Porque no sabemos su procedencia.... 
Usted me entiende. Una criatura como la 
hija de usted, merece otros obsequios. . . . 
Día vendrá en que le dé usted cuanto ten- 
ga; por ahora, déjela vivir d'el óbolo de 
la caridad, que no mancha á quien lo re- 
cibe y engrandece á quien lo da. 

Decididamente, estabfc domada la sober- 
bia de Teodosia, pues no se irguió ya con- 
tra la severidad de sor Ignacia, sino antes 
la recibió con manseduimbre, subyugada 
por la conciencia de sus faltas y el respe- 
to debido á la inocencia. 

— ¡ Ni aun esto, murmuró sollozando, 
ni aun esto siquiera! 

Sor Ignacia, sin replicar, aprovechó la 
ocasión para avivar sus buenos propósi- 
tos, diciéndole que todo dependía de ella, 
que todo se arreglaría cuando ella lo qui- 
siese, y que por la prontitud con que 
llevase á cabo sus planes, daría á conocer 



■*.-■ 



■'fiy-t&:\ 



el grado de amor que sintiese por su hi- 
ja; y otras cosas á este tenor. Pasados al- 
gunos instantes de llanto y quejas, consul- 
tó la joven el reloj, y exclamó: 

— Me voy, porque tengo un quehacer 
urgente; pero volveré pronto. Señora, pi- 
da usted por mí y quiera mucho á nii hija : 
Dios se lo pagará. 

Y enjugándose los ojos, y volviendo los 
pendientes á las orejas y los anillos á los 
hermosos y afilados dedos, se marchó con 
paso febril y precipitado. Fué la vez úni- 
ca que dio Teodosia noticia de sí, durante 
la vida de su hija. A pesar de sus buenos 
propósitos, no volvió jamás al" Hospicio, 
ni llegó á escribir á sor Ignacia, ni tornó 
á informarse de Berta. ¿Qué suerte le co- 
rrería? Nadie lo supo: se perdió en la vo- 
rágine del- mundo, como débil barca en 
tempestad deshecha. ¿Llevóla su vida 
aventurera á país <#«moto de donde no pu- 
do volver? ¿La sorprendió la muerte an- 
tes de realizar sus buenos deseos? ¿Acabó 
la corrupción de ganar su alma y se ol- 
vidó por fin hasta de su misma hija? Nun- 
ca logró sor Ignacia averiguarlo, y en 
cuanto á Berta, no llegó á saber ni aun 
el nombre de la infeliz criatura que le 
había dado el ser, pues todo se lo ocul- 
tó cuidadosamente la madre superiora. 



3' 



97 

VIII ; 

* : Se salva el Hospicio. 

Acababa de salir Teodosia, cuando llegó 
corriendo Estéfana con rostro tal de azo- 
ramiento, y paso tan apresurado, que la 
superiora, alarmada, la interrogó desde 
lejos diciéndole: 

— ¿Qué ocurre, mujer, qué pasa? ' <^ '" 
— ^Un piquete de soldados acaba de to- 
mar posesión del pórtico y pretende ha- ' 
cerse fuerte aquí para batir á los de la 
plaza. 

Sor Ignacia se puso lívida al oír la no- 
ticia. 

— ¡ Dios mío ! exclamó ; i convertir esta 
santa casa en lugar de combate ! Eso no ^ 

puede ser El general en jefe de la lí- 

nta me ha ofrecido respetarla. 

— Salga usted, señora, y lo verá con 
•Sus propios ojos. 

Y echó á andar Estéfana seguida por 
sor Ignacia. Iban á la mitad del camino, 
cuando sonaron los primeros disparos. La 
superiora echó á correr y pronto llegó á 
la portería. Al abrir el portón, se hizo car- 
go de lo que pasaba : un pelotón como de 
doscientos hombres se había posesionado, 
en efecto, de aquel lugar, y se preparaba 
á levantar trincheras, entretanto que algu: 
nos soldados impacientes disparaban sus , 
fusiles sobre los puntos elevados de la ciu- 



:-m. 



98 

dad, guareciéndose detrás de las colum- 
nas. « ' * 

— ¡No permita Dios, exclamó dirigién- 
dose al pelotón, que el Hospicio sea 
convertido en teatro de guerra! ¿Qué se- 
ría de nosotros, si los fuegos de la ciudad 
se dirigiesen sobre este lugar? 

Los soldados se hicieron los sordos 
y siguieron en la faena. 

— ^¿Con quién puedo entenderme? pre- 
guntó. 

— Con el capitán de la compañía^ repu- 
so un sargento mejor educado. 

— ^¿ Quién es? I 

— Mi capitán Blasio. 

— ^¿Me hiciera usted el favor de rogarle 
que me oyese unas palabras? 

— No tengo inconveniente. ^ ' 

Fué el sargento en solicitud del capitán, 
y no tardó en volver en compañía de Bla- 
sio, que era un joven de fisonomía simpa-* 
tica. 

— Capitán, le dijo al verle sor Ignacia, 
el Hospicio no debe ser convertido en 
campo de lucha. 

— Señora, repuso el capitán cortesmen- 
te, mucho lo siento; pero la orden es ter- 
minante. Mi coronel me ha mandado to- 
mar posesión de este punto. 

— ^¿Es posible? interrogó la superiora. 
¿ De quién dice usted ha recibido la orden ? 

— De mi coronel. 

— ¿ El coronel ? . . . . 

—Mi coronel Carrasco. 



- "•'■■-^' -■-■99 . '^^. . 

— Pero señor, replicó sor Ignacia con- 
fundida; no puedo entender lo que pasa. 
El G«neral González Ortega, que manda 
esta linea, me había ofrecido no compren- 
der el Hospicio en el plan de sus operacio- 
nes. 

— Siendo así, señora, tiene usted razón 
para confundirse, porque mi general nun- 
ca falta á su palabra. ¿Tiene usted alguna 
prueba de su promesa? 

— Sí, señor, una carta que me envió en 
contestación á la súplica que le dirigí por 
escrito. 

— ¿Puede usted enseñármela? 

— Con mucho gusto ; voy á traerla. 

Sor Ignacia entró á buscar el papel, vo- 
lando casi, pues sabía que cada instan- 
te de retardo podía ser de graves conse- 
cuencias. A poco volvió. 

— Mire usted, dijo á Blasio, mostrándo- 
le la carta. 

— En efecto, repuso el capitán después 
de haberse enterado de su contenido ; es 
clara y formal. No hay más que una ex- 
plicación posible : que mi coronel no haya 
recibido la orden. ¿Quiere usted prestár- 
mela unos momentos? Voy á mostraila á 
mi coronel ; no será difícil que así se arre- 
gle todo. . ;, ''íj:' 

— Con mucho g^sto; tómela y vaya 
pronto, si me hace el favor. Y dígame, sé- 
ñor capitán ¿no podría ordenar que entre- 
tanto va y vuelve, no siguiesen los dispa- 
ros? ■ . .V, . 



M- 






100 



— No tengo inconveniente. 

Blasio, pues, dio orden de que cesase el 
fuego, y se marchó en busca de su jefe. 
La superiora quedó, entretanto, presa de 
viva ansiedad. - ■ i"/' 

— No quiera Dios, decía para sí, que es- 
ta imprudencia nos sea fatal. 

Desgraciadamente, muy á poco, y en 
justas represalias, los soldados de la guar- 
nición comenzaron á hacer blanco en el 
pórtico. 

— ¡Jesús nos ampare! decía sor Ignacia 
fuera de sí ¿A dónde irá á parar esto? 

Los defensores de la plaza, provocados 
por el fuego anterior, menudeaban sus ti- 
ros, y entraban ya por todas partes los 
proyectiles, abriendo estrías horizontales 
en el revestimento de las columnas, des- 
portillando el arquitrabe, rebotando por el 
embaldosado y hundiéndose en las pare- 
des. 

— ¡ Dios mío ! gemía la superiora ; mien- 
tras continúen aquí los soldados, no hay 
esperanza de remedio. ¡ Cuánto tarda el ca- 
pitán ! 

En realidad tardó poco, pues fué y vol- 
vió corriendo. 

— ¿Y bien? preguntóle ella con ansiedad. 
¿Qué dice el coronel? ' 

— Que se obedezca á mi general, repuso 
Blasio ; ha sido una equivocación. La or- 
den estaba dada, pero se había traspapela- 
do. En un momento la encontramos .... 
Dice lo mismo que la carta. 



\ lOI . 

— ¡Bendito sea Dios! murmuró sor Ig- 
nacia levantando las manos al cielo. 

— Muchachos, gritó el capitán dirigiéndo- 
se á los soldados ; ¡ á recoger las armas 
y á marchamos, de orden del coronel ! 

Con toda la prisa deseable, desalojó el 
local la compañía, bajo la vigilancia del 
capitán, quien se despidió de la supe- 
riora. 

— ¡ Ojalá, repetía sor Ignacia, en los mo- 
mentos de cerrar el portón, ojalá este 
error no tenga consecuencias ! 

Pero las tuvo, pues los disparos habían 
continuado, y comenzaron á poco á tronar 
los cañonazos. Granadas de encendidas es- 
poletas pasaban girando sobre las azoteas ; 
no tardó en caer la primera en el patio 
principal, donde estalló con gran estruendo, 
derribando los hermosos pinos recortados 
que sombreaban los arriates, haciendo en 
el suelo un profundo hoyo, y desconchando 
muros y columnas con sus -terribles frag- 
mentos. Casi al mismo tiempo, cayó otra 
en el corral de los lavaderos, y alcanzó 
en un hombro á una de las asiladas, que 
enjabonaba la ropa de la casa. 

Los estallidos- resonaron por el edificio 
como la trompeta del juicio final. Despa- 
vorido el enjambre recluso, corría por to- 
das partes buscando refugio contra los 
proyectiles, y como el fragor parecía au- 
mentar de intensidad de momento á mo- 
mento, la alarma fué degenerando en azo- 
gamiento y en pánico, hasta privar de pen- 



I02 

Sarniento y reflexión á aquella4 miseras 
gwites. Aun las mismas hermanas habían 
perdido la serenidad y corrían con ancia- 
nos, jóvenes y niños sin saber para dónde,- 
pasando de un patio á otro, y de alli á los 
refectorios y dormitorios, sin creerse á 
salvo en ninguna parte. 

De los grupos salían voces que decían: 
■ — ¡ Ha caído una bomba en el patio de 
los niños! 

— ¡Acaba de entrar una bala en el dor- 
mitorio de los ancianos ! 

— ¡Se ha desplomado una barda en el 
patio del colegio ! 

— Una bomba ha perforado el techo de 
la enfermería! 

Muchas de aquellas especies no eran 
más que aprensiones del terror ó exa- 
geraciones de la fantasía. Como quiera 
que fuese, el establecimiento presen- 
taba el ' aspecto de una plaza poco an- 
tes de ser pasada á cuchillo ; y .ni las 
ovejas cuando hace el lobo irrupción en 
el rebaño, corren, gritan, ni tiemblan tanto, 
como aquella muchedumbre de religiosas 
y menesterosos^ dominados por el espan- 
to. Sólo sor Ignacia había sabido conser- 
var su presencia de espíritu. Una vez lle- 
gada la hora del peligro, recobró la se- 
renidad y no pensó ya sino en dictar las 
medidgj! necesarias para acudir al reme- 
dio. Comprendiendo que nada era más pe- 
ligroso que correr al acaso, cruzando por 
los patios, chocando «entra los muros y 






103 

aglomerándose en todas partes, dio órde- 
nes precisas para que cesase el tumulto, y 
procedió á recluir en los sitios que estimó 
mejor defendidos, aquellas greyes aterra- 
das, que no sabían de sí ni eran capaces 
de atender á su propia defensa. Anduvo 
así correteando por todos los ámbitos del 
edificio para aquietar y hacer entrar á to- 
dos en orden, y para que quedasen desier- 
tos los patios y despejados los corredores. 
Pero estaba de Dios que su espíritu no 
tuviese reposo, pues, apenas concluida esta 
faena, se le acercó la hermana sacristana, 
lívida y temblorosa. 

— ¡ Sor Ignacia, le dijo, los cañones están 
haciendo puntería sobre la cúpula de la ca- 
pilla! 

La superiora se estremeció de pies á ca- 
beza al oírlo, pues nada había que tanto 
amase en el edificio como aquella cúpula 
airosa,^ que, sobre voladas pechinas se ele- 
vaba á los aires sostenida por delicada 
arquería y graciosa y esbelta columnata, 
i Cuántas veces la buena madre, mientras 
rezaba arrodillada ante el altar, debajo 
de aquel hermoso dombo, se había exta- 
siado contemplando las bellezas de la 
construcción, orgullosa de poder rnostrar 
á extranjeros y visitantes esa obra maes- 
tra del arte ! ¡ Cuántas, al elevar el espíri- 
tu á Dios rogando por aquella santa casa, 
le había parecido ver que se alzaba. la cú- 
pula por las nubes, hasta confundirse con 
el azul mismo de los cielos ! Y su espíritu 



w.. 



m 



: -'f) 






104 

absorto había creído encontrar allá, en 
las alturas misteriosas donde no alcanza 
el ojo humano, al Dios bueno, invisible y 
misterioso que vela sobre toda criatura, 
lo mismo sobre el águila que hiende el 
espacio y se encara con el sol,. que sobre 
'Cl reptil que se arrastra invisible por el 
suelo ; lo mismo sobre el inmenso astro, 
gala del firmamento, que sobre la infinite- 
simal molécula, que boga perdida en el es- 
pacio. No, aquella maravilla no podía ser 
tocada, no debía ser 'herida. Debajo de 
ella, estaban el ara santa, el altar donde día 
á día se renovaba el Sacrificio del Calva- 
rio, y el santuario bendito donde se ocul- 
taba la Divina Hostia, el Cuerpo de Nues- 
tro Señor Jesucristo, reducido á blancas 
y puras especies, como el sol deslumbran- 
tes en manos del sacerdote ó en los labios 
del creyente. Vio el horror producido por 
la destrucción de aquella regia techumbre : 
los escombros cayendo sobre el obelisco, 
las bombas haciendo explosión dentro del 
sagrado recinto, el ara rota y profana- 
da, violado el santuario, el sagradq copón 
y las blancas Formas entre los escom- 
bros .... Nó, aquello no podía ser ; eral 
preciso evitarlo. Y maquinalmente, vuel- 
tos los ojos al cielo y enclavijadas las ma- 
nos, murmuró: 
— ¿Qué hacer, Dios mío? I 

La hermana sacristana no hizo más que 
repetir : 
— ¿Qué hacemos, sor Igfnacia? 



"'.-.t 



105 

La superiora oró fervorosamente en su 
interior : 

— Señor, dijo, soy una débil mujer sin 
recurso humano para defender tu casa, tu 
altar, tu santuario ; pero si desde lo alto de 
tu trono quieres protegerme, alcanzaré lo 
que no podría lograr un ejército nume- 
roso. 

Sus ideas, vagas al principio, se fueron 
exclareciendo lentamente. 

— Si hay algún remedio, será éste, pen- 
só; y si no lo hay, que haga Dios de mí 
lo que le plazca. 

Trazado su proyectó, ordenó á la sa- 
cristana fuese por todos los salones á or- 
denar que se rezase un rosario con letanía 
y Magnífica por su intención ; y momen- 
tos después, resonaba el edificio con el 
coro patético de la plegaria. El peligro 
común, el estallido de los proyectiles y la 
proximidad de la muerte, inspiraban á 
aquellos corazones afligidos una unción 
muy sincera; y el ruego se levantaba vi- 
brante y conmovedor hasta el trono de 
Dios, implorando misericordia. Entretan- 
to, y en medio del espanto y la soledad del 
vasto edificio, subió sor Ignacia por la em- 
pinada escalera. que conducía á la anchuro- 
sa azotea, y una vez arriba, adelantó sin ti- 
tubear, á pesar del silbido de las balas, has- 
ta el arranque de la cúpula. Destacábase 
ésta como pequeña colina sobre la nivelada 
llanura de los techos, tersa, redonda, más 
alta é imponente de cerca, de lo que se 



• 



j-*:»- 



^- io6 ' .:' ,-'^' .,., 

hubiera pensado al verla desde lejos. Era 
., la primera vez que la superiora la miraba 
á aquella distancia, y le pareció enorme, 
casi inaccesible. Sin embargo, necesitaba 
llegar hasta su tope, pues á eso había ve- 
r • nido; pero ¿cómo? Varias veces había vis- 
to á los operarios encaramados en lo más 
;: alto de la linternilla, y se había maravilla- 
do de su airrojo; pero por donde ellos 
iban, podría ir también ella. Rodeó, pues, 
la bóveda en busca de la escalinata, que 
halló al fin : era estrecha, minúscula, sin 
balaustrada, peligrosa y difícil; una espe- 
■ : cié de sierra de caimán erigida sobre una 
joroba de piedra. ¿Podría subir? Tal vez 
":'■. no. Si lo lograba, sería con sumo trabajo, 
(' y lo más seguro sería que rodase al inten- 
tarlo. Nunca había tenido la cabeza^ firme, 
y con facilidad sentía el vértigo de las al- 
turas ; pero no había remedio : era forzoso 
atreverse. Y fué ascendiendo por la grade- 
; ■ ría, echada de bruces sobre las piedras 
abrasadas por el sol y agarrándose á ellas 
: ;/ con mano animosa; y poco á poco, sin sa- 
f. ber cómo, fué avanzando hasta llegar á la 
: , - cima. Una vez allí, todo lo halló fácil : se 
j .'■ asió con ambas manos á las columnas de 
la linternilla, y se levantó pausadamente ; 
' tanteó con calma la manera de no resba- 
*^ lar por aquella base esférica, y se colocó 
arriba, en lo más alto, de frente á la ciu- 

'■■ dad. 1 

Era el medio día; no había ni una nube 
en el espacio, y un sol de fuego brillaba 



en el meridiano. I^a trasparencia de la at- 
mósfera permitía ver con precisión los ob- 
jetos distantes, y á favor de aquel ambien- 
te diáfano y espléndido, se destacó la fi- 
gura de la religiosa con absoluta claridad 
.sobre la altura: bajo día la cúgula, á 
su espalda el templete, y más arriba, sobre 
su cabeza, la blanca estatua de la Caridad, 
i Admirable conjunto ! 

Desde aquel grandioso pedestal, dirigió 
sor Ignacia la mirada hacia adelante, y 
elevó al cielo ambas manos, toda de stzul 
y blanco, como el cielo y las nubes. Y es- 
to era lo que quería decir con aquella ac- 
titud: :■':'- i? 

— Heme aquí: soy guardián y custodia 
de esta casa, y vengo á interponerme en- 
tre vosotros y este asilo de la orfandad y 
de la pobreza. Descargad sobre mí vues- 
tros fusiles y cañones. ;S 

Y significaba también : 

— ¡Tened, piedad de los desgraciados! 
¡ Aquí no hay enemigos que combatir, si- 
no infelices que compadecer ! Miradme : 
soy bandera blanca, mensajera de paz y 
abogada de perdón. Doleos de los peque- 
ños, respetad su refugpio ; os lo suplico en 
nombre de la humanidad y del dolor. 

La religiosa parecía trasfigurada. Los 
blancos extremos de su dura y nítida cor- 
neta, semejaban alas de querubín movién- 
dose en el espacio ; sus negros ojos de sin- 
gular belleza y poder, chispeaban bajo 
sus negras y profusas cejas; había en su 









io8 ^ • 

rostro moreno una expresión de beatitud 
conmovedora ; y la actitud de sus blancas 
y hermosas manos elevadas al cielo, era 
por sí misma una plegaria patética. 

De pronto arreciaron los disparos, co- 
mo atraídos por aquel blanco provocati- 
vo : algunos proyectiles se clavaron en el 
templete y otros desportillaron las bardas ; 
pero sor Ignacia no abandonó por eso, 
ni el sitio ni la actitud que había tomado. 

Siguió esperando ¿ Qué ? Acaso la 

muerte ; acaso ella misma no sabía lo que 
esperaba. 

Y entretanto, hacía oración diciendo : 

— i Señor, protege tu casa, sálvala de la 
destrucción, aun cuando sea con sacrificio 
de mi vida! 

Pero las balas dijeron sin duda, "no 
tocaremos esa frente inmaculada," y la 
metralla, "no destrozaremos ese cuerpo 
de virgen ;" pues la superiora resultó tan 
ilesa de la prueba, como si un ángel la 
hubiese cubierto con sus alas. 

La persistencia de aquella figura inmó- 
vil é invulnerable sobre la cúpula, obligó 
á los jefes de la plaza á tomar los catale- 
jos y examinar cuidadosamente el objeto; 
y al descubrir asombrados que la figura 
blanca y azul que se destacaba en la altu- 
ra, era la de una hermana de la Caridad, 
la de una protectora de los huérfanos y 
los pobres, interpretaron claramente' íó 
que significaban "su heroica abnegación y 



109 



su mudo ruego, y mandaron callar á lo» 
fusiles, é impusieron silencio á los caño- 
nes, y nunca más de allí en adelante, vol- 
vió á servir de blanco á los combatientes, 
aquel edificio erigido por el amor y res- 
guardado por la súplica. 






IX 
El Colegio. 



my. 



Concluidos los estudios primarios, pasó 
Berta al colegio de señoritas del Hospi- 
cio, donde recibió una educación esmera- 
da, al lado de las más ricas y principa- 
les jóvenes de Fópoli ; pues en aquel tiem- 
po no había en toda la ciudad enseñanza 
como la que allí se impartía, y ]as fa- 

. milias más empingorotadas, no se desde- 
ñaban de que sus hijas hiciesen sus es- 

• tudios al lado de las huérfanas y expósi- 
tas. 

Pronto se echó de ver que la naturale- 
za había dotado á Berta de una voz excep- 
cional, por su timbre y dulzura; por 1© 
que, sin perjuicio de sus otros estudiofl, 

■ recibió lecciones de vocalización y solfeo, 
no sólo para que cantase en la capilla á Ja 
hora del rosario ó durante el "Mes de Ma- 
ría," sino también para lucir én actos pú- 
rblicós y prestigiar al establecimiento. Mas, 

.. :. . PfcHCURSORBS— « 



:^- 



lio 

á pesar del aplauso con que iba haciendo 
sus estudios y de las distinciones de que 
era objeto, conservó siempre el carácter 
suave y cariñoso de la infancia, siendo 
ello motivo para que gozase de gran po- 
pularidad entre sus compañeras. Ella, no 
obstante, aunque á todas las quería y ha- 
blaba con agrado, manifestaba notoria 
predilección en favor de Paulina y Virgi- 
nia. 

Era Paulina otra joven expósita, hija 
también, acaso, de buena familia, pues 
así parecían demostrarlo su tipo y la na- 
tural distinción de su persona. Por los 
tiempos á que nos referimos, frisaba en 
los diez y seis años, y era de elevada es- 
tatura, complexión robusta, negros ojoS; 
nariz corta, boca encendida, dentadura 
blanca y andar pespunteado y saleroso. 
Desde niña había dado muestras de hu- 
mor alegre, frivolo y veleidoso, y de no 
ser capaz de grandes amores ni grandes 
odios ; crecida ya, habíase hecho notar, 
además, por su amor al lujo y á la ele-' 
gancia. I 

La ley de los contrastes la había hecho 
aproximarse á Berta, pues tanto como 
era ésta reposada, era aquélla impetuo- 
sa ; y en todo parecían andar opuestas 
la una respectó de la otra, menos en tra- 
tarse y quererse. Las hermanas se mara- 
villaban no sólo de verlas siempre juntas, 
sino también, y más que todo, de obser- 
var qu€ Paulina llevase con paciencia- las 



III '" ■ >í-.., 

amonestaciones de su amiga, y aun so-r 
liese tomarlas en consideración ; siendo asi 
que no había ocasión que las religiosas 
la reprendiesen ó aconsejasen, que no en- 
trase en contradicción con ellas, ó no les 
respondiese con agrias alusiones y embo- 
zados sarcasmos. S 
Era defecto capital de Paulina, una agu- 
dísima y persistente ambición. Descontenta 
de su suerte, hallaba insoportable el Hos- 
picio y odiosa la sujeción ; ardía en secre- 
ta é injustificada inquina contra las reli- 
giosas, y la tela ordinaria que vestía, le 
parecía una ofensa para su hermosura y 
para los subidos quilates de sus propios 
merecimientos. Con toda impavidez decía- ^ 
raba á cuantos querían oírla, que no veía 
la hora de salir de aquella cárcel, y que 
para quebrantarla y apartarse para siem- 
pre de las hipócritas y perversas herma- 
nas, estaba dispuesta á casarse pronto y 
con quien pudiese, con tal que no fuese 
pobre, ptfes la pobreza era, en su con- 
cepto, la mayor calamidad que podía caer 
sobre la criatura. Reía del amor como de 
cosa pueril, y aseguraba que, siendo el 
matrimonio el único "negocio" que podían 
hacer las mujeres, debía pensarse mucho 
antes de encadenar su voluntad á la d« 
cualquier hombre, para no ir á dar á manos 
de enamorados poéticos, que las tuvie- 
sen toda la vida, al estilo de los ángeles, 
desnudas, sin comer y cantando. Llevada 
de aquellos propósitos é ideas, lanzaba 






^-.X 



113 -^ - -r , ■ ' . .;X>, 

miradas incendiarias al sexo feo en globo, 
y favorecía con especiales sonrisas á los 
jóvenes ó viejos que por su aspecto pul- 
cro y cuidado, se le antojaban gente adi- 
nerada y de buena posición. Berta íbale á 
la mano en esto como en todo, ponderán- 
dole la inconveniencia que había en que 
anduviese prodigando sus favores de aque- » 
Ha suerte, con mengua de su buena fama, 
y el peligro que corría de llevarse chasco 
en sus interesadas suposiciones, pues así 
como bajo una buena capa suele ocultarse 
un mal bebedor, no es poco frecuente tam-- 
poco, hallar un buen bebedor baJ9 una 
mala capa. 

La otra amiga de Berta, Virginia, era 
una huérfana en quien habían hecho no 
pocos estragos las viruelas, pues no sólo 
le habían maltratado el rostro, sino que la 
habían privado de la vista, dejándole en 
vez de ojos, una especie de globos blancos 
y azulados ; mas ella, como no recordaba 
ni de lejos la sensación de la 4u*z, vivía en 
la oscuridad, alegre y tranquila. Berta la 
quería precisamente por aquella desgra- 
cia. Le partía el corazón verla privada 
para siempre de las sgitisfacciones . y ale- 
grías que disfrutaban hasta las criaturas 
más míseras, y saber que nunca podría 
ver el cielo, ni los astros, ni las puestas ó 
salidas del sol, ni los hermosos paisajes, 
ni las florecillas del campo, ni los pajari- 
llos de pintadas plumas, que vuelan por 
el espacio, ó se posan graciosamente en 



~ 113 

el follaje, y aletean, gorgean, y elevan la 
cabetita saludando á Dios con canoros y"" 
no imitados trinos. Y para remediar en 
lo posible tanta desdicha, procuraba en sus 
diarias y afectuosas conversaciones con 
ella, pintarle á su modo lo que eran esas 
cosas que tanto admiraba, y cuyo encanto 
hubiera deseado compartir con su amiga. 
Y tan florida era su palabra y tan pinto- ; 
rescos los cuadros que desplegaba ante la 
imaginación de Virginia, que ésta solía 
aplaudirla con alegres palmadas, asegu- 
rándole con alborozo, que veía ya con cla- 
ridad cuanto ella describía, y que era im- 
posible que la realidad pudiese ser más 
hermosa de lo que ella misma se lo figura- 
ba. Por fortuna y como en compensación, 
tenía Virginia órganos acústicos de la ma- 
yor finura y perfección, por donde entraban 
como rayos de luz por abiertas ventanas,- 
torrentes de sensaciones y goces inefa- 
bles. De ahí nacían su afición decidida á la 
música y su especial disposición para com- 
prendeila y ejecutarla, como es de rúbrica 
entre ciegos. ¿ No se ve ? Pues se oye. ¿ No 
se descubren los objetos? Pues se percibe 
todo sonido, hasta la más pequeña vibra- 
ción de las cosas : los ruidos lejanos, los 
pasos furtivos y el vuelo mismo de los 
insectos. ¿No se goza el espectáculo de 
la luz, ni la fiesta celestial de los colores., 
ni las gallardas líneas de los objetos? Pues 
se halla más poesía en la melodía y más 
pompa y encanto en la armonía, de la que 









ii4 ' 

«n ellas encuentran los que tienen sanos los 
ojos. Guardan las notas para los ciegos to- 
do el secreto de su encanto, pues penetran 
hasta lo más hondo de su naturaleza, y, 
poniendo alas "á su corazón y á su fanta- 
sía, los elevan á mundos arcanos de placer 
y de ensueño, á donde no llegan los otros 
mortales. Así pasaba con Virginia ; era ex- 
quisita la perfección de su sentido auditi- 
vo, y por €se camino penetraban hasta 
su alma las sensaciones más dulces^ y pu- 
ras. Apenas escuchaba una canción, ó el 
tañido de una vihuela, los acordes de la 
música ó el golpe de la banda militar, sen- 
tía extremecimientos indecibles, mudaba 
de color, perdía la conciencia de donde 
se hallaba, y quedaba absorta por el 
goce íntimo, como si estuviese oyendo en 
el fondo de su ser, una voz celestial que la 
llamase. Berta, pues, para hacerle la vida 
más grata y llevadera, lisonjeaba sus afi- 
ciones y le enseñaba al oído cuanto po- 
día: trozos de ópera, romanzas y cancio- 
nes ; y Virginia las aprendía al instante, 
sin necesidad casi de que le fuesen repeti- 
das, y las retenía tan bien y fielmente, co- 
mo guarda el bronce los caracteres gra- 
bados en su dura superficie. 

Pero aquella enseñanza hubiera sido in- 
completa, si la cieguécita no hubiera 
aprendido á acompañar su propio canto 
con algún instrumento, pues la voz solita- 
ria, por hermosa y acordada que sea, sue- 
na pobre y deslucida, como nota de go- 



v;., :rv ;:.:.■:; .-.--.V-- 115 

londrina rezagada en el invierno, fuera del 
coro de sus hermanas. Tan urgente nece- 
sidad fué remediada, por fortuna, por la 
simpática sor Marcelina, quien guardaba 
una guitarra medio vieja, y quien, como hi- 
ja de la alegre Andalucía, lo mismo sabía 
rasguear aquel instrumento, que hacer 
chasquear las castañuelas ó bailar jotas y 
seguidillas. Es verdad que la hermana, a 
quien contenían en sus alegres arranques, 
los deberes y la compostura propios de 
su estado, se guardaba de dar rienda suel- 
• ta á su humor bullanguero y jacarandoso ; 
pero en la intimidad, en el grupo de las 
hermanas y de algunas niñas predilectas. 
y en ocasiones solemnes (como Navidad, 
Año Nuevo ó Fiesta de Reyes), solía acor- 
darse de sus buenos tiempos, y cantar y 
bailar en honor del Niño Dios ó de la 
Santísima Virgen, versos de corte antiguo^ 
sencillo lenguaje y mística unción. 

Como decíamos, pues, tan pronto como 
sor Marcelina se penetró de la caritativa 
conveniencia de poner en manos de Vir- 
ginia una vihuela, remedió la- necesidad 
haciendo á la huérfana el obsequio de 
la suya, y no contenta con eso, tomó por 
su cuenta enseñar á la cieguita á pespun- 
tearla con donaire, dedicando sus ratos 
perdidos á aquel agradable ministerio. 
Con meritoria, paciencia y esmero, ponía 
la guitarra en manos de Virgfinia, y le 
llevaba sobre el mástil los dedos inexper- 
tos para que con ellos oprimiese las cuer- 



■ft 



ii6 

das y corriesen sobre los puntos, y le 
indicaba cuáles de aquellas y cuándo de- 
bían ser heridas con la diestra mano. Co- 
menzaba sor Marcelina el ejercicio ejecu- 
tando por sí misma la pieza, y como en 
ello se recreaba, solía dar á las cuerdas 
tales rasgueos y tales golpes con las ye- 
mas de los dedos á la caja de la guitarra, 
que era para quitar la tristeza al espíritu 
más decaído, marchito y escuchimizado. 
Luego pasaba el instrumento á manos de 
Virginia y seguía la lección de palabra y 
tacto, que la cieguecita sabía aprovechar 
bien y como en volandas. Concluida la 
clase, quedaba á solas la joven repasando 
las lecciones recibidas, y no transcurría 
largo rato sin que las aprendiese y lle- 
gase á saber tan bien, como si no hubiese 
hecho más que recordarlas. Así, á la ho- 
ra menos pensada, resultó que Virginia 
tocase piezas y acompañamientos que 
había aprendido burla burlando, sm es- 
fuerzo ni fatiga ; los cuales le permitían 
tornar alegres y mágicos sus rato¿ de so- 
ledad, que no eran pocos, y antes le ha- 
bían parecido tan amargos. 

Nadie alcanzará á explicar lo que hay 
de especial y tierno en el canto de los 
ciegos ; artista alguno, por eximio que 
sea, ha logrado dar á su acento, el ma- 
tiz expresivo y conmovedor que tiene el 
de los cantantes privados del don de la 
vista. Su voz emocionada parece un ¡ay! 
dolorido, y sacude las fibras más recón- 



117 

ditas del pecho con extraña impresión, 
mezcla de duelo y simpatía; brota im- 
pregnada de lágrimas, es sollozo desga- 
rrador salido de lo más hondo del alma, 
es queja dulce y poética lanzada al sol que 
nunca se ha visto, á las auroras que nun- 
ca se han admirado, á los paisajes i^otos.^ 
á las flores no contempladas, á la belle- 
za, en fin, amada, presentida y qiie no se 
conoce. Esa melancolía de verdad, tan 
poética y sentida, no puede ser imitada 
por el artista más excelso, pues para ex- 
presarla de modo tan patético, se necesita 
sentirla de veras, llevarla en el alma, y 
llorar con el corazón la nostalgia de la 
luz, de la hermosura, de la inmensa crea- 
ción inaccesible. Por eso, no bien eleva 
la voz un ciego, ya aplaudido y renom- 
brado, ya obscuro y . vagabundo, punza 
luego el corazón un sentimiento indecible 
de compasiva ternura; y no hay alma, 
por dura que sea, que no se sienta arras- 
trada al aplauso y al cariño en favor de 
esos seres doloridos y vibrantes. Con- 
tribuye á ese efecto la contemplación de 
su desdicha, fuente de simpatía hacia el 
hermano desgraciado ; y de todas agüellas 
cosas, canto melodioso y explosión de 
los sentimientos más nobles del espíritu, 
se forma un conjunto de emoción, piedad 
y melancolía de grandeza y ternura inde- 
cibles. 

■>- Tales como esos, ó muy semejantes, 
eran los sentimientos que hacía surgir en 



^m, ■. 



■^?#' ■ . ' ii8 

los oyentes el canto de Virgfinia; y como 
la niña era expansiva y afectuosa, y en- 
contraba un goce infinito en la música, 
no se hacía rog^r para tañer la vihuela 
y elevar ia dulce voz, ya se lo pidiesen 
las hermanas, ya las visitas ó sus mis- 
mas ¿ompañeras. Y no pocas noches, 
después de concluidas las diarias distri- 
buciones de la casa, acudían las religio- 
sas al dormitorio de niñas distinguidas, 
y con ellas en inocente reunión, celebra- 
ban íntimas sesiones de música, en las 
que tomaban parte Berta, Virginia, sor 
Marcelina y otras hermanas de buen 
oído y rico y fresco acento. 1 

Nada había que agradase más á Vir- 
ginia que complacer á los más infelices ; 
así que, siempre que sor Ig^nacia se lo 
permitía, se echaba á peregrinar por los 
departamentos de ancianos é impedidos 
para ofrecerles el regalo de su exquisito 
y casi no aprendido canto; lo que era pa- 
ra aquellos desdichados como paréntesis 
luminoso echado en la historia triste y 
monótona de su existencia. Acompañá- 
bala Berta en aquellas excursiones, ofre- 
ciéndole el apoyo de su blanco y redon- 
do brazo, como hermana solícita y cari- 
ñosa ; y era un espectáculo conmovedor 
el que presentaba aquel par de niñas, 
ambas casi de la misma edad, expósitas, 
buenas y dulces, y tan distintas por su 
aspecto, pues mientras la una era encan- 



- . 119 

tadcrá, llevaba la otra en la ñsonomia el 
sello de una triste deformidad. 

Paulina, que tenía mal oído y no era ni 
con mucho tan compasiva como Berta, 
enfadábase de ver á su amiga consagrada 
al cuidado y servicio de la cieguecita, y 
solía decirle: 

— j Cómo te he de creer que prefieras 
la sociedad de la ciega á la de tus otraá 
amigas ! 

— Porque ustedes no me necesitan co- 
mo ella, respondía Berta sonriendo. ¡ Si 
fueran ciegas, ya verían ! 

— ¿Conque ya veríamos, si fuésemos 
ciegas? respondía riendo la burlona jo- 
ven. 

— Quiero decir, proseguía Berta, que 
si ustedes tuviesen esa desgracia, las pre- 
feriría también á mis otras compañeras. 

— ¡ Pero ni por esas ! replicaba Paulina ; 
más vale ver, aunque carezcamos del don 
precioso de tus preferencias ; pero es fuer- 
za que no nos olvides, y que dejes un po- 
co á Virginia para que se las arregle co- 
mo pueda. 

— ¡ Pobrecita ! ¿ No ves que es tan des- 
graciada ? 

— Pero, hija, seguía replicando Paulina, 
¡ qué remedio ! ¡ Hay tantos desgraciados 
en el mundo, que casi no hay en él más 
que desgraciados!.... ¡Y no es posible 

remediar todas las desdichas ! Los 

redentores suelen salir crucificados ..... 
Lo mejor es dejar á cada cual seguir su 



Jf 






I20 > • i 

camino : los felices, el de la felicidad ; los 
infelices el de la desgracia. 

— No opino como tú, concluía Berta. 
Estoy dispuesta a consolar á los que su- 
fren siempre que pueda. Si no lo hago 
con todos, es porque no me lo permiten 
las fuerzas; pero si pudiera ¡con qué 
gusto lo haría! 

El diálogo terminaba con un mohín d§ 
Paulina, que se encogía de hombros co- 
mo diciendo : "haz lo que te parezca y 
con tu pan te lo comas." 

No pocas veces, en el curso de la vida 
siempre igual de aquella casa, había su- 
cedido que Berta se viese obligada á dar 
mudas, pero elocuentes lecciones de ge- 
nerosidad á su fogosa compañera. Los 
episodios habían sido, acaso, harto menu- 
dos y triviales; pero nunca destituidos de 
significación. Sucedió una vez, por ejem- 
plo, que, habiendo fiesta magna en el es- 
tablecimiento, un protector de los pobres 
y amigo de sor Ignacia, mandó una bue- 
na provisión de escogidas frutas para que 
fuesen repartidas entre los asilados á la 
hora del refectorio. Quien no haya conoci- 
do las privaciones ni la miseria, quien no 
sepa lo que significa tener únicamente lo 
necesario y carecer de algo más con que 
dar gusto al apetito ; los que no hayan 
experimentado el deseo de gozar los pla- 
ceres más sencillos y triviales de la vida, 
sin lograrlo, como estrenar unos zapa- 
tos, ó ponerse un traje nuevo, ó engii- 



-í. '--'■■ '■■.■} 121 

Ilir una golosina, no podrá tener idea 
de lo que significa para una reunión de 
infelices, un obsequio tan sencillo como 
ese. Una manzana, un albaricoque, un ra- 
cimo de uvas, son, para quien puede gus- 
tarlos á cualquiera hora, manjares co- 
munes y al uso ; mas para aquellos que 
no tienen un ochavo con que comprarlos, 
y han pasado largo tiempo soñando «con 
ellos, como con las fantasmagorías de un 
cuento oriental, son algo semejante á la 
ambrosía de los dioses. Ni Eva ni Adán 
en el Paraíso, regalándose con el fruto 
del árbol prohibido, hallaron mayor deli- 
cia tal vez en el hartazgo pecaminoso, 
que el que encuentran los paladares ávi- 
dos, cuando pueden proporcionarse esos 
sencillos placeres. 

La vez á que hacemos referencia, fué, 
pues, un día de» gran fiesta para los asi- 
lados, porque, al sentarse á la mesa, vie- 
ron sobre los blancos manteles, rojas, re- 
dondas y perfumadas naranjas, meloco- 
tones blancos, afelpados y carmesíes, y 
plátanos de cascara color de rosa, gran 
tamaño y gratísimo perfume. De buena 
gana hubieran cornenzado la sesión invir- 
tiendo el orden establecido, y atacando la 
minuta de la comida por los postres; pero 
como había quien los vigilase, no se atre- 
vieron á tocar las golosinas antes de tiem- 
po. Con esto, hubo pobres que no comie- 
ron ó apenas probaron bocado, domina- 
dos por la impaciencia. ..-».', 






123 



Berta, Virginia y Paulina sentábanse á 
la misma mesa, ocupando la cieguecita 
'un sitio entre las otras dos jóvenes; y 
mientras duraba la colación, cuidaba 
Berta de que nada faltase á Virginia, le 
trinchaba las viandas, y aun, solía ponerle 
los bocados en la boca. Paulina, sana y_ 
de buen apetito, se preocupaba solamen- 
te ir)r su persona, y comía de firme, de- 
jando limpios los platos en un santiamén. 
Aquel día, pues, al sentarse á la mesa, 
echó ojos codiciosos á la fruta que tenía 
delante, y como era golosa y de gran ape- 
tito, halló muy dilatado el tiempo que de- 
bía mediar desde la sopa hasta las judías, 
. y arrostrando con la reprobación de las 
, hermanas, á quienes no temía, echó ma- 
no sin más preámbulo, á aquellas exqui- 
siteces, y las devoró en un decir Jesús, 
como aperitivo, antes de la sopa. Por for- 
tuna no echaron de ver tan enorme in- 
fracción las celadoras que paseaban por 
el refectorio. Virginia, por su parte, como 
disciplinada y obediente que era, se ha^ 
bía abstenido de tocar la fruta antes de la 
hora designada; pero tan pronto como 
fué tiempo, alargó la mano para cpgerla, 
y no habiéndola hallado, aunque palpó el 
mantel en todas direcciones, exclamó con- 
tristada : 

— ¡Mi fruta! ¿qué se ha hecho? Berta 
¿ me haces el favor de decirme dónde es- 
tá? 

Berta se había distraído observando la 



■<■■ , '': ^ 123 r -■■-m:'^- 

alegría y algazara que reinaban por el re- 
fectorio ; pero al oir la pregunta, volvió 
los ojos á su compañera y observó que 
delante de su plato había desaparecido 
todo rastro de aquel regalo ; y como re- 
cordó al mismo tiempo, haber visto á 
Paulina despachar prontamente su parte, 
no bien sentada á la mesa, y ahora la^ mi- 
raba deleitarse opíparamente con una se- 
gunda ración, se dio cuenta del caso, y 
comprendió que se había apoderado de la 
parte de Virginia, burlándose de su 
ceguera. No obstante, absteniéndose de 
delatar á Paulina, se limitó á contestar: 

— ^Aquí está. Virgen (así llamaba por 
cariño á la cieguedta), aquí está tu fru- 
ta. Y le puso en las manos su propia ra- 
ción con la mayor naturalidad. 

Paulina lo notó, y al volver la vista á 
Berta, se encontraron sus ojos. Quiso 
protestar, discutir ó irritarse; pero tuvo 
vergüenza de alzar la voz, de que se su- 
piese lo que había pasado, y, sobre todo, 
de que se enterase de ello Virginia. Así 
que, poniéndose roja como la grana, no 
hizo más que bajar la vista, humillada an- 
te la bondad de su amiga. 

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134, 









■ J?.;'" 



Tiempoi Aciagos. 



Entre el departamento de las niñas y 
el de los adolescentes, se interponía un 
graií patio, el más bello y espacioso del 
Hospicio, rodeado por corredores de ar- 
cos elevados pintados al temple, y de sa- 
lones destinados á clases y dormitorios. 
En el área cuadrangular de aquel terreno 
enorme, se había formado un ameno 
y bien cuidado jardín, encanto y recreo 
de toda la casa. Para impedir depreda- 
ciones y hurtos de desmandados y chi- 
quillos, se le había puesto en torno una 
alta verja de madera y alambres, que per- 
mitía gozar de su vista, é impedía el pa- 
so no sólo de las personas, sino aun de 
las osadas manos. Por la parte interior, 
veíanse distribuidos con arte y en posi- 
ción alternada, árboles frutales y floridas 
plantas, cuyo conjunto presentaba á la 
vista un hermoso y risueño espyectáculo ; 
y formando circuito á la fuente central, 
se alzaban altos y sonantes plátanos, cu- 
yas anchas hojas proyectaban en derre- 
dor una frescura paradisiaca. Había pe 
' rales por los ángulos, y hacia los costa- 
dos, melocotones de florecillas color de 
rosa, y más al centro verdes y alegres 
granados, que abrían al sol sus rojas co- 
rolas semejantes á corazones inflamados. 



-■■' mi 



'25 - .r' -. 

Partían de la fuente por agujeros abier- 
tos en la cantera, frescos y alegres cho- 
rros de agua cristalina, que, corriendo 
por caños bien dispuestos, derramaban 
cambiantes y frescura por la atmósfera, 
y llevaban la vida á las sedientas raíces 
de árboles y plantas. En los arriates cu- 
biertos de musgo, pensamientos y viole- 
tas en apretadas hileras costeaban las 
callejas angostas; y, sobre las menudas 
florecillas, se elevaban ios rosales de pro- 
fuso follaje, agudas espinas y frescas y per- 
fumadas rosas, destacaban los claveles ro- 
jos ó matizados su corona real como re- 
mate de sus tallos flexibles, y los nardos 
de nivea blancura, se erguían y columpia- 
ban en sus altas y gráciles varas, como 
ofreciéndose á los pies de la Virgen Santí- 
sima, ó á las manos de las jóvenes puras. 
Y de toda aquella masa de verdura y colo- 
res, se desprendía un ambiente tan grato 
y cargado de esencias, que ensanchaba 
á la vez los pulmones, el corazón y el es- 
píritu. 

No á todos los asilados ni todos los 
días, les era permitido pasear por los co- 
rredores que contorneaban el jardín ; si- 
no sólo en días fijos y determinados, ó 
como premio especial otorgado al buen 
comportamiento de los más buenos. Joa- 
quín, desde su departamento, columbra- 
ba al través de un pasadizo, aquel peda- 
cito de Edén, con ojos admirados y extá- 
ticos. Siempre que podía, se desHzaba 

Precursores— 9 



■w 



126 

hasta el arco postrero, para echar una 
ojeada á ese que le parecía un paraíso 
en miniatura, por lo hermoso, lo Jejano 
y lo prohibido. Una de las cosas que le 
encantaban más en aquel sitio, era el cu- 
chicheo y el canto de los pajarillos que, 
tanto al amanecer como al caer la tarde, 
piaban y aleteaban en las frondas; y oyen-, 
dolos á la madrugada, cuando no dejaba 
el lecho todavía, le parecía que le conta- 
ban secretos de la tierra y el cielo, des- 
cubiertos en su errante vuelo al través del 
espacio. Acaso le inducía también á eje- 

■ V' cutar aquellas escapatorias, el deseo de 

encontrarse con Berta, ó de alcanzar á 

ver su graciosa silueta cruzando á lo le- 

,• jos. Desde muy niño, desde que comenzó 

:; á tener conciencia de sí mismo, habíase 

yí ■ acostumbrado á la dulce compañía de la 
huérfana, de quien se sentía hermano y 
compañero ; y cuando llegó el día en que 
fueron destinados á distintos departamen- 

C :• tos, opuso tenaz resistencia á la separa- 
ción, lloró en altas voces, y al verse condu- 
cido lejos de la niña, clamaba con el ros- 
•/ tro y los ojos vueltos hacia ella : 

— i Berta ! ¡ Berta ! I ^ 

Pero nadie se había dolido de su llanto, 

• : y allá en la soledad de su nuevo albergue, 
no había cesado de pensar en ella ni un 
día, ni un momento. No fué alegre ni bri- 
llante su infancia ; pasó inadvertida entre 
la masa comú'n de niños desgraciados que 
arroja la tempestad de la vida á las pía- 



127 '" '^ ' 

yas de la caridad. No conoció mimos, apar- 
te de los de sor Marcelina, ni tuvo, sino 
rara vez, juguetes ó dinero, ya por Noche 
Buena ó Año Nuevo, ó bien el día de su 
santo. No vaya á creerse, por lo que aca- 
bamos de decir, que le hubiese abandona- 
do Matute, pues lejos de eso, cuidó éste 
de que njida le faltase, y continuó llevando 
á sor Ignacia para su sostenimiento, bue- 
nos contingentes de numerario ó artícu- 
los de primera necesidad, según se pre- 
sentaban los horizontes económicos ; pe- 
ro don Juan José, harto ocupado con los 
magnos negocios filantrópicos que entre 
manos traía, no acertaba á dar al parvu- 
lillo aquellas menudas satisfacciones que 
le hubieran proporcionado una madre ó 
una hefmana, si por ventura las hubiese 
tenido ; y juzgaba haber hecho por él 
cuanto era debido, al informarse de su sa- 
lud y conducta, y pagar los costos de su 
manutención. No se hallaba Joaquín, por 
fortuna, en aptitud de notar las deficiencias 
de su estado ; tanto más cuanto que, vién- 
dose rodeado de otras criaturas más 
abandonadas que él (por no tener protec- 
tor especial), ni siquiera habría podido 
establecer comparaciones penosas con se- 
res más afortunados, á haber podido 
disponer para ello de más despierto en- 
tendimiento. La ignorancia es á las veces 
venda bienhechora que oculta desdichas 
y ahorra dolores, pues el que no ve, no 



ia8 

conoce los cielos, pero tampoco los abis- 
mos. 

Tan pronto como el niño fué entrando 
en la vida de relación intelectual y afec- 
tiva, y comenzó á fijar la atención en cuan- 
to le rodeaba, fué haciéndose objeto de 
mayor cuidado y solicitud por parte de 
Matute, quien ya le sacaba á la calle y lle- 
vaba consigo para enseñarle á conocer el 
mundo y la vida. Así le fué asociando á sus 
ideas y afectos en las constantes y senci- 
llas conversaciones que con él iba tenien- 
do. Las primeras impresiones del niño en 
el nuevo escenario á donde salía, fueron 
duras y penosas, pues precisamente cuan- 
do comenzó á despertar á la vida, arrecia- 
ba el furor revolucionario en la Repúbli- 
ca, y se oía hablar á diario, de pronuncia- 
mientos, batallas, cambios de gobierno, 
levas, aprehensiones, fusilamientos y prés- 
tamos forzosos. Recordaba como en sue- 
ños la traición de Landa, y tenía bien pre- 
sentes dos asedios sufridos por Fópoli, 
en los cuales había habido estrépito de ca- 
ñonazos y fusilería, gran pérdida de vi- 
das y gigantesca destrucción de edificios. 
Hacía memoria también de la época en 
que la desmoralización revolucionaria ha- 
bía llegado á tal punto, que el bandido An- 
tonio Rojas, elevado al rango de gene- 
ral, asesinaba por mano propia á personas 
indefensas, y permitía que sus soldados se 
robasen á las mujeres en las calles céntri- 
cas, de la ciudad y á la plena luz del sol. 



129 ~ 

Sor Ignacia, con tal motivo, mandaba ce- 
rrar el portón al oscurecer, y no permitía 
que se abriese sino hasta la mañana si- 
guiente. El inocente rebaño de vírgenes 
temblaba de susto al solo nombre de aque- 
llos desalmados ; pero sólo Dios sabe 
cuántas de ellas sentirían recóndito y va- 
lado deseo de ser víctima de tales ultra- 
jes. 

Cierta ocasión, en los días calamitosos 
de la lucha, recordaba Joaquín haber visto 
en plaza concurrida, á un energúmeno, 
echar abajo las campanas de las torres y 
derribar las imágenes de los altares para 
prenderles fuego, como lo hubieran he- 
cho los peores iconoclastas : Sanajas, 
León Isáurico ó Constantino Caprónico. 
Aunque la inteligencia del niño era harto 
débil para darse cuenta exacta de lo que 
iba mirando, experimentaba instintiva re- 
pulsión Hacia tan bárbaros excesos, y Ma- 
tute apoyaba su actitud, diciéndole que 
aquel desorden era triste resultado de la 
exaltación de los ánimos ; pero que tiem- 
po vendría en que renaciesen la paz y la' 
concordia en el país, y nadie pusiese ma- 
no á las cosas respetables. Y como si el 
infante pudiese comprenderle, le decía : 

— La religión es cosa separada de la po- 
lítica ; mal hacen los que confunden á la 
Mna con la otra. Los demagogos se^empe- 
ñan en ver á un enemigo en cada creyen- 
te, y los fanáticos vociferan que no puede 
haber democracia sin heregía ; pero unos 



^ 



130 ~ 

y otros andan igualmente errados, pues, 
bien miradas las cosas, es el cristianismo 
la base de la libertad, y cristianos y libera- 
les deben entenderse en el terreno de la 
fraternidad y del amor. 

Un día, oyó hablar Joaquín de la inva- 
sión de la República por ejércitos extran- 
jeros, y le impresionó ver la exaltación 
con que don Juan José recibió la noticia, 
y como se echó á gritar que, aunque era 
viejo y servía para poco, estaba dispuesto 
á dar su sangre por la patria; y no tardó 
en sentir los primeros arrebatos del en- 
tusiasmo, al presenciar la alegría que pro- 
dujo en Fópoli la victoria alcanzada sobre 
los soldados de Napoleón III, el 5 de Ma- 
yo de 1862. Los repiques á vuelo, el es- 
tampido de los cohetes, el alegre resonar 
de las músicas y el júbilo desbordado de 
los fopolitanos, quedaron grabados para 
siempre en su memoria. • 

Vio también que la juventud masculina 
se apresuró á tomar las armas, que el pue- 
blo acudió en masa á engrosar las filas de 
la guardia nacional, que por todas partes 
se oían cornetas y redobles de marcha, y 
que los campos vecinos á la ciudad, reso- 
naban con el fragor de los ejercicios mi- 
Htares. 

El "alta crema" de los fopolitanos for- 
mó un batallón que se acuarteló en el Li- 
ceo de Varones. El populacho creyó que 
aquel despliegue bélico era poco serio y 
bautizó el cuerpo con el irónico nombre 



131 . : • 

de "batallón mamá;" pero hechos poste- 
riores demostraron que aquellos mucha- 
chos no tomaban á broma el asunto, pues 
^e su cuadro salieron bravos combatien- 
tes, que murieron peleando con los inva- 
sores ó alcanzaron altos grados en el • 
ejército republicano. 

Joaquín, aunque sólo contaba doce años 
de edad, manifestaba vehementes deseos 
de sentar plaza de soldado ; pero tanto sor 
Ignácia como Matute se opusieron á su 
propósito, por parecerles 'demiasiado 
prematuro su empeño, aunque don Juai. 
José, por su parte, no se abstuvo de sen- 
tarla entre los milicianos ; así que con cu- 
riosidad mezclada de respeto, le veía ^el 
vecindario ceñir la 'espada y el sable á las 
horas de servicio, y montar con gravedad 
la guardia del cuartel, siempre que era 
necesario. 

- El bello sexo de Fópoli se consagró en- 
tretanto, á reunir fondos para los hospita- 
les de sangre, y comisiones de hermosas 
y activas señoritas recorrían la ciudad, so- 
licitando donativos, en tanto que las más 
sedentarias, permanecían en los hogares 
deshilando ó cosiendo géneros. Y no con- 
tentas todavía con aquellos medios de ha- 
cer el bÍQn y mostrar su patriotismo, ima- 
ginaron otros más entretenidos para alle- 
gar recursos, tales como dar representa- 
ciones públicas, en que figuraban con ami- 
gos y parientes, interpretando escogidas 
piezas treatales. 



">. 



• . - .132 . • 

Con tal motivo, y para tal propósito, es- 
cribió un ilustrado caballero de Fópoli, 
don Juan José Castaños, una comedia de 
circunstancias, titulada "La Intervención 
en México," cuyos personajes principales 
eran: Lola Rubio, Don Nicolás Molina, 
el español Don Donaciano León de Casti- 
lla, el inglés, Mr. William "Printseller" 
(vendedor de estampados), el francés M. 
Napoleón Blaguefort (fuerte fanfarrona- 
da) y Pepe Pérez, mexicano. La acción 
pasaba en Veracruz. Lola (la nación me- 
xicana), buena y generosa, pero manirro- 
ta y atolondrada, debía mucho. Su protec- 
tor, Molina (el Presidente), pasaba gran- 
dos trabajos para sostener la situación, 
pues aunque los bienes de la sobrina ex- 
cedían con mucho al monto de las deudas, 
no había numerario en las cajas para cu- 
brir los vencimientos. La crisis, entretan- 
to, se precipita con motivo de que León " 
de Castilla, Printseller y Blaguefort (la 
intervención tripartita) llegan al puerto 
en un mismo vapor, y se presentan en 
grupo á cobrar fuertes créditos vencidos. 
Pero, si bien todos se muestran altivos 
al principio, el español y el inglés se de- 
jan ganar pronto por el exquisi.to trato 
del tío y la belleza de la sobrina ; por lo 
cual, aunque seducidos por la charla de 
Blaguefort, le habían nombrado su re- 
presentante cerca de Lola, al advertir que 
es un charlatán sin seso y que exajera 



■ ■ ■ 133 'V ^" ■ ^•^• 

sus pretensiones exactoras (pues quería 
(|lie Lola le entregase en garantía, casas, 
terrenos y cuanto tenia, sujetándose á su 
tutela), le retiran su mandato y celebran 
arreglos directos con Molina. 

Entre tanto, la acción principal se había 
mezclado con otra amorosa, pues los tres 
acreedores se habían prendado de Lola. 
Ella amaba á su primo Pepe Pérez (el 
pueblo mexicano), calavera y mala cabeza, 
pero noble y leal en el fondo ; por consi- 
guiente, rehusa los homenajes de todos, 
contestando atentamente al inglés y al es- 
pañol, y con desprecio al francés. Bla- 
guefort se había aprovechado cierto día 
de la "soledad" (i) de la casa, para apo- 
derarse de papeles amorosos de Lola, 
que juzgaba la comprometían, aunque no 
era así, con el designio de obligarla á ca- 
sarse con él ; mas sobrevierte Pepe Pérez, 
que había dicho á Blaguefort cuantas eran 
cinco, le obliga á retirarse de la casa, 
y Lola Qae en sus brazos. 

La pieza fué recibida con entusiasmo 
indescriptible. La bella y espiritual doña 
Pilar Senosiain hizo el papel de Lola ; el 
famoso abogado y orador don Emeterio 
Robles Gil, el de Molina ; don Joaquín 
Castaños, hermano del autor y hombre 
de elevada cultura, el de León de Casti- 
lla; don Benito Gómez Parías, hijo de 
uno de los más sonados Presidentes de 



(1) Alusión al Tratado de la Soledad. 



:i-<r:'-:>(-«-:-;-v.f.T 



134 I 

México, el de Printseller ; don José Ma- 
ría Castaños, hermano también del autor» 
y ex-Ministro de Hacienda de Juárez, el 
de Blaguefort, don Pedro S. Olasagarre, 
joven simpático y de -la aristocracia, el 
de Pepe Pérez; y otros caballeros no me- 
nos recomendables y notorios, los demás 
de la comedia. 

Matute llevó á Joaquin al teatro con 
aquella ocasión, y ambos aplaudieron á 
rabiar tanto al autor como á los actores. 
Blaguefort, sobre todo, fué sumamente 
celebrado. Castaños, que había vivido lar- 
gos años en Francia y hablaba el francés 
correctamente, imitó tan á maravilla el 
acento, la petulancia y la impertinencia de 
los peluqueros franceses de aquella épo- 
ca, que eran los mayores enemigos de 
Méjico, que no cesaba de hacer reír al 
concurso desde que aparecía en escena, 
hasta que se le perdía de vista. El final 
del acto tercero, muy especialmente, hizo 
desternillar de risa á los presentes. Pepe 
Pérez había retado á Blaguefort ; éste no 
había aceptado el desafío, y León de Cas- 
tilla y Printseller se habían llevado al jo- 
ven del sitio donde se había efectuado la 
reyerta, para poner punto al conflicto. 
Blaguefort, solo ya en la escena, se había 
quedado diciendo : "¡ Han hecho bien en 
llevagseló, pogqiie ya mi paciencia estaba 
al cabo ! ¡ Han hecho bien en quitagmeló 
.de delante ! ¡ Oh ! ¡ si no estuviegá ligado 
pog la misión de impogtanciá que me ha 



135 

confiado la casa de Moulins y Có . ! 

j Qué sacgifició he tenido que haceg á 
mis debegués de hombgué de negocios ! 
El honog megcantil ha sofocado el honog 
fgancés. Pegó no obstante, éste también 
ha quedado bien puesto, pues, todo bien 
considegadó, en un país como esté, semi- 
salvaqué, las leyes del duelo no pueden 
teneg su aplicación, y yo no estaba obli- 
gado á batigmé con un hombgé que, se- 
gugamenté, tgaía escondido algún puñal 

envenenado ¡ qué hogog ! Yo 

le he dado cita en Paguís, callé de Vi- 
vienne, númegó 27, en el entgue suelo. 
Allí le espegó." Al concluir el parlamen- 
to, se venía abajo el coliseo á aplausos 
y carcajadas. 

Hubo otra escena muy divertida y fué 
cuando, al estar Blaguefort hablando pé- 
simamente de Méjico, (llamándole ''na- 
ción de salvaqués, bandidos y asesinos"), 
se le despegó la pera engomada que, ad- 
herida á la barba, le daba notable pare- 
cido con Napoleón III. Castaños, al notar 
la hilaridad del público, cogió sin inmu- 
tarse el apéndice fugitivo, y con oportuni- 
dad y chiste propios de un hombre de 
verdadero "esprit," agregó á lo que iba 
diciendo estas palabras de su propia inven- 
tiva : "i Ah ! en esta tiegá maldita, hasta 
¡as "piochas" (i) se caen !" El público al 
oír la salida, aplaudió con frenesí. . ■"*, 



136 

Pero el mayor delirio de la multitud, 
llegó al final de la comedia, cuando Pilar, 
avanzando por el proscenio con la bandera 
tricolor en la mano, la desplegó cuan 
grande era, y tremolándola enérgicamen- 
te, gritó con acento poderoso : I 

— ¡ Viva Méjico ! 

Un coro inmenso contestó á su voz, y 
otro "¡ Viva Méjico !" resonó por el coli^ 
seo con el fragor del trueno. 

Vinieron después las dianas, y, para 
concluir, el himno nacional, cantado por 
todo el concurso, en pie y con la cabeza 
descubierta, en medio de un entusiasmo 
indescriptible. I 

Joaquín arrebatado por tan poderosa 
ola de entusiasmo, lloró á lágrima viva 
á influjo de sus emociones, é hizo en la 
mente extraña mezcla y confusión de pa- 
tria, guerra, Pilar Senosiain y Berta ; 
pues todo cuanto veía y sentía, lo relacio- 
naba con su dulce amiga, de tal suerte, que 
aquella bella niña se encontraba al prin- 
cipio y al fin de todos sus pensamientos. 
Ya se le figuraba hallarse en el campo de 
batalla matando franceses y que I'erta 
presenciaba sus proezas y quedaba asom- 
brada de su valor; ya se miraba trocado 
en general invencible y salvador de la pa- 
tria; y ya, como remate de todo, se veía 
arrastrado en carro victorioso por las ca- 
lles de la ciudad, debajo de arcos de triun- 
fo, al lado de la huérfana, sonriente y ena- 
morada .... .1 



í''-'í-Pi:o"*-r • 



Días bien tristes, no obstante, sucedie- 
ron á aquellos arrebatos generosos pues 
- los franceses tomaron rápida posesión de 
una gran parte del país; mas, antes de que 
llegasen á Fópoli, salió de la ciudad el 
ejército mejicano para hacerse fuerte en 
las serranías del Sur. Don Juan José Ma- 
tute debió ser de la partida, pues todo lo 
tenía arreglado para la marcha ; pero cayó 
enfermo de súbito, atacado de ahoguío 
— consecuencia de la edad y de las emo- 
ciones, — y hubo de quedarse en su casa 
Los franceses entraron en Fópoli antes 
que terminase su convalecencia, y fué 
tal la dolotrosa impresión del anciano al 
ver cierto día, al través de los cristales 
de la ventana, á un zuavo cruzando la 
calle, que sufrió una recaída mortal»; 
apenas pudo articular palabra en adelante, 
pero entre congojas y silbidos de la res- 
piración, no cesaba de reptir: 

- — Yo vi nacer esta nacionalidad, y no 
quiero verla sucumbir. ¡ Estoy dispuesto ; 
ya es hora! - 

La dolencia fué complaciente con sus 
votos, pues al cabo de pocos días de do- 
lorosa ansiedad, le cortó el hilo de la vida. 

La ciudad lloró amargamente su pér- 
dida; los pobres en masa siguieron sus 
restos hasta el camposanto ; y sobre la 
sencilla fosa del filántropo, manos piado- 
sas amontonaron flores y guirnaldas. 

Las crónicas de la época lefirieron, 



. : 138 ' 

además, que su labor caritativa de cerca 
de cinco lustros, habia sido singularmen- 
te fecunda, y que antes de pasar de éste 
al otro mundo, habia logrado asegurar 
á favor del Hospicio, un ingreso de más 
de catorce mil - pesos anuales. Súpose 
también que, de los escasos libros y mue- 
bles que dejó á su familia, dispuso que se 
separase un lote para constituir un legado 
á favor de su protegido Sandoval, lo que 
fué hecho al pie de la letra por sus he- 
rederos. 

Joaquín, que contaba por entonces como 
trece años de edad, lloró amargamen- 
te la muerte de su generoso protector. 
A su juicio, era Matute cifra y compendio 
de cuanto de grande y magnánimo había 
-sobre la tierra, y nunca, durante su vida, 
dejó de pensar en él con cariño, ni de ben- 
decir su memoria, con todo el fuego de su 
agradecido corazón. 

Sor Ignacia recogió el legado de Joa- 
quín, y tomó la costumbre de encomen-, 
darse á don Juan José todas las noches, 
antes de dormirse, como si estuviese ca- 
nonizado. Además de eso, mandó co- 
locar el retrato de Matute, pintado al óleo, 
en la Sala de la Cuna, donde todavía se 
conserva. 



y 



139 


'-Í'. \ :'- 




13^ 






Don Teodomiro. 


- .-'-■. r 





Los maestros de primeras letras de Joa- 
quín, notaron que la inteligencia de éste 
distaba de lo vulgar; y más tarde, se des- 
cubrió que su naturaleza era esencial- 
mente artística. Adoraba la belleza por 
instinto, y tenía abiertas de par en par 
todas las puertas del espíritu y del cuer- 
po, por donde podía verla, aspirarla y go- 
zarla. Desde muy niño manifestó aquellas 
tendencias, pues apenas balbutía, cuando 
miraba ya con recogimiento y devoción 
todo lo que encanta : el cielo, la luz, los 
árboles, las flores, cuanto por la forma ó 
el color es capaz de despertar los íntimos 
aplausos de la mente. En su adolescencia, 
soñaba con los grandes espectáculos de la 
naturaleza y de la civilización, y ansiaba 
con vivo anhelo, conocer el campo exten- 
so, la llanura plácida, la soberbia monta- 
ña, el vertiginoso barranco, los rincones 
idílicos del paisaje, y las soledades teme- 
rosas donde las fuerzas plutónicas del pla- 
neta han desgajado los montes, resque- 
brajado el granito y hervido las rocas ; y 
contemplar el inmenso mar de ondas mo- 
vibles, ya plateadas á la luz de la luna, ya 
doradas á la del sol, 

Joaquín hizo versos sin saber cómo. 






.~!?T7' ■ ■ ■•^'.t-~ 



140 



desde muy temprano, como vuelan las 
aves y nadan los peces, pero los ocultaba 
cual si fuesen cosa robada, porque se 
afligía de entregarse á aquella distracción 
ajena á su pobreza y desventura; mas 
cuando, al fin, se trasj)oró el secreto, no 
sólo se hizo perdonar tamaña debilidad, 
sino hasta logró ser más estimado por 
ella, pues las religiosas solían encargarle 
sonetos, pareados ú ovillejos, para seña- 
lados días de fiesta de santos, toma de po- 
sesión de obispos ó instalación de canó- 
nigos. Y aunque no le daba la vena de la 
poesía forzada y de encargo, desempeña- 
ba como le era dable aquellas comisiones, 
logrando salir del paso con algunos ho- 
menajes.- Pero no era en aquellas produc- 
ciones donde podía medirse su inspira- 
ción, sino en la,s espontáneas que escribía, 
cuando la melancolía con sus dulces ma- 
nos le oprimía el corazón ó él pensativo 
ensueño le llevaba á las regiones de la 
meditación y del éxtasis. Entonces, vi- 
brante de emoción, confiaba al papel en 
estrofas sinceras, los sollozos de su alma, 
y las ilusiones de su fantasía juvenil. 

Con todo, lo que más adoraba era la 
música, viviente reclamo de sus ideales. 
Apenas la oía, entraban sus pensamientos 
y afectos en tumulto : sentíase triste, me- 
lancólico, deseoso de no sabía qué bien 
oculto ó amor inefable, y se ecljaba á 
crear visiones y panoramas de esfumados 
contornos, donde se miraba amado, aplau- 



dido y elevado sobre pináculo resplande- ~ 
cíente, por la virtud de su inspiración 3' 
el poder de su lira. Y, cosa extraña, era 
siempre Berta la diosa radiante de cuyas 
manos recibía palmas y coronas ; por más 
que la huérfana viviese ajena á aquellos 
delirios y casi olvidada de su compañero 
de infancia. 

Discípulos como él, nunca los había te- 
nido el profesor de la banda del Hospicio, 
don Teodomiro Gómez y Pérez, á pesar 
de «los tres lustros que llevaba de dirigir 
á la juventud por los floridos senderos del 
arte ; siendo este el motivo por que le ha- 
bía cogido un apego muy especial y se 
consagraba á su enseñanza con esmero 
sin ejemplo. Cuando cornenzaron los es- 
tudios filarmónicos del grupo á que el 
muchacho pertenecía, escogió Joaquín, 
entre todos los instrumentos de viento, el* 
ohoe, cuya voz dulce y expresiva le había 
siempre enamorado, por hallar cierta se- 
mejanza entre su timbre patético y el de 
la voz humana. Gómez y Pérez, que ha- 
bía sido partidario toda su vida de aquel 
instrumento, saltó de júbilo al observar 
la elección de Joaquín, y se formó hasta 
por eso, el más alto concepto del talento 
del joven, pues siempre tenemos por los , 
más avisados y mejores, á aquellos que 
participan de nuestros gustos. 

Antes de pasar adelante, permítasenos 
presentar á este personaje. Don Teodo- 
miro andaba peinando los sesenta años. 

PRECURSORBS— 10 



'^5'. 



143 

y era bajo de estatura, blanco y sanguí- 
neo de color, de ojos extremadamente 
movibles, profusas, canosas y largas ce- 
jas, nariz bien perfilada, barba tirando 
á bknca, larga y corrida, boca no muy 
poblada de dientes, y lacia y cenicienta ca- 
bellera. Había florecido en pleno períodtí 
romántico y se había empeñado en no 
salir de él, á pesar del curso de los años ; 
demencia denunciada no sólo por su al- * 
borotada melena, sino también por otras 
muchas extravagancias y caídas de su vi- 
da y carácter. Desgraciadamente su ro- 
manticismo, á pesar de ser de etérea 
esencia, andaba divorciado de la limpie- 
za y pulcritud del traje y la persona : pues, 
según lo decía con tono satisfecho y mag- 
nífico, sólo se bañaba una vez al año, por 
primavera, y no mudaba de vestido sino 
cuando el que portaba llegaba á quedar 
inservible ; de suerte que andaba siempre 
empolvado, manchado, raído y no poca." 
veces hecho un harapo. Desde el momen-, 
to en que se ponía un par de zapatos, 
no volvían á recibir lustre, hasta que los 
daba de baja, y así continuaban durante 
varios meses, todos los días más pardos,, 
rozados y agujereados, con suelas comi- 
das y tacones gastados, según se vislum- 
braba al través de los flecos del pantalón, 
molido y añascado en los bordes, por los 
talones recios y duros. No pasaba su ca- '. 
misa por manos de lavandera : don Teo- 
domiro la cambiaba de cuando en cuandd 



íf-. 



143 






por otra nueva que se compraba, y h{ 
vieja, hecha un lío, la echaba debajo de la 
cama ó la arrojaba sencillamente á la azo- 
tea, como si fuese un proyectil. 

íbamos á decir que Gómez y Pérez era 
un bohemio, pero á tiempo nos hemos 
contenido, porque, si bien tenía de ese 
tipo artístico-literario la gran cabellera, 
la pobreza y la falta de toda preocupacióri 
por las conveniencias al uso ; carecía, en 
cambio, de aquellos vicios elegantes de 
beber, no pagar y otros peores, en que 
andaban divagados Rodolfo, Shonard, Co- 
lín y sus aláteres, en compañía de Mimí, 
Mussetta y otras jóvenes alegres y dignas 
de personificar á las musas. Era, si se quie- 
re, un bohemio incompleto, por una par| 
te corto, y excesivo por otra, mejor que 
el tipo clásico en cuanto á lo moral, per(^ 
peor tal vez en cuanto á la indumentaria : 
y contando, después de todo, sobre loA 
héroes de Enrique Murger, con la ventaja 
de saber trabajar y no pegar chasco á na- 
die. Había en aquella cabeza peluda y en- 
marañada, un gran conocimiento del con- 
trapunto y notables ideas artísticas; y ba- 
jo aquel aspecto tosco y desapacible, un 
fino y elevado sentimiento estético. Mas 
era un extravagante con rarezas tan inau- 
ditas, que hacía pensar á las veces que se le 
hubiese secado el cerebro, á fuerza de esi 
tudiar y pensar, dar y tomar en las más 
extrañas y peregrinas cosas que puedan 
ser imaginadas. Una de sus especialidades 



■?■ "X . í'^í •>.* •?,'v''í'7*' 



144 !■ .■■. ': 

estribaba en titularse "maestro de Capi- 
lla," designación bajo la cual daba á en- 
tender que sabía tocar diestramente todos 
los instrumentos músicos conocidos. Por 
de contado que su pretensión era exage- 
rada, pues, si bien á todo se atrevía, 
y tañía el bandolón y la cítara, y hacía 
vibrar con el arco las cuerdas del contra- 
bajo y las del violín, y acompañaba indi- 
ferentemente en el órgano á los curas ó 
en el piano á las sopranos, y empuñaba 
los fuelles del acordeón ó pasaba por los 
labios la agujereada superficie de las "oca- 
rinas ;" también lo es que no era, ni con 
mucho, igualmente "fuerte" en el mane- 
jo y predominio de todos aquellos sono- 
ros aparatos. Y aun contaban los inteli- 
gentes en achaques filarmónicos (que vi- 
vían comidos por la envidia que le tenían), 
que su ejecución en el órgano era lamen- 
table, atroz Sn el piano y pésima en la cor- 
neta-pistón y en el flageolet; pero nadie 
le negaba ser destrísimo en el clarinete, 
maravilloso en el violín, y excelente pro- 
fesor en esos y todos los otros instru- 
mentos. No cabe duda, pues, que liabía 
algo de excepcional en aquel viejo alnm- 
donado y heteróclito. 

No puede decirse que Gómez y Pérez 
haya sido un hombre de letras, perj tam- 
poco podía negarse que hubiese leído ni 
que siguiese leyendo mucho. Y como te- 
nía una retentiva prodigiosa v contaba 



^ 



T^^.~?^iimf^' - 



W. 



H5 

más de medio siglo de vida, había alma- 
cenado en la memoria buen número de 
principios y noticias (no todo bien dige- 
rido), que hacían de su conversación una 
rítscolanza de especies buenas y malas, 
importantes ó sin interés, tediosas y di- 
vertidas. Era en eso, como en todo, una 
perpetua contradicción, un maremágnum 
de cosas disímiles, un crepúsculo humano 
entre serio y cómico, valioso y trivial, y ale- ~ 
gre y triste. Hasta en su vocabulario mis- 
mo lo demostraba, pues tan pronto usa- 
ba palabras altisonantes, como echaba 
mano de las más vulgares y bajas, y aun 
á veces de las que no pueden ni deben re- 
petirse; y por lo que hace á su pronuncia- 
ción, andaba también entre los límites de la 
afectación más sutil y de la incorrección 
más atroz. Era absolutamente inexplira- 
ble cómo habían podido arraigar en sú 
lengua vicios palmarios, de aquellos que 
conoce el hombre menos instruido, y que 
para él eran, por decirlo así, constitucio- 
nales, pues hubiera tenido que enmudecer, 
si alguien le hubiese obligado á adoptar 
una pronunciación más castiza. Así solía 
andar reñido con la "i" en las ocasiones 
en que esta letra se juntaba con la "a" ó 
con, la "o," ya dentro ó fuera de diptongo, 
como en copia é ilusión, que él pronun- 
ciaba "copea" é "iluseón." En las sílaba?, 
en que sonaban unidas la "n" y la "s," 
colocaba, no se sabe por qué diabólico 



146 

capricho, una "c" entre ambas letras, di- 
ciendo por ejemplo: "incstante," en vez 
de instante é "incstinto" por instinto. Es- 

. tos ligeros apuntes sobre el "maestro de 
Capilla," nos parecen suficientes para que 
el lector tenga alguna idea del persona- 
je; con ello y con lo que seguiremos re- 
firiendo de él en lo sucesivo, bastará tal 

^ vez, para que no se pierda ni esfume en 
las brumas del olvido, tan original y enig- 
mática figura. ! 

Decíamos, pues, que don Teodomiro 
había recibido con alegría la elección de 
Joaquín en favor del oboe, y que, desde 
el día en que el adolescente se la declaró, 
había tomado á éste bajo su protección 
de un modo particular. Ahora agregamos 
en confirmación de eso mismo, que aun- 
que no tenía más obligación que la de ir 
al Hospicio dos horas diarias para diri- 
gir los ensayos de la banda, acudía tam- 
bién por su propia cuenta, una ú otra ma- 
ñana á dar lecciones privadas á Joaquín, y 
se encerraba con él en el cuarto donde se 
guardaban los instrumentos, para celebrar 
secretos coloquios con su discípulo sobre 
los misterios eleusianos de su divino ar- 
te. Ahí le hablaba de la Historia de la 
Música en todos los tiempos y lugares, 
comenzando por Asiría, Babilonia y Egip- 
to, hasta nuestros días, al través de Gre- 
cia, Roma y la Edad Media ; poníale al 
tanto de lo que habían sido los cinco mo- 



dos principales y la notación por letras de 
los griegos, y de que los modos dorio. . 
frigio y metsolidio, son los que más se 
parecen á los modernos, por habérnoslos 
conservado la Edad Media. Le explicaba 
cómo, de los neumas misteriosos, cuyo 
origen no se puede precisar, y de la nota- 
ción cuadrada, viene, con más ó menos 
variantes, la musical que ahora acostum- 
bramos, y cómo se fueron formando el 
pentagrama, las llaves, y los demá-s -lig- 
nos empleados en música, hasta adqui- 
rir su forma actual. Al llegar 'á la escala, 
le hablaba del famoso monje Guido de 
Arezzo, á quien se atribuye, y del himno 
á San Juan, de donde se tomó el nom- 
bre de las notas. Se metía en grandes hon- 
duras para hacerle entender la diferencia 
que hay entre el ruido y la música, y esta- 
blecía-bien, para su entendimiento, la lí- 
nea de separación existente entre la me- 
lodía y la armonía. Don Teodomiro ne- 
gaba que la antigüedad hubiese conocido 
esta última, y atribuía ou origen (casual, 
como el de todos los grandes descubri- 
mientos), á las diafonías, á los discantos, á 
los cánones y á los terribles experimen- 
tos y combinaciones á que se consagra- 
ron los oscuros y laboriosísimos músi- 
cos de los siglos XIV al XVI, cuyas com- 
posiciones eran rebuscadísimas y laborio- 
sas hasta en su aspecto gráfico, pues so- 
lían ser consignadas en formas premiosas 



X ■ 



r48 

y determinadas, como de corazones ó de 
cruces ; y añadía que con Palestrina se ce- 
rró la época medioeval, y que después de 
ella, aparecieron ya los heraldos de la mú- 
sica moderna en los siglos XVII y XVIII, 
Le hablaba también de todos los instru- 
mentos : la flauta, la nabla, el sistro, la 
tamburah, el arpa, la lira, la cítara, la 
trompeta, el órgano, y de todas las trans- 
formaciones que han tenido hasta la épo- 
ca moderna ; y bosquejaba ante sus 
ojos galería tras galería de grandes maes- 
tros y compositores de música : Orfeo, 
Anfión, Lino, Demódoco, Vitruvio, Censo- 
rino, Boecio, San Ambrosio, San Grego- 
rio y tantos y tantos otros, hasta llegar á 
nuestros días, que sería cuento de no aca- 
bar nunca el seguirlos enumerando. En- 
trando de lleno en la teoría de la música 
moderna, le expHcaba que la antigua ten- 
día al reposo, y la moderna á la inquietud 
del oído, que aquélla era simétrica,y ésta 
asimétrica, y que lo que más se había abo- 
rrecido en otros días, flue eran las diso- 
nancias, ó sea el trítono, la cuarta justa, 
el "diábolus in música," como entonces 
se le llamaba, forma ahora el encanto prin- 
cipal de una generación nerviosa, hiperes- 
tesiada y neurasténica. Don Teodomiro, 
aunque al tanto de todo lo más reciente, 
no se mostraba ni novelero ni retrógrado, 
y opinaba que, pasado el período de tran- 
sición que vamos cruzando, se establece- 



149 

ría la concordia entre las escuelas anta- 
gónicas, y habría un arreglo entre la me- 
lódica y la wagneriana. Por de contado 
que Joaquín no le perdía pisada, y se iba 
convirtiendo poco á poco en su reproduc- 
ción fidelísima, en cuanto á conocimien- 
tos, gustos y teorías ; salvas las excen- 
tricidades del profesor, que nunca fueron 
compartidas por el discípulo, en razón 
de la diferencia de sus respectivos tempe- 
ramentos. ; : ' i • :'- 

Por este medio, y en tiempos en que 
Joaquín era todavía casi un muchacho, 
había logrado imbuirle muy bu-enos y só- 
lidos conocimientos, j aun hacerle figurar 
entre los músicos de la banda ; y no mu- 
cho tiempo después, darle á conocer co- 
mo solista de mérito en ocasiones solem- 
nes y difíciles. Muerto Matute, se estre- 
chó la amistad de Joaquín con Gómez y 
Pérez, y don Teodomiro ái& en la costum- 
bre de llevárselo á su casa los domingos 
y días de fiesta para seguir desarrollan- 
do á sus oídos, antes de la comida, du- 
rante ella y después de ella, sus eternos 
temas artísticos, y para mostrjirle todo 
cuanto de más precioso tenía: viejas par- 
tituras muy leídas y usadas, colecciones 
de periódicos musicales desde muy atrás 
hasta el día, libros técnicos, biogáficos y 
anecdóticos, sucios y desencuadernados á 
fuerza de constante lectura, retratos de 
cantantes é instrumentistas de renombre. 



?.?<-• 



■ 150 ■ 

recortes de diarios de Méjico y cíe Fópoli. 
relativos á actos musicales, ramilletes se- 
cos (recuerdos de sus triunfos artísticos), 
y otras cosas que él estimaba en mucho, 
aunque no valiesen nada en sí mismas. 
Entre toda aquella máquina de objetos 
que ponía á los ojos del huérfano, la pren- 
da que le mostraba con mayor solemnidad , 
y cariño, era un violín de respetable an- 
tigüedad, que el viejo maestro aseguraba 
ser un verdadero y genuino stradivarius. 

— Para que comprendas el valor que tie- 
ne este "incstrumento," decía al mucha- 
cho, voy á ponerte en antecedentes res- 
pecto de las manos incomparables que lo 
hicieron y lo han tocado. Comenzaremos 
por el "concstructor." Fué "Antóneo" 
Stradivari, de Cremona, ciudad célebre 
por haber servido de cuna á los guitarre- 
ros más famosos que se han conocido .... 
Stradivari latiftizó su nombre y firmaba 
"Stradivarius;" murió de más de noven- 
ta años, y "concstruyó" los "incstrumen- 
tos" de cuerda más bellos y "armoneosos" 
que se han conocido. Para ello escogía 
las madQras más ligeras, que trabajaba 
con "nímeo" esmero, puliéndolas, esmal- 
tándolas y adornándolas con finísimas "in- 
crustaceónes." Toma este "veolín" en tus 
manos. ¿No es verdad que es muy lige- 
ro?.... No hay otro que pese menos. ¿Sa- 
bes por qué? Porque es de madera de 
sauz. Es cosa sencillísima hacer "veoli- 



fies" de esta "materea;" pero antes de 
aquel guitarrero, nadie había caído en la 
cuenta: fué el "güevo" de Colón, Este 
"veolín" es el mejor de las Américas : oye 
cómo suena. 

Diciendo así, ponía el instrumento bajo 
la barba, y pasando el arco por §us cuer- 
das, le hacía un registro rápido, que lle- 
naba la estancia de limpias y sonoras vo- 
ces. 

— De esto no hay más que muy poco, 
hijo, continuaba después de la prueba. Es 
la mejor prenda que tengo; no la vende- 
ría ni por un ojo de la cara. El príncipe 
Vivesco, que es un capitán del ejército 
francés, me oyó tocarlo en un concierto 
en que tomó parte como cantante (muy 
"medeano" por cierto), y quedó prenda- 
do de su timbre. Al día siguiente vino á 
verme, y después de examinarlo y con- 
vencerse de que no era falsificado, me 
ofreció doscientos pesos por él An- 
tes me dejaría ahorcar que venderlo 

Voy á enseñarte la marca. Aquí está 

"Aiitonius Stradivarius fecit. — Cremona, 
1710." — Es precisamente la gran época 

del fabricante duró veintiocho años. 

No es de los malditos "amatisados" ni 
de los que llevan la, advertencia : "sub dis- 
ciplina Stradivari," ni de aquellos en cuya 
factura le ayudaron Bergonzi y sus hijos 
Homobono y Francisco : él mismo lo hi- 



■ zo, es de sus "própeas" manos. ¿Dime si 
no ha de valer un tesoro? 

Aquí solía introducir un intervalo en- 
tusiasta para ejecutar otros registros y 
preludiar trozos de piezas favoritas, con 
ojos entornados y fisonomía extática de 
fakir columpiado sobre el nirvana. Y lue- 

• go continuaba: 

— Y no es eso todo ; aquí donde lo ves, 
este "veolín" ha andado en manos de Pa- 
. ganini. Voy á decirte quién fué este gran 
"virtuoso" . . . Digo "virtuoso," no por- 
que haya sido la virtud el mérito capital 
de Paganini, pues fué, por el contrario, 
el vivo "deablo," y aun opinaron algunos 
de sus contemporáneos, que era una "en- 
carnaceón" de Satanás; sino porque los 
"italeanos" dan este nombre á los ejecu- 
tantes verdaderamente "incspirados," á 
los "extraordinareos" y "geneales" . . . Pa- 
ganini tuvo por maestros á los más emi- 
nentes "veolinistas" de su época ; pero 
los dejó muy atrás á todos ellos, al llegar 
á la edad de once años . . . . ¡ Así "estudea- 
ba" el condenado ! . . . . ¡ Diez ó doce ho- 
ras diarias ! Lo que más le gustaba era 
buscar tres pies al gato, inventando difi- 
cultades casi imposibles de vencer 

Y las resolvía todas, no de un modo, sino 
de veinte modos distintos. En fin, para 
decírtelo de una vez, ha sido el más gran 
"veolinista" que ha habido en el mundo. 
Se paseó por todas las ciudades de Eu- 



153 ■; 

ropa cosechando triunfos y dinero... En 
Viena, ejecutando una vez en el teatro 
sus "vareaceones" llamadas "Strigas," imi- 
tó tan bien las voces cavernosas y espe- 
luznantes del "demóneo," que las muje- 
res se desvanecieron de terror, y aun hu- 
bo quien asegurase haber visto al "dea- 
blo" en persona detrás de Paganini, ayu- 
dándole á manejar el arco. Rompía á ve- 
ces una á una las cuerdas del "veolín" y 
seguía tocando con las otras, tan bien co- 
mo si tal cosa, y ejecutaba las piezas más 
difíciles, indiferentemente, con tres cuer- 
das, con dos, ó con una. ¡ Con razón lle- 
garon á creerle "endemoneado" !. . . . Y 
lo más extraño del caso es que todas esas 
hazañas las realizó, no en este "stradiva- 
rius," sino en un "guarnerius," un "incs- 
trumento inf ereor" . . . Yo creo que hu- 
biera podido tocar en una calabaza par 

tida por la mitad, y con cuerdas Mi 

stradivarius fué primeramente del céle- 
bre pintor "Pasini," á quien lo ganó Pa- 
ganini en buena lid, en una apuesta. 
¿Ahora quieres saber cómo pudo llegar 
á mis manos? Voy á decírtelo. Como Pa- 
ganini estaba embrujado con su "guarne- 
rius," no hizo aprecio del "stradivarius, '1 
y al morir lo dejó enpolvado en un rincón 
de su casa. Aquiles, su hijo, lo vendió á 
Montana, y éste á Civetti. Civetti, fué '*car- 
bonáreo" en "Italea," y tuvo que expa- 
triarse. Después de haber corrido mucho 



.v-í ,*-■ 



íS4 

mundo, vino á Fópoli con AntommarchiJ 
el médico de Napoleón el Grande. Aquí 
le conocí y fui su discípulo en armonía y 
perfeccionamientos de "ejecuceón". .¡ E)ios 
lo tenga en su "glorea" ! Murió de "nos- 
talgea," y yo recogí su último suspiro . . . 
Ya eii estado de gravedad, me hizo el le- 
gado de este "incstrumento," como lo 
prueba el acta que obra entre mis pape- 
les. Dice así: "lo Doménico Civetti, na- 
turale de la cittá de Milano, capitale del 
duccato del medéssimo nome".... Quie- 
res que te lo busque y te lo lea por com- 
pleto ? No es "necesareo" .... Civetti 
abrió mis ojos al gran arte, me hizo co- 
nocer las celebridades europeas y me pu- 
so al tanto de aquella vida "manífica" . . . 
Desde entonces recibo constantemente 
"publicaceones" artísticas, y estoy al día 
en cuanto se refiere á óperas, "ejecuceo- 
nes" y artistas. 

Joaquín admitía á pie juntillas cuanto 
don Teodomiro le contaba sobre ese y 
otros puntos y sucesos, lelacionados con 
su interesante biografía Y como era jo- 
ven, y sentía por el arte el ciego fervor 
de un neófito, se inflamaba y enardecía 
al oír aquellas historias y panegíricos; v, 
soltando el freno á la imaginación, echá- 
base á soñar con sublimes creaciones, ova- 
ciones estruendosas, públicos vieneses 
parisienses y londinenses locos de entu- 



siasmo, y goces inefables de un alto nu- 
men comprendido y galardonado. .¿; ^ . 
— Cuando Civetti vino á Fópoli, segfuia 
diciendo don Teodomiro, los "veolinistas" 
tocábamos el "incstrumento" en esta for- 
ma (y empuñaba el violín rudamente por 
el cuello con la mano siniestra), como si 
fuésemos á rompernos el alma con él. Por 
lo que respecta al arco, lo cogíamos como 
si fuese una espada ó un florete, con ma- 
no dura y férrea; de suerte que para pa- 
sarlo sobre el cordaje, teníamos que ha- 
cer uso de todo el brazo, aprovechando 
nada más que la "articulaceón" del hom- 
bro. De aquí resultaba una "ejecuceón" 
torpe y sin matices. El nos enseñó á en- 
comendar á la muñeca todo el mecanismo 
de la "ejecuceón," para lo cual hay qu \ 
tomar el arco con estos tres dedos, pul- 
gar, índice y del corazón ... en esta for- 
ma. Así se mueve sin esfuerzo la mano,, 
con el puro "muelleo" de la muñeca. ¿ Hav 
que tocar las primas ? Pues se sube el bra- 
zo á la altura del "incstrumento," dejando 
caer la mano con naturalidad, en virtud de 
su "própeo" peso. ¿Hay que tocar las 
terceras? Pues se baja hasta dejar la ma-, 
no en la misma línea del antebrazo ; así 
se arreglan las cosas por sí solas, y sin 

esfuerzo. 

En medio de aquellas conversaciones, 
estudios y ensueños, llegó Joaquín á los 
diez y ocho años, á esa hermosa edad d^ 




• 156 

la vida en que de nada se duda, y se ve 
el porvenir como tejido luminoso de 
triunfos y de dichas. Cualquier mortal 
por humilde y modesto que sea, figúrase 
entonces que ha recibido del cielo una 
misión ; y los intelectuales, por poco que 
se eleven sobre el nivel común, suelen 
abultar tanto sus propios merecimientos, 
que creen van á dar nombre á su siglo, 
como Feríeles, León X y Luis XIV. Sea- 
mos, pues, indulgentes con Sandoval, si 
tenía por averiguado que llegaría á ser 
una celebridad en las bellas artes, tanto 
más cuanto que, para ser justos, debemos 
también abonarle en cuenta la circunstan- 
cia atenuante de su íntima sociedad con 
don Teodomiro ; pues Gómez y Pérez era 

. un verdadero y redomado melagómano. 
que todo lo veía crecido y agigantado, y 
no podía andarse con medias tintas ni con 
paños calientes para nada. Nunca mencio- 
naba á los maestros de segundo orden, si- 
no sólo á los eminentes y sublimes, y traía 
siempre en la punta de la lengua á Bach, 
Beethoven, Weber, Mozart, Meyerber, Be- 
llini, Donizetti, Verdi, y á todo lo más 
granado de la nomenclatura artística. Era 
Fópoli para él un rincón del mundo, bien 
dispuesto para las sublimidades de la mú- 
sica, pero donde todo estaba por hacer, 
como las naciones gentiles antes de la 
llegada de los apóstoles ; y, aunque él no 

• lo dijese, bien se echaba de ver que se con- 



157 - 

sideraba destinado á ser el San Pablo de 
aquella gente pagana. Vivía rodeado de 
las creaciones y partituras de los más ilus- 
tres compositores, que ejecutaba, hacía 
ejecutar, estudiaba, analizaba, y escudri- 
ñaba del principio al fin. Cuando no ha- 
cía eso, cogía los libros de historia de la 
música ó las biografías de los grandes 
compositores, y los leía, releía y aprendía 
de memoria, no sólo por los principios 
y reglas que contenían, sino también por 
las noticias meramente curiosas y anecdó- 
ticas que en ellos encontraba : fechas y 
lugares de nacimiento, maestros, excentri- 
cidades, amores y triunfos de los grandes 
músicos. Era una biblioteca ambulante : 
sabía dónde, cómo y cuándo se había es- 
trenado cada ópera, qué día de la semana, 
si con- tiempo malo ó bueno, qué artis- 
tas habían tomado parte en su desempe- 
ño y los episodios y detalles realizados du- 
rante la función. Y al pintar aquellas bri- 
llantes escenas, se entusiasmaba y enarde- 
cía de tal modo, que se ponía en pie, re- 
corría á pasos precipitados la habitación, 
localizaba las cosas, y decía : 

— Aquí estaba el escenario, allá el palco 
del Emperador, allí el del príncipe X, acu- 
llá el de la hermosa princesa H, más acá 
el sitio de la orquesta, y en este preciso 
lugar se sentaba el maestro al cémbalo. 

Y seguía particularizando y detallando 
tan bien y tan menudamente los aconteci- 

• "" PR1CURSORE6— II 



..-.-Sífh^TS , 






mientes, que no parecía sino que los hu- 
biese presenciado ; y era tal la impresión 
que con todo eso producía en el audito- 
rio, que cuantos le oían, se figuraban ver 
con sus propios ojos las escenas y perso- 
najes á quienes Gómez y- Pérez aludía. Por 
lo que hace á Joaquín, quedaba como elec- 
trizado al oírle, no apartaba de él los ojos 
mientras hablaba, y no pocas veces lle- 
gaba hasta llorar de emoción, bajo el in- 
Hujo del loco y a^ebatado entusiasmo 
que aquellas descripciones, himnos y di- 
tirambos le producían. Así vivía Sando- 
val en una especie de artificial atmósfe- 
ra, que le envolvía y saturaba hasta la 
médula de los huesos, por haber encon- 
trado á su paso á tan potente desequilibra- 
do, hecho quizá de la madera de los genios ; 
y porque éste había soplado á sus' oídos 
las palabras de las brujan : "¡ Malcolm, tú 
serás rey!" ¿Qué extraño, pues, que hu- 
biese ido creciendo como absorto y fuera 
de sí en medio de la sociedad que le ro- 
deaba? El término medio de los aficiona- 
dos y artistas de FópoH, sabía poco de 
todas aquellas exquisiteces, y aunque 
amaba la música, y la cultivaba con pa- 
sión, no acostumbraba profundizarla ni 
en cuanto al arte, ni en cuanto á su eje- 
cución, ni en cuanto á sus más gloriosas 
apoteosis. Puede decirse, por tanto, que 
don Teodomiro y su discípulo andaban 
como bogando por los aires, aquél al im- 



pulso de sus propias alas, y éste encara-i- 
mado sobre las de Gómez y Pérez. • 

Un loco hace ciento. Al principio de su 
iniciación en aquellos misterios, había ten- 
dido Sandoval á convertirse en maestro de 
música universal, como don Teodomiro ; 
por fortuna, el mismo Gómez y Pérez ata- 
jó sUs bríos, manifestándole no era tiem- 
po de que se difundiese tan'latamente por 
los campos artísticos, que eso vendría des- 
pués, con oportunidad y naturalmente, 
que él había llegado á los cuarenta años 
sin tocar más que el "veolín,'.' y que sólo 
de esa época en adelante se había dado al 
cultivo de todos los otros instrumentos. 
No por eso, no obstante, quiso cerrar her- 
méticamente las puertas á la ambición del 
muchacho ; sino que, entreabriéndoselas 
discretamente, le hizo una gran concesión, 
permitiéndole recibir lecciones de piano, 
en adición á las de oboe. 

— El ''peano,'' le dijo sentenciosamente, 
"no es un "incstrumento" sino una or- 
questa ; tiene voces que pueden sonar al 
unísono, y un diapasón muy extenso : sus 
teclas pueden hacer las veces, aunque im- 
perfectamente, de casi todos los "incstru- 
mentos" conocidos. Lástima que sean efí- 
meras sus voces, pues el recurso de los \ 
trémolos es muy pobre, por no producir 
un sonido continuado, sino el repiqueteo 
de una misma nota. El del pedal tampoco 
es suficiente, pues no sólo prolonga la no- 



i6o 



. -r^jV 



0, ta que se quiere sostener, sino también 
'^f^. - tqdas las correspondientes á las teclas 
que se hieren ; de donde resulta un ver- 
dadero guirigay, una cacofonía insoporta- 
ble. A pesar de eso, dispone de grandes 
medios para bastarse á sí mismo, y como 
.r lleva á la vez el canto y el acompañamien- 
. to, no se oye pobre é ingrato, como' los 
, „ otros "incstruñientos" cuando suenan so- 
• los. Sobre todas esas ventajas, tendrá 
esta otra para tí : te proporcionará ma- 
nera de entrar en la buena sociedad. Co- 
mo artista de talento que ¿res, serás soli- 
citado ípara tomar "participaceón" en 
". í^- "reuneones" y conciertos aristocráticos y 
famosos ; asi entrarás en "contato" con 
• el b^llo "seso," y esto dulcificará tu "ca- 
ráter," te separará de las malas compa- 
ñías, y te dará "ocaseón" para hacer un 
buen matrimonio, pues nada hay mejor 
que la armonía para armonizar los cora- 
'. zones. El "peano." sobre todo, podrá cons-^ 
tituir para tí una carrera, si te consagras 
al profesorado. El oboe te servirá para el 
•u Hospicio y el "peano" para la vida "práti- 



ca." 



Con esto, Joaquín, dócil á las indicacio- 
nes de su maestro, se consagró al piano 
con todo el ardor que solía poner en cuan- 
to iniciaba y emprendía, y don Teodomi- 
ro, que conocía al palmo el mecanismo 
de aquel instrumento, supo dirigirle á ma- 
ravilla y hacerle entrar con firme planta 



\ 



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~ i6i - S 

I 

por los encantados senderos de la más 
moderna y mejor escuela; y como el jo- 
ven, por otra parte, tenía ya buenos cono- 
cimientos de música, venció pronto las 
dificultades de los nuevos estudios, y se 
halló en aptitud de ahí á poco, de ejecutar 
con soltura, buen número de piezas selec- 
tas y de fuerza. 

Gómez y Pérez había logrado, años 
atrás, que sor Ignacia fundase una escue- 
la de piano y canto en el Hospicio. 

— El cultivo del arte, había dicho á la 
religiosa, se hermana bien con la pobre- 
za, sin duda porque presta voz al dolor. 
Lo.s compositores y cantantes más distin- 
guidos, salieron durante más de dos si- 
glos, de las casas de caridad italianas : ya 
de Santa María de Loreto, ó de San Ono- 
fre en Campania de Ñapóles, ó bien de 
los hospitales de la Piedad, los Mendican- 
tes y los Incurables de Venecia. ,, 

A más de las razones anteriores, expú- 
sole Gómez y Pérez, para convencerla y 
ganarla á su partido, otras muchas de ele- 
vado carácter filosófico. 

— La música, argüía, es el gran arte de 
los tiempos modernos. Los otros tuvie- 
ron ya su florecimiento en las pasadas 
edades ; pero éste no ha llegado á "perfe- 
cionarse" sino hasta nuestros días. La 
"arquitetura" llegó á su apogeo en "Eg^- 
to," Grecia y Roma, la escultura alcanzó 
su mayor esplendor en Atenas, la pintura 



^. --''-- 



■T^' Vi- A 



dijo la última .palabra en el Renacimien- 
to : ahora toca su turno á la música. ¿ Por 
qué? Porque la "situaceón" especial de la 
sociedad contemporánea así lo "esije." 
Han muerto los ideales, no hay ya poesía, 
vivimos en un mundo esencialmente "prá- 
tico," que sólo se preocupa por la indus- 
tiia, el comercio y las comodidades de la 
vida ; pero el alma humana no está con- 
forme con la mezquindad de estos hori- 
zontes, y debajo de las "combinaceones" 
bursátiles y de los negocios mercantiles, 
echa de menos sus viejas "ihiseones," y 
gime y llo-ra como pájaro "apriseonado" 
en estrecha clausura. Y como nuestra épo- 
ca no es "propícea"' á los cantos poéticos, 
que son hoy escuchados con '"indiferien- 
cia" ó con desdén por el mundo, ha en- 
contrado en la música la válbula de segu- 
ridad de sus sentimientos, y por el nu- 
men del compositor ó por la "ejecuceón" 
del artista, se desahoga.de sus tristezas y 
canta sus confusas esperanzas. La angus- 
tia de la "situaceón," por otra parte, es 
sentida por los pobres de un modo más 
intenso y doloroso, porque en medio de 
"las "manificencias" que nos rodean, están 
hoy más desamparados que nunca, y se 
convierten de pastores, herreros y tone- 
leros, en grandes artistas, con facilidad 
casi maravillosa. La músi<:a es la voz del 
dolor y de las vagas "aspjracéones" de es- 
ta sociedad hastiada y sibarítica, que no 



i63 

ha podido despojarse del romanticismo, 
de esa duke tristeza, que es el amor innato 
del alma á la idealidad y al ensueño. 

Eso y mucho más dijo en diversas oca- 
siones don Teodomiro en apoyo de su 
tesis, hasta que acabó por persuadir á sor 
Ignacia, de la utilidad de la nueva asigna- 
tura, y la obligó á crearla en el Hospicio ; 
si bien no obtuvo esa concesión, sino des- 
pués de haberse obligado á servirla de 
balde, ó poco menos, pues los recursos 
df 1 establecimiento apenas bastaban para 
lo necesario, y no permitían que se les dis- 
trajese en gollerías. Y Gómez y Pérez 
fiel á su palabra, se consagró á ella con 
ahinco, y pronto comenzó á recibir el pre- 
mio debido á sus afanes, pues fué sacan- 
do de su enseñanza excelentes discípulas, 
así de canta como de piano ; y como no 
quería que las alumnas perdiesen el tiem- 
po por falta de dirección, cuando por aca- 
so no podía concurrir á la clase (lo que era 
muy raro), enviaba á Joaquín en su lugar 
para que lo supliese en el ministerio de 
aquella doctrina. 

Así volvieron Berta y Sandoval á verse 
efe cerca algunas veces, pues la joven ha- 
bía continuado sus estudios de canto bajo 
la dirección de don Teodomiro. 

Después del arte, ó tal vez antes que él. 
no había en el mundo cosa que impresio- 
nase tanto á Joaquín como la presencia de 
su amiga inolvidable. Cuando la veía, sen- 



■ JW- 



164 

tíase embargado por una emoción inde- 
finible; se le hacía anhelosa la respiración 
y le paltpitaba él pecho, como si hubiese 
subido á una torre muy alta. Y lo malc 
era que en tales ocasiones se ponía tan tor- 
pe, que no sabía lo que hacra, ó lo hacía 
todo tan mal, que estaba seguro de que 
Berta tendría de él una idea muy pobre. 
En los principios de su ingreso como ad- 
junto en aquella clase, había sucedido que 
al tocar el piano, perdiese el compás, ó 
tocase una nota por otra "siendo así que 
una de sus especialidades más preciosas, 
consistía en la seguridad del pulso y en 
el arreglo preciso de la ejecución. Aque- 
llo dependía de una influencia misteriosa 
que ella ejercía sobre él y le privaba de 
acierto. 

Nada hay que desconceptúe más á u¡i 
enamorado á los ojos de la dueña de sus 
pensamientos, cuando ella no pierde tam- 
bién los estribos, que su aturdimiento \ 
su timidez ; mientras que, por el contrario, 
el desenfado y la sangre fría, suelen ga- 
nar á golpes de audacia el corazón de las 
hermosas. Poco favorable era, pues, para 
Sandoval la turbación que le embargaba 
á la vista de Berta, pues, como ésta no 
sentía, al parecer, atracción simpática ha- 
cia el joven, le miraba con ojos analíticos 
y le hallaba tan trastornado por la emo- 
ción, que solía parecerle ridículo. Joaquín 
penetraba su pensamiento, y esa convic- 



■ ■ ■, 165 /■ ■ .■ 3 

ción le tornaba más y más torpe; de clon- 
de nacía una cadena de contrariedades 
que no acababa nunca. 

A ello contribuía en gran manera la 
charla insustancial y frivola de Paulina. 
Esta joven, que, en dos ó tres años de es- 
tudio, no había logrado aprender ni e! 
primer método de solfeo, alimentaba gran 
inquina contra don Teodomiro y su ad- 
junto, á quienes hacía responsables del 
atraso en que se hallaba. Según decía, no 
le hacían sus maestros el menor aprecio ; 
pero ¿cómo habían de prestarle atención, 
cuando no encontraban en ella buen oído 
ni amor al arte, ni dedicación al estudio,- 
ni siquiera atención á las explicaciones del 
profesor? El mayor triunfo logrado poi 
Paulina durante los años de su aprendiza- 
je, había sido el de figurar en algunos co- 
ros, en lugar secundario y confuso ; y aun 
así, se había hecho acreedora á severas 
amonestaciones y reprimendas del direc- 
tor, ya por sus frecuentes salidas de to- 
no, ya por sus constantes salidas de tiem- 
po. Todo eso la ponía furiosa, y su mal 
humor se desahogaba en epigramas é 
invectivas contra don Teodomiro v Toa- 
quín. 

— Si Joaquín me pretendiese, decía 
PauHna á Berta, le aceptaría para mozo 
ó cochero ; no envidio tu conquista. 
Pero ¿qué culpa tiene el pobre de 



V- 



::,íM- 






m 



166 

que asi le haya hecho Dios ? repHcaba 
Berta. •. ; • -" - ' 

— Ninguna; pero es muy feo. 

Berta, aunque protestaba siempre, reía 
algxmas veces con motivo de tales pullas 
y críticas ; y en el fondo de su corazón 
iban quedando asentadas aquellas impre- 
siones, como heces de desdén para el po- 
bre mozo. Y á compás de sus sentimien- 
tos hostiles, tornábanse los de Joaquín 
más tiernos y sumisos para ella todos los 
días. Las facultades estéticas de Sandoval 
no le ayudaban para defenderse, pues 
comprendía, sentía y admiraba tanto la be- 
lleza, que se le iba el alma tras ella, 
donde quiera que la hallase, y de cualquie-a 
naturaleza que fuese, ya en el cielo, ya erí 
la tierra, ya en el círculo social donde vi- 
vía. Su constante contacto con la ruin hu- 
manidad que poblaba el Hospicio, forma- 
ba el claro-oscuro de sus gustos y aspira- 
ciones. Tiempo le había sobrado para ob- 
servar cómo cada una de las partes que 
forman el cuerpo humano, puede ser 
asiento y origen de fealdad y . repugnan ' 
cia, ó bien de belleza y encanto. Las ca- 
belleras revueltas, los cutis ajados, terro- 
sos y descoloridos, los dientes desiguales, 
careados y divorciados del cepillo, las ore- 
jas enormes, toscas y descuidadas. Jas 
manos negras, nudosas, de uñas sin cor- 
tar y ribeteadas de negro, los talles des- 
ijarados como huesos envueltos en trapo, 



ó bien gruesos é informes, como odres ó 
barriles, los enormes cuadriles á lo pata- 
gón balanceándose de vm modo repugnan- 
te ó los minúsculos y estrechos como de 
alambre, que no pueden servir de sostén 
á las faldas, estaban constantemente an- 
te sus ojos, desdé que liabía visto la luz. 
Y desde entonces también había observa- 
do que casi todas aquellas fealdades po- 
dían convertirse en manantial de emana- 
ciones nada gratas, cada cual á su modo y 
según su índole: la cabeza, la nariz, la 
boca, los pies, el organismo en general, 
como materia en descomposición total ó 
parcial. De aquel conocimiento y de aque- 
lla experiencia, habían nacido para sus 
anhelos de artista, la admiración y la ado- 
ración exquisitas liacia tod^i lo opuesto, 
pues no había escapado á sus análisis que, 
en contraposición con aquellas imperfec- 
ciones y estados repulsivos, podían existir 
y existían de hecho, las bellezas y los 
atractivos contrarios : cabelleras sedosas, 
ya negras como el ala del cuervo ó ru- 
bias como el sol, pieles blancas y sonrosa- 
das como el cielo matutino, ojos claros y 
refulgentes como estrellas, dentaduras finí- 
simas, pulcras y nacaradas, manos alabas- 
trinas y escultóricas, piececitos pequeños 
como de hadas y talles gallardos y cimbra- 
dores como las palmeras ; y todo ello terso, 
limpio, bien oliente, como hacinado de flo- 
res brillantes v acabadas de cortar. Colo- 



rí 



^;?i*.- 



i68 

'cado en una como centina dé fealdad y 
repulsión, sabía apreciar en todo lo que 
valía, la blanca, nítida é incomparable be- 
lleza de Berta, porque no hay como un 
cautivo para amar el sol, ni como un 
hambriento para desear el maná del cielo 
ó la ambrosía de los dioses. No tienen 
las mujeres hermosas entre todos sus 
cautivos, adoradores más ciegos y entusias- 
tas, que los poetas y los artistas, pues só- 
lo ellos saben ver , apreciar y adorar cum- 
plidamente su belleza. Analizaba, pues, 
Joaquín á Berta, de la cabeza á la planta, 
y no le hallaba defecto. ¡ Qué cabellera 
tan rubia, fina y rizosa, la que coronaba 
su cabeza, como nimbo de santa ó diade- 
ma de reina ! ¡ Qué frente tan pura y ter- 
sa, qué ojos tan grandes, tristes y pensa- 
tivos, qué nariz de corte tan puro y pro- 
porciones tan armoniosas, qué boca tan 
pequeña, graciosa y encarnada y qué dien- 
tes tan menudos, parejos y blancos tenia 
la dueña de sus pensamientos ! Así conti- 
nuaba el análisis por el cuello y el talle 
hasta el diminuto piececito, que parecía 
tocar apenas el suelo, y todo lo hallal:»a 
tan bello, fino y delicado, como si hubie- 
se sido hecho para mero ornato de su 
dueña y ¡recreo de los ojos, y no para lle- 
nar las vulgares necesidades de la vida. 

Y más acaso que los encantos físicos, 
admiraba en ella el espíritu sereno y pu- 
ro, la voluntad mansa y cariñosa y el co- 



1 - 



169 



razón abierto á los encantos del arte y á 
los sentimientos más nobles y elevados ; 
y la adoraba aún más poi el áureo timbre 
de su voz, por las caricias de su acento, y 
por la finura y delicadeza incomparables 
de su ejecución artística. Hecho el exa- 
men minucioso de Berta, quedaba postra- 
do, incapaz de resistir,* de rodillas ante 
ella. No entraba en lo posible sobrepo- 
nerse ásu atracción, á su magia, á su im- 
perio ; era demasiado débil para oponerse 
á una fuerza tan grande. Penetrado de 
su debilidad, no luchaba, ni se le ocurría 

siquiera htiir de aquella seducción ; se hu- 
biera dejado hacer mil pedazos, antes que 
romper los grillos y esposas de su dulce 
cautiverio. Verla, oírla, sentir su encan- 
to, girar en el radio de su atracción y 
abrasarse en sus esplendores, eran para él 
las supremas glorias de la existencia. . 
Un día se atrevió á decirle en voz baja : 
— Siento por tí un cariño inquieto, que 

• no me deja un instante de sosiego : cuan- 
do te veo, porque me anonada tu pre- 

' sencia. y cuando estoy lejos de tí, porque 
me ahoga eí aire que no respiras. Toda au- 
sencia de tu lado me parece de siglos, y 
todo apartamiento de tí se me figura in- 
mensidad. No sé si mi mala ó buena suer- 
te me ha hecho concebir este afecto ; pe- 
ro sí que es superior á mi voluntad y que 
ha de vivir mientras yo viva. ¿Recuerdas 
los días de nuestra infancia? La primera 






. a»f w;^- - r. 



170 

noche que llegamos al Hospicio, fuimos 
depositados en una misma cuna, y des- 
pués continuamos unidos, hasta que los 
años y los reglamentos de la casa nos 
separaron. Entonces parecía que me pro- 
fesabas cariño, porque me participabas de 
cuanto tenías, rogabas que no me casti- 
gasen y preferías *mi compañía á la de los 
otros niños. Yo no he cambiado, soy el 
. mismo de siempre, te cjuiero como antes ; 
ó, mejor dicho, no soy el mismo, porque 
te quiero más, pues hay buena diferencia 
entre el afecto del niño y la pasión ílel 
hombre. Entonces te quería y ahora te 
amo ; entonces lloré cuando me separaron 
de tí, y ahora me moriría si supiese que 
no volvería á verte. Pero estoy muy triste, 
porque desde hace tiempo se me figura 
que huyes de mí, y tu desvío me quita el 
sueño, la felicidad y la vida. 

Habló Joaquín con acento conmovido 
y ojos llenos de lágrimas. El alma de Ber- 
ta, que era tierna y vibrante y no se pa- 
raba en la superficie de las cosas, oyó 
aquel íntimo reclamo con gravedad y 
piadosa atención, comprendiendo qu€ Joa- 
quín decía la verdad y que aquel pobre 
mozo la amaba profundamente ; así qtie 
no se enfadó al escucharle, ni pensó en 
afligirle con su desvío. Por lo que le con- . 
testó con dulzura : , 

—Recuerdo los años de nuestra infan- ' 
cía, y me son tan gratos como á tí. Tu 



nombre y tu persona van unidos á tantas 
memorias de mi vida, que no me se- 
ría posible olvidarte, aun cuando lo quisie- 
se, y no lo quiero. Pero debo ser since- 
ra : el afecto que me inspiras, es tranqui- 
lo, no violento como el tuyo ; no me ins- 
piras amor, sino cariño .... Bien quisiera 
que mis sentimientos fueran otros; pero 
eso no depende de la voluntad, bien lo 
sabes. . , 

Al oír á Berta, sintió Joaquín, con el 
instinto propio de los enamorados, que 
un hondo abismo le separaba de la joven, 
y el frío de la amistad hirió su corazón 
como una hoja de acero. . i ■ ; — ■ 



XII 
La familia áe Dena. 

Berta había vivido rodeada de tales mi- 
mos desde la infancia , se había visto á tal 
punto preferida por las superioras, y ha- 
bía recibido tales caricias y agasajos de 
cuantos la rodeaban, í(ue había ido acos- 
tumbrándose, á considerarse de clase su- 
perior á sus compañeras, tanto más cuan- 
to que la mayor parte de ellas, con ex- 
cepción de Paulina y alguna otra que pa- 
recía .de buen origen, eran trigueñas, 



mi^- 



172 

vastas de facciones y de fisonomía fea y 
ordinaria; en tanto que ella era blanca, 
rubia; de azules ojos y de facciones co- 
rrectas y distinguidas. Mostraban las otras 
inclinaciones é ideas que en nada dife- 
rían de lo común, y tendencias marca- 
das á la más refinada vulgaridad ; mien- 
tras ella, por temperamento é instinto, 
era fina y exquisita en todo, y ostentaba 
en su porte y maneras, une distinción que 
causaba sorpresa. 

Por eso había, creído todo el Hospicio, 
que descendiese de familia encopetada, y 
así lo dijo él desde la noche misma en que 
fué llevada á su regazo. Berta, pues, á 
fuerza de oír aquellas fábulas, había aca- 
bado por creerlas á puño cerrado, y por 
figurarse que sus padres eran personas 
que llevaban nombres sonados, habitaban 
lujosas mansiones y paseaban en lujosos 
carruajes por las calles de la ciudad. Lle- 
vada de ese error, y sabiendo que el amor 
natural acaba por triunfar del fingimiento 
y la hipocresía, alimentaba la vaga espe- 
ranza de que un día ú otro, se presenta- 
sen á reclamarla en la portería de la Ca- 
sa, una dama distinguida, recatada por 
espeso velo y cubierta de seda y enca- 
jes, ó algún caballero de incipiente calvi- 
cie, con guantes, levita de moda y som- 
brero de seda. 

Entre las condiscípulas y amigas de 
buena posición que le habían mostrado 



173 

simpatía, se contaban las niñas Socorro 
y Consuelo Dena. La familia ¿ que perte- 
necían estas jóvenes de nombre tan apa- 
cible, se componía de cuatro personas ; 
las dichas, Prudenciano y doña Anastasia, 
madre de aquella alegre trinidad. Don 
Arnulfo Dena, jefe de la estirpe, había 
ejercido el comercio con no escaso bri- 
llo en Fópoli, y acostumbrado á la. fami- 
lia al boato y la ostentación; pero al mo- 
rir, según decían malas lenguas, había de- 
jado á tal punto complicados sus negocios, 
que nadie sabía á punto fijo lo que pudie- 
se valer su hacienda; pues mientras al- 
gunos creían que representaba un caudal' 
considerable, opinaban otros que, desta- 
rada de sus adherencias y superfetaciones, 
consistentes en cosas ajenas, comisiones, 
hipotecas y capitales á interés,, quedaría 
reducida á una verdadera bicoca. Entre- 
tanto, un abogadazo viejo, y con más con- 
chas que un galápago, se había hecho car- 
go de la testamentaría y la había conver- 
tido en un tenebroso laberinto, donde na- 
die alcanzaba á mirarse ni la punta de 
los dedos ; y pasaban los años en aquella 
situación confusa, sin que nada se acla- 
rase, pero, también, sin que el lujo de la 
familia disminuyese. 

Una de las debilidades capitales del di- 
funto Dena, había consistido en las pre- 
tensiones nobiliarias que le habían asal- 
tado al llegar a la madurez de la vida.. 

Precursores— la 



«5 



>^ 



174 

¿De dónde había surgido tan extraña pre- 
tensión en su obscuro espíritu? En Fópo- 
li, donde todos se conocen, sabíase per- 
fectamente que su familia era bien humil- 
de, pues don Quintín, padre de don Ar 
nulfo, había llegado de Extremadura, mal 
vestido, patiestevado, sucio y sin cono- 
cer la "o" por lo redondo. Para nadie, 
además, em un misterio, pues sus mismos 
compatriotas lo contaban, que el palurdo 
señor había sido labrador en su tierra. La 
colonia española, que es muy unida en 
Fópoli, y tiene fuerte espíritu de cuerpo, 
le había tomado bajo su protección desde 
su arribo á la ciudad, y le había propor- 
cionado trabajo. Había comenzado por 
dependiente de ínfima categoría en una 
tienda de abacero donde desempeña- 
ba los oficios más bajos, como barrer 
y regar los suelos,, tirar el agua sucia y 
sacar á la calle la espuerta de la basura : 
mas por aquel camino y el de la economía 
más estricta, había ido elevándose á los 
grados sucesivos de dependiente de mos- 
trador, Ídem de confianza, jefe de depen- 
dientes, y, por último, factor del' mismo 
giro donde servía : y á medida que había 
ido obteniendo aquellos ascensos, había ido 
también aprendiendo á leer, escribir, no co- 
mer con los dedos y ponerse la corbata. Al 
llegar á la última etapa ascendente, había 
comenzado á erguirse y á hablar gordo ; 
mas á decir verdad, fué siempre tosco y 



175 'V: 

mal educado, pues la buena crianza no 
es cosa que se adquiere á cualquier, ho- 
ra, sino que se necesita mamarla con 
la leche materna. El último golpe de as- 
tucia que dio, fué el de enamorar á la 
hija de su patrón, joven fea y pasada de 
años, á quien los galanes fopolitanos ha- 
bían mostrado el más hondo desdén, á 
pesar de sus pesps. La pobre doncella, 
que estaba bastante aburrida de su don- 
cellez, á presar de su aparente vocación 
al monjío, le correspondió en el acto, aga- 
rrándose á sus proposiciones con el ansia 
con que se aferra el náufrago á la tabla 
de su salvación. El patrón aplaudió el 
arreglo, porque estaba viejo, le dolía de- 
jar desamparada á su hija, y celebraba 
que sangre española, aun cuando fuese 
campesina, siguiese corriendo por las ve-' 
ñas de su descendencia; así que el matri- 
monio se hizo á gusto de todos, y fué ce- 
lebrado con gran pompa y mucho cham- 
paña. De aquel matrimonio nació don Ar- 
nulfo, quien, llegado á hombre, no se con- 
tentó con seguir la tradición de trabajo 
que le habían legado sus padres, ni con 
haber entrado en la buena sociedad por 
la recomendación de sus riquezas, sino 
que quiso, además, encaramarse á ver- 
tiginosas alturas nobiliarias, y codearse 
con los Albas, Osunas y Medinacelis. El 
primer síntoma de aquella demencia, apa- 
reció cierto día, bajo el aspecto inofewsi- 



i76 

vo de una simple "D"' mayúscula interca- 
lada en la firma, entre su nombre y su 
apellido, en esta forma: "Arnulfo D. De- 
na.'' Pasado algún tiempo, cuando creyó, 
sin duda, que el ojo y el oído de sus con- 
terráneos se habían acostumbrado á la 

- novedad, convirtió la "D" inicial en "de" 

:' preposición, y comenzó á firmarse Arnul- 
fo "de" Dena. Al último acabó por des- 

r cubrir todo su juego, y confió á deudos 
y amigos, que su familia paterna era de 
la más alta nobleza española, pues su pa- 
dre, grande de España "de primera cla- 

y. se," había tenido el privilegio de no qui- 
tarse el sombrero delante del rev. ¡ Va- 
líente privilegio ! Sus detractores y envi- 

., -diosos decían que eso debía ser cierto 
pues á ellos les constaba que aquel buen 
señor- jamás se quitaba el suyo, ni aun 
delante de las damas ó el obispo, como 
lo hace la gente bien educada. Y no había 
cosa que despertase más el buen humor 
de la población fopolitana, que hablar de 
la nobleza de la familia cacofónica de 
"de" Dena ; y en casos de tristeza ó mu- 
rria, apelaba para curarse el esplín, al re- 
curso supremo de tocar aquel alegre tó 

■ pico, pues no bien se ponía sobre el ta- 
pete de la discusión la nobleza de Dena, 
■ se desfruncían los ceños, se apaciguaban 
los ánimos y torrentes de alegre y estre- 
pitosa risa brotaban hasta de los labios 

•más silenciosos y mustios. ¡Era aquella 






m 



*^i.. 



una nobleza hilarante, desopilante y des^ -^ 
pampanante! ¡A la buena de Dios! ,^ 
Don Arnulfo, al morin, había dejado 
á su esposa é hijos por . herencia, aque- 
lla extravagante locura ; y la descenden- 
cia, persuadida de su nobleza hereditaria, 
no se hubiera cambiado por un grupo 
de los Montmorency ó de los Plantagenet. 
Mas. á pesar de su orgullo habitual, no se 
habían desdeñado, con todo, las "de" De- 
na, de trabar relaciones con Berta v Pau- 
lina, á quienes solían llevar á su casa. Xo 
obstante, su benevolencia para las huérfa- 
nas tenía por origen, no el afecto ni la ca- 
ridad, sino el espíritu novelero que las ha- 
cía apegarse á cuanto de llamativo se pre- 
sentaba en la vida (y las huérfanas lo eran 
por su belleza), y el deseo de rodearse de 
cortejo y acompañamiento que las presti- 
giase y siguiese por todas partes. Las 
"de" Dena eran como cinco ó siete años 
mayores que las expósitas ; pero habían 
prolongado pacientemente su aprendiza- 
je en el colegio para figurar como pollas 
eternas, y cuando terminaron su educa-'' 
ción, bien pasados los veinte años, aun 
llevaban el traje corto de las colegialas. 
Nadie creyó entonces que tuviesen la le- 
che en los labios, pues todos se conocen 
en Fópoli, y se llevan cuenta minuciosa 
de los años que tienen de andar sobre es- 
te planeta ; pero ellas "se plantaron" en la 
edad que quisieron, y en lo suelvo, ni la 



-v <■ 



178 . 

una llegó á pasar de los diez y seis, ni la 
otra de los diez y siete años. Una vez sali- 
das al gran mundo, no perdonaban paseo, 
tertulia ó teatro* á donde no fuesen, alegres 
y repujadas, bien apretadas de corsé, es- 
meradamente peinadas y cubiertas de 
adornos y cintajos ; y no contentas con eso, 
daban reuniones, donde^ se tocaba el pia- 
no, se cantaba, se declamaba y se baila- 
ba. Maías lenguas decían que Socorro y 
Consuelo hablaban con las piedras por 
casarse, que doña Anastasia secundaba 
sus miras, y que todo aquel despliegue de 
lujo y sociabilidad, no tenía más objeto 
que el de pescar un par de maridos ; mas 
entonces, como en casi todos los casos 
análogos, la escasez del artículo corría pa- 
rejas con el anhelo de encontrarlo, y las 
niñas "de" Dena no hallaban pretendien- 
tes ni por un ojo de la cara. 

Aquellas criaturas, lo mismo que su 
hermano, habían heredado de la línea pa- 
terna, amén de su titulada iiobleza, una fi- 
sonomía, no precisamente fea, pues ha ha- 
bido y habrá otras peores, sino desusada y 
singular. Las lineas máximas fisonómicas de 
aquella dinastía, se reducían á lo siguien- 
te : frente estrecha, cara redonda, pómu- 
los abultados, barbilla deprimida, y, so- 
bre todo, nariz chata y remangada. Las 
malquerientes de Socorro 5^ Consuelo, 
comparaban los apéndices nazales de estas 
jóvenes con un par de escopetas de doble 






179 :•: 

cañón, abocadas contra el espectador; y „• 
el vulgo, maldiciente en general, había áa/< 
do en llamarlas impíamente las "ñatas," 
aludiendo á su semejanza con cierto ga- 
nado vacuno de la República Argentina, 
de perfil trunco y hocico vuelta hacia arri- 
ba. No por eso vaya á pensarse que So- - 
corro y Consuelo careciesen de todo atrae- - 
tivo, pues en puridad, hasta puede decir-' 
se que alguno tenían ; mas esto era den- 
tro de su modo de ser propio, como hay 
bellezas japonesas y chinas. Lo que succ- . 
día era que, para encontrarlo y estimarlo, 
se necesitaba acostumbrar los ojos á sü 
índole peculiar, pues en llegando el es- 
pectador á familiarizarse con ella, acaba- 
ba por hallarles cierta gracia punzante 
y exótica. Y. en sabiendo coger bien el 
lado de las señoritas "de" Dena, y mi- 
rándolas á cierta luz, á los postres y des- -. 
pues del champaña, llegaban á parecer 
graciosas, picantes y hasta "magnéticas," 
como dicen los candidos ingleses. 

En el tiempo de la intervención france- 
sa, echó el resto de lujo la familia, pues 
con motivo de haberse mudado la forma 
de nuestro gobierno, convirtiéndose de 
republicana en imperial, juzgó oportuno 
sacar á relucir sus títulos y escudos y ha- 
blar á todas horas de su nobleza. Habiendo 
llegado el tiempo, según su criterio, de 
tratarse con sus iguales, abrieron sus sa- 
lones á la oficialidad francesa que fué lie- 



i8o 

"gando á Fópoli, y desde los generales has- 
ta los subtenientes de zuavos y cazado- 
res de África, llenaban su casa cada sema- 
na con retintín de acicates y gran ruido de 
sables. Había entre ellos algunos jefes fi- 
larmónicos, que amenizaban las ''soirées" 
tocando el piano, el violín ó el violoncello, 
ó bien cantando tirolesas ; y Consuelo y So- 
corro, que tocaban bien, los acompaña- 
ban al piano, orgullosas de presentarse 
á los ojos de amigos y amigas en consor- 
cio con el cordnel Gibert, el capitán Noi- 
ret ó el alférez Millaud, hermosamente 
vestidos de azul y rojo y con brillantes 
galones ó charreteras ; mas, aparte de 

" aquellas satisfacciones del amor propio, no 
les fué dable obtener ninguna otra, por 
má$ que entornaban los ojos, sonreían, y 
hablaban por sus nombres de pila, á los 
perros gabachos. 

Berta y Paulina, que solían concurrir á 
aquellas reuniones por especial concesión 
de sor Ignacia, eran quienes cosechaban 
la parte más florida de los galanteos del 
sexo masculino ; pero las cosas no pasa- 
ban á mayores. ])orque los oficiales sa- 
bían que tan hermosas doncellas no sólo 
carecían de dote (cosa atroz para ellos), 
sino eran, además, asiladas del Hos- 
picio, pues las niñas "de" Dena, nun- 
ca dejaban de poner caritativamente los 
puntos sobre las íes respecto de las cir- 
cunstancias sociales de sus amigas. Por 



- ■■' i8r " -■ 'v;:!.v^ - 

lo que mira y atañe á la conducta de las 
huérfanas frente á los invasores, había 
sido la que puede suponerse: Paulina ha- 
bía parlamentado con los enemigos de la 
patria, como Uraga, y aun se hubiera pa- 
sado á su servicio, como Miramón y Már- 
quez, si ellos lo hubiesen solicitado ; y só- 
lo debido á la falta de un llamamiento for- 
mal de su parte, no se había afiliado bajo 
su ultrajante bandera. Berta aborrecía 
instintivamente á los franceses y recibía 
con marcada frialdad sus más entusiastas 
insinuaciones. Cierta ocasión que cantó 
un dúo acompañada por el príncipe Vives- 
co, sacó materialmente de sus casillas á 
este gran señor con sus gracias y fresco 
acento. 

— ¡ Comme elle est gentille, la petite I 
había dicho al separarse de ella el guapo 
y brillante coronel, por quien se desvivían 
las "de" Dena y otras varias jóvenes. 

Pero ella no se había dado por enten- 
dida de tan calurosas lisonjas, y había 
contestado los requiebros del militar con 
breves monosílabos. 

Doña Anastasia, que tenía el don de do- 
minar sus reuniones con mirada de águi- 
la, y no sólo abarcaba el conjunto de ellas, 
sino las analizaba y descomponía hasta en 
sus más pequeños detalles, se había dado 
cuenta del fracaso de sus hijas, y del buen 
efecto producido por las pobres hospicia- 
nas. Con tal motivo había amonestado 



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182 , 


.1 



severamente á Socorro y Consuelo, dicién- 
doles : 

— Sufren ustedes la humillación porque 
la buscan. 

— ¿Por qué, mamá? preguntaba alguna 
de las chicas. 

— Porque traen á casa á esa gentuza. 
Las hospicianas no son buena compañía 
* para ustedes : en primer lugar, porque no 
pertenecen á nuestra clase social, ni tie- 
•nen nuestra educación, ni nuestros ante- 
cedentes, y luego, porque son intrigantes 
y perversas. 

— i Pero, mamá ! I - 

— Ya verán, ya verán lo que les pasa 
si se empeñan en no hacerme caso ; van 
á acabar esas malcriadas por quitarles á 
ustedes los novios. Es mala la gente ba- 
ja, es mala. ... i 

Socorro y Consuelo, á fuer de niñas mi- 
madas, si bien algo recelaban de sus ami- 
. gas por aquellas advertencias y por sus pro- 
pios fracasos, continuaban llamándolas á 
su lado, no tanto por afecto, cuanto por- 
que les sacaban buen partido, convirtién- 
dolas en sus peinadoras, planchadoras, y 
costureras siempre que había baile, tea- 
tro ó concierto ; pues las huérfanas, y Ber- 
ta principalmente, procuraban hacerse 
agradables á las "de" Dena, por medio de 
sus servicios ; y no era cosa de desperdi- 
ciar su buen gusto, su habilidad y su dis- 
creción para arreglar el pelo, formar la- 



■ifi.'rsi^yw- 



183 '■'--,. 

-!^Tf;, ■';■■■■ 

zos y prender flores en el talle ó en el pei- 
nado. 

En medio de todo, había una cosa gra- 
ve, que ni doña Anastasia ni sus hijas sa- 
bían, por fortuna ; y era que el incompara- 
ble Prudenciano, príncipe de Asturias y 
Kronprintz de la familia, mantenía rela- 
ciones amorosas con Paulina, aunque fri- 
volas é insustanciales, como todo lo suyo. 
Es cierto que el joven no sabía trabajar, 
era vago de oficio, y se pasaba la vida en 
cantinas y boliches, jugando y empinan- 
do el codo con sus amigos ; es cierto tam- 
bién que, en cuanto á lo físico, no era más 
que un "ñato" alto, robusto y con pelos 
en la cara ; pero eso no quitaba que por 
sus venas corriese sangre del color azul 
más subido, que fuese distinguido y aris- 
tócrata por los cuatro costados, y que, 
por lo mismo, y en virtud de todo eso, 
llevase camino de caer en una mesalianza. 
Paulina, ante la oportunidad de tomar un 
billete de lotería para realizar sus miras de 
emancipación, se había aipresurado á corres- 
ponder al mozalvete, aunque sin quererlo ni 
estimarlo, aguardando salir del pozo donde 
se ahogaba, cogida de aquella delgadísima 
cuerda; pero como comprendía que si el 
pastel se descubría, su suegra y cuñadas 
en ciernes darían al traste con sus pro- 
yectos, exigió y obtuvo del joven, que se 
mantuviese estrictamente reservado el no- 
viazgo ; así que tan bien y con tanta cau- 



■y-''\^'-f^y^' 



184 / 

tela se condujeron uno y otro, que ni la 
furiosa doña Anastasia, ni las quisquillo- 
sas Socorro y Consuelo, ni la misma Ber- 
ta, llegaron á tener la idea más remota 
de lo que pasaba. 

Berta, entretanto, familiarizada con el 
trato de la mejor sociedad, aspiraba vaga- 
mente á encontrarse con un Lohengrin 
hermoso y enamorado, que cayese á sus 
pies rendido de pasión. No era el dinero 
lo que ambicionaba, ni le desvelaba el de- 
seo de escalar altas posiciones ; vivía se- 
dienta de poesía y de ternura, y no podía 
dar forma á sus aspiraciones, sino perso- 
nificándolas en un fantasma blanco y be- 
llo, formado de amor y dulzura ; y aunque 
á nadie lo decía, pensaba no enlazarse si- 
no con caballero de buenos antecedentes 
y atractivo aspecto, que engranase con la 
raza y clase social de donde ella misma 
creía descender. Tal era la disposición de 
ánimo en que se hallaba cuando Joaquín le 
hizo su declaración amorosa. La joven tenía 
bien sabido aquel secreto desde tiempo in- 
memorial, pues los suplicantes ojos, la emo- 
cionada voz, y la conducta amartelada del 
huérfano, se lo habían claramente reve- 
lado, ya que nada en este mundo hay más 
rebelde al disimulo, que el amor, cuan- 
do es hondo y sincero ; pero se había 
guardado esmeradamente de dar pábulo 
á aquella inclinación, fingiendo no verla 
ni advertirla, porque le causaba un males- 



: - i85 .--^^' - --"---'^ 

tar inexplicable, pensar cjue su pobre com- ;'. 

pañero de infancia, por quien no sentía J-- 

más que interés compasivo, la tomase /; 

])or señora de sus pensamientos. Era ver- -|í; 

dad que ya por entonces Sandoval había 4 

mejorado de aspecto con la salida del .¿^, 

bozo, el esmero en el vestir y el fuego -S 

del alma y de la inspiración que se le sa- .f;. 

lia por los ojos ; pero ni aun así lograba j.^ 

despertar en ella atracción amorosa. Ce- T 

lebraba sus triunfos, convenía en que era .; 
menos feo que antes; mas por instinto 

casi maquinal, procuraba no acercársele, y ■' 

cuando por acaso llegaba á encontrarse á -> 
su lado, acortaba la entrevista cuanto le 

era posible. Acaso ella misma no se daba >i 

cuenta de lo (jue hacía: mas, como quiera ;- 

que fuese, la realidad era que su alma vola- " 
ba todos los días más lejos de la de su pc>- 

bre amigo. • í 






vv ■'!'■• "7 V^'- 



r 




PARTE SEGUNDA 



MARIPOSAS 



Un Concierto matinal. 

Ábrese este capítulo en dia festivo y 
radioso, fopolitano legitimo, en que la diá- 
fana y serena inmensidad parecía océano 
glorioso, mar de tintas soñadas incom- 
parablemente tenues ; día de luz blanda y 
risueña, como de idilio, bajo un sol es- 
pléndido, rojo y gualda, propio á iluminar 
dichas y apoteosis. 'Frescos» cefirillos car- 
g"ados de rumores y perfumes bajaban de 
las montañas, apenas esfumadas con cerú- 
leos contornos en el lejano horizonte ; la 
naturaleza toda estaba alegre y de ftesta . 
cada árbol parecía una palma triunfal y ca- 
da planta búcaro de flores y pebetero de 



V»- 



i88 

íesencías. Las aves, flautas aladas de la na- 
turaleza, celebraban en todos los tonos de 
su extenso y sonoro registro, el triunfo .; 
del sol, la serenidad de la esfera, la frescu- 
ra del ambiente, y la inefable y no igua- - 
lada alegría difundida sobre la tierra, co- 
mo reflejo de la sonrisa del cielo. 

Despernó Berta cuando !as primeras 
claridades de la mañana se filtraban por 
las ventanas del dormitorio ; había dormi- 
do bien, y ni aun siquiera se acordaba ya 
de la declaración de Joaquín, con esa in- 
gratitud propia de los corazones que no 
aman. Poco después, cuando pensó en él, 
no le importunó ningún remordimiento. Si 
él la quería, era por .su propia cuenta, sin 
que tuviese ella que echarse en cara ni la 
ligereza más leve, ni la más pequeña co- 
(juetería. que hubiesen podido dar naci- 
miento á su cariño ó alentarlo después de 
nacido. Algo habría dado porque su com- 
pañero de infancia no la amase, pues le 
dolía que sufriese, y deseaba verle dicho- 
so ; pero no se sentía culpable por no que- 
rerle, pues pensaba que el cariño no se va 
donde se le lleva, sino á donde le llama el \ 
misterioso destino. Experimentó al des- • 
pertar, una sensación de bienestar .inefa- 
ble, que la obligó á quedarse un rato más 
de lo acostumbrado en el lecho, como 
sumida en arrobo inconsciente. ¿Qué 
era aqivello? ¿De qué fuente venía la dul- 
ce sensación difundida por sus venas y • 



.89 ^ , - 

nervios, que llegaba á su cerebro blanda 
y voluptuosa, como una suave embria- 
guez? Nada había que pareciese explicar 
tan plácido estado : ninguna novedad en 
el curso ordinario de la vida, nada hala- 
gador en el pasado, ninguna esperanza 
para lo futuro. Aquel día hubiera debido 
ser igual á los otros, y, sin embargo, no 
lo era. Habíanla despertado la luz que 
penetraba por las rendijas de la ventana, 
el canto de los pájaros y el corazón emo- 
cionado por extrañas é ignotas causas. 
La luz le había dicho : "levántate, el cie- 
lo está puro, el sol radioso, todo respira 
felicidad en el espacio ;" los pajarillos le 
habían cantado : "este día es de inmensa 
fiesta, la música bo^a en el ambiente, y la 
alegría irradia en los rayos del sol;" y 
el corazón le había murtnurado: "goza la 
hora pregente, el destino te sonríe, la fe- 
licidad te espera." Y Berta, embargada 
por misteriosos anhelos, se había' puesto 
á escuchar aquellas voces con palpitaciones 
de corazón y vaga esperanza de un bien ig- 
norado ; y al levantarse, había encontra- 
do todo más bello, como si durante la no- 
che hubiesen sido renovadas todas las co- 
sas : la inmensidad más profunda, el cic- 
lo más azul, más diáfana la atmósfera y 
más dulces y acordadas las voces de la 
vida y los rumores de la naturaleza. Pei- 
nó, pues, con más esmero que de ordina- 
rio, la cabellera rubia, y vistió el más lim- 

PUCUMORH— Ij 



.'^ 



190 



pió y nuevo de sus trajes, como si agua^r- 
dase la llegada de algún rey ; y, permane- 
ciendo ante el espejo más tiempo que de 
ordinario, talareaba con voz- fresca y pu- 
ra, alegres concioncillas que se le venían 
. h los labios. 

Sus compañeras echaron de ver su buen 
humor, y le decían : 

— ¡ Qué buen aspecto tienes ! ' 

— ¡ Cuan animados parecen tus ojos ! 

— ¡ Qué colores tan vivos llevas en las 
rfiej illas! 

Y ella contestaba: 

— Dios sabe por qué será ; me siento 
muy bien y contenta. | 

Y el hecho fué que todo le salió de per- 
las aquella mañana. Tomó el desayuno 
con buen apetito, hallando en los alimen- 
tos un sabor más grato y delicado que el 
de costumbre, y hasta el vaso de agua que 
vació al concluir la colación, fué para su 
paladar más fresco y puro que el de los 
otros días. Oró en la misa con más fer- 
vor que de ordinario, y se sintió, al caer 
de hinojos, inundada por suave misticis- 

\^ . mo, por inefable amor á Dios, y por una 

gratitud inmensa á los beneficios del cie- 
lo ; entretanto que una gran confianza en 
1^1 bondad suprema y una esperanza infini- 
ta en su misericordia, le daban alientos 
desconocidos. 

Conforme á la disciplina del Hospicio, 
cada nave de la capilla estaba destinada A 



■«W»in-^:W-'F!I5S'; 



191 V 

un grupo especial de asilados : los adul- 
tos, ancianos y estropeados, se arrodilla- 
ban en una; otra quedaba reservada á los 
niños ; otra, á los jóvenes, y la última, á 
las niñas nubiles. En la parte céntrica y 
bajo la alta cúpula, levantábase el altar, 
visible desde todas partes del templo. Ber- 
ta, embelesada y conmovida por el rezo, 
la voz del órgano y la suave languidez 
que produce el incienso, seguía con mira- 
da atenta los movimientos rituales del 
sacerdote, y no observaba que Joaquín, 
desde la nave contig^ua, tenía fijos en ella 
los ojos, irrespetuoso para el lugar y pa- 
ra el santo sacrificio, porque no pensaba 
más que en ella. Si Berta le hubiese co- 
lumbrado, se habría entristecido, pensan- 
do en las amarguras de su corazón, y 
aquella tristeza hubiera empañado la es- 
pontánea" y sencilla felicidad de aquella 
mañana ; mas no lo vio por fortuna, y el 
impulso de bienestar que una mano invi- 
sible había impreso á su ser, no fué ataja- 
do ni detenido por ningún contratiempo. 

Acabada la misa, salió en compañía de 
Virginia, á pasear por los departamentos 
de los más infelices ; y como era día de 
descanso y expansión, pudieron obsequiar 
con música y canto á sus hermanos de in- 
fortunio. 

Pronto se les reunió José, el carpinteri- 
to listo y cortés, que seguía siempre sus 
pasos,' cuando visitaban aquellas partes 



■■-*t> "rr'rr V I . J-' 






192 

• 

del edificio. El muchacho, que frisaba en 
los veinte años, era de fisonomía gracio- 
sa, cuidaba de andar siempre aseado y 
tenía maneras muy dulces. Su constante ■ 
asiduidad cerca de las dos amigas, había 
acabado por llamar la atención de Berta. 
— Buenos días, José, murmuró ésta al 
verle. 

— Buenos se los dé Dios á ustedes, re- 
puso el muchacho con afabilidad. 

— ¿Cómo te va, José? repuso Virginia. 

Su mano, que en aquellos momentos 
se apoyaba en el hombro de Berta, se ex- . 
tremeció involuntariamente; y ésta, si- 
guiendo el curso de una sospecha apenas 
esbozada, volvió el rostro para ver á su 
amiga, y observó que la cieguecita esta- 
ba pálida y que José parecía también muy 
conmovido. 

— Bien, murmuró Berta al oído de su 
amiga ; aquí hay gato encerrado. Ya me 
contarás eso. 

La cieguecita se sonrojó por toda res- 
puesta ; y Berta, respetando su cortedad, 
prosiguió alegremente, dirigiéndose á Jo- 
se: 

— Llegas como siempre, á buen tiempo, 
pues apenas comenzamos la visita. ¿ Quie- ^ 
res ayudarnos con la guitarra? 

— Con todo gusto, contestó el mucha- 
cho. 

Y tomándola con suavidad de* manos 



\ 193 ' '--wy-. 

de Virginia, que se la cedió en silencio, 
añadió: .- . 

— Yo la llevaré para que no te canses ; ; 
cuando la necesites, me la pides. 
— Pero ¿cómo te molestas? 
— No es molestia. 

Virginia turbada, siguió oprimiendo 
nerviosamente el hombro de su amiga, \ 
sin darse cuenta de lo que hacía, y Berta : 
sonrió para sus adentros, creyendo tener' 
la clave del enigma. Bajo aquella impre- 
sión, continuó la gira musical por patios 
y corredores ; pero desgraciadamente no .; 
duró largo rato, porque Paulina se pre- 
sentó de improviso para interrumpirla. 

— Berta, dijo, vengo á llamarte de par- v 
te de sor Ignacia. v 

— 2 Qué pasa? 

— Acaban de llegar las Denas, repuso - 
Paulina ; vienen á convidarnos á pasar 
el día con ellas. Van á tener un concierto 
matinal. ^ 

— ¿A honras de qué? 

— Sólo ellas lo saben. Vamos. 

— Vamos, repuso ésta. 

Y se despidió con sentimiento de Vir- 
ginia, al pensar que la dejaba sola. 

— Anda, Bertita, dijo la ciega, no ten- 
gas cuidado por mí; me sé acompañar 
bien con la guitarra, y pues tengo público 
que me oiga y permiso para cantar, voy 
á continuar así hasta la hora del refecto- 



194 

rio. Ya sabes que cuando canto, no me 
corre la vida. 

— Es cierto, y además, se queda contigo 
José, que no es mal compañero, repuso 
Berta con intención. 

Virginia se ruborizó por toda respues- 
ta ; pero el mancebo se apresuró á contes- 
tar, sin atreverse á tutearla : 

— Pierda usted cuidado; no me le sepa- 
raré para nada. . "' 

— Te la recomiendo mucho, .José, no 
• vayas á darme malas cuentas del encargo. 

Diciendo así, se despidió Berta sonrien- 
do, en tanto que Virginia callaba llena 
de confusión ; y siguió con Paulina hasta 
la sala de recibir. 

— Buenos dias, linda, dijo Socorro al 
verla, echándole los brazos al cuello y be- 
sándole las dos mejillas, una después de 
otra. 

— Buenos días, preciosa, dijo Consuelo, 
haciendo lo mismo. 

Berta les contestó con iguales demos- 
traciones de afecto. * ' 

— Las niñas, dijo sor Ignacia señalando 
á las Denas, han venido á convidar á us- 
tedes para una fiesteqta que van á tener 
en su casa, y yo les doy permiso para qua 
vayan y pasen el día con ellas. 

— ¿ Estamos bien así ? preguntó candida- 
mente Berta, sin recordar que no tenía 
mejor traje que el que llevaba puesto. 

— Perfectamente, repuso Consuelo, t€ 



195 ■ 

yes muy elegante ; pero necesitarás arre- 
glarte un poco la cabeza. 

— Lo misino^ tú, Paulina, agregó Soco- 
rro, á pesar de que las bonitas como uste- 
des, como quiera lo parecen. 

Berta recibió la frase con .rubor; Pau- 
lina no pudo menos que comparar su. tra- 
je de tela ordinaria, con los nuevos y cos- 
tosos que llevaban su[s amigas, é hizo un 
mohín de disgusto. Sor Ignacia observó 
el contraste de sus dos fisonomías, v tan 
prendada quedó de la sencillez de Berta, 
como dolida de las pretensiones de Pau- 
lina. 

— Las aguardamos, dijo Socorro; no 
tarden mucho en el tocador, pues á las 
once llegan los convidados, y son las diez 
pasadas. 

En. un momento quedaron listas Berta 
y Paulina, con adornos de cintas y flores 
en el pelo ; y, después de recibir la bendi- 
ción de sor Ignacia, salieron en compañía 
de sus amigas. Afuera aguardaba el co- 
che ; un elegante "landeau" llegado últi- 
mamente de Méjico, de esbelto rodaje ' 
cristales ingleses, herraje plateado, blan- 
dos cojines, refulgente barniz y capirote 
de fino cuero. El gallardo tronco con ri- 
cos y brillantes arneses, piafaba sacudien- 
do los frenos, impaciente por emprender 
la marcha. 

La casa de la familia Dena había sido 
recientemente restaurada ; era hermosa. 



; r»' i 



baja y de vastas dimensiones. Un gran 
patio con fuente de mármol y poblado de 
tiestos de porcelana con camelias y garde- 
nias, se abría frente al zaguán, mostrando 
en su contorno una armoniosa, ligera y 
elegante arquería pintada al óleo. Por los 
corredores, en los amplios muros, había 
pintados paisajes y marinas de gusto du- 
doso; pero que, probablemente, habían 
costado á la dueña un ojo de la cara. Los 
pisos lucientes, de hermosos ladrillos de 
color naranjado, brillaban como espejos, 
retratando en su limpia superficie la ima- 
gen de objetos y personas. Al extremo de 
uno de los corredores, abríase la puerta 
que conducía á la antesala, en la cual un 
ajuar austríaco y un perchero con luna, 
daban la bienvenida á las visitas. El sa- 
lón era un vasto aposento tapizado de 
rojo y oro, con "plafond" claro de elegan- 
tes artesonados y de inmenso rosetón 
central, de donde pendía una araña para 
cincuenta bujías. La alfombra roja tam- 
bién, afelpada y flamante, ahogaba el rui- 
do de los pasos, y ordenados en fila con- 
tra los muros, mirábanse lujosos sillones, 
sillas y confidentes de costoso brocado, 
en armonía con los colores de muros y al- 
fombra. Hacia uno- de los extremos, se 
destacaba un enorme piano de cola para 
concierto, de los más afamados y caros 
de la acreditada fábrica de Chickering; y 
al extremo opuesto, se veía una enorme 



^ 



consola de tapa de mármol, sobre la cual 
se ostentaba un gran reloj de bronce res- 
guardado por gigantesco capelo de am- 
plio y fino cristal. Por las esquinas había 
altos y ventrudos tibores de delicada chi- 
na, de esos que en tiempo de la Colonia 
traía la Nao que desembarcaba por Acá-, 
pulco, y que ahora no se importan ya 
ni se fabrican. Por los muros, había ele- 
gantes grabados con dorado marco y 
resguardados por cristales ingleses, se- 
gún el gusto de la época : "el Diluvio Uni- 
versal," "el Suplicio del Góigota," 'íel Ul- 
timo Pensamiento de Weber" y "Milton 
dictando á sus hijas '^El Paraíso Perdido^" 
y arriba del piano, el retrato de don Ar- 
nulfo "de" Dena, J€fe de aquella familia 
y fundador de aquella casa, caballero "ña- 
■ to," de negras patillas, cejijunto y de algo 
más de mediana edad, á cuyo lado se os- 
tentaba el escudo de la familia, que no 
describimos por falta de conocimientos 
en heráldica. 

Doña Anastasia recibió á las niñas con 
protección. 

— Buenos días, Berta; buenos días, Pau- 
lina, les dijo, dándoles la punta de los de- 
dos á una después de otra ; pasen á sen- 
tarse. 

Habían llegado varios convidados, pe- 
co después se presentaron otros, y así 
continuaron afluyendo al salón, hasta que 
se ocuparon todos los asientos, y sona- 



-T 



198 

ron las once, que era la hora designada 
para principiar el concierto ; mas no por 
eso comenzó éste, porque faltaba, sin duda, 
algo muy importante. Consuelo y Soco- 
rro consultaban á cada momento el reloj 
y parecían inquietas. Algunas veces mur- 
muraban : I 

— ¿ Qué harán ? | 

— ¿ Por qué no habrán venido ? 
Por fin llegaron. ¿Quiénes eran? Dos 
alemanes, Julio Grimm y Gustavo Schult- 
7.e. Su llegada rompió el hielo : hubo mo- 
vimiento de sillas y personas, y una olea- 
da de animación pasó por el concurso. 
¿ De qué provenía la importancia de aque- 
llos jóvenes? Vamos á decirlo. Eran co- 
merciantes de Colima, y venían en pos 
de las señoritas Denas, cuya conquista 
tenían bastante adelantada. La familia 
acababa de volver de un viaje á esa peque- 
ña, coqueta y simpática ciudad de la cos- 
ta Occidental, importantísima entonces, 
no sólo por su florecimiento mercantil, si- 
no también por ser centro y almáciga de 
•una lucida agrupación de comerciantes 
germanos, rubios, limpios y bien peina- 
dos, que trabajaban por el día y bailaban 
y bebían cerveza por la noche. Tres co- 
sas importantes se habían observado con 
relación á ellos: en pximer término, que 
eran muy impresionables y cortejaban á 
todas las jóvenes que llegaban al lugar; 
en segundo, que solían casarse con indias 



199 ■/ ■■"■y-- 

cobrizas y feas; y en tercero, que, una 
vez casados, eran excelentes esposos, y 
sin más exigencias que las ^de obligar á 
sus mujeres á cocinar, vestirse de claro 
y andar de prisa. Dadas tales circunstan- 
cias, fácil es comprender el entusiasmo 
que embargaría al sexo femenino de aque- 
lla región, por visitar y conocer tan ame- 
no y dichoso sitio, donde resonaban per- 
petuois ¡ burras ! lanzados al estallar el 
champaña y ecos arrebatadores de valses 
de Strauss. Había que ir allá para gozar 
de la naturaleza, llegar al Pacíñco, tomar 
baños de mar y ver lo que se pescaba en 
agua ó tierra. Las muchachas casaderas 
que volvían de esa gira, contaban mara- 
villas. Don Gualterio H., jefe de una ca- 
sa fuerte, se había casado con su cocine- 
ra ; don Adolfo G., rico negociante, había 
libertado del bochorno de la soltería á 
una cotorra de más de cuarenta años ; don 
Othón X., contratista del palo de tinte, 
había caído en la red de una negra de 
pelo crespo y enormes getas. Menos que 
eso se hubiera necesitado para que las 
fopolitanas más ó menos desahuciadas 
por el matrimonio, aprestasen sus male- 
- tas y se pusiesen en marcha hacia aquel 
Eldorado ; y en efecto, á favor de tan es- 
tupenda oportunidad y de ocasión tan 
nunca vista, se advirtió un gran movi- 
miento femenil en dirección á aquel puer- 
to de salvación amorosa ; de suerte que 



*•. . 



''r;::. 



aoo 

los caminos del Sur pululaban de diligen- 
cias y carruajes de viajeras, y por las pen- 
dientes y veredas de las Barrancas de Bel- 
trán y Atenquique, no se oía más que rui- 
do de faldas. Puede afirmarse sin temor 
de error, que el entusiasmo despertado 
por los viajes á Colima, no cedió en nada, 
por aquel tiempo, al fervor con que se 
hacían antaño las romerías de Santiago de 
Compostela, ó se hacen ahora las peregri- 
naciones á la Meca. 

Desgraciadamente, habiendo perdido 
Colima bien pronto su importancia mer- 
cantil, plegó sus tiendas la colonia ger- 
mana que la poblaba, y se marchó á otros 
más felices lugares, llevándose consigo 
aquellas milagrosas tablas de salvación, 
que estuvieron por tantos años al alcance 
de blancas manos, ansiosas y náufragas. 

La familia "de" Dena alcanzó los tiem- 
pos bonancibles de aquella alegre ciudad, 
y cuando tuvo por averiguado que los fo- 
politanos se negaban á aceptar la dicha 
amorosa que les ofrecían Consuelo y Soco- 
rro, se dejó atraer por los hosannas de libe- 
ración llegados de la tierra del coco y del 
café, y determinó, como último recurso, to- 
mar parte en el movimiento general ; y no 
se equivocó al emprender el viaje á tan leja- 
na comarca, pues las castas doncellas que 
formaban su orgullo, encontraron buena 
caza por aquellos lugares, y pudieron dis- 
parar sus arcos un tanto enmohecidos 



■s^s: 



20I 

con excelente y nunca visto resultado. Lo 
que significa en lengua menos metafórica, 
que las niñas "de" Dena tuvieron algunos 
admiradores por allá. 

Entre ellos figuraron Julio Grimm y 
Gustavo Schultze. Julio, en efecto, "casi" 
se había declarado á Consuelo, y Gustavo 
"casi" había caído á los pies de Socorro. 
¿Cómo se explica el fenótneno? ¿Qué fué 
lo que aquellos buenos teutones pudieron 
ver en tan rezagadas doncellas, que los 
obligase á caer en sus apolilladas redes? 
Vamos á decirlo. Los atractivos del trato 
de las jóvenes fopolitanas ejercieron sobre 
elios una fascinación de mera oportuni- 
dad. Consuelo y Socorro tocaban el pia- 
no, hablaban y traducían el francés, te- 
nían buenas maneras y hasta dibujaban 
un poco ; así que Grimm y Schultze, que 
tenían, como buenos alemanes, un poco 
de cultos y de artistas, se prendaron de 
sus gracias y refinamientos. Socorro, jo- 
vial y decidora, armonizó pronto con el 
carácter de Gustavo, que era inquieto, 
impetuoso y alegre. Consuelo era un tan- 
to romántica, gustaba de la poesía y aun 
pepetraba de reserva una ú otra cuarteta; 
por ahí engranó, pues, con Julio, que era 
retraído, melancólico y soñador. Las tra- 
ducciones de Schiller y Goethe que Grimm 
hacía con frecuencia, pasaban á manos 
de Consuelo apenas terminadas, y ésta 
las leía, aprendía de memoria, y aun co- 



\M 



201 



piaba con la hermosísima letra caligráfica 
que había sacado del colegio. Muy pron- 
to había logrado imitar á la perfección 
. la escritura alemana, y obsequiar á Julio 

:.'/• con copias de traducciones, en forma casi 
■idéntica al original. Tales finezas habían 
tocado el corazón del joven ; de suerte 
que, mientras Socorro y Gustavo reían 
á más y mejor, bromeaban y recorrían en 
briosos corceles los campos vecinos á la 
;, población, Julio y Consuelo permanecían 

v' en casa hablando de literatura ó leyendo 

,-r . versos. Sea por eso ó por lo que se quie- 
ra, el hecho fué que, cuando las jóvenes 

■^■' "de" Dena emprendieron la marcha de 
vuelta á Fópoli, estaban muy adelantados 
ya sus incipientes amores con Grimm y 
Schultze, quienes se enternecieron al ver- 
las partir, y les ofrecieron ir pronto á vi- 
sitarlas á Fópoli. Julio y Gustavo cumplie- 
' . ron la promesa de ahí á poco, y la fa- 
milia beneficiada, loca de alegría, no sa- 
bía qué hacer con ellos para festejarlos ; 
tanto que la fiestecita á que nos referimos, 
no era más que uno de los números del ri- 
co y variado programa organizado en su 
honor por doña Anastasia y sus tiernos 
vastagos. Por eso no comenzó la audición 
hasta que ellos se presentaron. -I 

Desgraciadamente las señoritas "de" 
Dena no fueron bastante francas con las 
expósitas para confiarles su secreto, sea 
por el desdén con que las veían, sea por 



203 



xC'- . 



temor de quedar en ridículo una vez más 
(pues varios chascos de esa especie les 
habían pasado), si daban por hecho el 
compromiso y al fin no se casaban ; pero 
su reserva, prudente tal vez, estaba des- 
tinada á producir equivocaciones lamen- 
tables, como se verá más adelante. 



II 

Continuación del anterior. 

Pasadas las presentaciones, se dio traza 
á principiar el concierto. Grimm tocaba 
el piano, Schultze el violín, y ambos se 
acompañaban perfectamente ; así que loa 
dos amigos, apenas cambiados los saludos 
de ordenanza, iniciaron la audición, eje- 
cutando con soltura y corrección una pie- 
za germánica de gran dificultad. Y mien- 
tras tocaban, las señoritas "de" Dena no 
les quitaban la vista de encima. Exami- 
némoslos también por nuestra parte. 

Era Julio un joven como de treinta 
años, de . estatura elevada, cutis claro y 
sonrosado, ojos azul turquí, tristes y se- 
rios, pelo y barba rubios, aquél y ésta 
partidos por en medio, á la costumbre de 
Maximiliano, entonces en privanza. Su 
aspecto era muy elegante y cuidado ; lie- 



vaba, nítidos como la nieve, cuello, pe- 
chera y puños de la camisa, bien cepilla- 
do, planchado y sin arrugas el traje, nue- 
vos y charolados los botines, y bien lava- 
das, suaves y pulcras las blancas manos. 

Gustavo, poco más ó menos de la mis- 
ma edad, era de menor estatura y algo 
menos blanco ; llevaba bigote, y tenía pelo 
y barba castaños, y ojos verdosos. Esbel- 
to, nervioso y movible, tenía algo del mo- 
no en su gesticulación y actitudes ; pero 
era muy simpático por su fogosidad mez- 
clada de travesura y aire "bon enfant." 
Cuando acabaron de tocar, fueron muj 
aplaudidos. 

Las señoritas "de" Dena ocuparon el 
■ piano después de ellos, ejecutando una 
- pieza «á cuatro manos, y obtuvieron una 
:, ovación cuando dejaron sus asientos. 

Después tocó á Berta el turno : cantó 
una canción napolitana, de esas que bro- 
tan á millares Hel genio popular de la 
bella Parténope, y que no pueden ser oí- 
das sin emoción, porque retratan el carác- 
ter ardiente y soñador de aquella raza 
TI del Mediodía. Socorro la secundó al pia- 
' no con bastante destreza, y la dulce voz 
y el arte exquisito de Berta, resplande- 
cieron admirablemente al través de la sen- 
"■. cillez de la partitura. Los alemanes ape- 
nas se habían 'fijado al entrar, en Berta v 
Paulina, sin duda al verlas pobremente 
vestidas ; pero desde que oyeron cantar 



^¡^>^}i.'- 



205 ^ . :iiy: ..vv 

á la primera, no tuvieron ojos sino para 
las dos. Asi que, cuando ésta acabó la 
canción, Grinim le ofreció el brazo para 
conducirla á su asiento, olvidándose de 
wSocorro, que marchaba sola tras ellos. 

— Señorita, dijo Grimm á Berta por el 
camino, dejando caer sobre ella la mira- 
da de sus tristes ojos, tiene usted una 
voz encantadora. 

— ¿ Le parece á usted ? preguntó Berta 
alzando hasta él los suyos con expresión 
infantil. , . . _ 

— Sí, repuso Grimm, he quedado sor- 
prendido de su talento. 

La pobre niña experimentó íntima ale- 
gría al verse celebrada de aquella mane- 
ra. Poco después llegó Schultze á presen- 
tarle también sus cumplidos, y lo hizo, á su 
vez, con entusiasmo y suma cortesía ; pero 
á Berta le satisfacieron más los elogios de 
Julio. Los alemanes se empeñaban en ha- 
cer cantar á Paulina, creyéndola también 
filarmónica ; pero ella se excusó, confe- 
sando (iue no tenía gracia para nada. 

— En cuanto á tocar, no sé tocar más 
que la puerta, y canto lo m.ismo que una 
rana, contestó con vulgaridad aplastante. 

Pero al decir esto, mostró la dentadura 
espléndida y paso los grandes y traviesos 
ojos por el concurso, deteniéndolos en 
Schultze muy intencionalmente. Gustavo 
sintió el flechazo de aquella mirada, y 
quedó codicioso de otra y otras, que so- 

PRECURS9RES— I4 

V ' ■ 



licitaba y obtenía de vez en "cuando. A 
poco se le acercó: 

— Es lástima que no haya aprendido 
usted la música, señorita, dijo para co- 
menzar el diálogo. 

— ^Tengo orejas de piedra, señor, repu- 
so la joven con extravagante jactancia. 

— Por fortuna, repuso Schultze galan- 
temente, es usted tan hermosa, que no 
necesita saber música para ser admirada. 

Aquella frase puso á Paulina fuera de 
sí, y creyendo que su buena estrella le 
deparaba brillante oportunidad de hacer 
una nueva conquista, puso en juego todos 
sus donaires para dejar mal ferido de 
amores al tetánico germano. También 
Julio había impresionado gratamente el 
tierno corazón de Berta. Esta le encontró 
hermoso, fino y elegante; le creyó bueno 
por su blanda manera de mirar; tuvo 
por cierto que hasta aquel día no había 
conocido hombre que poseyese las pren- 
das varoniles y el irresistible atractivo 
de Grimm ; y al impulso de tan plácidos 
sentimientos, dio rienda suelta á sus afi- 
ciones de artista, y cantó cuanto le dije- 
ron, y mucho más que nadie le pidió, á 
cada momento mejor y con acentos más 
tiernos. Y él, encantado por tanto derro- 
che de arte, no menos que por tanta dis- 
creción y belleza, no fué parco para ella 
en las manifestaciones calurosas de su ad- 
miración y de su aplauso. 



; ír-í^-Mi:' 



207 • A-.. 

Entretanto, Socorro y Consuelo no las 
tenían todas consigo. Habían llevado á 
sus amigas á la reunión con el único ob- 
jeto de que les formasen corte y les sir- 
viesen para divertir al concurso ; pero al 
ver que Grimm y Schultze les dedicaban 
sus obsequios, se arrepentían de su im- 
prudencia; y sintiendo muy adentro las 
picaduras del amor propio y de los ce- 
los, se esforzaban por atraerse la atención 
de los alemanes y alejarlos de Berta y Pau- 
lina. Así fué que Consuelo cerró con Julio 
y Socorro con Gustavo. Aquélla movió 
conversación sobre cierto viaje que su 
familia y Grimm habían hecho al Manza- 
nillo poco tiempo hacía, sobre las belle- 
zas de los baños de mar, y sobre las gra- 
ciosas aventuras sucedidas en aquella oca- 
sión, por tierra y agua ; Socorro preten- 
dió interesar á Gustavo hablándole de 
precios de efectos, movimiento mercantil 
y otras cosas fastidiosas. Pero ni uno ni 
otro comprendieron, sin duda, la inten- 
ción de sus interlocutoras, porque, des- 
pués de departir con ellas tanto cuanto lo 
exigía la * urbanidad más exquisita, se 
apartaron de su lado para tornar á reunir- 
se con las encantadoras huérfanas. En- 
tretanto, Berta, corta y medida, no da- 
ba á conocer la impresión que Julio ha- 
cía en su ánimo, ni el deseo que tenía de 
verle á su lado, ni el gusto que experi- 
mentaba al oír su palabra. Su continente ' 



■^Y. " y^^w*x: 



208 



era el de una persona serena, equilibrada 
y simplemente cortés; pues ni fijaba en 
él los ojos, ni le sonreía demasiado, ni 
hacía más que contestarle, sin buscar nue- 
vos asuntos de conversación ó procurar 
retenerle de alguna manera. ¡ Y entretan- 
to, le daba vuelcos el corazón por la pri- 
mera vez de su vida, y sentía que no se 
saciaría nunca de verle ni de oírle ! Pau- 
lina, por el contrario, mostraba á las cla- 
ras el placer que sentía con las finezas de 
Gustavo y el empeño que tenía por man- 
tenerle cerca de sí ; y aun no tardó en ha- 
blarle por su nombre de pila, como si le 
hubiese conocido años atrás, con una faci- 
lidad y una llaneza demasiado rápidas y 
prematuras. 

En aquellos momentos se introdujo por 
la sala el mocetón Prudenciano, que venía 
de la cantina, donde había estado charlando 
con otros muchachos alegres, y traía bri- 
llantes los ojos y los pómulos color escarla- 
ta. PauHna, al verle, se \sintió contrariada, 
pues estaba tan entretenida con los ga- 
lanteos de Gustavo, que algo hubiera da- 
do por evitar que fuesen intfrrumpidos. 
Prudenciano, repetimos, había principiado 
la aventura de sus amores con ella por pu- 
ra ligereza ó con fines torcidos ; pero la gra- 
cia de Paulina era tan enloquecedora, v 
le jugaba ésta tantas malas partidas, que, 
sin quererlo ni pensarlo, había ido per- 
diendo los estribos y cobrando interés 






209 

verdadero por la joven, tanto más, cuanto 
que ésta se tornaba más incomprensible 
y burlona, á medida que el afecto de él 
iba en aumento. Al entrar, pues, compren- 
dió el mancebo á la primera ojeada, que 
su novia había estado haciendo de las su- 
yas durante su ausencia, y se acercó al 
grupo para vigilar la posición. 

— ¿ Interrumpo ? pregunto con imper- 
tinencia. 

— De ningún modo, repuso cortesmente 
(justavo. 

— ¿ Se ha tocado y cantado mucho ? vol- 
vió á preguntar Prudenciano. 

— Bastante, contestó el alemán. 

— Yo. dijo Paulina, no he hecho más 
que oír ; estoy aquí de sobra. 

— Ni aquí ni en parte alguna sobra us- 
ted, seiiorita, observó Gustavo; es usted 
demasiado hermosa para ello. ; 

— ¿ Flores tenemos ? interrumpió Pru- 
denciano con ironía. 

— El señor es muy amable, repuso Pau- 
lina. 

— No amable, sino justo, repuso Schult- 

ze. ■ , :- 

— Ustedes los alemanes, prosiguió Pau- 
lina, < están acostumbrados á ver mucha- 
chas guapas por Colima y hasta van 

á buscarlos. . - 

— No diga usted eso, replicó Gustavo 
con mortificación. 

— No todas, protestó enérgicamente 



, ■;• • •■"ir ■•;■ 



■'''? 210 

Prudenciano ; mis hermanas no fueron á 
buscar á nadie. , 

Paulina no hizo aprecio de la rectifica- 
ción, y agregó: 

— Esas sí que valen la peña. 

— No diré que no ; mas por acá, según 
veo, se quedan otras no menos guapas 
ni encantadoras, replicó Gustavo. 

— Las ricas, repuso Paulina. 

— No me refiero á ellas, objetó Giis- 
tavo. 

— Vamos, vamos, interrumpió Pruden- 
ciano, veo que están ustedes diciéndose 
chicoleos. 

— ¿Qué quiere decir eso? interrogó el 
' alemán amostazado. I 

— Pregúntelo usted á Paulina, que lo sabe 
mejor que yo, repuso el joven de mal ta- 
lante. 

La conversación continuó así, agridul- 
ce, entre los tres, durante buen rato, sin 
que Prudenciano diese la menor traza de 
separarse ; pero Paulina no le hacía el 
menor caso, y todas sus atenciones eran 
para Schultze. Y como todo lo observaba 
doña Anastasia desde lejos, indignada al 
ver la mala figura que hacía en la reunión 
toda su familia, se apartó con sus hijas á 
un rincón de la sala, que convirtió en ata- 
laya, para vigilar los movimientos del ene- 
migo. I 

— Según parece, niñas, murmuró con 
gesto desdeñoso, Julio y Gustavo tienen 



m 



til 

tendencias á la gente de clase inferior. 
¿No ven cuan contentos se muestran al 
lado de las "hospicianas ?" 

— Lo que es á mí, saltó Consuelo con " 
mal disimulado despecho, me tiene eso sin 
cuidado; Julio me fastidia, ;* • 

—Pero es fuerte cosa, agregó Socorro, 
que en nuestra propia casa vengan esos 
señores á menospreciarnos. 

— Ustedes tienen la culpa, prosigiuó 
sentenciosamente doña Anastasia, por no 
llevarse de mis consejos. Siempre les he 
recomendado se estimen un poco más y 
escojan mejor sus amistades, porque la 
gente baja tiene muchos inconvenientes: 
ahora están recibiendo el pago que me- 
recen por andarse mezclando con perso- 
nas ordinarias. 

— En realidad, observó Consuelo, nada 
tenemos que decir de Berta; vean ustedes 
cuan seria y juiciosa se muestra. 

— Es una mosca muerta, saltó doña 
Anastasia con saña. 

— La loca es Paulina, exclamó Socorro 
con cólera: miren qué ojos echa y qué 
dengues hace á Gustavo. 

— Después de todo, murmuró la mamá, 
vale más que vayan ustedes conociendo el 
mundo desde ahora para que cobren expe- 
riencia; de aquí pueden sacar muy prove- 
chosas lecciones. En primer lugar, la de 
que no deben reunirse con la gentuza, 
por que la cabra tira al monte; y en ic- 



'M.-f -^T^v 



212 

gundo, la de que todos ios hombres son 
falsos y perversos. He ahí, si nó, á Julio 
y Gustavo, que parecían tan correcto b 
amartelados, vueltos unos bobos con esas 
infelices, y olvidados de sí mismos y de 
nosotros. I 

— Lo que es á mí, mamá, interrumpió 
Consuelo, repito que nada me importa, 
pues nunca he pensado en Julio. 

— ¿ Para qué lo niegas, niña ? I 

— Yo si, para qué lo he de negar, ter- 
ció Socorro; yo sí he creído que Gustavo 
me quiere, y, francamente, no le tenía ma- 
la voluntad, pero ahora le odio. 

— Esto no tiene forma ya, interrumpió 
doña Anastasia con despecho, aludiendo 
al concierto ; es menester que concluya 

— Por mi parte, no hay inconveniente, 
mamá, dijo Consuelo.^ 

• — Como quieras, mamá, agregó Soco- 
rro ; pero ¿cómo hacemos? 

— Es muy sencillo, dijo la matrona. Van 
"ust-edes á ver cómo lo hago. 

Y. levantándose del enorm.e sillón don- 
de se había emboscado, cruzó el salón 
y se dirigió á Paulina con paso rápido. 
Al llegar á ella, se detuvo y mirándola 
con ojos fulminantes, le dijo: 

— Van á ser las dos de la tarde, y sor 
í guacia espera á ustedes. , | 

—Si, señora, repuso la joven con vive- 
za, poniéndose en pie, y comprendiendo 
en el acto que doña Anastasia las despe- 



(L 



213 

día á ella y á Berta ; es hora de marcharnos. 

— ¿Por qué? mtervino Prudenciano. 
Pueden ustedes quedarse á comer. 

— No tienen licencia, repuso la airada 
matrona. 

— ¡ Y aun cuando la tuviéramos ! excla- 
mó Paulina. , . • 

Y luego agregó en voz alta: "j. 

— i Vamonos, Berta ! 

— ¿Cómo? preguntó ésta sorprendida 
y cortando el coloquio con Julio. ¿Pues 
no vamos á quedarnos á ? 

— Sor Ignacia las espera, interrumpió 
doña Anastasia con sequedad y grosería. 

Berta no pudo comprender de pronto 
lo que pasaba, pues lo pactado había sido 
otra cosa ; pero luego cayó en la cuenta, al 
ver la actitud de doña Anastasia, y sin- 
tiendo de un golpe la humillación que se 
les infligía, por poco se echaba á llorar. 
¿ Por qué aquel desaire ? No podía ex- 
plicárselo. ¿ Lo habría echado de ver. la 
concurrencia? En todo caso, importaba 
disimular. Persuadida de ello, apeló á to- 
da su fortaleza para sobreponerse á la: 
emoción y á la vergüenza, y contestó sen- 
cillamente : 

— Tienes razón ; se me había olvidado : 
vamonos. 

Consuelo y Socorro, de mal talante 
también, no opusieror^ ni por fórmula, el 
menor obstáculo á la retirada de sus ami- 
gas, sino antes bien, se apresuraron á bus- 






caries y entregarles los abrigos ; sólo Pru- 
denciano se manifestó comedido, y aun 
preteWió acompañarlas hasta el Hospi- 
cio, y 

— De ningún modo, saltó doña Anas- 
tasia encolerizada. No sería conveniente 
que fueras tú solo con estas niñas; le pa- 
recería mal á sor Ignacia. 

Su veto exaltado provenía de que esti- 
maba desdoro para su hijo andar con ellas 
por la calle. I 

— Aunque así sea, protestó el joven ; se 
hace lo que se debe. ¿Cómo han de mar- 
charse solas? 

Para transigir, tuvo doña Anastasia que 
mandar á las huérfanas en el landeau, y la 
pena de no poder evitar que los alema- 
nes, que no se habían dado cuenta de lo 
que sucedía, saliesen á conducirlas hasta 
el carruaje, y les diesen la mano para su- 
bir al estribo. Ahí se cambiaron ellas j" 
ellos las últimas cortesías, hasta que par- 
tió el coche. 

— ¡ Qué desaire ! murmuró Berta tan 
pronto como nadie pudo observarla; y lle- 
vándose el pañuelo á los ojos, se echó á 
llorar á lágrima viva. 

— No seas tonta, repuso Paulina con 
mirada centellante ; las cosas se reciben 
como de quien vienen. Además, no hay 
que olvidar que somos huérfanas y po- 
bres, y que los ricos se arrogan siempre 
el derecho de despreciar á los que no tie- 



\ 



^ 215 . : : 

ncn dinero. Por eso estoy cansada de sei 
hospiciana, y abrigo el propósito de salir 
de pobre como se pueda. 

— Pero ¿ qué les hemos hecho ? ¿ Por 
qué nos tratan así? 

— En cuanto á eso, repuso Paulina, no 
hay que preguntarlo; tienen razón para 
desquitarse. 

— ¿Por qué? Yo no les he hecho ^, 

nada. 

— Sí, también tú. -. . ; ■ 

— No, yo no. 

— ¿Pues cómo le llamas á eso de haber- . 

te hecho aplaudir por los convidados? i, 

— Eso no tiene caso. " 

— Sí lo tiene, porque son muy envidio- 
sas. Sobre todo, ¿no ves que hemos atraído 
la atención de Julio y Gustavo, y las hemos 
dejado relegadas al segundo término?. ... ^ 

Entre tú y yo lo hicimos ; porque Gustavo 
permaneció junto á mí y Julio junto á tí • 
casi toda la mañana. ¡ Qué gracioso !, con- 
tinuó prorrumpiendo en una sonora car- 
cajada. Habían organizado la fiestecita pa- 
ra lucirse, y nosotras somos quienes nos • 
hemos lucido .... Nadie sabe para quién 
trabaja. 

Estas razones distrajeron la atención de 
Berta hacia otros objetos; se acordó de 
Grimm, de su rostro y de su voz, y se sin- 
tió embargada por un dulce estupor que 
la llevó muy lejos de la escena. 

— Por lo que hace á mí, oyó maquinal- 



2l6 

mente que seguía diciendo Paulina, me 
ha sabido á gloria este rato. Es verdad 
que Gustavo me agrada, pero más me 
agrada ver rabiar á esas "ñatas" ridiculas. 
La vieja y sus hijas me querían comer 
con los ojos, al verme hablar con el ale- 
mán ; y yo, te lo confieso, exageraba mi 
amabilidad de propósito para hacerlas su- 
frir, ¿ No observaste cuan amarilla se pu- 
so Socorro, cuando en el calor de la con- 
versación, di á Gustavo un golpecito en el 
brazo con esta gardenia que traigo en la 
mano ? Pues se puso como de cera : pare- 
cía muerta . . . ¡ Toma tu desaire ! . . . . ¡ Ya 
verán lo que les pasa !. . . No me conocen. 

Entretanto, se habían secado las lágri- 
mas de Berta, y permanecía muda y ab- 
sorta en sus propios pensamientos. Ya 
sabía por qué había amanecido tan con- 
tenta aquella mañana ; era que presen- 
tía á Julio. ¡ Cuan buen mozo era ! ¡ Qué 
cosas tan delicadas_ le había dicho ! Re- 
cordaba que le había manifestado deseo 
de conocer el Hospicio, y ofrecido que 
pronto iría á visitarlo y á saludarla. ¿'Se- 
ría por pura cortesía, ó experimentaría , 
hacia ella de veras alguna inclinación?. . . 
No había que consentir en cosas imposi- 
bles ; era preciso quitarse aquellas ideas 
de la cabeza, como malos pensamientos, 
pues no era natural ni imaginable que 
Grimm pensase en ella ; sin embargo, la 
mtmera con que la había visto, el temblor 



- ■ 317 

de su voz, aquellas medias palabras .... 
¡ Que fuera lo que Dios quisiese. . . . ; pero 
que quisiera que fuese cierto ! 

Abismada en aquellas reflexiones y re- 
cuerdos, se desvanecieron ante sus ojos 
doña Anastasia, Consuelo y Socorro, el 
coche y hasta Paulina, y recogida en lo 
más secreto de su ser, no hacía más que 
ver unos ojos azules que la miraban in- 
tensamente, y oír una voz emocionada 
que murmuraba su nombre. Cuando paró 
el carruaje. Volvió en sí, y quedó sorpren- 
dida al verse en el pórtico del Hospicio. 

— Ni una palabra á sor Ignacia, le re- 
comendó Paulina ; sería muy humillante 
Voy á decirle que no nos quedamos por- 
que tengo jaqueca. 



iii : : , • 

San Vicente de Paul 

Gran mes para el Hospicio era el de 
julio, por ser el de la fiesta del santo pa- 
trono del establecimiento. Días antes del 
19, fecha en que la Iglesia conmemora al 
fundador de la orden de las hermanas de 
la Caridad, comenzaba grande y nunca 
visto trajín en la casa, se hacían prepa- 
rativos en escala colosal, había ir y ve 
nir de objetos y personas, y se observ? 



2l8 

ban una animación y una alegría tales 
por el vasto recinto, que á" gritos iban 
pregonando el piadoso entusiasmo de las 
religiosas y de los pobres. AdornáHan- 
se las columnas del pórtico y de los pa- 
tios con lazos de hojas de fresno forman- 
do espirales, y las arquerías, con lucidos 
y verdes festones ; y se suspendían aquí y 
allá de los techos, bandas vistosas de pa- 
pel, que se unían á un centro común en 
las macizas vigas, ó banderolas y flámulas 
de brillantes cuarteles, que ondeaban for- 
mando escudo en las entradas de los depar- 
tamentos. Solamente aquel día, el de Cor- 
pus Christi y el Jueves Santo, extendíanse 
sobre los muros de la Capilla las elegantes 
colgaduras que se guardaban durante to- 
do el año ; solamente ese día se ostentaba 
pendiente de la lintemilla, un rico pabe- 
llón de terciopelo carmesí, franjeado de 
oro que, dividiéndose en anchas y largas 
bandas hacia las pechinas, se recogía en 
la parte baja de las pilastras con gruesos 
oordones de oro terminados por pesadas 
borlas ; solamente ese día suspendíanse 
de las altas bóvedas numerosos gallarde- 
tes de colores, que casi ocultaban las hóA 
vedas y daban al místico lugar, aspecto 
elegante y jubiloso. Sacábanse entonces 
de las altas y ventrudas cómodas de la 
sacristía, los más ricos ornamentos, los 
manteles de más fina batista, trabajados 
por manos delicadas, el misal más dora- 



219 í 

do y de pasta más bien trabajada, y los va- 
sos sagrados más costosos y mejor cin- 
celados. Para cubrir la desnudez del en- 
tarimado, extendíase roja alfombra por 
el pavimento, y en las cuatro naves con- 
vergentes de la capilla, alineábanse ban- 
cos y sillas para comodidad de los fieles y 
ornato y gala del lugar. Y, sobre todo, 
para coronar la fiesta, era expuesto el 
Santísimo Sacramento en el esbelto y do- 
rado templete del altar mayor, dentro 
de la rica custodia de oro macizo, ornada 
de piedras preciosas y con resplandor 
enorme, que el santo Obispo Cabanas ha- 
bía legado á la casa con regia munificen- 
cia. En torno del relicario sacrosanto, en 
cuyo centro,, al través de diáfano y puro 
cristal, resaltaba la blancura inmaculada 
de la Santa Forma, ardían brillantes y 
multiplicados blandones, símbolo de la fe. 
el amor y la adoración de aquel pueblo 
creyente y desdichado. Las misas que con 
aquella ocasión se celebraban, eran can- 
tadas por obispos, cuando se podía, ó al 
menos, por canónigos de alto renombre, y 
amenizadas por las mejores voces de Fó- 
poli y por la orquesta más rumbosa que 
podía congregar y dirigir don Teodomi- 
ro Gómez y Pérez. ;; 

Pocos días después de los aconteci- 
mientos narrados en el capítulo anterior» 
tuvo lugar aquel año la fiesta de San Vi- 
cente, y el número principal del progra- 



m' 



220 

ma de aquella hermosa solemnidad, con- 
sistió en una misa con sermón y música 
selecta, que' "se estuvo diciendo" en la ca- 
pilla, desde las nueve de la mañana hasta 
bien pasadas las doce del día, y á la cual 
asistieron las familias principales de Fópo- 
li. No dejó de estar presente á ella, por su^ 
puesto, la familia "de" Dena, la cual llegó 
desde temprano, en compañía de Grimm y 
Schultze, para alcanzar lugar en sitios de- 
lanteros. Berta y Paulina, que, unidas á 
sor Marcelina, habían recibido el encargo 
de atender á los invitados, dieron la bien- 
venida á tan encopetadas perdonas ; x- 
aunque es de presumir no hubiese la me- 
jor voluntad para tributarse amabilidades 
por un lado ni por otro, pasaron las co- 
sas de la mejor manera posible, dadas las 
circunstancias y el lugar donde se efec- 
tuaba el encuentro. Madre é Hijas desple- 
garon una altivez digna de cualquier di- 
nastía europea, frente á las pobres huér- 
fanas ; pero Paulina no les fué en zaga, ni 
por lo severo de la actitud, ni por la eleva- 
ción de la frente, ni por ía sequedad de las 
palabras. Berta, por su parte, no salió de 
su paso ni por esas, pues se manifestó 
siempre atenta y moderada ; sólo que pa- 
lideció un poco á la vista de ellas y de 
Julio. Este tuvo sonrisas muy corteses 
y amables para la joven, y Schultze y Pru- 
denciano extremaron sus atenciones ha- 
cia Paulina. 



W' 



221 



La función fué soberbia por todo, j 
principalmente por la orquesta, que agra- 
dó mucho. Desde el lugar donde se en- 
contraban colocados los músicos, que era 
el coro de la entrada principal, dominába- 
se perfectamente la nave ocupada por los 
invitados ; así que éstos pudieron gozar 
cuanto quisieron de la vista del grupo for- 
mado por los artistas, y principalmente de 
la de don Teodomiro, quien en pie al fren- 
te de dicho grupo, y dando rostro al altar 
mayor, manejaba la batuta con extraordi- 
nario entusiasmo, mantenía una disciplina y 
un orden estrictos en su hueste, y daba mu- 
cho que reír á la concurrencia con sus vi- 
sajes y contorsiones harto exagerados. Joa- 
quín, á su vez; podía ver desde su asiento 
aquella parte de la capilla donde se ostenta- 
ba lo más granado y elegante de la sociedad 
fopolitana ; pero no era eso ciertamente lo 
que más llamaba su atención, sino la her- 
mosa y dulce figura de Berta, quien, ya 
cruzando de un lado para otro, antes de 
comenzar la función, ó bien arrodillada 
cerca del altar mayor, cuando dio princi- 
pio la misa, era el imán poderoso y punto 
único y objetivo de sus miradas y pensa- 
mientos. Sus ojos penetrantes de enamora- 
do no dejaron de observar la exquisita fi- 
nura d'e Grimm para ella, ni la amabili- 
dad de ésta para él; ni durante la misa, 
pasaron inadvertidas para^ sus celos, las 
frecuentes ojeadas qu^ lanzaba el alemán 

PRICURSORM— i| 



^ 



al sitio donde se hallaba la joven. Y atm 
k pareció observar que ésta, so pretexto 
de arreglar el traje ó de hablar con alg^'- 
na persona arrodillada á su espalda, vol- 
vía algima vez el rostro hacia Julio para 
bañarle con las suaves y codiciadas mira- 
das de sus ojos. ¿Había sido ilusión la 
suya? ¿Tenían fundamento sus sospe- 
chas?.... Joaquín se devanaba los sesos 
pensando estas y otras tristísimas cosas. ' 

El predicador que ocupó el pulpito 
después del Evangelio, joven canóni- 
go de sotana morada y fina sobrepe- 
lliz de transparentes tules, pronunció un 
sermón muy elocuente y conmovedor. 
Trazó á grandes razgos la biografía de 
San Vicente : niño, pobre y pastor de 
.ovejas en sus mocedades, cautivo después 
en África, donde aprovechó hasta su cau- 
tiverio para volver al redil á los apóstatas 
y renegados ; corazón inflamado por un 
amor inmenso al prójimo, que le llevó has- 
ta trocar su libertad por las esposas y los 
grillos de un galeote ; y, sobre todo, fun- 
dador de la institución de las Hermanas 
de la Caridad y de la primera casa de ex- 
pósitos que hubo en el mundo. Su larga 
vida de nonagenario fué consagrada á 
todos los infelices, desde los huérfanos 
hasta los forzados, pues á, todos los abra- 
zó en la misma caricia amorosa, á todos 
los estrechó contra el corazón y para to- 
dos tuvo dádivas y consuelos. Su alma, 






como" fuente de aguas claras y frescas, 
corrió por los desiertos del mundo for- 
mando oasis de sombra y descanso, don- 
de encontraron abrigo los peregrinos de 
la vida, los que caminan descalzos y con 
los pies desangrados, los que padecen 
hambre, los que son devorados por la sed. 
Una explosión de amor y llanto hubo en 
torno de su féretro cuando murió. Acom- 
pañáronle al sepulcro las bendiciones de 
los desgraciados, y salieron al cielo á re- 
cibirle las almas de las viudas, de los men- 
digos y de los huérfanos, á quienes salvó 
de la miseria y de la muerte. "¡Pero San 
Vicente de Paul no ha muerto, gritaba- el 
predicador; continúa viviendo en, su obra! 
Las instituciones que crió, se mantienen 
en pie al trayés de los siglos, y son soli- 
citadas y bendecidas hasta por los mis- 
mos infieles. Los menesterosos á Quienes 
impartió protección, no han quedado 
abandonados ; el amor tutelar de aquel 
arcángel poderoso, los cubre todavía con 
sus alas. La falange de mujeres «fuertes, 
disciplinada por él y por Luisa de Mari- 
llac, es legítima heredera de su sublime 
espíritu, y hoy, como entonces, capaz de 
los mayores sacrificios y de los más peno- 
sos renunciamientos por llevar el con- 
suelo á las almas doloridas." Aquella san- 
ta casa, albergue de los desheredados de 
la suerte, siguió diciendo el orador, era la 
mejor prueba que pudiera darse de que 



San Vicente de Paul seguía proyectando 
su sombra colosal (Sobre la tierra. "¡ B?p- 
dito él mil veces, había dicho para qpíi- 
cluir, por su caridad, reflejo del amor, de 
jesús á los pobres y á los niños, y be.n- 
ditas también sus santas hijas, que dejan 
patria, familia, bienestar, por alistarse ba- 
jo la bandera de la piedad y la miseri- 
cordia !..,'.." 

A la Elevación, cuando calló la orques- 
ta, y en medio de un silencio patético, so- 
nó la campanilla, y nubes de incienso su- 
bieron hasta la cúpula, y el sacerdote de 
cabeza como la nieve y casulla esplenden- 
te de brocado y oro, levantó en las tré- 
mulas manos, la blanca Hostia, que pa-» 
recia una estrella, y el áureo copón que 
contenía la sangre del Cordero ; Berta, 
humillando la frente hasta el suelo, hizo 
fervientes súplicas, diciendo : 

— Señor Todopoderoso, te amo sobre 
todas las cosas y vivo reconocida á tu in- 
finita bondad, porque habiendo sido huér- 
fana X expósita, me libraste de la muerte 
y la desdicha para darrne abrigo en es- 
ta casa de Caridad, donde he encontrado, 
no sólo el pan que alimenta el cuerpo, 
sino también el alimento del alma, guc 
es tu santa doctrina, y el alimento del co- 
razón, «que es el amor de los buenos. Im- 
ploro tu protección, ahora como siem- 
pre, para que traces mi senda por la vi- 
da con tu dedo omnipotente, y me lleves 



225 - -•. ' V 

dé lá rtláíio pót él camino del biéñ, y rtiis 
{)asc>s no se extravíen en las tinieblas, y 
mi alma no se abisme en las congojas del 
infortunio. 

Y como niño refugiado en el regazo 
materno, abrió aquella pobre niña el co- 
razón "á nuestro Padre que está en los 
cielos," contándole sus nacientes ilusio- 
nes, su inclinación hacia un hombre her- 
moso y bueno, cuya palabra había sonado 
en sus oídos como blanda música nunca 
antes escuchada. ¿Cuáles serían los sen- 
timientos de aquel corazón para ella? 
¿Habría encendido la infinita bondad, la 
llama del cariño á un mismo tiempo en 
ambos corazones? ¿O debería ella sofo- 
car aquella simpatía en sus albores, por- 
que no era dig^a de tanta dicha, y porque 
aquella otra alma, que juzgaba gemela de 
la suya, volaba fuera de su órbita y ten- 
día las alas hacia opuestos destinos? Al 
pensar que así pudiera suceder, se afligió 
intensamente, porque hallaba muy amar^ 
go tener que renunciar á esperanzas que 
le eran tan caras ; pero al mismo tiempo, 
•resignábase desde ahora á obedecer las 
disposiciones de lo Alto, cualesquiera quQ 
fuesen y por más dolorosas que le pare- 
cieran. Pero su alma juvenil siguió vo- 
lando por los espacios sidéreos, y se com- 
plació eft figurarse que la Suma Bondad 
licitaría á otorgarle el galardón de aquel 
aitior tan poftiCíV: Una circunstancia, con 



ü' 



.-•.■« 



* 226 

todo, alarmaba su sencilla conciencia. 
Acaso el alemán no profesaba- la misma 
fe que ella. Siendo así, no quería; ni de- 
bía unirse á quien no tuviese sus mismos 
anhelos y esperanzas de ultratumba, ni 
debía enlazarse á quien pudiese estorbar 
sus prácticas piadosas y no viese los obje- 
tos de su culto con el respeto y la vene- 
ración que á ella le inspiraban ; pero Dios, 
que era tan grande y bueno, podía otor- 
garle, si quería, hasta la gracia de atraer 
al redil aquella alma descarriada y hacer 
que el rebaño de Jesús contase en ella 
con un nuevo cordero. Mas para todo 
eso, se necesitaba hacer mucha oración, 
y Berta oraba sin descanso y con edifi- 
cante fervor para mover á su favor la» 
gracia divina. ¡Oh alma sencilla y pura! 

Con eso, la orquesta, que había estado 
silenciosa, volvió á elevar el coro impo- 
nente de sus voces, y á la vez que los 
pensamientos de Berta continuaban fluc- 
tuando entre el amor divino y el huma- 
no, prosiguieron .desarrollándose las ce- 
remonias del santo rito, con mística 'so- 
lemnidad, hasta que, en medio del reco- 
gimiento de todos,' llegó el momento de 
la bendición y de la acción de gracias. 

Mas hé aquí que al concluir la misa. 

• sobrevino un incidente casual, que estuvo 
á punto de ser grave. Cuando comenza- 
ba la desbandada del gentío con esa pri- 
sa inmotivada que en tales casos y en don- 



2*7 

de quiera se observa; en medio de la coJ 
rriente impetuosa que quería salir de 
una sola ver y se estorbaba á sí misma, 
cayó por acaso un candelabro cuajado de 
cirios, que se erigía sobre alta columna, 
y antes de llegar al suelo, prendió íutgg 
de paso, á los adornos de papel que le ro- 
deaban; de ellos se comunicó la llama á 
unos lazos de crespón que estaban próxi- 
mos, y bi«n pronto cundió por todos los 
papeles y telas que se hallaban en con- 
tacto. Sonaron voces de alarma, y tan 
pronto como se oyó la palabra ¡fuego!, 
la impaciencia de la marcha se convirtió 
en fuga precipitada y ciega. De pronto, 
nadie pensó en acudir al remedio, sino 
sólo en ponerse en cobro, y las puertas 
de la capilla, obstruidas por la aglome- 
ración de la ansiosa muchedumbre, se hi- 
cieron casi infranqueables. Hu6o un ins- 
tante en que el gfrito del instinto : "¡ sálve- 
se quien pueda!," cada cual vio por su 
propia salud y se olvidó de los demás, co- 
mo suele siempre suceder en circunstan- 
cias peligrosas. 

Berta, sin embargo, no se dejó llevar 
por la corriente ; sino antes bien, tan 
pronto como apareció el riesgo, se acor- 
dó de su pobre amiga Virginia, que se ha- 
llaba en el centro de la iglesia y no po- 
día ver ni salvarse por sí misma;. y, en 
vez de correr á la salida como todos, se 
internó por ló más estrechó y apretado 



del gentío, volando en busca de la ciega. 
Esta en tanto, abandonada á sí misma y 
sin saber á punto fijo lo que pasaba, iba 
al acaso, de una parte para otra, embara- 
s^ando el paso de los que huían, y .sufrien- 
do golpes y atropellos. Entretanto, crecía 
la alarma y se oían gritos de mujeres y 
llanto de chiquillos ; y los asientos derri- 
bados y echados de través por las calles 
de tránsito, impedían la circulación y au- 
mentaban el desorden ; y era todo dentro 
del sagrado recinto, ciega confusión y 
angustia estrepitosa. Pero cuando menos 
lo esperaba la pobre ciega, sintió que 
suaves manos se posaban en las suyas, j; 
oyó una dulce voz que murmuraba cari- 
ñosamente á su oído: 

— Por aquí. Virgen, ven conmigo. ' 

— ¡Berta! ¡Berta! exclamó conmovida 

la ciega. ¿Qué pasa? ¿Por qué gritan? 

— Poca cosa ; ya te lo diré, ven pronto. 

Pasados los primeros instantes de atur- 
dimiento, varios caballeros acudieron á 
los sitios peligrosos á cortar el incendio, 
y entre ellos, Joaquín y José. Era pre- 
ciso impedir que las colgaduras, el pabe- 
llón y los gallardetes ardiesen, pues en 
llegando á caer sobre el pavimento peda? 
zo's inflamados de aquellas telas gruesas 
y pesadas, pondrían fuego á la alfombra, al 
ciitarimado y á la sillería, y se convertifía 
¿1 accidente en un verdadero desastre. Pof 
fortuna los crespones y papeles, único 



^ 



«29 

combustible devorado por el fuego, ha- 
bían levantado llamas efímeras y espar- 
cido residuos muy cortos y ligeros de 
materia inflamada; de suerte qué el fue- 
go había cundido débilmente por este ó 
aquel tramo de tapiz. Para atajarlo, bas- 
tó romper algunos lazos de trapo, cortar 
algunas cuerdas delgadas y poner el pie 
sobre algunos fragmentos inflamados, 
obra sencilla y de unos cuantos minutos ; 
pero eso no impidió que la iglesia que- 
dase en un santiamén hedionda á telas 
quemadas, llena de humo, despojada de 
sus galas y ornamentos, y sembrada de 
mueble.s derribados, como si ahí hubiera 
sido Troya. 

Cuando sor Igpiacia y las otras herma- 
nas, que oraban en el coro, hubieron ba- 
jado y lograron entrar en la capilla, todo 
había concluido ya. Una vez cortado el 
incendio, se había restablecido la calma, 
había quedado la iglesia casi desierta, y, 
salvo una ú otra falda ó cabellera cha- 
muscadas, ó este ó aquel miembro ^estro- 
peado, no había habido desgracia que la- 
mentar. Las hermanas llegaron á tiempo; 
lio obstante, para ver el tierno grupo for- 
mado pbr Berta y Virginia, que camina- 
ban á la zaga de todos, venciendo las di- 
ficultades que ofrecían el no ver de la 
una y las barricadas de asientos derriba- 
dos que estorbaban el paso de las dos ; 
tras ellas venían Joaquín y José, que no 



■ :S,V 



230 

habían podido distinguirlas pronto en me- 
dio del tumulto, pero que, á fuerza de 
buscarlas entre la humareda, habían aca- 
bado por reunírseles cuando ya salían á 
la puerta. 

— ^¿Qué te pasó, Berta? preguntó Joa- 
quín ansioso. 

— Nada, repuso la huérfana ; bendito 
sea Dios. • I 

— ^¿No te tocó el fuego? ¿no se te ha 
quemado el traje? 

— Ni una ni otra cosa : mira, contestó la 
interpelada, apartando las manos para 
mostrar todo el cuerpo. 

En efecto, estaba ilesa. 

— Mil gracias, prosiguió Berta. 

— ^¿Por qué tardaste tanto en salir? in- 
sistió Joaquín. Han sido ustedes las úl- 
timas en dejar la capilla. I 

— Fui á buscar á Virginia para guiarla, 
contestó Berta con naturalidad. 

Al oír la respuesta, quedó el joven co- 
mo deslumhrado por la sencilla refulgen- 
cia de aquella alma, y experimentó vivo 
impulso de arrodillarse ante la joven y 
besarle las manos ; mas no siéndole dado 
entregarse á tan dulce expansión, se li- 
mitó á envolverla en mirada tal de ad- 
miración y ternura, qué ésta se sintió co- 
mo cercada por un relámpago de luz y 
fuego. 

Entretanto murmuraba José al oído de 
Virginia : 



. 231 

— ¿No te pasp nada, Virgen? 

— Creo que no, repuso la ciega, porqut 
nada me duele. ¿ No tengo quemado el 
traje ? 

— Está intacto ; parece milagro. ¡ Qué 
susto tan grande he tenido por tí ! 

— j Cuan bueno eres ! 

— Te busqué por todas partes, pero el 

humo no me dejaba ver hasta que 

Joaquín y yo apagamos los trapos y pa- 
peles quemados. 

— Pero ¿por qué te preocupas por mí? 

— ^Ya sabes por qué. 

— ¿Luego es cierto? • :.> 

— Dios bien lo sabe. >!^f^: • 

Cuando Berta fijó los ojos en ellos, se 
sintió conmovida al mirar la apasionada 
expresión de sus rostros 

Aquel día, al concluir el refectorio, im- 
puso sor Ignacia silencio á las mesas, y 
levantando la voz, dijo : 

— Niñas mías, esta mañana, á la hora 
del peligro, cuando se inició el incendio 
en la capilla, sucedió algo que no debe 
pasar en silencio. En medio del susto y 
la confusión, cada quien pensó en sí mis- 
mo y en la manera de salvarse, olvidán- 
dose de los demás. Tengo, sin embargo, 
la satisfacción de reconocer que no todo 
fué ahí ceguedad y egoísmo, pues hubo 
quien manifestase caridad y abnegación. El 
rasgo á que me refiero, debe servir de en- 






"iií^- 






¿3* 

senanza y éjéntplo, no tSólaiüénté á los 
asilados, sino también á nosotras, las reli- 
giosas que dirigimos el estáblecimiefttó, 
Virginia, á quien Dios ha privado del be- 
neficio de la vista, había quedado abando- 
nada entre la multitud, y nadie se acordaba 
de ella ; sólo Berta, desafiando el peligro 
y sin atender á su propia conservación, 
pensó en su amiga, fué á buscarla ppr to- 
das partes, y la sacó de eií medio del 
fuego. Hechos como este, merecen el 
aplauso y el respeto de todos ; por mi 
'parte, soy la primera en expresar mi ad- 
miración á Berta por su bello comporta- 
miento. No echemos en olvido este ejem- 
plo para otra ocasión. | 

Mientras duraba la plática, roja y con- 
fusa Berta, no sabía dónde poner los ojos, 
y hubiera querido desaparecer del lugaT 
como por ensalmo. Según ella, no mere- 
cía elogio lo que acababa de hacer, pues 
era la cosa más natural del mundo; asi 
que, cuando se volvieron todos á verla, 
protestó con ademanes y voces semiafti- 
culadas que aquello no valía la pena ; pero, 
no obstante su resistencia, entalló en el re- 
fectorio un grito unánime y espontáneo 
de ^ 

—¡Viva Berta! ' 

Para terminar la escena, vinieron las 
hermanas, una á una, encabezadas por sdr 
Ignacia, á abrazar y besar en la ffétitd 
á la joven ; pero lo que más saf isfiíd á 



2$$ 

c?ta, í«é sentir los brazos de Virginia en 
tomo de su cuello, y las lágrimas de aque- 
IJo§ ojo$ sin luz mojar sus mejillas, y la 
vpz de la ciega murmurarle al oído: 

— i Cuánto te quiero, Berta ! ¡ Dio§ te 
Jo pague! ¡Cuan buena eres! ; . 



IV - > ;.>/■-:; ■.. 

Ticraas escaramusas. 

La belleza, el talento y la dulzura de 
Berta^ habían producido hondo efecto en 
el ánimo de Julio, quien, desde el punto y 
hora en que la conoció, no dejó de pensar 
en ella con inefable embeleso. Roto con 
su venida á Fópoli, el encanto enteramente 
de circunstancias que Consuelo había 
ejercido sobre él en Colima, hallaba ya á 
la joven "de" Dena muy inferior á lo que 
le había parecido en aquella lejana comar- 
ca, y al lado de Berta, sobre todo, la veía 
no sólo retroceder al segundo término 
del cuadro, sino perderse y esfumarse 
en brumosa y triste lejanía. A no ser por 
las indicaciones galantes hechas á Consue- 
lo, habría presentado á Berta su candida- 
tura desde luego, y hablado con sor Igna- 
cia de sus honradas intenciones; pero es- 
crúpulos de nimia caballerosidad le enca- 
denaban á su malhadada conquista, y no 






• *: - •;;■).'•' '^""■ 



sabía qué hacer en el apuro, pues si su co- 
razón volaba en pos de Berta, sentía que 
el bien parecer le retenía al lado de la 
señorita "de" Dena. Perplejo y desorien- 
tado continuaba visitando á ésta, sin pres- 
cindir empero de aquélla, y aguardaba 
con ansia alguna coyuntura de las que no 
faltan en la vida, en que pudiese recobrar 
la perdida libertad. Esto, sin embargo, no 
era tan llano en la ocasión, pues la fami- 
lia "de" Dena no abandonaba sus posicio- 
nes, le vigilaba de cerca, y á fuerza de 
convites, agasajos y obsequios, procura- 
ba ligarle todos los días más y más, é im- 
posibilitarle la retiradíi ; y Grimm, que lo 
comprendía bien, iba cayendo en una situa- 
ción muy violenta. Consuelo se habia afe- 
rrado á él como el ancla á las rocas costa- 
neras, y estaba decidida á no dejarle esca- 
par, sucediera lo que sucediese ; hasta el' 
punto de que, si Julio se hubiese material- 
mente fugado de su casa, capaz hubiera si- 
do ella de seguirle por las calles á carrera 
tendida, sin chai ni sombrero y, como se 
hubiese encontrado, hasta alcanzarlo y co- 
gerlo por el faldón de la levita. 1 

Para que los lectores no condenen á 
Julio, vamos á decir en breves palabras 
cuál era su situación verdadera cerca de 
Consuelo. Habíala galanteado, en efecto, 
la había obsequiado con flores, con tra* 
ducciones del alemán y con pensamiento.'^ 
escritos, más ó menos significativos, y. 



por la asiduidad con que había bailado 
con ella en las reuniones, y frecuentado 
su casa, había dado á todos, inclusa ella, 
fundado motivo para juzgarle su preten- 
diente. Era claro también que su viaje á 
Fópoli no había tenido más objeto que 
el áe verla, cumpHr la palabra empeñada 
y hacerle una declaración en toda forma. 
Mas, á pesar de todo, nada había preci- 
sado con ella todavía, y no había llegado 
á decirle "te quiero," ni á preguntarle si 
le quería ; de modo que, en puridad, no 
tenia compromiso formal con la joven, y 
estaba en libertad para prescindir del em- 
peño á la hora que lo tuviese por conve- 
niente. No obstante, como su caballero- 
sidad era extremada, se sentía un si es 
no es ligado por sus anteriores insinua- 
ciones, y no se resolvía á cambiar de rum- 
bo á la hora menos pensada, sin causa 
que pudiese justificarlo. Así que se deci- 
dió á esperar varios días la ansiada co- 
yuntura, y aun prescindió de aceptar al- 
gunas invitaciones de doña Anastasia, pa- 
ra ir preparando el rompimiento ; pe- 
ro todo fué inútil, porque, aunque com- 
prendía Consuelo que la simpatía de 

Grimm hacia ella iba en menguante, no 
se decidía á darse por entendida, y conti- 
nuaba resuelta á disputar la presa, como 
una loba sus cachorros. Al fin llegó á can- 
sarse Julio, y á tal punto, de tan molesto 
estado ée cosas, que se res-olvíó á zanjar 



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23Ó , 

la diñcultad de una vez, aunque de la me- 
jor manera posible. En tal virtud, comenzó 
á obrar desde luego, conforme al siguien- 
te programa: continuó su trato mera- 
mente amistoso con Consuelo y su fami- 
lia, pero se entregó francamente á su amo- 
rosa inclinación hacia Berta. Una vez to- 
mado el partido, procedió á la conflagra- 
ción de sus naves, para no flaquear en su 
propósito, y dirigió á la huérfana por es- 
crito y desde luego, su declaración amo- 
rosa. 

Berta, entretanto, había vivido embria- 
gada por las más dulces y suaves emocio- 
nes que una joven pura é inocente puede 
alimentar al llegar á los veinte años. En 
la fiesta de San Vicente de Paul y en otras 
diversas ocasiones en que Grimm había 
concurrido al Hospicio, habíase mostra- 
do exquisitamente fino hacia ella y la ha- 
bía envuelto en miradas tan cariñosas, 
que, aunque novicia en achaques amorosos 
no había dudado ni un momento de su 
dulce significado. Y como su modestia y 
humildad iban al par de sus merecimien- 
tos, se asombraba de que persona de tan- 
ta valía como Julio pudiese poner los ojos 
en ella, que significaba tan poco. Siem- 
pre que comparaba su posición y perso- 
na con las de sus amigas y conocidas, se 
confesaba inferior á las unas y á, las otras : 
y no alcanzaba á explicarse cómo podía 
JuJio pr.cferirla á tantas guapas jóvenes 



como había por la ciudad; mas 'tuvo que 
rendirse á la evidencia en vista de los he- 
chos, pues una mañana, al terminar las 
clases, se acercó á ella Felipa, una de sus 
condiscipitlafi, y con aire misterioso, y He- 
vandola aparte le dijo: 

— Toma, Berta, aquí traigo esto para tí. 

— ¿Qué es? preguntó la huérfana rubo- 
rizándose intensamente, sin saber por 

— Una carta, repuso Felipa. 

— ¿De quién? interrogó Berta, aunque 
su corazón adivinaba el secreto. 

— De don Julio Grimm, repuso Felipa; 
tómala, se acercan las compañeras y po- 
drían vernos. Te quiere mucho. 

Instintivamente alargó la mano la huér- 
fana y cogió el pequeño y perfumado 
sobre, que le alargaba su amiga. Latíale 
en aquellos momentos el corazón con 
tal fuerza, que casi le cortaba la res- 
piración, y el aflujo repentino de toda su 
sangre al c'erebro, le producía como aluci- 
naciones y vahídos ; veía cuanto pasaba 
como al través de un velo de neblina, y 
oía como Vagos acordes resbalar por los 
aires. Cogió, pues, el papel con tanto tem- 
bíbr como si fuese de conspiración política 
ó trama criminal, y le ocultó ansiosamente 
en el seno para que nadie lo vieáe ; después 
de c§o, procuró aislarse, y cuando al fin se 
vio en sitio apartado, rompió lá cubierta y 
leyó lo que sigfue: 

PMCUKSetlS— if 



,-,.;'»'V-r< 



"Berta: - . 

"Los ojos dicen más que las palabras ; 
estoy cierto de que los mios habrán re- 
velado mi secreto. Es usted un dechado 
tal de gracia y perfecciones, que es im- 
posible conocerla sin amarla. No quiero 
ni puedo resistir á su dulce encanto, y ven- 
go humilde á confesarle que mi corazón 
le pertenece, y que será para mí el día 
más hermoso de la vida, aquel en que us- 
. ted me diga que me ama. En la imposibi- 
lidad de hallar ocasión para hablarle de 
mi afecto, me veo precisado á escribirle 
estas líneas, que aguardo sean recibidas 
con benevolencia. Sólo me resta suplicar- 
le eche un vistazo á su corazón y me di- 
ga con lealtad lo que sienta para mí. ¿ Me 
ama? Ábramelo sin recelo, pues Dios bien 
sabe que soy sincero, y que mi destino está 
pendiente de sus labios. ' 

"Lleno de impaciencia y de temor, 
aguarda su respuesta este 3" devoto y 
enamorado , . 

i Julio Grimni." 

En medio del tumulto de sus arterias 
y de la vibración de sus nervios, pudo 
apenas Berta descifrar aquellos renglo- 
nes ; leyólos más con el alma que con los 
ojos, y, entretanto que iba imponiéndose 
de su dulce contenido, parecíale que Tiaqían 
cpro.á las palabras trazadas sobre el papel, 



239' :Vy.- 

tódos los susurros de las brisas, todos los 
murmullos de las fuentes y todos los gor- 
geos de los pájaros en tierra y cielo. 
Y hubiera jurado que, mientras pasaba 
la vista por ellos, los mismos coros angé- 
licos tañían sus arpas y laúdes allá arri- 
ba, y la creación entera exultaba rebosan- 
te de júbilo. 

Y sucedió por raro caso, que aquel mis- 
mo día no pudiese concurrir don Teodo- 
miro á la clase de música, y hubiese ido 
Joaquín á reemplazarlo. Berta, por ins- 
tinto de sinceridad, no hubiera querido en- 
contrarse en aquella sazón con su anti- 
guo amigo; pero sus deberes de alumna 
impusieron silencio á sus escrúpulos de 
lealtad, y tuvo que cantar una partitura 
acompañada por el joven. Hubiérase dicho 
que adivinaba éste cuanto pasaba por ella, 
pues se mostraba muy triste y desalentado, 
tanto, que se limitó á cumpUr estrictamen- 
te su deber, aunque sin dejar de suspirar 
ni un momento, y cruzó muy pocas pala- 
bras con la huérfana. Pero Berta, con la 
penetración propia de la mujer, pudo ob- 
servar que aquel silencio no era fruto de 
indiferencia ni desvío, sino antes bien de 
emoción contenida y recóndita, que en 
vano pugnaba por no traicionarse ni salir 
al rostro ni á los ojos. Pasada la lec- 
ción, estando ya en pie Sandoval, y en los 



;>.-. 



-moinentos- de -cerrar el piano, .HTiijr.muró 
éste al fin con voz insegura: 

— Berta, acabo de hacer estos v-ersos 
para tí ; tómalos, son mi despedida. 

Berta vaciló en recibirlos. • 

— Tómalos, digo. ¿No ves que son mi 
despedida? No volveré á importunarte. - 

Habia tanta amargura en su acento y 
vacilaba tanto al hablar, que casi solloza- 
ba ; así que la joven, movida de piedad 
ante su dolor, los recibió en silencio, con 
esa gravedad compasiva con que se recoge 
la última palabra de un moribundo. 

He aquí la poesía: 



¡ NIDIOS 



¡Un sueño fué nomás Casto delirio 

De inaccesible gloria, 

Sol abortado de mi negra historia, ' i' '.' 

Pausa de un día en mi tenaz martirio. "i • ' 
¿A qué fingir un horizonte en calma 
Cuando en la tempestad no hay luz ni puerto? 
¿A .qué buscar la sombra de una palma 
Cuando sólo hay arena en el desierto? . . ■ 
Creí en tus dulces ojos, .,, .. 

Más bellos que los astros, ,," 

Hallar de amer los inefables rastros, . , ' ] 

Y suplicante me postré de hinojos; "* 

Y me entregué á soñar, y arrebatado "" 
Por las alas de oro del anhelo, ' '' "■ 

• Crucé cielo tras cielo, .'*";: Ir, 

Palpitante, feliz y deslurabrado. . . r. • • . . ; j > 



241" ■. :'>"^ 

".* -^ 

¡Con qué ardor el espíritu se abisma ' "^ ^ 
En la luT dé soñada lontananza! 
¡Cuan mágico es el prisma *.' 

Que al corazón ofrece la esperanza! r 

Óyeme, niña pura, . ' ■ 

Sed de amor infinito me devora, 

Y un caudal de ihusiones y ternura ■ Z' 
Llevo en el corazón. Hora tras hora 

He pasado esperando la llegada ' 'y 

De un ser que me comprenda y que me quiera, 

Y me haga ver el cielo en su mirada, 

Y acepte en oblación mi vida entera 

¡Es tan hermoso amar y ser amado! ^ 

Es amor el espíritu fecundo 

Que da luz, y calor, y vida al mundo, 

Es la esencia inmortal del Increado. 

¡Hace tan largo tiempo que me agito 

En soledad cruel y tormentosa! 

¡HiJcfe tan largo tiempo que me acosa 

Este afán infinito! — 

Perdona, pues, si el alma delirante 
A soñar sé atrevió con tus amores, 
Cual sueña en el desierto el caminante, 
Con oasis, con fuentes y con flores. 

¡Alma de arcángel, noble y soñadora, 
Buscas un ideal en este suelo! 
Una visión romántica del cielo 
Ríe en tu mente con fulgor de aurora; 
Vas en pos, afanosa, por la vida, 
De una sombra querida, 
•De UH ser que corresponda á tu esperanza, 
Y, absorta en Isí visión de lontananíar - - 



''IK 



■I 



24:2 

Exploras con empeño 
Del horizonte el insondable arcano, 
Creyendo ver en el confín lejano 
Surgir er astro en tu dulce sueño. 

¡Yo no soy ese ser que tu alma crea; 
Mi frente no rodea 
La luz de tus ensueños misteriosos! 
Mas tú si eres, Berta, la radiosa . 
Visión de amor, que me enseñó el suspiro: 
¡Te reconozco por tus regias galas! 
Eres el ángel de impalpables alas 
Que trae del cielo en impalpable giro, 

Dicha ideal en cáliz de zañro 

Mas te imploro sediento de tu encanto, 

Y de mi lado sin piedad te alejas, 

Y á tu paso triunfal en mi alma dejas 
' Un reguero de luz y otro de llanto. 

¡Tienes razón! Tan sólo mi locura 

Pudo hacerme alentar delirio tanto, 

Pues tu regia hermosura 

Para el triunfo nacida, 

Unir no puede su radiosa historia 

A la doliente historia de mi vida. 

Yo guardo en la memoria 

Un recuerdo profundo de quebranto, 

Y en mi pecho se oculta un mar de llanto. 
¡Apártate de mi! Quizá tus ojos 

Con espanto me ven, y tu alma siente 
Un secreto terror, viendo en mi frente 
La triste cicatriz de los abrojos. 

¡Separémonos, pues! — Sigue el camino 
De alegres flores y verdor cubierto 



Qüt te marca el destino, >, -. . 

. Mientras yo, la ilusión desvanecida, 
, Vuelvo al triste desierto . , i 

De soledad, silencio y amargura 
Donde se arrastra mi Cansada vida. 

Pero ¡oye! .... En mi profundo desconsuelo, 
Aun el labio, de amor frases murmura: 
No habrá ya de buscarte la mirada 
Que oscurecen las lágrimas y el duelo; 
Por siempre callará mi queja tierna; 
'■■■■ Mas tu memoria, siempre idolatrada^ : ' 
De mi vida será sonrisa eterna. 

Podrás no amarme tú, podrás, ingrata, , . 
Mi ternura pagar con odio impío, \ 

Mas no lograr que el corazón no lata ... 

Por tus amores en el pecho mío. '. 

Del alma triste que por tí suspira. 
Vuelan á tí las ansias amorosas, 
Cual, de la llama á la quemante pira 
i A consumirse van las mariposas. , • 

En mi desolación nada te pido, 
Ni imploro lastimera recompensa: 
¡Ojalá el cielo en Su piedad inmensa 
Me libre del naufragio de tu olvido! 

JOAQUÍN SANDOVAL." 

Por menos que Berta se sintiese incli- 
nada á favor de Joaquín, y por más hen- 
chido que tuviese el corazón de otras sim- 
patías y otros afectos, no pudo menos 
de leer con viva y melancólica emoción 



:?^- 
■**> 



W'^ 



244: ' 

aquella poesía ; pues fuese cual fuese su 
mérito literario, expresaba sentimieiitos 
hondos, basados en hechos reales, que ella 
conocía, y estaba impregnada de un senti- 
do tal de verdad y tristeza, que se le me- 
tía por, el corazón sin poderlo remediar, y 
casi le hacía saltar las lágrinras de los 
ojos. Como piadosa y buena que era, pen- 
só con pesadumbre, que aquella alma triste 
y solitaria volvía á ella los ojos en de- 
manda de auxilio, como náufrago que se 
agarra á una tabla en el tumulto dé las 
olas ; que en sus manos tenía la suerte 
de aquel desventurado : que Dios le ha- 
bía conferido el poder temeroso de cam- 
biar el destino de aquella existencia; y 
que podía llevar, si quería, la luz á ün cie- 
lo ensombrecido por el dolor y la sonrisa 
á un rostro inundado por las lágrimas. Con 
lástima mezclada de remordimiento s« 
preguntaba qué había hecho de aquella 
vida, cuya suerte pendía de su voluntad, 
y se respondía que, en vez de dolerse de 
sus quejas, había aumentado.su martirio 
cerrando el corazón á toda piedad para, ella, 
y pronunciando la sentencia dantesca : "¡ re- 
nunciad á toda esperanza!" Bajo reflexio- 
nes tan penosas, mirábase á sí misma co- 
mo verdugo de su antiguo compañero de 
infancia, como salvaje sin entrañas, que 
respondía á la voz del desvalido, rema- 
tándole con el hacha ó con la daga. Pero 
^cómo dominar los impulsos del corazón? 



. 24S- -■ )^:::\ 

¿Cómo querer á quien no quería, y dejar 
de amar á quien amaba? No era bastante 
poderosa para ello y, supuesto que el esr 
tado de su mente dependía de una fuerza 
oculta superior á su voluntad, que la domi- 
naba, no.d¡ebía considerarse responsable de 
cuanto iba pasando, por más que lo deplo- 
rase, ni atormentase con aquellas ideas 
desgarradoras. Por otra parte, Joaquín 
era poeta; y como tal, visionario é hiperbó- 
lico: acaso no era tan infeliz como lo can- 
taba, ni estaba tan dominado por el amor 
como lo decía. Aquella esperanza sonreía 
para ella en el fondo de su pecho, la de 
no ser muy amada ; y experimentaba ín- 
timo júbilo al pensar que el joven pudie- 
se olvidarla y amar á quien le quisiese, y 
ser feliz sin ella. 

El efecto causado ix>f la poesía de Joa- 
quín, después de la carta de Grimm, fué 
para ella profundamente perturbador, pue«; 
vino á empañar el esplendor de un senti- 
miento grato, con otro aflictivo y doloro- 
so. Aquella queja habíale echado casi á 
perder el júbilo de la declaración de Julio ; 
mas, persuadida de que la situación era 
irremediable, se entregó sin reserva, y al 
cabo de mucho cavilar, al encanto de su 
naciente amor, después de haber guarda- 
do los versos de Joaquín en el fondo de su 
pobre cofre, con la doliente melancolía con 
que sé conservan las reliquias de un con- 
-denado á muerte. Después de e.so, .leyó y 



.ijí*.. 












246 

releyó la carta de Grimm, y la guardó ocul- 
ta en el seno, debajo del corpino, á fin de 
traerla siempre consigo, sacarla del escon* 
dite de cuando en cuando y tocarla á todas 
horas, para desengañarse de que era cosa 
real y verdadera, y no fantástica ni so- 
ñada. . , í ^ • 

* * ♦ ■.-.;. I . ■;. .1.': 

Paulina, entretanto, traía vueltos locos, 
lo que se llama locos, á Gustavo y Pru- 
denciano. Este último, mal aconsejado por 
el orgullo, había comenzado la aventura 
pensando que Paulina, deslumbrada por 
su posición, iba á jurarle pleitesía, como 
era su deber (lo mismo que el de todas 
las mujeres), pues pensaba de sí, como el 
sabio y poco modesto rey don Alfonso: 

"Yo soy don Alfonso, el rey de Castilla, 
Emperador de Alemana que foé, ' 

Aquel á quien reyes besaban el pie, ".'■'.'' 

E reinas pedían limosna e mancilla." 

Pero ella, en lugar de arrodillarse ante 
su magnificencia pidiendo limosna y man- 
cilla, había tomado sus amores á la chiri- 
gota, le había tratado como á un bendito, 
y, aunque había sabido mirarle y aun son- 
reírle de un modo enloquecedor, lo había 
hecho con ciertas puntas y ribetes de chun- 
ga, que le tenían hondamente lastimado. 
¿Cómo era posible que él, Prudenciano, 
famoso conquistador y atorrcientadoi 4« 



corazones, se viese mofado y escarnecido 
por tma criatura tan secundaria y dejada 
de la mano de Dios? 

Le parecía aquello un perfecto absur- 
do, y seguia pensando que un dia ú otro 
aparecería la verdad de una adoración sin- 
cera y humilde, bajo los velos engañado- 
res de aquel aparente desvío. En todo ca- 
so, como estaba empeñada la honra del 
pabellón, ya que había puesto mano á la 
empresa, debía concluirla con gloria; y 
supuesto que tenía las gavetas de su ar- 
mario repletas de cartas amorosas, retra- 
tos con tiernas dedicatorias, mechoncitos 
de pelo, listones y flores secas, debía en- 
riquecer aquella urna de sus recuerdos, 
con los exvotos humildes de la pobre asi- 
lada, á quien hacía la honra de ver con 
ojos blandos y sentimentales. 

Pero el hecho era que, por más esfuer- 
zos que hacía, pasos que daba y actitudes 
románticas que asumía, el corazón de 
Paulina permanecía inaccesible para él; 
de donde nació que, interesado su, amor 
propio, fuese comprometiéndose más y 
más en aquella aventura, hasta darle la for- 
ma de un capricho verdadero y serio del co- 
razón. Era mucha mujer Paulina para aquel 
joven frivolo y deschavetado. Inteligente, 
guapa, graciosísima y sin pizca de melin- 
dres ni escrúpulos, unía al atractivo de la 
belleza el picante cebo de la milicia y de 
irresistibUs sutilezas y hechizos, que siem- 



•rrc7i-i^.-. 



''W'^ 



248" 

pre tenía á maiío, por ^ti-canás y "Hiistcrio- 
sas predisposiciones de su naturaleza. Así, 
al presentarse la primera ocasión de po^ 
ner á prueba sus recursos de hembra 
guapa, había resultado doctora y maestra 
en aquellas intrincadísimas artes, cQihí) 
suelen nadar los patos desde el momento 
en que caen en el agua, sin necesidad de 
que nadie les enseñe á mover los remos. 
Para enredar y oprimir más y más á Pru- 
denciano con los hilos sutiles de su astu- 
cia, había empleado un juego tal de mi- 
radas enloquecedoras, sonrisas, mohines 
y vaivenes de tira y afloja, que la misma 
Princesa de los Ursinos, á los cincuerita 
años de galanterías, hubiera podido to- 
marla por espejo y modelo de doble¿, as- 
.tucia y habilidad. Prudenciano, pues, vi- 
vía como quemado á fuego lento, como 
sumergido en un baño de Alaria, que le 
abrasaba y reblandecía al mismo tiempo 
los sesos y el corazón. Ya exasperado y 
fuera de quicio, había perdido toda com- 
postura y se había entregado á soñar con 
Paulina como con un ideal, como con. la 
dicha única y suprema ; y á la hora menos 
pensada, se había sorprendido á sí mismo, 
furiosamente prendido en las redes que 
había desplegado y tendido para coger 
aquel pececillo, como resultó Aman col- 
gado de Ja horca misma que había pre- 
parado para Mardoqueo. . .v. ..' 
•Paulina Jo.. observaba: .toda con .sonrisa 



Ir. 



■' '' ~":"- Z4g . r f;..V,/ 

: i>ur4ona y- corazón frío, • y; en tanto que 

^I joven le éscríbia cartas volcánicas y le 
•mandaba flore's, botes de esencias, cucu- 
ruchos de dulces y otras finezas por cuan- 
tos conductos, podía, no soltaba ella pren- 
da escrita que pudiese comprometerla, á • 

" fin de conservar libre la voluntad y sin 
ataduras la risa paí-a caso ofrecido. 

Sobre la pista de tales sucesos andaba 
ya doña Anastasia, quien no cabía en sí 
de rabia, al pensar que su hijo se rebajase 
hasta el punto de manifestar interés por 
Una hospiciana. Y aquel tema, unido á la 
ligereza de Prudenciano y á su desorde- 
nada' manera de viyir, había ido á atizar 
los disgustos y altercados que tenían cons- 
tantemente madre é hijo ; y como Con- 
suelo y Socorro terciaban en ellos con 
lengua agresiva, había acabado su casa 
por convertirse en olla de grillos, heryí- 

■ dero de pasioncillas y babel de gritos y 

' mánpteos. 

.Y no era eso lo peor, sino que Schultze, 
5 según noticias fidedignas que se teman, se 
. había consagrado también á cortejar , á . 

Paulina; lo que , significaba que los bonos 
■. de Socorro andaban por el suelo en su 
• corazón. Era público y notorio que el ale- 
-■mán solía rontjar por el Hospicio, proba- 
.:.blemente con la esperanza, de ver -á su 
;; adorado ^ tormento asomada á -alguna de 
•'.las altas ventanas del edificio, ó inclinada 
n^^bte Ja barda de la azotea; y aun ; había 



■< 



2SO 

quien asegurase haberle visto ito pok^as 
noches hablando con la huérfana por al- 
guna de aquellas troneras ó claraboyas; 
como caballero cristiano con mora cauti- 
va de califa celoso y enamorado. 

Schultze en efecto, sin asomos de los 
escrúpulos de Grimm, á pesar de hallarse 
con Socorro en circunstancias análogas á 
las de su amigo con Berta, había empren- 
dido una verdadera campaña para con- 
quistar el corazón de Paulina, á cuyas 
manos había hecho llegar repetidas car- 
tas ; pero de él, segpín se sabía, no se bur- 
laba aquélla, como de Prudenciano, si 
bien, no por eso dejaba de quemarle la 
sangre con una porción de sospechas y 
temores, basados en esquiveces, coquete- 
rías y ligerezas. Sencillo y candido como 
buen hijo del Norte, hubiera sido dicho- 
sísimo, á haber puesto los ojos en joven 
cariñosa y tranquila; pero como se había 
dejado seducir por una sirena engañado- 
ra, sin conciencia ni corazón, él mis- 
mo no sabía por dónde iba, ni en qué 
escollos ó arrecifes iría derecho á «s- 
trellarse. A decir verdad, sentía la joven 
alguna inclinación á favor de Gustavo, y 
le quería cuanto le era posible querer, que 
no era mucho; pero su índole falsa y re- 
trechera se sobreponía á todo, y á lo me- 
jor se olvidaba de Schultze, y se ponía á 
sonreír con el militar por su traje, con el 
abogado por su sombrero de s«da 6 con 



251 

; el seminarista por sus hermosos ojos. 

, Gustavo, entretanto, iba palideciendo y 

■ adelgazando, porque aquel régimen des- 
grasador era más rápido y eficaz en sus 
efectos, que la misteriosa tiroidina. t^ 
Había influido poderosamente en el áni- 

' mo travieso de Paulina, para inducirla á 
conquistar á la vez los homenajes de Pru- 
denciano y los de Schultze, el maligno de- 
seo de molestar á las "de" Dena, cuyo 
menosprecio y desaires no podía ni quería 
olvidar. Era para ella una satisfacción de 
gran monta, la de mirar á sus pies supli- 
cante y rendido, al hijo de aquella dama 
encopetada, en cuyos ojos había visto re- 
tratados el desdén más insolente y la alti- 
vez más injuriosa la mañana del concierto, 
y tanto era así, que, á ratos, se consi- 
deraba capaz hasta de casarse con Pru- 
denciano, sólo por hacer rabiar á su futu- 
ra suegra y á sus futuras cuñadas. 

Su conducta doble y falaz, y la persua- 
sión que abrigaba de que sor Ignacia y 
las otras religiosas reprobarían cuanto iba 
'haciendo, y aun la increparían duramente 
por ello, la indujeron á no confiar á al- 
ma viviente las urdidumbres que tejía ; si 
bien no pudo evitar que Berta lo adivi- 
nase todo y la censurase, aunque cariño- 
samente, por ello. - 

Berta, por su parte, había juzgado pru- 
dente consultar con sor Ignacia sus per- 
' sonales asuntos; por lo que, después de 






2St 

algunos días de vacilación, mostró á la 
superiora la carta que había recibido del 
alemán, pidiéndole consejo sobre lo que 
debería hacer y contestar. La religiosa 
quedó complacida de su proceder, y, ha- 
biendo recibido de la joven la sencilla y 
candida confesión de su inclinación hacia 
Grimm, opinó contestase á éste en térmi- 
nos indecisos, tanto para no parecer an- 
siosa de aceptar desde luego lo que se le 
ofrecía, como para disponer de alg^n 
tiempo de recogimiento y reflexión. En 
consecuencia, quedó establecida, con 
acuerdo de la madre, una correspondencia 
epistolar entre Julio y Berta, que pasaba 
por los ojos de sor Ignacia. 



% 



Ancianos y mendigos 

Iba Berta todos los días por la tarde 
á visitar á los mendigos, cuya sociedad le 
era muy g^ata. Ocupaban éstos uno de 
los departamentos más vastos del Hospi- 
cio, formado por enorme patio rectan- 
gular, embaldosado con grandes y lisas 
canterías y costeado poc elevados porta- 
les.. En el vasto espacio intermedio, había 
banquetas de piedra diseminadas de tre- 
cho en trecho, para comodidad y desean- 



- 253 

so de los asilados, y en el centro, una 
fuente de gran capacidad, alimentada por 
un surtidor de potente chorro, que salta- 
ba varios metros por la atmósfera, y di- 
vertía á los desvalidos con los brillantes 
reflejos y matizados cambiantes de su puro 
cristal. Terminadas las distribuciones deí 
día, salía la multitud abigarrada á vagar poi 
el espacioso recinto, y hormigueaba poi 
donde quiera paseando lenta y trabajosa- 
mente, aglomerándose é*n círculo en tor- 
no de la fuente, formando grupos en las 
banquetas ó echada por el suelo. Era 
aquel un mundo de miserables de todas 
edades y matices, que causaba tristeza: 
mujeres de rostro marchito y ojos lloro- 
sos, encorvadas y apoyadas en nudosos 
bordones, hombres de larga barba, cano- 
sa y revuelta, apenas capaces de sostener- 
se, niñps deformes, de cuadriles desenca- 
jados y pies torcidos, ciegos de paso in- 
cierto y ojos sin pupilas ó de cuencas va- 
cías y siniestras: un enjambre de seres 
abortados, vacilantes, inútiles, harapos hu- 
manos, el desecho social que no sirve pa- 
ra nada, desde el punto de vista del egoís- 
mo, y es una carga para los brazos váli- 
dos y laboriosos. 

La hermana consagrada á cuidar aquel 
departamento, se llamaba sor Águeda. 
Era alta, pálida y á tal extremo flaca, que 
parecía que al andar, iba á escurrírsele 
el hábito por las caderas, tan flojo así k 

PRICURS9RBS— l7 






¿54 

iba. Su rostro marchito, largo y estrecho, 
hacía una extraña impresión, visto de 
frente ; y parecía maravilloso que en aque- 
lla latitud tan tenue, hubiesen cabido los 
pequeños ojillos, la delgadísima nariz y 
la boca casi imperceptible. IMas era tal 
su dulzura, y tan suave el acento que salía 
,de sus descoloridos labios, que, aunque 
la primera impresión que producía era 
casi la del espanto, bien pronto se tor- 
naba en atracción y simpatía. 

Corría fama sor Águeda de ser profun- 
damente ascética, y se aseguraba que vi- 
vía sujeta á abstinencias y penitencias 
extraordinarias. Comía tan poco, que pa- 
recía increíble pudiese sostener la vida, y 
por las noches casi no dormía, por entre- 
gairse á la oración. Las hermanas de sue- 
ño ligero, aseguraban que, á poco de ha- 
berse recogido, volvía á levantarse p^ara 
ponerse de rodillas y continuar rezando. 
Sin duda por eso se había debilitado su 
organismo antes de tiempo, y estaba con- 
vertida en una anciana, á pesar de que 
apenas pasaría de los cuarenta años. 

No solamente cuidaba á los mendigos, 

sino que los quería con ternura. Nunca se 
enfadaba con ellos, les hablaba con inva- 
riable afabilidad y tenía la mayor toleran-? 
cía para sus faltas y defectos ; y lo más 
notable de todo era, que parecía no sentir 
repugnancia hacia aquella pobre gente, á 
pesar de ser pulcrísima de suyo la reHgio- 



sa, y limpia como una gota de agua ; y 
cuenta que había individuos en el departa- 
mento, que hubieran causado ascos al ma- 
rino de estómago más resistente. La her- 
mana misma, con sus diáfanas y huesudas 
manos, peinaba cabezas desgreñadas, la- 
vaba manos inmundas, acariciaba mejillas 
terrosas y abrazaba cuerpos pestilentes; 
pues, aunque segiín el régimen del esta- 
blecimiento, tenían las hermanas particu- 
lar cuidado con la higiene de los asilados, 
éstos, por hábito ó flaquezas del organis- 
mo, se daban maña para contrariar las 
pragmáticas del aseo y del bien parecer, 
y ó no se lavaban ni cambiaban de ro- 
pas, ó á poco de lavados y vestidos de lim- 
pio, estaban tan sucios y destrozados 00^ 
mo Job en el estercolero. 

En justa compensación á tanto cariño y 
desvelo, era sor Águeda tiernamente ama- 
da por aquel pueblo doliente, y á su paso 
al través del melancólico departamento, 
era recibida con sonrisas amables, cor- 
diales salutaciones y bendiciones fervoro- 
sas. Y como la religiosa, por otra parte, 
gozaba de veras con la sociedad de los 
infelices, permanecía entre ellos cuanto 
podía, ayudando á andar á los cojos, pres- 
tando apoyo á los ancianos, guiando á los 
ciegos y hablando cariñosamente con to- 
dos. Era su mayor gozo celebrar sesio- 
nes vespertinas con sus protegidos á la 
caída de la tarde, cuando el sol occiduo 

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'256 

proyectaba larga y parda sombra sobre 
el embaldosado. Entonces, sentada en una 
de aquellas banquetas y rodeada por el 
pobre auditorio, hablaba de Dios, de las 
miserias de la vida, de las bellezas de la 
gloria, de la significación que tenían los 
trabajos humanos y de las recompensa»; 
que guarda el Criador á los que sufren lai 
prueba con resignación y mansedumbre. 

— Dios Nuestro Señor, hijos míos, de- 
cíales la buena madre, no fué amigo de 
los ricos ni de los poderosos, sino de los 
pobres y pequeños ; para ellos guardó sus 
enseñanzas y su amor. El pobre es predi- 
lecto de Dios ; y el mismo Salvador, á su 
paso por el mundo, quiso profesar la pa 
breza. A los paralíticos, á los ciegos, á los 
leprosos, los estrechó contra el seno, y los 
libró de sus dolencias con sólo que cre- 
yesen en Él, lo confesasen é invocasen su 
santo nombre. El nos ha enseñado que las 
riquezas son carga pesada, que hace tro- 
pezar y caer á las almas débiles, y que es 
difícil para los dichosos de la tierra entrar 
en el reino de los cielos ; mientras en sus 
bienaventuranzas nos ha dejado clara y 
hermosa promesa de que todos los que 
sufren por El, han de estar con El en el 
Paraíso. "Bienaventurados los que lloran, 
porque ellos serán consolados;" lo que 
quiere decir que la tristeza y el dolor son 
una mística preparación para el cielo. Ten- 
gan ustedes confianza en la misericordia 



257 ' 

divina, hijos míos, porque ella, que ha vis- 
to vuestros sufrimientos durante la exis- 
tencia, sabrá volvéroslos felicidad y alegría 
después de la muerte; lo que importa es 
amarle y servirle. La vida es breve y se 
nos escapa con la respiración á cada mo- 
mento; á la hora menos pensada, llega la 
muerte y nos arrebata del placer ó del do- 
lor, y más allá del sepulcro comienza la 

verdadera vida La vida es la noche, 

oscura y triste, llena de terrores y fantas- 
mas ; y la muerte es como el amanecer, 
cuando sale el sol por el Oriente y con su 
luz todo lo ilumina y llena de vida. Nues- 
tro Señor es el Sol de la eternidad que han 
de ver nuestros ojos. 

Los menesterosos, qué vivían pendien- 
tes de sus labios, oían su palabra como 
blanda música, bajada de lo alto, y, por 
más obtusas que fuesen sus inteligencias, 
y por más cerrada que fuese su ignoran- 
cia, percibían en el fondo de la concien- 
cia el influjo de su predicación, como rayo 
de luz tenue y risueño que acariciaba sus 
dolientes espíritus. Aquellas humilías ter- 
minaban al caer el crepúsculo, cuando el 
sol se ocultaba á lo lejos, y comenzaba la 
sombra, luchando con las postreras luces 
del día, á extender su melancólico velo so- 
bre las cosas ; cuando los pajarillos volvían 
de sus excursiones aéreas, á las copas de 
los árboles ó á las cornisas del patio para 
refugiarse en los nidos, piando melancólica- 



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258 

mente, y cuando las campanas de Fópoli, 
que parecen un armonioso carillón, des- 
pertaban en el alma sentimientos místi- 
cos de adoración y de plegaria. En medio 
de aquel conjunto de bellezas ópticas y 
solemnidades acústicas, el grupo conmo- 
vedor de infelices envangelizados por la 
monja pálida, parecía una resurrección de 
antiguos y olvidados cuadros ; parecía 
evocación de aquellos tiempos heroicos 
en que el Evangelio del Nazareno comen- 
zó á cundir entre el pueblo indigente, 
y era infiltrado en el espíritu de las mu- 
chedumbres, por todos los creyentes con- 
vertidos en apóstoles. i 

Berta acompañaba á sor Águeda en 
aquellos santos empeños, y permanecía á 
su lado tan embelesada como los más mí- 
seros, al encanto de su palabra y á la vi- 
bración de su acento, que parecían de 
otros mundos ; y era tal la impresión que 
aquélla y éstos le producían, que se ima- 
ginaba á las veces, ((ue la monja extenua- 
da y casi diáfana, era ima alma incorpórea, 
envuelta en sutil periespíritu y bajada 
á la tierra con misión de cosechar corazo- 
nes para altos destinos y castos é infinitoí- 
amores. 

La caridad de Berta se repartía ta'mbién 
como pan bendito entre aquellos infelices. 
á quienes prestaba todo género de servi- 
cios y mostraba toda suerte de atenciones!i 
Hagamos rápida mención á este propósi- 



:0^ 



259 

to, de algunas de las principales figuras de 
aquel triste departamento, para conocer á 
los protegidos de la joven. 

Doña Dorotea López era una anciana 
de pasados setenta años, pequeñita de es- 
tatura, blanca de color, delgada y desme- 
drada de carnes, de facciones finas y de 
notable calvicie en la parte alta de la fren- 
te. Procedente de familia acomodada, se 
había desposado cuando joven, con un mi- 
litar de nombradía, que llegó á ser coman- 
dante de las armas en Fópoli, por lo que 
la señora López había ocupado en tiem\ 
pos antiguos un lugar visible y prominen- 
te en la ciudad. Todavía recordaban los 
más viejos, haberla visto en teatros y sa» 
raos, bien vestida y alhajada, rodeada de 
amigos y aduladores, figurando siempre 
en primer término ; y parecía imposible 
que ella, que había sido tan guapa feste- 
jada en sus buenos tiempos, hubiese ido 
á parar,* cuando vieja, á un asilo de men- 
digos para no morirse de hambre. Era 
que doña Dorotea había perdido uno á 
uno todos los miembros de su familia, y 
que, como nunca había tenido hijos, ni 
fortuna, juntamente con la soledad, había 
ido cayendo gradualmente en la pobreza 
y en la miseria. Y como era demasiado or- 
gullosa y delicada para pesar sobre na- 
die, ó pedir favores á sus antiguos cono- 
cimientos, había preferido acogerse lisa 
y llanamente á la caridad pública, á pedir 



":-w: rr 






**■< 



260 



prestado, recibir desaires y ser gravosa á 
persona alguna. 

Por de contado que sor Ignacia, desde el 
punto y hora en que tuvo conocimiento i 
de su historia y desdichas, se interesó vi- ;; 
vamente por ella y le brindó acogida ca- ., 
riñosa en el Hospicio ; y para que la re- 
clusión y la nueva existencia en que iba á 
entrar, no le fuesen demasiado penosas, 
le proporcionó un cuartito independiente • 
y aseado, en soleado y alegre pasadizo, el . ' 
cual aposento, aunque pequeño, podía ser- 
vir para cómodo alojamiento de una per- . 
sona sola. Ahí colocó doña Dorotea los 
muebles que pudo escapar del naufragio : ' 
una cania de latón, un ropero de cedro, '; 
un buró, una mesa de estorbo, un cana- 
pé, algunas sillas de caoba y algunos obje- 
tos de ornato ; y así quedó, en cuanto fué 
hacedero, bastante bien instalada. Era tan 
hacendosa y tenía tan buen gusto para to- 
do, " que daba placer mirar su cuartito 
siempre limpio, arreglado y oloroso, co- 
mo de niña alegre y llena de ilusiones. 
Nunca faltaban flores en búcaros de por- . 
celana sobre su mesa, ni cuadritos por las ■ 
paredes, ni listones de adorno en las repi- 
sas ó en el respaldo de sus sillas. Aparte 
.^' de eso, peinaba la buena señora con par- 

■; ticular esmero el pelo escaso y blanco co- 

mo la nieve, dividiéndolo hacia los pa- 
rietales en bandas lisas y onduladas, que 
le bajaban Hasta la mitad de la oreja; y, 






261 



asegurando en la nuca el poco kbultadc 
moño, trababa en él los finos y largos dien- 
tes de una alta peineta de carey con incrus- 
taciones de oro, que había conservado. Sus 
trajes, siempre limpios y bien planchados, 
eran de forma antigua é iban sujetos á la 
cintura con bandas de la misma tela del 
talle ; y llevaba falda corta, manga estre- 
cha y abierto el corpino en ángulo agudo 
sobre el pecho. Para ocultar el escote, á 
que fueron tan dadas nuestras abuelas, 
cruzaba sobre el seno grandes pañuelos 
de seda de colores vivos, y para sujetar las 
dos partes sobrepuestas, hacía uso de un 
enorme fistol de oro, de gruesa y redonda 
cabeza. Una de las debilidades de que no 
había podido despojarse la buena señora, 
era la del calzado. En su tiempo, hombres 
y mujeres fijaban especial atención en el 
tamaño del pie y en la elegancia del zapa- 
to; y ella, que se las daba de tener muy 
fin^s y pequeños los apéndices inferiores, 
procuraba calzarlos lo mejor que la jpobre- 
za se lo permitía. El poco peso que le ha- ; 
bían dejado los años, y la vida sedentaria 
que llevaba, le ayudaban, por fortuna, á 
mantener eri brillante estado de servicio 
los elegantes chapines de antaño, y ciertas 
medias de seda calada y "de patente," que 
formaban todo su orgullo ; por lo que le era 
permitido continuar llamando la atención 
hacia la belleza de aquellas sus extremida- 
des, tan finas y bien modeladas. Y como se 



*.-'j'4\.-: 



i^;:' 



262 

daba cuenta de todo ello, estaba hecha á la 
costumbre de acomodar, al sentarse, de tal 
'modo la falda, que diese paso á los piece- 
citos diminutos, que solia cruzar uno so- 
bre otro para dejar ver su pequenez in- 
fantil, y lucir así el empeine elevado y el 
arqueado hueco, perfectamente revelados 
al través de la malla finísima de la media, 
y del satinado zapato de color de perla 
con suela apenas maculada por el polvo del 
pavimento. 

Paulina y Virginia buscaban mucho la 
compañía de aquella amable anciana, por- 
que conservaba de su antigua historia una 
gran finura de maneras, un tacto exqui- 
sito, y una excesiva y aristocrática deli- 
cadeza ; y como unía á todo eso una in- 
teligencia nada común y una experiencia 
bien aprovechada, podía ser considerada 
como un.a ninfa Egeria de gran utilidad 
y valor. Desde que descubrieron aquel te- 
soro, acostumbraban ir, siempre que po- 
dían, á charlar con ella, y pasaban largas 
horas haciéndole confidencias ú oyendo el 
relato de tantas cosas y personas como 
ella habla visto ; pues era como libro doc- 
to y bien nutrido para quien sabía hojearlo 
y revolverlo. Tenía, además, la ventaja 
de que conservaba muy buenas relaciones 
sociales, y como salía á la calle cuando 
quería, era excelente para tomar y dar 
informes de cuanto se había menester. 
.Para festejarla v manifestarle cariño, so- 



263 ':% 

lían Berta y Virginia regalarla con su i 
cantos al son de la guitarra; y la señora 
se ponía triste y pensativa al escucharlos, 
recordando cosas viejas é idas, porque 
no hay nada que avive tanto las memorias 
del pasado, como el blanco acento de la 
música. 

Don Sabas Machain era un notario de- 
crépito que, no pudiendo trabajar, había 
sido internado en el asilo por sus amigos, 
ya que sus hijos, mocetones robustos que 
se ganaban buenos sueldos en el comercio, 
no se dolían de él, y le dejaban perecer de 
hambre y miseria en humilde cuartucho. 
Don Sabas tenía la razón cabal, aunque su 
cuerpo se negara casi á sostenerle ; así que 
llevaba clavado en el corazón el dardo 
cruelísimo de la ingratitud de sus hijos. 
En eso pensaba día y noche, y no tenía 
más conversación que la de ellos. 

— ¡Ingratos! decía con acento trémulo, 
¿ por qué me abandonan ? ¿ No saben que 
me deben la vida? 

Y lloraba como vn niño al hablar de su 
desventura. Berta le había cobrado interés 
precisamente por eso. 

El más desdichado de todos los ancia- 
nos predilectos de Berta, era don Lino 
Torres. Nadie sabía lo que había sido en 
sus buenos tiempos, ni de dónde había 
venido ; sólo se conocía su nombre, por 
haberlo llevado escrito en un papel mu- 
griento, que fué hallado en una de sus 



304 

faltriqueras, cuando ingresó en el asilo. 
Era alto y robusto, y cuando no le había 
atacado todavía la terrible enfermedad de 
que adolecía, debió haber sido guapo y de 
buen ver; pero ahora, aquella misma ro- 
bustez inútil y aquella estatura encorvada, 
causaban, por el contraste, más pena que 
admiración. Una congestión le había pues- 
to en aquel estado, pues derramada la 
sangre en la masa encefálica, había inte- 
resado ciertas partes del cerebro, que go- 
bernaban y presidían el movimiento de la 
mitad derecha del cuerpo, produciendo en 
ella la consiguiente parálisis. Su organis- 
mo todo, por ese lado, andaba desquiciado 
y contraído : sesgo el rostro, oblicuo un 
ojo y caídas una de las ventanillas de 
la nariz y una de las comisuras de la bo- 
ca. El brazo diestro, siempre en cabestri- 
llo y recogido en ángulo agudo sobre el 
pecho, dejaba flotar la mano inerte y flo- 
ja sobre el pecho, como inútil y lacio ha- 
rapo, mientras la pierna correspondiente, 
muerta y sin gobierno, iba á remolque 
de la sana, con el pie caído y descoyunta- 
do, raspando el suelo con la punta del za- 
pato. Aparte de eso, aquel robusto vale- 
tudinario había quedado totalmente afá- 
sico, aunque oía bien y parecía haber 
conservado la razón, porque obedecía en 
cuanto se le ordenaba y tenía la mirada, 
lúcida. Era penoso observar los esfuer- 
zos que hacía por darse á comprender, 



265 ■ ■: '" -I--- 

agitando nerviosamente la mano válida, 
produciendo sonidos broncos é inarticula- 
dos con la boca y haciendo torpes y deses- 
perados visajes. Lo más penoso para él, 
era que la atonía de su esófago, le ponía 
en peligro de ahogarse cada vez que co- 
mía, por lo que era preciso ponerle los 
alimentos en la boca con suma cautela, 
como á niño recién nacido. De ese minis- 
terio se encargaban las hermanas, y muy 
especialmente sor Ignacia, quien solía acu- 
dir á su lado á la hora del refectorio para 
alimentarle por su misma mano. 

— Venga acá el viejo, le decía blandien- 
do la cuchara; vamos á ver si aprende á 
comer. ó:.- . \ - 

Los ojos de don Lino chispeaban de 
gratitud al ver á la madre, y brotaban de 
su garganta gemidos desgarradores, que 
querían ser palabras. La superiora com- 
prendía su significado, y seguía diciendo : 

— No hay que fatigarse, don Lino ; la 
cosa no es para tanto. 

Nunca faltaba tampoco á esa hora, cer- 
ca de la religiosa, el pobre muchacho Ate- 
nójenes, que corría á saludarla en cuanto 
la columbraba. Era idiota, de frente abul- 
tada, pómulos como puños, boca en forma 
de pico y mandíbula inferior deprimida y 
minúscula. No tendría más de catorce 
años, y aunque imbécil, sentía, sin duda, 
la necesidad del abrigo materno, porque al 
ver á la superiora, se le acercaba con mi- 



266 

mo, y se daba á gritar con voz fuerte y 
s,in descanso, como máquina descompues- 
ta : 

— ¡ Mamá ! . . . . ¡ mamá ! . . . . j mamá ! . . . 

No sabía decir más que eso. Para pedir 
lo que deseaba ó contestar lo que le era 
preg-untado, para quejarse de cualquier 
dolor ó manifestar alegría, y para desaho- 
gar su cólera ó dar á conocer su regoci- 
jo, no tenía más frase que aquella : ¡ ma- 
má!" "; mamá !".... y siempre "¡mamá!" 

Berta y Virginia eran el solaz y la ale- 
gría de aquellas pobres gentes. Sistemáti- 
camente, al comenzar y al concluir la dis- 
tribución de la tarde, se acercaban á don 
Lino y don Sabas para saludarlos y char- 
lar un rato con ellos. 

A don Sabas solía decirle Berta cari- 
ñosamente : 

— ¡ Ea ! don Sabas, no hay que darse 
á la pena, piense que á nadie le falta Dios, 
y que hasta en los mayores sufrimientos 

aparece manifiesta su misericordia 

Aquí nos tiene á Virginia y á mí resueltas, 
si usted nos lo permite, á llenar el hue- 
co de sus hijos en cuanto sea posible .... 
aunque indignas. 1 

• — No diga usted eso, niña, replicaba el 
anciano ; mis hijos son tan ingratos, que 
no sirven ni para descalzar á ustedes. 

— Siendo así, proseguía Berta, ¿quiere 
usted ser nuestro padre ? . . . . Virginia y 



267 

yo, que 110 conocimos al nuestro, le da- 
remos ese nombre, si nos lo permite. 

— De mil arfiores, contestaba el notario 
enternecido. 

— Pero ha de ser con una condición, 
proseguía Berta. -; - r 1 

— La que usted guste. 

— Que usted también ha de decirnos hi- 
jas. 

— Arreglados, replicaba don Sabas un 
tanto olvidado de sus negras ideas ; con 
mucho gusto, hijas mías. 

— Gracias, papá, continuaba Virginia. 

— Y ahora, seguía diciendo alegremente 
la primera ¿no quiere usted que le can- 
temos alguna cancioncita para que se le 
vaya la tristeza? Recuerde que cuando el 
rey Saúl estaba dominado por ella, pul- 
saba David el arpa y lograba desvane- 
cérsela, como el toque de la campana ben- 
dita aleja las negras nubes. 

— Si ustedes me hacen el favor, tendré 
especial complacencia en oírlas. 

— ¿Dónde me siento? preguntaba Vir- 
ginia. 'En pie no puedo tocar á gusto, ne- 
cesito sentarme. 

— Vamos al patio, decía don Sabas, ahí 
hay buenas banquetas. 

Y el grupo se dirigía á ese lugar y se 
acomodaba en alguno de aquellos duros 
y toscos asientos. - 

— ¿Qué quiere usted que le cante, papá? 
Preguntaba Virginia, volviendo hacia el 



'.%'■ " 



■ 5' 



268 ^ 

anciano cariñosamente el rostro de ojos 
inmóviles. 

— Lo que usted guste, respondía don 
Sabas: todo su repertorio. 

— Ninguna cosa triste, Virgen, replicaba 
Berta: ahora no estamos para tafetanes, 
como la Magdalena. 

— En ese caso, será algo juguetón y 
chancero. 

— Eso es. ¿Qué dice, usted, papá? 

— Ya les dije, hijas mías, que me pongo 
enteramente en sus manos. 

— Pues será, "El Murciélago." ¿qué le 
parece? interrogaba Virginia. 

— Excelente, contestaba el notario. 

— Pues allá va, continuaba la ciega. 

Y después de registrar la guitarra para 
cerciorarse de su afinación, y de torcer al- 
gunas clavijas para restirar las cuerdas 
flojas, cantaba con graciosísima voz y sa- 
lada gesticulación en el semblante: 

"En noche lóbrega 
Galán incógnito 
Las calles céntricas 
Atravesó, 

Y bajo rústica 
Ventana gótica, 
Pulsó la cítara 

Y así cantó: 

"Morena, ábreme 
La alcoba mística. 
Que ni los pájaros 
Lo sentirán: 



209 . '■ -^'"^ '. 

Está la atmósfera ^' ' ■ 

Vertiendo lágrimas, ;. 'Tí 

Y sopla un ábrego '"' 
Que hace temblar. 

La bella sílfide 
Que oyó aquel cántico, ^; ' 

Entre las sábanas 
Se acurrucó; 

Y dijo: "¡Cascaras! 

Ese murciélago ' 'i 

Canta muy lánguido í 

No le abro yo!" 

— ¡Bravo! ¡bravo! gritaba don Sabas 
entusiasmado con la gracia de la canción 
y el acento de la artista. ¡Bravo! ¡bra- 
vísimo ! . . . . Ya me figuro la escena ! . . . . 
Hasta me dan ganas de estornudar. 

— Y acaso, decía Berta con malicia, le 
recuerde algunas de ese mismo género en 
que haya figurado usted mismo con em- 
bozo hasta los ojos, sombrero de anchas 
alas y guitarra en la mano. 

— Bien puede ser, respondía don Sabas 

con aire misterioso, bien puede ser 

Sólo que de eso hace ya muchos años. 

— ¿Como cuantos? preguntaba Virgi- 
nia. 

— Bien hará el doble de la edad de us- 
tedes dos .... -Como sus edades sumadas : 
unos cuarenta años. 

— ¿Cómo se llamaba "ella?" saltaba 
Berta. 

< — i Curio'sillas ! exclamaba don Sabas 

Pricurs«res— x8 



■ 270 

riendo de buena gana y libre por un ins- 
tante de sus penas. ¡ Dejaran de ser hijas 
de Eva ! 

— Sí, papá, replicaban en coro las dos 
amigas ; pero ahora nos lo va usted á con- 
tar. 

— Bueno, ya que ustedes to quieren, van 
á saberlo. 

Pero como al rasgueo de la guitarra y 
al halago del dulce canto, iban saliendo 
por todas las puertas de los dormito- 
rios y arcos del corredor los cuitados 
habitantes del departamento, no le era da- 
ble á don Sabas entrar en materia, á pesar 
de sentirse ya muy lanzado; y decía con 
voz recatada: 

— Viene gente ; ahora no podrá ser. 

— Pero ¿nos promete contárnoslo otra 
ocasión? interrogaban las jóvenes. 

— Lo prometo. ¡ \ 

— ¿ Palabra ? 

— Palabra y fe de notario, concluía don 
Sabas (que no logró nunca acabar de re- 
ferir su aventura), con la solemne grave- 
dad de un tabelión engreído con sus títu- 
los. 

Y como la muchedumbre se aglomera- 
ba en torno de la banqueta pidiendo canto 
y gfuitarra, no había más remedio que dar- 
le gusto ; así que la ciega con el mejor 
talante del mundo, soltaba el trapo á la 
garganta y á la mano, espigando aquí y 
allá en su abundante repertorio ; y. mien- 



■«ÍSSv 



tras cantaba, no la perdía de vista José, 
que era el primero en acudir al reclamo 
de la música. Y como Virginia, aunque 
no le miraba, le sentía cerca, se dirigía 
á él invariablemente al concluir cada, can- 
ción, diciéndole : 

— ¿Qué te parece ésta, José? ¿Te gusta? 
¿ó prefieres otra? 

— Todas las que cantas me agradan, ya 
lo sabes ; pues lo que me encanta es tu 
voz, contestaba el carpintero. Sigue, si- 
gue cantando. 

Virginia sonreía satisfecha al oírle, y 
continuaba gorgeando por largo tiempo 
como una avecilla del bosque. 



VI 

El "Stabat Mater" 

Quiso celebrar sor Ignacia el Viernes 
de Dolores del siguiente año con una so- 
lemne función nocturna, en la cual toma- ^ 
sen parte los más aventajados alumnos 
y alumnas del establecimiento, tanto con 
fines religiosos como para acreditar la 
buena enseñanza del Hospicio. Consulta- ; 
do sdbre el particular don Teodomiro, 
opinó, debía cantarse el "Stabat Mater" 
de Rossini, por ser pieza perfectamente 
adecuada al día, sumamente hermosa, y 



X 



272 

susceptible de gran desarrollo vocal é 
instrumental; por lo que la superiora, 
aceptando la indicación, dio luego traza á 
ponerla por obra. 

Como la partitura requiere, amén del 
coro, dos sopranos, un tenor y un bajo, 
dispuso don Teodomiro que dos pianos 
y una orquesta numerosa sirviesen á las 
voces de apoyo y acompañamiento ; de lo 
cual resultó un mundo de menesteres y exi- 
gencias de tal modo complicado, que para 
dar fin y remate á tan vasto proyecto, fué 
preciso echar mano de todos los elemen- 
tos artísticos conocidos en Fópoli, tanto 
en la línea de cantantes como en la de 
músicos. Gómez y Pérez tomó por su 
cuenta asegurar la cooperación de los can- 
tantes varones y los instrumentistas más 
acreditados del lugar, y sor Ignacia, ape- 
lando á sus buenas relaciones sociales y 
"á las discípulas más distinguidas del Co- 
legio, antiguas ó modernas, echó sobre sí 
el compromiso de procurar buenas can- 
tantes. Para llevar á feliz término lo ofre- 
cido, pasó recado la madre á varias jóve- 
nes ex-alumnas del Hospicio, rogándoles 
se sirviesen tomar parte en la fiesta, y 
entre otras, á las señoritas "de" Dena, 
quienes se prestaron de buen grado á co- 
municar el esplendor de sus mE^níficas 
personas á tan solemne acto. 

Joaquín figuró como oboísta en el gru- 
po de los filarmónicos más distinguidos, 



273 

ó "profesores," como enfáticamente les 
llamaba don Teodomiro ; y por lo que ha- 
ce á Julio y Gustavo, fácil les fué hacerse 
aceptar también como instrumentistas, 
pues, además de ser "dilettanti" de talen- 
to, contaban con la recomendación de las 
señoritas Denas. Con esto, tuvieron cien 
oportunidades de ver el uno á Berta y el 

' otro á Paulina, pues, para ensayar debi- 
damente la obra y ponerla en estado pre- 
sentable, se reunían los artistas casi to- 
das las noches, bajo la entusiasta direc- 
ción de don Teodomiro, quien todo lo 
ordenaba y disciplinaba con potentes vo- 
ces y nerviosa batuta. Con aquella oca- 
sión, se charlaba, bromeaba y pasaba el 
tiempo con agrado. Socorro, Consuelo, 
Berta, Paulina, los alemanes y Pruden-. 
ciano, se encontraban frecuentem'ente 
reunidos y cara á cara, resultando de su 
contacto, ya satisfacción para los unos, 
ya despecho para los otros. Berta, recata- 
da y tímida, apenas daba á conocer su 
inclinación hacia Julio, y éste, respetan- 
do su modestia, se limitaba á" mirarla á 
hurtadillas y á tratarla con exquisita finu- 
ra cuando le hablaba; pero las Denas, 
que no les quitaban la vista de encima, 
sorprendieron algtinas miradas de semi- 

.--^nteligencia ' entre ellos. Por fortuna, la 
presencia é intervención de sor Ignacia, 
que estaba advertida de todo, evitó cho- 
ques y rozamientos desagradables, y pu- 



274 ' 

dieron pasar los sucesos en paz relativa y 
sin dar lugar á notorios disgustos. 

Sólo Paulina solía alborotar la reunión 
de tiempo en tiempo, con sus ligerezas y 
travesuras, pues, aunque se inclinaba vi- 
siblemente á favor de Gustavo, no dejaba 
por eso de hacer ojos tiernos á Pruden- 
ciano, y esto, visto y observado por las 
"de" Dena y otras personas, dio causa 
á no pocas pullas, indirectas, escándalos 
y comentarios. Y como la joven carecía 
de prudencia y no se curaba de nada, por- 
que para ella nada había temible ni com- 
prometedor, acabaron Gustavo y Pruden- 
ciano por echar de ver que ella los tenía 
como en una balanza de favor y disfavor, 
y sube y baja, lo cual los llevó á tomarse 
una ojeriza y una inquina muy hondas. 
Observado el conflicto por Paulina, no 
pareció apesadumbrarse por ello, sino an- 
tes bien, divertirse grandemente, pues su 
conducta toda entera, tenía por objeto pal- 
pable poner frente á frente á aquellos sus 
adoradores, para divertirse con sus celos, 
reírse de sus rabietas y gozar con el es- 
pectáculo de su rivalidad. Aquellas intri- 
guillas, comedias y saínetes, concluyeron 
sólo con los ensayos. i 

Llegó por fin la fecha fijada para el con- 
cierto. La clase de música apareció aquella 
noche profusamente iluminada con apara- 
tos de gas suspendidos del techo, y velas de 
esperma colocadas en candelabros murales. 






,275 

Uno de los extremos del salón fué desti- 
nado al grupo de los artistas, y en él se 
colocaron dos magnífilsos pianos "Chicke- 
ring," el facistol de don Teodomiro y los 
atriles de la orquesta; en el otro, se eri- 
gió el altar de la Dolorosa, llamado "in- 
cendio" por los vehementes fopolitanos, 
á causa del gran número de luces que 
suelen arder en el ara en tales ocasiones, 
semejando una conflagración por su ful- 
gor vivísimo. Como á la mitad del muro, 
por el lado del altar, fué suspendido un 
enorme y ensangrentado Crucifijo, que 
producía admiración por su acabada be- 
lleza escultórica, y compasión por lo la- 
cerado y sangriento de su bendito cuer- 
po; á sus plantas se colocó la escultura 
de la Virgen María con túnica morada y 
manto azul, convertido el afligido rostrd 
á su amado Hijo, llorosos los ojos, encla- 
vijadas las manos, y con una brillante es- 
pada de plata, cuya empuñadura cintilaba 
con las luces de los blandones, sumergida 
en el acongojado seno. La escena se des- 
tacaba sobre el fondo verde oscuro de 
tupidos ramajes de cedro, acomodados 
contra el muro para figurar un boscaje. 
Sobre los blancos manteles del altar, can- 
deleros y candelabros cuajados de velas 
encendidas, alternaban con tiestos sem- 
brados de chía, cebada y albahaca, y con 
amarillas naranjas claveteadas de bande- 
ritas de papel plateado y adornadas- con 



^';6 

oró volador, con gran regocijo de ía vis- 
ta. El espacio comprendido entre el altar 
y la testera ocupada por la orquesta, fué 
destinado á la concurrencia, que en apre- 
tadas hileras de sillas, se apiñaba dando 
frente al "incendio;" lo que no impedía 
que, una vez comenzado el concierto, las 
, miradas curiosas se volviesen con más ó 
menos esfuerzo hacia el lado de la mú- 
sica, sin miramiento al altar, á los bendi- 
tos blandones y á las santas imágenes. 

A la hora señalada, y en medio de la 
espectación general, rompió la orquesta 
con la introducción, siendo inmenso ef 
efecto que produjo el "solo" coreado ; 
y cuando las voces de las sopranos, del 
tenor y del bajo se elevaron diciendo : 

"Stabat Mater dolorosa, i 

Juxta crucem lacrimosa." 

hubo en el concurso algo semejante á un 
escalofrío de goce y emoción. La ideal 
belleza de la obra imperecedera de Rossi- 
ni, el expresivo acento de los cantantes 
y la excelencia y robustez de la orquesta, 
formaban un conjunto magnífico ; el re- 
cuerdo del lejano drama del Gólgota, y 
del dolor incomparable de la Virgen ai 
pie de la Cruz, vinieron más ó menos dis- 
tintos, á mezclarse con aquellas impresio- 
nes en el espíritu de los circunstantes. Y 
hubo, en los corazones como un eco de 
aquellos tormentos místicos, y en las al- 



* , 



^ 



mas como un aleteo dulce y poético ha- 
cia las épocas distantes del Martirio y el 
Amor, y hacia las plácidas regiones de la 
santidad infinita. Las voces, los pianos, la 
orquesta, todo sonaba con acuerdo ad- 
mirable, patético y majestuoso; se co- 
nocía que el maestro se había esmerado 
cuanto le había sido dable para preparar 
aquel gran golpe artístico, y que todos 
cuantos tomaban parte en la ejecución, mo- 
vidos por el estímulo, procuraban desem- 
peñar sus papeles no sólo á conciencia, sino 
también con "amore." Don Teodomiro 
estaba como fuera de sí y transfigurado, 
en el centro del círculo formado por la 
orquesta y los cantantes. El concurso en- 
tusiasmado, prodigó elogios y aplausos 
sin tasa á aquel gigantesco esfuerzo, he- 
cho á costa de inmensa labor y perseve- 
rancia, en teatro tan oscuro y destituido 
de recursos musicales como Fópoli ; y 
por lo que hace á los "dilettanti," hicieron 
las siguientes observaciones : que había 
en el coto una voz un poco desafinada 
(sin duda la de Paulina), que el oboe (to- 
cad9 por Joaquín), se destacaba con ad- 
mirable maestría y dulzura sobre la masa 
orquestral ; y que la voz más canora, 
patética y adorable de todas las que for- 
maban el grupo cantante, era la de Berta. 
Pasada la introducción, hubo unos mo- 
mentos de descanso, que fueron aprove- 
chados por las hermanas para distribnii 



^t-"' 



278 

entre los invitados, obsequios de limona- 
das y sangrías, y dulces y pastelillos de- 
licadamente confeccionados, todo ofreci- 
do en limpios garrafones de cristal y pla- 
teadas salvillas de elegantísimo aspecto. 
Los demás números de la partitura, si- 
guieron así alternando con entreactos de 
reposo, y sabrosos refrescos, hasta que 
llegó el pasaje culminante: 

I 
"¡Inflamatus et accensus 
Per te. Virgo, sim defensus!" 

que dijo Berta en medio del silencio ge- 
neral. Su voz se alzó con tal vibración, tan 
bien timbrada y dulce, que emocionó dd 
golpe al auditorio ; y vueltos los circuns- 
tantes á la joven, quedaron como suspen- 
sos al ver tanta belleza unida á un arte 
tan exquisito. Parecía que un ángel can- 
taba los dolores de María, que una voz 
del cielo revelaba á los hombres los mis- 
terios de la Pasión, que un acento sobre- 
humano bajaba sobre la tierra para ha- 
blar de los dramas eternos. Berta inter- 
pretaba de ordinario con sentimiento pro- 
pio cuanto cantaba ; pero nunca como en 
aquella ocasión, se había sentido tan vi- 
brante y conmovida. Era creyente, y ado- 
raba los inefables misterios de la Reden- 
ción ; era mujer, y se dolía con inmensa 
ternura de los dolores de la Madre de 
Dios; era huérfana y desgraciada, y co- 
nocía á maravilla la gama de la queja y 



■ 279 ■'■■■'■^^" 

el timbre del llanto. Su situación perso.- 
nal en la vida, el naciente amor que 
conmovía su alma, las risueñas esperan- 
zas que le sonreían para lo porvenir y la 
proximidad del ser amado, habían puesto 
en efervescencia y conmoción todos sus 
nervios al par que su soñador espíritu ; así 
que al verse ante aquel concurso selec- 
to, secundada por una orquesta magis- 
tral é interpretando una música divina, 
se sintió, transportada á la cúspide de su 
propia inspiración, y lialló en su gar- 
ganta acentos tan profundos é intensos, 
emocionados y sublimes, que no parecían 
salidos de labio humano. Y enardecién- 
dose más y más al eco de su propia voz, 
llegó á olvidarse de todo, de sí misma, de 
cuanto la rodeaba, del mundo entero, y 
cantó con todo el alma, con todo el co- 
razón, como si sus pensamientos virgina- 
les y sus sentimientos purísimos se hu- 
biesen hecho cadenciosos y sonoros en 
aquel punto y hora, y hubiesen lanzado 
al espacio su melodía soñada é ignota pa- 
ra encumbrarse hasta las regiones de la 
infinita belleza. El numen la había tras- 
figurado, bañando su rostro con un tinte 
sublime: pálida por la intensidad de la 
emoción, vueltos los ojos en alto y uncio- 
sa la mirada, como si orase y entreabrie- 
se el ruego sus labios, parecía una de 
aquellas figuras ideales que sólo ha podi- 
do producir el arte cristiano : un ángel de 



W'. 



■"«•7 •T'"-r^ 



280 

Fra Angélico de Fiésole ó un arcángel de 
Benozzo Gozzoli, absortos en la contem- 
plación del Santísimo Sacramento, ó ento- 
nando las glorias del Altísimo. Estático el 
concurso, la oía con recogimiento, como si 
escuchase una palabra santa, de profetisa 
inspirada ó sibila agitada por el numen, 
y murmuraba por lo bajo : 

— ¡ Qué hermosa ! 

— ¡ Maravilloso ! 

— ;Una ave del paraíso 1 

— ¡ Canta como un ángel ! 

Doña Anastasia y sus hijas, devoradas 
por una envidia sorda y mal disimulada, 
sufrían tormentos crueles al ver triunfar 
en toda la línea á aquella pobre criatu- 
ra, á quien habían juzgado poco digna de 
consideración, é insignificante ; y pensa- 
ban con despecho, que nunca ellas, á pe- 
sar de su fortuna, habían saboreado un 
triunfo tan legítimo ni grande como 
aquel. Paulina, que atizbaba descarada- 
mente el rostro de las "de" Dena, daba al 
codo á sus compañeras, llamándoles la 
atención hacia el gesto contrariado y an- 
tipático de doña Anastasia y sus hijas, y 
se burlaba visiblemente de ellas para ha- 
cer más agria é intolerable su pena; en 
tanto que Virginia, que formaba parte 
del grupo cantante, derramaba lágrimas 
de ternura, conmovida por las excelen- 
cias de la ejecución y radiante de júbilo 
por el triunfo de su querida Berta. Pe- 



."-'■- "281 ■' ■"'-"";■ V lí- 

ro en ninguno de los circunstantes reper- 
cutía tan hondamente la escena, como 
en Julio y Joaquín. Este, en vez de mi- 
rar el papel que tenía en el atril, no qui- 
taba los ojos de Berta, y mientras admira- 
ba estático el talento excepcional de su 
amada, . sentía crecer su amargura, pen- 
sando que ella no le quería, y que tanta 
belleza y ternura iban á hacer la felicidad 
de otro corazón y de otra vida; y domi- 
nado por tan amarga impresión, sentía 
los ojos inundados de lágrimas y olvidaba 
lo que hacía y dónde estaba, para sentir 
únicamente su propio dolor. 

Los afectos de Grimm eran de natura- 
leza bien diferente. Sintiéndose amado 
por la joven, no cabía en sí de gozo, como 
si hubiera sido rey de un imperio poderoso 
ó conquistador de inmensos dominios ; 
pero su satisfacción iba mezclada de tris- 
teza, pues tenía que marcharse de Fópo- 
li al siguiente día con motivo de urgen- 
tes negocios que le llevaban á Colima. 
Pensaba volver pronto ; pero no sabía á 
punto fijo en qué fecha. Así lo había di- 
cho á la joven en carta reciente. Aque- 
lla tristeza era, pues, común á los dot 
enamorados, pues Berta la sentía también 
. muy hondamente; de suerte que en su 
canto había hasta ese matiz de melanco- 
lía, que le daba mayor realce y misterio. 

Cuando concluyó el pasaje, rompió en 
aplausos el delirante concurso, é hizo 






y.. 



"282 ' ■ 

grande y cariñosa ovación á la soprano ; 
y viejos y niños, hombres y mujeres se 
levantaron de sus asientos y fueron por 
turno á felicitar á Berta, con entusiasmo 
cordial y sincero. Solamente doña Anas- 
tasia y sus hijas, afectando una indife- 
rencia que no sentían, no se movieron de 
sus sillas, lo que fué más perceptible en 
Socorro y Consuelo, por hallarse próxi- 
mas á Berta ; pero su mala voluntad pasó 
inadvertida para la joven, porqu'e en la 
inmensa y ruidosa oleada de tanto entu- 
siasmo, aquellos tres corazones envidio- 
sos no ocupaban sitio, eran tan invisibles 
é insignificantes como simples y misera- 
bles átomos. 

Casi al final del concierto, notó sor Ig- 
nacia que Paulina faltaba en el coro, y co- 
mo la conocía bien, y sabía de lo que era 
capaz, se alarmó por su escapatoria, y fué 
á buscarla por pasadizos y corredores ; y 
efectivamente, á poco andar, y guareci- 
dos á la sombra de una pilastra, encon- 
tró á Paulina y Prudenciano, en charla 
sabrosísima de amores, muy cerca el uno 
del otro, y estrechamente cogidos por las 
manos. La superiora al verlos, exclamó 
con acento indignado : 

— ¡ Paulina ! ¿ Qué haces ahí ? ; Vuelve 
inmediatamente al salón! 

— ¿Por qué me regaña, señora? inte- 
rrogó ella con descaro. ¿Qué he he- 
cho para eso? Este señor y yo no hacía- 



283 

mos más que conversar un poquito. ¿Es 
pecado hablar? 

— Hacías más que eso, Paulina; calla 
y obedece. 

La joven se apartó del sitio refunfu- 
ñando, é iba por el camino encogiéndose 
de hombros con visible malacrianza. 

— Y usted, caballero, continuó la su- 
periora, dirigiéndose á Prudenciano, ¿ Por 
qué viene á faltar así al establecimiento? 

— Señora, contestó el joven, no le he fal- 
tado en nada. 

— Lo he visto con mis propios ojos. 

— Se le ha figurado á usted. 

—Es inútil que lo niegue ; la señora do- 
ña Anastasia será informada de todo. 

Y dicho esto, volvió la espalda al mo- 
zalvete. 

La escena más gorda, no obstante, fué 
la que presenciaron doña Anastasia y su 
familia, cuando concluyó el concierto. Al 
dejar sus asientos los concurrentes y em- 
prender la retirada, unos iban y otros ve- 
nían, cruzando el salón en todos sentidos. 
Los artistas se mezclaron con la concu- 
rrencia y ésta invadió el sitio reservado á 
los músicos, con propósitos de fraterniza- 
ción y aplauso. Paulina y Gustavo aprove- 
charon aquellos momentos de confusión pa- 
ra escurrirse por una puerta lateral, ga- 
nar el patio de salida é internarse por las 
callejuelas del jardín; y allí, á la sombra 
de un copudo y recortado cedro, y oje- 



284 

yéndose á salvo de toda sorpresa, entra- 
ron en íntimo y animado coloquio, con 
gran contentamiento y solaz de sus cora- 
zones. Desgraciadamente, era tal el ruido 
que hacían los concurrentes al retirarse, 
que sofocaba los rumores próximos, y es- 
taban ellos mismos tan embelesados con 
su compañía, que se olvidaron de cuanto 
les rodeaba. Y sucedió que doña Anasta- 
sia y sus hijos, deseosos de abreviar el 
camino, acertaron á cortar por el centro 
del jardín, en vez de seguir por los co- 
rredores, y fueron á cruzar, por desgra- 
cia, junto al escondite donde se oculta- 
ban los enamorados ; y dicen malas len- 
guas, que aquella respetable matrona y 
su linajuda familia alcanzaron á vislum- 
brar, en la penumbra, á Paulina y Gustavo 
«en actitud comprometida, estrechamente 
■enlazados, unidos los semblantes y dan- 
do y recibiendo el uno del otro, tiernos, 
prolongados y multiplicados ósculos. 
¿Quién podría pintar la santa indignación 
de la pudibunda matrona en presencia de 
•escena tan poco edificante ? ¿ Quién des- 
cribir la ira de Socorro ante aquella prue- 
ba patente de la infidelidad de Gustavo v 
del triunfo de su rival? ¿Cómo encarecer 
la repugnancia de Consuelo ante conduc- 
ta tan baja y descocada? Pero todo fué 
nada, comparado con la cólera de Pru- 
denciano. ¿Era posible? La misma Pauli- 
.na, que había acaj^ado de burlar la vigi- 



Iiincia dé las hermanas* para cdtbmr «OQ 
él tin dialc^iipo á hurtadillas^ y dt p«rAlit 
tirle que le estrechase tenazments las'Éls?^ 
nos, era capaz de lanzarse á extremos tan 
inauditos como aquellos con otra barbu* 
do? Las ideas del joven se confvuu^Mi 
y' su despecho no cohoció limites. De 
favor á favor, era mayor, muobo ma^ner 
el otorgado á Gustavo. 

— i Descocada ! exclamó doña Anasta- 
sia, apresurando el paso para alearse' de 
aquella escena de horror. 

— j Indecente ! gruñó Socorro apretan- 
do los dientes y los puños. 

— i Sinvergüenza ! insistió la acñomi 
"de" Dena con amargo sarcasmo, diri- 
giéndose á su hijo. ¡Qué buen ojo y jai- 
cio has tenido para elegir novia! 

— 'Mamá, mamá, exclamó PhidtervéWwio 
exasperado. No me diga usted nada aHO- 
ra, porque estoy que se me pueden tos-r 
tar habasw 

: — Pues si no ahora, ¿cuándo te Ío be 
de decir? Es la ocasión oportaimi 

— Es la peor de todas, porque no ptte- 
do, ni quiero oír nada ; no sé Ib que me 
pasa. 

— ^Pues te lo he de decir, te lo be de 
decir, aunque no quieras, exclamar lá at- 
nOra. 'r' ;;;^ ;-ír - . . .' k/ y,-' 



Que nó 



Qtrc sí! r 

Pntdenciano ne quisó oír más; sino 



466 






que, soltando el brazo de la madre, dejó 
solas á las tres mujeres y corrió desafo- 
rado por medio del gentío. 
:• — Mamá, dijo Consuelo, valía más que 
no le hubieras dicho nada todavía. ¿ Á 
dónde se habrá ido? 

— ¡ Déjalo ! repJso doña Anastasia que- 
riendo darse serenidad á sí misma; ya pa- 
recerá. 

:: Y siguiendo hasta la calle, montaron 
én el carruaje ella y sus hijas, y se mar- 
charon á su casa. 

Aún no acababa de desbandarse el con- 
curso, cuando se oyeron gritos, interjec- 
ciones y carreras én el pórtico. La mul- 
titud alarmada, corría en todas direccio- 
nes, y en medio de chillidos de susto y 
palabras soeces que salían de lo más apre- 
tado de los grupos, sonaban exclamacio- 
nes de: 1 • '•- '. 

— ¡Policía! ¡policía! 

A los gritos y escándalo, salió ' Estcfa- 
na á ver lo que pasaba, y á la escasa luz 
del faroi' que pendía del techo del peris- 
tilo, vio á Prudenciano y Gustavo com- 
prórttetídos en un duelo descomunal de 
j)ug;ilato, dando y recibiendo fuertes pu- 
ñetazos en pecho y rostro, y persiguién- 

"dosre a coces por en medio de los espec- 
tadores, que pugnaban por separarlos. 
Los combatientes acompañaban sus gol- 
pes con altos y ordinarios denuestos, y se 

■^'íf<hb€stfán t'áh dexércay con tanto cora- 



¿Sí" 



je, que no permitían á los circunstantes 
establecer entre ellos una tregua de Dios. 
Tal era la fisonomía del combate cuando 
llegó el sereno del punto, atraído por el 
escándalo ; el cual personaje, enfocando 
sobre el grupo la linterna de hoja de lata 
y opaco vidrio que en la siniestra mano 
tenía, bañó de luz los rostros de los atle- 
tas, y los vio magullados, desfigurados 
y sangrando por nariz y boca. 

— ¡Quietos, señores, les dijo, ¡quietos! 
Soy el sereno. 

Pero como ellos, ciegos de rabia, con- 
tinuaban dándose mojicones, levantó la 
gruesa lanza que en la mano derecha 
blandía, y les aplicó con la contera dos 
recios golpes, uno á cada uno, en sitios y 
lugares que no pueden nombrarse, lo cuai 
fué hecho con tan buen resultado, que en 
el acto cesó la contienda, y ambos adver- 
sarios se pusieron en pie, sumisos y obe- 
dientes á tan elocuente intimación. 

— ¡ Vamos, caminen por ay ! ordenó im- 
perioso el guardián del orden. 

Y el drama concluyó en la Comisaria 
con una buena desvelada y una multa mu- 
cho mejor. 



■•?■>: 



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■'''■'>. 



IV . ■:■• "UTi;*:: 

Un tercero en discordia 

Al siguiente día, sábado de Dolores, 
cuando don Teodomiro llegó al Hospicio 
para dar á Joaquín la lección acostum- 
brada, halló á su pobre amigo sumido en ■ 
dolorosa postración. | 

— ¿Qué te pasa, hijo? le preguntó con 
tierna solicitud. 

— ¡ So}' un desgraciado ! repuso el jo- 
ven lanzando hondo suspiro. I 

— ¿Por qué, Joaquinillo? 

— Hace tiempo deseaba depositar en 
el corazón de usted este secreto. Necesito 
desahogarme con alguien, no es posible 
guardar para mí solo tantas penas. 

— Ya sabes cuánto me intereso por tí; 
á nadie mejor que á mí puedes hacer "de- 
positáreo" de tu confianza. Dime lo que 
te sucede, á ver si tiene remedio. 

— Estoy perdidamente enamorado de 
Berta. 

— Esa no es una novedad : amor, dine- 
ro y cuidado, nunca son disimulados. No 
hay quien no conozca tu secreto en todo 
el "Hospíceo.'' 

— Sí, señor ; pero no es eso lo que me 
aflige, sino que ella no me quiere. 

— ¿ Te lo ha dicho ya ? ¿ Le has declara- 
do tu "inclinaceón ?" 



— Sí, y me ha dicho que sólo me quie- 
re como amigo. 

— ^¿No es más que eso? .. ÍI'V 

— Hay algo más que me atormenta córi 
suma crueldad el corazón ; y es que quie- 
re á otro. 

— ¿Estás seguro de ello? ¿Cómo lo sa- 
bes? ¿Quién te lo ha dicho? No he oído 
hablar de ese noviazgo, y en el "Hospíceo" 
todo se sabe. 

— Nadie me lo ha contado ; lo sé por 
mí mismo. Los enamorados adivinamos 
los pensamientos del ser querido. ¿Sabe 
usted quién es el preferido de Berta? 
Pues es Grimm, el violinista que figuró 
en la orquesta del "Stabat Mater." Las 
sospechas que desde hace tiempo me 
atormentaban, las vi confirmadas anoche, 
al notar las miradas que ella y él se 
dirigían. 

— Hijo, no hay que llevarse de las apa- 
riencias; he notado que el alemán tiene 
ojos de borrego degollado. A mí mismo 
me ve como si se estuviera muriendo. Por. 
lo que hace á Berta, conocida es la dul- 
zura de los suyos. 

— No, maestro, estoy seguro de lo que 
digo : se veían entre sí como no ven á los 
demás. Me lo dice el corazón .... Por 
otra parte, al terminar el concierto, pre- 
sencié otro incidente. Berta llevaba una 
gardenia muy hermosa prendida en el 
corpino, al lado del corazón, y, cuando 



290 • 

hubo 'concluido el concierto, después de 
una larga mirada cruzada con el alemán., 
la desprendió de su talle, y, con aparen- 
te descuido, la dejó caer á sus pies. Vei 
esto y acercarse Grimm á recogerla, fué 
obra de un momento. Sin duda él se la 
había pedido por medio de alguna seña, 
y ella se la otorgó. ... ,,. 

Gómez y Pérez quedó consternado. 

— En ese caso, la cosa no tiene reme- 
dio, repuso. ¿Quieres salir de aquí? Eso 
sería lo mejor. 

— De mil amores, maestro, y marchar- 
me muy lejos, hasta el polo, donde no 
vuelva á saber nada de ella. 

— Pues ¡mira qué casualidad! sal^o es- 
ta misma tarde rumbo al Occidente. Voy 
á llevar mi orquesta á Tepic, para tocar 
el Domingo de Pascua la misa de Luna 
en la "iglésea" mayor. ¿Quieres formar 
parte de la "expediceón ?" . | , 

— Mil veces sí, don Teodomiro, excla- 
mó Joaquín con arrebatado entusiasmo. 

— ^Te advierto que el viaje será poco 
lucrativo ; pues en este país nadie sabe 
pagar el arte. Tendrás los gastos de ida 
y vuelta, y como treinta pesos libres de 
polvo y paja á tu regreso. Volveremos, 
Dios mediante, dentro de un mes ó poco 
más. 

— Es un dineral para mí; nunca he ga- 
nado tanto. Sería capaz de ir de balde, 
eon tal de salir de este purgatorio. 



* ■ • ■ --•-■■- • 

-rrLo comprendo, hijo, repuso e4 viejo. 
No tengo para qué decirte una cosa por 
otra. Berta es una joven de lo más lindo 
que ha creado Dios, y tal vez la más en- 
cantadora de cuantas he conocido. Ade- 
más, es tan buena como un ángel, tan 
pura como una gotita de agua y tan ar- 
tista como las "divas" más espléndidas. 

— Lo sé, lo sé, exclamó Joaquín exas- 
perado. Eso es lo que me atormenta: que 
valga tanto y no sea para mí, ¿ No es ver- 
dad que tengo razón para" desesperarme ? 

— Para sentirlo sí; para desesperarte 
nó : voy á dlcirte por qué. ¿ Sabes cuántas 
mujeres hay en el mundo?. ... .No, ¿ver- 
dad? Pues ni yo tampoco; pero dicen 

que son tantas, que nos tocan á razón de 
siete y "médea" por barba. ¡Conque ya 
verás si tienes donde escoger! Todo será 
que salgas de estas cuatro paredes. Cuan- 
do comiences á ver tantos ojos hermoisos 
y tantas boquitas de rosa como hay por 
esos mundos, vas á quedar encandilatio, 
sin saber qué hacer para elegir, y, sobre 
todo, para conformarte con una sola mu- 
jer. ¿Con cuál te quedas y cuál dejas?.'. . . • 
Vas á verlo : es muy molesto eso de te- 
ner que prescindir de seis y '^médea." 

Joaquín se contentó con mover la cabe- 
ra repetidas veces, en forma negativa. 

— ¿ Que nó ? Ya lo varemos. Yo también 
asi lo decía cuando tenía tus años. Aquí 
donde me ves tan viejo y feo, tuve 



v^i.: 






.r\ 



^ \ r ■ . 

.mis bitenAs fortunas. Mis primeros amo- 
r«s lufron románticos. Me prendé de una 

:^iita muy guapa, y fui correspondido. 

'DesyniMciflulam^nte me prendé también de 
tü liermAiia, y como aquello no podía ser, 

itftn pronto como fué conocido mi doble 
jue^o, recibí dobles calabazas, y muy me- 
reciíliis por cierto ; pero el hecho fué que 

Mne qumdé sin una y sin otra. Entonces 
JHIÍ «R kk cu«nta de que mis "inclinaceo- 
mm" eran desenfrenadas, y me propuse 
«o «ftS0urme nunca, para no hacerme des- 

sgf^ciftido á mi mismo, ni hacer d««gracia- 

.4^ 4 una t?ercera persona. Y4ie pasado la 
vid^ 4 Hiis anchas, sin contraer compro- 
hhvo con nadie, y aprovechando todas Us 

«loicnas oportunidades que la suerte me 

:hai deparado. Te aseguro que las mujeres 
qi^ füiQ han jgustado y me han correspon- 
i|¡4o, pasan de las siete y "medea" que de 

'.énfí^ekuo me correspoiúien. De seguro 

.Itabré dado sobre las "porceones" de 
ii»^^gfinio» de mis prójimos. Y aun me pare- 
ce {k>co, porque para eso de la hermosu- 
ra, como es co*a de arte, soy "insacea- 
ble." El mejor "corretivo" que hay para 

.^s ''pacones" volcánicas, es querer á to- 
das U& jóvenes i^pas que se. hallan al 
|>i«o. H-fty que adorar á la mujer en lo ge- 
n^rfil, muchacho, no seas "sándieo," «o 
•á mía mujer determinada; á la mujer 
'íaaolata," y en io "asoluto." Así tó ¿n 

• faccho todos los grandes artislas. . . . ¥o, 



«93 

• -^ ..y.,i 

en ese particular, lo mismo que «n todo, 
sigo los ej.etnplos de los grandes ^'máts- 
tros." Paganini, el gran "veoliniísta," tuvo 
amores con todas las mujeres con quienes 
tropease en su camino. De tienifK) ea tiem- 
po, perdíante de vista sus amigos, porque 
andaba en chicoleos con diferentes 'beld*- 
des; algtmas veces con mujerzuelas de 
tres al cuarto, otras con princesas y da- 
mas de "alcúrnea" muy elevada. Ciménta- 
se que una "ocaseón" se estuvo dosjaños 
cautivo de una condesa en un castillo "se- 
ñoreal" de "Itáiea." 

Joaquín no oía palabra de cuanto i^ 
diciendo su maestro, absorto en su iám 
fija; así que, interrumpiéndole de pronto, 
le hizo una observación inconexa. 

— Para ir con usted, dijo, nece»sito per- 
miso de sor Ignacia. ';.-•* 

— Es verdad, repuso don Teodomiiro, 
bajando del encumbramiento de sus citas 
y recuerdos á la prosaica realidad del mo- 
mento; i>ero eso corre de mi cuenta. Y 
para que cerremos este capítulo de una 
vef , voy ahora mismo á hablar con la -su- 
periora. 

No puso objeción sor Ignacia á la so4¡- 
dtud de Gómez y Pérez; solamefUttjbe re- 
comendó velase por la salvid del cttcfpo 
y del ahna del joven, por ser uñ aifoks- 
ccnte todavía, y no tener «xpettencia en 
la$ cosas del mundo. Por k> demás, agst- 
dábate, dijo, comenzase Josuf/mi i entilar 



-••■ ( 



294 

en las corrientes de la vida, para que fue-* 

se aprendiendo á valerse y conducirse por 

sí mismo. 
» 

—Pierda usted cuidado, repuso el maes- 
tro, le veré como á mi "própeo" hijo; y 
crea que no hay en esto "esageraceón,*' 
pues lo quiero como si le hubiera echa;do 
al mundo. Vale mucho el muchacho; ya 
verá qué músico vamos á sacar de él :• eje- 
cutante, virtuoso, cqmpos.itor, todo ha de 
serlo. 

. — -Ojalá, don Teodomiro, repuso la su- 
periora ; Dios los lleve á ustedes por buen 
camino, por donde no hagan daño ni, se lo 
hagan. I- ■.'í.-.íOí:*:' 

— Amén, glosó Gómez y Pérez con to- 
no semiserio y semibromista. 

Aquella misma tarde emprendió el 
"maestro de Capilla" con su ejército de 
profesores, el camino para Tepic, á don- 
de contaba llegar al fin de la siguiente 
semana. Montados en jamelgos alquilo- 
nes, flacos, trotones y con pésimas mon- 
turas, iban correteando y haciendo escar- 
ceos por el campo, y tan contentos j* al- 
borozados, como si hubiesen ido á la con- 
quista del mundo. Los instrumentos en- 
fundados y acomodados á la grupa de las 
caballerías, que llevaban, les daban el as- 
pecto de gente de armas y tremebunda : 
y ciertamente que por tales los tomaban 
los rústicos, quienes tenían por averigua- 
do que aquellas cajas de oscuro tafilete 



cerradas con broches metálicos, contenían 
instrumentos terribles de matanza, y no 
dulces violines, vi'olas gemebundas, brio- 
sos cornetines y constipados clarinetes. 
Dejémoslos continuar su camino satisfe- 
chos, jubilosos y en constante gresca, y 
volvamos los ojos al Hospicio, donde se 
realizan acontecimientos dignos de men- 
ción. 

La tarde misma en que salió de Fópoii 
el grupo encabezado por don Teodomiro, 
llegó á la Casa de Caridad un caballero 
de aspecto nada común, no por lo hermo- 
so, sino por lo extravagante y singular, 
manifestando deseos de hablar con la su- 
periora. Estéfana le introdujo al recibidor, 
le invitó á tomar asiento, y fué luego á 
llamar á sor Ignacia, quien no tardó en 
presentarse, 

— ¡Hola! don Arcadio, dijo la religiosa 
al ver al sujeto; ¿tanto bueno por acá? 

— Sí, madre, aquí me tiene para darle 
una molestia. 

— ¿En qué puedo servirle? , .. _; jí^ 

— Va usted á oírlo al momento. 
La religiosa le miró con atención, co- 
mo si quisiese penetrar sus pensamientos. 
Don Arcadio Contreras y Espinosa, que 
así se llamaba el desconocido, era un 
anciano robusto, de edad indefinible, que 
fluctuaba entre los sesenta y los seten- 
ta años, bajo de estatura, trigueño de 
color, de pelo y barba más blancos que 



ir 



gríMs, ojos verdosos, y roja, coroMrada y 
abultada nariz. Vestía un temo 4c casi- 
mir de pésimo gusto, y' llevaba gruesa ca- 
dena óe oro qu« le bajaba desde el cuello 
hasta la bolsa dd reloj, semejante á la do- 
rada cuerda que por Semana Santa, se echa 
ai cuello del Divino Preso ; zapatos sin lus- 
trar y un hongo de alas desmesuradas que 
en la mano oprimía. Tenía el aspecto de 
un campesino endomingado, mal vestido 
y sunEtamente incómodo con las prendas 
de ropa que llevaba eacima ; y eso era en 
eiecto, pues don Arcadio había pasado la 
vida en los barbechos y dehesas, y poco 
«e le alcanzaba de los gustos y mcxias de 
la ciudad. Tiempo hacía que sor Ignacia 
íe conocía, por ser uno de los bienhecho- 
res de la casa, siendo ese el motivo de ha- 
berle recibido con deferencia. Era buen 
hombre, inocentón, testarudo y con ribe- 
tes de original. 

' — El asunto que vengo á comunicar á 
usted, dijo, es que ando queriendo ma- 
trimoniarme. 

— ¿Cómo así, señor Contreras, á sus 
años? 

— Precisamente porque soy viejo ; ne- 
cesito tener quien rae cure y cuide, 

— Usted k) habrá pensado. . . . ; no ten- 
go para qué darle consejos. 

—Lo he pensado, madrecita; pero sólo 
desde anoehe. 



-■ ;>;v 



'*57 - v-'^ 



ISÍ. 



— ¿ Cómo así ? exdftmó asombratÜa la 
superiora. 

— Como un rayo m« ha llegado la ide&^ 
ni más ni menos. 

— ^¿Y con quién piensa hacerte? 

— No sé todavía cómo se llama la per- 
sona ; usted me lo va á decir. 

— No entiendo palabra de k) que me 
está usted contando, repuso perpleja la 
superiora^ • • • 

El señor Espinosa sonrió con malicia. 

— Es cosa de sorpresa, no lo niego, pro- 
siguió; pero se fc> voy á declarar para que 
vaya cayendo en la cuenta. Vine anoche 
al concierto, y se me ha metido lo loco con 
una de las mancebitas del coro. {Haya 
cosa ! Jamás me había pasado esto. El ca- 
so es que no he dormido en toda la no- 
che. Esta mañana me levanté muy de ma- 
drugfada, y después de darle vueltas al 
asunto, pensé que era inútil estarme deva- 
nando los sesos, cuando la cosa tiene tanto 
remedio, y me dije "vamos á ver á sor 
Igna-cia, para contarle lo ocurrido y ver 
qué es lo que me aconseja," > y., 
— Voy de sorpresa en sorpresa. . . . Pfc- 
ro antes de pasar adelante, fteces4to saber 
de quién se trata. 

— ^Voy á decírselo; la maacebita es del 
Hospicio, podrá tener tmos veinte años,, y 
stnáaiha "regüelta" con el coro. 

— Son tan vagas las seña$y ^oe no me 
sacan de dudas. ¿ No puode mejontlats ? 






— ^Aguarde .... puede que sí. Ahora re- 
cuerdo que traiba un vestido de color de 
sangre de loro; no se me ha despinta- 
do. No haljra otro como el suyo en toda 
la runión. 

Sor Ignacia reflexionó unos instantes. 
¿Se trataba de Paulina? Recordaba per- 
fectamente que se había empeñado en ha- 
cerse el traje que le obsequió para el con- 
cierto-, con aquella tela chillona. :v».f'' 

—-¿Morena? interrogó para mayor se- 
guridad. I 

— 'Apiñonadita, sí, madre. 

— ¿De ojos negros, muy vivos? 

— Ansina es. V. 

-^Inquieta, alegre y llena de movimien- 
to? 

— Esa es la cosa. > 

— En tal caso se trata de Paulina, con- 
cluyó sor Ignacia pensando en voz alta. 

— Bonito nombre, agregó don Arcadio ; 
se lleva riiuy bien con su buena presiencia. 

— Pero, señor, prosiguió la superiora 
con tono serio, esto no tiene forma. .... 
No conoce usted á la joven, ni puede sa- 
ber si le conviene. 

— Me conviene, me conviene ; de eso sí 
estoy seguro .... 

— Debo, ser franca, porque estimo á us- 
ted de veras. Ha puesto los ojos en la jo- 
ven menos. . . . ¿cómo diré?. . . . menos á 
propósito para ser su esposa; 

— ^¿Por qué, madre? 



•SSrv 



*99 

—Porque es demasiado joven, y, ade- 
más, traviesa, ligera y superficial. Usted 
necesitaría una mujer de edad, seria y jui- 
ciosa. 

— Las viejas no me cuadran ni "pa" re- 
medio. 

— Una de esas sería la que le conven- 
dría; ésta es una niña muy alocada. 

— Al fin muchacha. ¿Quién había de 
aguardar que á sus años "juera" como un 
camposanto ? Todo eso lo remedia el es- 
tado. Los trabajos del "matrimoño" son 
muy "juertes" y ponen serias hasta á las 
más descosidas ; he conocido mancebitas 
muy "regnstas," que á la primera criatura 
han colg^ado el pico. 

— Seg^n y conforme, don Arcadio ; hay 
algunas que siguen lo mismo, ó tal vez 
peor después de casadas, y temo que Pau- 
lina sea. de ese número. 

—-Eso no lo podemos adivinar, ni usté 
ni yo. 

— En fin, interrumpió la religiosa impa- 
ciente, no ten^o para qué hacer á usted 
advertencias. 

— No crea que no se las estimo ; pero 
todo lo tengo reflejado. 

— De lo que puede usted estar seguro, 
es de que es imposible qué ella le quie- 
ra.;.., porqué no puede ser. 

— Ya lo veremos ; por hoy me confor- 
mo con que no me diga que nó. 

— Va á decir que nó. •• ^r:j ?; 



-..'* 



m. 



i^:^ 



■'.á-X 






—Quien quita y ugté se equivoque. 

— Veo que está decidido ¿Y qué 

desea de mí? 

— Que me "premita" hablar con ella 
para hacerle la. propuesta. | - 

— Pero, señor Espinosa .... 

— Soy de confianza y no me la he de 
robar. 

— Ya se ve, dijo la superiora sonriendo, 
pues, en efecto, no le veía traras de rap- 
tor. 

— No le irá tan mal conmigo, madre, 
porque no estoy a un pan pedir. . . . Podrá 
salir del Hospicio, y le cumpliré todos sus 
gustos : déjeme ver lo que dice. 

Sor Ignacia reflexionó que Paulina era yá 
una mujer formada y capaz de resolver el 
caso por sí misma ; que, después de todb, 
siendo huérfana, pobre y sin familia, podría 
ser aquella una buena salida para su si- 
tuación ; y, sobre todo, que carecía ella, la 
madre, de derecho para ocultarle aquell.i 
proposición, por más ridicula y descabe- 
llada que fuese. . • ]. í 1 f 

— Está .bien, repuso; puesto que usted 
se empeña y lo ha pensado bien, voy á 
llamarla. 

Y habiendo dado órdenes para que la 
hiciesen venir, no tardó en presentarse la 
joven, fresca, risueña y llena de picardía. 

—¿Para qué soy buena, madre? dijo 
sin pizca de encogimiento al entrar como 
una racha en el aposento. 



%- 



. —Te presento á este caballero,, di]c| la 
superiora por vía de respuesta ; don Arta- 
dio Contreras. . . . . Paulina..,.. ,:.^j, 

— Para servirle . . * ,.... 

— Servidora • m-V r. . ; Jl 

Sor Ignacia continuó: ;,¿ > ,-, '[. 

— El señor tiene un negocio qiie tratíair 
contigo ; los dejo solos para que hablan : 
volveré dentro de un rato. 

Los interlocutores se miraron de hito 
en hito al quedarse solos ; y Paulina, poco 
satisfecha de la figura que tenía delante, 
se dijo para sus adentros: "¿para qué rtie 
necesitará este viejo tan raro?" Don Ar- 
cadio, por su parte, pensó para sí : "es 
mejor la mancebita dé cerca qué de lejos ; 
me cuadra, y me rete cuadra." 

— Usted dirá, comenzó Paulina exa- 
brupto. 

— Voy al grano, niña ; no tengo para qué 
andarme con rodeos. >• . 

— Sí, señor. 

— Anoche la conocí en el concierto, y me 
ganó la voluntad porque parece usted una 
estrellita de oro. He trabajado mucho 
durante mi vida y no estoy tan tiracio á 
la calle que digamos. ¿Y para qué quiero 
el dinero así como estoy? No tengo pa- 
dre, ni madre, ni perrito que me ladre; 
soy solo como el dedo, y no quiero morir- 
me sin que haya una alma caritativa que 
me dé un trago de agua. 

Paulina comenzó á comprend/^r de lo 

PmCURSORK— >»o 



302 

I 

que se trataba, y su primer movimiento 
fué el de la indignación. ¡ Cómo ! ¿Aquél, 
pobre. señor?. .. . Pero se reprimió y si- 
guió oyéndolo con interés Después 

de todo, si tenía buen capital Su len- 
guaje y su facha eran atroces ; pero eso 
era lo de menos. ¿ Quién era ella ? No era 
nadie. Las cosas se _ debían tratar así. Ni 
por un momento se le ocurrió pensar er» 
Gustavo y Prudencjano ; por ellos no ha- 
bía el menor obstáculo. Era demasiado 
pobre para pararse en pelillos. 

— No comprendo^ respondió tranquila- 
mente después de bíreve pausa. 

— A eso voy. Se lo comuniqué á sor 
Inacia y le pedí permiso para ver á usted. 
Me puso algunos reparos, pero, al fin me 
dio la venia de hablarle. 

— ¿Con qué objeto, señor? I ' ' 

- — Para hacerle una propuesta, j 

— ¿ Cuál ? 

— La de que nos amparemos. Usté es 
huerfanita y pobre; yo solo y con alg^n 
dSnerito. Usté me ampara, y yo la ampa- 
ro: la cosa sale bien. ¿Estamos confor- 
mes? 

— ¿Qué es eso de ampararse? preguntó 
Paulina por decir algo. 

— Casarse, niña; claro lo dice el voca- 
blo. ¡ 

La joven no pestafíeó. 

— No sé quién es lísted, repuso con se- 
quedad. 



;:303 ■• /v;-^ -:. ' 

— Puede informarse con quien quiera. 
Mi rancho se llama "Las Escaleras," por 
tanto cerro como tiene, y está cerca de 
Ameca á la derecha del camino, co- 
mo vamos para el pueblo. 

Paulina reflexionó un instante fruncien- 
do el gracioso y fino entrecejo. ¿Que pen- 
saba? ¿que podía tener hacienda si que- 
ría? ¿que estaba en su mano hacerse ri- 
ca de un momento á otro? Si no era eso, 
deben haber sido,- de todos modos, cosas 
muy prácticas, pues á poco preguntó : . 

— ¿Eso es cierto? 

— Ni tanto, niña, repuso don Arcadio ; 
como que se trata de un sacramento. 

— Siendo así, lo pensaré. ¿Le parece? 

— Con tal que no lo piense mucho, por- 
que soy reteviejo y no tengo tiempo que 
perder. 

— No ; para eso no necesito más que 
imos cuantos días. 

-^En ese caso, nada más en el orden. 

Cuando volvió sor Ignacia, veinte mi- 
nutos después, los halló conversando con 
la mayos naturalidad, y á la primera ojea- 
da, por el aspecto de ambos interlocuto- 
res, comprendió que Paulina no había 
rehusado la propuesta. 

— Parece que nos vamos entendiendo, 
dijo don Arcadio. 

— ¿ Cómo así ? preguntó la superiora con 
disgusto. 

— Quedamos en que esta niña se pensa- 



304 

rá toda la Semana Santa, y que volveré 
el lunes de Pascua á recibir su contesta- 
ción. 

Paulina inclinó la cabeza en señal de 
asentimiento. 

— Conque ansina, me despido, dijo Con- 
treras levantándose, pues ya concluyó mi 
negocio. 

— Que usted lo pase bien, dijo la supe- 
riora con tono áspero. l ' 

— Hasta el lunes de Pascua, repitió don 
Arcadio al marcharse. 

Y haciendo dos reverencias torpes y ri- 
diculas, una para la madre y otra para 
Paulina, se alejó de la escena. 

— ¡ Cosa más extraña ! quedó diciendo 
en voz alta sor Ig^acia, después de la sa- 
lida de don Arcadio. Por supuesto, Pauli- 
na, acabarás por rechazar la proposición 
de ese pobre viejo, ¿no es asi? Debiste' 
haberlo hecho desde luego para no hacer- 
le concebir esperanzas absurdas. ¿Qué es 
eso de caer como llovido del cielo á pro- 
ponerte un matrimonio de puro interés ? 
Muy poca consideración te manifiesta. 

— ¿ Le parece á usted ? interrogó fría- 
mente Paulina. 

— Pues qué ¿á tí no te lo parece? 

— Diré á usted, no tanto ; ese señor tie- 
ne sus razones y en qué fundarlas. Si no 
fuese rico, y se hubiese dirigido á una jo- 
ven de buena posición, habría hecho un 
disparate ; pero como tiene bastante diñe- 



'>T. V 



3^ 

ro y se dirige á mí, q\ie soy huérfana y 
vivo de la caridad, no creo que lo cometa. 

— ¿De suerte que vas á aceptar? 

— Aun no lo sé; voy á meditarlo. Des- 
de luego, eso de salir de pobre y del Hos- 
picio de un sólo tirón, me parece una co- 
saza muy grande y muy buena. 

— ¿Tanta prisa te corre por dejarnos? 

La joven no contestó, y sor Ig^acia pi- 
cada, exclamó: 

— ¿ Y tu otro novio ? . . . . ¿Y tus otros 
novios ? 

— Puras muchachadas, repuso Paulina 
colérica ; á todo el mundo le ha pasado lo 
mismo. ¡A mí no me diga, madre; todas 
han sido como yo, ó peores! 

Comprendió la superiora que Paulina 
hacía alusión á ella, como diciéndole : "No 
puedes tirar la primera piedra, porque tú 
también debes haber hecho locuras con 
los hombres, estoy segura de ello ;" y, 
persuadida de que si seguía la conversa- 
ción por donde iba, podría degenerar en 
agria y repugnante disputa, aparentó no 
haber entendido, y. terminó diciendo : 

— Tienes edad suficiente para saber lo 
que te haces y disponer de tu suerte por 
tí misma. A mí lo único que me corres- 
ponde es advertirte que un matrimonio 
en estas condiciones, será altamente im- 
propio y desacertado, porque media entre 
los dos un mar de años, y la forma en que 
se inicia el asunto, no es la más á propó- 



306 

sito, no digo para que se quieran ese se- 
ñor y tú, sino hasta para que siquiera se 
estimen. Si él no lo reflexiona, porque es 
rústico y atolondrado, tú sí debes pensar- 
lo, porque no te encuentras en el mismo 

caso Retírate, pues, y medita ; no 

será malo vayas á la capilla á rezar y pedir 
consejo á la Santísima Virgen. 

Diciendo así, se levantó sor Ignacia 
para cortar el diálogo, y Paulina se levan- 
tó también, pero no para entrar en la ca- 
pilla, sino para correr á hablar con doña 
Dorotea, cuya ayuda juzgó precisa en tan 
críticos momentos. 

— ¡ Gran noticia ! díjole al entrar en su 
limpio cuartito, y tomando asiento en el 
canapé. | 

— ¿Qué pasa? preguntó la buena se- 
ñora un si es no es sobresaltada. 

« 

— ¡ Imagínese ! ¡ un rico quiere casarse 
conmigo ! exclamó la huérfana radiante 
de alegría. 

Y refirió á la señora López al pie de la 
letra, la escena acabada de pasar, deján- 
dola estupefacta, no tanto por lo insólito 
del acontecimiento, cuanto por el impen- 
sado y mágico efecto que había pro- 
ducido en su ánimo. La simpática vie- 
jecita se permitió hacer sobre tan extra- 
vagante suceso, algunas observaciones 
sumamente discretas ; pero como Paulina 
las rechazó todas con enfado, acabó por 



. W - 

callar, aunque sin dar muestras de asenti- 
miento. 

— He venido solo á pedir á usted un fa- 
vor, concluyó la joven, como para indi- 
carla que no pedia ni necesitaba amones- 
taciones ni advertencias. 

— ¿ Cuál ? preguntó doña Dorotea, sin 
darse por entendida del desaire. 

— El de que, valiéndose de sus buenas re- 
laciones sociales, se informe usted pronto 
y con seguridad, de quién es don Arcadio 
y cuáles son las circunstancias que le ro- 
dean ; esto es, si es rico á derechas, y cuán- 
to podrá tener, y si de veras es solo, como 
dicCj sin agregados ni pegotes de ningún 
género. 

— Con gusto lo haré; supongo que es 
persona conocida. 

— Parece que sí, porque asegura ser ha- 
cendado y los ricos son muy conocidos 
aquí y donde quiera. Se me olvidaba una 
cosa muy importante. . . Sírvase investigar 
también, qué posición ocupa en Colima 
un señor alemán recientemente llegado á 
Fópoli ' .■ ■. ,; ^ -^ 

— Gustavo Schultze, interrumpió son- 
riendo doña Dorotea, que conocía el nom- 
bre, por haber llegado hasta sus oídos 
envuelto en el rumor de las locuras de 
Paulina. . \ " . .;-■ - ^ 

— El mismo; no creía que usted le co- 
nociese. 

r-r-Nomás de nombre.... , ■ v 



3Í58 

— ^Pues me alegro. . . . Finalmente ¿có- 
mo haríamos para averiguar á cuánto po- 
drá montar la fortuna de las **ñatas?" 

'—¿Cómo las "ñatas?" ¿Quiénes son las 
"ñatas?" ¡Qué nombre tan raro! !'; 

—¿No las conoce usted? preguntó Pau- 
lina soltando una alegre carcajada. Son 
las "de" Dena, y apoyó la pronunciación 
en la preposición "de." 

• —I Cómo no ! si visito su casa ; pero no 
las conocía por el apodo. 

—Es extraño, pues en Fópoli, más las 

conocen por "ñatas" que por Denas 

¿ Podrá usted aclararlo ? • 

— -Esto es más difícil que lo otro, por- 
que dicen que la testamentaría de don Ar- 
nylfo quedó muy enredada ; pero por dar 
gusto á usted, voy á intentarlo. 

— Mucho cuidado, doña Dorotea, no 
vaya usted á darme malas cuentas con el 
encargo, concluyó Paulina levantando el 
índice , de la mano derecha en S'Cñal de 
amenaza. 

— Pierda usted cuidado, repuso la seño- 
ra López con cierto tonillo de fatuidad ; 
no quedará usted descontenta de mis ges- 
tiones. 

; Lá señora López, á pesar de ser tan 
buena, tenía sus vanidades, y una de ellas 
consistía, precisamente, como lo dijimos 
ya, en dárselas de bien relacionada y co- 
nocedora de todos los secretos y porida- 
des de las familias. 



Cuando se despidió Paulina, se quedó 
pensando para si la bueña señora: 

— Es claro como la luz, el objeto 
que se propone esta joven, al enviar- 
me á hacer tales correrías. Como acaba 
de recibir la visita de ese hacendado, de- 
sea saber cuánta tienen él y cada uno de 
sus otros enamorados, para decidirse por 
el más rico .... ¡ Qué cosas tan extraor- 
dinarias y chocantes pasan en estos tiem- 
pos ! En los míos, todo era muy diferente. 
Cuando me casé con el coronel, lo preferí 
á muchos otros pretendientes adinerados, 
sólo porque me simpatizó y l€ quise, y 
nunca se me ocurrió convertir el matri- 
monio en negocio. 

Sus recuerdos le arrancaron un hondo 
suspiro netamente romántico, y digno de 
los años de 30 á 40 del pasado siglo, y la 
llevaron muy lejos del lugar y la hora pre- 
sentes, abriendo de nuevo á sus ojos las 
puertas herrumbrosas de su pasado, que 
había sido para ella tan brillante como 
seductor. : ;m(;'' ; " if 



. ;. ■> . " f ■ 



■^ VIII ■■ -•-■■:? ;v ■ ; -.' 

Dimes y diretes 

Las excelentes disposiciones de doña 
Dorotea para ser útil á los demás, nacían 



■''^' 



• vv,' • Y •^¡ 



de SU índole naturalmente buena y comu- 
nicativa, y de su deseo de dar pruebas d€ 
la abundancia de sus relaciones sociales 
ó de la agudeza d€ su ingenio ; así es que 
no es de extrañar recibiese de buen ta- 
lante las recomendaciones de Paulina, y 
s€ propusiese desempeñarlas al pie de la 
letra. Animada de tan buenos deseos, se 
puso en campaña desde el siguiente día al 
de la entrevista con la joven, é invirtió to- 
da la Semana Santa en hacer visitas y 
pesquisas, que le instruyesen y pusiesen 
al tanto de cuanto procuraba, investigar. 
Su gira, después de buscar y husmear des- 
pacio por todos los hogares donde creyó 
encontrar un rayo de luz, acabó en la ca- 
sa de las "de" Dena. Allí habló de Gusta- 
vo Schultze, y algo, aunque muy embo- 
zado, acerca de los medios de vida de la 
encopetada familia ; y con el mayor arte, 
y la más sutil astucia de que pudo echar 
mano, procuró sonsacar á doña Anasta- 
sia y sus hijas cuantos informes estimó 
de importancia sobre tan delicados asuntos. 
La familia "de" Dena se dejó interrogar 
pacientemente, no sospechando, sin duda, 
la naturaleza de la misión que la señora 
López llevaba, ni la persona por cuya 
cuenta andaba dando aquellos pasos ; de 
suerte que le confió cuanto sabía, y le 
proporcionó datos preciosos, no sólo 
sobre sus propias circunstancias, sino tam- 
b'én sobre las de Gustavo. Tanta deferen- 



'■■., ^ ' . 3" - 

cia, aunque atribuida por la señora Ló- 
pez á sus propios merecimientos, había 
sido inspirada, no obstante, á aquel grupo, 
aristócrata, por motivos interesados, que 
doña Dorotea, á su vez, no llegó á vis- 
lumbrar; y fueron los de saber por su 
intermedio, de la manera más diplomáti- 
ca posible, cuál era el estado verdadero 
que guardaban los amores de Grimm con 
Berta; pues, en lo que s€ refería á los 
de Schultze con Paulina, para nadie eran ya 
un misterio. Sobre los de Julio había aún 
opiniones, y diferían los criterios, porque, 
como el alemán no había cambiado en 
lo ostensible su actitud hacia la familia, 
reinaba una gran perplejidad en el seno 
de ésta, sobre las miras amorosas de aquél. 
Consuelo tenía en lo particular fundados 
motivos para creer que Grimm se le ale- 
jaba ; pero formábase todavía mil ilusiones, 
alentada por su misma inclinación hacia el 
joven, y por las obscuridades en que se veía 
envuelta. La señora López no estaba al 
tanto de aquella rivalidad, ni sospechaba 
que la huérfana desease guardar reserva 
sobre sus inteligencias con Julio ; y como 
era dada, por desdicha, á los exquisitos 
placeres del comentario y la charla, fácil- 
mente se dejó examinar y repreguntar por 
doña Anastasia y sus hijas, á quienes dio 
amplios informes y circunstanciados de- 
talles sobre todo cuanto sabía. 

— ¿De suerte, concluvó doña Anasta-' 



. •.,-,. :-(,- 



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-m 



3» 

sia, venciendo magfnánimamente la explo- 
sión de su rabia, que Grimm corteja á 
Berta? 

— Como estar Dios en los cielos, doña 
Tacha. En mis manos he tenido las car- 
tas que ha escrito á la joven, repuso la 
anciana. 

— ¿Y Berta? intervino Consuelo con 
temblor en la voz, ¿le ha correspondido? 

— Oficialmente todavía no, repuso la in- 
terrogada, porque la muchacha es juiciosa 
y no se lleva nunca de las primeras nue- 
vas ; pero le quiere y acabará por ha- 
cerlo. 

♦-Ya lo creo, prosiguió Consuelo con 
despecho. ¡ Cómo no había de quererlo ! 
¡ Si es un fortunón que se le mete por la 
casa ! 

— Diré á usted, Consuelo, replicó doña 
Dorotea con gravedad y nobleza, sacando 
la espada por su joven amiga; Berta vale 
mucho, y por más pobre que sea, es digna 
de enlazarse hasta con un príncipe. 

— ¿ Lo cree usted así ? preguntó fría- 
mente Socorro. I 

— Firmemente, porque la conozco. Es 
muy buena con todos, y conmigo muy es- 
pecialmente .... No hay quien no la quie- 
ra en el Hospicio. 1 

Doña Anastasia, viendo el giro que to- 
maba la charla, y sintiéndose á punto de 
manifestar el disgusto que le causaban 
tantos elogios, prefirió cortar la conver- 



sación. Con tal mira, hÍ20 señas á sus hijas 
de qu€ callasen para que languideciese el 
diálogo, considerando que un buen inter- 
valo de silencio podría poner punto á la 
visita, como lo puso en efecto, pues á po- 
co se despidió la señora López. •\^^-k 

Una vez solas, celebraron madre é hi- 
jas un conciliábulo animadísimo para de- 
terminar el partido que debían seguir, «da- 
das las circunstancias del momento, y, 
después de mucho discutir y enfullinarse, 
acabaron por convenir en que no sería 
oportuno llamar á cuentas á los alemanes, 
cuando volviesen de Colima, porque sería 
indecoroso y humillante entrar con ellos 
en aquellas investigaciones. Consuelo y 
Socorro habían quedado plantadas, en ello 
no cabía duda, y Berta y Paulina íes ha- 
bían arrebatado los novios; pero debían 
conservarse todas las apariencias de una 
perfecta ecuanimidad, pues así lo exigía 
su dignidad social y nobiliaria. Eso no 
quitaba ¡ eso no ! que tan negra perfidia 
debiese ser durísimamente castigada. Ha- 
bía que sentar bien la mano á las insolen- 
tes hospicianas. ¿Cómo? ¿Por qué me- 
dios? Hé aquí lo que era forzoso definir. 

Al cabo de un largo y acalorado deba- 
te, en que hubo quejas, recriminaciones y 
llanto, quedó resuelto lo siguiente: elimi- 
nar á Gustavo de la sociedad de la fa»ii- 
lia, por haberse hecho indigno de su trato 
y confianza, después de la riña callet^ra 






con Prudenciano ; continuar recibiendo y 
atendiendo á Julio, como si nada hubiese 
pasado entre él y Consuelo, para no hu- 
millar la bandera y aparentar que ni si- 
quiera había sido notada la defección ; y, 
finalmente, y sobre todo, delatar ante sor 
Ignacia á las picarás asiladas para que las 
pusiese en el potro, las asase á fuego len- 
ta ó les impusiese cualquier otro castigd 
terrible é inusitado ; ó bien para que las 
arrojase á la calle á pedir limosna de puer- 
ta en puerta. 

¡ Lástima que los "días santos" se inter- 
pusiesen entre su cólera y su vengan- 
za, ya que las hermanas acostumbraban 
pasarlos en retiro espiritual, y se negaban 
á recibir gente de fuera, durante todo ese 
tiempo! Había, pues, que esperar una se- 
mana ; pero se podría aprovechar bien la 
tregua, fraguando astutos planes, prepa- 
rando con mayor esmero las requisito- 
rias, y, sobre todo, almacenando mayor 
cantidad de indignación y de bilis en el 
estómago, como quien guardíi pólvora y di- 
namita para causar una explosión más terri- 
ble. El Domingo de Resurrección esta- 
rían á primera hora en la Casa de Cari- 
dad con su acusación y propósitos exter- 
minadores, y ese mismo día, sin duda, se- 
rían ejecutadas Berta y Paulina por ma- 
no del verdugo, después de haber sido 
obligadas á prescindir de sus insensatos v 
desacatados amores, en aras de la^grande- 



■SIS 

ZSL áe la familia querellante; su alta posi- 
ción y su gran influjo social, no les permi- 
tían poner en duda aquel placentero des- 
enlace '? i>^^ 

Adoptado el plan, se separaron doña 
Anastasia y sus hijas, retirándose á sus 
sendos aposentos para meditar á solas so- 
bre la enormidad de lo sucedido, y sobre 
lo increíble, nunca visto y ejemplar que 

estaba por suceder en cabeza ajena. 

Socorro, que era muy frivola, no tomó 
á lo dramático la traición de Gustavo y 
Paulina; de suerte que se contentó con la 
perspectiva de un desquite en la forma 
acordada, y su anhelo de venganza no fué 
más allá. Pero no sucedió lo mismo con 
Consuelo ; ella, por su parte, no quedó 
satisfecha. No íe parecía suficiente que 
Berta fuese arrojada al arroyo, y ni aun 
siquiera se habría conformado con que 
se le aplicasen las penas del knut ó del 
garrote. Quería á Julio de veras, y no po- 
día .arrancarse del alma aquella afición, y 
á tal punto era así,' que hasta el alejamien- 
to y la infidelidad del ingrato, Tiabían 
acrecentado el interés que le inspiraba. 
¡ Pobre virgen necia! Había encendido de- 
masiado tarde su lámpara, y se le alejaba 
el esposo que había estado á punto de lla- 
mar á su puerta. Aquella situación exal- 
taba sus pasiones y la sacaba de quicio. 
Era preciso volver á ganar el corazón de 
Grimim, ño perder una conquista tan la- 



y 



bodosamente lograda, y, sobre todo, no 
permitir que Berta resultase feliz y vic- 
toriosa. En todo caso, si Grimm no ha- 
bía de ser para ella, que fuese para otra, 
para cualquiera, menos para su odiada y 
pérfida amiga. Pero ¿qué hacer para lo- 
grar aquel desenlace? En vano se deva- 
naba los sesos urdiendo proyectos, tram- 
pas y celadas para hacer añicos á su rival; 
nada le parecía bueno, nada posible ó su- 
ficiente. Lo primero que se le ocurrió fué 
poner ante los ojos de Berta las esquelas 
y tarjetas que de Julio tenía, y hasta una 
fotografía con dedicatoria que él le ha- 
bía regalado el día de su santo, para ha- 
cer creer á la hospiciana que había amo- 
res y no simples preliminares amorosos, 
entre Grimm y ella. Conocía bien á su 
condiscípula, y sabía que, por ser tan can- 
dida como era, en llegando á persuadirse 
de que había traicionado á la amistad, ó 
de que era vil juguete de Julio, prescindi- 
ría de sus amores en el acto, por más do- 
loroso que le fuese el sacrificio ; mas para 
una ú otra cosa, .necesitaba la abandona- 
da joven presentar pruebas convincentes, 
y, por desgracia, todos los papeles escri- 
, tos que de Julio conservaba, y fué pasando 
cuidadosamente en revista, versaban sobre 
asuntos clara, neta y meramente sociales, 
aun siendo, como eran, por extremo galan- 
tes y expresivos. Por incauta que fuese la" 
hospiciana, no llegaría hasta el punto de 



. 317 ^ ,?;.. 

morder aquel tosco anzuelo : y si no lo 
mordía, la dejaría más humillada. A la 
vista de su impotencia, exaltáronse has- 
ta el frenesí las pasiones de la joven, y, 
paseándose por la habitación como leona 
enjaulada, no cesaba de poner en aprie- 
tos su inventiva para combinar un plan 
que la satisfaciese. ¡ Necesitaba á toda 
costa engañar á Berta! ¡Ahí estaba el » 
nudo de la dificultad y de la venganza ; 
aquel debía ser el punto de partida y de 
mira para todo cuanto hiciese, así pa- 
ra satisfacción de su amor, como de 
su odio ! De pronto, nada se le ocu- 
rrió, aturdida por tanto cavilar y por su 
mismo rencor; pero poco á poco fué di- 
1)ujándose en su imaginación una idea, 
mas ima idea de tal naturaleza, que co- 
menzó por causarle repugnancia y dis- 
gusto. Pero fué tan obstinada, que per- 
sistió en su mente hasta acabar por im- 
ponérsele y tomar asiento en etla. Recordó 
á este propósito, que era una pendolista 
notable, y que se había distinguido en 
sus clases por los primores de todo gé- 
nero que había sabido hacer con la plu- 
ma. ¿ Pues para qué le servía aquel talen- 
to, si no echaba mano de él en circunstan- 
cias apuradas? Enamorada de Grimm, se 
liabía complacido durante su permanen- 
cia en Colima, no sólo en copiar los re- 
cados y cartas que de él recibía, sino has- 
ta en imitar nimia y escrupulosamente su 

PRICURSORES— 2t 



3i8 J . V 

letra, ya para escribir el nombre de Jitlio, ■; 
tan caro á su corazón, ya para trazar en 
secreto con mano trémula, las palabras "te ; 
arrio, tuya hasta la muerte," ú otras igual- 
mente rendidas y patéticas. Aquella prác- 
tica dilatada había acabado por darle tal 
destreza en efe ejercicio, que varias ve- 
ces . había sorprendido y hecho reír á. 
Grímm, presentándole palabras y líneas 
escritas por mano de ella, que el joven 
había tomado por salidas de su misma 
pluma. Podía valerse, pues, de a<|uella 
preparación casual, para fraguar- un do- 
""cumento decisivo, y escribir mía carta ('» 
unos renglones netamente amorosos para 
ella ó despreciativos para Berta, que fue- 
sen admitidos por ésta como auténticos. 
Las circunstancias eran particularmente 
propicias para la combinación » pues la 
ausencia de Grímm impedía una explica- 
ción inmediata entre los enamorados, y 
las cartas de Berta tardaríaa mucho en 
llegar á Colima; y, entretanto, podrían 
suceder muchas cosas, merced al descon- 
cierto y enojo que el documento falso 
produjera. Lo importante era sembrar en 
aquellos corazones el desorden y la des- 
confianza. ¿Y qué mal podría resultar pa- 
ra ella de tal expediente, en todo caso? 
Aun suponiendo que la superchería lle- 
gase á ser descubierta, Grímm vería sólo 
en ella una nueva prueba de que era ama- 
do, y por más que condenase ac|uellos 



319 >; - • :^: 

manejos, no podría menos de agradecer 
tanto cariño; y, por lo que hace á líerta, 
sería incapaz de vengarse, por su necia 
é invariable mansedumbre. En todo ca- 
so, había que arrojar los dados y esperar 
el fallo de la suerte. En resumen : de ahí 
podría resultar, en el mejor de lo"s supues- 
tos, un rompimiento entre Berta y Julio, y 
en el peor, y cuando menos, un grave dis- 
gusto entre los enamorados. Y aim dando 
por caso .que se averiguase la falsifica- 
ción ¿quién iba á quitar á Berta, durante 
algimos días, la congoja de la sospecha, 
el dolor del desencanto y la honda aflic- 
ción de su creído abandono? Si no podía 
hacerse otra cosa, había, al menos, que 
aplicar agudo tormento á aquel corazón 
hipócrita y fementido. 

Así fué tomando cuerpo y arraigando 
en eJ espíritu de Consuelo aquella idea 
perversa, cuya ilicitud procuraba atenuar 
á sus propios ojos con argumentos de 
amor y despecho, absolviéndose en el 
fuero interno, con la disculpa de que lo 
que iba á hacer no era una maldad, sino 
un mero ardid de guerra, v de que tenia 
derecho para defender, de cualquier mo- 
do yjpor todos los medios posibles, la 
felicidad de su vida. Una vez formada 
aquella resolución, se encerró Consuelo 
en la alcoba para que nadie la viese, y se 
consagró con alma y vida á trazar los 
consabidos renglones, teniendo á la vista 



v.J 'T"^C'-Ji,1IlJ- 



vi-í- 



la escritura genuina de Grimm para imi- 
tarla hasta en siis menores detalles ; y 
continvió repitiendo el ejercicio durante 
la Semana Santa, hasta quedar satisfe- 
cha de la perfección y maestría con que 
ejecutaba la labor vergonzosa. Cuando 
llegó á ese punto, se proporcionó con si- 
gilo plieguitos y sobres color de rosa, de 
los mismos que Grimm usaba, y saturán- 
dolos del perfume caro al alemán, escri- 
1)ió en una de aquellas hojas, breves ren- 
glones, incisivos y bien meditados, para 
producir el engaño propuesto ; y hecho 
esto, los firmó con el nombre de Julio. 
La madre y Socorro nada supieron de 
todo aquello, pues Consuelo no quiso po- 
nerlas en el secreto, considerando que, si 
bien soberbias y agresivas, no hubieran 
sido capaces de aprobar su conducta, por- 
que tenían fondo de dignidad, y su orgu- 
llo mismo les impedía descender á ac- 
ciones de tan mal género. A Consuelo tam- 
bién le repugnaba lo que iba á hacer ; pe- 
ro, cegada por el rencor, no retropedió 
ante la vileza, por no prescindir de su 
venganza ni de sus anhelos. 

Es tiempo ya de volver á doña Dorotea. 
Poco tardó, como hemos dicho, en acla- 
rar los tres pinitos que Paulina le había 
encomendado. j)ues tan activa anduvo en 
sus pesquisas, y tal maña se dio para ha- 
cerlas, que, en menos de una docena de 
visitas repartidas entre la aristocracia y 



321 

la clase media de Fópoli, llegó á saber 
con certeza, ó con bastante aproxima- 
ción, al menos, cuanto deseaba; así que 
er Viernes Santo por la tarde, se halló en 
aptitud de rendir á la interesada, el infor- 
me apetecido, lo cual hizo después de la 
ceremonia religiosa del Pésame, acercán- 
dose misteriosamente á Paulina, y ponien- 
do en su conocimiento todo . lo siguiente : 

"jo. Que Gustavo Schultze era simple 
dependiente de un almacén mercantil, y 
carecía de capital; 

"20. Que la familia "de" Dena podía 
tener, á todo tirar, doscientos mil pesos 
en junto ; y, finalmente, 

"3<*. Que don Arcadio Contreras y Es- 
pinosa poseía una fortuna bien saneada, 
que no bajaba de quinientos mil, y era 
tan solo como el judío errante." 

Una vez hecha la luz sobre tan trascen- 
dentales materias, orientáronse firmemen- 
te las ideas de la joven. Lo primero que 
pensó, aunque con pena, fué que debía 
quebrar con Schultze desde luego, por- 
que su pobreza no le permitía entregarse 
á amores románticos ; y lo segundo, que 
debía hacer lo mismo con Prudenciano, 
si bien esto no le causaba la menor pesa- 
dumbre. Sin embargo, se habría alegra- 
do de que el joven Dena hubiese tenido 
quinientos mil pesos como don Arcadio, 
para casarse con él de preferencia, no 
por amor á él, sino por odio á ellas. ¡ Qué 



fm-- 



322 

delicioso le hubiera parecido entrar ,á la 
fuerza y como ruda cuña en la familia de 
las "ñatas," para matar á disgustos á do- 
ña Anastasia, á Consuelo y á Socorro, 
excitándoles el hígado á todas horas y 
haciéndoles derramar cántaros de bilis ! 
El resultado de todo fué, pues, que don 
-Vrcadio, ó sea su dinero, resultase preferi- 
ble á todo y á todos. ¡ Había que caer en 
sus brazos, echando doble vuelta de lla- 
ve á las puertas del amor, del odio, de la 
simpatía, de la juventud, de las ilusiones, 
de todas aquellas zarandajas que no va- 
lían nada, y servían sólo para cegar y em- 
pujar á los huérfanos al pozo de las ne- 
cesidades ! I 

Las vacilaciones de Paulina no habían 
tenido, pues , carácter serio, y cuanto 
había oído de boca de la superiora, ha- 
bía sido perfectamente inútil. Que don 
Arcadio fuese hombre de edad, feo y za- 
fio ; que probablemente nunca llegarían 
á entenderse, iii siquiera á tolerarse, él y 
ella ; que los dos podrían hacerse desgra- 
ciados : todo eso, y mucho más que tal 
vez se le ocurrió, fué visto por la joven co- 
mo cosa de muy escasa importancia. Que- 
ría salir del Hospicio á toda costa y cuanto 
antes, porque le era odiosa la reclusión, 
porque la tenía fastidiada aquella casa, y 
porque vivía en constante é injusta pugna 
con las hermanas. Por otra parte, su aspira- 
ción más cara había sido la de hacer un 



btien matrimonio, esto es, un matrimonio 
de conveniencia, para tener casa lujosa, 
carruajes y vestidos elegantes, y ver de 
potencia á potencia, cuando no de arriba 
abajo, á tantas jóvenes ricas como la. ha- 
bían menospreciado. Eso era lo impor- 
tante. 

Radiante amaneció, pues, Paulina, el 
Domingo de Resurrección, al considerar . 
(}ue, pobre como era, sin familia ni for- 
tuna, tenía en aquellos momentos tres 
adoradores á sus plantas : un alemán, un 
aristócrata y un capitalista. ¿Qué compañe- 
ra suya, en todo el Hospicio, podía jactarse 
de semejante abundancia? Sobrábale don- 
de escoger,}' no tenía más que abrir la; 
boca para quedarse con una ú otra de 
aquellas ricas prendas ; pues el mismo 
Prudenciano, por inaudito que pareciese, 
y á pesar de la escena del jardín y del pu- 
gilato con Gustavo, no había podido pres- 
cindir de ella, atraído, sin duda, más que 
nunca, por el cebo del amor, del amor, 
propio y del apetito. No cabiendo el gus- 
to en el ¿uerpo de la joven, tuvo que con- 
fiar á alguien cuanto le pasaba, y para ' 
ello eligió á Berta. Conocía ésta ya al pal- 
mo cuanto se refería á las intrigas de 
Gustavo y Prudenciano, por haberse he- 
cho públicas, pero no había tenido hasta 
entonces, m los más leves barruntos de 
la repentina agresión del bueno de don 
Arcadio ; así que, atónita al escuchar lo 



■'.T : 't : 



\*- • 

que su amiga sobre ello le decía, pareció- 
le á manera de fábula. 

—Por supuesto, observ^ó con severidad, 
• estás' flispuesta á rechazar las extrava- 
gantes pretensiones de3 señor Contreras 
y Espinosa ? . , 

— No tanto, repuso Paulina. 
— ¿Es posible? exclamó Berta asom- 
^ brada. ¡Una proposición tan absurda 00- 

mo esa! ■ ! 

—Ni tú ni yo nos encontramos en si 
tuación de volver la espalda á los buenos 
partidos. 

— ^^¿A esb llamas un buen partido? ^;.\ 
la proposición ridicula de un tonto? 

— Será tan tonto como quieras, pero 
tiene dinero. 
. ,.. — Suponiéndolo, ¿qué v-entaja sacas de 

ello? 

— ¿Gomo qué ventaja? Demasiado sa- 
bemos tú y yo lo que es la pobreza. He 
sufrid;© en esta casa privaciones, encierros 
y tristezas ; no he gozado de mi juventwl 
y me he visto menospreciada por todos. 
El día que sea rica, me indemnizaré de 
todas esas penas, seguiré áa moda, concih- 
rriré á paseos, teatros y bailes, y verás 
cuan bien me trata entonces todo el mun- 

S9 — Frivolidades, bobadas, repuso Berta ; 

|¿- , lo principal es asegurar la dicha del co- 
razón, la tranquilidad de la vida y la paz 



del alma. Dime francamente, J quieres á 

ese señor? 

— 'i Pero si acabo de conocerle ! v- 

— ¿ Crees que llegarás á quereríe ? ~ 
— Francamente nó ; pero lo hago con 

todo conocimiento. Además, se lo diré 

así para no engañarle y no tener remor-. 

dimientos. 

— Serás desgraciada. 

— Nó, porque gozaré cuanto pueda. 

— ¿Pero en qué quedan Gustavo y Pru- 
denciano ? 

— El primero es miíy simpático, pero 
pobre. Si tuviera dinero, me casarla con 
él antes que con nadj€ ; pero no lo tiene, 
y eso no puede ser. En cuanto á Pruden- 
ciano, ni pensarlo ; cuenta con poca cosa. 
j Mucha facha y poca ficha ! Imagínate : 
todos los "ñatos" juntos, no tienen más 
que doscientos mil pesos. De esos, cin- 
cuenta mil son áe doña Anastasia ; de 
suerte c[ue no quedan más que ciento cin- 
cuenta mil para los tres hermanos. ¡Ya 
ve^rás qué miseria ! 

— ¿I>e suerte que?.... 

— Estoy resuelta á aceptar la proposi- 
ción de don Arcadio. 

— P-ero, Paulina, por Dios ¿estás loca? 

■ — ^Ya me lo preguntarás cuando ukí 
veas en bu^na casa, con coche á la puer- 
ta, bien alhajada y con criados que me 
hagan la reverencia. 

A este punto llegaba la conversación. 



-a. .- 



■í^*'-. 



326 

cuando scm- Ignacia mandó, llamar á las 
jóvenes. Obedeciendo la orden, se diri- 
gieron ambas al saloncito, y ahí encon- 
traron con estupefacción, posesionadas 
del estrado, nada menos que á doña 
Anastasia y sus hijas. Instintivamente hi- 
cieron Berta y Paulina ademán de retro- 
ceder, á la vista del enemigo ; pero sor 
Ignacia las detuvo. 

— La familia "de" Dena trae negocio : 
con ustedes, les dijo. 

En el acto, y sin preámbulo de besos, 
salutaciones ni cortesías de ningún gene- . 
ro, 'la señora doña x\nastasia, muy exci- 
tada, saltó á la palestra encarándose con 
las huérfanas. < 

— ; Estas (dijo aludiendo á sus hijas) y 
yo, nos sentimos muy lastimadas por us- 
tedes ! 

— ¿Por qué? preguntó Berta con timi- 
dez. ¿ Qué les hemos hecho ? 

— Eso. eso, agregó sor Ignacia, expon- 
gan ustedes sus quejas; hago las veces 
de madre de estas jóvenes, y me toca co- 
rregirlas. 

— ¿Se acuerda usted, madre, de aquel 
domingo que concurrieron á una "ma- 
tinée" que dimos en casa? preguntó doña 
Anastasia con pompa. 

— Perfectamente, repuso la religiosa. 

— ¿A que no le han dicho Berta y Pau- 
lina lo que hicieron entonces? ,. 

— ^En efecto, nada me han dicho. . 



% 



•Éak- 



327 ■■-■lt 

T--Con razón, porque es muy feo .... 
Pues se puisieron á íiacer ojos tiernos á 
los pretendientes, de mis hijas. . • , 

— ¿Quiénes son esos señores? interro- 
gó sor Ignacia haciéndose de las nue- 
vas. -.•._■ ' ;/■ .;;' ■ 

— Unos alemanes de Colima .... Us- 
ted los conoce: Grimm y Schultze. 

— ¡ Ah ! sí. |i •• 

— Pues á ellos. • ^ • C 

— Yo no sabía que las pretendían, pro- 
testó Berta con timidez, ni es cierto lo 
c|u<? dice la señora. 

— Tíi yo, agregó Paulina. ,; ■'; 

— Mentira, clamaron descortesmente 
Ccnsuelo y Socorro, ¡ bien que lo sabían ! 

— ¿Xos dijeron ustedes una palabra 
acerca de eso? interrogó Berta. 

— Pero no era necesario, porque se co- 
noce, ¡ vaya !, replicó Consuelo furiosa ; 
hay cosas que no se necesita decir . . . - 
Ni menos entre mujeres. 

— Pues te aseguro por lo más sagrado, 
insistió Berta ingenuamente, que ni si- 
quiera se me ocurrió. 

— Lo dices por disimular. ¡ Qué habías 
de decir! repuso Consuelo, más y más ex- 
citada ; sabes más de lo que te han en- 
señado. 

Berta se puso roja, y siguió protestan- 
do con cortedad. 

— ¿Para qué das satisfacciones, Berta? 
saltó Paulina; no te humilles. 






■-m 






■*.í 



328 

— Tú no las das, gritó Socorro, porque 
no te atreves ; la cosa está tan de bulto. . . 
, — Suponiéndolo, ¿ qué tenemos con esas f 
repuso Paulina encarándose con su in- 
terlocutora. 

— i Calma ! j Calma ! intervino sor Ig- 
nacia, , | > 

— A mí, prosiguió Consuelo, se me di- 
rigía Julio, y no sólo se me dirigía, sino 
que hizo algo más que eso. 

Berta se removió con inquietud en su 
asiento. 

— Y á mí, saltó Socorro, me hacía la 
corte Gustavo. 

— Y ahora resulta, rugió doña Anasta- 
sia, que ambos alemanes cortejan á estas 
niñas (señalando á Berta y Paulina). ¿Qué 
nombre merece eso? 

— ^Bien puede suceder, objetó sor Igiia- 
cia blandamente, que sin esfuerzo ni in- 
trigas de Berta ni Paulina, hayan cam- 
biado de modo de pensar esos señores. 

— ¿ Le parece á usted posible eso ? re- 
puso con exaltación doña Anastasia, ¿Por 
qué? Vamos á ver, ¿por qué? ¿Me hace 
usted el favor de decírmelo? Y agregó 
con infinito desprecio : ¿ Son esas niñas 
de mejor posición, de mejor familia, más 
bien educadas, más bonitas que mis hi- 
jas? ^ 

Sor Ignacia, que en aquellos momentos 
disfrutaba la vista del perfil remangado 
de la sseñoritas "de" Dena, dibujado so- 



329 > 

bre el marco iluminado de la ventana, es- 
tuvo á punto de sonreír, pues las nobles 
jóvenes, furiosas como estaban, tenían 
más pronunciados que nunca sus defectos 
nasalles. 

La impetuosa Paulina no pudo conte- 
nerse. 

— ¡ Señora! saltó, las hijas de usted po- 
drán ser más ricas, de mejor posición y 
más "nobles" que nosotros, pero en cuan- 
to á bonitas 

No concluyó la frase, pero contrajo de 
tal modo la boca y la nariz con gesto de 
desprecio, y elevó y sacudió de tal mane- 
ra los hombros repetidas veces, que sus 
ademanes valieron por todo un discurso. 

— ¿Lo oye usted, señora? vociferó do- 
ña Anastasia dando todo su valor á aque- 
lla mímica elocuente. ¿No oye usted co- 
mo nos injuria? Pero..,, ¡vaya! ¿Qué 
se puede esperar de esta gentuza ? 

— Repórtese usted doña Anastasia, re- 
puso sor Ignacia con» autoridad. Reflexio- 
ne que estoy de por medio y que alguna 
consideración se me debe ...... Siquiera 

por mi carácter de religiosa ; y tú, Pauli- 
na, ¡cuidado con esas! 

— ¿Yo qué digo? replicó la joven con 
descaro ; no digo nada. 

— Usted dispenise, contestó doña xAnas- 
tasia, dirigién.dose á la. superiora ; es vivo 
mi carácter y hay cosas que la sacan á 
uno de sus casillas ¿Continúo? - 4 



S- 






•VV 



—Por supuesto, fq)uso sor Ig^iiacia: 

— Esta pobre joven, además, prosig^uió 
la ¿eñora ''de" Dena, señalando óesdeño- 
samaite á Paulina, trata de echar el an- 
zuelo á mi hijo ; y á fuerza de locuras, 
coqueterías y liviandades, ha logrado tras- 
tornarle la razón Usted comprende 

(jue Prudenciano no puede descender tan- 
to. ■ ■ • /■ / ! ■ :' 

— He oído decir, objetó con suave ma- 
lignidad sor Ignacia, que el pobre joven 
anda muy descarriado, que bebe mucho y 
da á usted grandes 'pesares. 

Doña Anastasia se sintió sofocada. 
— ¡Malas lenguas! ¡Lenguas viperinas 1 
resalló al fin con estrépito. j 

— No tanto, terció Paulina con aguda 
ironía. 

— La de usted es la peor, replicó doña 
Anastasia, mirando á Paulina con ojos 
Hamíjeros. 

El diálogo había descendido de un mo- 
do lastimoso ; aquello no era ya una con- 
versación entre personas decentes, sino 
una disputa ordinaria y vulgar. Paulina, 
que se sentía fuerte después de tomada la 
resolución de aceptar las proposiciones 
de don Arcadio, no tuvo paciencia para 
seguir soportando la escena, y levantan- 
do la voz preguntó á sor Ignacia : 

—Madre, me permite poner fin á la dis- 
cusión ? ■ • 



■ • ■ " ■'- - -^ •. -.■••••■■ .■0: 

: : 331 ::V| 

' Lá superiora, deseosa también <le ter- 
nifriarlá, calló para dejarla decir. 

^Doña Anastasia, prosiguió Paulina 
burlónamente y con ademán cómico, pue- 
de usted quedarse con su "preciosísimo"' 
Hijéí; nadie se lo disputa, y yo no lo ne- 
cesito para nada. Por ahí tengo un car- 
gamento de cartas y flores que me ha en- 
viado, no sé para qué ; voy á mandar á 
usted toda esa basura dentro de un rato, 
para que haga con ella lo que quiera, 
porque á mí me sirve sólo de estorbo. Si 
para él soy poco, él es esto para mí. (Y 
juntando el índice y el pulgar de la mano 
derecha, los elevó, sopló sobre ellos y los 
abrió áh improviso). Lo mismo digo de 
Gustevo. Vean ustedes cómo vuelven á 
conseguirlo, porque también lo voy á sol- 
tar. ¡ Recojan lo que puedan !- 

Y habiendo lanzado aquella bomba de 
á placa, salió corriendo de la estancia co- 
mo un torbellino, sin aguardar la res- 
puesta. 

Doña Anastasia y sus hijas, en el colmo, 
de la exaltación, se hubieran lanzado en ' 
su seguimiento para arañarla y tirarle del 
chongo, á no habérselo impedido la dig- 
nidad. 

— ¡ Insolente ! gritó la soberbia dama 
haciendo ademán de levantarse y empu- . 
ñando vigorosamente el marfilino puño 
de la sombrilla que llevaba en la enguan- 
tada diestra. ¡Dejara de ser quien es! 



Mí' 



■1 '■ ■ 



332 

— No hagas caso, mamá, saltó Socorro ; 
no es digna de que pases un mal rato por 
ella. 

— 'Despréciala, mamá, gritó Consuelo; . 
es lo que merece. 

— No tenga usted cuidado, repuso gra- 
vemente sor Ignacia; será reprendida y 
castigada como es debido. 

Las cosas habían llegado al punto que 
deseaba la familia "de" Dena. La prome- 
sa acabada de salir de labios de sor Ig- 
nacia, despertó su apetito vengativo ; y 
madre é hijas saltaron de júbilo ante la 
halagadora perspectiva que ^e les ofrecía, 
de encierro, azotes y himiillaciones para 
Paulina ; y deseosas de que la S"uperiora 
fuese con la huérfana lo más severa po- 
sible, y de agravar los cargos que sobre 
ella pesaban, refirieron con calor, y arrc- 
batáiiidose mutuamente la palabra, la es- 
cena por ellas sorprendida la noche del 
"Stabat Mater," entre Gustavo y Paulina, 
á la sombra del apartado y silencioso ce- 
dro ; pero la cuenta les salió errada, por- 
que sor Ignacia, disgustada por tanta fe- y 
rocidad é insistencia, no menos que por. 
la gritería y el manoteo de las interlocu- 
toras. no correspondió con su actitud á 
los deseos pxterminadores de la falange 
acusadora. . j . - 

— Repito que no tenga usted cuidado . 
doña Anastasia, se limitó á contestar con . 
entonación fría ; se hará la justicia debida / 



333 

también eu esto. Tomaré informes", y, "si 
resulta probada la verdad del hecho," cas- 
tigaré á PauUna muy duramente. 

— ¿"De suerte que duda usted de nues- 
tra palabra? preguntó indignada la se- 
ñora "de" Dena, ¿No le hemos dicho que 
lo hemos presenciado con nuestros pro- 
pios ojos? ¿Nos juzga capaces de men- 
tir? 

*' — -No digo eso, contestó sor Ignacia sin 
alterarse, sino que tengo necesidad de 
hacer una investigación en regla sobre el 
caso, porque no puedo condenar á Pauli- 
na sin oírla. 

— Pues va á decir que es tan inocente 
ccmio el Cordero Pascual. 

— -Veremos lo que resulta. ... 

— Si he .sabido tal co.sa, repuso la aira- 
da señora fuera ya de si, no hubiera per- 
dido el tiempo en venir hasta acá. . . . 
Pasos inútiles, niñas, ya lo ven ustedes. 

— Doña i\nastasia, interrumpió severa- 
mente la superiora, hace rato estoy ob- 
servando que usted se descompasa. Ha 
venido á delatar faltas que asegura han 
cometido señoritas que corren á mi car- 
go, y ha estado en su derecho ; pero nada 
la autoriza para pasar esa raya y lanzarme 
al rostro ofensas más ó menos emboza- 
das. ^ ■' '•'-■!'■"'."> : '-, 

Estaba visto : madre é hijas habían 
adoptado una táctica errónea. Hubieran 
debido comenzar por Berta, quien, menos 

Precursores— 31 



334 






/S- ag-uerrida que Paulina para el combate, 

..^y no habría hecho más qu€ llorar x. discul- 
^$ pairse ; después de eso, y conservando 

• frescas é intactas todas sus fuerzas, hu- 
bieran debido caer sobre Paulina para 
'^i¿^ hacerla pedazos. Pero llevadas de su vm- 

íí% petuostdad, habían comenzadb el ataque 

'■^^ por el punto mejor defendido, y habían 
/;■ ido perdiendo fuerzas y posiciones mo- 

mento por momento. Así, después de tan 
desapacible y prolongado diálogo, se en- 
contraban con que la superiora, en vez 
de convertirse en su aliada, tomaba acti- 
tudes defensivas contra su agresión . . . . ; 
pero aquello no tenía ya remedio. Por 
jt|. tanto, al ver doña Anastasia que sor Ig- ' 

nacia le salía al frente con modera<nón, 
pero con firmeza, no pudo ya contenerse. 
y ardiendo en santa cólera, se puso en 
pie como movida por un resorte, y grit{> 
majestuosamente á sus hijas: 

— ¡ Nada tenemos que hacer aquí ! ¡ Vá- 
monos, niñas ! Esta señora (dirigiéndose 
á sor Ignacia) no quiere oír ni saber na- 
da contra sus ediicandas. 

— Vaimos, doña Anastasia, repuso la su- . 
periora fríamente. Veo que desciende us- 
ted á cada momento ; celebro esté dis- 
puesta á marcharse. . | ■; ; 

— ¡Esto más! gritó la frenética .seño- 
ra.... ¡ Nos arroja del Hospicio ! ; » 
— Nada de exageraciones, objetó la su- 






7 ■ 



■■ííTfi ■ 



.^í: 



■ 335 '-/v 

pertora con tono inuperturbable : nadie 
arroja á ustedes. ■ ^r 

— Vamonos, mamá, dijo Socorro. 

— En el acto, saltó Coixsuelo .... Para 
no voIv«T nunca á poner los pies en esta 
casa. '> 

Hnbo un movimiento general • hacia la 
puerta de salida, á donde se dirigió tam- 
bién sor Ignacia. Consuelo aguardaba una 
ocasión como aquélla para habérselas con 
Berta, pues necesitaba no tener testigos, 
V en medio de la baraúnda del altercado, 
no le había sido posible realizar sus pro- 
yectos. Hizo, pues, ademán como de salir 
con el grupo; pero al llegar á la puerta 
del recibidor, volvió atrás repentinamen- 
te, y dirigiéndose á Berta, que había per- 
manecido muda, atónita y anonadada du- 
rante la escena anterior, le dijo con ím- 
petu feroz y precipitación indescriptible: 

— ¡ Eres una mosca muerta y una hipó- 
crita ! Has obligado á Julio á que te cor- 
teje, á fuerza de coqueterías; ¡pero no te 
quiere, no te quiere! Está divirtién- 
dose contigo. Para que lo sepas mejor, 
te dejo ese papel. Toma, lee 

Y al decir atropelladamente aquellas 
palabras, dejó caer en el regazo de la 
huérfana, como quien arroja un cartiícho 
de dinamita,, una pequeña /Cubierta color 
de rosa, que en la mano llevaba ; y con 
gesto antipático de odio y venganza re- 
tratado en la arremangada fisonomía, sa- 



.y w: . 

■ "- ■^■■,' * 



336 



l. 



lió en pos de doña Anastasia y Socorro, á 
quienes alcanzó en la cancela. 



IX 



Después de hi batalla. 

El primer movimiento de IJerta al que- 
darse sola, fué el de examinar el papel que 
Consuelo le había arrojado en la falda, y 
abrir el sobre con mano trémula, aunque 
sin saber apenas lo que hacía. Y ¿qué fué 
lo que vieron sus ojos nublados por la 
sorpresa y el dolor? La letra de Julio, la 
misma frecuencia de guiones y admira- 
ciones usadas por él al fin de las cláusu- 
las, y hasta el mismo papel y el mismo 
perfume preferidos por él en su corres-; 
pondencia ; y al través de una espesa ne- 
blina formada jDor la emoción y por su 
mortal angustia, leyó trabajosamente las 
siguientes líneas: .1 ' 

"Adorada Consuelo: ' 

^'No tienes motivo para estar celosa de 
tu ex-amiga Berta, pues sólo á tí te quie- 
ro. ¿Qué vale ella junto á tí? No te re- - 
bajes hasta el punto de compararte con 

ella" 

Julio." 



No pudo leer más ; sus ideas se confun- 



" ■'■ ■■ ■ ■ ■' 337 ■ '^M 

(lieroii, nublósele la vista, acongojósele el 
alma y casi estalló su corazón. Vio á sus 
pies como un abismo muy negro y muy 
hondo. Julio, á quien había creído decha- 
do de cabaUerosidad y bondad, la traicio- 
naba, la vendía, la engañaba impíamente, 
sólo porque era infeliz y desamparada .... 
Presa de indignación y cólera, estrujó el 
papel con violencia, lo redujo á menudos 
fragmentos, y lo pisoteó con sus diminu- 
tos y airados piececitos. Su parte física, 
fina y delicada, respondió á aquel choque 
exterior con un tumulto -profundo, inten- 
so y súbito. .A.lgo, no supo qué, subió -á 
su cabeza de pronto, causándole vivo do- 
lor : sintió martiJlazos en la frente y en las 
sienes ; oía extraños ruidos interiores, co- 
mo <le choques metálicos y tañido de cam- 
panas ; le pareció que una mano invisible 
la oprimía cruelmente la garganta, cor- 
tándole el resitello ; é inmóvil y con los 
ojos seco.s^ perdió la conciencia de dónde 
estaba. 

Tan rápidos habían sido los sucesos, 
qtve la misma sor Ignacia, que volvió lue- 
go a/1 recibidor, no se había dado cuenta 
de ellos : de suerte que al hallar á Berta 
tan de^ícompuesta y con tan extraña ex- 
presión en el rostro, se alarmó profunda- 
mente, y más cuando notó que la pobre ni- 
ña se ahogaba porque quería llorar y no 
podía. Aquella angustia sorda le causo 
e.spanto. 



^. 






338 \ 

— ¡Berta! ¡Berta! ¿qué tienes? le pre- 
guntó con blando acento maternal. 

La joven no contestó de pronto, y co«i- 
tinuó como abismada en una especie de 
delirio. Para sacarla de él, la sacudió la 
madre por los hombros, hasta que la obli- 
gó á recobrar la conciencia de sí misma. 
Mas ¿para qué? Sólo para que su dolor 
cambiase de forma y se resolviese en una 
tempestad de lágrimas y lamentos, 

— Pero, por Dios, ¿Qué te pasa?, in- 
sistió sor Ignacia. ¿Qué ha sido esto^ 
¿Qué te ha hecho esa mala gente? 

— ^Julio me engaña, sollozó Berta tem- 
blándole la barbilla como á un niño. 

— ¿Quién te lo ha dicho? ¿Cómo lo sa- 
bes? 

— Ese papel, contestó la joven señalan- 
do los menudos fragmentos de la carta 
q,ue tapizaban d suelo. 

— Pero, objetó sor Ignacia, ¿no será al- 
guna superchería de las "de" Dena? 

— No, repuso Berta moviendo la*cabeza 
con amargura; es cierto. 

— ¿Estás segura? 

— Sí, repuso atragantándose con el Uan- 
to ; lo estoy por desgracia. 

En aquellos momentos, repasatba men- 
taímente los daitos que tenía para admitir 
la veracidad del documento, y los hallaba 
incuestionables. Si hubiera conserrvado su 
sangre fría, habría podido, acaso, descu- 
brir algimas diferencias entre la verdad y 



339 

la ficción de lo escrito ; pero como estaba 
bajo el peso de una de esas impresiones 
que matan, y era tan ine:S:vperta como un 
niño, no se le ocurrió formular la menor 
objeción contra aquel hecho,, ni aun sos- 
pechar que pudiese ser víctima de un en- 
gaño. Con todo eso había contado, y no 
en vano, la astuta Consuelo, pues la mis- 
ma religiosa, aunque sagaz y desconfiada, 
había desechado toda idea de recelo, al 
ver la firmeza con que la joven aseguraba 
la autenticidad de la carta. ¿Quién mejor 
(^ue la misma interesada, podía conocer 
la verdad ó la mentira del manuscrito? 
Además, y sobre todo, eca el trastorno fí- 
sico de la joven á tal punto intenso, que 
sor Ignacia no pensó más que en ver có- 
mo podía sacarla d« estado tan alarman- 
te. 

Aquel aleve desenlace era muy natural, 
á juicio de Berta, y cuadraba perfecta- 
mente con lo que ella y hasta sor Ig^^a- 
cia habían pensado siempre, pues ambas 
habían temido constantemente que Grámm 
no fuese leal ni sincero. ¿No era él hom- 
bre de posición? ¿No era ella una pobre 
expósita? ¿No era inverosímil, por lo mis- 
mo, que Juilio pensase de veras en tomarla 
por esposa? Hasta en sus momentos más 
dichosos, una voz secreta le había aconse- 
jado no entregarse por completo á aque- 
lla ilusión, sino desconfiar siempre y estar 
dispuesta para lo peor ; y por más que ha- 



■■£- 



340 Vf' 

bía luchado por alejar del pensamiento la 
duda, aquella somlíra había continuaxio 
acibarandt> los -dias más brillantes y los 
goces más puros de su existencia. En el cie- 
lo' de su dicha, había columbrado constan- 
temente, alia, muy lejos, un puntito ne- ', 
gro que había echado á perder sus ale- 
grías y su reposo ; y se había dicho .íhi 
cesar, que aquella mancha oscura y por- 
fiada que tenía ante los ojos, era el nido de •'•; 
una tempestad, que un día ú otro acaba- .. 
ría por estallar sobre su cabeza. 

— Supongamos, observó sor Ignacia, , 
í|ue tanta maldad sea cierta. No te aho- 
gues en poca 'agua ; eres joven. Dios te 
ha dotado de buenas cualidades y no sa- 
bes lo (jue el porvenir te reserva. 

— No, no, protestó la joven. 

— ¿ Pued'es asegurar que tu suerte no 
haya de cambiar algún día ? 

— Sí. I ' • " 

— ¿Cómo lo sabes? 

La única contestación de Berta á estas 
palabras, fué un acrecentamiento de lágri- 
mas, cuyo sentido íntimo era el siguiente : 

— "Lo sé porque el golpe que recibo 
me ha partido el corazón. Había puesto 
en ese hombre toda mi fe, toda mi ternu- 
ra, toda mi esperanza, y ahora, al ver su 
falsía, no queda en el fondo de mi ser ni 
mi .solo rayo de luz para alumbrar mi ca- 
mino. No quiero ser dichosa sin ese ser 
á quien había entregado mi alma, y ador- 



i4i 

nado con los tesoros de mi fantasía. Tu- 
vo para mí no sé qué poder misterioso, 
que sólo Dios pudo haberle comunica- 
do; se apoderó de mis facultades y poten- 
cias, y me hizo vivir de su palabra, de su 
cariño, de la mirada de sus ojos ; y ahora 
que todo me falta, y se desvanece esa vi- 
sión que iba delante de mis pasos como 
una estrella, siento que se me escapa la 
vida, y no tengo, ni quiero tener fuerzas 
para volver á creer, ni esperar: para amar 
ni para ser amada. 

— Así lo juzgas ahora, continuó la re- 
ligiosa, que penetró su pensamiento, aca- 
riciando la cabeza de Berta y reteniéndo- 
la estrechada sobre su seno ; pero cuan- . 
do pase la impresión penosa de estos mo- 
mentos, todo k) verás diferente, 

— ¡Nó, no! • * 

— Los destinos humanos están en ma- 
nos de Dios, y nadie conoce sus secretos. 

Berta, incapaz de n«gar esa verdad, só- 
lo contestó con silencio y lloro. 

— No digo tú, que comienzas la vida, 
y tienes tantos motivos para esperar, si- 
no otras más infelices que tú, han podido 
comprobarlo. La criatura nada sabe, y no 
puede afirmara nada de sí misma para \o 
futuro .... Ahora lo que importa es que 
te conformes con la voluntad de Dios, y 
manifiestes con tu fortaleza, que crees en 
EJ y en su justicia. Es una prueba que El 
te manda, y á ¡a cual debes sujetarte. ¿Sa- 



, Mr, 



V: 342 

• \ bemos por qué te la envía? No, ni lo ne- 
¡:íK cesitamos ; lo que importa es que te pene- 
"^' tres de que Dios es quien lo ha disptresto, 

}■ de que los cristianos debemos bendecir 
su nombre, aun en medio de la tribula- 
ción. 
;yv> Hubo un prolongado silencio sólo inte- 

. '•' rrumpido por el llanto -ck Berta.^ La ma- 

dre con'tinuó : 

— No te digo que no llores, el llanto es 
;vy. natural al ser humano, y lo arrancan las 
,^ penas á ios ojos más secos ; pero no llo- 

res con demasiada amargura ni des cabi- 
da en tu aflicción á sentimientos maloss. 
No pierdas el fruto de tu dolor : sé gran- 
/ de y nobte aun en él, para que Dios, que 

ve tu sumisión, te lo premie. Los cristia- 
nos tenemos grandes recursos para nues- 
" tro ctmsuelo en nuestras mismas creon- 

:^, cias. Los que sufren están en manos del 
Omnipotente, como el oro en el crisol, 
i>ara purificarse de toda impureza. Las 
almas mejores son las que más han su- 
frido, porque el dolor sobrellevado con 
mansedumbre, ennoblece el espíritu, lo 
eleva á Dios y hace aparecer en el ser 
- liumano, grandezas misteriosas. 

— Yo. . . . me. . . conformo. . '. . con. . . 
lo. . . . que. . . . Dios. . . . dispone. . . . 

¡ Bendito. .... sea ! murmuró con 

acento desgarrador la pobre niña, pro- 
:' rrumpiendo en gemidos lastimeros. 
V — El te bendiga, repuso sor Ig^acia en- 






Í43 ^ 

ternecida y tornando á abrazarla cariño- 
saníente. Y mejilla con mejilia, lloró 
taimbién á su vez, empapando con llanto 
propio y ajeno las alas de su Manca cor- 
neta. ' í ^ 

Así pasó aquella tarde, sin hacer Berta 
más que llorar y contestar con monosíla- 
bos ó movimientos de cabeza á cuanto se 
le decía. La madre la condujo á un cuar- 
tito apartado, donde solía retirarse á 
t>raT, para evitar que se supiese en el Hos- 
picio lo que acababa de suceder .y se hi- 
ci^eseíni comentarios. ¿Y á quién llevar cer- 
ca de Berta para que la consolase, mejor 
que á Virginia, que la quería tanto y era 
tan querida por ella? Hizo, pues, dispo- 
ner dos lechos en aquel lugar, para que de 
ahí no saliesen las dos huérfanas, y en- 
comenló á la ciega el cuidado de su ami- 
.y;a, durante la crisis dolorosa. 

— Virgen, Virgen, exclamó Berta echán- 
dose en brazos de su amiga, apenas se 
quedaron solas, j Cuan desgraciada soy ! 
¡Quién fuera como tú ! ¡ Nunca le hubie- 
ra conocido ! ¡ Todo lo malo entra por los 
ojos ! De , muchos males te libertas con 
no ver: da gracias á Dios porque te hi- 
zo ciega. Y besándole las mejillas, se echó 
á llorar en su seno. , . ■;: 

Virginia correspondió, con efusión á las 
caricias de su amiga, preguntándole con 
tierna solicitud mil detalles y circunstan- 
cias sobre cuanto acababa de pasar; y 



•'V". 



w 



344 

Berta, con palabras entrecortadas y i>rf>- 
fimdos sollozos, le refirió pormenorizada- 
mente los acontecimientos, despertando 
en eli corazón de Virginia vehementísima 
indignación y tierna simpatía, cuyas pa- 
tética>s manifestaciones produjeron nuevo 
desbordamiento de llanto en los ojos de 
Herta. 

— 'En el mejor paño ha de caer la man- 
cha, murmuró la ciega. ¡ Tú sufrir tanto, 
cuando nadie como tú merece ser dicho- 
sa! I - 

Dejemos á las dos jóvenes entregadas 
á sus confidencias, quejándos'e la nivi. 
consolando la otra, y ambas abismada-) 
ante el espectácuJo de la maldad huma- 
na, medrosas ante las asechanzas de la 
vida y volviendo á Dios el corazón, roni) 
á la única fuente de verdad y consuelo,. 
Así las sorprendió Ja luz d-el día, sin f|uc 
hubiesen dormido un instante, después de 
haber Morado toda la noche, y sólo inte- 
rrumpidlas de cuando en cuando por \a 
aparición de sor Ignacia, quien solía acudir 
á informarse die su estado y á suavizai 
con frases atinadas y cariñosaij. el dolor 
de aquellas horas sombrías. 

Llegaida la mañana, dio traza sor Ig-- 
nacia de arreglarse de cuentas con Pauli- 
na. ¡ Cuan diferente era ésta de la dulce 
y pasiva Berta ! Alegre, frivola y sin es- 
crúpulos, triunfaba de todo, y se erguía 
sobre un grupo de adimiradores, de quie- 



345 

lies se burlaba y á quienes no daba el 
corazón; mientras la otra, buena, sencilla 
y timida, se entreg'aba candida y sincera- 
mente á un solo afecto, y era traiciona- 
da por el único hombre á quien había 
amado. El contraste irritó á sor Ignacia, 
<|uien fué muy severa con Paulina en la 
conferencia (]ue con ella tuvo, riñéndola 
por sus ligerezas con Gustavo y por su 
atroz comportamiento con las "de" Dena. 
Pero ésta, alentada y sobreexcitada por 
los éxitos alcanzados, en vez de acoger 
humildemente las palabras de la religio- 
sa, se encaró con ella, la trató de igual á 
igual, y le volvió palabra por palabra y 
dureza por dureza. La escena fué á tal 
])unto molestia y desagradable, que la su- 
, periora tuvo <|ue apelar á algunas medi- 
cinas para tranquilizar los nervios y po- 
ner en equilibrio los jugos digestivos del 
estómago, cjue habían tocado á rebato 
con ocasión del <lisgusto, y lo peor de to- 
do fué que no logró, al fin. averiguar si 
había sido cierta ó no la escena del ci- 
]irés. pues Paulina la negó ferozmente, 
con (obstinación y á pie juntillas. A bue- 
na cuenta, no obstante, y por si lo fuese 
(pues muy capaz juzgaba á la joven 
de lanzarse á aquellos extremos), afeó 
con violencia sor Ignacia tan descocada 
corjducta, pintando con vivos colores el 
descrédito en que caía toda joven hones- 
ta que se abandonaba á actos poco deco- 



1 /. 



'é^ 



^v 346 

' '-%■ ■ . . 

V.- rosos c incwnpatibles con la buena e<ki- 

;j: oación y la compostura propias de su es- 

v\ taJdo ; mas el único fruto que cosechó de 

s la reprimenda, fué que Pauílina, enfadada 

de tan larjs^o sermón, acabase por cxcla- 

; mar : 

— Estoy aburrida, señora, de tantas re- 

:- prensiones como de usted y áe las otras 

v¿ hermanas recibo : soy la más regañada y 

/y maltratada de todas las asiladas. Coon- 

:-%■ ■.. ]>rcndo que están ustedes enfadaílas de 

"' mí, pues nunca les falta pretexto para 

moles^tarme, unas veces porque hago y 

!> otras porque no hago las cosas. Fero si 

lo están ustedes de mí, yo también lo es- 

;■ " toy de ustedes; de suerte que nada 

■^ , nos quedamos á deber. Por fortuna, du- 

•"rf rara poco el-ta situación, porque saldré 

diel Hospicio como quiera (|uc sea, y U> 

_ más pronto posible. 

Y cara tan mala y gesto tan agrio 3>u- 
so al decirlo, que la superiora, temerosa 
de que las cosas tomasen un giro escan- 
daloso, tuvo por conveniente cortar la 
discusión y alejarse del "sitio, dejando á la 
' joven rebelde los honores de la bataUa. 
:: Paulána, pues, triunfante en toda la línea, 
, : '■ dufmió á pierna suelta aquella noche, y el 
i4/ lunes de Pascua, á la madrugada, se le- 
,v,' .vantó tan fresca y sonrosada, como flor 
^ acabada de abrirse. Púsose en pie tem- 
prano, con. el objeto de arreglar sirs pro- 
pios asuntos antes de que comenza.se el 



i 

r 
f 



347 

barullo de la casa ; así, pues, para aprove- 
char bien el tiempo, escribió de carrera 
dos cartas, una para Schultze y otra para 
doña Anastasia; una y otra destinadas ú 
romper toda liga con el pasado, y queílar 
libre y suielta para lo porvenir. 

Al primero decía: *: 

•• , ■; -■■ i-^ - i'^' 

"Gustavo: - 

"Las relaciones que hemos tenido, han 
sido una locura, porque usted y yo somos 
tan pobres como el Niño Dios. Dimos 
vulelo á la simpatía haciendo tonterías 
propias de chicuelos ; pero basta át eso, 
y es tiempo de pensar en cosas serias. 
Voy á casarme con la persona que me 
conviene, porque siendo huérfpina y no 
teniendo quién me pro'teja, debo velar por 
mi propia suerte. Adiós para siempre v 
oh^ídeme.— PAULINA." ■ V 

A doña Anastasia le hablaba así : ;'^- 

"Noble" señora: ;- 

"Envío á usted con el portador cartas 
y obsequios, estorbos de su hijo, que no 
quiero tener en mi poder. Dígale usted 
que le agradeceré no me siga fastidiando v 
con sus pretensiones, pues no le quiero y 
mte hará un gran favor si me deja en paz. 
Ojató logre casarse con algima princesa.' 

PAULINA." - 



348 ■ ■•'"■^^^ 

No faltaron cotulnctos á la joven para 
enviar papeles y embelecos á sus sendos 
destinos, pues son aílmirables líos medios 
(le tjue disponen las doncellas reclusas pa- 
ra sus correspondencias externas. El caso 
es <|ue, sin que Ja superiora se enterase 
(le nada, al sonar la hora del desayutio. 
hablan (juedado concluidas ya, del princi- 
])io al fin, las combinaciones matutinas. 
]3espués de eso no había más que estpe- 
rar tramquilamente, como lo hizo, la Ue- 
g^ada del bueno de don Arcadio. Y es de 
creer que el vejete estuviese también co- 
mo en ascuas por ver ol desenlace de 
aquella peregrina y nunca bien pondera- 
da aventura, puesto que, al sonar las on- . 
ce del día, se presentó en el recibidor ha- 
ciendo salamas á sor 1 guacia y á su pre- . 
tendida. 

— Queda probado que no soy flojo ni 
informal, dijo satisfecho ail entrar en el ,. 
aposento. Prometí venir á las once, y aquí 
estoy al sonar la hora. Conque ¿cuál es 
la última resolución de la huerfanita? 

— Paulina resolverá lo que le parezca. ' 
saltó sor Ignacia, aunque no iba dirigida 
á ella la pregunta. En estas cosas no es 
á mí á quien corresponde decidir. Ni ilos 
mismos padres, según lo enseña el Cate- 
cismo, pueden dar estado á sus hijos cop-\ ■-- 
tra su voluntad; mucho menos yo, que 
no soy madre de Paulina, sino una sim- . 
pie encargada de ella por exigencias de 



349 

las circunstancias; así que me lavo las 
manos en este negocio, y dejo á ella toda 
!á responsabilidad de sus actos, sin que 
esto mismo signifique que los apruebo. 

— Estamos arreglados, repuso grave- 
nuente don Arcadio. 

— Ya lo sé, repuso Paulina con tono al- 
tanero ; ya sé que sólo yo tengo el dere- 
cho de disponer de mí misma.' Pues bien, 
señor, lo he pensado bien, y estoy, resuel- 
ta á aceptar suis proposiciones. 

Don Arcadio hizo un gesto intensísimo 
<ie sorpresa y alegría, dibujándose en su 
boca alargada hasta las orejas, una son- 
risa de triunfo. 

— Pero antes de comprometerme, ne- 
cesito hacer una explicación é imponer al- 
gunas condiciones, prosigfuió la joven. Si 
usted se conforma con la primera y acep- 
ta las segundas, quedará cerrado el trato. 

— ^Veamos, niña. 

— La explicación es ésta: no lo quiero 
á usted, ni será posible que lo quiera, su- 
puesta la diferencia de nuestras edades, 
y porque apenas nos hemos conocido. 

— Se necesitaría ser muy tonto para no 
caer en la cuenta, repuso don Arcadio. 
Pero eso ya vendrá por sus pasos conta- 
dos; ya me tratará usted y verá como no 
hace tan mala eleición, y quién quita y 
hasta me quiera con el tiempo. 

— iMe parece difícil .... No me compro- 
meto. 






i vi;. 






350 

• — Eso ya lo veremos. 

— A mi lo que me interesa, es no ser 
falsa, y decir la vei-dad respecto de mis 
sentimientos. ¿ Está usted conforme, des- 
pués de eso, en tomarme por esposa? Me 
caso con usted porque soy pobre y huér- 
fana, y necesito un apoyo ; sólo por eso.. 
habkmos claro. 

— Lo estoy por ahoia; ya después dirá 
Dios. 

— En ese caso esta bien. A'anios ahora 
á las condiciones. No ha de ser usted ce- 
loso , ni ha de andar vigilándome ó recri- 
minándome por esto ó por aquello, por- 
(|ue hago ó porque no hago. 

— ^Como usted tiene temor de Dios, 
porque se lo han enseñado las madreci- 
tas, no habrá necesidad de tomar esas me- 
didas. 

— ¿ Lo promete ? ' 

^Sí, bajo ese "respeto :" Que usté se 
ria, ''platique," brinque, toque el piano ó 
haga lo que quiera . . . En eso no me me- 
to. Es usté una criatura, y la edá lo per- 
mite ¿Ya se acabaron las condicio- 
nes? I 

— Todavía no : deseo que todo se haga 
pronto, para evitar habladurías. 

— '¡Haiga cosa! En eso estamos contes- 
tes. Es lo mismo que yo quiero ; se pedi- 
rán las dispensas. 

— No olvide el traje blanco, agregó 



Pa«lina, como quien recuerda algo de su- 
ma importancia. 

— Dispénseme ; de eso no entiendo na- 
da. ¿A dónde tiene uno que ir á comprar- 
lo? 

Paulina no supo qué contestar, porque 
tampoco estaba enterada de ello, pues to- 
dos sus trajes eran de manufactura do- 
méstica; mas pensó que si dejaba asunto 
tan importante á la discreción de don Ar- 
cadio, resultaría todo muy cursi y ratone- 
ro. Y como uno de sus deseos más vivos 
era el de presentarse ricamente ataviada 
ante el altar, para inaugurar en aquel 
punto y hora los triunfos- de su nueva vi- 
da, no tuvo reparo, después de maduní 
examen, en contestar: . " -. . 

— Lo mejor será que usted me envíe el 
dinero : yo me encargaré de mandar hacer 
y comprar cuanto necesite. 

— I Eso será lo "más" mejor ! exclamó 
(k>n Arcadio, soltando un suspiro de ali- 
vio y solaz. 

— ¡ Pero, Paulina ! intervino sor Ignacia . 
en tono de reproche. 

— ¿Qué quiere usted, señora? preguntó 
la joven con acritud. 

— ¡Moderación, moderación! repuso la 
superiora con autoridad. 

— ¿ Que me case sin vestido blanco ? ex- 
damó Paulina escandalizada. ¿Sin velo? 
¿Sin corona de azahares?.... ¡Mejor no 
me casaba! ;; í-í 



•n. 






;r-^ — i Fruslerías ! repuso la religiosa ; eres 

pobre y debes casarte pobremente. 

— No, repuso la huérfana enfullinada; 
si este señor no conviene en ello, no me- 
caso. I 

Don Arcadio, que había estado obser- 
vando á sor I guacia y Paulina de hito en 
hito durante este breve diálogo, halló más 
atractiva que nunca á la joven, con el mo- 
hín pintado en el semblante y con algo 
de violencia en los ojos ; y al influjo de 
aquella impresión, y sin poder contenerse, 
intervino prontamente en la cuestión, te- 
meroso de que la presa se le escapase de 
las manos. 

— Déjela, señora, tiene razón. ¡Son mu- 
chachadas y cosas de mujeres!. . . . ¿Co- 
mo cuánto deberé enviar? continuó diri- 
giéndose á Paulina. 

Calló Paulina para hacer mentalmente 
la cuenta, y pensó que tantas varas de 
raso, tantas de punto del más fino, tanto 
para adornos, tanto para calfeado, y tanto 
para libro de marfil, rosario de concha 
con engarce de oro, guantes de cabritilla 
y pañuelo de batista, podría importar tan- 
to; pero temerosa de pecar por carta de 
menos, dtiplicó el importe de la suma, y 
lo fijó en aJta voz con increíble desplan- 
te, encarándose con el vejete. 

— i Oiga! observó don Arcadio amosta- 
zado, ¿conque tanto así cuestan los tra- 



353 

pos? Yo "creiba" que era cosa más ba- 
rata. 

— Ni más ni menos, repuso secamente 
Paulina; si le parece mucho, lo dicho por 
no dicho. 

— ¡Sólo eso faltaba! exclamó don Ar- 
cadio más y más subyugado por la belle- 
za, gracia y travesura de Paulina; estoy 
conforme, niña, yo nada digo. 

Con esto y algo más que se dijo, y no 
relatamos por ser de menor interés, que- 
dó concluido el arreglo en su esencia y 
detalles ; y en consecuencia, como no había 
más asunto que tratar, se despidió don 
Arcadio para ir á procurar el dinero, ha- 
ciendo profundas y torpes reverencias. 
Entretanto, quedó Paulina elevada al sép- 
timo cielo, al ver que comenzaban á reali- 
zarse sus ilusiones de independencia, hol- 
gara y lujo ; y no cabía en sí de gozo pen- 
sando cuan bien se vería el día de la bo- 
da, ataviada con traje de cola enorme, 
haciendo visos la seda en torno de su 
cuerpo, envuelta en amplio velo de finí- 
sima malla, peinada con esmero y llevan- 
do entrelazada en la negra cabellera la 
guirnalda de azahares con que tanto ha- 
bía delirado. Y monologaba de este mo- 
do: 

— ^¿Qué tai me sentará el traje?. . . . No 
quiera Dios que la modista vaya á echár- 
melo á perder con bolsas por aquí y arru- 
gas por allá. . . . ¡Eso sería atroz! ¡Como 






354 

no se casa uno más que una vez ! . . . O dos 
ó más ; pero sólo en la primera puede tino 
vestirse ae blanco .... ¿ Estaré ese día 

descolorida y ojerosa? Espero que 

nó, porque no me desvelaré la víspera, ni 

habrá motivo para ello Se. desvelan 

las que se casan enamoradas ; á mí, por 
fortuna, no me causa la menor emoción 

dar la mano á ese señor Se la daré 

como si le saludara ; haré de cuenta que le 
<^go: ¿Cómo e&tá usted, don Arcadio?. . . 
Y ¿qué dirán mis compañeras al verme 
tan elegante, y que les cojo la delante- 
ra?.... ¡ Pobres!, Ellas no tienen cuando 
salir de este pozo.... ¿Y las "de" De- 

na ? ¿ Vendrán al matrimonio ? Yo 

quisiera que sí, para que me vieran. ¡ Qué 
rabia ¡les dará presenciar mi enlace y ver- 
me tan elegantemente vestida!... ¿Cuán- 
to vamos á que ni ellas, <fon todo y que se 
las dan de aristócratas, se visten como yo 
el día que se casen ? . . . . Pero ¡ qué se haM 
de casar ! agregó encogiendo los hom- 
bros con desprecio. ¡ Son tan feas y tan ri- 
diculas ! 

Y así, por ese tenor, fueron todos los 
pensamientos que circularon por la men- 
te de Paulina hasta el día de su matrimo- 
nio. No llegaron á preocuparla un solo 
instante n-i la gravedad de la determinar- 
ción, ni las dificultades del matrimonio, ni 
Ja contrariedad de vivir al lado de u» 
hombre á quien no amaba; echada atur- 



didamente en brazos del acaso, no quería 
ver ni reflexionar nada, y hacía mohines 
de desdén, cada vez que cruzaba por su 
mente el bosquejo de algún pensamiento 
serio. ¡ líah ! lo importante era vertir un . 
bonito y costoso traje de boda, deslum- 
hrar á todas con su lujo y belleza, tener 
buena casa, criados, alhajas y cuanto se 
le antojase ; lo demás era lo de menos. v; 



Rumores y Paisajes. 

El viaje á Tepic de don Teodomiro y 
sus músicos, aunque lento é incómodo 
por la mala calidad de las cabalgaduras 
Y el pésimo estado de los caminos, se hi- 
zo en medio de una alegría casi infantil 
y de ima gresca perenne, sin que sirviesen 
de obstáculo al regocijo de los alborota- 
dos jinetes, ni los ardores del sol. ni las 
molestias del polvo sublevado, ni la esca- 
sez y mala calidad de los alimentos, le- 
chos y posadas. Tuvieron, además, la bue- 
na suerte de no topar en las sendas y ve- 
ricuetos que recorrieron, con las cuadri- 
llas de malhechores, que por aquellos 
tiempos infestaban la vía pública con el 
pomposo título de "pronunciados," ó el 
franco y descarado de salteadores ; para 



■■■-M 



-5.W. 



356 

lo cual puede haber contribuido (si poí 
acaiso fueron columbrados desde riscos <» 
matorrales nuestros artistas por alguna 
de aquellas partidas), ó bien lo numeroso 
del cortejo que formaban, semejante al 
de gente bien armada y capaz de tenér- 
taba su conjunto, impropio por su misma 
selas tiesas con los amantes de lo ajeno^ 
ó bien el aspecto desarrapado que presen- 
ruindad, á despertar la codicia del misnií 
simo Caco. Así, galopando algunas vece>. 
trotando otras y moviéndose poco siem- 
pre ; pernoctando en ventas, mesones v 
jacales, y alimentándose con huevos fri- 
tos, frijoles cocidos, tortillas de maíz aca- 
badas de hacer y grandes vasos de lecht* 
recién ordeñada, en los puestos rústicos 
de adobe que se alzaban de trecho en tre- 
cho á la vera del camino, vieron desfilar 
ante sus ojos, en mágico panorama, una 
serie de paisajes y objetos de gran nove- 
dad y atractivo : los hermosos pinares de 
La Venta, de salubres y perfumadas ema- 
naciones ; la Peña Rajada, caída de la 
cumbre de un cerro pedregoso y abierta 
por el medio como una manzana ; el alto 
cerro de Tequila, cuya cumbre formada 
por tres grandes gibas, toma la forma, se- 
gún el sitio ocupado por el observador, ó 
bien de un león vigijante echado sobre la 
altura, ó bien de un águila caudal con la 
cabeza levantada al cielo y las enorrne» 
alas extendidas hacia los lados. El pueble- 



357 ^ 

cilio de Tequila, contemplado desde la ca- 
rretera que en zis-zas continúa por las pé- 
treas lomas que hacía el Norte limitan su 
caserío, presentó á sus ojos un aspecto 
delicioso con sus calles alineadas simétrica- ■ 
mente, sus huerta-s d-e árboles frutales y sus 
fábricas de alcohol, con altas chimeneas 
eternamente empenachadas por esp^eso y 
pardo humo ; la Laguna de Magdalena, 
que se extiende como inmenso espejo por 
las cañadas de altos y próximos cerros, 
les trajo á la memoria el nombre del indo- , 
mito cacique Guajícar, terror del conquis- ^ 
tador español, y uno de los últimos pala- 
dines de la independencia indígena. Baja- 
ron con alarma y sintiéndose á cada ins- 
tante en peligro de caer, por la barranca 
de Mochitiltic, hoya enorme á cuyo fondo 
se llega por pendientes caminos en línea 
(|uebrada, formados sobre duros peñas- 
cos y sembrados de cantos movedizos y 
peligrosos. En el Plan, que es el fondo 
de la depresión, hallaron chozas, extensos 
cañaverales, bosques de papayos y trapi- > 
ches; pero también un calor infernal, que 
los obligó á pedir jarros de agua á !» 
puerta de cuantos bohíos hallaron al pa- 
so, para refrescar las fauces secas y repo- 
ner los jugos del cuerpo, perdidos por una 
traspiración interminable, que les empa- 
paba las ropas y se les escurría por la 
punta de la nariz. Cruzaron después por 
d risueño pueblo de Ixtlán, asentado en " 



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una cañada verde y feraz, que parece «ei 
reino del aire, según soplan ahí perpetua- 
mente los vientos; por Ahiiacatlán, lugar 
de tradiciones históricas, hoy converti- 
do en un montón de ruinas, donde se opri- 
me el corazón ante tanta vejez y decai- 
miento ; á la vista del volcán del Ceboruco, 
que cutre con sus lavas los contornos, has- 
ta inmensa distancia, y gasta su mole más y 
más todos los días, con erupciones cons- 
tantes, hasta el punto de no quedar de ella 
más que grises y quemados fragmentos en 
forma dantesca, de troncos enormes, cru- 
ces prodigiosas ó manos y brazos retorci- 
dos y elevados al cielo ; al través de Uceta. 
por donde corre un arroyo famoso por 
sus sabrosas truchas ; por Tetitlán. donde 
dos Luis de Castilla, enviado por la Au- 
diencia de Méjico para aprehender al 
conquistador de la Nueva Galicia don 
Ñuño de Guzmán, se dejó sorprender j 
cautivar por los soldados de éste; por 
la falda del cerro del Sanguangiiey, re- 
producción en pequeño del Tequila, y 
centinela avanzado del valle donde Tepic 
se asienta, rodeado de montañas y lome- 
ríos de nombres sacros ó extravagantes : 
el San Juan, el Metate, el Molcajete, la 
Loma del Toro, y otros de difícil rememo- 
ración. Así, de novedad en novedad y de 
sorpresa en sorpresa, llegó el ruido** 
grupo al término de su viaje. 

La población tepiqueña, una de las mis 



359 

simpáticas de la República, hizo excelen- 
te impresión á los viajeros. A pesar de 
hallarse por entonces bajo la dominación 
del cacique Losada, se ostentaba ya co- 
queta y risueña, como ahora, y servía dé 
asiento á una población hidalga y hospi- 
talaria, cuyas hermosas y santas mujeres, 
han sido, son y seguirán siendo honra y ; 
encanto del bello sexo de la República. > 

Apenas sacudido el polvo del camino, 
entraron de lleno los artistas en el cum- 
plimiento de sus deberes, presentándose 
al Párroco, y dejando todo arreglado pa- 
ra la ceremonia religiosa del siguiente - 
día ; y el domingo de Resurrección canta- 
ron y tocaron bajo las bóvedas de la igle- 
sia con tal denuedo y tan admirable maes- 
tría, como si nunca hubiesen cabalgado 
sobre los potros de tormento, alias ro- 
cines alquilones, que les habían desco- 
yuntado los huesos para llevarlos á 
aquel lugar; valiéndoles su irreprochable - 
ejecución el* aplauso y la admiración de 
los fieles, cuyo entusiasmo tuvo por lo 
pronto el carácter de divino, y se trans- 
formó bien pronto en meramente huma- 
no 

Al oír, en efecto, tan buena música, un - 
grupo de jóvenes de la mejor sociedad, 
tuvo la idea de aprovechar aquellos ele- 
mentos artísticos, para algo menos seve- 
ro y ascético que las funciones de iglesia ; 
y determinó celebrar el fin y término de 



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5.. 



3^ 

las austeridades cuaresmales con un 
gran concierto vocal é instrumental, en 
que tomasen parte los aficionados de Te- 
pic y los profesores de Fópoli; y como 
don Teodomiro consintió en ello de buen 
grado, tanto porque le ponía en el colmo 
de la beatitud el éxito alcanzado por su 
orquesta, como porque ardía en deseos 
de continuar exhibiendo su talento y el 
de los suyos, pronto se organizó la audi- 
ción, ya que no había tiempo que perder, 
porque el maestro y sus discípulos esta- 
ban de prisa y violentos por tornarse á 
Fópoli. Por fortuna no escaseaban en Te- 
pic finísimos "dilettanti" de ambos sexos, 
así en el canto como en el piano, y fué 
posible improvisar un variado y brillan- , 
te programa, con arias, dúos, coros y 
sinfonías orquestales. 

Llegado el día del concierto, asistió á 
él lo más selecto de la población, osten- 
tando gran lujo en la indumentaria ; mas. , 
aunque la fiesta resultó espléndida bajo to- 
dos conceptos, no fué bastante á satisfacer 
los impulsos de los presentes, lanzados por 
el camino del goce, pues el grato cosquilleo 
del oído, produjo alborotos en el cora- 
zón y ansias en los pies de los circuns- 
tantes, con tendencia marcada á rendir 
ardiente culto á la traviesa Terpsícore. Y 
fué tanto así, que, al terminar la audi- 
ción, formaron complot damas y caballe- 
ros para que no se interrumpiese la fiesta, 






.;■■■, ■-■■■-■ .■ . ■ ' - .. -;;=.=■ 

sino continuase transformada en alegre 
y ruidoso baile. El acuerdo fué g-eneral, 
y parecía que todo caminaba de perlas, 
cuando don Teodomiro se opuso á su 
cumplimiento, indignado á la simple idea 
de tocar y hacer tocar á "sus profeso- 
res" con el miserable propósito de que 
los profanos se entregasen al placer bar- v 
baro de saltar, como los caníbales en 
tomo de la hoguera. Lastimado en lo 
más íntimo del amor propio, ordenó á¿ 
sus subordinados volviesen los instru- 
mentos á sus fundas, y saliesen del sa- : 
Ion como de un lugaV abominable, sacu- 
diendo el polvo de sus sandalias. En va- 
no el concurso rodeó al testarudo vieíp 
rogándole consintiese en prestar el ser- 
vicio que se le pedía, pues Gómez y Pé- 
rez, tenaz por naturaleza, y lleno de la 
soberbia de su gran arte, se mantenía 
encerrado en obstinada y furiosa nega- 
tiva. El mal parecía no tener remedio, 
y comenzaban á impacientarse ya los 
solicitantes, cuando ocurrió á Joaquín la 
buena idea de intervenir en la diferencia, 
á fin de obtener ciertas ventajas que en- 
tre manos traía y constituían todo un 
programa de actividad y goce muy alto 
para los días inmediatos. 

— ^Tengo una idea, matestro, dijo, pues, -^ 
el joven al oído dé Górtiez y Pérez. 

—•¿Cuál? pi-egüntó éste. i f 1 



. / 



1 

; -t 



.X- 









"vví.?:- 






.■^^ 



362 

— Que accedamos á lo que nos pide, 
haciéndonos pagar muy bien. 

— ¡ Cómo así ! ¿ Eres tú quien me lo 
dice ? ¿ tú, tan noble y tan artista ? ¡ Re- 
bajar el arte, poner por los suelos nues- 
tra "profeseón," humillar nuestra dignidad ! 
Eso no puede ser ; para bailar es bueija 
cualquiera murga, nó la orquesta que 
yo dirijo. I . ' 

— Pero no ve usted que está muy cer- 
ca el mar ? 

— ¿ Y qué tenemos, con ello ? 

— Que yo no lo conozco. 

— Ni yo tampoco* ¿y qué? 

— Que sería bueno sacar de aquí lo ne- 
cesario para llegar á San Blas. ¡ Ahora ó 
nunca ! 

El programa deslumbró al maestro. 
¡ Llegar á la costa del Pacífico ! ¡ Cono- 
cer el mar ! ¡ Espaciar la vista por aque- 
llos horizontes ! Siempre lo había de- 
seado, pero su pobreza no le había per- 
mitido realizar ilusión tan brillante. Aho- 
ra que se presentaba la oportunidad de 
verla cumplida, ¿la dejaría escapar? Un 
poco de vencimiento y todo se lograría. 
Todavía se hizo de rogar por algún tiem- 
po, pero no ya con la terquedad del prin- 
cipio, hasta que acabó por darse á par- 
tido, . aimque poniendo por condición fue- 
sen recompensados con largueza sus sa- 
crificios. Los tepiqueños, que son magní- 
ficos y manirrotos, no se alarmaron ante 



3^3 

su« pretensiones, y se limitaron á contes- 
tar sencillamente ''que le darían cuanto 
pidiese." Ante respuesta tan generosa, 
no tuvo más remedio el maestro que dar 
contraorden á su gente para que sus- 
pendiese la marcha y desfundase los 
instrumentos, que se hallaban ya dentro 
de sus estuches. Un inmenso aplauso de 
alegría resonó por los ámbitos del salón 
ante su nueva actitud, y bien pronto re- 
sonaron los ecos del vasto recinto,- con 
las traviesas y juguetonas notas gratas 
á la musa del baile. Sin pérdida de mo- 
mento se arganizó la reunión en su nuevo 
aspecto ; despejóse luego el centro del local, 
coiocáronse las sillas alineadas junto ^ 
"las paredes, sentáronse por los ri»c9i?es 
las matronas y los caballeros cargados de 
años, y los mancebo^s y las doncellasr, for- 
mando hermosas y alegres parejas, se 
deslizaron cadenciosa y Hgeramente por 
la alfombra, bailando valses, schottischs, 
danzas, polkas, mazurcas, cuadrillas y 
cuantas piezas son de uso y costumbre en 
tales, tan regocijadas y tan vulgares oca- 
siones. Pero el maestro estaba triste, 
profundamente triste. 

— ¡ Hijos ! ddcía con amargura, mientras 
resbalaba su arco nerviosamente por las 
cuerdas del violín ; es la primera vez que lo 
hago, la primera que degrada mi "profe-. 
seón," la primera que me convierto en ar- 
tista venal. ¡ Que "Déos" me io perdone ! El 






-'!>. 



iVa 



■•■ti' 



¥' 



364 

y ostedies saben que lo hago sólo pót feo- 
nocer el mar, una de las maravillas ma- 
yores que pueden contemplar los ojos 
humanos; si no fuera por eso, antes me 
dejaría hacer mil pedazos, que poner la 
santa armonía á los pies de los profanos 
A lo cual respondía Joaquín por lo ba- 
jo: 

— No tenga cuidado, maestro, bien sa- 
bemos todo eso; conocemos á usted lo 
• suficiente para sospechar otra cosa. Tran- 
quilícese. ¿No ve que estamos contentos 
y que todo lo hacemos con gusto ? ¡ Ya ve- 
rá que compensación vamos á tener por tan 
corto sacrificio! | 

El calificativo ehvueltó en la última 
frase, no fué del agrado de don Teodo- 
miro. 

— ^i Cómo corto ! <áamó levantando el 
arco y lanzando á Joaquín ima mirada 
centellante. 

— Doloroso debí decir, maestro, repuso 
Joaquín corrigiéndose humildemente y 
con presteza ; fué una equivocación de- 
plorable : excúseme usted. | ■ : 

Así, entre los acodes de la orquesta, e! 
zapateo incesante de los jóvenes y el ale- 
gare rundo de las conversaciones y de las 
risas, transcurrió toda aquella noche, 
rtiemorable para la sociedad de Tepic, y 
afrentosa para Gómez y Pérez; pero el 
hecho fué que, á pesar del júbilo d'é los 
unos y ■de la desesperación del dtro 



3^5 . 

acabó al fin por sonreír el alba en c 
oriente, y comenzaron á llamar á misa 
las campanas' de las torres y á palidece! 
las luces do las bujías; por lo que fué 
preciso poner punto á la fiesta é ir á des- 
cansar y pagar los vidrios rotos, ó sea 
lá abultada cuenta de la orquesta. 

Dos días después del baile, descansa- 
dos ya, llena el alma de ilusiones y bien 
provista de maravedises la escarcela, sa- 
lieron los músicos de la ciudad con rum- 
bo á la costa, á horcajadas sobre rocino-^ 
tan flacos y tardos como los que hasta 
ahí los habían conducido ; y como su via- 
je no era obligatorio ni de negocio, sino 
ima mera gira de placer, no tomaron pre- 
cisamerite la carretera, sino que, condu- 
cidos por guías expertos, se internaroü 
IKvr sendas y vericuetos laterales, siem- 
pre que la ocasión de disfrutar la vista 
(le hermosos sitios se les vino á las ma- 
nos, sin preocuparse por la insignifican- 
cia de que aquella falta de itinerario fijo, 
hiciese más larga y dispendiosa la mar- 
cha. 

Pronto comenzaron á manifestarse los 
encantos del panorama, ya en forma de 
cafetales, platanares y huertas de horta- 
liza, salpicadas acá y allá de pintorescas 
casitas hechas de zacate y troncos de pal- 
meras, con cobertizos por^ fachada, ro- 
deadas de risueños jardines }' alienadas 
a) borde del camino ; ya en 'forma de 



366 

arroyos parleros que corrían por todas 
partes, difundiendo la luz de sus cristales 
y el frescor de sus ondas por la exten- 
sión de la caimpiña. 

En ia Barranca Blanca, liaUaroii som- 
bra y descanso al amparo de juamacastües, 
higueras y amapas, que en tupidas agru- 
paciones se ostentaban á ls& márgenes de 
luia hermosa corriente, que por allí pasa 
y se enrosca, como culebra de plata ; en 
tanto que su vista se espaciaba por la ex- 
tensión de verdes cañaverales, riqm'za 
alflimento de un trapiche que en su cen- 
tro se iergue, difundieaido por los aires el 
humo d^e su chimenea y ei olor penetrante 
de la miel hervida. Siguió después la jor- 
nada bajo la sombra de grandes bosques 
de corpulentos encinas; y á poco comen- 
zaron á oírse el estrépito y á distinguirá 
los cristaJes de una blanca cascada que 
envuelta en casta y 1)urbujeante espuma, 
se desprende desde uai alto peñasco. Ili- 
mitados arrozaJes, fecundados por aquella 
linfa, esmaltan la llanura con capa de tier- 
na esmeralda. 

Más allá del riachuelo de Singaita, y 
desde la altura de Tierra Blanca, alcan- 
zaron á ver por vez primera, la lejana lí- 
nea del mar, rayando los lejanos térmi- 
nos del horizonte con una larga pincelada 
de luz. Desde ahí emprendieron la baja- 
da de La Cruz Negra, por agrio y pen- 
diente camino en forma de zis-zas. hasta 



367 

Itegar á itna amplia llanura que tiene 
un gran claro en el medio y está rodea- 
da de arboledas tupidas y gigantescas, 
al través de las cuales pasan escasos ra- 
yos de sol, tamizados por el follaje 
profuso; y cuando á trechos, saliendo de 
la solemne obscuridad de aquellas sel- 
vas casi vírgenes, llegaban á las des- 
cubiertas llanadas, caminajban sobre 
tapdz de verde musgo y pequeñas 
florecillas de mil colores : el ramori- 
ciUo, la violeta silvestre, el periquiWo 
y las estrepitas blancas. Las plantas tre- 
padoras, como ell cohamecate-rosa, la ro- 
ja azaiea y la trompetilla de color lila, 
formaban variados y ricos cortinajes á 
los lados de los estrechos senderos ; y bri- 
llantes parásitas adheridas á las ramas 
de los árboles, formaban jardines suspen- 
didos, con lirios matizados y blancas 
azucenas de caprichosas formas y perfu- 
me exquisito. 

Luego comenzaron las marismas, don- 
de se explota la ss^l, y del seno de sus 
apretados manglares, al paso de los gine- 
tes, se alzaron bandadas de garzas color 
de rosa, gaviotas blancas y borregones 
de ancho pico y plumaje amarillo páládo, 
azotando el aire con sus torpes y pesa- 
das alas. |i 

I^s impresiones que duraaite el camino • 
iban sacudiendo los nervios de Joaquín 
iTan indescriptibles. ¡ Salir óél encierro 



.'Sij;--, 



'■''i, 
-*? ■ 



de la Casa de Caridad para jxwierse fren- 
te á frente de tales maravillas ! Le pa-re- 
cía sueño hallarse bajo aquellos tupidos 
bosques de cedros, encinos, palos Ma- 
rías, caobas y amapas. Los árbol'cs d« 
este úJtimo nombre, se apiñaban á tre- 
chos, formando tupidos ejércitos, empe- 
nachadas con flores de pálido color rosa, 
como sagrados sitios destinados á reci- 
bir la visita de andantes caballeros, cu- 
hMertos de hierro y consumidos por el 
amor de su Dios y de su dama. Asom- 
brado quedó ante la enonne riqueza de 
aquella tierra, que produce el tabaco, el 
maíz, el coco, la vainilla, el chicle, el hule 
y el henequén casi silvestres, y sentía 
piedad al hollar con los cascos de la bes- 
tia, los niveos ramoncillos y crucecrllas, 
el l>elén matizado y- la violeta pudibunda, 
que alfombraban el suelo delante de sus 
pasos. ¿ No se habían abierto para él las 
puertas del paraíso? Pájaros de rico y 
vistosísimo plumaj-e hendían el espacio 
por todas partes, se albergaban en las 

frondas, y cracitaban, piaban ó trinabau 
de continuo, formando alegres é impo- 
nentes orquestas en lo más repuesto de 
la espesura. Zenzontles, jilgueros, mula- 
tos, calandrias y gorriones, parcícían com- 
petir en cantos, gorgeois é incesante ga- 
rrulería, en tanto que las irisadas chupa- 
rrosas, los verdines de plumaje gris y ver 
de pecho, las hurracas de color azul, pe- 






369 - • f 



c4k> blanco y larga cola, las gfuacamayos 
del color de la esperanza y penacho rojo 
ó amanillo, los ailborotados pericos y las 
minúsculas y exquisitas catarinas, iban 
áe árbol en árbol, comió flores vivientes 
e«pa(rcidas por el espacfo; y las chachala- 
cas, los choíichos, los faisanes, los gua- 
cos, las palomas habaneras y patagonas, 
y los arcabuces que bajan la cabeza y pi- 
can el sueJo para cantar, sorprendían su 
iTuirada con formas, colores y sonidos 
ntmca vistos ni escuchados. Los ^ulas 
exoitahan á cada paso la sorpresa de los 
viajeros con su conocimiento íntimo de 
la naturaleza, y por la amplia posesión 
que de ella parecían disfrutar. Sabían el 
nombre y las propiedades de cada árbol 
y d^e cada bestezuela, y amenizaban la 
marcha refiriendo por menor sus particu- 
laridades más menudas, como sencillos é 
inconscientes naturalistas que eran : y 
sorprendieron mucho á los viajeros cuan- 
do, á la vista de una bandada de codor- 
nices amedrentadas, las hicieron volver 
atrás y agruparse á su derredor, mediante 
cierto silbido de magia desconocida,, que 
suavemente lanzaron de sus labios con- 
traídos. .' í!. 

— ¿ Qué piensa usted, observó uno de 
los guías acercándose á Joaquín, que di 
cen en $u canto las palomas patagón.;' <~ 

— 'No acierto, repuso el joven. ¿Dicen 
algo pior ventura? ■'! ' 









370 

— Sí, prosiguió el interpelante, óigalas 
iisted bien. Dicen así con toda claridad : 
"¿Luis, quién te pegó?" "¿Luis, quién te 
pegó ?" 

El joven s« puso á escuchar atenta- 
mente, y se persuadió de que, en efecto, 
decían las palomitas con voz dulce y 
mansa : "¿Luis, quién te pegó?" "¿Luis, 
quién te pegó?" 

— La paloma torcaz, siguió diciendo el 
guía, no pued^ ver á las mujeres. 

— ¿Els posible? pregitntó Joaquín ascwn- 
braido. 

— Sí, amo, como usted lo oye. 

— Pero ¿eso cómo se sabe? 

— Óigalas usted cantar; van diciemk) 
por donde quiera: "¡fea tú!" "¡fea tú!' 
"i fea tú !", y no se cansaai de gritarlo. 

Y en efecto, al aplicar el joven el oído 
para descifrar el sentido de su canto, se 
dio cuenta de que las torcaces, movidas 
por no se sabe qué viejos y eternos ren- 
cores, iban deturpando al bello sexo, 
y cantaban : "] fea tú !" "¡ fea tú !" "i fea 

tú!" . , ; , 

Don Teodomiro, por su i>arte, cami- 
naba süencioso y ensimismado, y si bien 
es cierto que miraba mucho hacia afuera, 
también lo es que miraba mucho más 
hacia adentro. No cesaba de pensar en 
cosas propias de su arte, ni de hacer 
reflexiones técnicas aicerca de los timbres, 
las notas, las combinaciones y los efec- 



•'l >v/ 



tos generales de los sonidos que llegaban 
hasta él ; y de tiempo en tiempo, aproxi- 
mábase á Joaquín, con quien se entendía 
mejor que con ningún otro de los via- 
jeros, y, gravemente, le comunicaba ob- 
servaciones trascendipnitaks y de gran 
peso. 

— ¿Qué te parece el canto de eso pá- 
jaro? solía decirle. Su acento es muy 
limpio y cristalino, y gorgea maravillo- 
samente, á pesar de que nadie lo ha en- 
señado. Ninguna garganta humana sería 
capaz de producir trinos como Jos siuyoís. 

— ^Es verdad, maestro, contestaba el 
joven di.straído. 

Otras se manifestaba descontento 
murmuraba, aludiendo á los guacama- 
yos, pericos y chachalacas. . * 

— Esos gritos son muy desentonados 
é inarmónicos; no valía la pena de que 
pajarracos como esos mezclasen sus graz- 
nido-s á tantas voces melodiosas. 

Ya sofrenaba su rocín y, deteniendo la 
marcha diel que á Joaquín conducía, excla- 
maba entusiasmado: 

^Escucha eso : es "manífico." ¡ Qué 
bien se lleva el rumor del río con el paso del 
viento al través de los árboles ! Es> una' 
"imprescón" singtUar la qi;e causa esa 
"oóníuseón," y no sería posible reprodu- 
drfa por medio de ningiín "incstrumento," 

llanda ó orquesta. ' 



-■*•-■ 
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37^ 

Otras veces se enfadaba contra tau-ío 
ruido, y protestaba diciendo : 

— ¿ No te parece que esos dichosos pa- 
j arillos no son tan afinados como diebie- 
ran? Pasan con suma "incorreceón" de un 
tono á otro tono, y su canto no se sujeíta 
á ninguna regla. A lo mejor, y en médiio 
íl'e las "fioriture" con que nos regalan el 
oído, sueltan notas intempestivas y diso- 
nantes, atroces é insufribles. El coro for- 
mado por estas avecillas, á pesar de to- 
do, no tiene nada de clásico ; se conoce 
que carecían de director que las discipli- 
ne }' ponga en perfecto acuerdo. Cad 
cual va por su rumbo, y sin preocuparse 
por su compañera. El zenzontle suelta sus 
gorgeos, la calandria los suyos, el darí-n 
no sale de sus trece, y los 'otros pajarra- 
cos* parecen empeñados en echar á perder 
con sus graznidos, las voces de las aves 
más melodiosas. De todo olio resulta una 
baraúnda, una "confuseón" y una cacofonía, 
indignas de la naturaleza. Dígase lo que se 
qiuera, una orquesta bien arreglada, con 
sus timbres convenientemente ctistribuídos 
(los d'e metal, los de madera, los de cuerda 
y los de "percuseón"), vale más, mir veces 
: más que *^,sta im])onente greguería ílisoaan- 
te, irregular y salvaje. Me duele la.caí>eza 
a^ querer enumerar los errores y faltas sán- 
f('m'ieas qme comete esta banda estr^ipitosa 
de alados artistas. ¡Quién pudiera tener 
gobierno sobre ellos, empuñar la Jjatuta 



373 '--.M^-^-\ 

y hacerles obedecer los buenos principios 
y ío$ buenos métodos ! ¡ Cuánto ganarían 
con una buena "direoeón" y qué partido 
tan grandie podría sacarse entonces de su:: 
"escelentes disppsiceones !" 

Joaquín, en tales casos, como sabía leer 
como en libro abierto en el pensamiento 
de stí maestro, hubiera jurado que Gómez 
y Pérez aspiraba á ser el maestro al cémba- 
lo del viento, del río, de los arroyuelos y de 
las aves, para sujetar á tan impoaiente coro 
á sus métodos de ejecución y á una severí- 
sima disciplina, de compás, ritmo y armonía. 
Tales pretensiones le hubieran hecho son- 
reír, á no haber estado él mismo embar- 
gado por emociones profundas, que no le 
dejaban espacio para ocuiparse en Cosas 
técnicas ni fruslerías de contrapunto. No 
participaba de la opinión desfavorable de 
don Teodbmiro respecto á los arpegios y 
cadencias que escuchaba, pues, bien que le 
l^areciesen ajenos á los cánones establci- 
dos como Crómiz ó Eslava, le producían un 
encanto arcano é inefable, superior á 
cuanto había oído hasta entonces en tem- 
plos, teatros ó salones, y dentro de los 
míiirós levantados por la mano del hom- 
bre í ¡ Qué diferencia tan inmensurable 
entre la grandeza de aquellos coros y la 
mezquindad de los humanos, ó de las más 
ricas é inspiradas sinfonías ! La íntima al)- 
sorcáón y el éxtasis constante que le hacían 
casuiiar como fuera de sí por los sitios 



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374 



que cruzaba, no le permitían entra;r en 
molestas y pesadas disqmsidones sobre 
tecnicismos convencionales, no le convida- 
ban á apartarse un solo punto del ensueño 
en que iba siumido. A esto se mezclábanlos 
dolorosos recuerdos de su amor desgra- 
ciado, presentes siempre á su corazón. El 
semblante de la huérfana se unía por 
extraño capricho á cuanto de hermoso 
miraba en el cielo, en la selva, en el río, 
en el lejano é inmenso horizonte ; por 
donde quiera girasen sus ojos, flotaba la 
imagen de Berta, haciéndole suspirai 
hondamente y llevando á sti corazón la 
diuloe angustia del amor y de la tristeza. 
También las músicas de aquellos campos 
le recordaban la voz de la huérfana, aque- 
lla voz tan suave y expresiva, tan tierna 
y patética, que le hablaba de juventud, de 
ilusiones, de amor y de dicha; y así, re- 
partida su atención entre las maravillas 
de la tierra y el cielo y la ausente hermo- 
sura de siu amada, no quería saber ni oír 
nada de cuanto se refiriese á la vida real, 
porque hablar de las cosas de este mun- 
do, le parecía una profanación, un diesa- 
cato, ujn delato; una caída de los cielos á 
la tierra. 

No contestaba, pues, á su maestro, pa- 
ra cortar el diálogo y tomar pronto á su 
arrobo, ó bien respondía con brevies mo- 
nosílabos, que no daban 4ugar á explica- 
ciones ulteriores; y continuaba sflencio- 



375 :.. ;,;■- ■■•;-; 

so viendo, oyendo, admirando y lanzan- 
do a] cielo el incienso de su adoración y 
de sus hosanas. Le parecía sueño haillar- 
se bajo aquellos tupidos bosques, por 
donde apenas podían caminar las caballe- 
rías, á la sombra de frondas entrelazadas, 
en la sagrada obscuridad de los poblados 
montes y á la vista de una vegetación de- 
lirante, de arbustos, lianas y trepadoras, 
que por todas partes surcan y se enre- 
daban en verdes y complicadas rúbricas 
á los troncos robustos ó á las delgada ^ 
tendidas ramas qu« las sustentaban. Ma- 
ravilloso hallaba el variado coro de ru- 
mores, voces y cantos que surgía por 
donde quiera, formado por el oleaje de 
la resonante arboleda ; por él mugido de 
rios caudalosos que pasaban coronados 
de espuma por las aberturas de los mon- 
tes y se quebraban en los picos de abrup- 
tas peñas ; por el murmullo de cristalinos 
arroyuelos que. lamiendo troncos de ár- 
l)oles y plantas, se deslizaban al través de 
hileras de espadañas y de Krios ; y por los 
trinos de innúmeros pajarillos, que gor- 
geando á su lado ó en lo más repuesto y 
escondido del ramaje, formaban fresca 
y jubilosa algarabía propia de bosque 
virgen, tierra no profanada por el hom- 
bre, égloga é idilio. Alguna, vez se hacía 
d silencio en la selva, y del seno de la 
misteriosa penumbra, salía eJ acento soli- 
tario de alguna ave canora, que entonaba 



■JíCí 



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'376 

sus arias y cavatinas, respetada por el céfiro 
y las otras avecillas, en atención, sin duda, 
á ser la más entonada, sentida y melodiosa 
de todas ; como si hubiese habido tácitci 
acuerdo entre los «spíritus de la natura- 
leza, para recog-erse y pensar de este mo- 
do : "ahora que va á cantar este trovador, 
que es el de mejor garganta de la seíva 
y el que sabe ejecutar más limpios arpe- 
gios, callemos para escucharle, y medite- 
mos, mientras eleva la voz, en cosas san- 
tas y sublimes." 

Así, aquella peregrinación sencilla con 
rumbo ail- Pacífico, que no hubiera sido 
para cualquier alma vulgar más que un 
episodio trivial de la vida, fué para Joa- 
quín una revelación, una ascensión, lui 
apocalipsis, que despertaron en su inte- 
rior, ideas, potencias y sentimientos has- 
ta entonces adormidos <'n los limbos os- 
curos de su ser. Hablaba poco, suspiraba 
mucho y se apartaba de todos, absorto 
en la contemplación de aquellas bellezas, 
anheloso de no perder ni el rasgo más 
leve del paisaje ni la nota más tenue de 
las orquestas del bosque ; y como llevado 
por los aires, como transportado sobre 
las alas de un genio, cruzó las augustas 
selvas, penetrándolas con su inspiración, 
y recibiendo la impresión indeleble de >us 
formas y sonidos, destinadas á vibrar pe- 
rennemente en la urna de su corazón, co- 
mo bullente oleaje de luz y de oro; 



377 -':; 

Preparado y sacudido por impresionen 
tan hondas, llegó á las playas del Mar 
Pacífico, que Vasco Núñez de Balboa fué 
el primero en mirar desde las montañas 
de Nicaragua, y al contemplar aquel su- 
bióme espectáculo, con sus pintorescos de- 
talles de la Piedra Blanca y el Cerro del 
Vigía, quedó como aturdido y fuera de sí. 
Nada más semejante á la inmensidad que 
aquella ilimitada Wanura de movedizas 
olas, extendidas hacia adelante hasta 
confundirse con el refulgente horizonte 
y convertirse en otro cielo azulado y diá- 
fano, que apenas podía distinguirse del 
verdadero por leve é indecisa línea de to- 
no más alto ; nada más semejante al ar- 
cano, que aquel abismo insondable y mo- 
nótomo, que hablaba cosas sublimes al 
espíritu en el lenguaje majestuoso é in- 
comprensible de sus rumores y murmu- 
llos ; nada más semejante al infinito que 
aquella extensión sin término, siempre 
ig^al, siempre la misma, sin edad, sin 
fecha, sin guarismo. Ante espectáculo 
tan maravilloso, sintió estallar su corazón 
en himnos de adoración al Omnipotente, 
y á su infinita y arcana grandeza. Colocába- 
se diariamente en atalaya sobre alto y soli- 
tario peñón, y permanecía separadO' de la 
compañía y trato de sus colegas, para en- 
tregarse á la contemplación de aquel mons- 
truo de escamas de plata y oro. que era 
también un leviatán de negras espaldas, se- 



s: 



't^- 



<-^ 



378 

gún le sonriese la luz, ó le encapotase la 
sombra. Y á merced de aquel arroba- 
miento nunca antes sentido ni imagfina- 
do, fueroai abriéndose poco á poco las 
puertas de su alma á inspiraciones y con- 
cepciones más elevadas, como si aiqueilas 
ráfagas de aire y luz que venían dfe Ion- 
tananza, hubiesen sido una pentecostés . 
artística que Dios hubiese enviado so- ; 
bre su cabeza. Al influjo de aquellas im- 
presiones, compuso sus primeras piezas 
de música, "El Océano," ''La Voz de las 
Olljas," "En la Playa," y otras que algún . 
tiempo después se popularizaron é hicie- 
ron célebres en Fópoli. 1 

Don Teodt>miro, que era su eterno 
confidente, no sospechaba que el óleo de . 
la iniciación artística que le había admi- 
nistrado, pudiese producir en él resulta- 
dos tan rápidos ni admirables, y quedó 
profundamente sorprendido al pasar los 
ojos por los primeros ensayos de Joa- 
quín, frescos, inspirados, llenos de brío . 
y de juventud. 

— Bien hijo, exclamaba tentusiasmado 
al pasar los ojos por a<}ue11as páginas . . . 
¡Hombre! ¡hombre!... ¡Qué bien! ¡qué 
bien !. . . . Parece increíble. 

Y llevando el compás con la diestra, * 
(compasiJlo, tres por cuatro ó lo que fue- 
se), con el índice y el dedo del corazón 
extendidos, y plegados los otros tres, ta- 
lareaba en voz baja las partes más salien- 



\. 



. ■ ■ - \ 379 ■ ■: ^}:-, 

tes de las composiciottes, y se enardecía 
á tal punto á las veces, qtne amenai^aba 
sacar los ojos á su discípulo con los ade- 
manes rítmicos de su nerviosa mano. A . 
ratos soltaba el trapo á la voz cascada, 
interpretando con deleite lo qu<e mejor le 
sonaba y parecía de cuanto iba leyendo. 
— i De perlas ! clamaba ; aquí nada so- 
bra ni falta; el tema es hermosísimo. ... 
La "combinaceón" de las notas, admira- 
ble Te feliciito, Joaiquinillo, mereces > 

f mis plácemes Pero ¿será posible que • 

no te equivoques nunca? ¡Bravo! 

¡Bravo! te he cogido en un "tenunceo." 
Aquí sobra un silencio, aquí falta una cor- 
chea. . . No dagas que ha sido un error de 
pluma; se conoce que te equivocaste de 
veras: confiésalo.... Hombre ¡qué gusto 
me da poder corregirte en algo ! No sería 
justo que los veinte años, apenas pasa- * 

dos, supieses tanto como yo, que soy 
tan viejo. Pero oye, hijo, creo que pron- ^^ 

to vas á. dejarme muy atrás y que He- . 
garas á valer tanto como Rossini, (que • 
era el compositor más admirado en la > ' 

época); y no te digo que tanto como los 
grandes maestros alemanes, porque no , • 

n>c creas hi|>erbólico. Tan 4)ronto como 
volvamos á Fópoli "incstrumentarémos" 
estas piezas y las haremos tocar por la . 
banda y por la orquesta . . . Verás que 
"efeto" producen... ¿Y las romanzas?.. 



' '■■•#': 



38o 

Se Jas pondremos á Berta; sólo <»lla podrá 
interpretarlas "con amore." 

El nombre de su amada, que salia á 
la conversación una ú otra vez, hacía ex- 
trem€cer al jov«i, recordándole los he- 
chizos y desdenes de su compañera de in- 
fancia, y la misma melajicolía y el mismo 
dolor que le atormentaban entonces con 
mayor fiereza, tornábanle más romántico, 
y le predisponían mayormente á recibir 
con blando pecho la impresión de tantas 
sublimidades como iba viendo y oyendo. 

Desgraciadamente todas Jas medallas 
tienen su reverso. Hacía en el puerto un 
calor ca4)az de derretir las piedras, y nu- 
bes de mosquitos zumbaban día y noche 
por el espacio. La temperatura y el "per- 
juicio" obligaron á los artistas á tomar 
algunas medidas para evitar insolaciones 
y aliviar las picaduras que sufrían ; por 
lo que se abstenían de salir del hotel du- 
rante las horas del mayor bochorno, man- 
tenían cerradas todo el día Jas puertas d<' 
sus habitaciones contra los mosquitos, y 
se metían en el agua bajo á cada paso, en 
busca de un poco de frescura . 

Joaquín y sus compañeros se 8ometi<'- 
ron á ese régimen hidroterápico, con la 
voluntad y el alborozo propíos de la ju- 
ventud, y tanto á la madrugada como a! 
obscurecer, y aim ya entrada la noche, se 
entraban por el mar, nadando los que po- 
dían, y recibiendo todos el choque de las 






olas, que llegaban mansas y rumorosas á 
la playa. Sólo don Teod'omiro, fiel á su cois- 
tumbre de no bañarse sino en los meses 
de verano, en tina y á puerta cerrada, se 
resistió á seguir el ejemplo de sus jóve- 
nes amigos y los dictados de la higiene, 
y ste pasaba las horas sudando la gx>ta 
gorda y de mal humor, mais sin dejarse 
hablar de baños ni de mojaduras. 

Pero Joajquín, que se interesaba por. él 
tanto como si hubiera sido su hijo, cogió 
ía ocasión por los cabellos para empren- 
der una cruzada contra la hidrofobia de 
su querido maestro, y hacía cuanto podía 
por inducirle á que se sumergiese metó- 
dicamente en las bullentes ondas, para 
gozar las delicias inefables del agua del 
mar, precaverse de enfermedades y evi- 
tarse molestias. Desgraciadamente tuvo 
ima vez la mala idea de hablar de la lim- 
pieza y del aseo como de un deber sa- 
grado para las personas cultas y de bue- 
na crianza. 

— ¡ Alto ahí ! saltó don Tit^^domiro en- 
furruñadt>. ¿Qué músicas son esas? ¿Qué 
entiendes por aseo, desaseo y todos esos 
trampantojos ? 

— Lo que todo el mmido, maestro ; mi 
opinión es la de todos. ." 

— Eso es muy vago : quisiera tener de- 
lante de mí al "dotor" y "maistro" en 
esas vulgaridades al uso, para discutir el 
punto "ampleamente" y á conoiencia. 

Precursores— 25 






382 ' 

— ^Maestro, yo no soy capaz de ello, ni 
aunque lo fuera, me pondría frente á us- 
ted para discutir, porque le tengo respe- 
to. ^ ■ ■:''^.- I 

— Mil gracias ; ya sé que te pasas de 
bueno y me quieres ; pero eso no debe 
excusarte de contestar algunas pregunti- 
Uas que voy á formular. En primer lugar 
esta: ¿existe la suciedad? | 

— i Cómo nó! ¡Ojalá no existiera! re- 
puso Joaquín escandalizado por la natu- 
raleza de la interrogación. 

— ¡ Bien, muy bien ! En seg^undo lugar : 
¿Qué es la suciedad? | 

— No puedo definirla; pero se me fi- 
gura que es todo aquello que por su as- 
pecto ú olor repugna á la vista y al ol- 
fato. I < 

— "Perfetamente," repuso Gómez y 
Pérez, estregándose las manos con sa- 
tisfacción ; con eso me basta. 

— ¿Está usted conforme? I 

— Si y no ; voy á explicarme. Lo estoy 
porque la "cuesteón" ha quedado bien fi- 
jada en los términos que has dichoi; pe- 
ro no lo estoy, porque no creo que exista 
la suciedad, y tengo por sabido que lo que 
suele llamarse así, no lo es, ni mucho me- 
nos. 

Joaquín abrió los ojos como si hubiese 
oído una blasfemia, pero no dijo palabra. 

— ¿ No lo crees ? Pues vas á verlo .... 
Si analizas y descompones las "sustán- 



lí, 

,«'- 



• >«- 



ceas" catalogadas bajo ese nombre ¿ qué es 
lio que encuentras? ¿Acaso algo "extraor- 
dináreo" y que entre en "composioeón" 
sólo para formar esos "produtos" ? No sf- 
ñor, hallas líquidos y óleos que abundaai 
por todas partes y entran en la "compo- 
siceón" de líquidos y gases tenidos en 
grande estima por sabios é "inorantes," 
y renombrados por su nítida limpieza, 
como el agua, los éteres de la glicerina. 
el ácido cenántico, el cloruro de sodio y 
los fosfatos. Hecha la "separaceón" de 
esos componentes, el químico y el farma- 
céutico los embotellan ó ponen en fras- 
cos de diáfano y hermoso cristal (tal vez 
del que llaman cortado) y de esmerilado 
tapón, y señalándolos con "dotos" letre- 
ros en griego ó latín, los colocan en ele- 
gantes armarios de cedro ó caoba, como 
ejemplares de gran utilidad, demanda y 
valor. Por consiguiente, ya lo ves, todo .^ 
es "cuesteón" de "preocupaceon es" y ru- ' 
tina. En la obra de Dios no hay nada '*sú- 
ceo," y todo es obra suya. ¡ Todo es, pues, 
aseado, y blasfema quien diga lo contra- 
rio! Aquello que "repuna" al "inorante,"" 
procede de la mezcla de nobles y valiosas 
"sutánceas", que tienen igual título á la 
"consideraceón" del hombre, que las Ma- 
madlas limpias y perfumadas, como el • 
azahar y las rosas. 
— Pero, protestó Joaquín, no puede us- '^ 



- 384 

ted negar que eso que la voz general lla- 
ma desaseo, choca á la vista y al olfato. 

— -Para allá voy, hijo, para aíllá voy, ó 
mejor dicho, para allá iba. También cii 
esto hay sólo "preocupaceón'' y rutina. 
¿Qué cosa más mal oliente que la "vale- 
reana" ó la azafétida? Y sin embargo, á 
nadie se le lia ocurrido hasta hoy, decir 
que "Sean inmundas esas "sustánceas." Y 
por lo (jue hace á la vista ¿qué puede ha- 
ber más desagradable á los ojos que los 
hongos ó las ostras? Los hongos, blandu- 
jos, de sombrero terroso, velludo y defor- 
me, hacen una "impreseón" intolerable á 
la, simple vista; y las ostras, viscosas, opa- 
cas y con núcleos blanquecinos, tienen 
mucha semejanza con las "espetoraceo- 
nes" humanas. Y sin embargo, ya ves 
cuan apreciados son unos y otras por la 
.j gente pulcra, elegante y encopetada : las 
'Vfí; ■ parisienses se mueren por los primeros 
'y^ y las "ladies" niás melindrosas sorben con 
^[., infinito deleite toneladas de los segun- 
f^y dos. . . . Queda, pues, demostrado que tu 
W' regla no es buena, y que lo que hiere ía 
^|; vista y el olfato, no es "súceo." ¡ Conven- 
J¡j^^_, Ciionailisimos y fábulas, hijo; nada más que 
fábulas, hijo ; nada más que fábi^las y con- 
vencionalismos ! I 

— Pero nadie tiene derecho para mo- 
lestar al prójimo con sus emanaciones 
pestilentes, insistió el joven con timidez. 

— Esa es harina de otro costal ; que se 






'■kfk 



a/- 






•fí- 






laven y bañen en buena hora los que hue- 
lan mal ; no porque eso tenga nada de par 
ticular, ya que la "traspiraceón" no €S 
más que un poco de agua y otro poco de 
ácido y die sales; sino para evitar los me- 
lindres de la gente demasiado fina y aspa- 
ventera. Ya que el "boticáreo," que aspi- 
ra día y noche el olor del yodoforího y el 
ungüento populeón (que no huelen á ám- 
bar por cierto), puede meterse á delicado 
y hacer ascos al sudor, convengo en que 
se lave y enjabone el que trascienda á lo que 
por rutina ha dado en llamarse "hedeon- 
dez" ó peste ; pero eso no "sinifica" en 
modo alguno que tenga igual "obliga- 
ceón" dte hacerlo así, quien carezca de ese 
titulado "defeto".... Yo, por ejemplo, 
aunque me esté mal el decirlo, jamás he 
"eshalado" olores nauseabundos, y eso / 
que, te lo confieso, hace corno veinticinco 

años quie no me meto en el agua ; 

desde que sufrí una pulmonía,^ poco des- 
pués de cumplidos los cuarenta años. Por 
cierto que fel médico que me asistió me dio 
e4 buen consejo de no tener sino eí 
menor trato posibíe con el agua. "De 
cuarenta para arriba, no te mojes la ba 
rriga," me dijo sentenciosaanente ; y des- 
de entonces, habiendo seguido su parecer 
al pie de la letra, he vivido sano y conten- 
to Co« razón decían nuestros abue- 
los que "la cascara guarda e! palo " 

¿Ves, como tu tesis no es tan cierta nL ^ ^ 



m- 



386 í \ 

fácil de demostrar como te lo figurabas? 
¿Ves cómo tu teoría se reduce á errores 
y falsas delicadezas? Debes, pues, conce- 
derme la razón, y confesar que si no me 
baño, es porque no tengo por qué ni pa- 
ra qué Aunque fuese tan "hedeon- 

do" como los zorrillos, nada aventaja- 
ría con bañarme .... Imagínate un zorri- 
llo bañado, enjabonado y estregado con es- 
tropajos ásperos: ¿crees que olería menos 
mal debido á tan exagerados, pulcros y 
empeñosos esmeros ? 

Joaquín hubiera podido replicar que, 
fuese como fuese, la suciedad molestaba 
los sentidos, que con eso bastaba para que 
debiera evitarse, y que, considerado el 
aseo aun desde este solo punto de vista, 
era una especie de caridad debida al pró- 
jimo en rigurosa justicia ; mas, por respe- 
to á don Teodomiro, prefirió callar, aun- 
que sin darse por vencido en sus persona- 
les propósitos, ni en sus deseos de propa- 
ganda higiénica. Así, pues, cambiando de 
táctica, no habló ya en lo sucesivo de las 
ventajas del aseo, sino sólo del calor so- 
focante de la atmósfera y del alivio que 
se sentía dentro del agua, ó bien de las 
virtudes confortantes que tenían las ondas 
saladas para curar toda dolencia, pues 
calmando la tensión del sistema nervioso, 
preparaban el organismo á una vida ro- 
busta y dilatada. Con aquella cautela, lo- 
gró al fin, después de varias tentativas 



■i. .'í. 



abortadas, lo que hasta entonces no había 
podido conseguir y tanto deseaba, y fué 
ver «1 día inolvidable, á su querido maes- 
tro, despojado de sus viejas y descuidadas 
ropas, tomar el primer baño, después die 
cinco lustros de abstención hidroterápica. 
Quien no hubiese sido tan cariñoso pa- 
ra don Teodom^ro como lo era él, habría 
reído de buena gana, al ver en traje adá- 
mico la figura huesuda y amojamada de 
Gómez y Pérez, sus pantorrillas secas, sus 
brazos sin bíceps, , sus pectorales sin 
músculos, su espina dorsal arqueada y 
espinosa por la prominencia de las vérte- 
bras, y su cabeza de pelo revuelto, ter- 
minadla hacia abajo por barba luenga y abo- 
rrascadla. Tal era el aspecto qu€ presenta- 
ba aquel genio desconocido, libre de estor- 
bos y pimgajos. El miedo que el buen maes- 
tro mostraba al elemento ilíquido, hacía más 
cómica su figura, pues iba con pasos tré- 
mulos y menudos por el agua, coma chi- 
cuelo asustado, que echa de menos la pro- 
tección de la mamá. Joaquín, para infun- 
dirle alientos, le llevó por la mano, hasta 
el sitio dónde las olas le alcanzaban á la 
cintura, y allí le sostuvo vigorosamente 
para que se serenase, y conviniese en 
zambullirse. Después de mil temblores y 
vacilaciones, logró obtener de don Teo- 
domiro aquella nueva concesión, y verle 
darse un chapuzón en el agua, aunque 
agarrándose á él con ansias de náufrag-o 



i. 



388 

y espanto en los inyectados y bien abier- 
tos ojos. 

Por fortuna probaron bien los remo- 
jones al maestro, y como le ponían vigo- 
roso y contento á ojos vistas, y s>egúai sii 
misma confesión, siguió aplicándoselo» 
con bastante regularidad. ¡Tan cierto es 
aisí, que hasta las naturalezas más indó- 
mitas suelen dejarse gobernar por la ne- 
cesidad ó por la astucia ! Mas nunca su- 
cedió, con eso y todo, que don Teodomi- 
ro dejase de sentir un miedo cerval al 
elemento líquido, ni die oponier fuerte re- 
sistencia á internarse por él, aun en las 
parteis manos hondas ; si bien se deja- 
ba vencer habitualment'e por los rutegos 
elle su dliscípuüo, y se resolvía á dar un 
corto paseo mar adentro, bien aferrado á 
las manos de Joaquín. Y siempre, an- 
tes de sailir del agua, trémulo, sofocado 
y con las carnes amoratadas, se detenia 
unos momentos á reflexionar sobre te- 
mas musicales, vuelto el rostro á la in- 
mensidad azul y movediza, y haciendo es- 
tas ó parecidas observaciones: 

— ¿ Oyes, Joaquín ? El golpear de las 
olas forma el bajo continuo, y las voces 
del viento una opulenta sinfonía . . . ¿ Qué 
diría Luis Viadana si escuchase esta pro- 
funda é incesante base de orquesta?.... 
Me preocupa averiguar las notais exactas 
por medio de las cuales podrían traducir- 
se estos acordes. ¿Son do, mi, so«I, do; ó 



B^ 



389 \ 

sol, do, mi, sol? No puedo precisarlo; pe- 
ro estoy seguro de que el mar canta siem- 
pre en tono mayor, y el viento siempre en 
tono menor. El primero grita, amenaza, 
ruge ; el segundo suplica, se lamenta y gi- 
me. . . . Óyelo; no dirás que me equivoco. 



'\ Algunas metamorfosis. 

Al volver Joaquín de Tepic, obra de dos 
meses después de su salida de Fópolá, tu- 
vo ocasión de comprobar la verdad del 
adagio que dice : "quien de su casa se 
akja, no la halla como la deja," pues en- 
contró tan cambiado el Hospicio, como si 
fuese lugar distinto del antiguo. En rea- 
lidad, hubiera podido afirmarse que todo 
había continuado inalterable, salvo algu- 
nos detalles ; pero como eran estos preci- 
samente los que giraban dentro del radio 
d^ vida diel joven, todo lo veía al través dfe 
aquellas mutaciones, y de su impresión 
particular, sacaba deducciones generales. 

Vagó las primeras horas después de su 
regreso, por patiois, coirredores y pasadi- 
zos, buscando algo que no podía encon- 
trar; y como á nadie quería ú osaba inte- 
rrogar, no le fué dable orientarse desde 
luego. Ese algo, como bien se comprendle. 



/ 390 ' I 

t 

no era algo, sino alguien, y ese alguien, 
¿Quién podría ser, si no Berta? Mas la jo- 
ven no asomaba por ninguna part€ — cole- 
gio, jardín, ni clase de música, — tanto que 
Sandoval llegó á temer se hubiese ca- 
sado ya, o estuviese ausente ó indli's- 
puesta ; p«ro habiendo visitado la en- 
fermería so pretexto de sailudar á los 
empleados, no la halló ahí, y supo, ade- 
más, que continuaba célibe y siendo mora- 
dora de aquella casa, lo mismo que siem- 
pre. Luchaba, (entretanto, con impu:lso«5 
cojitradictorios. Sus desengaños y recelos 
le aconsejaban no volver á pensar en ella, 
é irse tan lejos de Fópoli, que nunca tor- 
nase á encontrarla; mas, á la vez, era 
tan poderoso el afán que á ella le empuja- 
ba, que no podía resistirlo, j Hacía taai 
largo tiempo no escuchaba la música de 
su acento ! ¡ Hacía tantos meses que vaga- 
gaba lejos de su encanto ! Ansiaba vería 
de nuevo, aun cuando fuese ingrata y 
amase á otro, pues sólo posar los ojos en 
su semblante era una bendición para su 
vida. Tiempo llegaría en que prescindiese 
de aquella delicia, y sería cuando su ama- 
da cayese en los brazos del alemán ; mas 
por ahora, mientras el amarla é invocar- 
la á toda hora, no fuese un delito, no ha- 
bía para qué se impusiese aquel martirio. 
Mas ¿cómo investigar lo que le pasaba, 
siendo que no tenía ni un confidente ni 
un amigo que pudiesen ayudarle á despe- 



C- 



' 391 

jar la incógnita? Don TecKÍt>miro acababa 
de Iliegar, y era inútil para el caso. Para sa- 
lir <Jie díudas, se resolvió después de todo, á 
hacer lo mejor, y fué acudir á doña Doro- 
tea López, cuya amistad con Berta era tan 
estrecha. -• ■ ^ 

Llegóse, pues, al cuartito de la buena 
señora, y saludándola con comedimiento, 
tomó asiento y trabó conversación con 
ella; y después de una prolongada intro- 
ducción insípida é inconexa, llevó las co- 
sas lo más diestramente que le fué posi- 
ble, al punto de preguntar por Berta con 
indiferencia fingida. 

— ¡ Calle usted ! prorrumpió doña Doro- 
tea constiemada ; ¡si viera qué triste está 
la pobrecita! Nunca se le ve por ninguna 
parte, si no es en este departamento, á 
donde viene al caer la tarde. 

— Pues ¿qué le pasa? preguntó el joven 
con voz insegura. -jt 

— ^¿No lo sabe usted? Pues lo qu-e le 
pasa ha hecho bastante ruido en el Hos- 
picio. 

— iPero ¿no ve que he andado ausente? 

— Es verdad. Pues que ha roto con el 
alemán, porque, según parece, el muy bri- 
bón la engañaba. 

"Tan violenta fué la emoción de Joaquín 
al oír aquellas palabras, que no pasó inad- 
vertida ni para la misma señora López. 

— ^¿Qué tiene usted? le preguntó. ¿Por 
qué se pone tan pálido ? . . . . ¿y ahora ro- 



■M- 



-.7- 



^^. 



jo? ¿Qué le pasa?. . . . ¿Quiere tomar wn 
poco de agua? 

— Subo áe la costa, contestó el joven 
con esfuerzo, y á cada rato sufro vahídos 
y bochornos. Pero no es nada .... Acep- 
to el agua. Mil gracias. 

Las impresiones del joven al recibir hi 
magna noticia, habían sido tan profundas 
como encontradas, comenzando por una 
gran sorpresa ; pero tan profunda, dul- 
ce é inmensa era ésta, que le causa- 
ba espanto. Renacían de golpe sus ihi- 
siones, miraba la luz surgir de nuíe- 
vo en el horizonte, y le parecía que las 
alas de Berta tendidas antes hacia leja- 
nías inmensas, volvían ahora hacia él \ 
revoloteaban cadenciosamente en su tor- 
no. El imposible desaparecía, y la desespt- 
ración se trocaba en esp'cranza .... Pero 
á la vez, el golpe que había lastimado el 
tiemO' corazón de su amada, hería también 
el suyo dte rechazo, j Qué agravio podría 
sufrir ella, que no sintiese él al mismo 
tiempo! Berta había Horado, y no era po- 
sible que él, que la amaba tanto, no Uorase 
con ella y por ella. Lo que importaba prin 
oipalmente era la dicha de Berta, y si pa- 
ra ello era preciso sacrificar la suya, hu- 
biera estado dispuesto á inmolaría uña 
y mil veces. 

— ¿Se repuso usted' ya? preguntó doña 
Dorotea con solicitud maternal. I 'V, 

— Sí, contestó el joven ; pasó eí males- . 



•. \ 



393 ' 

tar y me siento bien, CcwTque ¿decía us- 
ted? continuó con aparente sencillez. 
— Que Berta rompió con el alemán . . í . 
— ¿ Completamente ? , ^ 

— Completamente. , 

— 'Pero ¿no volverá á reconciliarse con 
él? ; 

— j Imposible! tiene bastante dignidad •" 
para ello. 

Joaquín volvió á sofocarse, y, para disi- 
mular 'SU turbación, se echó á toser con , 
insistencia. 'V 

— ¿Vuelve usted á ponerse mal? Tome 
otro sorbo de ag-ua.... Tal vez le haga 
bien mezclada con azúcar para que le sua- 
vioo los bronquios. Aquí tiene un terron- 
cito. 

El joven tomó cuanto se le ofrecía, y se \ • 
hallaba ocupado en meter el azúcar en el ; ' 

agua y en chuparla después, cuando se ' 

presentó Paulina de modo intempestivo, 
radiante de contento, limpia, elegante y 
metiendo un ruido tremendo con el frn-íru 
de su joyante falda. •>• 

— Buenos días, Paulina, le dijo doña 
Dorotea levantándose para recibirla;/ ^ % 
tiempo hacía no la mirábamos por acá. 

— No tanto, apenas una semana, repuso 
la recién llegada. 

Y notando la presencia del joven, ])re- . ' 
guntóle: 

— ¡ Cómo ! ¿ usted por acá ? ¿ Desde cuán- 
do? 



^■.ri,T-y>. 






394 

— Desde esta mañana misma, repuso 
Jaaqum. Yo tampoco había visto á usted 
}X)r toda la casa. 

— Con razón, repuso Paulina riendo. 
¿Qué no sabe? , 

— ¿Qué cosa? 

— ^Que no vivo ya en el Hospicio. Me 

C'cloxl > • • • 

— ¿Con Gustavo? preguntó el joven 
queriendo dárselas de listo. 

— No, con otro, repuso la joven. 

— ¿ Con Prudenciano ? insistió candida- 
mente Joaquín. í 

— No, con otro, volvió á decir Paulina, 
divertida con f'l asombro que veía pinta- 
dlo 'en el rostro de su interlocutor. ¿Adi- 
vine con quién ? . . . ¿A que no adivina ? . . . 

— Me declaro impotente, repuso Joa- 
quín, rindiendo las armas. 

— i Con el señor don Arcadio Contreras 
y Espinosa ! 

— Y ¿quién es ese señor? ' 

— El dueño de la hacienda de '"Las Es- 
caleras," que está cerca de Ameca, á la 
mano derecha, contestó Paulina con én- 
fasis. 

— i Vaya ! repuso Joaquín entre asom- 
brado é incrédulo. ¿Se está usted divir- 
tiendo conmigo? 

— ^Soy demasiado seria para ello, repuso 
la joven con gravedad cómica. Una seño- 
ra casada, y más con un maridó de edad 
provecta, no ti^ene d'Precho para reírse de 



395 " ; 

nadie, ni por nada. Debe ser más seria que 
un responso. . . Es cierto. , . : pregiíntelo 
á dt)ña Dorotea. 

Joaquín volvió ed rostro á la señora Ló- 
pez para interrogarla con la mirada. 

— Cierto, repuso la buena anciana, inter- 
pretando aquella muda interrogación ; 
Paulina dice la verdad. 

— Pero ¿cuándo sucedió eso? preguntó 
de nuevo el joven, cuyas ideas parecían 
confundirse. 

— Poco más ó menos, unos veint<í días 
después de la salida de usted para Tepac, 
repuso Paulina. Tengo ya como mes y 
medio de casada , soy casada vieja. 

— ¿Pero cómo fué eso? insistió Sando- ■ 
val sin lograr volver en sí del asombro. 

— Muy sencillamente, contestó Paulina. 
Cuando usted se fué, tenía yo dos novios, 
quiero decir, dos pretendientes, Gustavo . 
y Prudenciano ; pero ni el uno ni el otro ■ 
llevaban trazas dé nada, uno por pobre y 
otro por nulo. En esto, se presentó don . 
Arcadio, hombre de pan, pan, y vino, vino, 
y sin más ni más, me propuso que nos ca- 
sáramos ; acepté y manos á la obra. Na- 
die niega quesea de edad el señor, algo ton- 
to y nada guapo ; pero tampoco se le niega 
eíi ser diiieño de "Las Escaleras." ranche 
ubicado cerca de Ameca. . ., á la mano de- 
recha del caimino, llamado así por tantos 
altibajos como tiene. 

— ¡Pero usted no le quiere! >v 






m 



\?' 



396 

— j Qué sé yo ! repuso la joven enco- 
giéndose de hombros. Las huérfanas no 
podemos permitirnos ei lujo de casamos 
por amor; eso está bueno para las seño- 
ritas "de" Dena. I :- ; 

Y rompió en una sonora coircajada. 

Joaquín había tenido siempre una idea 
muy desfavorable del criterio y del repo- 
so die la joven; pero no hasta el punto de 
creerla capaz de semejante aturdimiento ; 
así que (}U'edó sumamente sorprendido 
d!e cuamto oía, y ganas le dieron de pro- 
nunciar un discurso contra los matrimo- 
nios improvisados, desiguales y hechos ' - 
]>or merO' interés. Mas, coimprendiendo que 
su moraleja sería trabajo perdido, y no- 
haría más que provocar la cólera de la 
ex-asilada, se limitó á preguntarle después» : " 
de breve pausa: - 

— ¿ Y qué tal el matrimonio ? ¿ Es usted 
dichosa? 

— Sí y nó, repuso Paulina haciendo un 

mohín desdeñoso Sí, porque realicé ;. 

lo que tanto deseaba, que era salir del ': 
Hospicio, donde estaba tan aburrida, y, ■>-: ; 
sobre todo, porque salí de pobre. Por lo 
demás, nó, porque ese señor me lleva me- . .'■ ; 
dio siglo. . . . Además, me enfada, me em- ' 
palaga, me incoimoda con sus necedades. ; ;; 
No caen bien las ternezas en personas de ' ■ 
su edad : se lo he dicho mid veces, pero no ' , 
quiere entender. Tan pronto como me -^ 

ve, hace unos ojos de borrego dego- .^ 



,::,■.:;:,/ 397 

liado, qtse le van muy mal, pésimamen- 
te; y luego me persigne con palabras 
melosas y cargantes : "Patilinita" por 
aquí, "mialma" por allá, "mi vida" por 
acul^. ¡Qué fastidio! Yo k digo seca- 
mente "¿Qué?" "¿qué se le ofrece?". . . . 
¿por qué me mira tanto?" — y me voy > 
quiero dejarla ; pero él va detrás de mí por 
todas partes, á Ja sala, al comícdor, hasta 
la cocina .... ¡Es un pegote ! 

— Señal die que la quiere de veras, ob- 
servó doña Dorotea. 

—Señal die que es muy pesado, replicó 
l^ulina. 

— Hay que consid'erar, obj<etó Jotaiquíii. 
que don Árcadio obra perfectamente en 
todo eso, primero porque Dios y la ley le 
dasn derecho para ello, y después porque 
es usted tan guapa, que á cualquiera que 
no esté muerto y enterrado, pojíría pa- 
sarte lo mismo. 

El joven soltó la lisonja medio serio y 
medio en broma. Que Paulina era muy 
hermosa y atractiva, era patente; y era 
más cierto todavía, que gustaba de g-aJan- 
teos, y que cualquiera podía ganarle la 
voluntad con sólo decirle tres piropos. 
Joaquín al Esonjearla, lo hacía con varios 
propósitos, y, entre otros, con el de sua- 
vizar de paso la mala voluntad que le te- 
nía. 

Paulina mordió éi anzuelo. Sonrió c<>ii 
satisfacción, mostró contento en los ojos 

P»CC«ISC»«Í-76 



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-f 






398 

y echó una mirada al espejo que tenía do- 
ña Dorotea arriba del lavabo, para exami- 
nar su figura y arreg^larse el pelo. Inclina- 
dla ya á la benevollencia, consáderó tam- 
bién á Joaquín, y se dijo para sí que, des- 
pués die todo, había ganado bastante con 
la juventud el pobre mozo, pues alg'o se 
le había aclarado la piel con el restira- 
miento de la robutez y el constante aseo 
en que la mantenía ; mostraba hermosa, 
blanca y cuidada dientadura, y descubría 
en la mirada profundidades extrañas, que 
la liacíain interesante. No por eso, con to- 
do, desapareció su añeja prevención con- 
tra él, pues los cargos de indio y pobre 
que en su ánimo le hacía, no podían ser 
destruidos tan fácilmente. A pesar de to- 
do, repuso complacida: ¡r .. ,,r' >r j^^ís- í*v^¿ 

— ^i Vaya que se ha vuelto usted muy li- 
sonjero] i Voy á decirlo á cierta perso- 
na !'. 

Y lo amenazó graciosa miente con el ín- 
dice levantando la mano diestra. 

— ¡ Gran fuerza le hará ! . . . . repuso el 
joven riendo; á ella nada le importo, ya 
sea que hable ó caLle, vaya ó venga, viva 
ó muera. 

— i Ah, qué hombres ! exclamó la joven 
con gesto cómico. Así son todos : apenas 
ven unas faldas, se vuelven locos y de to- 
do s>e oávidlan. Por eso yo no los creo. 

— ^¿Está usted celosa de don Arcadio? 
pregimtó la señora López sonriendo. 



,^ 



399 

— ¡Qué gracioso ! repuso la joven. ¡ Qué 
ocurrencias tiene usted, doña Doro! 

Y 96 echó á reír con estrépito. Así con- 
tinuó la charla buen rato, hasta que Pau- 
lina se levantó diciendo: 

— Me. marcho, voy á buscar á Berta, 
quiero saludarla. . . ., lo mismo que á sor 
Igíiacia y á las hermanáis. 

La señora López y Joaquín quedaron 
perplejos al oírla, pues no comprendían 
su nueva actitud hacia las religiosas, á 
quienes era público y notorio profesaba 
una inquina muy negra. Paulina lo com- 
prendió y se explicó de este modo. 

— '¿Lo creerán ustedies? dijo. Me ha 
pasado ima cosa muy rara desde que no 
vivo aquí, y es que me he reconciliado 
con las hermanas. . . . Ahora las echo de 
menos y hasta las quiero. ¿ Por qué ? . . . . 
No k) sé. . . . Es verdad que hasta con Pi- 
cio me habría casado por tal de sailir de 
esta cárcel ; pero el caso es que diesde que 
estoy fuera de ella y soy libre, se ha apla- 
cado mi mal humor, y se ha convertido en 
una especie die nostalgia por el espacio 
que encierran estas paredes, 

— Es que no tenía usted motivo para 
aborrecer á las religiosas, dijo doña Do- 
rotea, i son tan buenas ! 

— •¿Cómo que no? Me sobraba la razón , 
para ello ; pero ya les perdomé, y como si .' 
nada me hubieran hecho, concluyó la jo- 



■ .400 ..;__;,;. 

ven con tanta firmeza como magnanimi- 
dad. 

Aún siguió liablando algún tiempo so- 
bre el mismo tema, ya len pie, hasta que al 
fin salió de la pieza meti-endo gran ruido 
con las faldas y los tacones. 

— ¡ Lástima ! exclamó doña Dorotea al 
verla marcharse; ¡lástima qu« sea tan li 
gera! A no «er por eso, »ería excelente 
persona. . . '-^i' > "I i;. 

— Sólo qu€ á ligera nadáie le gana, repu- 
so el joven sonriendo, pues parece que 
para ella se hicieron los versos de Rigo- 
Jetto: 



"La domta e movile 
"Cual piuma al vento." 



— Es verdad, agregó la buena señora; 
j>ei-o ya se corregirá. . . - — I • v- 

— ^Mucho lo dudo, replicó Sandoval mo- 
viendb la cabeza con incredulidad. 

No tairdó Joaquín en despedirse tam- 
bién de la señora López, pues, habiendo 
sabido lo que quería, carecía ya de objeto 
su visita. Pasó el resto del día ansioso y 
videníto, haillando todo muy monótono y 
el día demasiiado largo ; pero, al llegar el 
•otscurecer, que era la hora que esperaba, 
sesfún los indicaciones arrancadas á doña 
Dorotea, se dirigió Meno de emoción al 
depairtaimento de ancianos y mendigos, 
donde aeruardaba hallar á su amada. Y, 






para divertir su impaciencia mientras Re- 
gaba la joven, fué visitando uno por uno 
á todos sus conodílos, deteniéndose prári- 
'cápalmente cerca de los predilectos ¡de 
Berta, y acariciando de paso al pobre ni- 
^ño Atenójenes. El notario don Sabas, que 
paseaba por entre las bancas, moviendo 
la cabeza á impulso de la parálisis §enil, 
como diciendo un "no" eterno, le recibió 
con marcada ailiegría. 

— ¿Sabe usted?, le dijo: he recibido una 
buena noticia. ú Wc 

— ¿Cuál, don Sabas? 

— La de que mis hijos van á sacarme 
pronto d*e aquí. Un conocido que vino 
ayer, me contó que, habiendo encontrado 
al mayor de ellos en la caile, le oyó ex- 
clamar : "i Pobre de mi padre ! \ Dígale 

que por allá nos veremos !" xA.sí que 

de un momento á otro llegará por mí cual- 
quiera de ellos. Tengo acomodado ya f-I 
baúl para no hacerlos esperar, sea cual 
sea lia hora en que vengan. 

— ^Dios lo haga, repuso Joaquín contris- 
tado, pues bien sabía que los hijos de 
don Sabas le tenían bien olvidado. 

— Voy á dormir vestido esta noche, por 
lo que pueda suceder, agregó el ancia;no. 

— No será meive&ter eso, don Sabas, re- 
puso el joven. ^^'.■" ' ' \ . - W^:-' 

— ^Pero sí muy conveniente, siguió di- 
ciendo Machain ; tengo prisa por sa 
Hr del Hospicio. Mo es justo pesar so- 



n 



402 

bre ia caridad, teniendo hijos váiiáú^, 
que pueden sostenerme. Los crié y edu- 
qué, les di cuanto pude, y harán lian en 
pagacme k> mucho que me dieiben. 

— Con permiso, don Sabas, iwtemmipió 
Joaquín, con permiso. • 

Y corrió á encontrar á don Lino, quien 
salía en aquellos momentos por e'l co- 
rredor, arrastrándose penosamente con 
ayuda de su muleta. Le ofreció eil brazo 
solícj^to, y le ayudó á llegar hasta la ban- 
quieta. 

— Bien, muy bien, así me giista, oyó 
entonces que ailgnien murmuraba á su 
espaldla. ' ■ j ■• 

X^olviió el rostro y vio á sor Águeda, 
que le contem|>laba risueña á pocos pasos, 
y venía en compañía áe Berta y Virginia, 
la primera muy pálida y triste. Al coíum- 
braT á sii amada, por vez primera díespués 
de ausencia tan larga, sintió el corazón 
vuelto loco en d pecho, como ave asusta- 
da dentro de su jaula, y repuso tartaanu- 
d'eando : -; .; -^ ^ ' 'If 

; ,: — -Ofrecí el brazo á don Lino, porque 

vemía muy fatigado. . . . Buenas tardes, 
madre. . . Buenas tardes, Berta. . . . Bue- 
nas tardes, Virginia. 

-^^1: La religiosa y las jóvenes le coiitesta- 

ron afablemente. 

— ¿ Quieres venir con nosoitros ? k pre- 
guntó Berta con duflzura ; vamos á visitar 
á los conocidos. 






403 

— Con rnucho gusto, repuso el joven 
ra<lfia«ite de júbilo, á pesar de que ya ha- 
bía hecho la ronda. ,t • 

El gTupK) encabezado por sor AgHjeda, 
continuó luego avanzando, engrosado á 
poco por el contingente de José, y siguió la 
visita por donde quiera, con inéfablíe go- 
zo de los pobres; hasta que, al sonar las 
oraciones die la noche, se juntó la muáti- 
tud en el patio, y cayeron todos de rodi- 
llas, mientras sor Águeda, con voz dará 
y Hena de unción, rezaba la saílutación diel 
AngeJ á la Virgen, coreada por Jos circuns- 
tantes. Concluido d rezo, permitió la reli- 
giosa que Virgiinia can'tase un poco; mas 
hizoüo ésta con vena triste, sin duda por 
considerajción á Berta, y con grave acom- 
pañamiento de la guiitarra, entonando, 
entre otras, la canción del "Torneo," de 
nuestro poeta Calderón, la cual le pareció 
que ni mandada hacer para el caso : 

'i Esta es la vida!... ¿Y al mirar el féretro 
Cobarde tiembla el mísero mortal. 
Cuando ila tumba es el asilo único 
Dondie se encuentra verdadera pju?" 

Jo^uín, ecntretanito, no perdía á Berta 
de vista, mientras ésta, silenciosa y absor- 
ta, mostraba no darse cuenta de lo que 
pasaba á su derredor ; y á la luz mortecina 
de ía tarde, le pareció ver brillar entre 
stís pestañas, la dolorosa gema die una lá- 
grima. H •:•■;■- . • 



■:?§ÍSí. 



•-¿¿í' 



404 ;: 

— ¿Qué tienes? k pr€g^imtó en voz baja, 
como si no supiese lo q\ie tenía. 

— 'Estoy muy triste, contestó la joven 
suspirando. 

Ni Joaquín se atrevió á pregujitarJie, ni 
ella se atrevió á d'ecirle por qué ; mas el 
joven se propuso distraerla <le sus penas, 
hahlándole áe cosas altas y hermosas. 

— La hora es melancólica, repuso. ¡Si 
viieras cuan magníficas son las puestas del 
sol en el mar! " ¡ 

— ^¿Cómo lo sabes? ¿las has visto? re- 
plicó Berta maquinalimente. 

— Sí, las he visto ; no sé si sabrás que sa- 
lí para Tepic, con don Teodomiro. * 

— ^Me k> dijo sor Ignacia. 
- ^— Pues Uiegamos hasta San Blas. : 

Berta miró atónita al joven. ^ '' 

— ^¿Taai lejos? murmuró interesándiose 
en el relato. ¿Cuánto tiempo haoe que 
te marchaste? 

— ^Cerca de dos meses ; la tarde del sá- 
bado d>o Dolores. 

— ¡Ah! ¡sí! creía que liacía más poco, 
contestó distraída de nuevo aJ recordaí 
sus propios dolores, íntimamente ligados 
con aqueHila fecha. 

Joaquín suspiró al notar que Berta no 
.se había dado cuenta de la prolongada du- 
ración de su ausencia, y que prestaba ya 
poca atención á sus palabras ; pero dul- 
cemente, y como si hablase á un niño 
enfermo, continuó pintándole sus impre- 



'^ 



X 



405 

sion^s, con el fuego propio óe su edad y 
su temperamento; y tales cuadros fué de-, 
lineando ante sus 'ojos, de panoramas y 
paisajes, sierras, hondonadas, bosques, 
ríos, íirroyos, cascadas, palmeras, man- 
glares, playas, inmensidades marítimas, 
oáeajes, tempestades, brisas, rugidos, que- 
jas, músifcas aéreas y tantas otras cosas 
como traía en la imaginación y el recuer- 
do, que logró, al fin, despertar su inte- 
rés vivo é intenso, y hacerse oír distinta- 
mente por ella. 

— í Qué hermoso del>e ser todo eso ! ex- 
clamó embelesada la joven. ^^^^^•'^ít 

—Si, muy hermoso, Berta, repuso Joa- 
quín con acento grave. Es sublime la obra 
de Dios, y ha sido este viaje una revela- 
ción para mí. Presentía cuanto he visto, 
pero la realidad ha superado á mis más bri- 
llantes .sueños. Desde que salí de Fópoli, 
comencé á recibi-r impresiones inesperadas. 
El campo me pareció inmenso : hallé enor- 
mes las montañas ; las peñas, los barran- 
cos, los árboles, todo, desde Jo más peque- 
ño " hasta lo más grande, hirió vivamente 
mi . imaginación. Pero eso fué nada, 
comparado con la emoción que sentí al 
aproximarme á la costa. ¡Si vieras qué 
vegietación aquella ! j Si vieras qué corpu- 
lencia alcanzan aquellos árboles, y qué tu- 
pidos y espesos son aquellos bosques ! Se • 
caminan lleguas á la sombra dfe copas en- 
trelazadas, y aun á veces hay dificultad v 



'm- 



4o6 

para cruzar entre los aipiñados tiroticos 
y taHios, y es preciso abrirse uno rntsmo 
su sendero al través de ila espesura, oom 
el hacha ó el machete. Aquedla atm6sfe- 
ra está profusamente habitada por orgaíiis- 
mos alados de todos tamaños ; descfe el 
menudo inseotillo, que zumba y pica, desde 
las abejas que rondan formando enjambres 
en tomo de los paaiaflles, hasta 'las aveoi- 
Ilas de pintadas plumas y los corpulentos 
guacamayos y papagayos, hay una infi- 
nita variedad de seres volátiles, que cru- 
zan los aires, y cantan, pían ó graznan 
poblando el espacio de música, movi- 
mjiletnto, coflor y lailegría. Eki medjio tile 
aquel sailmo perenne de vida, se desta- 
can cantos solitarios tan delicados y dul- 
ces,' que no es posible que los imiten voz 
humana ó instrumento armonioso. Que- 
dábame extático á cada paso, como el 
monje Alfeo, oyendo la voz de algún pa- 
j anillo, que se me antojaba ave del paraíso, 
por lo melodioso de su canto ; y se necesita- 
-M: ba que don Teodomiro ó alguno de mis 
'"^ compañeros me sacasen de mi arrobo para 

^- poder continuar la marcha. Mis impresiones 
fueron creciendo á medida que nos acerca- 
mos al mar. Algunas legfuas antes de llegar 
<^: al puerto, pudimois, desde una altura, co- 
-^ ' luimbrar el Océano, No puedo expresarte 
>; lo que sentí cuando le vi á los lejos, como 
.'.=> inmensa llanura plomiza y fulgurante, ex- 

í^$^ tendiéndose hasta el remoto confín ; se 

">- í 






-■.<í 



407 

mé^ng?tirál>a que era víctima de una hermo- 
sa alucmación y que al fin no podría lle- 
gar hasta é4. Cuandlo me emcontré ya en 
la playa, teniendo á la vista aqueilla mis- 
teriosa inníensídad, experimenté una sen- 
sación como de vértigo. ¡ Qué espeotácii- 
lo tan imponente ! Aquello sí es grande 
y subirme. Una masa enorme, sonora é 
inquieta, entregada á los vaivemes d**! 
viento y á las mutaciones de la luz; ima- 
gen diel cielo, del misterio y d^el infinito . . . 
Ija. vista &e pasea á lo lejos sin encontrar 
térmiino, valladar ni cotO', y el pavor de 
lo inmenso y de lo arcano se apodera de la 
conciencia. Asus'ta y encanta aquella lla- 
nura formidlablle. Es un ordfen de cosas, 
un mundio, uai modo de ser opuesto á lo 
que siempre se ha visto. La tierra cis- 
tá quieta, y sobre ella fundamos nues- 
tros edificios y nue'Stras obras ; aquella 
inmiensidad se muestra siempre agitada y 
conmovida por temblores ó espasmos, ya 
la ricen los blandos céfiros, ó bien la azote 
el huracán desencadenado. ¡ Cuántas noches 
pasé á sola« en la playa, contemplando 
su ancho y bruñido espejo, herido por 
los rayos de la luna, que trazaba en la on- 
ditlante superficie una huiella argentina 
de blanca luz, como de éxtasis y sueño ! 
i Cuántas me sorprendió la aurora senta- 
do en lo alto de alg^n peñasco, acechando 
las primeras ráfagas del día para mirar la 
gloria de la luz retratada en la inmensa y 

- ■ .■.■■■■■ ' , - . ■ "js-^- - 



4o8 

clara superficie I ¡ Fiesta át esptecidores 
arriba , y fiesta de colores abajo ! Na sé 
qué enlace misterioiso existe entre el aspec- 
to de las cosas y sus propios rumores, en- 
tre la forma y el sonido, entre el color y la 
música. Las voces de aquella naturaíeza 
y del lejano horizonte iban cambiando á 
medida que la oscuridad se esfumaba, tie- 
cibiendo primero la blanca pincelada del 
alba, tiñéndose luego con el rubor de la 
aurora, coloreándose después con las 
lejanas refulgencias ddl sol, y acabando 
por convertirsie en fragua de viváis llamas al 
aparecer el astro del día ; y así también los 
rumores marítimos iban cambiando de en- 
tonación y atuneiitando en intensidad á 
compás de aquellas metamorfosis, sooian- 
do tenues antes del amatiecer, juguetones 
y discretos antes die rayar el alba, y con- 
vrrtiéjjidiose en "crescendo" constante y 
polemne hasta romper en himno gran 
dioso y solemne á la aparición del sol, En- 
1 '>oces vibraban los nimores, los ecos, los 
."onidos, el fragor miismo del mar con toda 
su fuerza, como una inmensa, potente y ma- 
jestuosa sinfonía, como coro de voces sali- 
das de un prodigioso instrumento de mara- 
villoso registro é infinita varied&d de tonois, 
capaz die producir cantos dtiilcísimos y ge- 
mebundos como los de la viola, plegarias 
místicas como las del órgano, gritos gue- 
rreros como los del clarín, y rugidos es- 
pantosos, como los bramidos del averno. 






i^' 



Berta escuchaba á su compañero de in- 
faiícia con creciente interés á medida que 
éste desarrollaba su tema. Nunca le habla 
oído hablar de aquella maniera, y no ha- 
bía llegado á sospechar fuese capaz die 
una elevación tal de ideas, ni de una fan- 
tesía tan ardiente, ni de unos arrebatos 
tan intensos. Inclinada eíWa también por 
dísposicióo natural, á todo género de en- 
tus-iasmos artísticos, vivía predispuesta á 
la emocdóin soñadora, la cual se despertaba 
en su interior al brillo de cualquier ráfaga, 
limiinosa, al eco de cualquier acento musi- 
ca3 ó ai reclamo de cualquier palabra poéti- 
ca: todas aquellas cosas ponían en vibra- 
ción las fibras ocultas de su organismo: 
exquisito. Así, pues, sin echarlo de ver, 
siin quererlo ni saberlo, fuese dejando lle- 
var por el blando halago de tan fo- 
gosas descripciones, y á poco de haberlas 
oído, volaba ya su imaginación por encan- 
tados espacios, miraban sois ojos deslum- - 
brantéis claridades y escuchaban sus oídos 
místicos y arrebatadores acentos, lejos, 
muy lejos de este mundo de miseria, desen-' 
canto y dolor. 

— I Cuánto debes haber gozado ! repuso 
maquinalmeínte. iQué felicidad mirar y. 
cÁT todo eso! 

— Todo el tiempo que pennanecí en 
conwmffión con la naturaleza y á la vista 
del mar, siguió diciendo el joven, me pa-- 



-%;■*■■ 
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" " 410 

recio un éxtasis; no me di cuenta de éi, 
ni sabía dónde me liallaba. 

' — ¿Cuántos días permaneciste en el 
puerto? \j 

— Cerca de cuatro semanas; iii' don 
Teodtwniro ni yo queríamos salir die ahí. 
íbamos por cuarenta y ocho horas, y nos 
q-uiedlamos casi un n^es. 7''^-^ M 

— ¡ Con razón ! A mí me hubiera paisiado 
lo mismo; se me figura que si llegase á 
ver el mar, me volvería loca de emoción. 

— Gozarías mucho, sí, porque serías ca- 
paz de comprendler cuanto vieses y oye- 
ses. 

— ¿Lo crees? Temo me faltasen ojos 
para ver, oídos para oír é inteligenoia pa- 
ra comprender tanta belleza, 

— Sería un espectáculo digiTo de tí ; te 
encontrarías como en tu eleniento. 

Berta suspiró suavemente y que<ió ab- 
sorta en sus propios pensamientos. 

— Voy á confiarte una debülidad, pro- 
siguió éi joven. ; ''^ '*:/-' 'M.' 

— ¿Qué, Joaquín? preguntó Berta alar- 
mada, temiendo le hablase de amores. 

— Que traje de aquellos mares y tierras 
una buena provisión de pecados poéticos 
Y muisicales. Hioe versos por allá, te lo 
confieso. ¿Quién no los hubiera hecho ? 
Brotaban die mi alma por sí solos ; y so- 
bire todo, compuse mucha música. Me 
finían las idieas espontáneamente, y sin 
trabajo concluía las composiciones, una 



^ -4" 

(kspués de otra. Nunca me hubiera cireí- 
do eaf>az die producir tantots temas y can- 
tos; aquel mundo maravilloso me los ins- 
piró; no brotaron de mí, son obra suya 
Yo no bacía más que traducir las voces 
que oía, y confiarlas al papel. ¡ Ojalá sean 
mis trabajos eco fiel de mis emocttomes! 
Don Teodomiro los mira con ojos cariño- 
sos y los elogia acaso más de la ctrenta 
¡Quiera Dios que te agraden! ■ , ;aj"^ 

— ^Deben ser muy bellos é inspirados 
porque sabes i)ensar y sentir bien. 

Joaquín se extremeció de p4acer al oír 
aquá elogio, que era el primero que sa- 
lía para él de labios dte Berta ; y continuó 
diciendo : 

—Ya oirás todo eso, si me tienes pa- 
ciencia. Te leeré las poesías y te tocaré al 
piano las piezas . . . Algunas dte ellas son 
para banda, otras para orquesta, y van á 
ser instnimientadas por don Teodomiro. 
Pronto las oirás. Tú también tomarás 
parte en la ejecución, pues aígunas de mis 
cancioncillas irán muy bien á tu voz." 

— Ya no canto nimca. : ,■ j -rm 

. —¿Por qué? ; 

— Porque estoy muy triste. 

— -TmbÁén mis cantos son tristes ; se 
juntarán nuestras tristezas. 1 S'-t-^'j^^ 

Así continuó la conversación hasta bien 
entrada la noche, cuando al fin fué preci- 
so á los jóvenes despedirse de sor Águe- 
da y separarse. Joaqnín se apartó dtel gru- 



412 

po discr«tame«te ; José continuó acompa- 
ñando todavía á Berta y Virginia duranste 
algTÍn tiempo. 

— Con permiso de Berta, dijo el mozo 
á la ciega, quiero comunicarte una nove- 
dad. 

— ^¿Cuál, José? interrogó Virginia con 
duífeura. Todo puedes decirlo deJante de 
Berta, porque es mi amiga de conñanza ; 
es como otra yo. " ij 

— Ya lo sé, prosiguió el carpintero; lo 
qne deseaba decirte es que hablé ya con 
sor Igmacia respecto de nuestros proyec- 
tos, i-^irr-hív r-' :''-^ ,r^<- TA';^: 

— Se habrá enfadado, proságuió fa cie- 
ga alarmada. 

— Ni por asomos. Me dijo riendo, qwe 
ya lo s<ii>ía todo y que lo aprobaba; Vjue 
eres muy buena y que vamos á «er muy 
dichosos. ,.• • -..-•■,,. .^...,.| -^ 

,:4w — Bendito sea Dios. 

■;í>j ' — ^Me ofreció también recomendarme 

i^v. con sus relaicion€:s para que me den tra- 

-t^ - bajo.... Ya tengo taller; ayer encontré 

¿4í4 iin buen local en caJle céntrica, con tres 

li^" piezas interiores para habitación, y nada 

^ caro ; vamos á quedar bien instalados. 

'■^'y — ¡ Hola, hola ! terció Berta benévola- 

,^^ mente. ¿Conque tan adelantados así tie- 

^M- nen ustedes sus negocios? ¡Y nada vs\<^ 

í^^ habías dicho, Virgen' 



■ .^K^ 



^|;. — Es que yo misma no lo creo. Oigo 

'í-hT hablar á Tose de nuestro en«lace, y me 



413 

])arí:co que sueño. No es natural que me 
(juiera, prosiguió la ciega haciendo alu- 
>ión á su novio. Soy una mujer iniítil, y 
no podré servirle para nada. Es verdad 
que lo quiero; mas por eso mismo debe- 
ría dejarle en libertad, para que buscase 
tjitra mujer que tuviese los ojos sanos, y 
l)udLese enitenderse con su casa, lavar, 
coser, planchar y cuanto fuese necesario. 
Yo no podría servirle más que de es- 
iorlx>. 

— ¡Si vieras, Virginia, cuánto pesar me 
lia que digas esas cosas! repuso el joven 
con tristeza. Se me figura que no me 
quieres al. hablar así. 

— No lo vuelvas á decir; sería capaz 
'le dar la vida por ti, repuso la ciega con 



vehemencia* 



— Pues no repitas eso nunca, nunca. 
— ¿ De suerte que no te fijas en que soy 



<.•!•€ ga ? 



—Sí me fijo', y por eso precisamente te 
quiero más, pues gozo mucho pensando 
que voy á cuidar de tí yo mismo, á con- 
ducirte por todias partes, y á darte cuan- 
to necesites por mi propia mano, para 
que nada te haga falta. ' y 

Lágrimas de ternura y reconocimiento 
rodaron por las mejillas de Virginia al 
oír tan tiernas y enamoradas palabras. 

— 'Dios te lo pague, concluyó tendiendo 
al mancebo una mano, que éste o]>rimió 
suavemente. 

^ P»eCU»SCBF£-2T 



— José, exclamó lierta conmovida, tie- 
nes buen corazón, y eso vale más que níi- 
da ; lo« buenos sientimientos son la riciui'- 
za mayor que el alma puede atesorar. 

Y pí'nsó con aaiiargura que á ella no le 
habla totcatlcí tan buena suerte como á 
su amig^a. pues había sido engañada por 
nn hombre d'e aspecto seductO'r, pero de 
corazón perverso. ¿ De qué le s^ervía á ella 
tí'ner «ana la vista ó para qué estorbaba 
á Virginia la ceguera, si los ojos sanov'i 
no descubrían la impostura, y los apaga- 
dos y sin luz hallaban el camino de la fo- 
lie idad ? 



XII 



Priin«roi5 Preludios 



Joacjuín y Berta conservaron grata iin- 
presií'vn die la plática que acababan de te- 
ner. Aquél" había podido por la vez pri- 
mera de su vida, hablar con alguna li- 
bertad delainte die ella, sin sientirse cohi- 
bido ni subyugado por su pi^iesenoia, co- 
mo le había pasado siempre ; por lo (jiic 
estaba satisfecho de sí mismo, no ocul- 
tándosele el buen lefecto que sus descripcio- 
nes y la ardorosa emoción de su voz habían 
producido en el ánimo de su amada. Una 
esperanza confusa comenzaba á'<leliivearse 






W^" 



415 -:- 

en los limbos die su coiicóencia. ¿ i*or qué? 
Acaso no tenía base sólida en qué fun- 
<larla. Carecía de plan fijo- para lo por- 
veniir, y no se proponía cosa alguna 
determinada; se contentaba por lo pron- 
to', co^n la satisfacción de habier visto, 
oído y tenido cerca de sí por un instan- 
te á la huérfana, pendiente de sus labios, 
ptres no recordaba 'haber pa'sado, desde 
la infancia, otra hora tan dichosa como 
aquella. Con la doble vista propia 'de Jos 
enamorados, había adivinado, ó mejor di- 
cho, sentido, que la disposición de Berta 
para él era más benévola que antes, y 
que ya no le miraba con desdén, ni huía 
(l'e él, ni procuraba abreviar los diálog-os 
(jue ambos tenían. Y era que, pasada, des- 
pués de largo tiempo y muchas lágrimas, la 
crisis dolorosa, había parecido á la huér- 
fana que volvía en sí de una prolongada 
alucinación, y había acabado por com- 
prendier que por su posición humilde v 
desdichadia, sus amores con Julio habían 
sido un delirio, diel cual debía prescitulir 
paira siempre. Durante aquel periodo de 
lucha é incertiduimbre, había pedi<lo con- 
sejo á las personas (Jte su cariño y confiain- 
za, y entre otras, á doña Dorotea, quien, 
después de reflexionarlo maduramente, 
había aprobado su decisión. T.o mismo 
había hecho sor Ignacia. Ambas conve- 
nían en que había que defender la dig- 
nidad .intes que todo, y en que los po- 



])nes debeiii veiar [xtr eH;¡ má:, que los ri- 
cos. Fuelle con aquello.s ct)u¿vejos y pro- 
iwsitos, se dirig-ió á (Irimni por escrito en 
carta seca y breve, diciciidole que, des- 
pués de haber exaniiinado su conciencia 
con detieiición, se había persuadido <dic 
que no k quería ; y que, por lo tanto, to- 
do quedaba concluido entre ellos. Por el 
mismo correo, le d;evolvió, además, las 
cartas y flores que de él había recibido, 
siin tt-eservarsc cosa alguna, ni un papel, 
ni una cinta, ni el pétalo de una flor. Por 
fortuna había podido «echar mano de 
aquel medio die ruptura rápido y conolu- 
yente, por no haber llegado á correspon- 
der el amor dte Julio de un modo claro y 
resuelto'; pues, aunque era verdad que 
sus ojots y sonrisas, y los pequeños favo- 
res que le había dispensado, habrían he- 
cho pensar á todos, inicluso á él mismo, 
que ella le amaba, las cosas no habían 
]>asado de aquel estado, y le permitían 
todavía tomar el camino que mejor cua- 
drase á su volimtad. Confió, pues, al co- 
rreo, la lesquela de rompimiento y el pa- 
ciuete que contenía las "cosas" de Grimm. 
procurando que ni su mano temblase ail 
escribir, mi quedase manchado el papel~^ 
con las lágrimas que corrieron de sus 
ojos all dictar la suicida stentencia; y una 
vez hecho eso, S'C encerró en su resolu- 
ción como en torre litiexpugnable, deci- 
dida á no prestar oída ni atención á ru- 



y 



mores ó esfuerzos (incluyendo sus pro- 
pios suspiras), que tendiesen á hacerla 
flaqucar, y procurando borrar de su cora- 
zón la imagen del ingrato, de la memoria 
su recuerdo, y del alma todo pensaimiento 
que le evocase. Y como suelen las almas 
buenas alejar de la mente los incentivos 
diel pecado y los fantasmas que encienden 

eJ fuego die las ipasionies, procuró recha- 
zar toda divagaoión interior, todo traidor 
sollozo que la Ikvasen á tan triste pasa- 
do; y cada vez que pensaba en Grimm, 
liacía la señal de la cruz como si mirase 
la sombra del príncipe de las tinieblas. 

Sor Ignacia k ayudó á llevar á cabo el ' 
intento, alentándola con sus exhortacio- 
nes, y manteniendo cerrada para ella toda 
comunicación con el exterior, á cuyo fin 
fué convenido que Berta no saliese del , 
Hospicio durante largo tiempo. 

HízO'Se de pronto el silencio en derre- 
dor de Berta, por lo mucho que tardó su 
carta en llegar á. Colima; mas comenza- 
ron después á llover las esquelas de 
Grimm, si bien la superiora tuvo buen 
cuidado de interceptarlas y devolverlas 
intactas á su punto de partida, Pero Julio 
no se daba por vencido, y a¡l encontrar 
cerrada la puerta más directa, procuró 
forzar otras, y aun llegó á escribir á la 
misma sor Ignacia, íro^ndoíe abogase • 
en su favor, asegurándole que amaba á 
Berta con delirio y pidiéndole con viva> 



m 



4iS I 

iiislancias, permitiese que sus cartas lle- 
ii^-as-eii á manos de su amada y fuesen leí- 
das por ella. Mas la supeniora le cmites- 
tó que, en tratándose de asuntos de a((ue- 
Ila naturajleza, desseaba permanecer neu- 
tral, porque juzg-aba que tal era su de- 
l)er, tanto más cuanta que, siendo la liuér- 
faai'a discretísima, y habiendo pasado )a 
de los veinte años, poseía el juicio sufi- 
ciente para resolver por sí misma lo que 
mejor pudiese convenirle. Agregó tam- 
bién (|ue la joven se negaba rotundamente 
á aceptar sus ofertas, y que, por lo mismo, 
continuarían siendo devueltas las cartas 
que llegasen al Hospicio. A esa contesta- 
ción tan categórica, siguieron nuevas ins- 
tancias de Grimm ; pero todas inútiles. Y 

cqmo desgriaiciíadaimenite ;para el joven, no 
le fué posible desprenderse de Colima en 
el acto, por la tiranía de los negocios, la 
crisis siiíguió echando raíces y fueron ro- 
busteciéndose poco á poco los hechos 
co.ns'umad'os, como pasa siempre, cuando 
los males no deben tener remedio ; ])ues 
si Julio hubiese volado lueg^o á Fópoli > 
vio'lentado las puertas del Hospicio, qui- 
zás habría podido poner en claro Ja ca- 
bala urdida por Consuelo y conquistar 
el terreno perdido en el corazón de su 
amad'a. Entretanito. razonaba Berta de 
esta manera : 

— Soy expósita, no se sabe quiénes son 
mis padres, y aunque se cree que mi fa- 



niilia sea buena y decente, bien puede ser 
otra cosa. Aun suponiendo que Io.t 
(jue me dieron el ser tuviesen buena po- 
sición sooial, tal circunstancia no mejo- 
raría mi destino, pues no soy, de hecho, 
más que una huérfana que vive de la ca- 
ridad pública. Siendo, pues, tan mengua- 
da mi suerte, mis pretensiones á enlazar- 
me con un hambre ée méritoi y posición, 
haüi sido necias y risibles. He hecho muy 
mal al considerarme superior á mis her- 
manos de infortunio, pues no hay diferen- 
cia alguna entre ellos y yo : ellos y yo 
somos iguales. Nunca podrán pretender- 
me de buena fe io's jóvenes ricos, porque 
ellos l)uscan novias y esposas en el círcu- 
lo á que pertenecen, y deben verme co- 
mo S.U inferior, y coai lástima, cuando no 
con Inmiillantcs y torpes deseos, de esos 
que encienden el rostro de rubor y des- 
piertan la ira del alma. Los jóvenes ''de- 
centes'' suelen no tener más (jue esas 
intenciones respecto de las muchachas 
pobres. La lección que acabo de recibir 
debe ponerme en guardia contra tales pe- 
ligros ; mi deber es conío.rmarme con la 
suerte que Dios me ha deparado, ence- 
rrarme dentro del medio en (¡ue me he 
criado y resignarme á vivir con mis igua ■ 
les. Del30 dirigir mi vida } buscar mi por- 
venir dentro del mundo que me rodea, y 
del cual no puedo ni debo salir .... Es 
triste renunciar á ilusiones hermosas, á 



.;'ií' V 



42ü 

aspiraciones halagadoras y á dichas so 
nadas; mas sería peor echarme en bra- 
zos de ilusiones traidoras y peligrosas. 
¡Seré digna y honrada, aunque me ci^.s- 
te mairefi dle Mianto y haisita la vMa! 

Asi, la misma serena razón, el mismo 
luminoso y recto criterio que Dios ha- 
bía dado á la joven, habían servido para 
completar Ja obra de una rival astuta ; 
pues si Berta no hubiese sido tan juiciosíi 
ni reflexiva como ilo «ra, se habría ence- 
rrado menos en sü fatalismo, y algo hu- 
biera encomendado al arrojo, obligando 
tal vez al destino á modificar sus doloro- 
sas sentencias. Mas siendo como era, el 
mial no tenía remedio. Hondamente pe- 
netrada de aquellas razones, había acaba- 
do por entrar en caJma dolorosa, en su- 
misa resignación. Aim solía llorar, mal 
de su grado, cuando quedaba á soplas ; 
aun solía recordar sollozando las escenas 
de un ayer venturoso, y mágicas pala- 
bras é imágenes deslumbradoras, solían . 
cruzar todavía por su mente ; pero con 
firmie voluntad iba borrando del espíritu 
y el corazón los rastros de aquella¡s au- 
roras y las blancas estelas de aquellos as- 
tros, que habían surcado con vueflío efí- 
mero el cielo de su existencia. 

Mantuvo reservados don Xfodoniiro 
los en-sayos de las piezas compuestas por 
Joaquín durante su lausenoia, haciiemio 



^í! 



421 



estudiar por sepáratelo sus partes á los 
músicos y obligándolos después á armo- 
nizarlas4)or grupos parciales, qu€ no pu- 
diesen dar idea d^e da obra; y cuando fue 
tiempo de proceder al ensayo general, se • 
llevó á casa toda la banda, y en el des- 
tartalado patio de su pobre morada, dio 
la última mano á aquel artístico empeño. 
Comdtiídos los trabajos de preparación, se 
presentó solemnemente á sor Ignacia, di~ 
ciénidole quería darle á conocer algunas 
composiciones originales de su discípulo 
Joaquín Sandoval. . 

— No las califico, madre, dijo el "maes- 
tro de Capilla," porque va usted á oírlas 
y tendrá "ocaseón" de apreciarlas en su 
justo valor; á mi juicio son "escelentes." 
¿Dónde y cuándo quiere usted que ten- 
ga lugar el estreno? ^ y 

— El jueves que usted elija, por s-ev 
día señalado para recreo en esta casa. 
En cuanto al lugar, será el patio del de- 
partamento de pobres, dijo la superiora. 
tanto por ser el más extenso de todos, . 
como para llevar esa fiesta á los infelices. 

— "Perfetamente," repuso Gómez y Pe- _ 
rez; eií tal caso daremos la "audáceón"' 
el "prósimo" jueves. ■ 

Diáfana, serena y tranquila fue la tanlo 
en que se realizó el gran acontecimiento. . 
Los hospicianos que formaban la band;!.. 
vis-tieron con tal o¡casión sus trajes de ga- . 
la, y se veían muy elegantes con sus uni- 



V 



'í^: 






•'- Vis' 



■■^r 

í-;'*:; 



formes de color azuf y blanco y sus ke- 
pis rematados al frente por un rígido ai- 
rón de blancas crines. Don Teodonifro 
se echó encima las mejores prendías de 
su guardarropa, y aun entregó Oa cabeza 
al barbero para que cortase y arreglase 
su l)arba y cabellera; y como sor Igna- 
cia estaba deseosa de dar mayor realce 
al estreno }• acrecentar la fama del ITos- 
jiicio, invitó á numerosas ¡íersonas de fue- 
ra para que honrasen el acto con su pre- 
sencia. Así fué que elegantes damas y ca- 
balleros acudieron puntuales á 3a cita, y 
muy bello aspecto presentaba el patio, 
liencliido de público selecto. Pronto que- 
daron ocupados los asientos preparados 
en hileras circulares para recibir á la con- 
curreiioia, y ésta se vio obligada á disper- 
sarse por el vasto local, y acomodarse co- 
mo fué pudiiendo, debajo de los arcos, en 
los claros de las puertas y aun trepando 
al alféizar de las ventanas. I ,' 

Los atriles colocados cerca de la fuen- 
te, sirvieron de punto céntrico á la reu- 
nión. 

Berta figuraba en buen lugar al lado 
de las religiosas. Sus aficiones artísticas 
y su afecto fraternal hacia Joaquín, por 
más tibio que fuese, le hacían sentir vivo 

interés en fa'voa- del joven, y sinicero des(eo 
de que tuviese buen éxito aquel ensayo. 
Sandoval formaba parte del grupo de mú- 
sicos, y estaba visiblemente pálido. Aun- 






(|ue sabia que sus coinix^siciones eran 
eco (Je emociones hoiKlamente sentidas, 
abrigaba temores respecto á la exactitud 

y al artie coai que .hubiese sabido tradu- 
cir al i)ai)el sus propias impresiones. Un 
fracaso le hubiei-a sido doloroso en cual- 
quier circunstancia, pero más, mucho más 
en a(|uélla. tanto por la muchedmnbre 
qu€ se hallaba presente y se mostraba im- 
])aciente i)or oírle, como ])or sentir cerca 
<le sí á su adorada Berta, ante cuyos ojos 
deseaba crecer y trasfigurarse. Por fortu- 
na sentia alguna confianza en ¡sus propias 
fuerzas, y una voz secreta le auguraba un 
éxito venturoso. Cuando acabaron de lle- 
gar los inviitados y fueron invadidos todos 
los sitios disponibles, inclusas las amplias 
azoteas que circunda1)an el vasto cuadrilá- 
tero, se reunieron los músicos en tomo 
d'e dion Teodomiiro, y és/te, erguido en ,mer 
(lio de cl'los y blandiendo la batuta, ha- 
])l<'i en la forma siguiente: 

^-^Señoras y sieñores : la pieza que van 
ustedes á oír, se llama **E1 Océano." Es 
un himno compuesto por mi aventajado 
discípulo Joaquín Sandoval, que presiente 
está, hijo de este plantel }• de poco más 
(le veinte años de edad. La composición 
expresa ilas "impreseónes" del autor á la 
vista del Pacífico, 

Se hizo luego el silencio : callaron las 
conversaciones, miu*mullos y cuchicheos, 
y las miradas de los espectadores se fija- 



424 

ron en la banda. Don Teodomiro dio lu 
señal y se produjo en el acto una explo- 
sión magnífica de notas. Era un tema 
opulento, en cuyo fondo se destacaba 
un canto grandioso, acompañado y real- 
zado por ima armonía rica y bien combi- 
nada. Los circunstantes entraron desde 
luego en el pensamiento de la composi- 
sión y estuvieron como en suspenso des- 
de el primero hasta el último de sus pa- 
sajes ; pero nadie siguió con mayor aten- 
ción su desarrollo, que nuestra amiga 
Berta. Su naturaleza eminentemente im- 
presionable y la preparación artística que 
había recibido desde la infancia, la pre- 
disfMDuían para comprender, penetrar y 
sentir mejor que ningimo otro, las belle- 
zas de la partitura. Desde que sonaron 
las primeras armonías, salió, por decirlo 

así, diel imiedio donde se hallaba, y, bajo üa 
impresión de los mágicos acordes que bo- 
gaban por los aires, se sintió como tras- 
portada por el espacio, y como flotando so- 
bre las aguas del mar, cuya extensión 
¡limitada veía y sobre la cuaí resbalaba 
sin hallar playa ni ribera. Luego le pa- 
reció percibir en remota lontananza, un 
débil rayo de luz hacia el cual volaba, y 
á medida que iba avanzando, la claridad 
deí horizonte iba creciendo y el piélago 
iba perdiendo también sus tintas som- 
bríaís y ttáñémidose ide im atices claros y 
sonrosados. Frescas y suaves brisas 1« 









425 



acariciaban da frente, sacudían su cabelle- 
ra y le llenaban el pecho de inmensa de- 
licia, mientras la claridad del canfín iba 
adquiriendo mayor expansión, hasta tro- 
carse, de pequeño rasgo blanquecino, en 

viva incandesoencia, reverberaoión ¡pode- 
rosa, y cegadora explosión de ráfagas íg- 
neas. La sublimidad de aquella fiesta 
de colores, se reproducía en el mar, que 
chispeaba también con centelleos de re- 
gia pedrería y explosiones de enormes 
hogueras. A da vez entró el piélago en 
m.o-viimiento, y siguió creciendo en in- 
quietud, hasta que acabó por mecerse to- 
tío entero, y formar olas y arrugas como 
serranías y cordilleras, en tanto que el 
sol, apareciendo sobre su lejana curvatu- 
ra, teñía con sus rayos de oro las crestas 
movedizas y cristalinas. La música pro- 
rrumpió entonces en armonías tan mag- 
níficas, como el orto del sol sobre las 
aguas. 

Al expirar la última nota, no hubo más 
que un impulso y una voz en el auditorio 
para aplaudir á Joaquín, mientras éste, 
pi'ofundamente emocionado y con lágri- 
mas en los ojos, hacía cuanto le era da- 
ble por manifestar su gratitud con mími- 
ca poco airosa. 

Sor Ignacia no se contentó con la ex- 
prevsión lejana de su aprobación, sino que 
hizo señns al joven para que so lo acerca- 
se. . 



42^ 

— ¡CJiiquillo! le dijo, estoy admira'díi 
de tí. ¿ J>c veras, es tuya la música? ¿No 
la copiaste de ningún libro? 

Don Teodomiro, que acompañaba á 
Joaquín, se apresuró á protestar indigna- 
do: ■ .Vi: 

— El Himno, dijo, no tiene una sola nr>- 
ta ajena ; lo aseguro á usted á fe de caba- 
llero. 

— Lo creo, repuso sonriendo sor Igna- 
cia. Y continuó dirigiéndose al maestro : 
. ¿No le parece admirable lo que ha hec1i'> 
•' este muchacho? 

— ¡ Por supuesto ! repuso el maestro ; cu 
.■ to<la la '■extcnscón" de la palabra. 

— iQuc Dios te bendiga! prosiguió sor 
Ignacia, dirigiéndose á Joaquín. Nosotra? 
(las religiosas) y el Hospicio todo, esta- 
^■^^- uKns org'uMosois d'e tí. 1 ''•. 

— Quiera Dios, repuso el joven con voz 
entrecortada, ([ue el cariño (jue ustedc- 
me prf)fesan no las ciegue hasta el punto 
de ver mérito donde no lo hay, 

— ¡ Eso Sic llama modestia ! exclamó don 
■*rí , Teodomiro con tono de zumba ; no e- 

^tr- más (|ue eso. Ni él mismo lo cree. 

Herta, fjue estaba al lado de la superio- 
ra, miraba á Joaquín con admiración, l.c 
consideró buen espacio al soslayo, cxaní!- 
'■^. íiándole los ojos y la frente, como si qui- 

siese encontrar en aquella parte de su 
rostro, alguna refulgencia exterior, mue>- 
tra y reflejo de la inspiraci<'>n interna. 






qiie^ eii tan bellas compo-siciones se tradu- 
cía. Después, le dijo lentamente y con 
IJrofiiiiáa convicción: 
' — i Qué talento tienes! 

Aquel elor^io eclipsó á los ojos de Joa-. 
((uín todos los aplausos, aclamaciones y 
triunfos que acabalxi do gozar; todo eso 
se desvaneció en el ambiente como leve 
humo, ])ara (piedar sonando soda en el 
fondo de su corazón aquella sencilla fra- 
se, galardón precioso de sus multipli- 
cados afanes : "¡ qué talento tienes !"' 
"lilla" había aprobado, sentido y admi- 
rado su obra ; por primera vez desde 
(|ue se conocían, se habían fijado en él 
con interés los ojos de ella ; por vez prime- 
ra habla adquirido él ante la consideración 
de su amada una dignidad y ima signifi- 
cación que lo convertían en un homl)re 
mievo. ¿ Qué más quería ? L? 

Kl curso de aquellas reflexiones fué in- 
terrumpido por la llegada de Paulina, 
((uicn, á pesar de. acudir tarde á ia cita, 
no se conformó con quedarse en la 
última hilera de sillas, sino que, pi- 
diendo ])ermiso á éstos, molestando á 
aquéllos y deslizándose como anguiJa pc)i 
entre personas y cosas, se fué colamlo 
hasta el circuito central pnSximo á la or- 
que.sta. Tras ella venía caminando difícil- 
mente el bueno de don .\rcadio. (|uien Ikí- 
cía torpes esfuerzos por imitar .^u ligorc- 
za V flexibilidad. Desde hiegu se cono- 






428 

ciu que PaiiIíiUL había inícrveui(i<.> en el 
arreglo de la indumentaria del vejete, 
pues mcatraba éste mayor asco que el 
uírual en su per^orLa, llevaba recortados * 
polo y barba, linipios el cuello, la peche- 
ra y los puños de la camisa; y vestía tra- 
je nuevo y no mal cortado; si bien no se 
ccliaba de ver su elegancia, porque la figu- 
ra y continente die Contreras no se presta-, 
han para despli-egue alguno de gracias. 
Como quiera que fuese, había mejorado 
])astanite de aspecto; pues parecía ya ayo 
de casa grande, cainhiando en pos <le ía 
señorita. 

Se abrió paso Paulina, como ibamo- 
diciendo, hasta el centro del concurso, v 
al llegar á aquel ])unto, en voz alta saluck • 
á las religiosas, besó con estrépito á su.- 
amig-as y se colocó í'i manera de cüñn 
entre Berta y la sor que la seguía, to- 
mando para sí la mitad del asiento (h- 
cada una de ellas: en tanto que don Ar- 
cadio permanecía en pie á poca distancia. 
>.:mtx>bado y hecho una tarumba. 

— Mira á tu marido, dijo Berta á Pau- 
liua, designándoselo con la mirada, no 
sabe qué liacer. I 

— Que se codoque donde pueda, repuso 
l*aulinia aJzando' los liombras. i 

Mas luego agregó : 

— Don Arcadio, ahí no está usted bien, 
porque quita la vista ; busque otro lu- 
gar para colocarse. 



• 429 

Y le diesignaba con la mano el foiid(,> 
de los corredores. 

El 'pobre hooiibre se disponía á obeile • 
cer la indicación v á diesandar lo andado, 
cuamdo sor Ig^acia, dolida de su encogi- 
miiento, le ofreció mi sitio no lejos de elila, 
obligando á sus subordinadas á entrar eu 
incómodos arreglos y conipresioness. 

— jAy tú! siguió dicienido Paulina á 
Berta : ¡ S'i vieras lo que acaba de pasar ! 

— ¿Qué? repuso la interpelada. 

— Quie me eiiicontré con las '"ñatas, " al 
cruzar por el paseo. Su cochero prctei^r 
dio dejamos atrás, llevando á gran tro- 
te los cabaJlos ; pero el mío, que es !iiá>-> 
listo, no se diejó g"anar la delantera. Mi 
Iroijco y el de ellas comenzaron á trotar, 
luego galoparon, y acabaron por correr 
furiosamente, como desljocados. Yo gra- 
taba á l>las desde mi asiento que no 
>e dejara ganar, sucediera lo (jiii.- suc\;- 
diera. Don Arcadio queria dar contraor- 
den, temeroso de que se volcase el vehícu- 
lo ó atropellásemos á algún transemito,. 
pero no le permití haWar. y á poco andar» 
íicaljamos por ganar la partida. En el ins- 
tante en que nuestros coches iban próxi- 
mos, comenzaron las "'ñatas" á burlarse 
de mí y de don Arcadio, dándose al codo 
y prorrumpiendo en risotadas ; pero cuan- 
do me cansé de sufrirlas, no hice más que 
volver el rastro hacia ellas, levantándome 
la punta de la nariz con este dedo (y mps- 

PRECtiRSOPKS— -íS 









traba el índice de la mano derecha), para 
mostrarlas mis venitanillas, recordarles la» 
desvergonzadas suyas y redlicirtós al 01- 
den. Luego comprendieron la alusión; se 
pusieron rojas de cólera, m¡e lanzaron 
miradas furibundas, y no sabiendo ya 
c(ué hacer, me volvieron la espalda. En- 
tonces solté una ruidosa carcajada y pa- 
sé ad'elante. 

Berta oyó^l relato con escasa atención. 
El nombre de las "de" Dena había evo- 
cado recuerdos tan dolorosos en su men- 
te, que había trasportado su imaginación 
á escenas y acontecimientos que pugnaba 
por olvidar. 

— No les hagas aprecio, repuso distraí- 
da; finge que no las ves ouandkD las 'en- 
cuentres. Quisiera no volver á oír su nom- 
bre. 

— Porque eres buena y tímida ; yo no. 
porque soy rencorosa y mala. Me tienen 
Q'ue pagar todas las (jue me deben. 

En esto volvió don Teodomiro á reunir 
á Jos músicos, y tan pronto como los vio 
convqiientemente formadas, advirtió de 
nuevo al concurso: 1 

— ^La pieza que vamos á tocar, es tam- 
bién original de Joaquín ; ¡lleva por nom- 
bre "La Voz de las Olas." 

Y enarbolando la batuta, la agitó tres 
veces en el aire. | . 

— ¡ Una . . . , dos .... tres . . . . ! 

Al sonar la última palabra, se desgra- 



''■-/'■'-:■■"■ -^ ü' ^ "^^^ ■ > 

liaron las notas de la banda como lluvia 
áe perlas sobre llámina de oro. 

La conversación de Joaquín cuando 
volvió de San Blas, había puesto á Ber- 
ta sobre la pista de lo que aquella com- 
posición representaba; así que no tuvo 
más que recordar las descripciones del jo 
ve-n y dejarse llevar por los impulsos de 
su propia imaginación, para ir oyendt>, á 
medidla que los temaiS se. d!e&envolvían, 
ecos y murmuMos del piélago distante. 
Sonó primero un rumor vago de menudo 
y fino, oleaje, rizado apenas por suave bri- 
sa; perO' sucesáivam'ente fueron desitacán- 
dio&e d^e la masa musical, ya el parloteo 
acompasado y distinto de las olas, ya los 
golpes de ariete del oleaje sobre los 
peñascos, ya la conmoción epiléptica 
(iel mar espumoso y encrespada. Berta 
miraba entretanto con los ojos de la fan- 
tasía, correr las ondas sobre su base nto- 
vible, y estrellarse con sordo fragor con- 
tra-recios picachos, lanzando al aire sus 
rotos cristales coronados de hervor y es- 
puma. En medio de aquel clamoreo con- 
fuso y misterioso, resaltaban con supre- 
mo arte otros graciosos acentos, que da- 
ban á la composición un marcado carác- 
ter de ensueño y poesía : gritos de aves 
marinas, coros melaacólicos de gente de 
mar y cantos suaves y argentinos de pér- 
fidas é invisibles sirenas. 
'Si granéele había sido el entusias^mo pro- 

, ■■ '■ • .4'- ■ 

> . ' ■ ,-- - >«"■ 



:* 






432 •' ' ^ 

elucido por el ''Himno al Océano," la im- 
presión causada por "La Voz de las 
Olas " fué más estrepitosa todavía, por- 
que esta segunda partitura, más sencilla 
y dulce que la anterior, fué mejor com- 
prendida por el concurso ; así que, cuando 
concluyó Ja ejecución, señoras y señores 
se levamtarooi de sus asientos palmotean- 
áo con entusiasmo. /' <■ Tí '•'< 

Pué un' éxito completo, si bi€n d€ car- 

^;_ , rácter íntimo, por haber tenido lug-ar 

^c|\ • dentro del cerrado recinto delí Hospicio; 

¿^. pero como aquel era tíl mundo donde res- 
piraba, soñaba, amaba y vivía Joaquín, 
bastó por entonces para colmar sus votos 
más fervientes. Todos los honores que 
apetecía, le fueron tributados : la apro- 
bación de las hermanas, la admiración 
d)e los asilados, y, sobre todo, el aplauso 
entusiasta de Berta. ¡Tarde mil veces (Id- 
■ chosa aquella ! No se hizo la ilusión de 
creer que hubiese g-anado de golpe el co- 
razón de su amada ; mas en su mente 
habían surgido de nuevo radiantes ilusio- 
nes, y, embelesado con sus dos amores, 
el del arte y el de Berta, sólo pensaba eii 
. rendirles ardiente culto ; }• se entregaba 
ail destino como alegre barquero que sue^l- 
ta el remo y deja bogar la barquilla á 

''^*- merced de la corriente. 

Des<le aquel día com,eiizó para él una 
nueva existencia, ya no de adolescente, 
sino de hombre, y halagado por el éxi-to. 



¿5í?- 



V-? ■-- 



433 

se en.treg(S más que nuíica al cultivo d-e la 
música, y consagró todo su tiempo á per- 
feccionar su técnica, estudiar buenos 'li- 
bros y seguir componiendo. Sólo salía de 
su soledad pafa consultar dudas con don 
Teodomiro ó buscar por los rincones del 
edificio, el dulce rostro de su amada. Una 
voz infierior le decía que su porvenir ar- 
tístico estal-a íntimaimente ligado á la di- 
cha de su corazón, y que si lograba triun- 
far por el arte, llegaría también á la con- 
({uisita de aquella otra palma más anheila- 
da. Y era tal la impresión que en su á,ni- 
mo producía este convencimiento, qnie la 
música y Berta eran para él una sola y 
nr¡^slna cosa ; toda melodía le hablaba de 
Berta, y l^erta cantaba en su corazón co- 
mo ima música. Transcurrieron así varios 
meses de preparación, durante los cuales 
sólo pensó en abrirse paso en la sociedad • 
por medio de sü talknto : felizmente sus 
triunfos de compositor le co-nquistarotn 
algunos discípulos de piano, y una renti- 
ta que, aunque modesta, le infundía mu- 
ciio aliento. 

Entretanto, la obra <l;el tiempo iba pro- 
xiuciendo en Berta sus naturales resulta- 
dios ; la amargura de su corazón había 
ido calmándose poco á poco, sin que ella 
misma ilo aidvirtiese, y no muy tarde, se 
encontró en aptitud de reanudar sus estu- 
dios de canto. Mas su nueva consagración 
al arte no fué ya de mero dilettantismo 



:«;:^ 



m 



434 

como da antig'ua, sino absoluta y total, 
porque su alma dolorida buscaba ahora eii 
él, no los goces eíiYiieros del momento, sino 
uai coin'stielo y un refugio perennes contra 
la fiereza de los recuerdo,?. Don Teodo- 
miro notó con satisfacción que la joven 
se había "emipoilvado" muy poco, que ila 
agilid.a'd de su garganta era casr la áe 
siempre, y que, para mayor regocijo, el 
timibre de su voz había mejorado, ha- 
ciéndose más caliente y apasionado que 
n^iica. Había cantado hasta entonces 
como niña, y ahora cantaba ya como 
mujer; antes no había tenido más que 
candor y placidez en lel acento ; ahora ha- 
bía también dolor y queja en su gargan- 
ta. :] 

La desconsolada huérfana se propo- 
nía hacer del divino arte el objeto único 
• de su existencia, esperando que sus go- 
ces elevadlos y puTOs, la indemnizasen 
de las penas y los desengaños sufridos. 

— En amor no se ha hecho para mí, se 
decía, ni he de encontrar en este mundo 
Ja felicidad á que aspiro. Era errado el 
camino por donde la buscaba, y debo pro- 
curarla por otro más natural y fádíl. La 
música me ofrece lui dulce porvenir d)e 
sosiego y goces exquisitos, y si me con- 
sagro á ella, realizaré tal vez mis ideales, y 
lograré elevar y purificar mi espíritu con 
3a contemplación de la eterna belleza. 

En" medio de aqueil recogimiento, que 



\y-l 435 

bien hubiera podido merecer el nombre 
de espiritual, pues el arte es una forma 
de la religión, sobrevino un suceso im- 
portante, y fué el matrimonio die José y 
de Virginia. El jo van carpintero, que co- 
nocía bien su industria, se había resuelto 
á dar el gran paso, contando con la sim- 
patía y la protección de las reHgiosas. 
Las cortas sumas que su trabajo Le ha- 
bía producido, las había ido economi- 
zando para comprarse lui sencillo menaje 
de casa y los útiles i\e carpintería indis- 
pensabíes para establecer su taller; y co- 
mo sor Ignacia * había calificado la idea 
de excelente, facilitó las cosas cuanto pu- 
do, y aun se obligó á costear eli traje de 
Ja novia y los modestos festejos nupcia- 
les. Así fué todo camhiando rápidamente, 
y poco después se efectuó el enlace en la 
Capilla del Hospicio, con gran recogimien- 
to y en presencia de los asilados ; redu- 
ciéndose la ceremonia á la toma de manos 
de los novios, á una misa rezada y á la 
velación. Lo único que hubo de notable 
en los desposorios, fué lia breve plática 
que, con ese motivo, dirigió al concurso 
el oficianíte. ' ■ -ÍÁ. . 

— ^Dios ha bendecido por mi mano, di- 
jo á Virginia y José, el matrimonio que 
aleabais die contraer. Ruego á Dios, y de 
su infinita bondad aguardo, que seáis muy 
dichosos, os améis, y, sobre todo, cum- 
pláis como buenos cristianos los deberes 






■r-X 



436 

que . os impone el nuevo estado (¡ue 
habéis elegido. Esta caisa, que es asi- 
lo contra las miserias y los peligfros 
del munido, se reg^o-cija al veros sa'lir de 
su recinto, mano entre mano y con pro- ■ 
pósitos honestos y elevado-s, que os ha- , 
rán fuertes contra la adversidad. Vuestra '.-. 
unión pone de manifieseto que no se ne- . 
casita 'la fortuna para la dkha, y «[ue aun ■ 
aquéllos á quienes el mundo llama des- , 
graciados, pueden . hallarla al través de - 
las oscuridades de su destino. Tú, \ i agi- 
nia, á pesar de ciega^^ has cncontraflo *' 
t^' al predilecto (te tu coraz()n ; él te llevará 

por la mano y te sostendrá cariñosamen- 
te en tu peregrinación por la tierra. Es 
una l-ección qué Dios nos dá para que nun- 
ca desesperemos en la vida y tengamos 
siempre fe en su infinita misericordia. Pon- 
gámonos pues, en sus manos, y bendig'a- 
mos su santo nombre. Lo que importa es > 
i^; ser sumisos á su voluntad, y no salir del ca- 
.";'"' mino que nos traza, seguros de que la di- 
,vft cha viente detrás de las lágrimas, en cum- 

*'' plimiemto de 3a palabra divina que dijo: 

"Buscad el reino de 'Dios y su. justicia, y 
.,„í, lo demás se O'S dará por añadidura".... : 
^ Mientras hablaba el sacerdote, no cesa- 

ron de llorar José y Virginia, hondamen- 
te conmovidos. Lloraba él de ternura ai 
K, ^ pemsar que había recibido de Dios la mi- 
. /' sión de pro'tegTr á aqnel'a pobre niña. 
, Í! y de ser para ella ojo que escudriñe! >e el ■ 



' 'i 



-'''^'3^ 



camino para que ¿u planta no resbaJasc, 
y mano firme que Ir sostuviese para qu-e 
no se despeñase en ningún -antro, Sü dig- 
nidad varonil se exaltaba y enardecía an- 
te la perspectiva de aquella vida de cuida- 
dos y abnegación que se abría ante sus 
ojo'S, y juraba ante el altar,, que sabría 
cumplir sus obligaciones como bueno, 
pues ardía en deseos de convertir la mis- 
ma desgracia de no ver, de su amada, 
en motivo de júbilo y encanto para ella, 
al sentirse protegida y adorada por él. 
como tierno y débil niño cuidado por ma- 
dre abnegada y solícita. 

Virginia, entFCtanto, elevaba el alma 
al Todopoderoso con indecible gratitud, 
porque, á pesar de su indignidad, había 
fijado en ella su ojo bienhechor y demi- 
mádo sobre sus tinieblas la luz de aquel 
consuelo, que curaba y restauraba todias 
sus heridas. Sintiéndose amada por José, 
dejaba de consi^Jerarse desgraciada, y ex- 
perimentaba una dulzura inefable al pen- 
sar que aquel joven tan bueno y genero- 
so, iba á consagrarse á ella por toda la 
vida, para ser la alegría de su corazón, y 
la felicidad de su existencia. Apoyada en 
aquella mano y conducid'a por aquel 
guía, podría marchar confiada hasta el 
término de su carrera, elevando cánticos 
de adoración y gratitud á la Bondad Infi- 
nita. 

Lloró Berta á su vez. (In^-ante toda la 



;•! 



rv:-í; 



, <*■: 






438 ^"^ ' 

ceremonia. ¿ Por q,ué ? Un tumulto de sen- 
timientos se agitaba en su corazón, aunqu^e 
(Mbujadb de manera confusa. La conciencia 
de su propio d'estino levantaba la voz 
al mirar la suerte de Virginia, y aplicábase 
la joven á sí misma cuanto el saoerdiote 
hal)ia aca'l>ado d'e decir. ¡ Quién hubiera 
esperado tal desenlace en la vida- de la 
ciega! Sólo inspiraba lástima á sus com- 
pañeras; y ahora resiultaba triunfadora 
en la lucha, al conquistar ima dicha jpara 
la cual parecía no haber nacido. Se casa- 
ba con el hombre que amaba ; y éste era 
bueno y noble, y no tenía más pensamien- 
to ni más anihelo, que los die amarla y 
servirle. Formarían su hogar él y ella, y 
viA'irían contentos, aunque pobres, al am- 
paro del trabajo y de la virtudi, sin que 
nadie lo creyese tal vez; pues, mientras 
el muiKio diría : "hé ahí im par de in- 
felices," los cielos clamarían : "hé ahí 
un par de criaturas predilectas." La 
grandeza del alma de José maravillaba 
á Berta. Aquel ix>bre artesano tomaba á 
sus ojos las dimensiones de un héroe. 
Un amor como el suyo, era un tesoro 
precioso para quien supiese estimarlo ; 
era todo lo que se necesitaba para 
ía dicha, pues hasta el ser más mez- 
quino se torna grande y brillante á la 
luz del amor. Quedaba demostrado que 
la felicidad es destino y recompensa co- 
mún de todos los que saben moderar sus 



"üSf- 



:■:-:<.■: - '439 : ^ 

anhelos y acomodarlos á las condiciones 
de su estado. Era insensato pretender sal- 
tar las vallas poiestas á cada vida por el 
destino, y esforzarse por coiiiquistar ci- 
mas inaccesibles; y no había qué extra- 
ñar que, quien se comprometiese en tan 
descabelladas aventuras, sólo cosechase 
desengaños y penas como resultado de 
sus locos devaneos. No liabía que deses- 
perar del porvenir; la Bondad Divina sa- 
be producir la felicidad con la coml^ina- 
ción de innumerables elementos, y ponerla 
al alcance de todos. Bl brillo y el esplen- 
dor de las cosas no son necesarios para 
ía (dicha; bajo capa humüicie y ^rma 
modesta, pueden hallarse tesoros de ale- 
gría oculta é ideal. Así, de un modo in- 
consciente y paulatino, fué admitiendo 
Bert» la posibilidad de su bienestar, bajo 
las sencillas condiciones que tenía ante 
los ojos; y, sumisa ante los decreto*S de 
lo Alto, adoraba desd'e entonces sus de- 
signios, sintiéndose dispuesta á ocupar 
para siempre su sitio al lado de los hu- 
mildes. Más allá de aquellas reflexiones, 
se confundían sus ideas, y no lograba 
concretarlas en un objeto determinado. 
Formaban simples bosquejos, borrosos 
omo manchas informes, y nada veía en 
ellos, claro oi distinto; pero aguardaba 
que de aqiiella nebulosa fuesen resultan- 
do poco a poco, sole-s refulgentes y sis- 
temas magníficos. A ^''- 



.'^ 



440 

No 'escapó Joaquín al contagio del en- 
ternecimiento general; el cuadro que con- 
templaba, le hablaba demasiado d'e sus 
propios afectos, para dejarle indiferente. 
Ante el espectáculo de aquella extraña y 
humilde felicidad, se exaltaban sus sen- 
timientos de adoración hacia Berta, y na- 
cían en su alma locas esperanzas de un 
destino semejante al de José. Aquel en- 
lace de amor, realizado por hijos de la 
caridad, demostraba aue la dicha era un 

± 

bien asec|uiable para quien le busacase 
afanoso, y probaba también que la justi- 
cia de Dios, que niega á 'los poibres los 
goces de la fortuna, no les niega los del 
amor, que son los más preciados de lo- 
dos. A no ser porque se regocijaba con la 
felicidad de los desposados, les hubiera 
tenido envidia al contemplar su contente, 
y al verlos salir de la capilla palpitantes 
de "emoción y con las manos entrelaza- 
das ; así que sus reflexiones terminaron 
C01Í plegarias fervorosas en demanda de 
una dicha parecida á la de aquel po'or'c 
carf)intero }■ arpieila ciega infeliz. 

Al concluir la ceremonia, acercóse l\'vu- 
lina á r>erta y dijole en voz baja : 

— -X() te be perdido de vista; has llo- 
rado mucho. : 

— Es verdad, repuso la interpelada, he 
• llorado. 

—Con razón, prosiguió Paulina. A mi 
también me daban ganas de hacerlo. 



441 

¡ Qué matriiinonio tan pobre y triste ! La 
novia está atrozmente vestida. ¡ Qué tela 
tan ordinaria la d»e su traje! ¡Y qué velo 
3' coronita de azahares los suyos! ¿Y el 
novio ? ¿ Qué te parece ? ¡ No he visto en 
mi vida cosa más mezquina n¿ fea! Casi 
se pierde de vista por flaco, pequeño y 
encogido. Y luego ¡ haberse casado con 
blusa ! No sé cómo sor Ignacia ha podi- 
do permitirlo. Has tenido razón para llo- 
rar reí ca.so no era para menos. 

— No, repuso Berta, no ha sido esa la 
causa de mi enternecimiento ; no, me fijo 
en esas cosas. ' .\ ' - . :^'., 

— ¡Cómo! ¿no se te oprime el coraz..')n 
á la vista de la pobi^eza? 

— 'Lo- que rne ha preocupado y cciimio- 
vido, no ha sido eso. Paulwia, siíio la 
emoción de los novios, su felicidad, el 
cariño que se tienen, y, sobro todo. la 
bondad de José. ¡Qué gente tan buena 
hay en este mundo ! ¡ Bendito sea Dios ! 

— Pues á mí no me conmueven esas co- 
sas. Lo que me dá es compasión i)ensar 
en la vida que aguarda á ese par de infe- 
lices, i Imagínate qué casa y qué muebles 
irán á tener! Ha de ser para morirse de 
^tristeza : el brasero con una ó dos ollitas 
de barro donde hervirán puros frijoles ; 
la mesa, si la tienen, con platos burdos 
y mantel de manta ; la sala con sillas de 
tule, y todo por el estilo. "v 

— Pero se quieren, y con eso les i);i<ía 






U*-- 










442 

para estar contentos: no t-charán de me- 
nos el lujo. 

— No lo creas, aunque lo juren. Es im- 
posible que vivan á guisto cuando todo les 
haga falta. Por mi parte, ¡ Dios lue libre ! 
i Nunca se me ocurrió semejante locu- 
ra! ¡Uf!, prosiguió Paulina fingien- 
do uii estremecimie'nto como de intensísi- 
mo frío. ¡ Qué horror le tengo á la mi- 
seria! 



XIII 
Nuevos preludios 



El entusiiasmo artístico de Berta v Toa- 
(juin íes ■ hizo perder la conciencia del 
tiempo. Las clases de piano del joven 
habían seguido aumentando, y ya logra- 
ba reunir como sesenta ó setenta pesos 
iodos los meses, á fuerza de mucho tra- 
1/ajo, á pesar die darlas á precios reduci- 
dos. Con esto había comenzado á formar 
u la reserva pecuniaria destinada á aconte- 
cimientos futuros, cuya natiu^aleza no que- 
ría analizar. ¿Qué podía suceder? El; mis-' 
mo no lo sabía, ni se aplicaba á profundi- 
zarlo ; pero el caso fué que pronto comple- 
tó quinientos i>esos, y con aquella dinerada 
se i)us(> loco de alegría. | 

Tíxlo el tiempo libre, lo invertía, como 



-,• 



^^^xj. 



. - ;- 443 . , 

siempre, en hacer ejercicios de piano i)a- 
ra agilátar los dedos, en estudiar coii dtni 
Teodomiro, y en formar, alentado por él. 
castillos en el aire sobre arte y amor. E! 
"maestro de Capilla" •estimulaba sus lo- 
cos anhelos en ambos sentidos, con va- 
ticinios espléndidos y ejemplos magnífi- 
cos de pobres artistas que, por su gerao 
y constancia, habían logrado hacerse 
amar por mujeres l>ellísimas, abrirse pa- 
so en la sociedad, y adiquirir envidiable 
renombre. Doii Teodomiro no tomaba en 
consideración que todas aquellas eminen- 
cias, cuyos nombres puntualizaba y he- 
chos refería, habían florecido en el seno 
de pueblos adelantados y saturados <le 
arte ; mientras FiópoJi, ciudad nueva a 
de incipiente cultura, no tenía aún las 
condiciones requeridas para impídsar el 
esarrollo de una gran inspiarción, ó es- 
timar y remunerar debidamente una vida 
exclusiva y exquisitamente artística. Co- 
mo había pasado la existencia absorto en 
contemplaciones subjetivas, y dentro del 
mundo artificial de sus papeles y libros, 
nunca se había parado á analizar ia dife- 
rencia que mediaba entre la oscura Fó- 
yoli, perdida en un arenal y arrinconada 
en el interior de la República, y las gran- 
des y cultas ciudades europeas, que en 
sus Hbros se mencionaban (como Milán, 
Florencia, Ñapóles, Viena ó París), donde 
han conquistado espléndido? triunfas 1os 



M 



^ 



444 -j ;^ 

grandes compositores y virtuosos, cuyo 
fiombrc repite la humanidad civilizada 
con aplauso y asombro. Joaquín, tam- 
Ijién, demasiado joven, impetuoso é in- 
experto, era incapaz de entrar en ta- 
les filosofías; de suerte que se dejaba 
llevar dócil y gratamente por los cs- 
l)acios imagiiiiarios á donde le empu- 
jaba su. maestro, y aun hacía cuanto le 
era posible por darle ocasión para que 
-voltase la verba y ponderase los primo- 
res de aquellos Campos Elíseos. Así iba 
preparándose y acentuándose el modo de 
ser extraordinario y exótico de Joaquín, 
destinado á no engranar con el medio 
que le rodeaba. De aquella pugna y falta 
üt armonía entre él y sus contemporá- 
neos, debía resultar más tard;e una situa- 
ción dolorosísima para el artista ; pero 
como éste y su profesor estaban ciegos y 
dominados por la pasión, no lo sabían ni 
pensaban, y antes bien, animados por sen- 
timientos exaltados, se entregaban con fe 
\ confianza de videntes á las eventualida- 
des del porvenir, teniendo por averiguado 
que no podría ser sino espléndido y ven- 
turoso. 

' Consagrábase Joaquín con frecuencia 
a com])oner piezas para canto, piano y 
orquesta, con una fecundidad y un numen 
tale?, que dejaba atónito al mismo don 
Teodomiro. Este examinaba sus trabajos 
\ les daba la última mano, suprimiendo 



pasajes exuberantes y excesivos, dando 
aquí ó allá corte técnico á algunos imp«- 
tuosos arranques, y perfeccionando coon- 
binaciones ó reforzando y enriqueciendo 
armonías diemasiado pobres para ios te- 
rnas y cantos, que eran siempre de suma 
belleza. 

Berta, entretanto, había continuado 
ejercitando y 'desarroJlando la voz con no 
menor solicitud, pues á la vista del entu- 
siasmo y ardor cjue don Teodomiro y 
Joaquín desplegaban en sus estudios, cre- 
cían y se ensanchaban sus propias aficio- 
nes. Así, á poco andar, no se sabía ya 
(¡uién estaba más empeñado en sus res- 
] lectivas tareas: si ella ó Joaquín. Aque- 
lla comunidiad de tendencias estrechó auti 
más el trato de los jóvenes : y como San- 
düval continuaba supliendo á don Teodo- 
miro en la clase de música, veía á Berta 
con frecuencia, )' acompañábala al piano 
cuando cantaba. Las sentidas romanzas 
(¡ue Joaquín había compuesto pensando 
en ella, durante su viaje al Pacífico, ha- 
1/ian sido ensayadas ya por los dos, y can- 
tadas por la huérfana con gran dulzura y 
sentimiento; de suerte que, sin que Joa- 
quín hubiese vuelto á pronunciar palabra 
I elativa á sus antiguos empeños, el acen- 
to cariñoso del joven había vuelto á vi- 
brar en el corazón de Berta, envuelto en 
música suave é inspirada: y la huérfana 
no había manifestado repugnancia hacia 

Pl»FCU»50»fiS— »Q 



> - » , ■. ■'-'■SÍ-.V' 












aquellas quejas y súplicas, sino antes bien 
benigsnidad y dulzura. 

Por entonces comenzó á difundirse en- 
tre las asiladas, la especie de que Joaquín 
y Berta habían llegado á entenderse ; ru- 
mor que, llegado á oídos de sor Ignacia 
y las religiosas, no produjo sorpresa, de- 
bido, sin duda, á la costumbre de consi- 
derar á los jóvenes unidos en sus desti- 
nos, cks<le su llegada á la Sala de Expó- 
sitos ; si bien las madres no se descuida- 
ban de ejercer sobre ellos vigilancia cari- 
ñosa. 

Los acontecimientos, pues, bajo el im- 
pulso de un oculto destino, fueron for- 
mando red fuerte y sutil en torno de los 
jóvenes, y los fueron estrechando y em- 
pujando, el uno hacia el otro. Sin embar- 
go, Joaquín no había vuelto á desplegar 
los labios para formular nuevas declara- 
C'ones ; pero su conducta toda, la ternura 
de su mirar, la dulzura de sus frases y las 
finezas que prodigaba á la huérfana, iban 
diciendo á voces que sus sentimientos 
eran los mismos de antaño, y que. si calla- 
ba ipor ahora, era para estudiar mejor su 
actitud, y aprovechar hábilmente cual- 
quier oportunidad que se le presentase. 
Berta parecía aceptar pasiva y dulcemen- 
te los sucesos ; pues, aunque no había lle- 
gado á definir su situación claramente, 
porque no sabía analizar sus propios sen- 
timientos, adtnitía los hechos sin murmu- 



---.^^-••; -;■;■:;„.'..: 447 ^ -■■' 

rar, y atteiantaba con paso lento y dis- 
traído por aqu€l sendero, cuyo término 
no veía ó sólo vislumbraba con vague- 
dad. 

Paralelamente con sus estudios artis- 
tieos, Berta y Joaquín habían seguido las' 
blandas y caritativas costumbres que les 
habían sido peculiares, y paseaban todos 
les días por los domuiios de sor Águeda 
á la caída de la tarde, formando grupo 
con la ascética hermana, y departiendo 
ccm ella. Con ocasión de fe ausencia de 
Paulina y Virginia, Berta, que se sentía 
casi aislada en el enorme edifiicio, busca- 
ba por instinto la sociedad de los otros, 
para distraer y sobrellevar sus tristezas. 
Posieída. además, de un redoblamiento de 
ternura hacia los desvalidos, no se satis- 
facía con verlos sólo al atardecer, sino 
solía visitarlos también ad mediar el día, 
cuando sor Ignacia acudía á inspeccionar 
aquel departamento. Joaquín cayó pron- 
to en la cuenta de esta nueva distribu- 
ción, y solía pasear á la misma hora por 
aquellos parajes. Pasar á su lado, ver- 
la, saludarle, ó cruzar con eláa alguna 
senciHa frase, eran para él dichas inefa- 
bles ; mas obligado á ocultarse por res- 
peto á las religiosas, y por temor de ha- 
cerse acreedor á una reprimenda, la se- 
guía ú distancia, y se emboscaba en si- 
tios estratégicos para no perderla de vis- 
ta ©11 su curso por a<]ue'Ilos lugares, co- 



■■-'■'íl'íV' 






448 ' 

mo. observa el astrónomo el paso de una 
estrella por el campo de su telescopio. 

Cierto día sucedió lo que vamos á narrar. 
Ocupábase sor Tgnacia en el corredor, ro- 
deada de Berta, doña Dorotea, don Sa- 
' l)as y Atenógenes, en dar de con^er á do4i 
Lino, quien no ]jodía sentarse á la mesa 
ni observar las reglas y ordenanzais del . 
refectorio. Las asiladas iban y venían ele- 
vando platos trastes y cubiertos. 

— A ver, decía la madre coai acento ma- 
lernal ; abra la boca, don Lino, pero no 
tanto. . . . un poco menos así. , . . 

Y con la cuchara en la mano, aguarda- 
ba eil momento en que el paralítico se- ■ 
paraba las mandíbulas, para darle el ali- . 
mentó. Don Lino, que era gastrónomo, :. 
producía, por vía de aperitivo, antes de 
recilbir la porción, alegres chasquidos 
en el paladar con la torpe y gruesa ien- ' 
gua ; lu-ego abría la boca cuan grande em, 
poniendo de manifiesto la enorme cam- 
panilla }' el tuvo rojo y húmedo de la i. 
garganta. Llegado aquel instante, era 
menester tratarle con suma cautela, pues ■'.- 
su misma voracidad y la torpeza de S'us ^• 
órganos, le ponían en grave peligro de 
ahogarse. 

— Vamos, don Lino, seguía diciendo la 
leligiosa : vuelva usted á hacerlo del mis- 
mo modo .... Así .... Así .... 

El pobre hombre, ávido de dar gusto 
al paladar, se ai)rcsuraba á tragar para 



'.f'M 



<íM. 



m 



:■■:-.,.,.. .-.;-. 449 • ■---'..^^- 

segiiir engullendo, y masticaba y deglu- 
tía con esfuerzo y presteza. 

^ — No tan de prisa, intervenía Berta su- 
plicante: más ■despacio, don Lino, no hay 
para qué precipitarse. 

— ^Aliora, don Lino, continuaba la su- 
pcrio.ra, mucho cuidado, porque aquí va 
u)i pedazo de pan. No lo pase inmediata- 
mente, téngalo un rato en la boca, mas- 
tiquelo, no 16 trague todavía.... ¡Toda- 
vía no!.... ¡ ])on Lino!.... ¡Don Li- 
no! :.. i.w 

Pero ni por e?ías ; el gigantón, impa- 
ciente y voraz, tragó el trozo de pan 
sin masticarlo, y éste, aunque |>equeño, 
no pudo deslizarse por el esófago, y se 
detuvo en la laringe. Don Lino hizo cuan- 
to pudo por arrollar el obstáculo, tra- 
gando gordo, como se veía por los mo- 
vimientos precipitados de su enorme y 
puntiaguda nuez; pero todo fué en va- 
no, y luego comenzó á sofocarse. Una 
escena de angustia siguió á aquel con- 
tratiempo, y los circunstantes no sabían 
qué hacer para salvarlo. 

— ¡ Haga un esfuerzo ¡jor vomitar, don 
Lino! gritaba afligida sor Ignacia. - 

— Incline la cabeza, á ver si arroja el 
pan ! clamaba Berta. * 

Doña Dorotea le golpeaba la nuca, ase- 
gurando per excelente el procedimiento 
para obtener la libei-ación del esófago. 






/. 






450 -'■'■ 

Don Lino, entretanto, continuaba ron- 
cando con indecible congoja. 

— i Agua ! ¡ agua ! ¡ Que traigan uii ja- 
irc»! i pronto! clamaba don Sabás con* 
aceiito trémulo. . < .'í -. 

Joaquín presenciaba la escena detrás 
ele una pilastra, y cuando vio que tO(l<)« 
•los esfuerzos empleados por los pres«*i^ 
tes fueron inútiles, y que el rostro del po- 
bre hombre iba pasando del rojo al car- 
, .^ inesí, del carmesí al púrpura y del púr- 
'^¿^■.■. ■ pura al negro, salió de su escondite. En 
'^l«?i aquellos momentos don Lino resoUaí>a 
ya poco, había alargado hacia adelamte 
^14., la pierna válida en forma de liarra rígi- 
'4<§ da, y hatbia dejado caer al suelo los bra- 
sil? zos, echando la cabeza hacia atrás. 

Joaquín sin i>erder un instante, cogió 
al paralitico por los hombros, le movió 
en todos sentidos, le inclinó boca abajo, 
procuró hacerle beber de golpe una bue- 
na cantidad de agua, y apeló á varias 
otra:s maniobras salvadoras ; pero todo 
sin éxito. Ya no quedaba al anciano más 
que un hilo silbante de resuello, y San- 
doval había perdido casi la esperanza de 
salvarlo. Por fortuna, la persistiente sepa- 
ración de las mandíbulas del paciente, le 
sugirió una idea : la de sepultar la dies- 
tra hast^ el puño en la garganta de úon 
Lino con el índice encorvado en forma 
de gancho, para buscar y cxtiri^ar el 
obstáculo. Hízolo así, y como pronto le 






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luiiló, extrajo con destreza y rapidez el 
cuerpo extraño que estaba produciendo 
ia asfixia ; y el resultado fué maravilloso, 
pues tan pronto como salió el trocit» de 
pati, y voávió el aire á penetrar en los 
pulínoTies^ tornó á la vida don Lino, y 
abrió d^ nuevo los- ojos, que fijó en Joa- 
quín con infinito bienestar. Con ellos pa- 
recía decirle: ^ - - 'í:-.^^ 

— ^^Gra-cias, Joaquín : Dios le pague el be- 
neficio que me ha hecho, pues por usted 
vivo. 

— ^Doii Lino, repuso el joven interpre- 
tan<fo su mudo lenguaje; lo que importa 
es que se reponga. ¿Se siente mejor? ¿Ya 
pasó todo? 

— Sí, repuso el anciano, abriendo y ce- 
rrando los párpados. 

Los circunstantes no cabían en sí de al- 
borozo al verle salvado. V"-^ 

— Dios te ha traíd^o por &ck, dijo sor 
Ignacia á Joaquín ; si no ha sido por tí, 
de seguro se nos muere. 

— Se nos estaba muriendo ya ; casi se 
nos murió, agregó doña Dorotea, i 

— Don Lino te debe la vida, concluyó 
Uerta con convicción. 

— ; Bendito sea Dios! repuso el joven 
satisfecho. 

Por el ánimo de Berta pasaron enton- 
ces extrañas y abultadas ideas. Aquella 
sencilla y buena acción, indújoJa á ver en 



■■■■■- ■ m. 



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45^ 

j<-',i(]VÁu un í^er e.\c<!pcioíial, infinitatneii- 
1«^ co-mpasivo y bienhechor; y á adornar- 
^^ le con cualidades de gran mérito y briüo. 

i)ecididamen.te, las circunstancias aymla- 
^■j;^. ban al joven, pues hasta aquel pequeño in- 
%r- cidente le hacía ganar incalculable t^rrt- 
no en el corazón de la huérfana. Un ser- 
vicio prestado á tiempo, su acierto, una 
§ casualidad feliz, le cubrieron de nueva 
-^i' luz y le idealizaron á los ojos de sni ama- 
da. Desde entonces fué Joaquín para 
Herta, no el ser real y veixladero que 
sentetba la planta en este mundo infeliz, 
«^ino otro prodigioso, nunca visto, á quien 
tt^; la naturaleza había dotado de facultades 
% maravillosas: gran corazón, gran imagi- 
^■^, tación, generosidad, genio artístico y 
■**# <juién sabe cuántas cosas más, que -ella 
' *M- 5'íisma no hubiera- podido definir. Aho- 
^C g^da en aquel mar de brillantes fantasías, 
.■•^■'- (iuédó, pu'es. para siempre á los ojos <1e 
,5|;;: la huérfana, la modesta figura del jo- 
- ; ven, pu€s la aureolas e-s-pléndidas de que la 
ví.;:í. - rodeó, ofuscaron y ahogaron del todo su 
■f: • ser físico ; como se borra y esfuma el opa- 
•■«:- ' co núcleo de un astro, en el brillante ful- 
r gor de sus propias irradiaciones. 
■•^' Berta, por otra parte, no podía expli- 

car.se, además, por qué había dado per 
ese misma tiempo, en recordar las tristes 
composiciones compuestas por Joaiquín 
. '^\ . en las playas marítimas, y muy espe- 
cialmente una, cuya letra decía así: i 



;í>s.. 



; 453 

-'■.;i. ..... 



Es en vano luchar: inútilmente 
y ' Dé tu amor y mi dicha corrí en pos; 
Amor por mí tu corazón no siente, 
¡Adiós, por siempre adiós! 

, . Es en vano luchar: la suerte impía 

• Separa los caminos de los dos; 
, . Siento anegada en llanto el alma mía 

¡Adiós, por siempre adiós! " 

Es en vano luchar: dicha y contento 
Derrame siempre en tu camino Dios; 
Ya nunca volverás á oír mi acento 
¡Adiós, por siempre adiós! 

Estas versos de sabor doloroso, sollo- 
zajban á toda hora en sus oídos, y la pa- 
htbra "nunca" de la última estrofa, vibra- 
ba en su corazón como tañido de agonía. 
Aqu^^lla música desgarradora íbale opri- 
miendo el pedio con extraña amargura, 
y fatigada por esa triste obsesión, ca- 
minaba al acaso, procurando ocultar á 
sus propios ojos, las vislumbres de niie- 
vos afectos que comenzaban á alborear 
en los lejanos términos de su espíritu. 

Mas ;.(\vié geniecillo indiscreto había , 
soplado al oído áe Joaquín la revelación 
de a<iuellas ocultas y tímidas luchas de ' 
P.erta? ¿Se>ría .su misma observación la. 
qite, atenta al examen de su amada, le 



I'-.: 



- ■ 454 -'"■'' 1 

iuibia hecho comprender lo que paáai>a 
por ella ; ó bien el corajsón enamoraílo, 
gitiado por luces más imperceptibles <j[ue 
las de Roentgen, fué el que llegó á petie- 
trar aquellos dulces misterios? De un mo- 
do ú otro, el caso fué que el espíritu de 
Joaquín comenzó á despertar de nuevo á !a 
esperanza, y sus pensamientos y afectos, 
como alegres pájaros que vuelan y ceñ- 
ían al anuncio del sol, presintieron la lle- 
gada de una hermosa primavera. Alenta«k) 
por sus presentimientos, funcionaba mejor 
su cerebro, vibraban sus nervios con ma- 
yor energía, y de su corazón, como de fra- 
,gua encendida, tsurgían mararvilJosas M 
■; V apasionadas inspiraciones ; y dándose 
1^. exacta cuenta del estado del aima de su 
amada, iba rigiendo y moderando sus ac- 
ciones de acuerdo con las risueñas oir- 
^^'' cunstancias que le circuían. No era Ma- 
,v> quir^velo, ni siquiera un mediano diplomá- 
tico; pero el cariño que profesaba á Ber- 
ta era tan profundo, que le fué dirigiendo 
';^ como hábil y discreto guía, por los tor- 
-*n: . tuosos senderos de la inexperiencia y de 
la duda; de suerte que no sólo sus actos, 
I>alabras y miradas, sino liasta su mismo si- 
lencio, fueron caminando derecho á su ol>- 
■' jeto, }' produciejido en el ánimo de la jo- 
\^^1 ven el efecto anlielado. Lejos de aven- 
i: turarse ahora, como un año antes, á ha- 
cer una declaración intempestiva, dejó 
que las cosas siguiesen su curso regular» 


















^.5 

y aguardó la llegada del baJ€Í de sus sue- 
ñas, cuyas velas y mástiles veía ya dibujar- 
>e sobre Ja curva lontananza. Y como la 
clepsidra destila el ag'ua gota á gota por su 
angosta garganta, para que se marquen 
las horas en su cuadrante, así fué Joaquín 
'lejando fluir de su alma y su corazón las 
más preciadas esencias, los perfumes más 
delicados de admiración y cariño ; y aqué- 
llos escapes suaves y preciosos fueron 
envolviendo por todas partes á la joven ' 
con efluvio embriagador, haciéndola flo- 
tar en la atmósfera de albura y ensue- 
ño en que bogaba el alma de Joaquín, 
"Chi va piano va lontano," dice con sobra* 
(!e razón un refrán itálico. Así, caminando 
despacio, sin apremio ni brusquedad, fué 
forzando Sandoval poco á poco las bieií - 
cerradas puertas del corazón de su ama- 
da. ¿ Quién hubiera dicho á Berta algunos , 
años antes, que tiempo llegaría en que 
su compañero de infancia llegase á ser ob- 
jeto de admiración para sus ojos? Media- 
ba, es cierto, gran diferencia de aspecto 
entre Joaquín y Julio, pues mientras era 
éste hermoso y seductor, era aquél vul- 
gar y deslucido; pero esa diferencia se 
refería sólo á cosas exteriores y de esca- 
sa importancia, pues, si se les compara- 
ba en lo tocante al alma y al corazón, 
cambiaban luego los papeles, y todo re- 
sultaba favorable al hospiciano, Julio era 
buen mozo, pero falso ; pulcro, pero de 



^:|^- 
M- 






456 

negra conciencia; conuqistador, pero in- 
grato. Y por el contrario, Joaquín, era 
feo, pero inspirado ; cobrizo, pero de al- 
ma blanca ; deslucido, pero grande por su 
talento é hidalguía. Era, en fin, el hombre 
predestinado' para acompañarla en la pe- . 
regrinación de la vida. ;No habían sido 
;¿' . llevados al Hospicio los dos, una misma 
>f|v noche ? ¿ No habían si<.lo colocados am- 
íp bós en la misma cuna v en brazos de la 
•misma nodriza? ; No habían vivido siem- 
pre juntos los primeros años de su in- 
fancia? ¿No estaba acos'tumbrada la mu- 
:Ü <¿he<:luml)re del Hospicio á reunir siempre 
'^' fíus nombres, y á decir á todas horas "J^^'" 
^l: <!uin y Berta," ó bien " Berta y Joaquín ?'' 
;^ Y ¿qué significado tenía todo aquello, 
si no era el de que Dios había querido 
crlazar sus destinos desde entonces, pa- 
ra que unidos hasta el fin, recorriesen 
•V^; la senda de la existencia? Creía perci- 
^§^¿. bir todo eso la joven con claridad meri- 
^1^:; diana, y seguía reforzando sus reflexión 
J- nes al pasar en revista los acontecimientos 
v-s relacionados con su adolescencia y juven- 
tud. Joaquín la habia amado siempre ¡ ah, 
síJ: ella lo había visto, palpado, y más 
,'|1 que todo, adivinado y j)enetrado coai la 
'^-^^ (iélicadeza de su instinto. Los ojos del 
;'. joven hal)ian tenido para -ella desde U ni- 
ñez, resplandores cariñosos, que no ha- 
-;*¿í i^ía visto chispear en otros ningunos : su 
voz le había regalado siempre el o:do ' 






'■'■::■■[:■■:■' **' ' •;'■;;:*■■ 

coií vibraciones suavísima.-, que'más pa- 
recían acentos del alma que de les labios ; 
y su actitud, sus maneras, los hechos to- 
aos de su vida, desde los más importan- 
tes has'ta los más sencillos, habían girado 
sumisamente en torno de ella, como co- 
ro de- devotos (jue rodean el altar, lia- 
ciendo genuflexiones y cantando alaban- 
zas. El sí que la quería, y mucho, y de 
veras, al punto de que seria capaz de sa- 
crificarle la misma vida. ¿ No había resisti- 
<1<) al e&peetácuilo de sus amores con Julio ? 
¡ Luán grande no sería el que á ella le 
tenia, cuando no se había desvanecido á 
la vista de su ingratitud, ni resfriado ante 
'•'] menosprecio con que la ha:bia tratado 
el fementido alemán ? ¡ Cuánto debió su- 
frir al observar su predilección hacia Ju- 
lio! Recordaba vagamente haber colutn- 
lirado el rostro^ del mancebo la noche del 
* Stabat Mater," cuando el alemán reco- 
gió la flor que ella había dejado caer del 
corpino. Aunque estaba absorta en sus 
locos amores, se había contristado á la 
vista de aquel semblante Jívido, de aque- 
llos ojos agonizantes y de aquellos páli- 
dos labios, contraídos por el gesto de una 
horrible amargura ; y después de eso, ni 
lina alusión, ni una queja, ni una palabra 
que hiciesen rriención de tan desdichado 
episodio, se hafcían escapado de la boca de 
su amigo. Aqtuello sí se ll3*maba querer; 






49^ 






'■■^ 









■■•.•».■ 






no querer sino amar ; no amar, sirio ado- 
rar. 

El amor es como el fuego, no sólo 
i^orque arde, sino también porque se co- 
munica. Lo mismo qu€ una conflagT^- 
ción pasa de un edificio á otro, asi el 
aiTior, cuando es grande y sincero, se 
transmite de corazón á corazón. Hay mu- 
cho de misterioso en ese humanó afec- 
to, suave como el perfume y acre como 
'^1 miasima, débil como la sumisión é im- 
perioso como el mandato; formado de es 
j)eranza y recelo, llanto y sonrisa, y luz 
y sombra. ¿Qué importa que quien se 
siente poseído por esa pasión, sea gran- 
de ó pequeño, flaco ó potente, hermoso 
ó feo ? Todos se transfiguran á su con- 
tacto y se tornan sublimes, ya sean Oua- 
simodos ó capitanes Febos. Desde el ins- 
tante en que el ser humano se halla bajo 
ese impulso, una aureola misteriosa le 
rodea, adquiere fuerzas ocultas y es ca- 
paz de pasar á nado el Helosponto ; por 
eso son tan peligrosos los enamorados, 
l)ues todo lo conmueven y arrebatan á su 
paso, como el huracán que así arranca de 
cuajo los árboles corpulentos, como barre 
del suelo y eleva al espacio el polvo del ca- 
mino. 

Pierta lo sabía por experiencia : la lo- 
cura de Joaquín se le había infiltrado por 
cJ cerebro ; la hoguera de aquel pecho ha- 
bía pasado al suyo ; y el torbellino de 



aque^ia pasión había arrebatado sus pro- 
pios afectos en sus espirales. Sobraban 
buenas razones para apoyar aquella co-. 
niimkíad de destinos. Jóvenes ambos, de- 
bían disfrutar á la vez la primavera de 
la vida ; expósitos y desamparados, po- 
dían prestarse mutua ayuda y consuelo; 
sinceros y desgraciados, no se mentirían 
ivnior que no sintiesen, ni buscarían la 
dicha ix)r otro camino que el de su mutuo 
;iíccto. Ni uno mejor, ni otro peor que su 
compafiero ; los dos al mismo nivel y á la 
in'sma altura : frente con frente y cora- 
zón co-n corazón. ¡Con cuánta serenidad, 
(pensaba la joven), podría entregarse á 
aquel cariño, sin temor á desdenes, fal- 
sías ni negras traiciones ! Ahí si que ha- 
bía tesoro inmenso y precioso de senti- 
mientos rendidos y puros. Acudir al re- 
clamo de aquel corazón, era el desenlace 
natural de su existencia. ¿Era amante?, 
Pues el amor. ¿ Era celosa ? Pues á la sin- 
ceridad. ¿ Era pobre ? Pues á la pobreza. 
¿Era expósita? Pues al compañero de in- 
clusa. ¿Era soñadora? Pues al poeta. 
¿Amaba la música? Pues al artista. 

Oyó Joaquín distintamente aquellas 
voces en los oscuros senos del alma; y 
cuando se enteró bien de su oculto sen- 
tido, dio el toque de llamada á todas sus 
fuerzas, las congregó á su derredor y las . 
pasó en minuciosa revista. Sus legiones 
£e componían de ilusione'^ y ensueño?, es- 



"t.^..-. 



460 



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j)eranzas y fe, y, sobre todo, de amor, 
amor inmenso, inspirador de hermosísi- 
mas (|uimeras. Es verdad que su ejército 
carecía de fiereza : mas era muy hermoso 
y .pintoresco al resplamlor de sus dora- 
dos cascos, de sus corazas y escudo? có- 
mo de hma. y de sus tornasoladas y ténue,s 
capas, semejantes á nubes heridas por 
el sol matutino. Satisfecho del golpe de 
vista cpve presentaba su hueste, y de sus 
ímpetus juveniles, sopló en el clarín de 
plata de su ilusión, los to<]ucs más ■dul- 
ces de su reg-istro, y se i)recipitó al asal- 
to de la fortaleza. 

Era día de clase de música, y habían 
dado va sus lecciones las alumnas ; mas 
llerta se habla quedado para lo último, 
tal vez por acuerdo tácito é inconscienite 
con Joaquín. Poco tiemijo faltaba para 
que .sonase la- campana del refectorio, y 
las alumnas se daban prisa á salir de la 
estancia, (tontadas de ellas se habían re- 
tardado, y andaban distraídas en el arre- 
glo de sus papeles : así que Joaquín, dán- 
dose prisa y sin ser oído por nadie, pudo 
d'rigir á su amada esta frase tímida: 

— ¿Mas aprendido la nueva canción? 

— Si. repuso la joven poniéndose densa- 
mente pálida ; la traigo conmigo para que 
la ensayemos. 

— Pocos minutos nos quedan, prosi- 
guió Joa(|UÍn consultando el reloj ; va á 
interrumpirnos la campana. 



461 

— ^¡ Lástima ! exclamó Berta. 

Pulsó Joaiquín el piano y moduló la in- 
troducción muy dulcemente. El motivo 
que bosquejaba era sencillo y tierno co- 
mo una confidencia ; pero fué poco á poco 
enTÍqueciéndose y desarro»llándosie en for- 
ma vehemente. A su debida tieimpo rom- 
pió el canto argentino de Berta, diciendo : 

¡Es en vano luchar! Inútilmente 

> Pretendí sofocar mi sentimiento, vC 
" Pues irritado, arrollador, violento,:', 

' r Rebosa y salta al fin como un torrente. 

— ¡Es es vano luchar! La suerte quiso 

Que la vida y el alma te rindiera, 
;* Y es menester que siempre yo te quiera, 
. Porque lo manda Dios, porque es preciso. 

, ¡Es en vano luchar! Ya la agonía 
Que sufrió el corazón de tí apartado, 
A conocer con su rigor me ha dado 
Qu^ te amo aun más de lo que yo creía. 

> ¡Es en vano luchar! Amor profundo 
No puede sofocarse es «n delirio, 

■ \> La vida sin tu amor es un martirio; 
' ' Es un desierto sin tu amor' el mundo! 

Tí < ; . íES en vano luchar! De mis amores 
' ■ ; Acaben ya las congojosas penas; 
'-•- Soy tu esclavo, remacha mis cadenas, 
¡Mis cadenas dulcísimas de flores! 

A medida que el canto avanzaba, iba 
haciéndose más trémula y conmovida la 

PtBCUIISOMS— ?o 







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462 ■ '■ 

VOZ de Berta, y el acoanpañamienta de 
Joaquín se tornaba más nervioso. Todo 
pasó de prisa, como si importase á los 
artisitas llegar al término <áe la pieza sin 
ser interrumpidos; y las estrofas todas 
se precipitaron por los labios de la joven, 
sin los "da capos" indicadois en la pauta, 
para no perder tiempo. 

AIi sonar el último verso con la última 
nota del canto, cesó también Joaquín de 
pulsar el teclado, dejando inconcluso el 
acompañamiento; y, palpitante de e lo- 
ción y lleno de una angustia divina, alzó 
los ojos hacia el semblante de su amada. 
Esta los bajó hasta él, y se cruzaron sus 
miradas con una fuerza nueva, descono- 
cida, como si nunca antes se hubiesejí 
conocido. Berta, tímida de ordinario, no 
í'olvió el rostro á otra parte, como solía 
nacerlo cuando era vista con insistencia ; 
sino antes bien, lesistió la mirada del 
pianista con una osadía nueva en ella. Un 
impulso recóndito la impulsaba. Se vierojí 
fijamente, como dos .id\'ersarios compro- 
metidos en un duelo á mu«."t«, y en aqueJ 
instante, que fué por su intensidad como un 
siglo, se aproximaron y estrecharon sus al- 
mas, más, mucho más, que durante los vein- 
tiún años anteriores. Sus oupilas clavadas 
una en otra con ansiedad, dejaron ver el 
mundo imtemo y arcano de sus espíritus, 
invisible para los demás, y descubrieron eni 
ti fondo de aquella o'scurid'id inviolada. 



la esencia oculta y misteriosa que se en- 
cubre con la envoltura terrestre ; y sus 
simas, revelándose la ima á la otra per 
medios ignotos, se unieron en fusión im- 
palpable, comprendiendo por inistinto, que 
aquella mirada era definitiva y fijaba pa- 
ra siempre sus destinos. Entretanto, el 
rorazón y las sienes de los jóvenes la- 
tían con locura, y el calor y la sangre 
de todo su organismo se habían agolpa- 
do á su pecho. Habíanseles helado las 
inanes como en presencia de un gran pe- 
ligro, respiraban anhelosamente y á in- 
tervalos, y sus secas y mudas gargantas 
oe contraían con suave congoja. 

Berta fué la primera en hablar. 

— ^Mira cómo me conmueve tu canción, 
ciijo. Apenas puedo respirar: 

— ¿La música? murmuró Joaquín. 

— La música y la letra. ¿Has sentido 
todo eso? 

— Mucho más de lo que expresan mis 
notas y más versos. Lo que tengo aquí, 
agregó Joaquín llevándose la roano al co- 
razón, sólo Dios puede conocerlo y me- 
dirlo. 

— ^¿En quién pensabas al escribir eso? 

— En tí, Berta mía ; nunca he pensado 
más que en tí, 

— I No es poesía solamente ? 

— ^^Es realidad honda y eterna; es mi 
vida ó mi mu«erte. .,. ;• 

— En ese caso, será tu viila. ' u*^' 



m 







- -T^ --■ . 464 ;:-.'::V?|:; 

— ^¿ De suerte que ya no me desprecias? 

— No recuerdes ese triste pasado; eres 
todo para mi. 

---¿ Me quieres ? ^ i . 

— ^Con todo el corazón. '■ "^'i 

Por un movimiento .maquinal, adelan- 
taron ambos las manos y se las estrecha- 
ron fuerte y tenazmente, mientras se- 
guían mirándose con ojos anhelosos; el 
toque de la campana los hizo volver á la 
1 ealidad y los obligó á deshacer aquiel sua- 
ve nudo. Por fortuna estaba desierta» ya 
la sala y nadie se había dado cuenta de 
la escena. 



■■.'.\-- 



XIV : r 

A toda orquesta 



i Qué extraordinarias transformaciones 
sufre á veces el mundo ! ¿ Por qué se os- 
tenta de repente más diáfano y profundo 
él azul de los cielos, y parece que el es- 
pacio mi'smo sonríe con su dulce transpa- 
rencia? ¿Qué mano es la que deslié tan- 
tos y tan gratos perfumes en el ambien- 
te? Nunca fué la luz más clara ni esplén- 
dida: antes servía sólo para iluminar los 
objetos, y hoy parece que !os acaricia y 
rodea de sagradas aureolas. Las flores 
habían sido simiplemente decorativas, y 



■^M 



465 

carecían de vida y perfume ; mientras aho- 
ra, como si hubiesen srdo acabadas de 
criar, iérguense cubiertas de mantos óe 
, vivos colores, frescas y coronadas por la<s 
deslumbradoras diademas que les teje el 
lOcÍQ. ¿Y las aves? ¿Dónde tenían escon- 
didos sus trinos y cantos más poéticos, 
y por qué sueltan hasta hoy la música 
antes no oída de su argentina gargan- 
ta? ¿Quién pintó de nuevo las alas de 
ias mariposas, que parecían ya viejas y 
polvorientas ? 

El universo entero se ha renovado : to- 
do se muestra joven y risueño, desde la 
montaña azulada que se dibuja á lo le- 
jos, como pilar aéreo del cielo, hasta las 
iiubes plateadas que semejan blancos ve- 
llones esparcidos al viento ; desde el ra- 
dioso amanecer, que ríe en el Oriente y 
salpica Ja tierra y el espacio con rica 
pedrería, hasta la oscura noche, que lle- 
va en sus entrañas el astro deil ensueño, 
rodeado de inmortales luciérnagas. ¿Dón- 
de están los pesares que tanto contris- 
tan, dónde las coronas de espinas y las 
cruces agobiadoras? Todas esas soimbras 
se díesvanecen ante las ninfas que pueblan 
el bosque, ante los genieclllos que asoman 
la cabeza acurrucados en las corolas de las 
flores, y ante los silfos que cantan ensue- 
ños y ternezas con la voz del viento 
y de las frondas. Todo brilla, perfuma y 
canta; y sobre la inmensidad radiosa y 



■»■. 



466 -^ 

■ ■ ■ : 

llena de amor, se cierne €)1 Ser infinita- 
mente santo y magnífico, que goza con el 
contento universal y bendice lo criado. 
La humanidad es buena y generosa : 
los ojos son espejo de luz, la sonrisa ex- 
presión de afecto, la palabra caricia del 
oído. ¡ Oh hombres, recordad que somos 
hermanos ; aanémonos y estrechémonos en 
un inmenso abrazo. ¡ Sed dichosos ! Que la 
mano del Omnipotente derrame sobre 
vosotros sus dones ; que no lloréis, qu^e 
no conozcáis el hambre, la miseria ni d 
dolor; que reinen sobre vosotros la paz 
y la justicia. El jwrvenir está lleno de 
espltendores. De su seno se escapan ráfa- 
gas luminosas, .oleadas balsámicas, y ri- 
sas, y cánticos. ¡Cuan bella es la vida, 
qué alegre la juventud, qué elíxir tan 

suave y embrias^ante el del amor ! j Señor, 
bendito seas porque has extendido so- 
bre nuestrais cabezas esa inmensidad diá- 
fana y pura, que has poiilado de astros : 
I>orque prendiste de la bóveda del cielo 
una lámaipara roja y otra blaru:a, una pa- 
ra alumbrar la vida y otra para iluminar 
el ensueño; porque vestiste de esmeral- 
da los campos; alfombraste de colores 
la llanura y diste vivo matiz á las flores 
y á las alas del colibrí ; porque has for- 
mado del aquilón y del céfiro, de la selva y 
del ramaje, del oleaje y de la brisa, de 
todo lo que ruge, truena, canta y llora. 



4*7 

un coro sublime que se eleva desd-e este 
■valle de lágrimas ha^ta tu solio! 

Así piensan y sienten los que aman ^• 
son amados; y así Joaquín y Berta, sus- 
pensos y absortos por el deliquio de su 
amor, fueron pasando Jos días sigfuientes 
á la mutua confesión de su cariño y al 
abrazo místico de sus almas, sin saber si 
iban por el suelo ó bogaban por los lim- 
bos del éxtasis. Llevaban aparentemen- 
te la vida de siempre ; pero eran otros por 
dentro. Hablar de sus ilusiones, hacerse 
juramentos de amor, y mirarse sin des- 
canso, con hambre siempre nueva y nun- 
ca saciada : tal era su vida. 

IVonto dejó de ser un secreto para el 
Hospicio el amor que s^e profesaban; sus 
OJOS y las mutuas finezas que se tributa- 
ban, los traicionaron ; y ellos mismos no 
pensaron en ocultarlo, por ser tan puro 
y honesto su afecto. Sor Ignacia y las 
otras hermanas recibieron la noticia sin 
asombro, y manifestaron él agrado que 
les ]iroducía : y, además de eso, toma- 
ron empeño desde luego, en que el idi- 
lio concluyese cuanto antes, para dar fin 
á escrúpulos y situaciones falsas. Tal era 
la costumbre del Hospicio : casar pronto 
á los enamorados. Una vez descubierta su 
inclinación, se les buscaba manera de vivir 
fuera del estabJecimiento. Por fortuna, 
Joaquín sabía ya ganarse la vida y había 
cunYplido veintidós años : de suerte que 



-. •/ 






'■r:.-^; 468 :-,;-! 

las cosas podían hacerse como Dios 
manda. La noticia de tan violento acuer- 
do, sorprendió á los jóvenes, que juzga- 
ban algo más difícil y complicado el ca- 
mino de la dicha ; pero los ellevó en segui- 
da á lo que puede llamarse el séptimo cie- 
lo, por el inmenso regocijo que despertó 
en su corazón. 

En medio de tan dulces di/vagaciones, 
llegaron á oídos de Berta algunos rumo- 
res concernientes á Paulina, que ríe cau- 
saron viva inquietud. Hacía al^ún tiempo 
que la señora Contreras y Espinosa había 
dejado de visitar el Hospicio, ó sólo se 
presentaba por ahí de tarde en tarde, y 
s:empre de prisa. Cuando se le veía, des- 
-, lumbraba con su degancia y no tenía más 
1^ conversación que la de teatros, bailes y 
paseos. Temerosa, pues, de no hallar oca- 
sión de verla en largo tiempo, rogóle Ber- 
ta por medio, de atenta esquela, se tomase 
la molestia de pasar por el Hospicio cuan- 
to antes, pues tenía un grave asunto de 
que hablarle ; y en obsequio de la verdad 
histórica, debe decirse, que Paulina acu- 
;• v diió luego á su llamado, dando muestra 
' con ello, de querer de veras á su condis- 
• cípula y amiga. Esta, al verla, se llenó de 
;-.t;,-' contento: ■.' ■^~ -■íy'/- ■'■-'v'-' |V>- 

' ík _ — -En el allma te agradezco, le dijo, que 
y;; ;no me hayas hecho esperar. ¿Qué había 
r^^ sido de tí en tan largo tiempo ? 
K^ — Las atenciones sociales no me dejan 






-*"•■ 



"W^ 



my-: 



469 

descansar, repuso Paulina. Corro todo el 
día por los almacenes y las tiendas, y por 
la noohe, nunca faltan los compromisois : 
ya d teatro, ya la reunión, ya las visitas. 

— Mucho te habíamos echado de me- 
nos; confiesa que si no te hubiese Mama- 
do, habrías tardado en venir. 

— ^Tal vez no, ya andaba pensando en 
hacerlo, puies yo también tengo negocio 
contigo. 

— Me alegro de haber sido tan opor- 
tuna Mi asunto es un poco reserva- 
do. :r:_ '■:■■:/.'-■ '' - ¿í ■ ■ '■' 

—También el mío. 

— Pasearemos, si te parece, por los co- 
rredores .más solitarios. 

— Me parece muy bien. 

Así, hablando alegremente y asidas de la 
mano, fueron internándose las dos ami- 
gas por patios y corredores, hasta lle- 
gar á sitios casi desiertos. 

— ^Hemos llegado á buen lug^r, dijo 
Paulina, ¿qué me quieres? 

— Lo que deseaba decirte, prosiguió 
Berta, es esto: no ha faltado quién me 
haya referido de tí algfunas cosas ¿có- 
mo diré ? 

— ^¿De qué especie? 

— ^Vamos, penosas, mortificantes. 

— ¿Sobre qué? Explícate. 

— Dicen que no observas la compostu- 
ra propia de tu estado: que eres muy aJe- 
gre y sin seso. ^ 



«*: > • 



>:,-■? 












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■?aÉ' 






- 470 -V ■ ['■:':■ 

— Srempre lo he sido, ■'^i :>r^ jíw»v 

—Pero con una alegría descompasada. 

—--Eso no es cierto. 

— Quie te presentas sin falta en todas la® 
diversiones, y eres la primera en llegar á 
los bailes y la última en dejarlos. 

— No niego 'que me gttsta mucho bai- 
lar; pero eso á nadie le importa. 

— ^Dicen también que tienes un círculo 
muy grande de amigos y adoradores. 

— Y otro mayor de envidiosas. 

—Que traes á tu pobre marido á mal 
traer por donde quiera, como si fues« tu 
j odrig'ón. 

— No puede servir de otra cosa. 

— Es tu esposo y debes no sólo verlo 
con respeto, sino hacerlo respetar por los 
ílemás. 

— ¡ Quién ha de respetar á Contreras ! 

— Tú, en primer lugar, repuso Berta 
con gravedad. 

— ¿Yo? ¡Qué cosas tienes! exclamó 
j^aulina soltando una alegre risotada. 

— Es tu oMigación. • ~ I ■ 

Paulina sacudií'- los hombros por toda 
contestación, según su hábito desdeñoso. 

— ¿Eso es todo? preguntó fríamente. 

— No, prosiguió Berta. Dicen que por 
donde quiera que vas, te acompaña un 
caballero. ... 

— Sí, Ramírez. 

— El mismo. ... 

— Y ¿qué? 






■■;¡.,í . 



— Que se habla mal de la asiduidad de 
l:i trato con él. 

— 'Chismes, chismes ; no les hagas caso. 

— La cosa no es tan senciMa. Dime, ¿es 
cierto que te persigue? 

— Es cosa suya. 

— ¿Y vas con él á teatrois y paseos? 

— No sola, sino también con don Ar- 
C'idio ; los tres, ¿entiendes? 

— ¿Y baiila's mucho con él? ^ I- 

■ — ^Lo hace admirablemente , y nosV 
acomipañamos muy á nuestro gusto. 

— Oye, Paulina, no está bien todo eso; ' 
debes ser más prudente en tu conducta. 
No pasees tanto, no te prodigues de esa 
manera, no bailes, no andes con amigos ; 
eres casada y debes velar por el buen 
nombre de tu esposo. 

— ¿Quieres que me quede en casa á 
aburrirme^ con el viejo? 

— 'No á aburrirte, sino á considerarlo y 
quererlo. 

— ¡ Si no lo quiero nada, ni puedo sopor- 
tarlo! Sólo asi me es llevadera la vida. 

— Pero ¿entonces, para qué te casaste? 

— Ya lo sabes, para salir de aquí y de 
pobre. ¡A don Arcadio misimo se lo dije! 
Nada debe sorprenderte; nunca 3e he 
(|uerrdo, ni podré quererlo. 

— 'Pero al menos, guárdale todo género 
de consideraciones. 

— Demasiadas le guardo, cuando lo so-/ 
I orto ¡ Que se dé de santos! -¿ •; 






472 









'm 



■«s* 

.:';?• 



— Y vela por tu recato. 

— 'Mi recato. ¿Qué hago para perderlo? 
Otras muchas hacen peores cosas que 
yo, y nadie dice nada de ellas. Se ceban en 
mi porqu€ me tienen tirria ; pero no les 
hago aprecio. 

— ¿ Ni á mí tam$)Oco ? 

—A tí sí. ■■■ 

— Hazlo, pues, por mí ; condúcete con 
juicio, no seas alocada. No quiero que 
andes en lenguas. 

— Eso no me importa, volvió á decir 
Paulina con infinito desprecio. Pero pro- 
curaré hacer lo que me dices, sólo por 
complacerte, y no porque me remuerda la 
conciencia de nada . . . Quiero decir, andaré 
menos con Ramírez, y seré un poco má& 
s«ria . . . ; pero eso de estarime metida en 
casa y no ir á teatros ni reuniones.... 
ia verdad no me comprometo. 

— Algo es algo, repuso Berta; pero 
¿me prometes no andar con ese señor? 

— Andármenos. /,- i 

— ^Pero mucho menos. 

Paulina no contestó, medio enfadada 
por la insistencia de su amiga. Dejó pa- 
sar algunos momentos para desviar la 
conversación del curso que Hevaba, y lue- 
go dijo : 

— 'Dejemos á un lado esas habladurías, 
que no valen la pena : ahora se trata 
de" tí. . i 

Berta creyó que su amiga iba á hablar- 



m 



'■■■■•■-■■<.■ • 

- - 473 

le dé sus amores con Joaquín, y abría ya 
Ja boca para soltar su confidencia, cuan- 
do prosiguió Paulina. • 

— Aquí está Julio. '--■. 

Berta siintió como un golpe en el cere- - 
bro al oír la frase, y no pudo articular pa- ; 
labra. 

— ^Aquí está, siguió diciendo Paulina, y ; 
ha venido á Fópoli con el objeto exdusi-i 
vo de satisfacerte. 

— ^¿A mí? interrogó Berta, sabiendo 
apenas lo que decía. 

— Me ha visitado varias veces, y no ha- ; 
ce más que hablar de tí á todas horas .... 
Dice que te ha querido mucho, que te 
quiere, que te querrá siempre, y que tú 
también Jo quisiste. 

— Mentira, exclamó Berta con vehe- 
mencia. Nunca me quiso ; lo que ha he- . 
cho, ha sido engañarme y burearse de mí. 

— ^Tú eres la engañada; ese hombre te 

quiere. ¡ Las veces que ha Horado delan- 

^te de mí al pronunciar tu nombre! "::'v 

— ^Es un hipócrita. '''/:%- . 

— No lo oreas.- - • ' 

— No ik) creo ; lo juro. ' 

— Le referí lo de la carta, y quedó 
asombrado. - Afirma que es una impos- 
tura. 

— 'La he visto con mis propios ojos. 

—Está dispuesto á confundir á Consue- 
lo; dice que edla la fraguó. ' J'' 

' — ¡Qué quieres tú que diga! r>v - 



m: 






474 

— -Dice que lo puede probar. 
— 'Es demasiado tarde. 
— ^Jura por Dios, no haber dado motivo 
para el rooipimiento. , ... | 

— ¿Ves cómo miente? 

— CoflTio quiera que sea, ¿no te parece 
que lo mejor sería que él y tú tratasen 
el asunto directamente? 

— No hay para qué; todo ha cotiduído 
cintre nosotros. ^ 

— -Pero puede renacer. 

— Imposible. 

— Mira, Berta, no seas testaruda. Te 
aseguro que ese hombre te qui-ere de ve- 
ras y habla de buena fe. 

— ^¿Y Consuelo? ¿qué dice de Con- 
suelo ? 

— Nunca la ha querido ; pero si le des- 
precias, puede caer en sus redes. I 

— Pues que caiga. ¿Tiene la desfacha- 
tez de negar que ya cayó en ellas? 

— Por todos los santos del cielo. 
— Déjalo mentir cuanto quiera; bien' 
.'^é á qué atenerme. 

— ^Reílexiona, querida Berta ; va tu suer- 
te de por medio. Julio es un caballero 
exceíente: bueno, guapo y cumplido, 
j Qué buen par harían él y tú ! He venido 
á proponerte que hables com él en mi ca- 
sa. ¿Qué se pierde coíi eso? Que se arre- 
glan ustedes, ¡ qué alegría ! Que no se en- 
tienden, ¡pu€s se acabó la incertidumbre ! 



.ri^: . 



475 

— No, no, de ninguna manera, protestó 
Berta con demasiada violencia. 

— No seas mala, ¿Por qué nó? 

— Por muchas razones: no lo quiero, 
no lo creo, y, sobre todo. . ., . .. # 

Vaciló un momento. v C 

— ^¿ Sobre todo? ■,'^. 

— Voy á casarm». -/tK:' 

—¿Tú? : ;:-i - ¿' '■;..:■ ^ .:-":.. 'E 

—Sí. _^ V----,. , -.^ .:■ 

— ¿Con quién? ^ t, ^ :¿- 

— Con Joa^juín. 

— ¡Con él! exclamó Paulina con inmen- 
so asombro y desprecio. ¿Con ese infe- 
liz? 

— Sí, con él ; le he dado mi corazón y 
mi palabra. 
— 'Pues retíralos. 

— No es posible. ^^ - ií 

— -¿Por qué? v a --ér 

— -Porque no quiero. ^ 

A contestación tan categórica, siguió 
un prolcwigado silencio, y desptiés otro 
coloquio no menos largo, en el cual Pau- 
lina defendió con empeño la causa de Ju- 
lio, procurando por cuantos medios pu- 
do, hacer' odioso y ridiculo á Joaquín y 
enaltecer á aquél á los ojos de Berta ; y^ 
en vista de que sus argimientos re- 
sultaban inútiles, habló después con gran 
ciJlor de los horrores de la pobreza, la 
humiliación y la insigniñcancia sociales,, 
del desamparo en que Berta había vivido 






,*;^V 



■ v- 



476 

siempre, y de la ocasión que se le presen- 
taba de mejorar su destino, no olvidan- 
do, á la vez, pintar con colores muy ne- 
gros la vida que le esperaba al lado de 
aquel menguado Joaquín, pobre, cobrizo 
y sin la más remota esperanza de medrar. 
Pero la dialéctica de Paulina dio im re- 
sultado contrario á lo que ésta aguarda- 
ba; pues Berta fué tornándose más y más 
intratable á medida que su amiga se em- 
peñaba en llevarla por donde quería, has- 
ta que, al fin, hubo Paulina de darse por 
vencida. - -:■ .>-^' L: I 

— Tú sabes lo que te hiaces, cánduyó 
fastidiada; he hecho cuanto he podido 
por quitarte la venda de los ojos, pero 
ya que te empeñas en hacerte infeliz pa- 
ra toda la vida, que buen provecho te 
haga. Voy á decir á Julio que eres muy 
terca, que te vas á casar con un indio 
feo y pobre, que no vuelva á ocuparse en 
tí, y que se case con Consuelo. 

— 'Mucho te lo recomiendo, replicó Ber- 
ta un tanto picada; me harás con ello 
un g^an servicio. 

Así se despidieron las dos amigas, des- 
contentas la una de la otra ; mas- Berta, 
en quien el diálogo y la pugna habían 
mantenido despiertos los espíriitus bata- 
lladores, apenas se quedó sola, sintió una 
nube de abatimiento y de congoja sobre 
ti corazón. La prolongada insister^a de 
Julio le daba mucho qué penisar. - ¿ Por 






477 

qué se empeñaba en satisfacerla, si no la 
quería? Repulsa tras repulsa había su- 
frido sin desconcertarse, y, al ver la inu- 
tilidad de sus esfuerzos á distancia, ha- 
bía acabado por trasladarse á Fópoli, 
para hablar con ella. ¿Qué impulso podía 
moverle á insistir tanto, si no la quería 
de veras? Si ella hubiese sido joven pro- 
minente y de viso, habría podido acha- 
car á cálculo y ambición de Grimm cuan- 
to hacía; pero siendo, como era, una 
huérfana desamparada, tal supuesto era 
inadmisible. ¿La querría, pues, sincera- 
mente? ¿Sería cierto que su corazón h-aljia 
latido y seguía latiendo por ella? Mas al 
ilegrar á este punto, le asaltó, sin poJ;er!o 
remediar, el recuerdo del documento que 
t'onsuelo le habia entreg-ado, y se reno- 
varon sus airadas y rencorosas dudas. 
Nó, aquel hombre era un impostor, y 
cuanto decía para justificarse, no era más 
que una farsa. Era imposáble que Con- 
sirelo hubiese pddido escribir aquella 
carta: primero, porque no tenía tanta ha- 
bilidad como se hubiera necesitado para 
fa)lsificarla tan bien, y en segundo lugar, 
porque no era tan mala como hubiera 
sido preciso para perpetrar una acción 
tan Amilana. Las mujeres, se decía^ no son 
tan perversas ni atrevidas como los hom- 
bres ; Grimm se había burlado de ella una 
vez, pero no se 'burlaría otra; ¡eso no! 
': Pero ¿si decía vendad? PanKna ase^p- 

Precursobes— J « 






raba que le había visto llorar al hablar 
de sus amores. ¿Qué significado tenidrían 
aquellas lágrimas ? ¿ Cómo podía un hom- 
bre entregars'e á tales extremos, sin 
estar do'minado por un sentimiento real 
y profundo? ¿Sería posible que la carta 
tuviese alguna explicación satisfacto- 
ria?, . . ¡ Imposible, imposible ! Sobre todo, 
¿á qué se atormentaba con aquellas ideas? 
No era libre ya, supuesto' que había enipe- 
ñado su palabra á Joaquín. Aquel sincero y 
noble mozo sí que la adoraba con toda el 
alma ; y ella también sentía quererle, no 
con el amor pequeño y vulgar que se basa 
en la adimiración física, sino con el elevado 
y noble que busca y halla su fundamento 
en las 'más exquisitas excelencias del espí- 
ritu y el corazón. ¡ Afuera, pues, los r€- 
cuerdois de un pasado humillante y el 
miraje de imágenes funestas ! Su porvenir, 
el que ella merecía y el único á que po- 
día ambicionar, era el que iba siguiendo. 
No obstante, á fuerza de tanto delibe- 
rar, no pudo conciliar el sueño durante 
tod'a la noche, y, aunque la firmeza 
;^; de su voluntad y de su afecto á Joa- 

quín no llegaron á flaquear, empapó con 
acerbo lloro la almohada, y sollozó has- 
ta el amanecier, si bien por lo bajo, para 
no ser oída por sus compañeras ; y al si- 
-géi • guíente día se sintió fatigada, como si 
^:ÍM hubiese sostenido una lucha prolongada 
. f^^' . con un gigante. Mas a pesar de todo, o 



479 

tal vez por eso mismo (¡ son tan imipene- 
trables los misterios del corazón !), í^que- 
11a misma mapana, tan pronto como hu- 
bo tomado el baño habitual y peinado el 
rubio- y rico pelo, salió por los departa- 
mentos á buscar á Joaquín, y no paró 
de corretear hasta haberle encontrado. 

— ^Joaquín, le dijo al verle, tendiéndole 
la mano, rato há te buscaba. 

— ¿Qué te pasa? preguntó el joven sor- 
prendido, pues era la vez primera que 
: Berta iba en pos suya. 

— Tonterías, puerilidades si quieres, re- 
puso Berta; pero que me tienen muy im- 
presionada. 

— ^^Cuéntaimelas, Berta mía. 

— ^Una pesadilla: soñé que, hallándo- 
nos juntos en un sitio rnuy hermoso, ha- 
bíamos sido asaltados por malhechores, 
que se habían apoderado de mí y nos ha- 
bían separado. ¡ Si vieras cuánto lloré ! 
Te llamaba y te pedía auxilio al seoit'mie 
arrastrada lejos de tf. ¿No te ríes de mi 
. insulsez? 

^ — De ningTjn modo, repuso Joaquín con 
seriedad ; comprendo tu preocupación, 
porque eso de separarnos, ¡nunca; antes 
la muerte! --»: 

— Lo mismo digo yo. 
■ — Bendita seas. 

— Esa pesadilla me ha hecho venir á bus- 
carte, pues quiero pedirte tm favor. Ya se 
sabe que los sueños no salen ciertos, ni son 



48o 

revelaciones d'e cosas ocultas, como cree 
el vulgo; pero ¡qué quieres! estoy muy 
impresionaida, y para calma/ mis nervios, 
te ruego apresures cuanto puedas la fe- 
cha de nuestro enlace. 

¿Qué motivo impulsaba á la joven á 
dar aiquel ipaso? ¿Estaba ansiosa en reali- 
dad por unirse á Joaquín, ó temía su pro- 
pia flaqueza? Tal vez hayan militado en su 
ánimo conjuntamente aquélla.^ dos cau- 
sas; mas Joaquín, que no polía meterse 
á analizar intrincadas psicologías, se limi- 
tó á adorar lo que miraba, ller-.o de dicha 
al sentirse tan amado. 

— Berta mía, repuso con voz enterne- 
cida, ¡ cuan buena eres ! Te prometo abre- 
viar los tráanátes de nuestro matrimonio, 
pues lo deseo más que tú. 

— 'Lo creo, Joaquín; tengo fe absoluta 
en tu cariño. 

Los ojos de uno y otro se encargaron 
de decir lo que faltaba, mientras su pe- 
cho se alzaba y deprimía predpitadaimente 
al influjo de su tierna emoción. 

Diesde aquel día no cesó Joaquín de ir 
y venir, y aíanarse á todas horas, ayuda- 
do en su empeño por sor Ignacia, por las 
hermanas, por doña Dorotea y por don 
Teodomiro. Todo se volvió compra de 
muehles, géneros y utensilios para montar 
ulna modesta casa ; y esto quiedó hecho con 
presteza. El corte y la costura de todo li- 
naje die telas y confecciones, queidaron en- 



48i 

comendadas á las blancas manos de las asi- 
ladas; y por este medio y con poco g-as- 
to, pudo prepararse para Berta una ca- 
nastilla de bodas bastante aceptable, pues, 
á failta de sedas y trajes lujosos, las ran- 
das, callados y tejidos que se veían en 
fundas y camisolas, hubieran podido de- 
■■jar boquiabierto al observador más exi- 
gente y descontentadizo. Las marcas de 
la ropa blanca fueron maravillosas, y«L 
grandes y de hermosa forma gótica, ó 
bien caladas y desihiladas con pasmosa 
paciencia. Cada hilo del tejido fué traba- 
jado aparte, ya para eliminarlo con fino 
tacto, ya para cogerlo, 'estrecharlo y en- 
lazarlo con otros, en forma de vapor con- 
diensado y nube sutil y vaporosa. ; A fal- 
ta de riquezas, la delicadeza de las labo- 
res ! En buenas manos andaba el pande- 
ro. 

Joaquín dibujó los diseños del mobi- 
liario, y José se encargó de su construc- 
ción. De ihumilde pino fué el menaje ; pero 
con tal corte y tales molduras realzado, 
que daba gusto de verlo, pues era artís» 
tico y de buen gusto, y al mi simo tiempo, 
sin pretensiones. 

Los ahorros de Joaquín llegaban ya 
por entonces, á unos ochocientos pesos, 
entre producto de lecciones y entradas 
extraordinarias por participación en con- 
ciertos y orquestas de ópera. A esO' s€ 
había agregado el valor de los objetos le- 



X 



gados por don Juan José iMatute, q^ie fué 
como de otros cien pesos. Novecienitos 
duros bien distribuidos, entre gente po- 
bre, dan mucho de sí, como se vio en la 
ocasión presente, pues sirvieron para ha- 
cer verdaderos milagros. 

Barta, por su parte, pudo disponer del 
donativo que sus padrinos le habían consa-' 
grado al bautizarla. Sor Ignacia había in- 
vertido aquel fondito en diversas 'empresas 
y negocios, y en el transcurso de veinte 
años, había logrado aumentarlos conside- 
rablemente; así quie, cuando se habló del 
matnimonio, manifestó á la asombrada jo- 
ven, que tenía á su disposición como seis- 
cientos pesos, que le pertenecían en abso- 
luta propiedad y dominio. Tan feliz circums- 
tancia permitió á Berta hacer un enorme 
ga'Sto por su cuenta propia, y fué el de 
comprarse un piano, cuya adquisición ha- 
bía sido el sueño dorado de toda su vida. 
Don Teodomiro dio noticia para ello, 
de dónide y cómo se encontraba de 
venta uno de media cola y medio uso, 
de la afamada fábrica de Chickering, 
perteneciente á cierto's ricos que, próxi-' 
mos á cambiar de domicilio, andaban que- 
mando sus coisas. Puesta la joven sobre 
la pista de tan buena oportunidad, comi- 
^ sioirtó al mismo maestro para que ajusta- 
'■ se el contrato, y tal maña se dio éste y tal 
empeño tomó en el desempeño del encar- 
go, que logró adquirir el armonioso ins- 



483 

triimento por solos quinientos pesos, á 
pesar de no tender lacra ni imiperfección 
alguna en caja, tecla, martinete ó cordaje. 
Pocos días después de haber hecho la 
coimpra, se presentó un postor ofreciendo 
por él buena utilidad; pero sus proposi- 
ciones fueron desechadas. 

El piano significaba para los novios- todo 
un mudo de goces : la* continuación del éx- 
tasis artístico de su vida, el recuerdo de sus 
amores y la renovación constante de sus 
ideales, Joaquín seguiría agilitando los de- 
dos en el teclado é interpretando los obras 
maestras de los grandes compositO'res,Bee- 
thoven, Schuman, Chopin, Liszt, Griegj 
ella continuaría dando voz á las partitu- 
ras de los co'mpositores más inspirados : 
Mozart, Weber, Bellini, Domizzetti, Ver- 
di. Así pasarían los días llenos de en- 
canto, consagrados al arte y al amor, le--, 
jos del mundo y de sus perfidias. Eil 
piano era de tal importancia para ellos, 
que gustosos habrían prescindido de su 
mobiliario, y hasta dormido sobre hu- 
mildes esteras, en caso de necesidad, con 
tal de tenierle en su casa. 

No desveló á Berta, como había acon- 
tecido á Paulina, el anhelo de un lujoso 
traje de boda; sino que se contentó con 
elque Joaquín pudo darle. Las mismas 
asiladas se encargaron de confeccionar- 
lo; pero supieron dar al humilde linón 
de que fué hecho, cortes y pliegues tan 






484 

elegantes, que hacían olvidar la pobreza 
de la tela; y el velo, aunque de punto de 
hilo, pareció vaporoso é ideal, echado so- 
bre el bello, distinguido y esbelto cuer- 
po de Berta. 

Asi se hicieron las cosas en familia, 
hasta el punto de que, para evitar la in- 
tervención de todo género de elementos 
exóticos, fué convenido elegir padrinos 
dentro del mismo Hospicio ; y los jóve- 
nes se fijaron desde luego para tan alto 
ministerio en don Teodomiro y en doña 
Doroeta, quienes aceptaron la distinción 
con reconocimiento y alegría. Don Teodo- 
miro, haciendo quién sabe qué "combina- 
ceones," pudo regalar á Joaquín el traje de 
novio, compuesto de un terno de paño ne- 
gro : jaquet, chaleco y pantalón bien ce- 
ñido á la pierna, como se usaba enton- 
ces. -La señora López, hurgando por los 
rincones de su cuarto, halló algunas pre- 
ciosas antiguallas, que, á fuerza de ha- 
ber caído en desuso, habían vuelto á ser 
nuevas : un pañuelo de nipis filipino, un 
mantón . de vivos y brillantes colores 
y un tibor chino, de tamaño mediano, 
capaz de despertar la codicia de cual- 
quier anticuario. Se desprendió también 
la buena señora, con aquella ocasión, pa- 
ra mostrar el profundo cariño que á la 
joven profesaba, de cierto collarcito de 
menudas, parejas y blancas perlas, y de 
unos Dendientes de la misma composi- 



4»5 

ción, que hacían juego con aquél, y que 
ella había salvado del naufragio de su 
pobreza y de la vorágine de las casas 
de empeño, como por obra de milagro. 

^—Pensaba dejar á usted estas bagate- 
las por herencia, dijo la simpática vieje- 
cita á" Berta, al hacerle entrega de aque- 
llas cosas; pero ¿qué mejor ocasión que 
ésta para ponerla en posesión de ellas? 
A mí no me sirven para nada, ni pueden 
parar en manos más blancas ni más her- 
mosas, ni más puras que las de usted. 

Berta se negaba á aceptarlas ; pero do- 
ño Dorotea insistió con tales y tan since- 
ras instancias, que no hubo medio de re- 
sistir sin ofenderla. 

El día de la boda fué de gran resonan- 
cia en el Hospicio. Renunciamos á des- 
cribir la belleza de la joven ante el altar; 
todavía es recordada en Fópoli después 
de trascurridos tantos año® : parecía un 
ángel medio velado por casto y misterio- 
so celaje. Joaquín, loco de felicidad, hu- 
biera querido ir tras ella de rodillas y - 
besarle los pies antes de recibir su ma- 
no de esposa. Aquel día hubo gran fies- 
ta en la casa, cuyo carácter dominante fué 
el artístico, como era de ríibrica: la Jauja, 
"las Bodas de Camacho," el "acabóse" de 
la música. Don Teodomiro puso en juego 
todos sus recursos en la línea de orfeo- 
nes, coros, cantantes, banda y orquesta, 
para darle realce. Desde la madrugada 



'■.m 



-i<%í.' 




486 

comenzó la enormidad. Al romper el al- 
ba, la banda, que fué situada en el patio 
de entrada, rompió en muy hermosos 
himiinos y marchas, y siguió luciendo sus 
habilidades hasta la hora de la misa ; 
entonces les tocó la vez de lucir las su- 
yas al orfeón (que era el del Coleé"io de 
Infantes), á la orquesta y á los cantan- 
tes. La misa del mejicano Luna, que se 
celebró, fué exornada y magnificada 
con rica ostentación de elementos so- 
noros, instrumentales y vocales ; v á la 
hora del refectorio, alternaron sin des- 
canso, la banda y la orquesta, tocan- 
do piezas populares ó selectas. Y el de- 
rroche instrumental continuó desarro- 
llándose durante la siesta y la tarde, sin 
pausa, intervalo, ni solución. Fué aque- 
llo soberbio y monumentaJ, como corres- 
pondía á las aficiones y calidad del pa- 
drino y los desposados ; pues tan opulen- 
to despilfarro de notas y armonías, pizzi- 
cattos y trémolos, hizo para ellos, que 
eran tan pobres, las veces de lo más 
exquisito y costoso de todo lo que pue- 
de hallarse en este mundo. Y la música 
por sí sola llevó aquellos sencillos ánimos 
á un estado tal de fraternidad y embe- 
leso, que se mezclaron y coníundieron 
viejos y niños, y gobernantes y gober- 
nados, en un regocijo común. 

En la casa del rico, habrían abundado 
en ocasión semejante, los exquisitO's man- 



jares, las pirámides montadas y los ees- 
tillas de frutas y de flores ; se habrían 
apurado copas de Rhin, Burdeos y Bor- 
goña; y á los postres, se habrían des- 
corchado ruidosas botellas de Cihampaña 
entre la algazara de conversaciones, ri- 
sas y brindis. En las bodas de Berta y 
Joaquín,, fué la minuta de un orden muy 
diferente, pero no menos magnífico, pues 
se compuso de grande abundancia de 
oberturas, sinfonías, sonatas, sonatinas y 
otras delicias acústicas ; y esas exquisite- 
ces causaron á los presentes una embria- 
guez más dulce y placentera, que la que 
hubiíeran /poidido producfirles innúmerasi 
botellas de Chateau Iquem, Ponte Canet 
y Viuda Cliquot Ponsardin. 

Al declinar el sol, se trasladó el con- 
curso á la azotea para respirar aire puro, 
dominar horizontes extensos y bañar de luz 
el alma y d cuerpo ; y aquella vasta y ele- 
vada llanura resonó con alegres ecos de 
miisica, risas y retozo, pues la banda Víi- 
.bió también con instrumentos y atriles. 
La satisfacción de no ver en torno mu- 
ros opresores, de respirar bri-sas frescas, 
llegadas de todas las lejanías, y de ad- 
mirar el cielo en toda su extensión, hi- 
zo latir aquellos corazones marchitos, 
afluir la sangre á aquellas mejillas páli- 
das y obispear el placer hasta en las pu- 
pilas más opacas y tristes. Para rematar 
la-fiesta, hubo baile y jaleo entre asiladas 






.■"^^ 



^ . 488 

y asilados, y Ikgó á tal punto el contento, 
que parecía qvüe aquella muchedumbre 
había perdido la razón; y Berta y Joaquín 
tomaron parte activa en la zambra, como 
si hubiesen querido saturarse de aquella 
vida, antes de dejarla para siempre. 

De pronto pareció que iba á aguarse, al 
pie de la letra, la fiesta, pues pesadas y ne- 
gras nubes se levantaron por el lado del 
oriente ; y con la misma rapidez con que en 
en eJ mar se desata la borrasca, cuando, 
apenas bosquejada como punto oscuro en 
el horizonte, se cubre éste luego de una 
cerrazón opaca, y corren desbocados los 
aquilones : así cambió el aspecto del cielo 
en un solo instante, invadido por vasto y 
negro nublado. So])ló después un viento 
frío y húmedo, precursor de lluvia, y hasta 
principió á chispear un poco ; mas. cuan- 
do ya se pensaba en abandonar el sitio, 
hubo grandes y súbitas mutaciones en el 
espacio. Las nubes en falange cerrada, 
comenzaron á huir hacia el Norte, soli- 
citadas por la atracción de una enorme 
hoya que por aquellas partes se ex- 
tiende; y el sol, que había estado luchan- 
do largo tiempo por deslizar sus rayos al 
través de ellas, logró al fin perforarlas, 
con el ariete de su luz, y por aquel bo- 
quete abierto, lanzó sus ráfagas sobre Fó- 
poli. tan apretadas y juntas, que pare- 
cían haz divergente de áureas espadas 
v saetas. Las finísimas v escasas s^^tas 



,489 

que seguían cayendo del cielo, al cruzar 
la atmósfera luminosa, se trocaban en llu- 
via de diamantes. Los hospicianos con- 
templaban la eSc-ena con embeleso, vuel- 
to el rostro hacia arriba, y no se sacia- 
ban de mirar aquellos contrastes de luz 
y sombra, aquella lucha del sol con la 
tormenta, y aquellas inesperadas y glo- 
riosas metamorfosis del cielo. 

Repentinamente, sobre el fondo plomi- 
zo-oscuro de las nubes, se dibujaron dos 
altos, amplios y esplendorosos arco-iris, 
concéntricos entre sí. El mayor de ellos 
era tan elevado, que llegaba al cénit, en 
tanto que hundía sus jambas en el lejano 
horizonte ; mientras el más bajo, circuns- 
crito al mayor, era su reproducción exacta 
y fidelísúna. Las franjas matizaidas de uno 
y otro, armonizaban entre sí con suavi- 
dad exquisita, y sus tonos, brillantísimos 
hacia el centro, iban desvaneciéndose ha- 
cia los lados, hastcC ahotgar&e y fundirse 
unos en otros en sus puntos de contacto. 
Aéreos, impalpables, maravillosos, pa- 
recían puertas abiertas en la altura para 
dar paso á los ángeles y á los arcángeles. 

Por un impulso sodo, ante aquel es- 
pectáculo tan maravilloso, se movieron 
las manos de los asilados, y resonó un 
aplauso nutrido y prolongado por las 
azoteas, aplauso tributado á tanta be- 
lleza como la mano del Omnipotente 



490 



-f 



había querido desplegar ante los ojos de 
los pobres. 

Don. Teodomiro, nervioso y excitable, 
había andado agitándose sin cesar y ha- 
ciendo visajes con la vista fija en lo alto. 
Algo quería decir, que no hallaba form^ 
de expresar, y monologaba en medio de 
los ^circunstantes, como si nadie le viese; 
mas, al extender el arco-iris sus ráfagas 
matizadas y luminosas, y al estallar el 
aplauso de los hospicianos, no pudo con- 
tenerse más, trepó á lo alto de una barda,^ 
é imponiendo silencio al auditorio, irri- 
tó fuera de sí : 

— ^Señoras y señores : el espectáculo 
que tenemos á la vista €S uno de los más 
hermosos que puede contemíplar la "crea- 
tura." Allá airiba, en la "regeón" supe- 
rior, á donde no Itegan las "misereas" de 
eiste bajo mundo, se libran batalla encarni- 
zada la tenDpestajd y el sol : y acabamos de 
ver que el luminar del día ha salido triun- 
fante, pues ha desbaratado los escuedrones 
d'e las tinieblas con sus ametralladoras de 
luz. Dichosos los fopolitano'S que pedemos 
presencia<r estos cuadros, porque no hay 
otro pueblo de la tierra que teng-a un 
cielo tan hermoso como el nuestro ; por 
eso debemos vivir con la vista fija siem- 
^ . ; pre en la altura, para beber en ella "incs- 
-*V;^ piraceón," hermosura y grandeza. Nues- 
tro aplauso entusiasta pinta nuestro "ca- 
ráter ;" tenemos la "intuiceón" de lo her- 



491 

mpso, y desde el más "doto"' al más "ino- 
rante" de entre nosotros, todos amamos 
Y comprendemos la belleza. Nuestro 
aplauso á la obra de "Déos," puede ser 
comparado, aimque en humilde escala, 
con la "adoraceón" de los espíritus beatífi- 
cos al Omnipotente; porque las arpas, 
salterios y violas que tocan los ángeles 
en el cielo, no tienen otro sentido ni lle- 
van otro "odjeto" más que el de ensalzar 
el poder y las obras del Altísimo, — Ese 
admira'ble y doble arco-iris que acaba 
de formarse á nuestra vista, parece, ade- 
más, haberse abierto en el cielo para ser- 
vir á Berta y á Joaquín de puerta de en- 
trada en su nueva vida. 

Hizo luego una pausa, elevó al cielo 
una mano, y extendiendo después la otra 
hacia Berta y Joaiquín, exclamó con acen- 
to grave y casi sacerdotal: 

— ¡Glórea'á Déos en la altura y triun- 
fo al arte en la tierra ! 



¿}f^--. 



■■>5- 



parxe; tkrckra 



LA LLAMA 



Una buena noticia 

Han pasado como dos años después de 
los acontecimientos relatados en el capi- 
tulo aaiterior. Joaquin y Berta, venidos < 
al mundo para combatir con 4a adversi- 
dad, habían estrechado su cariño y sus 
fuerzas para entrar en la ludia por la vi- 
da, y ambos traibajaban cuanto podían, 
dando día lecciones de canto y él de pia- 
no. Correteaban por la calle á toda ho- 
ra del día para ir á las casas de k>s alum- 
nos acomodados, y por la noche acogían 
en la propia á los discípulos de escasos 
■^ recursos, de quienes recibían una retribu- 
ción corta, pero que, ya en conjunto, 

V ^ PRlCURSOftES— }2 



/ 



494 

producía un rendimiento no desprecia- 
bl«. Así habían logrado llegar al pUHto 
dondle los encontrámas, que era el d-e un 
modesto bienestai , pues ganaban no sólo lo 
necesario para la vida, sino hasta al^o 
más para proporcionarse satisfacciones 
"extra," y cierto reducido confort. 

Vivían en casa pequeñita y risu«ña, cer- 
ca del Hospicio, en la calle costeada por 
naranjos en flor, que á aquel edificio con- 
duce, pues no habían querido ailejarse 
de las hermanas, á quienes continuaban 
queriendo como siempre, ó más que nun- 
ca ; y cuantos ratos desocupados tenían 
por el día ó por la noche, empleábanlos 
en visitar á sus bienihechoras y á sus au- 
tillos compañeros de infortunio. El 
amor que se habían jurado, había ido en 
aumento, á Dios gracias,, porque cada au- 
rora que se levantaba descubría para uno 

« y otro en sus mutuos corazones, una nue- 
va generoisidad, una nueva ternura, un 
nuevo encanto ; de suerte que de insitan- 
te en instante, iban conociéndose mejor y 
quedando más satisfechos de su elección. 
Y como su alma era fuente inag-otable 
de ternura y nobleza, sentían que no po- 

. dría bastarles la vida entera para acabar 
de conocerse y amarse. ¿ Cómo habían 
hallado la felicidad? De la manera más 
sencilla y natural : olvidándose cada uno ^ 
de sí mismo y entregándose sin res'erva al 
amor de su companero. El no se preooupa- 



'm^ 






495 

ba por su propia perso-na, sino sólo por la 
de Perta, á quien prodigaba todo género de 
atenciones y halagos, como si haiibiese si- 
do ella-, niño tierno y débil encoqiendado 
á sus cuidados ; y la esposa no pensaba ja- 
más en sí miisma, atenta sólo á rodear á 
Joaquín de duJces y sentidas finezas, 
como á rey y señor, digno de todos los ho- 
menajes, honores y pleitesías. ¡ Desgracia- 
dos de ellos sd se hubiesen empeñado en 
labrar «u diciía personal por su propio cui- 
dado ! Entonces habría surgido entre ellos 
bien pronto, la rivalidad del egoísmo y de 
la pe<jueñez, enemiga ddl cariño. El amor 
consiste en el sacrificio de la felicidad pro- 
pia' en aras del ser amado. Por fortuna 
habíalos salvado de aquel riesgo, la no- 
bleza de sus s,entimientos exquisitos; pues 
los únicos combates que entre ellos ha- 
bía, eran los del d«sprendimien'to, como 
que ninguno quería ser inferior al otro 
en nobleza y abnegación. Berta se desve- 
laba pensando lo que haría para que su 
marido estuviese contento, y le prepara- 
ba con sus propias manos los mejores 
platos y las cretmas más delicadas, las 
zapatillas más elegantes y cómodas, las 
batas más amplias y abrigadoras, y todo 
cuanto se le ocurría, qu^" tendiese á ha- 
cerle placentero el hogar y á teneríe sa- 
no, holgado y contento. Y Joaquín, por 
su parte, no tenía más que a Berta en 
la cabeza y en el corazón, para idear y 



■ - 496 

llevar á cabo los planes más siiEiles y bien 
meditados, á fiíi de comivertiirla en una i^eina 
ó una empe-ratriz, dentro de sus propias ho- 
gares. Y no haibía cosa que más le encan- 
tase, que él sorprenderla con dádivas y 
obsequios que de la calle traía : ora chiu- 
oherías de tocador, ora jarrones' artísti- 
cos para las consodas, ya telas ó chales, 
ó cualquier novedad invientada por la mo- 
da. Y aquel pensar tanto el uno en el otro, 
y aquellas manifestacionies que de «su imu- 
tuo afeioto se daban, los traíam como fuera 
de sí y llocos de contenito, con la cabeza lll'e- 
na de ideas y planes generosos en fa- 
vor del u<no y de la otra, que no aicaba- 
ban nunca. En medio de aquélla existen- 
cia laboriosa, aipartada y humilde, pero 
llena de encanto, llegaron á salber que Ju- 
iio Grimm se caraiba con Consuelo "de" 
Dena ; pero tan preocupados andaban con- 
sigo mismois y con sus diarios negocios, 
que apenas pararon mientes en la noticia. 
— ¿Sabes? había dicho un día el joven 
á siu espoisa al entrar en su casa ; tu ex- 
amiga Consuelo y tu ex-movio Grimm 
a'caban de conitraer miatrimonio. 
'í-l: Y aü decir esto, había pufesto en las 
manos de Berta uno de los diarios más 
insulsos de Fópoli, un periódiico casi fe- 
meniíl, en que se daba lugar preferente á 
las noticias llamadas sociailes, y se ponía al 
público al tainto de todias las salidas de 
la d'udad v vueltas á ella de los perso- 






497 

: najes notables ; de las- co'midas, bailes y 
reuniones de lo^ ricos ; de los nombres 
de los concurrentes á esas fíesitas; de las 
"toitettes" de las damas, y de otras tri- 
vialidades de es'e ó miás pequeño calibre. 

— i Conjque al fin ! había exclamado Ber- 
ta con natunaáidad é Indiferencia. Era lo 
que tenia qué suceder : lo extraño es que 
no lo hubiesen hecho más pronto. 

Y había echado un vistazo distraído 
á la nota "social" en que s'e daba cuen- 
'ta con estilo hiperbólico, de las ele- 
gancias desplegadas en la ceremonia, de 
los adorn'0.s del tempLo, y de lo's noimbres 
del oficiante y las encopetadas personas 
que habían concurrido á la iglesia. Al pa- 
sar los ojos por aquellas líneas, no había 
senitido la menor contrariedad, pues años 
hacía se había dado cuenta de que eso 
era lo que tenía qué suceder, y, por lo 
mismo, e!l acontecimiento carecía de no- 
vedad para ella. Su ternura creciente ha- 
cia su esposo y la idea altísima que se ha- 
bía formado de su talento artístico, ha- 
bían llenado su alma tan completamenite, 
que no había en dlla ni el replliegue más 
pequeño ni para el recuerdo, ni para el 
amor, ni para el odio, en relación con el pasado. 

— i Vaya ! agregó. ¡ Pues que Dios los 
haga dichosos ! 

Joaquín, que la había observado atenta- 
mente, temeroiso de hallar en su sem- 
blante ailgún relámpago de tristeza, res- 



498 . 

piró satisfec'ho al notar la inuf^si'bilíidaid 
de su fisonoimía. 

El caso, no obstante, hubiera debid'o 
asombrar á cualquiera, pues los aconteci- 
mientos ocurridos entre el alemán y la 
ex-señórita "de" Dena, no parecían indi- 
car aquel desenlace. Buen trabajo debiió 
costar á Consuelo la conquista de aquella 
plaza tan fuerte y bien defendida. Era 
de presumir que solo á fuerza de halagos, 
insistencia y hasta reibaj amiento s, hubiese 
logrado salirsie con la suya. El bonaichón 
de Julio, abandonado por Berta, había 
ido á caer en brazos de Consuelo, á más 
no poder, esto era claro; piero, fuese co- 
mo fuese, Berta no^jdicr imiportancia al- 
guna) á la especie, la olvidó bien pronto, 
y siguió pensando en otras cosas de más 
sustancia y atractivo. ' I . 

La posició'n un tanto desalhogada en 
que vivían los esposos, les permitía enrt¡re- 
garse á algunos lujos, como concurrir á 
la ópera, cuando la hahía en la ciudad, ó 
reunir en su casa de tiempo en tiemipo á 
amigos artisitas, para hacer juntamente 
con ellos, un poco de música, como dicen 
los franceses ; así iban pasando la vida sdn 
sentirlo, consagrados ail trabajo, al arte y 
al amor, y olvidados de todo lo demás. 
, La tarde precisamente en que se abre 
este capítulo, era una de aquellas en que 
sie hallaban rodeados por el corto grwpo 
de sus predilectos. 



-i 



■<:*■. 






•^ /aí-'í-íSEl 



y 



;. ;%.^>^---^:^í:^-v-::^-; 499 

La escena pasa en la sailita de la casa, 
donide se ositenta el piano de CHickering 
como principal oriüamento. Los humüldes 
muebles construíidos por José, liucen su 
elegaoite estructura medio velada por cu- 
bfliertas síutiles tejidas por el g-ancho de 
Benta. Cuadros de laboires mamiailes, pen- 
dientes de cordones y davos, y retratos 
fotográficos de hermanas de la Caridad ó 
antiguos compañeros del Hospicio, ase- 
gurados por las esquinas con taiohuelas 
de dorada cabeza, alegran los muros, for- 
mando caprichosas figuras romboidédes y 
estelares. Una gran lámpara de petróleo 
con pantalla de sieda roja, derrama tibia 
luz por el relcinto invadido ya por la som- 
bra de la noche, y Tos jarrones de poirce- 
lana rebosantes de frescas flores, llenan 
el ambiente de suaves y embriagadores 
perfumes. 

¿Quiénes formaban la reunión? En pri- 
mer lugar, el indispensable don Teodoími- 
ro, quien ejercía en el hogar las funcio- 
nes de protector y amigo de confianza. 
Además de él, don Pomposo de la To- 
rrentera, regordete; cuarentón, violonce- 
ffista. wagneriano, lector infatigable de 
literatura musical y enemigo acérrimo 
de la melodía italiana. Al lado de Torren- 
tera figuraba el flautista don Angelí Blan- 
co' : blando, sentimental y enamorado de 
BeMini, Donizzetti, Rossini. Verdi, y todos 
lo-; maestros del "bel canto." Poco á poco y 



á fuerza de seleccionar entre ios coim{>añe- 
ros y amigos, habían acabado Berta' y 
Joac[iiín por aficionarse á estos dos fiJar- 
rnómcos, que tenían talento, corazón y un 
verdadero fanatismo por la música. Es 
cierto que ^Torrentera era un revoluciona- 
rio tremebunido, y que Blanco no veía más 
allá de Rossini, Bellini y Donizzetti ; pe- 
ro también lo es que aquella diversidad 
de criterios y gustos los completaba, ha- 
cienido de edlos un par de censores muy 
competentes para cuaíquier obra artística, 
fuese cual fuese el género á que pertene- 
ciera. 

Formaba parte de la reunión, finalmen- 
te, un perioidista llamado don Valiente Be- 
cerril (pequeríito, enclenque, irascible "y 
soberbio), sobre el cual tenemos que de- 
cir dos palabras antes de pasar adelante. 
No había ent raido en la intimidad de la 
familia por la puerta ancha y franca de 
una amistad verdadiera, sino por la estre- 
cha y difícil de la imposición y la fuerza, 
por ser crítico de arte en su propio periódi- 
co' llamado "El Azote." Sandoval le te- 
mía mucho, y tenía para él delicadas aten- 
ciones, á pesar de que en el fondo no le 
quería. Sabido es que los artistars aman 
tantO' los elogios, como temen los ataques 
de la prensa, y que cuánto dice ésta acerca 
de ellos, ya los vuelve locos de contento, ó 
los contrista y medio mata de pena, según 
el tenor de las revistas ; así que la debi.liidad 



•^ Vf;- - 



m 



y 



50I 

(lie Joaquín era muy explicable. Había, no 
obstante, una cosa grave de por medio, 

, que Sandoval ignoraba, y que, á haberla 
sabido, habría dado al traste con sus di- 
plomacias de pianista y compositor; y 
era que Becerril, qlre se las daba de te- 
norio, andaba prendado de Berta, quien, 

. con el pleno» desarrollo de su juventud, 
se había puesto guapísima, al punto de 
fascinar á cuantos la veían, y ser famo- 
sa en la ciudad por su no igualada be- 
lleza. En tal virtud, aunque desde el pun- 
to de visita estético pudiera admitir dis- 
culpa la admiración del periodista, era, 
desde cualquier otro, simplemente perver- 
sa y detestaMe, pues nada hay más odio- 
so que un bellaco que se introduce en el ho- 
gar ajeno bajo capa amistosa, para arre- 
batar la honra al amigo. Don Teodomiro, 
Torrentera y Blartco, algo so'speohaban 
de aquella torcida afición ; pero la mira- 

~ ban como simplemente ridicula, por el 

- conocimiento que tenían de la virtud acri- 
solada de la joven ; y Berta que, como bue- 
na mujer, había echado de ver muy pron- 
to las tendenicias de Becerril, le trataba 
cuanto más agriamente podía. Pero él no 
se daiba por entendido de sus desdenes, 
porque era presuntuoso, y se imaginaba 
que aquellas malas pasadas eran simples 
arídides de que ella se valía para hacerse 
más interesante y cautivadora á sus ojos. 
Aunque hasta entonces no se había pro- 



502 







•'-4;-r 









í^SSfc; 



pasado el fatuo, á trechos ó insiiiuíaciones 
d'e niaturaleza intolerable, sentíase diLsipues- 
ta (la joven á aprovechar la primera opor- 
tunidad que se le presentase para dlark 
una buena leoción, sin necesidad de que 
Joaquín se enterase de las causas que á 
ello la movían. 

Deoamo'S, pues, que la noche aquella, 
se ihallaiban reunidos en el saloncito de la 
casa de los esposois Sandovaü, los tres in- 
dividuos cuyo bosquejo acabamos de ha- 
cer. Pasados los cumplidos de ordenanza, 
después de una breve conversación so- 
bre asuntos triviales, se dirigió Sandoval 
á los presentes, diciéndoíles con voz un 
tanto reservada y confidencial: 

— Teng^o que dar á ustedes una noticia. 

— ¿ Cuél ? l'e preguntaron. ' I . ' , 

— He compuesto una ópera, prosiguió 
airticulando lentamente. 

— ¡Una ópera! exdamó Torrentera 
asombrado. 

— ¿Tal vez al estilo de las de Bellini? 
preguntó Blanco lentamente. 

^— Sí, una ópera, prosiguió Joaquín. Por 
lo qiue hace á su esitilo, ustedes mismos 
juzgarán al oír las partes cantadas por Ber- 
ta ó bosquejadas en el pdano por mí, que 
van á oír dentro de poco. 

— ¿Qué no'mbre illleva? preguntó To- 
rrentera. 

— 'Mi primer intento fué darle por títu- 
lo "Hernán Cortés," contestó el interpe- 



503 

lado ; pero en vista de que hay otra de 
ese mii9mo nombre coimpuesta á princi- 
pios de este siglo por Gaspar Spontini, el 
gran autor de "La Vestale," me the resuel- 
to á ponerle por título "Doña Marina:" 
tanto da. 

— Bien, murmuró Becerril; pero ¿de 

quién es di (libreto?. 

— Mío, repuso Joaquín con sencillez. 
/ — i Hola, hola ! exclanió don Valente 
con zumba. Al estilo de Wagner. 

— No lo he hecho por eso, repuso Sain- 
doval con senlcillez, sino sólo por necesi- 
dad, pues no hay libretistas en Fópoli. 

— ¡ Cómo no ! protestó don Valeiiite, 
lanzando á Berta una mirada furtiva. Un 
ajrgumento inverosímil, de relumbrón y 
descosido', cualquiera lo halda ; yo hubiera 
podíflo encargarme de ese trabajo, si 
usted me lo hubiera propuesto. 

— Ojalá hubiese caído en la cuenta, pro- 
siguió Joaquín ; pero ila verdad es que no 
se me ocurrió. Por fortuna no se necesi- 
ta mucho para hacer un trabajo de ese 
género ; por eso me he atrevido á ponerJe 
mano, tanto más cuanto que es cosa có- 
moda formarse uno mismo las- situacio- 
nes }' ponerles la música que requieren. 

— Nada más natural, observó senten- 
ciosamente don Teodomiro. 

— Para que se formen ustedes idea de 
la obra, proisiguió Joaquín, voy á decirles 






•y - 



en breves palaibras y antes de todo, cuál 
es su argifm emita. 

— Nos parece muy acertado, dijeron los 
oyentes. I • ■ 

-:^v-y ' Se hizo el silencio. Berta 110 apartaba 

li^. Jois ojos de su esiposo, con visible aníiie- 

'^r- » ^^^ y cariño, en tanto que Beoerril la de- 
^Só- voraba con los suyos, ^ que Gómez y Pé- 

s^- rez se mostraban solemne. _^' 1 

— 'La acción, continuó Joaquín, como 
ustedes se lo habrán figurado ya por el 
título mismo de la obra, pasa en México, 
en tiempo de la conquista española. La 
he dividido en tres actos, y he procurado 
poner de relieve en eilila, los pasajes más 
importánites relacionados con Cortés y 
V4 ^'^^ ^^ Maliinche. — En el primero, el fo- 

.^^ ro repreisenta las márgenes feraces y 

":^- montuoisas del Grijalva, destacándose en 

'^^ el fondo, el caserío de Tabanco. A/parece 

''""^ Cortés desde luego, rodeado por su ejér- 

cito, y desnudando el acero y dando tres 
^ tajos á una gran ceiba que esitará en me- 
^i^t dio del escenario, declara que toma pose- 

:Sf^ sión de la tierra en noímbré de los mo- 

narcas de Castilla, y jura defender y 
sos.tener su conquista hasta la muerte, 
con lanza y espada. Los soldados ha- 
cen el mismo juramento ; mas viene á 
interrumpir el coro de sus voces, una CO'- 
misión de guerreros y vírgenes tabas- 
queños, «en cuyo grupo figura doña Ma- 
rina. El cacique que preside el corteio, in- 



.'Sirí 



V S05 

tima á los extranjeros salgan luego del 
pais y lo dejen libre de su presencia, bajo 
pena de la vida, pues serán extermina- 
dios si insisfen en pro'fanarlo con su plan- 
ta. Cortés se niega á ello con altiivez, y 
djeclara que la comaoca es ya posesión 
die Castilla, y fio la dejará sino con la 
exísitencia. OÍ oír esto, alejante los co- 
misionaldos amenazando con furia á los 
eslpañoiles, y éstos, éespreciatiivos y bur- 
lones, se mardhan á desicartsar á sus tien- 
das. Cortés se quelda sodo, prensando en 
ia inmensidad de los dlestinos que se le 
ofrecen y en sus sueños de grandeza. En 
esto, llega reca>tadamente doña Marina, 
que se haibía prendado de siu gentileza, á 
revelarle que los tabasiqueños en gr.in nú- 
mero vendrán á atacarle dentro de pocos 
momentos ; y se marcha corriendo, sin 
aguardar su respuesta. Al desaparecer la 
joven, se oye, en efecto, la gritería de los 
indios y 'la bronca ailgarabia de sus pífanos 
y atabales ; de suerte que apenas tien-e 
tiempo don Hernando para reunir á su 
gente y salir al campo.. — ^Al ausientarse 
los guerreros, se ve invadido ed escenario 
por un grupo de miuijeres encabezadas 
pof^doña Marina, que vienen huyendo de 
la lucha y buscan un refugio en el bos- 
que. Oyese el rumor de la reif riega; pero 
ésta es breve. Los castellanCJ^ ponen en 
luga á los tabasqueños, vuelven triunfan- 
te's al escenario, y al ver á las mujeres, 









•■V. 



■ (■ , . 

se apoderan de ellas y las declaran botín 
de guterra. — En aquellos momentos se 
presenta Cortés ; distingue á doña Mari- 
na entrte las cautivas, y, tomándola ipor la 
mano, declara que se la reserva para sí. Ella 
recibe sus palabras con alborozo, y ambos 
cantan un dúoi de amor. — El acto termina 
eon el relato pintoresco que hace Advara- 
d'o de haber visto al Apóstod Santiago en 
miedio ddl combate, jinete sobre caballo 
blanco y cuibierto de esipléndidá armadu- 
ra; él fué, dice, quien peleó por los cas- 
tellanos. — ^El acto termina con un can- 
certajiite en que continúan cantando su 
amor Cortés y doña Marina, mientrais 
'los guerreros, arrodi'llaidbs,. dan gracias 
al Todopod'eroso por la victoria ailcaiuza- 
da, y las mujeres cautivas lloran su dies- 
dicha. 

Al llegar aquí Joaquín, se interrumpió 
para tomar aliento. 

— Se presta el argumento para ser real- 
zado con buena música y aparato escéni- 
co, observó Torrentera. 

— Y también para el desarrollo del es- 
tilo patético, añadió Blanco. ¡ Qué arias y 
dúos tan sentimentales ipireden introdu- 
cirse em la acción ! 

Don Teodomiro callaba : conocía toda 
la oibra musical y literaria, y la había 
aiprobatíó desde hacía tiempo. Berta se 
mostraba radiante de júbilo, porque había 
hallado el resumen hecho por Joaquín, 'su- 






1^' -ijgfll 



.-■ r , i 



507 

mámente brillante y hermoso. Sólo Bece- 
rril baüaniceaiba la cabeza con aire poco sa- 
tisfeciho. Berta, que sorprendió sus movi- 
■ mientos, 'le interrogó á quemarropa: 

— ¿Qué ti'eme usited qué decir, señor? 
-^r Sea usted franco. 

-^^Señora, repuso ■&[ periodista con voz 
mailífula, usted perdone; pero, ya qufe me 
lo pregunta, debo declarar que el argu- 
mento, tal como va hasta ahora, me pare- 
ce malo, no por falta d'e interés, que -si lo 
tíiene, sino por falso. 

— ^¿De veras? exclamó Joaquín immiuta- 
bJe. 

— ^Sí, prosiguió don Valen te ; no se com- 
padece con la historia. 

Berta, un sí es no es picada, salió lue- 
go á la palestra en defensa de su esposo. 
^ — Usted no pued'e rtegar, dijo, que Her- 
nán Cortés haya, existido. 

— 'Por suipuiesto, repuso Becerril ;son- 
r ríenido benévolaimente, ni que haya exis- 
tido doña Marina, ni que se hayan dado 
varias batallas á orillas del Gríjalva; lo 
' único que objeto es que Cortés no cono- 
ció á la Malinche entonces, sino después j 
ni comenzó á tener amores con ella en 
aquel lugar, sino en Veracruz, cuando se 
la cedió Portocarrero, qu'e fué su duteño 
primitivo. 

— ^Aguardaba la objeción y tomo nota 
óe ella, retpuso Joaquín tranquila'mente. 
Ya trataremos de eso más adelante; mas 



>ÍV' 



por ahora, si á ustedes les parece, conti- 
nuaré expbnierrdo el argumento. 

Las caibezas se indinaron en señal de 
aiproibación, y siguió hablanido Sandoval: 
— El segundo acto, dijo, pasa en Méxi- 
co, en d Palacio de Axayacatl. El íoro 
reip,reiseín,ta un gran patio rodeado de «na- 
dzas construcciones, en uno ide cuyos 
' ángulos se destaca una pliatafoirma alta, 
. coimo torre, á la cual se sube por una gra- 
dería. Aparecen en escena Cortés y Al- 
varado, en momentos en que el iprim'ero 
reprenlde al s'egundo i>or los asesinatos 
. ^ de los nobles mejicanos realizaldos en el 

^^p- templo, el cual ha causado lel levantamiem- 
to de la población; el segundo se d'efien- 
de, sosteniendo que los nobles aztecas* 
fra^aban un levantamiento, y que los ex- 
terminó para evitar una traidora soinpre- 
sa. Mientras hablaba, se oye un rumSr 
sordo é imponente causado por la multi- 
«j¿ , tud de guerreiros que sitian el palacio. 
' < De tiempo en tiempo caen flechas y gui- 
jarros en el recinto. Preséntase doña Ma- 
rina y avisa á Cortés que los mejicanos 
han prenkiidb fuego á una parte del edi- 
ficio y están haciendo gran eotrago con 
'^^í sus p^royectiks en el ejército de los tlaxcal- 

Av^? tecas. Álvarado se muestra despreciativo; 

pero Cortés da suma importancia á la no- 
!¿. t'cia y recuerda que hace poco intentó 

||^' ' ^ inútilmente desbaridar á los asaltant^es, 
'Í% - cargando sofcre ellos con sol-dados de las 



V 






. -509 - m 

tres armas. Intercpga á la IMaiiinche so- 
bre lo que <leberá hacer, y. aconséjale ésta 
se valga de ]\Ioctezuma, que se halla pri- 
sionero en aquel mismo palacio, para que 
calme los ánimos de sus subditos, y con- 
siga de elllo'S permitan á los españoles 
salir de Tenoxtitlán ski sea* hostilizados. 
CoTtés halla bueno e'l recurso, pues co- 
noce el prestigio pdlítico y religioso (lue 
el Emperador tiene sobre su pueblo, y 
da orden á un capitán, de traer á Moc- 
tezuma á su presencia. Así pasa, y él Em- 
perador se presnta á poco rcivestido con 
insignias reales y aconipañado por sus 
cortesanos. Don Hernando le intima que 
hable co'n el enfurecido pueblo }' le in- 
duzca á deponer su actitud agresiva, pa- 
ra permitirle salir de la población en com- 
pañía de su tropa. Alvarado y doña Marina 
toman parte en e*l diálogo, manifestamdo el 
primero gran menosprecio hacia los in- 
dios, y reforzando la segunda con frase per- 
suasiva, la indicación de Corté-. Moctezu- 
ma se excusa y vacila al principio, temeroso 
de las consecuencias; pero al fin, deseoso 
de complacer á Cortés, accede á sus de- 
seos y sube par la escalinata de la torre- 
cilla para' colocarse sobre el muro y ha- 
blar con los asaltantes. Tan pronto co- 
mo su figura se destaca en lo allto. se ha- 
ce el silencio en el exterior. Entonces 
eleva la voz Moctezuma con grande au- 
tOTÍdad, asegura á sus vasallos que no 

Precursores— 31 



•■-s: 



^■; 



está preso, s-ino vive en aquel lugar por su 
libre y espontánea voluntaicl, afirma ser in- 
necesaria la lucha, y exhorta á sus vasallos 
á que se retiren y dejen paso libre á ios es- 
pañoks, quienes se alejarán voluntariamen- 
te de la ciudad. Mas apenas acaba de 
hablar, estalla un rumor formidable, y 
gritos de "¡cobarda!" "¡traidor!" resuenan 
por todas partes, en tanto que una lluvia 
de flechas y piedras acribilla al Empera- 
dor. Este, herido por aquellos proyecti- 
les, rueda por la escalinata y cae muerto 
á los pies de Cortés. En medio de la 
consternación general, la IMalinche. alar- 
mada, aconseja á su amante que >alga 
con los suyos deJ palacio á toda costa. 
pues si permanece en él, será exterminado 
sin remedio. Alvarado se opone á 'la medi- 
da ; pero Cortés, después de vacilar, a^aba 
por aceptarla, aunque cayendo en hondo 
abatimiento, porque cree nublada su estre- 
lla para siempre. Doña Marina, enipero, 
levanta su ánimo, diciéndole que aquel 
contratiempo es pasajero, y que un gran 
porvenir le espera para más tarde : !y 
Cortés, recobrado el espíritu, congreiga á 
sus soldados, desenvaina el acero y da la 
orden de marcha. — ^Así conclíiye el se- 
gimdo acto. 

Hizo Joaquín una segunda pausa, y, al 
explorar con la vista el rostro de los 
oyentes, cjuedó coimplatido, hallando en 
ellos muestras de inequívoca aprobación. 



;:>'■•■ ■■ ~ ■ ,511 ' ■ 

— El tercer acto, continuó, pasa en la 
azotea de una casa de la ciudad de Mé- 
jico, desde donde vigila Cortés los úl- 
timos acontecimientos del sitio. Llegan 
Alvarado, Sandoval, Olguín y otros ca- 
pitanes á darle parte de sus triimifos : la 
ciudad está rendida, pero atestada de ca- 
dáveres y moribundos. Cortés da orden 
de que se suspendan las ho'&tLlidades y 
se ati'enda á los heridos y hambrientos. 
Aparece luego doña Marina y advierte á su 
amante que van surcando la laguna nu- 
merosas embarcaciones, en las cuales se 
escapan los principales capitanes y prín- 
cipes de la nación vencida. "Hay que im- 
pedir, le dice, la fuga de Cuauhtemoc, 
pues no habrá paz en esta tierra ni será 
posible la conquista, mientras quede suel- 
to y sin vida ese guerrero indomable." 
Con la mano le indica una canoa de for- 
ma esp'ecial que en aquellos momentos, 
'dice, se aleja por el lago, y le sugiere -la 
sospecha de que pueda ir en ella el mis- 
mo Cuauhtemoc. Cortés ordena luego á 
sus capitanes den caza á los barcos fugi- 
tivos, y muy espiecia'lmente al designado 
por doña Marina. — Salen los capitanes, 
y Cortés y su amante continúan obser- 
vando lo que pasa en la laguna, y relatan 
las peripecias de la persecución, cuyos de- 
talles no pierd-en de vista. Doña Maritia 
observa el abordaje de la canoa sospe- 
chosa ; es Olguín quien le ha dado alean- 






■V'o . • ■ 

0-' 512 ■ / 

ce. Ya trasladan á los pri'sioneTOs al ber- 
gantín español, ya se dirigen al lugar 
ocuipado por Cortés, ya se acercan, ya 
llegan. — 'Anuncia un mensajero que el 
• Emperador Cuauhtemoc }• toda su comi- 
tiva han sido capturados. Don Hernan- 
do, en el colmo del regooijo', manda sus- 
pender la recepción, mientras es adorna- 
dla la escena para recibir dignamente aíl 
prisiionero. Los soldados la tapizan d'e ro- 
jo, elevan en medio áe ella una platafor- 
ma con gradería y colocan en Ao alto un 
sillón en forma de trono, donde se sien- 
ta Cortés, teniendo á su lado y en pie, 
á doña Marina. — Entra efl Emperador 
, Cuauhtemoc con su comitiva; y el regio 
prisionero, dirigiéndose á Cortés, le dice: 
"atraviésame el corazón con tu puñal, ya 
que no he saibido defenider mi caspitail y 
mi trono." Cortés baja la grádeiría, elo- 
gia el valor de Cuaubtemoc y hace obje- 
to de sus atencionels á la esposa del Em- 

í. perador, á la joven y hermoisísima Tecui- 
po, hija de Moctezuma. — El cortejo se 
retira y sigue un dúo entre Cortés y doña 
Marina, en el cual- «ensialza ésta la gran- 
deza del triuijfo alcanzadio, y dice á su 

;i amante que. después de 'haber sido la 

•r- emipresa coronada por eil éxito, la misión 
de ella está concluida. Cortés k exipresa 

' su amor con palabras sentidas, y la estre- 
cha en brazos diciéndole que á ela debe 
■ sus triunfos. Doña Marina responde que 



s-. 



■\ 513 ■■ -M'i^r 

son obra de Dios y que la unión de él y : 
d€ ella carece ya de objeto. Diciendo es- 
to, intenta huir; Cortés la detiene y ki- , 
chan, pero ella logra desprenderse de los , 
-brazos de su amante, y, corriendo hacia 
la barda de la azotea, se arroja en La la- 
guna. Cortés 'llega tarde para sa/lvarla, 
y llora amargamente su fin trágico ; pero 
sus lamentos son ahogados por el coro 
de regocijo' que entona á corta distancia 
el ejército victorioso .... Aquí concluye , 
el Libreto, dijo Joaquín, después de una 
pausa ; eso es todo. 

Y guardó süLencio para oír la opinión 
de los circunstantes. 

— ^Por mi parte, cíamó Torrentera, lo 
apruebo de 'la cruz á la fecha. Comprende 
una sucesión de cuadros interesantes, de 
los cuales puedie sacarse gran partido. 

— Me adhiero á la opinión de don Pom- 
poso, agregó don Ángel con sonrisa com- 
placiente. 

— ^Poír lo que hace á mí, terció don Va- 
lente, pidiendo antes perdón á Berta con 
la mirada, tengo lia pena de ins-istír en lo 
dicho ; la composición no es mala como 
obra de imaginación ; pero contiene gran- 
des inexiactitudes .... Voy á enum^era-r 
algunas más de lats dichas : dbña Marina 
no aconsejó á Cortés la retirada de la 
Nodhe Triste, ni le sugirió la idea de va- 
1er se de Moctezuma para apaciguar á los 
mejicanos y salir del palacio de Axaya- 






514 '. ' 

catl. ^Moctezuma no cayó muerto de !a 
barda, desipné.-^ de arengar al pueblo, sino 
que su'cuml)ió después, ya sea de sus he- 
ridas ó rematado por los españoles. Doña 
Marina no llamó la atención de' Cortés 
haciía las canoas fugitivas, después de la 
toma de I^Iéjico. ni le indicó la que lleva- 
ba á Cuauhtemoc y á su corte. Por úl- 
timo, la Malinche no s€ ahogó en el la- 
go de Texco<:o, sino continuó viviendo 
muchos añO'S, murió después de Cortés 
y casó con el Capitán don Juan Jaramillo. 

— Tiene usted Tazón en todo eso, señor 
Becerril, repiuso Sandoval : pero algo pue- 
do decir en defensa de mi fábula. 

— Véamoslo. repuso di periodista. 

— Bsito sencillamente : que he hecho un 
libretO' y no una disertación históriica. 

— ¡ Concluyente ! exclamó don Teodo- 
miro. que hasta entonces no había arti- 
culado palaibra. 

— ^Xo tanto, insistió don Avalente algo 
moTtificado, pues las inexactitudes pasan 
de casitaño oscuro. ' • 

— No pasan, señor mío, continuó Gó- 
mez y Pérez tomando por suya la cues- 
tión. ¿Qué libreto conoce usted estricta- 
m'e>nte ceñido á la verdad histórica, ó si- 
quiera ala verosimilitud? En "Rigoletto." 
el libretista Piave. hace que Fr-ancisco I, 
bajo el nombre de Duque de Mantua, des- 
honre á la hija del bufón Triboulet, lo que 
no pasó nunca. En "Ruy Blas," el libre- 



515 .. •■•:-^- 



>■?*.;' 



tista OrmevilUe convierte á la esposa de 
Carlos II, rey de España, en la amante 
de im lacayo, y á éste en un genio supe- 
rior al de Jiménez de Cisneros ; ilo que es 
simplemiente ridiculo. En "Lucrecia Bor- 
gia"" el 'libretista Felice Romani hace de 
la protagonista una envenenadora que 
mata á su propio hijo, lo cual es una mons- 
truosidad y una mentira. 

E! maestro se detuvo de pronto y fijó 
lo'S ojos en lel periodista, agualdando res- 
puesta ; pero como éste callaise. continuó 
diciendo : 

— Vamos, mi señor don \'aliente, ¿halla 
usted más gordas las inextctitudes del li- 
breto de "Doña Marina" que lias d*e "Ri- 
gokto," "Ruy Blas'' y "Lucrecia Bor- 
gia?"' Si le place, continuaremos anali- 
zando algunos otros, como 'los de "Hu- 
gonotes," "La Africana," "El Profeta" y 
cuantos u®ted guste y mamde. 

— Xo hay para qué, repuso Becerríl 
de>abrido y desconcertaido ; pero ¿autori- 
za todo eso a'l señor Sandovall para des- 
figurar la verdad? r- -; >:' ; .NSS;- 

— Indudablemente, repuso don Teodo- 
miro, pues, en las óperas, no tiene más ob- 
jeto el argumento, que servir de engar- 
ce á los trozos musicailes. 

— Así lo entiendo yo también, agregó 
Joaquín, y aun así lo dicen los libros. Mas, 
aparte de eso, merece la indulgencia mi 
argumento, porque aun cuando s«a inexac- 



5i6 

to en lo que se refiere á la materialidad 
de los hechos, no lo es en cuanto al espí- 
ritu de la historia. Toido^ saben que doñ^ 
Marina fué para Cortés, duran-te :1a con- 
quista, consejera hábil y de precio incal- 
culable en todas ocasiones. Ai hacerla 
figurar sugiriendo al conquistador ideas 
salvadoras en casos oriticos, he dado á 
su carácter el significado que le corres- 
ponde. 

— Eso no lo niego, reipuso don \'alen- 
te intlinándose con dirección á Berta. Lo 
único que hallo un poco exagerado, es lo 
de hacer morir á la Malinclie en los mo'- 
nientos mismos de la toma de México. 

— Esa parte es la menos vulnerable del 
libreto, repllicó don Teodomiro, pues sa- 
bidísimo es que, después de la toma de la 
plaza, cayó doña Marina en una oscuri- 
dad absotluta. Si casó co,n el Capitán Ja- 
ramillo y aun .sobrevivió á don Hernando, 
como se dice, es incuestionable que. ter- 
minada la Conquista, quedó muerta para 
la historia. La "ficeón" del libreto expre- 
sa bien ese "conecto ;" no me negará us- 
ted que pocos saben lo que fué de la Ma- 
linche después de esa fecha. 

Iba á replicar Beoerril ; pero no se atre- 
vió al fin, al observar que Berta le mi- 
raba con patente mal humor, y que el 
concurso le era desfavorable. Así que. rin- 
diendo las armas, concluyó : 

— Estoy convencido ; ustedes han estu- 



517 -'-^ ■■■'$ 

diado bien el punto, mientras á mí me 
coge de nuevo. No he hecho más que de- 
cir lo primero que se me ha ocurrido, y to- 
do con buena intención : ustedes perdonen. 

— ¿Queda, pues, aprobado el argumen- 
to? preguntó Joaquín. 

— Aprobado, repusieron todos en coro. 



II 



Un gran proyecto 

— En tal caso, prosiguió Sandoval, voy 
á dar á conocer á ustedes un poco de la 
música. 

Diciendo así, sentóse a! piano, y Berta 
se puso en pie jiunto á él para cantar. 

— ^Un momento, interrumpió Torrente- 
ra; antes de comenzar la audición, de- 
searía tener alguna idea diel carácter ge- 
deral de la obra. 

— ¿Qué d'esea usted sa'ber? preguntó 
Joaquín. 

— ¿Ha introducido usted en ella la po- 
lifonía, ó conserva los procedimientos de 
la música italiana? ¿Da lugar prominen- 
te á la orquesta, ó la trata como simple 
y secundario acomipañante deí canto? 

-zUe introducidb la polifonía, repuso 
Sandoval con sencillez. 



5i8 ■ ■' ■ ^' ■■ 

— ¿Y ha cerrado usted la puerta al "bel 
canto?" interrogó don Ángel escandali- 
zado. 

— ^Nó, intervino Berta; pues en tal ca- 
so, no me hubiera dejado lugar para to- 
mar parte en ella. Xo soy soprano dramá- 
tica. 

— 'Esa- razón, señora mía, salto Becerril' 
sonriendo, podrá ser buena desde el pun- 
to de vista amoroso. 

— Aun sin eso, prosiguió la joven, Joa- 
quín nunca hubiese suprimido las arias, 
porque en ellas se lucen las buenas voces 
y la buena vocalización. 

— Pero, replicó Becerril, hay que tomar 
algún partido : ó el de la escuela de Wag- 
ner, donde no hay más que dramiatismo, 
ó la del ''bel canto," donde no hay más 
que floreo y gorgoritos. 

— Yo estoy por el ''bel canto." mani- 
festó-Blanco con decisión. ¿Que puede 
haber más hermoso que "Lucía," "Nor- 
ma," "Lucrecia" y "El Barbero," inter- 
pretadas por la voz de las inspiradas pri- 
mas donnas, de las estrellas espléndidas 
del arte? 

— 'Piensa usted así, amigo Blanco, re- 
plicó Torrentera, porque en las óperas 
de ese estilo, hay vasto campo para que 
se luzca la flauta, acomipañando á las can- 
tantes en sus difíciles moidulaciones y jue- 
gos de garganta ; lo que no pasa en las 
óperas polifónicas. • : , 






519 

— No debo negar, repuso don Ángel, 
que me duele ver relegado á término se- 
cundario el instrumento que toco, que es 
el más noble y antiguo de todos, el pri- 
-mero, tal vez, que .;onó en el mundo, el 
que fué honrado en Grecia y Roma, y 
acompañó en las remotas edades, las ce- 
remonias religiosas, las dícclamaciones 
trágicas y hasta los discursos de los ora- 
odre?. Gozo infinitamente cuando, en me- 
dio ele la sumisión d'e la orquesta, voy 
acompañando con mi pequeño y sonoro 
instrumento, la voz argentina de las so- 
pranos, cuyas dulces y vibrantes notas 
procuro secundar y subrayar con mi eje- 
cuci'^n. 'Me absorbe á tal punto, en esos 
caso-, la dulce tarea, que no sé ,si me ha- 
llo en cielo ó en tierra.. Por eso no me 
explico que la "escuela del porvenir" se 
eni'peñe en suprimir esas sublimes mani- 
festaciones del arte, que tanto elevan el 
espíritu y son tan del agrado de todos. . . 
¿ Quién ha compuesto caaitos más dul- 
ces, inspirados ni sentidos que Bellini, 
Donizzetti y Rossiini? La música sabia 
jamás logrará sobrepujar ni igualar si- 
quiera las deliciosas concepciones de esos 
m? e-tros. • ';■ 

— Conocida es la constante oposición 
en que don Ángel y yo andamos sobre 
ese tema, repuso Torrentera dirigién- 
dose cortesmente al concurso. Yo sos- 
tengo y sostendré siempre, que la voz 



^- 



'i 

,,.%" ■ 520 

-ly humana no debe ser más que la de uno 
■y de tantos instrumentos de la orquesta, ya 

'; iV que es necesario admitirla «n la ópera; 
■'^:. aunque, considerada por su timbre y al' 
vjS;^^ canee, es de naturaleza inferior á casi to- 
. :5 • dos los otros instrumentos. 
' Vientos tempestuosos empezaron á so- 

plar en aquel punto en el saloncito. Don 
• Pomposo estaba en carácter lanzando 
grandes palabras y altisimas voces ; pe- 
ro €l mansísimo don Ángel se salía de 
su tono defendiendo su tesis con inusi- 
tada energía. El hecho no era raro ni 
nuevo, pu€s la dulcísima músiica ha sido 
••■; , ahora y siempre causa de grandes distur- 
'.:V: bios en el mundo. Apolo y Mercurio lu- 
charon encarnizadamente por el predo- 
minio de la lira de tres ó siete cuerdas. 
. "Nunca cambia el estilo musical, decía 

Platón, sin que sufran alteración los prin- 
cipios del Estado." Se necesitaría la mu- 
,; sa del poeta Ferécrates, detractor de las 
.'■ novedades introducidas en • Grecia por 
Melamípedes, Cinesias y Frimis, para na- 
rrar con exactitud el tremendb debate 
suscitado entre Blanco y Torrentera. 
Para cortar la dis>cusión, que amena- 
"' zaba no acabar nunca, intervino Berta: 
— \¿Me ipermiten usteides? 'preguuitó 
suavemente. 

— ^Sí, por supuesto, repusieron cortes- 
mente los oradores, . \' 
— .Soy ignoram.te en cosas técnicas, pro- 






siguió la joven; pero, á mi juicio, no hay 
instiumento capaz de traducir los senti- 
mientos del corazón tan fielmente como 
la voz humana. La música no se ha he- 
cho para oídos distintos de los del hom- 
bre. Los amantes del arte y las personas 
sensibles, preferirán siempre á cualquier 
otra, la música y la ejecución que más 
los conmuevan. Por más perfeccionados 
que supongamos los instrum'cntos 'musi- 
cales, y por más brillan t^^ que sea la ejecu- 
ción de quien los toque, jamás podrán 
aquéllos, ya sean 'de viento, cuerda ó ar»- 
co, igualar el acento humano en la ex- 
presión de las emocion'es. 

— Permítame usted felicitarla, señora mía. 
dijo adulatoriamente Becerril, dirigiéndo- 
se á la joven; lo que acaba usted de de- 
cir es toda una teoría de arte, y se basa 
en muy sólidos fundamentos. Se conoce 
tiene usted, además de garganta }• be- 
lleza, buen talento y discurso. . . . 

Berta no se dignó siiquiera volver el 
rostro para darle las gracias, 

— Sólo que esa teoría, insistió Torren- 
tera, pod'ría l'levarnos muy lejos: hasta 
la fa'lsediad de la escuda del ¡siglo XVIII, 
hasta los caprichos de las sopranos de 
principios de este siglo, hasta la tiranía 
.de los virtuosos, que obligaban á los com- 
positores á producir música de arabes- 
cos y fioriture, destinada exclusivamen- 
te al lucimiento de sus voces. 



.^1 



522 - -I - ~ 

— Sin embargo, don Pom-poso, objetó 
Berta, fíjese usted en que en esos tiempos 
florecieron la Malibrán, la Pasta, la Son- 
taig, la Mainvielle-Fodor y la Persiani, 
de quien se dice que era la vocalización 
misma hecha mujer.... 

— Y Rubini, Laiblaohe, Tamburini y los 
dos Ronconi, nunca igualados por teño- 
fí^^ res, barítonos ó bajos de tiempos poste- 
riores, agregó Blanco. 

— Es verdad, fepuso Torrentera ; pero 
si á eso nos atenemos, podríamos retro- 
ceder hasta la época de los hombres-mu- 
»., jeres, sujetar la ópera á los caprichos 
ív- de algún Caffarello, y apelar de nuevo á 
¿;í¿. los medios salvajes que produjeron á Fe- 
;.: rri, Canessino y Cresoentini. I 

— 'Eso no lo puede responder, murmu- 
ró Berta enfadadla, porque no lo entien- 
.:/ . do 

■V — ¡Crímenes, infamias del papado ! ex- 

clamó Becerril. J' \"' 

;.. — ^Dirá usted de la "calúnea," protes- 

tó don Teodomáro con indignación. 

— Serán de la historia en todo caso, 
afirmó don Valente amostazado ; sabido 
es que en la Capilla Sixtina no podían en- 
trar las mujeres, y cantaban hombre- pre- 
parados poT la cirugía para adquirir acen- 
; • to femenino. 

— ^Vulgaridades, replicó don Teodomi- 
ro con inmenso desprecio. Varios Pontí- 
fices, y entre otros Juan XXIII, no sólo 



reprobaron que los hombres cantasen con 
voz atiplada, sino declararon ser necesa- 
rio que lo hiciesen con acento varonil. 
Clemente XIV llegó hasta permitir que 
las mujeres cantasen en el temiplo, con 
tal d'e lanzar de ahi á los ridículos sopra- 
nos, 

Becernl iba á responder, cuaindí> Berta 
le cortó la palabra. - ; -''v >'4*ií 

— No entiendo, volvió á decir, lo que 
acaba de expresar el señor (aludiendo al 
periodista), ni me agrada oír hablar de ese 

modo de los Sumos Pntíficés Por 

otra parte, no he querido sostener que 
el canto humano deba ser el único en la 
ópera; sino sólo que, cuando es buena 
3a voz y está bien amaestrada, produce 
mayor deleite y emoción en el audátOirio, 
que el violín, el clarinete ó cualquier otro 
instrumento, por lo cual merece algún 
privilegio en la polifonía. 

Don Valente esquivó toda discusión 
con Berta; pero aun continuó el debate 
entre Blanco y Torrentera, porque am- 
bos eran testarudos ; y hubiérase prolon- 
gado por tiempo indefinido, á no haber 
exclamado Joaquín: - o X# 

— ^Señores, mi partitura no día motivo 
para tantos comentarios, pues mi método 
todo lo conciJia. Acepto la polifonía y el 
"bel canto" ..... Soy ecléctico y no siste- 
mático. La mayor parte de mi obra es po- 
lifónica; pero en algunos pasajes, doy 



. ■%■- 



á la voz humana el primer papel, para que 
luzca sus excelencias. I 

— ^¡ Debilidad ! exclamó Tarrentera, per- 
mítame que se lo diga. 

• V — 'Cálculo, don- Pomposo, replicó Joa- 

quín serenamente ; todo lo he pensado 
*' con madurez. . ^ 

— ¿No habrá lesultado falta de homo- 
.genieidad de esa miezcla? preguntó Be- 
cerril. 
>■'< — Ustedes mismos lo dirán, contestó 

el interpelaido. 

— ¿Está ya instrumentada la ópera? in- 
' qtiirió Torrentera. 

— iCon auxilio de vecinos, repuso Joa- 
quín : mi maestro (aludiendo á don Teo- 
domiro) me ha hecho el favor de ayudar- 

* . me para ello. 

— 'La base de la orquesta debe estar 
en los violines, observó sentenciosamen- 
te el periodista. I - 
— Así es, contestó Gómez y Pérez con 
1: friaildaid. 

:' Anduvieron de maño en mano los pa- 
peles de la partitura. Torrentera y Blan- 
-r co los examinaron con atención de co- 
nocedores, y hacían señales de aprobación 
^ al recorrer rápidamente sus páginas. Be- 
-cerril los examinó también, aunque no 
. '■ entendía jota de lo que significaban aque- 
i'^'k- lias rayas horizontales, aquellas notas cir- 
culares ó en forma de vírgula, y tantab. 
ügiiras y notaciones curvas, rectas, que- 



■ ;;in,:v^,, ■■:■_:■ 



■ 525 r ^ :e 

bradas y angulosas. En seguida comen- 
zó la audición. Don Teodomiro sacó de 
la caja el Stradivarius, Torrentera tomó 
el violon'cello y Blanco la flauta ; y los 
tres se aproximaron al piano. Asi se nv- 
provisó un cuarteto de verdaderos pro- 
fesores. 

Joaquín dio á conocer prnneramente ¡a 
brillante y magnífica obertura, en la cual, 
en miedlo de una constante riqueza de 
temas y armonías, se oía la voz lejana 
de la Malinche (Berta), preludiando el 
despertar de la Virgen América. 

— ¡ Magistral ! exclamó don Teodomiro 
satisfecho al concluir aquella parte, sa- 
cando el violín de debajo de la barba. We- 
ber mismo no se desdeñaría de firmar es- 
ta obertura. ' A 

— ¿Tanto así? preguntó Becernl. 
-•Como usted lo oye ; sin "esagera- 
ceóii" de ninguna especie, repuso don 
Teodomiro con aplomo. : 

Don Valente, á quien no complacían los 
trluntos de Joaquín, se contentó con en- 
cogerse (de hombros, habiendo tenido la 
desgracia de ser sorprendido por los ojos 
de Berta en aquel flagrante delito. Des- 
pués de la obertura, siguió la* ejecución 
de otras partes de la ópera (arias de so- 
prano y dúos principalmente), en las cua- 
jes Joaquín hacía de tenor "sotto voce." 
También fueron desflorados unos cuantos 
tercetos, en los que don Teodomiro tala- 

PRICURSORBB— 34 



526 

reaba las partes del barítono ó del ba- 
jo con voz cascada y débil, pero bien afi- 
nada. I 

— ^¡ Bravo ! ¡ bravísimo ! gritaba entu- 
siasVnado Torrentera, haciendo' zumbar el 
arco sobre las conmovidas cuerdas del 
violoncello. 

— i Sublime ! suspiraiba don Ángel con 
,ojos escorzados y lacrimosos, al separar 
la liauta de los contraídos labios. 

— ^¡ Bien, Berta! ¡Canta usted como un 
ángel ! clamaba Becerril con adulador en- 
tusiasmo. I : r 

Así continuó la sesión, en medio de un 
torrente de notas y una casacada de ar- 
monías, hasta que, dada la media noche, 
fué preciso suspenderla, en consideración 
á las ocupaciones del siguiente día, pues 
todos los presentes vivían de su trabajo, 
f tenían que levantarse temprano. Gómez 
y Pérez, Torrentera y I^danco declara- 
ron para concluir, que la composición 
era inspiradísima y de una factura acaba- 
da : que hacía honor á iFópoli, al Estado 
y á la República, y que estaba destinada á 
abrir nuevos horizontes al arte nacional. 
Maravilláronse, además, de que Joaquín hu- 
biese sabido aliar tan hábilmente en ella, 
la escuela wagneriana con la del "bel 
canto.'' Mientras se charlaba y se refres- 
caban las frentes afdorosas, la dueña de 
la casa, radiante de alegría, sirvió con sus 
blancas y perfiladas manos, té caliente en 



■.■*>)•" 



' ■ ■ ■ 527 . /:; 

tacitas de porcelania, tomándolas una á una, 
de reluciente bandeja que trajo del come- 
dor. Al lado d'el brillante servicio, figura- 
ba 'él (frasco de coñac, metido en guarni- 
ción "cbristofle ;'" el qual néctar fué tam- 
bién escanciado en diáfanas copitas, para 
deleite de aquel Olimpo de futuros in- 
mortales. 

— 'Conocida la música, dijo Joaquín en- 
jugándose la frente con el pañuelo, y su- 
puesto que ha sido aproibada, voy ahora 
á comunicar á ustedes un extravagante y 
loco proyecto que Berta y yo traemos 
entre manos. ¡ Poner la obra en escena ! 

— ¡ En este rincón del mundo ! vocife- 
ró Becerril abismado. 

— ^Sí, señor, repuso Sandoval; locura si 
usted quiere, pero tal es nuestra idea. 

Berta, nerviosa y tímida, escudriñaba 
los rostros de los circunstantes, como ni- 
ño que implora una concesión. 

— A decir verdad, saltó Torrentera, 
juzgo difícil la realización del proyecto* 

— ¡Ojailá no lo fuera! suspiró Blanco. 

— Yo no lo veo difícil, repuso don Va- 
lente, sino imposible. , 

— ¡Cómo imposible! terció don Teodo- 
miro indignado. ¿Por qué ha de serlo? 

— 'Porque Fópoli no está más adelanta- 
da que la capital de la República, y ni aun 
en Méjico mismo se ha representado has- 
ta hoy una ópera nacional. . . 



528 ■ 

— 'Eso no es verdad, replicó don Teo- 
domiro. 

— iSí lo es, insistió Becerril. I -' 

— iNo está usted bien informado, conti- 
nuó Gómez y Pérez desdeñosaimente. 

El peiiodista movió la soberbia cabeza 
en forma de duda. 

— 'Varias son las óperas mejicanas que 
á la fecha se han cantado ya en la Metró- 
poli, pl-osiguió el anciano. Desde luego 
tenemos á "Ildegondo," del inspirado 
maestro Melesio Morales, la cual se es- 
trenó en 1866; á esa obra siguió "Gino 
Corsini," del mrsmo' autor, que acaba de 
ser cantada por nuestra diva Angela Pe- 
ralta. 

—¿Y qué tal? ¿Cómo fueron recibido?, 
por el público esos engendros? preguntó 
el periodista procurando salirse por la 
tangente. 

— ^^Con gran entusiasmo, contestó don 
Teodomiro ; tanto que el autor fué no so- 
la aplaudido y ovacionado por el público, 
sino enviado, después á Europa por uno 
de sus admiradores, en premio á sus 
triunfos. 

— ^Esas obras deben ser buenas para 
aquí, pero muy medianas ó deficientes pa- 
ra otras partes, observó Becerril con mar- 
cado desiprecio. 

— Todo lo contrario, continuó don Teo- 
domiro, pues "Ildegonda" fué cantada en 
el teatro Pagliano de • Florencia, é inter- 



.529 

Ipretada por artistas de primera fuerza; y.. 
aquel público refinado la acogió con nu- 
tridas salvas de aplausos. Los críticos de 
Arte, adternás, le tributaron calurosos elo- 
gios. ' 

— ¡ Está usted de buen humor esta no- 
che ! exclamó don Valente riendo de bue- , 
na gana, 

— No lo crea ; sólo defiendo los fueros 
de la verdad, replicó el anciano. ;•: 

— Pues parece broma. -í 

— tPero no lo es, sino cosa seria. 

— 'En tal caso, dijo Becerril, no hay que 
hablar más de ello ; debe ser como usted 
lo dice. Con todo, insisto en la imposibi- 
lidad de dar á la escena en Fóipoli, no di- 
gamos "Doña Marina," sino cualquier 
óipera. 

— 'Usted tendrá sus razones. ■ ■ 

— 'Por de contado, y voy á expresarlas. 
No contamos con cantantes de primera 
fuerza para los papeles principales, ni 
con suficiente personal para los coros. 

— iComo tenor, pudiéramos echar mano 
de Arcadio Ménd'ez, cantor de la Cate- 
dral, murmuró Joaquín. 

— Supongámoslo ¿y para los otros pa- 
peles? insistió don Valente. 

Los presentes se miraron perplejos los 
unos á los otros. En vano recordaron 
nombres y analizaron voces y méritos^ 
pues acabaron por reconocer que, en 
eifecto, no había suficiente número de eje- 



.'■ 'i!^^ 



■.:H-'^ 






530 

cutantes en Fópoli para llenar aquella 



exigiencia* 



-Tiene usted razón, señor "pereodis- 
ta," dijo don Teodomiro con amargura; 
no tenemos gente á quien apelar. 

— 'No es eso todo, prosiguió don Va- 
lente ; la empresa sería mucho más costo- 
sa de lo que parece, porque reclamaría 
decoraciones, attrezzo y sueldos, qu€ im- 
portarían un dineral. | ■' 

La observación obligó al grupo á con- 
siderar la cuestión bíijo aquel nuevo as- '■ 
pecto, y resultó más intrincada y difícil • 
todavía que bajo- cualquier otro. Era sor- . 
préndente cómo don Teodomiro, á pesar 
de su exiperiencia, no había parado mien- 
tes en aquel obstáculo tan saliente y de 
bulto; de Joaquín no había que extrañar- 
lo, dados sus pocos años. Estaba á la vis- 
ta que ambos eran un par de candidos, . 
sin pizca de malicia ni barruntos de "mun- 
dología ;" un ciego conduciendo á otro ' 
ciego. 

— ^Desgraciadamente, cancluyó Gómez 
y Pérez dirigiéndose á don Valente, tiene 
usted razón tamibién ahora. Hubiera sido 
la cosa más sencilla del mundo hacer es- 
tas reflexiones desde el principio; pero 
Joaquín no tiene de ello la -culpa, sino yo, 
que le sugerí idea tan descabeHada. Y es : 
que todo lo veo con los ojos de la "esal- , 
taceón" y al través de mi "caráter" vol- 
cánico. 



53r , 

— ¡ Ya había yo sospechado eso ! mur- 
muró Becerril por lo bajo burlonamente 

El noble viejo fingió no oírle, y siguió 
diciendo : 

• — ^Cruzamos un "pereódo" de "transi- 
ceón" muy triste para el arte, y los que le 
amamos de corazón y vivimos de él, sen- 
timos que nos "asfiseamos" en esta "ad- 
mósfera." Nadie nos comprende ni nos 
tiende la mano. 

— (Eso no, saltó don Valente. ¡ Eso de 
no comprender á ustedes!.... 

— Me refiero á la sociedad en general, 
y no á casos particulares, continuó don 
Teodomiro. Sobre todo, señor, me quejo 
(le la falta de "profeceón" en que gime el 
arte entre nosotros. Y hay que desenga- * 
fiarnos : el arte para florecer necesita la 
ayuda de los poderosos : Papas, Obispos. 
Emperadores, Reyes ó simples "mana- 
tes." Así ha sido siempre. Los reyes de 
Asiría y "Egito" le asociaban á sus cere- 
monias ; en Grecia "incspiró" el pean sa- 
grado del sacerdocio. 

— i Llaneza, llaneza, muchacho ! vocife- 
ró riendo el periodista ; no se encumbre 
usted tanto. 

Pero don Teodomiro, que se enajena- 
ba y salía fuera de sí cuando de música se 
hablaba, se contentó con lanzar una mi- 
rada olímpica á Becerril, y continuó di- 
ciendo: 

— ^Sí, el divino arte ha necesitado para 






532 

florecer, sostén y aliento de los podero- 
sos ; sin ellos, no hubiera salido nunca de 
la infancia. En Roma, fué honrado y cul- 
tivado por emperadores y patricios : Sila 
cantaba. Pisón taííía la citara. Nerón era • 
citarista y cantor, Heliogfábalo y Alejan- 
dro Severo, organistas y ^rompetistas. 
Los Sumos Pontífices le dieron asilo en ;■ 
sus palacios y basilicas ; Carlos "Alano" ío 
cultivó con deleite; los bárbaros lo vie- ' 
ron coin amor; el rey de Chipre ciñó con - 
corona de laurel la cabeza de Landino ei 
Ciego. 

Gómez y Pérez, dominado por su pa- 
sión favorita, hablaba como enajenado, y 
amontonaba datos y noticias al acaso y en 
gran profusión. | 

— Está usted hablando de cosas muy 
antig-uas, interrumpió Becerril "con sorna. - 
Ahora los músicos corren su suerte, sin 
aipelar á la Iglesia ni al Gobierno. 

La interrupción sirvió sólo para espo- 
lear la* verbosidad de don Teodomiro. 
Sacudió éste la cabeza, y extendiendo la 
mano hacia su contradictor, continuó di- ■ 
ciendo : 

— iDebemos ver las cosas desde su ori- 
gen. 

— No divaguemos, replicó don \ alenté. 
Hablemos solamente de la ópera y deje- 
mos aparte á asirios. egipcios, griegos y " 
romanos. 

— Sea como usted lo (|uiere, señor "pe- 



533 ^ 

reodista," repuso el maestro .Hablemos, 
pues, sólo de la ópera. 

Guardó silencio breve espacio y á po- 
co siguió diciendo con gran énfasis : 

— Hace tres siglos, todas las ciudades 
italianas tenían círculos literarios ó artís- 
ticos protegidos por grandes señores, co- 
mo los Médicis y los duques de Mantua y 
de Ferrara. El conde de ^^ernio, que era 
florentino, reunió en su torno y alentó 
con su ayuda, por aquella época, á la plé- 
yade de poetas, músicos y cantantes que 
crearon la ópera, y entre otros á Galileo, 
Rinuccini, Mai, la familia Caccini y algu- 
nos otros beneméritos del arte. De ese 
grupo salió la música recitativa, precur- 
sora de la ópera. En las bodas del Gran 
Duque Fernando de Toscana con Cristi- 
na de Lorena, representaron aquellos ar- 
tistas, cinco intermedios que fueron muy 
aplaudidos ; pero el acontecimiento magno 
tuvo lugar en el matrimonio de Enricjue IV 
con Miaría de Aíédicis, cuando se repre- 
sentó en el "Paláceo" Pitti, la fábula de 
Peri y Caccini llamada "'Eurídice." Po- 
co tiempo después se estrenó en Mantua 
el "Orfeo" de Monteverde. para celebrar 
las bodas de Francisco de Gonzaga con 
Margarita de Sa!bv>ya. l^na y otra obras 
fueron co/mo bo'sqiuejo de verdaderas 
('uperas. P)ajo tales auspicios nació esta 
gran "creaceón," la cual, durante largos 
años, fué oída sólo en los "p^laceos," y 



^m- 



534 

á expensas de regios Mecenas. La Repú- 
1>Iica de Venecia la llamó á su seno poco 
después, de una manera oficial, y subven- 
cionó también espléndidamente á las com- 
pañías. Ahí fué donde, bien entrado ya el 
siglo XVII, se abrió al público en gene- 
ral, por primera vez, ese "espetáculo." To- 
davía hoy el rey Luis II de Baviera pro- 
tege á Ricardo Wagner para que desarro- 
lle su ^enio, y "concstruye" para sus ópe- 
ras el teatro de Beireuth. 

Gómez y Pérez se interrumpió, un tan- 
to Ifatigado por lo largo del discurso y 
las altas voces en que lo había pronuncia- 
do. Don Valen te se aprovechó de la pausa. 

— Todo eso está muy bueno, repuso ; 
pero noto que venimos á quedar siempre 
en 'lo mismo. La ópera del señor Sando- 
val no podrá representarse, porque no 
contamos con la protección de los reyes 
de Babilonia y Tebas, ó bien con la de los 
Césares, Papas y príncipes. I 

— Lo «que se desprende de mi ''demos- 
traceón," replicó don Teodomiro, es que 
el gobierno del Estado debería subven- 
cionar á Joaquín para el estreno de su 
ópera. _ I 

— El presupuesto no tiene partida para 
esos gastos, objetó con frialdad don Va- 
lente. 

— He ahí el error, declaró don Teodo- 
miro con gravedad ; pues ¿ quién duda que 
sería buen negocio para el ''páis." el fo- 



; . • 535 ■ : j;: 

mentó de las "escelentes disposiceónes-" 
' de los mejicanos para el arte? Méjico p'>- 
dria convertirse en la "itálea" de las Amé- 
ricas con sólo que lo quisiesen nuestros 
gobiernos; de aquí saldrían cantantes é 
"incstrumentistas" de primera fuerza pa- 
ra todo el continente, y tal vez hasta pa- 
ra la misma Europa, 

— 'Como quiera que sea, la verdad es 
que carecemos de elementos para poner 
en escena obras nacionales. 

— Sobre eso no hay "cuesteón," repu- 
so, don Teodomiro ; tengo la suficiente 
franqueza para reconocerlo. 

— En tal caso, terminó don VaJente con 
petulancia, bien podemos dar á nuestra 
conversación el título puesto por Shakes- 
peare á una de sus comedias: "Mucho 
ruido para nada." •*" Á 

Don^Teodomiro se contentó con enco- 
gerse de hombros. 

Hubo un momento de silencio ; Berta 
lo interrumpió diciendo: 

— i Qué tristeza, Joaquín, (^ue no pue- 
da ser representada tu ópera ! 

— Sí, repuso el joven con voz sorda; 
es muy triste, tristísimo. ' 

Y cavó en un abatimiento tan doloroso 
■como fácil de explicar. I^os que han pasado 
la existencia bajo el docninio de una idea fi- 
ja V con la atención reconcentrada en un 
solo objeto, corriendo, siempre en pos de 
un empeño, como la mariposa en seguí- 






miento de la luz, traibajando' y sufriendo, 
/pero alentados por una fe iniquebranta'bde 
en el porvenir ; los que han vivido al ampa- 
ro de una ilusión, y la ven desvanecerse 
de pronto, podrán medir la intensidad del 
desencanto del joven. Al comprender que 
habia trabajado y soñado inútilmente y 
que no lograria nunca hacer llegar su 
obra al conocimiento del público, sentia 
una amargura intensa, pues comprendía 
que iba á caer con él en el sepulcro, como 
niño muerto en el seno de la madre, antes 
de nacer. Pasaron instantes penosos de 
abatimiento y silencio. Don Teodomiro 
buscaba en los rincones de su agitado ce- 
rebro, algún recurso que le permitiese lle- 
var el consuelo á aquellas almas atribula- 
das. 

— Se me ocurre una idea, dijo al cabo 
golpeándose la frente con la diestra, 

— ¿ Cuál, maestro ? preguntó Joaquín 
alentado por una remota esperanza. 

— Una medida de "transaceón," repuso 
Gómez y Pérez; dar al' público, en vez 
de toda la ópera, un gran concierto vo- 
cal é "incstrumentai," introduciendo en 
él partes "seletas" de "Doña Marina." 
Con el "produto" de esa "funceón," se 
preparará la "reipresentaceón" de la ópe- 
ra ; y si no basta un concierto, se dan dos 
ó tres, todos los "necesáreos." 

— Ya que no es posible otra cosa, ob- 
servó Joaquín, me contento con eso. El 



-- ■■ ,•48-; 

■ ' . ■' 537 

púbflico oirá, ai menos, parte de mi música. 

— ^Para llegar desde luego á algún re- 
sultado, ya que está aceptada la propues- 
ta, continuó don Teodomiro, formemos 
desde íuego el programa. Sé poT expe- 
riencia "própea" que, cuando no se ha- 
cen así las cosas en este ''páis." todo que- 
da en palabras. 

— ^Acertado me parece, repuso Berta ; 
así, una vez hecho eso, nos pondrémc^s á 
estudiar ■ nuestras partes desde mañana. 
Quiero cantar entre otras cosas, las arias 
de la obertura y del primer acto de la 
ópera de Joajquín 

— Yo reclamo la honra de acompañar 
á usted con la flauta, insinuó don Ángel. 

— Conque manos á la obra, dijo don 
Teodomiro poniéndose á la cabeza del 
movimiento; en un cuarto de hora pode- 
mos formar el "proyQto". ... A ver, Joa- 
quín, dame recado de escribir.... 

Acercó la silla á una consola, cuando 
Joaquín le proporcionó lo que pedia, y 
continuó diciendo: •■- 

— Ustedes mandan. Opino, desde lue- 
go, que el concierto, para no ser cansado, 
"coffiícste" sólo de dos partes, y cada una 
de ellas; de seis números á lo sumo. Si 
lo hacemos más largo, se nos enfada el 
público; "demaseadó" le conozco. 

Discutido y aprobado el programa, que- 
dó escrito en esta forma por el mismo 
Gómez y Pérez: 



538 : 



del sran Concierto Voctal é <-Inc»trumental>» 

qtae, organiiíEiclo por xtn grupo 

ele a enantes del arte, se dará •!.... en 

el teatro Alarpón. 



PRIMERA PARTE. 

I. Obertura y aria de la ope- 
aba "Doña Marina," inédi- 
ta del autor mejicano .... Joaquín Sandoval. 

— Orquesta, Berta Ca- 
banas de Sandoval y Án- 
gel Blanco. 

II. La Chacona. — Veolín. — Bach. 

— Teodomiro Gómez y 
Pérez. 

III. Sonata en sí bemol me- 
nor, para peano Chopin. 

Joaquín Sandoval. 

IV. Sonata para ueoioííceíto. . Bach. 

Pomposo de la Torren- 
tera. 
V. Área de la sombra de Din- 
hora * ... Mayerbeer. 

— Berta Cabanas de San- 
doval. 
VI. Obertura ds Freiehutz.. Weber. 
—Orquesta. 

SEGUNDA PARTE. 

I. Segunda rapaódea para 

peano lAszt. 

— Joaquín Sandoval. 






539 .v. - ; ,vC. 

II Concierto para veolín y 

orquesta Mendelsshon. 

— Teodomiro Gómez y ' 
Pérez. -^":--^ív-\ .. • 
ni. Sonata apaseonada pa- 
ra peano " Beethoven. 

— ^Joaquín Sandoval. 
IV. Área para soprano, del •; '' 
primer acto de "Doña Ma- 
rina" (canto y flauta)... . Joaquín Sandoval. 

— Berta Cabanas de San- 
doval y Ángel Blanco. ■ / 

V. Sinfonía pastoral Beethoven. 

— Orquesta. 

— .Se entknid'e, observó Sandoval, des- 
pués que don Teodomiro hubo concluí- 
do de escribir y leer, que el proyecto que- 
da sujeto á variación. 

— 'Por supuesto, repuso el periodista ; 
pero creo que está muy bien asi ; clásico, 
ariado, sobrio. 

Y íluego agreg^ó, dirigiéndose á don 
Teodomiro : v,, 

— iMaestro, ¿me hace la gracia de pa- 
sarme el papel para copiarlo? Mañana 
lo publico en mi semanario. 

— 'Aquí lo tiene, repuso Gómez y Pé- 
rez alargándoselo. .:> , 

Entretanto que el periodista escribía, 
hizo don Teodomiro Ja distribución de 
los futuros trabajos. 

— iSe neoesi'tan, dijo, • cinco "comiseo- 



t{ 



A.' 






'■/■ ;. 



P' 



ó^^?/■■■ 



540 

nes" para desempeñar las labores de la 
empresa ; las cuales, si ustedes lo aprue- 
ban, podrán quedar formadas del modo « 
siguiente: "comi&eón" ée. orquesta, yo; 
"comi&eón" de .. alumbrado, don Ángel ; 
"comiseón" de "decoraceónes" teatrales 
y papeleta, don Pomposo ; "coiniseón" de 
ornato, Joaquín ; "comiseón'' de imprenta 
y "publicaceónes," don Valente. 

Aprobada por acuerdo general aque- 
lla distribución, concluyeron los trabajos 
de lia noche, y se levantó la sesión. Ya en 
pie, habló Becerril con aire misterioso. 

— 'Ahora que hemos terminado nuestros 
acuerdáis con relación al Concierto, dijo, 
voy á co'municar á ustedes ima cosa muy 
grave, y que acaso ignoran. • 

— ^:Qiié? preguntaron con vivo interés 
lo'S presentes. 

— Que ha comenzado en el Congreso - 
Federal, proisiguió, la discusión de iiiM 
ley que tiene por objeto expulsar del país 
á las hermnas de la Caridad. 

Una bomba no habría causado mayor 
sorpresa en el auditorio. 

— j No' es posible ! clamó Berta. 

— j Será algún proyecto descabellado 
de cualquier diputado que desee medrar 
con el escándalo ! saltó don Teodomiro. 

— 'No, insistió el periodista ; la cosa es 
seria, pues parece qup la iniciativa está 
aipoyada por el Gobierno. I .- 

-—A pesar de todo, protestó SandOval, 



541 

es imposrljle que obtenga el voto de la 
mayoría. 

— Xi en el país ni fuera de él, hay ins- 
titución más popular ni benéfica que esa, 
afirmó Torrentera. 

— ^No crea usted, prosiguió don Valien- 
te ; se le hacen cargos muy graves. 

— 'i Todos infundados ! protestó don 
Teodomiro sentenciosamente. 

— ¡Vaya usted á saberlo! insistió Be- 
cerril. 

— ^Joaquín y yo lo sabemos bien, repu- 
so Berta, pues somos hijos de la caridad. 

El periodista cSlló, no queriendo entrar 
en discusión con la joven. 

— ¿Pero de qué las acusan? preguntó 
Joaquín. • 

— 'De muchas cosas, prosiguió don Va- 
lente ; en primer lugar, de fanatizar al 
pueblo. 

— i Esas son palabrota_s ! murmuró don 
Teodomiro. 

— No hacen más que socorrer y conso- 
lar- al desvalido, agregó don Ángel. 

— Aparte de eso, continuó Becerril, se 
dice que empobrecen al país mandando 
á Roma todo el dinero que cae en sus 
manos. . 

— ¡Cómo ha de ser cierto eso, objetó 
Sandoval. si por ellas viven todos los po- 
bres de Fópoli ! 

— No quito ni pongo rey, repuso hipó- 
criitamente el periodista al notar la hosti- 

PRBCURSORES— 55 



542 

ü íidad del auditorio; trasmito la noticia 

:,-y¡., tal coiiho acabo de leerla en los periódi- 

¿; eos .... 

^fp — ^Dios no ha de permitir tamaña in- 

!;i justicia, murmuró Berta. 

— La expulsión de las Hijas de San 

Vicente es imposible, declaró Joaquín con 

énfasis. 

Becerril se encogió de hombros. 
Se recogieron sombreros y abrigos, y 
^,,, el grupo de visitantes se dirigió á la puer- 

■ .y:. ta de salida, acompañado por Jois due- 
, >l<-": ños de la casa. Don Valente se sentía 
.1',:- algo mareado por los efectos coaiibina- • 
J^;.. do'S de la música, la presencia de Berta 

y lo's humois del coñac, del que se había 
servido poír propia mano vairias copitas. 
De to'dó ello había resultado que se exal- 
tase en él la fibra amatoria, que era el 

■ . flaco, ó si se quiere, el fuerte de su no- 
;.?^. ble corazón. Sin duda por eso se atrevió 

"■í.- aquella noche á lo que nunca había osa- 
■kJ do; y fué que. quedándose para lo últi- 

mo, cuando todos se despidieron, al tomar 
• entre las suyas la blanica y suave mano de 

Berta, la estrechó fuerte, larga y sensual- 
■' ' mente á favor de la obscuridad. Era la pri- 
mera vez que la joven se senitía víctima de 
una. osadía semejante, y eil atrevimiento de 
V; Becerril la ofendió mucho; de silente que 

A', retiró vivamente su mano, sacudiéndoda 
<;'' con ira, y su primer movimiento al ce- 

rrar la puerta, fué el de quejarse con su 



' : : 543 -;:'";;V^ 

marido de la grosería de don Valen te ; 
pero no lo hizo por evitar dds-gustO'S y 
esioándialos, aunque estaba ciega por la 
indignación. 

— ¿ Qué idea se 'haibrá formado de mí 
ese señor? se decía á sí misma, coiéri- 
ca y sin poder conciliar el sueño, cuando 
se hubo metido en el lecho. ¿Por qué me 
trata así? ¿Por qué no me respeta? ¿Qué 
motivO' le he dado para que me ju.-^gue 
liviana ? 



III ; - /■; 

Antes del concierto. 

— 'Estamos haciendo locuras, dijo Berta 
á Joaquín cierto día, poco después de 
aquella noche. 

— ^¿Por qué, hija? ? 

— iPorque gastamos sin medidia. 

— •; Qué remedio ! Preparamos nuestra 
presentación ante el púibliico. 

— Hemos pasado años trabajando y su- 
jeto® á una economía estricta ; y de un 
momento á otro, faltamos á nuestro sis- 
tema. Mira, Joaquín-, ¿para qué nos me- 
temos en honduras, cuando vivimos tan 
contentos, sin que nada nos sobre, pero 
taimlbién sin que nada nos falte? 



W--. ■ ■ - ■ ■. ■" •• 

M/-- '" 544 ^ .-■ . I - 

' /' — 'Hija, el que no arriesga, no pasa la 

mar. Si queremos salir de la oscuridad y 
t'/. conquisítar aplausos, necesitamos hacer 
•"f- un gran esfuerzo; de lo contrario, con- 
■^• ■ tinuarémO'S sumidos para siempre en la 

. •"! situación triste y secundaria en que ve- 

^ getamos. ¿ No ha sido el sueño de nues- 
tra vida el triunfar un día delante del 
público? Es verdad que el arte por sí so- 
lo produce goces inefables, y sonríe siem- 
pre á quien le cultiva ; pero también lo 
es que, por su propia naturaleza, recla- 
ma comunicación externa y siente ansia 
de expansión. Si hemos pasado tantos 
años consagrados á él, ha sido para go- 
■ '>•-'■ zarlo á solas y en público, para nuestro 
" deleite y para nuestra reputación. Si 
triiunifamo'3, realizaremos nuestros votos; 
si somos vencidos, nos replegaremos de 
nuevo á nupstras tiendas. 

— ^Tienes razón ; comparto tus opinio- 
nes, sigo tus tendencias y van mis ilu- 
siones en pos de las tuyas. Cuanto pien- 
sas, pienso; siento cuanto sientes; soy 
como la sombra de tí mismo, y te sigo 

:';- por donde va:s Pero dime, ¿ si nos 

salen mal las cuentas, qué hacemos ? 
— ¿Qué cuentas? , 

— 'Las del' concierto. 
— ¿Pí>r qué, hija? I 

— 'Porque no tuviésemos éxito. 
— lEso no es posible. Quiero suponer 
que no agraden los trozos de mi ópera ; 



545 • ^:: 

aun nos quedará el recurso del violón- 
cello de don Pomposo, y del violín de 
don Teodoimiro ; y, sobre todo, el de tu 
voz, que arrobará al concurso, traspor- 
tándolo al séptimo cielo. 
' — No exageres, Joaquín, dijo Berta ha- 
lagada á pesar suyo. - 

— No exagero ; te hablo con convic- 
ción. 

— Suponiendo todo eso, replicó la jo- 
ven : tus juicios y pronósticos sólo se re- 
fieren al éxito artístico de la función ; pe- 
ro no al pecuniario, que es el que debe 
preocuparnos. 

— Tienen que ser inseparables el uno 
del otro. Si triunfamos como artistas, 
triunfaremos también como empresarios. 
Si el público no nos favorece con su 
aplauso, nos negará también el contin- 
gente de su dinero. 

— Eso no lo veo muy claro, replicó 
Berta : pues bien puede suceder que ten-; 
gamos auditorio poco numeroso, pero 
benévolo y entusiasta. 

— i No lo vuelvas á decir ! contestó San- 
doval trastO'maidO'. 

Reflexionó unos instarbtes y volvió á 
decir: • '. ; 

— 'En efecto, no es preciso í^ue las co- 
sas anden por los extremos ; bien podrá 
suceder que se queden en un término me- 
dio. En tad caso, por más saiisfachos que 



546 

nos .smitiésiemos coimo artistas, sufrirí'aimOiS 
un golpe tremendo en nuestros intereses. 

— ¡Pero Dios no permitirá eso, repuso la 
joven al notar la nube de tristeza que pa- 
saiba po.r la frente de Joaquín. En todo 
caso, ino hay que adelantarnos á los su- 
cesos. No vak la pena que nos ator- 
mentemos con conjeturas y temores que, 
después de todo, pueden 'resultar infun- 
dados, ¿ Por qué han de sier tan mala nues- 
tra suerte, y la sociedad de Fópoli tan 
ingrata ? . . . . Esperemos que todo salga 
ú la medida de nuestro deseo. 

— iDios lo quiera, repuso el joven es- 
tredhanido la mano de su compañera en se- 
ñal de gratitud por sus palabras de alien- 
to. Y á propósito, agregó, ya que esta- 
mos solos, quiero proponerte una cosa, 
¿te parece hagamos las cuentas de los 
gastos que tenemos que erogar? No es 
malo' q'ue veamos por dónde vamos, y lle- 
vemos bien abiertos los ojos. 

— Nada más natural, repuso la joven. 

— ¿Recuerdas lo que va á cobrar la mo- 
dista?, 

— kLo tengo presente. Vas á ver.... 
Me he manidado hacer dos trajes: uno de 
gran "toilette" para el concierto, y otro 
característico para el papel de Malinohe. 

— 'Bien pensado. 
■ — ^Habría deseadO' cantar la segundla 
aria sin el de carácter, para evitar ese 
gasto; pero te has empeñado tanto en 



■M 



lo contrario, que he tenido que acceder 
á tu deseo. 

— Sí ; ya que no nos es posible dar aá pú- 
blico toda la ópera, quiero al menos, ver 
representada una parte de ella tal como 
me la imagino. Por eso, a:deniás, he man- 
dado pintar una decoración especial para 
la es'Cena en que ,^as á aparecer. Ha- 
brá en el foro un espacio por donde pue- 
da verse la corriente del Grijalva ; el te- 
lón de fondo será de grande efecto ópti- 
co, pues representará el cielo luminoso 
de Tabasco y el caserío de la población 
bañado por sus esplandores. En medio 
del foro se destacará la ceiba histórica 
que ha de acuchillar el conquistador. 
— 'Debe ser muy costoso todo eso.... 
— (Probablemente : aún no lo sé ; pero 
ya nos lo dirá don Pomposo. Es una dc; 
bilidad mía; pero excusable, ¿no es cier- 
to? 

— No es debilidad, sino deseo natural 
y legítimo. Si de mí dependiera, toda tu 
ópera y no sólo un trozo de ella, sería 
dada al público, é iría montada con lujo 
sin igual. 

— Sí, lo sé, gracias .... Pero vamos al 
grano. . . . ¿Cuánto importan las cuentas 
de la níodista? 

La joven se ruborizó ligeramente, y 
contestó co,n voz trémula. 

— El vestido para concierto sacará de 
costo unos ciento veinte pesos. . . . No 



rM 



hubo m'edio de conis.eg"uirlo más bara- 
to Y eso que mis compañeras del 

Hospicio están bordando para imí unos 
preciosos adornos que, comprados, hubie- 
ran valido un potosí. ... Si te parece mu- 
cho, podremos suprimir algo 

— 'N^O' hallo subido «1 precio, repuso el 
joven con tono sereno. 

— ¿De veras?. ... ¿Me lo dices de ve- 
ras ? insistió Berta con acento infantil. 

— De todo corazón, repuso Joaquín ; 
hubiera sido imp'osible gastar menos. 

— 'Pero aun no hemos hablado del se- 
gundo traje. [ ■ , . 

— Eso no te debe preoicuipar, sea cuai 
sea su costo, prosiguió Joaquín pro- 
curando aliviar la visible confusión de 
su esposa. ¿No fué raía la idea de que 
lo mandases hacer? ¿y. no accediste á mi 
deseo sólo por complacerme? 

— ^Es cierto; por mi cuenta no se hubie- 
ra hecho ese. gasto. 

— 'Conque ¿cuánto podrá importar? 

— Poco más ó menos, lo mismo que el 
otro. . . . Como dijiste á la modista que 
"Dona Marina" era una princesa, y que 
(l'Ciberé presentarme en escena regiamen- 
te ataviada, ha procurado interpretar tus 
ideas con sumo lujo. Por cierto, que, 
para darse cuienta de los detalles de tu 
diseño, ha tenido que consultar la His- 
toria, según me lo ha repetido mil veces. 
Para imitar el "cueitl" triple, que fué dis- 



'■'W^' 



549 

tintivo aristocrático entre las aztecas, ha 
conifecóio;nado una falda muy ingeniosa, 
que hace el efecto de tres faldas super- } 
puesitas, y tiene ese mismo número de ' 
oirillas ó remates á diferentes alturas. Ca- 
da uno de esos bordes va finamente ador- 
nado' con bordados de varios colores, fi- 
gurando flores y animales, é imitando en 
lo posible líos tejidos mejicanos de plu- 
ma de ave y pelo de conejo. De trecho en 
trecho, y alternando con el bordado, irán 
intercaladas figurililas de animales hechas >V 
con lentejuela'' ; y al extremo' de la 'falda, 
irá un gran fleco de oro, de efeicto mag- 
nífico. P21 "hueipilli,'' que es una camisa . 
sin mangas, llevará también múltiples 
bordados de colores vivos y ailegres, j 
randas muy vistosas. Sobre todo eso, me 
pondré una larga bata de blanca tela, se- ; 
mejante á la sobrepelliz de los sacerdo- ' 
tes, la cual tendrá mangas que me cu- 
bran los brazos : todo conforme á los usos 
indígenas de la época Me he manda- 
do hacer tamhién cacles aztecas, con sue- ' ' 
la de dorado borde y lazos de fino cuero 
para atarlos al tobillo. A eso^ hay que 
agregar el valor de la diadema. . . . De- 
bemos hacernos la cuenta de que todo 
reunido, cortará unos ciento treinta y cin- 
co pesos, á .lo sumo. 

-^No es excesivo, repuso Joaquín sin 
pestañear. Doble suma de esa no me hu- 
biera parecido exagerada. 



;,jl,r-- 



— Me quitas un gran peso de encima 
.: . al decirlo, exiclamó la joiven. ingenuamente. 

V' ; • — ¡Cuan buena eres ! Gastas una 

■ ': • miseria y te parece un exceso Yo sí 

que he despilfarrado el dinero para ata- 

^ ,. viar la propia persona Vamos, ¿en 

>^y cuánito calculas el costo de mi indumenta- 

s^' ria? ¡A ver si adivinas! 

■^;t — 'No tengo idea de lo que pueda valer; 

pero creo sea menos de lo que cuestan 
.^ mis dos trajes juntos. 

— iCasi has aicertado. To'manido en con- 

,.,:;.. sideración el costo del de etiqueta, de 

■ \'' los botines charolados, la camisa, la 

corbata, los guantes y el clack, sumará 

el desembolso unos ciento sesenta duros. 

,ó Ya ves cómo, para ser uno solo, resulta 

, ';: mi traje más caro que los dos tuyO'S. 

— iPero mis gastos son mayores. 

— ^Sólo relativamente I 

;. La conversación fué interrumpida por 

■y- unos golpecitos dados en la puerta de la 

sala. 

. . — ¡Adentro! dijo Sandoval. 

Eran los señores Blanco y Torrentera, 
*' que venían á dar cuenta de sus comisio- 

nes. Cambiados los saludos de estilo, don 
:'i-. Ángel y don Pomposo tomaron asiento. 

— ^¿ Usted comienza? preguntó Torren- 
tera volviéndose á Blanco. i 

— No, repuso don Ángel ; usted pri- 
mero. 



.v_í 



551 

— 'Ccwno usted guste, repuso aquél con 
aplomo. 

Sacó del 'bolsillo un papel, lo desdobló, 
y con él en la mano para consultarlo en 
caso ofrecido, siguió diciendo : 

— iComo ustedes recuerdan, me corres- 
ponde la comisión de decoraciones y pa- 
peleta. Voy á decir Jo que lie hecho para 
desempeñarla. Hemos tenido la fortuna 
áe encontrar en la ciudad, de paso para 
Méjico, al gran pintor escenógrafo Car- 
io Fontana, uno de los miejores decorado- 
res de Florencia .... ¿ Qué anda hacien- 
do por acá? No lo sé. El caso es que 
aquí se liaMa, y que he podido aprovechar 
la oportunidad para encargarle la pintura 
de las vi'S.tas nuevas. El que quiera azul 
celeste, que le cueste. Usted, Joaquín, 
está empeñado en estrenar unas decora- 
■ clones soberbias, y ha sido preciso ce- 
der á las exigencias del artista. 

— ^¿Cuánto cobra? preguntó Berta alar- 
mada por el preámbulo. 

— 'Doscientos cincuenta duros; pero in- 
duiyendo en el precio, bambalinias, telón 
de fondo, árboles ... y todo, en fin, cuanto 
debe ser representado en la escena. 

— iFranoamente, opinó Joaquín con con- 
vicción, no me parece demasiado. 

— Ni á mí, agregó Berta con acentO' 
más tranquilo. 

— 'Pero entienda usted, siguió diciendo 
Torrentera, que el cargo no resulta tan 






;*.'íí'' 



3^' 552 



;|t^ exaigerado como debiera, porque he tenido 
la fortuna de que el Ayuntamiento nos ce- 
da unos bastidores viejos que había en los 
sótanos. Con remendarlos y afinnarles los 

■'f. ■ largueros y travesanos, quedarán en buen 
estado; á no ser por eso, nos hubiésemos 

• • ^ vi&to obligados á mandar hacer otros, y 
eso sí que hubiera sido muy dispendio- 
' so. 

— ¡Qué fortuna! murmuró Berta; de- 
bemos estar agradecidos á los señores 
muñí cipes. 

— ^El pintor lleva muy adelantada ya la 

'•;; obra, prosiguió Torrentera. En dos días 
ha concluido casi todo su trabajo. No le 
faltan más que los árboles y el telón de 
fondo. Por cierto, es cosa curiosa verle 
manos á la obra. ¿ Dónde piensan ustedes , 
que coloca la tela para pintarla? 

— ¿En algún caballete? No, eso' 

no puede ser, repuso Sandovad ; es dema- 
siado grande. 

— En el suelo, señor, en el santo suelo. 
Y no crean ustedes que hace uso de pin- 
celes para trazar las figuras y fijar los 

:' colores, sino de unas brochas enormes, 

'*!; con mangos tan grandes como palos de 
escoba. Sus ayudantes sólo le sirven para 
darle cuanto necesita. "; El verde !" grita ; 
y el aprendiz saca la brocha de ese color, 
la oprime contra el borde de la olla para 
que no chorree, v la pone en manos del 
artista. "¡El amanllo!," "¡el rojo!," "¡el 



553 

negro !,'" sigue gritando sucesivamente ; y 
los mancebos le van proporcionando las 
bro'ohas de esas tintas. Al recibirlas, las 
coge con ambas manos, y manteniéndose 
en pie, y sin doblar más que la cabeza^ 
va dejando aquí y allá manchones de di- 
ferentes colores en la tela. Visto de cerca 
el trabajo, es una confusión de tonos, 
una serie de dispartados borrones ; pero 
cuando Fontana concluye el trabajo, 'o 
levanta del suelo, lo coloca contra el 
muro y lo hace ver á distancia conve- 
niente, se revela perfecto y maravillo- 
so.'. . , . ¡Qué troncos de árboles, qué fo- 
llajes y qué nubes! Parece que los árboles 
cabecean, que silba el viento entre las ho- 
jas, y que hay nidos meciéndose en las 
ramas. 

— ¡ Bien, muy bien ! exclamó Joaquín 
embelesado. La descripción me llena de 
entusiasmo ; eso es precisamente lo que 
deseaba. 

— iMe halaga la aprobación de usted, 
prosiguió Torrentera. Ojalá pase lo mis- 
mo con los gastos de papeleta .... He 
procurado andar en esto lo más económi- 
co posible : poco personal, pero inteligen- 
te, honrado y perito en ese género de 
ocupaciones. Pronto quedará abierta la 
venta de boletO'S en la taquilla del teatro ; 
de ello se encargará un personaje cono- 
cidísimo, que lleva el fresco nombre de 
Lechuga. ■ .. 



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554 

Sería fastidioso seguir efiumerando los 
nimiois detaililes mencionados por don 
Poimposo. Barrenderos, metesiiUas, bolete- 
ros, acomodadores y teloneros, todo eso, 
económicamente paigado, importó como 
cincuenta pesos ; de suerte que, juntas las 
dos partidas correspoindientes á Torrente 
ra, se completó la bonita suma de tres-' 
cientos duros. 

— ¿Se aprueba? preguntó don Pompo- 
so con la solemnidad de un secretario de 
parilamenito. 

— ^Aprobadoi . . . . , y con gratitud, repuso 
enfáticamente Sandovad. 

— 'Lo celdbro, concluyó alegre el vio- 
loncellista. 

Y volviéndose á su coimpañero, prosi- 
guió: 

— Ahora toica á usted la vez de tomar la 
palabra. 

— 'Poco tengO' que decir, repuso Blanco. 
Mi encargo, como ustedes recordarán, es 

muy sencillo: el del alumbrado' Vi 

á todos los empresarios de gaserías de la 
ciudad, y después de comparar diferentes 
presupuestos, acepté el más bajo; esto 
es todo. Costará ochenta y cincO' pesos 
la iluminación del teatro 
4e el pórtico hasta el foro. 

— ¡ Parece increíble, es una ganga ! ex- 
clamó Torrentera: el local es vastísimo. 

— ¿No iremos á estar á media luz? pre- 
guntó Berta. 



"a giorno," des- 



, 555 •; -j^'- 

— 'No, repuso don Ángel; todo se ha 
dietallado minuciosamente en el contrato. . 
Habrá un aparato de gas con su respec- 
tiva pantalla al frente de cada palco ó 
platea, y el número acoistunibrado en Jas , 
galerías altas ; otros detrás de los bastí- * 
dores, otros en la boca del foro y los su- 
- ficientes en las bambalinas 

— ¡ Por Dios, que no vayan á ser viejos • 
los apartos, ni humeante ni hedeondo el 
gas ! exclamo Berta inquieta por la be- 
lleza del espectáculo. 

— 'Pierda usted cuidado, repuso don 
Ángel ; la mayor parte de los aparatos 
que van á usarse, son enteramente nue- 
vos. La cahdad del gas ha de ser de lo 
mejor, del que da llamas brillantes, de 
base azulo'sa y lengua prolongada. 

— Lo ha hecho usted de perlas, amigo 

don Ángel, exclamó Joaquín. 
— Ojalá así sea, repuso Blanco. "i^ 

— Quedo á ustedes muy reconocido,;, 

prosiguió Sandoval dirigiéndose á Blanco 

y Torrentera, por los señalados favores 

que me han dispensado. 

Los ^aludidos inclinaron la cabeza com- 
placidos, en tanto que alguien se cola- ■ . 
ba por la sala, sin previo aviso. 

— ¡Hola! don Teodomiro, exclamó Joa- 
quín. ^ ^ 

El anciano cambió apretones de manos /' 
con los circunstantes. 55' 



— 'Gran cónclave, murmuró echando un 
vistazo g-eneral. 

— Los señores, dijo Joaquín, me han 
hecho el favor de venir á hablarmíe de sus 
comisiones. 

— Era cosa convenida, repuso Gómez y 
Pérez ; el tiempo vuela, y nos separan ya 
poco's día's del gran suceso. | . ■ 

Hizo una pausa, y agregó: 

— Quien no parece es el señor Becerril. 

— ^No tardará, repuso don Pomposo ; 
acabo de verle en la calle, y nos hemos 
dado cita para este lugar. 

Berta hizo un gesito involuntario de 
disgusto al oír el nombre del periodista 
y el anuncio de su llegada próxima. 

— (Mi "comiseón," dijO' Gómez y Pérez, 
es la de la orquesta. ^lis cincuenta pro- 
fesores son amigos tuyos, Joaquín. Co- 
menzaron por rehusar toda ''retribuceón ;" 
pero no quise aceptar su desprendimien- 
to, porque hay entre ellos muchos infe- 
lices que no tienen más industria que la 
de tocar sus "incstrumentos." Pero co- 
mo otros, aunque pocos, no son tan rñe- 
nesterosos, me pareció conveniente hacer 
una "distinceón." "Los que tienen modo 
indeipendiente de vivir, les respondí, po- 
drán hacernos el "osequio," y. Joaquín 
y yo lo recibiremos con gratitud ; pero 
los que carecen de recursos y sólo cuen- 
tan con su trabajo personal para sos- 
tenerse, deberán ser remunerados." Mi 






' ■.■■^ j ut 



557 • .- 

fallo fué aceptaido ; pero la "distinceón" 
no será de grandes resultados "práticos," 
pues anda nuestra "profeseón" de capa 
"cáida" y pocos de mis profesores .no es- 
tán á un pan pedir. 

Diciendo así, sacó del bolsillo un papel 
no muy lipipio, y sí muy estropeado, y 
leyó en voz alta, de cabo á rabo, los 
nomlbres de los inidividuois óf su orques- 
ta. ' ^ '^í 

— De cuantos traigo aquí listados, si- 
guió diciendo, solaiTiente aqufellos cuyo 
nombre he marcado con una crucecita,. 
son de personas que pueden haicer la cor- 
tesía. Vbiy á decir quiénes son. 

Consultando las anotaciones margina- 
les, r-esultó que sólo ocho , individuos, á 
todo tirar, podían prescindir de sus pa- 
gas. • 

— 'De donde resulta, prosiguió don 
Teodomiro, que ihabrá que retribuir á 
cuairenta y dos profesores. De ellos, al- 
gunos ganan hasta dos pesos por hora ; ?o« 
más, un peso. Solamente el muchacho que 
toca el triángulo, gana cuatro reales .... 
El gasto dependerá, pues, del tiempo que 
dure el concierto. Suiponiendo que sean 
tres horas, calculo el costo en unos cien- 
to setenta y cinco pesos En fin, me 

comprometo á que no pase de ahí. 

— iMe parece poco, objetó Joaquín. 

— 'De aquí no me sacas, protestó don. 
Teodomiro con énfasis ; ¡ así es y así será ! 

PKICWBS9MS— )6 



^m 



■ti- 



558 

— En tal caso, no hay más que obede- 
cer, repuso el joven. 

— ^Ahora, dijo Berta, será bueno que 
haganjo's la suma de todos los gastos. 

— ajusto, contestó Sandoval. Reunamos 
esos datos á ver qué total arrojan. 

Sacó la cartera, tomó el lápi^, y fué es- 
cribiendo partida por partida, en la for- 
ma siguiente: 

Dos trajes para Berta $ 255.00 • • 

Uno para mí „ 160.00 ;, 

Decoraciones nuevas 250.00 

Papeleta ,, 50.00 '' 

Alunibrado . . ,, 85.00 - ' 

Orquesta „ 175.00 v 

Hecho eáto, trazó una raya debajo de 
la última cantidad, é hizo la adición. 

— Novecientos setenta y cinco pe>os, -' 
declaró en voz alta. 

— ¡ Novecientos setenta y cinco ! repitió 
Berta despavorida. ': 

— 'Es más que eso, repuso don Teodo- - , 
miro, pues aun faltan dos "comiseónes" 
que no han dado cuenta, la de ornato, pr.e- ■ 
senté en la persona de Joaquín, y la de 
imprenta, que tocó á Becerril. 

— ^La co'misión de ornato, murmuiró ' 
Joaquín, prescinde de sus propósitos sun- ;;* 
tuariois. Había pensado adornar con fes- 
tones y flores las barandillas de los pal- • 
eos y las galerías, y poner banderitas m^e- 



■ .\ 559 -'t. 

jicanas formando equis en ?os fustes de 
todas las columnas; pero en vista de lo 
subido que va resultando el presupuesto, 
resuelve dejar el coliseo en su estado na- 
tural y tal como salió de manos ■d^'l arqui- 
tecto. : ,' ■ 

— Buena "determinaceón," dijo' don 
Teodomiro ; es tan hermoso el local, que 
■no necesita adornos ni "adiceones." 

Nuevos goillpes sonaron en la puerta 
de la sala ; era don Vakote Becerril. Ve- 
nía cuidadosamente vestido, cepillado y . 
pein'ado; había puesto esencias en el pa- 
ñuelo y sonreía coin suma amabilidad. 

— iPerdon'en ustedes que llegiue tan tar- 
de, dijo; pero los quehaceres del periódi- 
co me han'd^enido en la imprenta más 
de lo reg-u'lar. , • 

Saludó á los presentes con una inclina- 
ción de cabeza, y se dirigió á Berta con la 
mano tendida. ,: ,^v 

— iB'uenas tardes, señora mía, le dijo ga- 
lantemente. 

— iBuenas tardes, repuso Berta con se- 
quedad, sin extender la suya. ' i- 

El periodista mantuvo la diestra en el 
aire durante unos instantes, y la sacudió 
algunas veces como indicando que espe- 
raba la presión de la otra ; pero' la joven 
fingió no advertirlo, y no cambió de aic- 
titud. La sangre subió al rostro de Bece- 
rril bajo la presión de la cólera o del bo- , 
chorno, y acabó por recoger el brazo 






:^^- 



560 

pausadaTn'ente. Después de eso, un mal- 
esitar indefinible circuló por el grupo, y la 
comiversación se ihizo difícil. Joaquín, á 
obsourais sobre el caso, lanzó á Berta una 
imirada indagadora y de súplica, que ésta 
aparentó no ver. Para salvar la situación, 
tomó la palabra don Teodomiro, que era 
el Néstor Ide los artistas, y dirigiénido'Sie 
á don Valente, le dijo con fingida natura- 
lidald. 

— 'Llega usted á tiempo, señor Becerril. 
Justamente acabamos de hacer las ouentas 
die los gastos del concierto, y nos hacía 

falta el daito de los de imprenta ¿ Ha 

formado usted la siuya ? 

Don Valente tardó en contestar. No 
acostumbrado á que le humülasen, sufría 
un gran trastorno interior, que no po- 
día disimular; tanto más caunto que, por 
razón de bien parecer, se veía obligado 
á no decir palabra. Al fin logró serenar- 
se un poco, aunque no tanto que no con- 
tinuase color de escarlata. 

— ^A eso he venido, contesitó sin tomar 
asiento ni soltar el sombrero de la mano. 
He recorrido las mejores imprentas y no 
he encontrado ninguna que nos convenga ; 
todas son malas y caras. 

Un absoluto silencio . siguió á las pala- 
bras del periodista ; y éste, persuadido 
de que nadie creía lo que estaba dicien- 
do, comenzó á vaicilar de .nuevo. 

— 'Por otra parte, conitimió á poco co<n 






.'í 



561 

é 

VOZ insegura, apremianites atenciones de 
pluma con motilo de la próxima expul- 
sión de las Hermanas de la Caridad, de- 
mandan todo mi tiempo. En tal virtud, 
amigo Sandoval, pido á usted mil perdo- 
nes Usted se seryirá disculparme ; 

no me es posible seguir ocupándome en el 
encargo que me había encomendado. 

Joaquín comprendió que el periodista 
m'entía, y que la actitud de B'erta era la 
que le inducía á tomar aquella determi- 
nación : pero, demasiado adicto á su mu- 
jer para no secunidarla en todo, no pen- 
só ni siquiera en hacer la más ligera ins- 
tancia á don Valente para que mudase de 
parecer, y se limitó á contestarle con 
cortesía : 

— 'Mucho lo siento, "señor Becerril, pues 
su cooperación me hubiera sido preciosa. 

— 'Mil gracias, repuso don Valente ; pe- 
ro ya digo á usted, no me es posible, 
absolutamente 

— ^Respeto los motivos que usted ten- 
ga para ello, prosiguió el joven, y no me 
queda más recurso que püegarme á su 
voluntad. Lejos de mí la idea de compro- 
meterlo. 

— 'En tal caso, tomó á decir el periodis- 
ta, me despido, porque tengo pendiente 
la corrección de las pruebas .... Conque, 
señores, hasta la vista. 

E inclinó la cabeza para decir adiós al 
conjunto. 












562 ; 

Joaquín k acompañó hasta la puerta, 
donde icaimbiairon cortesías, y volvió lue- 
go ail grupo. I ■ 

— ¡Lástima! dijo con desconsuelo al to- 
mar asiento de nuevo en medio de sus 
amigos, lástima qi*e carezcamos de la ayu- 
da del señor Becerril. Es hombre de ta- 
lento, conoce bien á la gente, y para eso 
dte publicaciones, no tiene rival. 

Procuraba al expresarse así, disim-ular 
sus impresiones, que eran penosas ; y, co- 
mo estaba resuelto á no hablar con Berta 
soibre el particular en presenicia de nadie, 
dio á la conversación aquel giro anodino. 
Siis amigos y colegas penetraron s'u in- , 
tención y respetaron su resierva. 

— iCierto, dijo TorrLMitera; va á hacer- 
nos gran falta. I - 

— No' hay que disimularlo, agregó don 
Ángel. 

— Lo más lamentable del caso, insinuó 
don Teodomiro, es que la "'deseroeón" se 
declara' casi en los moimentos de dar el 
concierto. 

— '¿Qué vamos á hacer ahora? pregun- 
tó Joaquín angustiado. 

Berta, que había permanecido silencio- 
sa, reflexionanldo tal vez en lo que había 
hecho, tomó la palabra- para serenar un 
poco los ánimos. 

— ^No me parece, dijo, que el caso sea 
tan grave. ¿Se trata de impresiones? Pues 



'^W 



la difiíailtald puede resolverse muy bien 
sin la presencia de ese señor. 

— ¿Cómo? preguntó Joaquín con incre- 
dulidad. 

— ^De un modo muy &encillo, repuso la 
joven. Nos hemos olvidado de que en el 
Hospicio hay una imprenta. 

— ¡ Es verdad ! exclamó Sandoval como 
iluminado por una idea súbita. 

— ¿Qué cosa más natural que llevar ahí 
este trabajo? 

— ¡ Ya lo creo ! agregó el joven lanzan- 
do un suspiro de alivio. Pero ¡qué san- 
dio se vuelve uno en los momentos su- 
• premos ! 

— Ya- verás, prosig"uió Berta, qué bien 
y con cuán'to gusto lo hacen los asilados. 
Sor Ignacia tomará enjpeño particular en 
prestarte el servicio, y recomendará al 
regente que te deje satisfecho en todo. 

— ¡ Ya lo creo ! exclamó don Pomposo ; 
y habrá en ello hasta la ventaja de la 
economía. 

— 'Con seguridad, agregó don Ángel. 

Benta, complacida al ver el buen efecto 
producido por sus palabras, insistió di- 
ciendo : 

— No te preocupes, Joaquín ; no hay 
mal que por bien no venga'. 

— ^Aseguro á ustedes, observó el joven, 
que ese recurso me quita un gran peso 
de encima .¡ Queda, pues, resuelto ! Las 
impresiones se harán en el Hospicio y 






564 

me entend-eré coii >llas .... Aihora calcu- 
lemos lo que podrán costar. 

— Será cualquier cosa, dijo don Teodo- 
miro. ! , 

— Con todo, es preciso tomarlas en con- 
sideración, insistió Joaquín. 
— /Ciertamente, repujo el ma'estro. 
— (Hay que fijar carteles en las esqui- 
nas, prosiguió Sanidoval, é imprimir pro- 
giraimas, boleltos é invitaciones ; )■ ¡ qué sé 
yo cuántas otras cosas ! 

— A pesar de todo, repuso don Angeí, 
esté usted seguro de que saldrá barato el 
trabajo. 

— ¿ Diremos cien pesos ? interrogó San- 
doval. 

— iDirémos veinticinco á lo más, admitió 
Bilanco ; así s'e completa la suma redonda 
de mil para los gastos. 

— 'Si te hubieras valido deJ señor Be- 
cerril, dijo Benta, no lo hiibieras hedho ni 
con doscientos pesos. 

— i¡ Quiién sabe, mujer! objetó el jo- 
ven. 

— iComo si lo' vieras, repuso ,1a misma 
con tono de convioción. Ese señor tiene 
trazas de ser muy ventajoso. 

— ¿Hemos conoluídb? preguntó don 
Teodomiro. 

— tAsí iparede, repuso Joaquín. 
— lEn tal caso, se IcA^anta la sesión, d^i- 
}o el maestro. ' , 

— iSe levanta, repitió Sandoval. 



M- 



■ . ■ j ■- 

— 'Pues en marcha, dijo Torrentera. 

Y salieron todos de ja casa. Ya en la ca- 
lle, entablaron conversación los tres artis- 
tais sobre lo que acababa de pasar con el 
periodista, y todos dieron al hecho la sig- 
nificación verdadera que tenía. 

— 'Por lo que hace á mí, iba diciendo 
Gómez y Pérez, me quemaba la sangre 
la desíacihaitez de ese mequetrefe. Sólo 
por no encender los ánimos, no había 
puesto los puntos sobre las íes; pero es- 
taba resuelto á dar el grito en cualquier 
momiento. Por fortuna ese "tenóreo" des- 
vergonzado ha estado majando en hierro 
frío. ¡ Quién sabe qué perrada tan gorda 
hiaibría hecho á Berta ! 

— ^Alguna canallada de las suyas, dijo 
don Pomposo con asco. 

'Entretanto, tenía Joaquín con Berta el 
siguiente coloquio. 

— 'Ahora que estamos solos, comenzó el 
joven, dime, Berta, ¿por qué has hecho itan 
grave desaire al señor Becerril? 

— iPerd'ónaime, maridito, repuso ésta; 
conozíco que te he dado un mal rato, pe- 
ro merezco disculpa, 

Lg^ joven hubiera dicho toda la verdad 
á su esposo, si éste la huibiese interro- 
gado en el aicto de pasar los sucesos, pues 
había quedado turbada y llena de susto 
después de su violencia, como pasa á las 
niaturalezas tímidas cuando por acaso se 



* >«• 



.1 :^.- 



%.- 566 

exaltan; ¡pero como había tenido tiempo 
ipara traniquilizarse, insistió en ocultarla. 
— A ver, dijo Joaquín apresitándose á 
oírla; veamos tus descargo^. 

— Te confieso que siento una antipa- 
tía invencible hacia ese señor. 
^■■' — M'ala discuilpa; si hubiésemos de 

't: ofender á todos cuantos nos antipatizan, 
sólo por eso, sería el mundo un campo 
de Agraimanite. 
— iPero tengo mis motivos. 
— ^¿Conique sí? 
— Y fKxi'erosos. 
— 'VéamosJos. 
— Sería muy largo decirlos todos; pero 
puedien reducirse á uno solo: ese sieñor 
no tie quiere. I 

A Joaquín fe impresionó vivamente la 
': respuesta, ipu)es lo que Berta le decía, tenía 

r siempre gran peso en su ánimo, y, ade- 

más, había ya pensado varias veces aque- 
(Uo mismo. 
- — ^¿Lo crees así? preguntó maquinal- 

miente. 
— 'Estoy segura de ello, segurísima. 
; — ^¿Pero en qué te fundas? 

;• — ^En tod^: en la expresión de sus ojos, 

en el tono die su voz, en que halla defec- 
to á cuanto haces, te replica siempre, y 
usa á veces cuando á tí se dirige, de pala- 
bras desconsideradas. En fin, no hay cosa 
en que no se le eche de ver la mala in- 
tención que le anima. Las mujeres tene- 



v,-^'' 



567 

mos doible visita cuando queremos de ve- 
ras, y sabeimos quién es aanágo y quién 
no, del hombre á quien amamos. 

— ^Don Vaüente es duro y dominanite 
por caráioter ; taá vez conf unidas sus genia- 
lidades con su malevolencia. 

— 'No; ese hombre ro sólo no te quiere, 
sino que te aborrece. ¿Recuerdas cómo 
te contradijo y criticó la noche en que di- 
mos á conocer tu Ópera? Pasé un rato 
muy malo al oírle; estuve á punto de en- 
tallar, y apenas me contuve. Cada vez 
que te contradecía, me daban ganas de 

decirle unas cosas ; y entre otras, 

ésta: "Mire, señor periodista, esta re- 
unión es de amigos, y usted no está bien 
aiquí: es preferible que se marche." 

— ^Lo que no entiendo, repuso Joaquín 
pensativo, es por qué puidi&te disiniular 
entonces, y no .ahora, después de tantos 
dáas como han pasado. 

— ^Porque he sabido después, á no dti- 
dairio, que don Valente habla mal de tí, 
se vuelve 'engua's criticando tu ópera, y 
hace cuanto le es posible por desacredi- 
tarte. 

— ¡ Cómo ! exclamó al joven amosta- 
zado. 

— ^Sí, estposo, prosiguió Berta; no te lo 
había dicho por evitarte un disgusto, y 
hasta me había propuesto no danme yo 
misma por entendida de tanta doblez; pe- 






568 

ro al verte, sentí que se me sulbia la san- 
gre á la caibeza.. .. 

— iMe coge de nuevo todo eso; y, su- 
puesto que tu conducta no es más que 
un reflejo del interés que te inspiro, que- 
das absuelta de culpa y pena, esipo-sa mía. 

— Te amo tanto, Joaquín, que no 
puedo querer á quien no te quiere. 

— ^j Berta de mi corazón ! repuso San- 
doval ' enternecido, estrechando á Berta 
contra su piecho. 

— ^¿M,e perdonias? le preguntó ella al- 
zando hatia él los azules ojos con infi- 
nita temuna. I • 

— (Perdonar te nó; agradecértelo sí, y 
con toda el alma, repuso Joaiquín Meno de 
cobitento. j Qué tonto soy ! prosiguió re- 
teni'endo entre las suyas las manos de su 
esposa. ¡Haberme olvidado de la impren- 
ta del Hospicio ! ¡ Como si no conociese 
perfectaimente cuanto hay en nuestra an- 
tigua casa ! ¡ Como si no fuesen mis com- 
pañeroB y amigos todos (los empleados 
de ese departamento, deside el regente* 
hasta los cajistas ! ¡ Feliz idea la tuya ! 

— ^¿ Sabes una cosa? prosiguió Berta. 
Es necesario no olvidar á esa pobre gen- 
te el día del concierto. 

— ^Tienes razón : les mandaremos bo- 
letos para que vayan al teatro. 

— 'Palcos seg:undos y boletos de galería. 

-—"Toda la galería, repuso ed joven cx>n 
entu'sia&mo. 



sí^\ 



— 'Tcxlois los qu'e quiera sor Ignacia .... 
Llástima, prosiguió Berta, que no es- 
té aquí Paulina. Nos siería de gran auxi- 
lio en estas circunstancias. Seguro toma- 
ría un pal'co, -é induciría á sus amigo's y 
amigas á asistir ai concierto. 

— (De veras, repuso el joven; pero ¡qué 
lejos anda! Dándose vuelo por los bule- 
vares parisienses. ¡ Qué satisfecha se sen- 
tirá en aquel centro del lujo y los place- 
res ! . . . . Como el pez en eí ag^a, 

— ^A proposito, prosigniió Berta, sacan- 
do un papel del bolsillo ; no te he leíd'o 
todavía su última carta. Mira lo que me 
dice. 

Y se puso á leer: ■■•- 

"Querijda é inolvidabJe Berta: 

"Todos los días estoy más contenta en 
París. Me divierto lo que no te puedes 
figurar; no paro de pasear y corretear ni 
im momento. Vivimos en el Hotel del Lou- 
vre. Hemos tomado un coahe de "ré- 
misie," para pasear por el bosque. He 
asistido á dos ó tres "soirées" elegantes, 
y lois periódicos sie hian oculpado ya de 
mí. Me llamati la "jolie mexicaine" y elo- 
gian mi distinción y mis trajes. Los ten- 
go muy elegantes, y muichos sombreros 
de imoda, con muy hermosas plumas. 
Cuando voy al teatro, los cabaiHeros no 
cesan de mirarme con los anteojos, como 



570 

si me quiisieran fusilar con cañones y pis- 
tolas. No quiero ni pensar en volver á Fó- 
poli. Procuraré quedarme 'por acá cuanto 
más pueda, á pesar de que el viejo (don Ar- 
cadio) me muele del dia á la noche con la 
mufetilla de que se gasta muoho y de que 
está haciendo falta en el rancho. Sólo á tí 
te edho de menos. Ojalá pudieras venir. . . . 
Termino : es tarde y me espera el "lan- 
d'eau." Recuerdos á Joaquín. — Recibe un 
beso de tu amiga que tanto te quiere. — 
Paulina.'* , . i ' 

— ¡ La misma de siempre ! exdamó Joa- 
quín. ¡Tan frivola y vanidosa como an- 
taño ! 

— ¡ Pobre ! murmuró la joven pensa- 
tiva. 

— ¿No te causa envidia su suerte? pre- 
guntó el joven. con dulzma. Es rica, »^iaja y 
tiene cuanto quiere, mientras tú sigues 
viviendo en este rincón del mundo, de 
donde probablemente no saldr'ás nunca. 

— ¡Qiisit! le interrumpió Benta cerrán- 
dole los labios con la blanca mano. Te 
tengo á tí y con eso me basta. Vales más, 
mucho más que Europa y el mundo en- 
tero. Ella se unió por interés á un vie- 
jo á quien no quiere, y cifra su felici- 
dad en frivoilidades sin importancia ; 
mientras yo carezco de lo superfino, pero 
estoy org^llosa de tí, de tu nombre y de 
tu amor. 






5?^i 



— i Esposa de mi vida ! murmuró el jo- 
ven con voz trémula de felicidad. 



IV ■•""^--- ' ""■ ->. 

El Teatro Alaxcón. 

-VI oscurecer del día fijado para el con- 
cierto, estaban las hermanas de la Ca- 
ridad reunidas en el salón de recibir. Ber- 
ta y Joaquín, que las visitaban cooi fre- 
cuencia, las habían puesto al tanito de sus 
proyectos, y ellas, llenas de interés casi 
maternal hacia los jóvenes, les habían da- 
do muy buenos consejos, y recomendado 
llegasen al Hospicio antes de dirigirse al 
teatro, para ver sus trajes y donosa apos- 
tura. Las hermanas esperaban, pues, la 
visita, y departían, entretanto, sobre co- 
sas del momento que atañían á su comu- 
nidad, con tono grave y serio. 

— 'Mal, muy mal van las cosas en Mé- 
jico, decía sor Ignacia á las religiosas . 
acabo de recibir una carta desconsolado- 
ra de la Madre General. Dice así : 

"Reverenda madre: 

, "La ciiídad está muy excitada con mo- 
tivo de la discusión parlamentaria de la 
ley que suprime las órdenes religiosas. 
No hay quien no comprenda que el golpe 
va dirigido á nuestra comunidad, porque 



»;-;<v-i^. 



'^'f- 



las otras están ya disueltas desde hace 
años, y los sostenedores del proyecto no 
hacen misterio' de sus miras.Los orado- 
res del pro y del contra, se refieren na- 
da más á nosotras; asi que bien puede 
decirse que se está haciendo nuestro' pro- 
ceso, y que el fallo que pronunicie la Re- 
presentación Mejicana, recaerá todo en- 
tero sotba-e nustras cabezas. Asiste gran 
muchedumbre de espectadores á las se- 
siones : hay gritos furibundos, aplausos, 
dseos, y con frecuencia escándalos tales, 
que la policía se ve obligada á intervenir 
para arrojar de las galerías á los alboro- 
tadores. Los oradores más exaltados mi- 
litan en contra nuestra; pero hay otros 
prominentes, como Esteva y Martínez de 
la Torre, que nos defienden con elocuen- 
cia. Con todo, no hay que hacernos ilu- 
siones ; se sabe á ciencia cierta que la ley 
será aprobada, pues así lo tiene dispues- 
to el Gobierno. Debemos, por lo mismo, 
ir familiarizándonos con la idea de ser 
pronto arrojadas de este país. La noticia 
es triste ; mas prefiero comunicar la ver- 
dad á su Reverencia, í'í alentarla con va- 
nas esperanzas. 

"¡ Que se haga la voluntad de Dios ! 
Vayia su Reverencia preparando á la co- 
munidad para lo más malo." 

Siguió á la Tectura um prolongado y pe- 
noso silencio de estupor. Los rostros mar- 
dhitos de las religiosas, deteriorados por la 



.-" ■" : 573 

■' edad y los trabajos, se contraían á influjo 
de hondo y callado sufrimiento; sólo sor 
Miarcelina que, á pesar de sus cuarenta y 
cinco años cumplidos, se conservaba toda- 
vía guapa y fresca, parecía 'no participar 
de la consternación de sus compañeras. 

— Ya verá su Reverencia cómO' todo 
eso para en nada, dijo; son llamaradas 
efímeras, que no producen incendio. Re- 
cuerde que varias veces se ha dicho lo 
mismo, y nada ha sucedido. 

— Ojalá pudiese formarme alguna ilu- 
sión sobre ello, repuso sor Ignacia con 
amargara"; desgraciadamente estoy per- 
suadida de que ahora si vamos á ser ex- 
pulsadas dentro de poco. , 

— ¡Pobres de mis viejos mendigos! 
suspiró sor Águeda. .:- 

— ^i Pobres de mis inocentes niñitos! ex- 
clamó sor Marcelina. 

Cada una de las hermanas fué manifes- 
tando por turno el tierno motivo que te- 
• "nía para deplorar el ostraicismo que iba 

- á sufrir, y así se. formó uií coro de la- 
mentos que fué creciendo por grados, 
hasta quie comenzaron á rodar las lágri- 
mas por las mejillas de aquellas buenas 
mujeres, cuyo único anhelo había sido 

■■ siempre y seguía siendo entonces el ser- 
vicio de Dio'S y de los desgraciados. Fué 
en vano que sor Marcelina procurase in- 

- fundirles valor ; algo les decía que el pe- 
ligro que las amenazaba era muy serio, 

PRieVRS***»— 37 



)■.;■■ 



■ "z-é- ■' 



.■^\ 



574 

y que una teiiiipesitad se cernía sobre sqs 
cabezas ; y más cuando sor Ignaicia, en 
vez de atenuarlos, corroboraba aquellos 
temores. 

— Sor Marcelina, deK:ía, usted ha sido 
y sigue sieaido dema'siado oiptimista. To- 
do lo ve color de rosa, porque á ello la 
inclinan su buen corazón y su carácter 
festivo ; pero ahora la cosa va de veras, 
y no hay que engañarnos con esperanzas 
quiméricas 

El ruido de un carruaje que rodaba 
cojí estrépito por el recio y desigual em- 
pedrado de la calle, hizo callar á la su- 
perior^. Esicuchó unos momentos para 
observar si el codhe seguía de largO' ó 
si paraba, y observando que se había 
detenido frente al pórtico, insinuó con 
precipitación : I v,;;- 

— Son Berta y Joaquín. ¡ Pob-res mu- 
ohachos ! Vienen llenos de ilusiones. ¡ Que 
no sospechen lo que nos pasa! No eche- 
mos á pei'der su júbilo; sequémonos las 
lágrimas, y recibámoslos fingiendo ale- 
gría. 

Dóciles á la voz» de sor Ignacia, saca- 
ron las hermanas del bolsillo los vastos 
pañuelos de complicado floreo de que ha- 
cían uso, y con prisa febril, enjugaron 
los húmedos ojos.* Ya era tiempo: so- 
naron por los corredores pasos precipita- 
dos, y se oyó el roce de una falda de se- 
da. Pocos momentos después, entraban 



• 575 • ^ \"^: 

por la puerta cogidos del brazo y metien- 
do gran ruido, Sandoval y su esposa. 

— Aquí nos tienen ustedes pintiparados, 
exclamó Berta radiante de gozo y belleza, r 
aJ hacer su aparición en la sala. Venimos á 
ver qué les parecemos de gran etiqueta. 

— ¿Ven ustedes? agregó Joaquín cari- 
ñosaimente ; sabemos cumplir lo ofrecido. 

— 'No lo hemos llegado á dudar, repu- 
so la superiora ; tanto que aquí nos hallan 
reunidas en gran cónclave con el objeto 
exclusivo de aguardarlos. 

Berta, sonriente, se desiprendió del bra- 
zo de Joaquín, y se dio á pavonearse y 
pasiear en torno de la sala, con el paso 
menudo y gracioso que le era peculiar. 

— ¡A ver, á ver! decía con gozo infan- 
til, soltando la gran cola para dejarla 
arrastrar cuan larga era por el pavimen- 
to. ¿Qué opinan de mi traje? 

— ^Espléndido, repuso sor Ignacia con 
benevolencia ; aunque nada sé de imodas, 
creo que es muy elegante. 

— lElegantísámo, agregó sor Marcelina, 
que era la más afecta á modas y galas : . 
al punto d'e no poder serlo más. - 

— Fíjense, agregó Berta, en el adorno 
que llevo en el corpino : es el que me ob- 
sequiaron las niñas de la sala de cos.tura. 

— ^¡ Qué bien que te está ! observó sor 
As-unción, que érala directora de aquel de-- 
partamento. \ Cuánto luce prendido en de- 
rredor del escote y de las mangas! 



í. 



-¿*-V> 



■^ • ■ 576 ,H'- '-.:'i ■> 

— :Es primoroso, dijo Berta. En opi- 
■nión de la modista, el regalo no vale me- 
nos de ochenta pesos, estimado muy ba- 
rato. 

Sandoval haibía permanecido en pie, sa- 
tisfecho y orgulloso, viendo á su mujer 
tan hermosa, bien vestida y celebrada. 

— ¿ Y á mí nada me dicen ? preguntó bro- 
nceando. 

— ¡ Cómo nó ! repuso sor Ignacia son- 
riente.... Que estás como un brazo de 
mar. 

— tDe veras, prosiguió sor Marcelina 
pareces una ascua de oro. 

— iNio itanto, no tanto, repuso el joven 
de buen humor; que me van á poner va- 
nidoso. 

— iCuello y puños duros, corbata blan- 
ca, pechera como el armiño, bota charo- 
lada, frac... ¡Vaya! prosiguió sor Mar- 
celina, eres todo un figurín. 

Y olvidando sus preocuciones por al- 
gunos momentos, rodearon las religiosas 
á lo'S jóvenes con vivo interés, y los ana- 
lizaron de pies á cabeza, dando vueltas 
en torno suyo, palpando las telas de sus 
trajes y aun rectificando esta ó aquella 
•parte de su indimientaria, como la colo- 
cación de una flor en el peinado de Ber- 
ta, ó el nudo de la corbata de Joaquín. 
Pero éste, que á cada paso consultaba el 
reloj, dijo á poco, dirigiéndose á su es- 
posa : 



. '.y~¥y --•-;-■■•■■ ^ 577 ^ -^ r 

— Necesitamos marchar^ips, 'hija ; sona- 
ron ya las siete, el concierto debe comen- * 
zar á las ocho, y aun tenemos que hacer 
varios arreglos. 

— jQaro, repuso sor Igiiacia, no que- 
remos hacerles mala obra. 

— lA todo esto, preguntó B,erta alu- 
diendo á los asilados, para quienes había 
mandado gran número de boletos, ¿á qué 
hora se van al teatro nuestros invitados? 

— Hace ya buen rato que se han mar- 
chado, relpuso sor Ig-nacia sonriente ; te- 
• nían un alboroto tal, que no fué posible 
contenerlos. 

— ¿Cuántos son? preguntó Joaquín. 

— ^Te he mandado buen golpe de gente, 
respondió la superiora ; no tendrás por 
qué quejarte. Han ido como doscientos á 
las galerías, al cuidado de los maestros de 
los talleres. Los diez palcos segundos que 
nos obsequiaste, van á ser ocupados p>or 
sesenta niñas de lo mejorcito : todas ves- 
tidas de .blanco Puedes contar con 

ese público. 

— ¡Cuánto me alegro! dijo Joaquín go- 
zoso. 

— ¡ Y yo ! agregó Berta. V oy á estar co- 
mo en la gloria en medio de los míos ; así 
no tendré tanto miedo .... Virginia y José 
irán también ; les mandamos un palco in- 
tercolumnio piara que estén más cerca de 
nosotros. . 



Sí'- 






■ <*• 



578 ' 

— 'Conque • vájjj|onos, hija, repitió Joa- 
•cjuin, qii€ se va haciendo tarde, vi'..' 

— 'Pidan ustedes á Dios que nos vaya 
bien en todo, rq>uso Berta recogiendo con 
una mano la cola del traje, y disponiéndos'e 
á marcharse. 

— Él los acompañe, repuso sor Ignacia. 
-^|, Todas las hermanas expiiesaron voto,s 

^: cariñosos en favor de los jóvenes, y for- 
mando grupo en tomo de la pareja, los 
acompañaron hasta el pórtico, de donde 
no se retiraron sino liasta que Jos vieron 
subir al simón y tomar el camino del tea- 
tro. 

Cuando Joaquín y Berta llegaron al co- 
•liseo, estaban ya prendidas las luces, y se 
advertía algún movimiemto en el pórtico. 
Causó sensación su llegada, y más cuan- 
do apareció Berta en la portezuela, sa- 
cando, para apoyarlo en el estribo, un 
pieoecito como de niño, primorosamente, 
aprisionado en zapato de blanco raso y 
deslizándose al través de una nuibe de se- 
da, blondas y tules. Los jóvenes se acer- 
caron á la taquilla para hablar con Le- 
chuga é investigar cómo iba la venta de 
boletos. El plano numerado de las loca- 
lidades del teatro, estaba casi intacto, con 
los números de los asientos enrollados 
y clavados en sus lugares respectivos. 

— ¿Cómo va el negocio? preguntó Joa- 
quín. 



. .-• ^' . 579 ^ ■ -\'i^. 

— No** tan mal, repuso Lechuga tran- 
quilamente. . C , '* 

— 'Pero no se ve, replicó el primero, 
que se hayan vendido más que los núm-e- 
ros de la primera y de la segunda fila 
del patio ; los demás están en sus sitios. 

— Así pasa siemtpre, repuso el interpe- 
lado ; pero á última hora llega la concu- 
rrentia de golpe. 

— ^¿Y las plateas y los palcos? siguió 
preguntando Berta. 

— lEso sí va perfectamente, contestó 
Leóhuga con satisfacción. Todos fueron 
repartidos á domicilio entre las famiUas 
principales de la ciudad, y hasta aihora 
no han sido devueltos más que dos : áe 
suerte que están colocados. 

— 'i Qué bueno ! ¡ Es mitv buena señal ! 
exclamó la joven gozosa. 

— (Pierdan cuidado, volvió á decir Le- 
chuga; conozco perfectamente á nuestro 
público, pues llevo más de veinte años 
de lidiar con él, y sé muy ibien cómo se 
las compone. Ya verán cómo dentro de 
poco comienza á llegar la gente por gru- 
pos compactos; haibrá teaitro lleno ó casi 
lleno esta nodhe. 

— iDios lo haga, concluyó Sandoval 
alentado por el pronóstico. 

El teatro se mostraba hermosísimo á 
la luz del gas díátribuído con proíusióoi. 
Aunque los jóvenes lo conocían bien, con 
motivo de haber asistido á menudo á ópe- 



58o 

ras y condertos, les pareció muy distinto 
del de siempre, al dobíe fulgor de aquella 
iluminación "a -giorno'" y de sus propias 
ilusiones y esperanzas. 

El colis'eo de Fópol: es, en verdad, dig- 
no .de ser admirado. Los fopolLtanos le 
cuentan entre las maravillas que encierra 
la ciudad. Co^menzado á construir en 1855, 
no pasó de los cimientos durante varios 
años ; pero durante la guerra de Refor- 
ma, en medio de -los vaivenes de la lu- 
cha, de la penuria del erario y del cam- 
bio constante de los gobiernos, fué le- 
vantándose rápidamente, sin saberse có- 
mo ni con qué recurso^. Ideado y dirigi- 
do por Jacobo Gálvez, arquitecto impro- 
visado y casi genial, pareció surgir 
del suelo al golpe de . una varilla má- 
gica. Gálvez nunca estudió metódicamen- 
te ; pero tenía talento, osadía é intuición 
admiraibles. Viajó por Europa, y se ena- 
moró de Italia ; y de allá trajo ideas subli- 
mes y visiones magní^cas, que critalizó 
en el teatro Alarcón. La construcción tie- 
ne el estilo de las que han dejado sem- 
bradas por el suelo itálico, ya la fuerte 
Antigüedad, ya el exquisito Renacimien- 
to. ¿ Cómo acertó el arquitecto á darle las 
elegantes proporciones que le caracteri- 
zan y distinguen ? ¿ Quién le indicó cuál 
debía ser la profundidad de los cimientos 
para dar solidez á la enorme fábrica? 
¿Quién le sugirió el espesor que debía 



dar á los muros, la amplitud conveniente 
á Jos arcos y la extensión y altura apropia- 
das á la bóveda para que no sie desmoro- 
niasen ? Fué obra de adivinación únicamen- 
te. Podrá tener grandes defectos el monu- 
mento ; mas, á pesar d¿ todo, ¡qué maigni- 
ficencia, qué atrevimiento y qué riqueza 
ostenta en su conjunto y en sus meno- 
res detalles ! El pórtico está formado por 
bellas y altas columnas de estilo com- 
puesto, y remata en un hermoso ático, 
detrás del cual se eleva eil dombo majes- 
tuoso que cubre y corona el enorme re- 
cinto. Su vestíibulo ovalado, sostenido 
por columnas corintias, tiene la sencilla 
eleg-ancia de un templo griego ; su alto y 
enorme salón, que puede contener hasta 
tres mil espectadores, respira grandeza y 
solemnidad. El amplio foro abre su -bo- 
ca en forma de arco gigantesco, y abaf- 
ca un espacio donde pueden moverse li- 
bremente cenitenares de artistas. Es una 
obra colosal, hecha en el delirio de una 
crisis histórica, por un pueblo hiperesite- 
siado y entusiasta que, rezagado on un 
rincón del mundo, soñaba con las gran- 
dezas deí Coliseo y de las Termas de los 
emperadores romanos, y con las belle- 
zas del teatro Pagliano de Florencia v 
del San Carlos de Ñapóles : monumento 
exótico por el lugar y el tiempo, que sor- 
preinde halliar en aquella ciudad de provin- 
cia. Gálvez lo destinó á servir de alcázar á 






582 



la Gran O'pera, al gran arte, á los grandes 
triunfos y á las ovaciones inmensas ; y 
soñaba ver brillar en él á las estrellas 
más aplaudidas y á los "virtuosos" más 
renombrados del mundo, interpretando 
las obras maestras de los laurieados com- 
positores de las grandes metrópolis. ¿Fué 
el suyO' un pensamiento de h. gran- 
deza futura de Fópoli? Los pueblos 
que han de hacerse célebries, aspiran á 
muoho, y hacen desde la infancia obras 
desproporcionadas para sus fuerzas y 
condiciones, por su magnitud y osadía ; 
pero que llegan á acomodarse más tarde 
á su desarrollo efectivo. Así el Teatro 
Alarcón, como símbolo de futura grande- 
za, recibió su bautismo artístico de la ad- 
mirable Angela Peralta, el "Ruiseñor Me- 
jicano," gloria del canto y del arte pa- 
trÍQ'S ; pues fué ella la primera que can- 
tó en ese coliseo, cuando aun no estaba 
del todo concluido. Los fopolitanos, en- 
tusiasmados hasta el exceso con la Ik- 
'gada de la prima donna, improvisaron á 
todo costo cuanto fué preciso para que 
diese ella alií la primera ópera, y la voz 
de aquella maga, que algunos han coloca- 
do sobre la de la misma t'atti, pobló de 
notas áureas en noche inolvidable, el ab- 
sorto recinto. I 

Cuando Joaquín y Berta penetraron 
por los pasadizos que llevan al foro, a^n 
estaba desierta la sala ; pero ya en las 






;^::--'v: ■■■>.:: 583 ':;;;. 

galerías altas había no escaso concurso, y 
lo'S palcos segundos se .veían ocup^ados 
aquí y allá por algunos gruípos. La escena 
estaba solitaria ; mas aparecían ya en orden 
las vistas pintadas por Fontana, repre- 
sentan^do las márgenes del Grijalva; con 
los detalles y primores descritos tan ca- 
lurosamente por Torrentera. Joaquín y 
Berta las examinaron con atención y las 
hallaron tan hermosas y bien acabadas, 
que convinieron en que don Pomposo 
nada había exagerado al describirlas. 

— i Brr ! exclaimó Berta sacudiendo 
graciosamente los hombros como bajo la 
irhpies'ión de un frío glacial. . 

^¿Que .e pasa? le preguntó Joaquín. 

— Tengo miedo, muchísimo miedo, re- 
puso la joven : me parecía que nunca lia- 
bría de llegar esta noche, y ahora que es- 
tá aquí, me siento muy trasitomada. 

— ^Lo mismo me pasa, agregó Joaquín ; 
como que juego en la ¿^artida mi nom- 
bre y mi porvenir. Si fracaso soy hoim- 
bre al agua, estoy perdido. 

— ¡ No fracasarás ! ; tienes talento, tu 
obra es de mérito y está calificada por 
buenos jueces. No temáis. 

— ^^Hemos llegado, dijo Joaquín con 
gravedad, al punto culminante de nuestra 
vida. Esta noiohe decidirá de nuestro por- 
venir. Podemos lograr todb cuanto he- 
mos deseado, si Dios es servido, dentro 
die unos mom-entos. ¿No te parece men- 



584 ^ -' 

tira que estemos próximos á presentamos 
ante el temido publico, solicitando de él 
la consaigración y la realización de nuestros 
anhelos ? Siempre aguardé la llegada de un 
mstante como éste, desde que era pe- 
queño. Cuando comencé á sentir lo be- 
llo y á extremiecerme al influjo de la mú- 
sica, entrevi ún escenario vasto, esplén- 
dido, donde pudiera diar forma á mis 
creaciones, y pnesentar á los hijos de mi 
corazón revestidos con las gaJas diel arte. 

— Todo eso s-e cumpilirá id'entro de po- 
co, Joaiquín mío. Si has ambiicionado eso, 
€S porque tu alma ha recibido dte Dios 
©1 don sagfado de la inspiración. El te 
crió para el arte, y el arte es tu atmós- 
fera, como lo es el espacio para las aves 
y tos ángeles. Amas la gloria porque 
eres hijo de ella, y dentro de poco será 
tu noimbre aclamado por miles de voces, 
y la prensa pondrá por las nubes ttis es- 
pléndidos triunfos. 

— ^^D'ios lo quiera, prosiguió el joven 
pensativo ; mas si no agrada mi músi- 
ca, tú al menos, querida Berta, cauti- 
varás al auditorio con tu voz celestial. 
Por tí nada temo; has sido ya consagra- 
da por Ja crítica, y eres reconocida co- 
mo la "virtuosa" más notable de Fó- 
poli. 

— iEl cariño te ciega. j 

— Mi mérito podrá ser cuestionable ; no 
el tuyo. 



■■--'".:;;'--■ vv 585 

Hablando así los jóvenes, y comunicán- 
do&e ed uno al otro sus temores y esperan- 
zas, haciendo su mutuo .panegírico é in^ 
fuindiiéndose aliento entre sí, acercáronse al 
telón de boca, que estaba corrido todavía ; 
y se pusieron á escudriñar el salón. 

— ¡ Qué enorme y hermoso coliseo ! di- 
jo Joaquín, 

— Ahora me parece más grande quie 
nunca, repuso Bemta. 

— iMira, prosiguió Sanldoval, ianvitando 
á S!U esposa á acercar los ojos á una de 
las ventanillas abiertas en la tela, mira 
que aspiecto tan imponente presenta. 
¡ Qué ibóveda tan atrevida y hermosa ! Di- 
cen que se feleva veintitrés metros sobre 
el piso, esto es, tanto como una muy alta 
torre. Toda esta construcción es maciza, sin 
mezcla d!e madera ó fterro, y á pesar de 
&u altura y exten-sión, está tan fuerte y 
bien construida, que ha sidó^ cruzada por 
balas de cañón y no se ha resentido en 
lo más mínimo.^ Mira Jos gigantescos 
óleos de que está ornada : representan 
el Canto IV de la Divina Comedia del 
Dante. Los personajes que ves allá arri- 
ba desfilando en pintoresco conjunto, 
son todos de ese canto. Allí "va Dan- 
te entre los cinco poetas soberanos : 
Homero, Virgilio, Horacio, Ovidio y 
Lucano. Más allá se ve á César, Atila, 
Latino y Bruto. Las mujeres históricas 
van mezcladas en esos grupos. Más allá 









586 

se congregan Jos filósofos, teniendo á Só- 
crates en medio. Aquel viejo casi des- 
nudó, -es Diógenes el cinico. ¡Qué cua- 
dro tan grandioso y estupendo ! ¡ y quié 
vuelo tan colosal el de los artistas que lo 
eligieron para interpretarlo! Su sola osa- 
día da la medidia de su potencia criado- 
ra. ¿Sabes qiué efecto produce len mí la 
contemplación de ese cuadro? Se me figu- 
ra ser la bóveda del cielo, y que veo vagar 
por eJla las grandes sombras de los ge- 
nios y de los héroes. Esa atmósfera tras- 
parente es la de las regiiones más altas 
del espacio; esas figuras se mueven en 
el medio ufano y sereno de una inmen- 
sa aipoteósis, y nadan en refulgencias 
oJímipicas' Más arriba de ellas se extien- 
de un cielo de infinito lespllendor, por el 
cual vuelan formas triunfales, que S'C es- 
fuman y diluyen en las vividas claridades 
del cénit. I 

— tNunca me liabías habilado de eso, 
Joaiq^uín, y, aunque siempre me liabía pa- 
recido grandiosa esa decoración, no ha- 
bía llegado á comprenderá. Es admira- 
ble. ¿ Quién la pintó ? j 

— 'Los .artistas mayores que ha tenido 
Fópoli : Gálvez en primer lugar, que era, 
en su tanto, una sombra de Miguel Án- 
gel : arquitecto, escultor y pintor, todo 
á un misimo tiempo ; Gerardo Suárez, jo- 
ven insipiradísimo, que se hubiera elevado 
á la altura de los más grandes maesitros. 






,;;. 58/ 

si lio hubiese iinuerta joven y hiübiese 
florecido en otro escenario; Feliipe Cas- 
tro, famosísimo como dibujante y ex- 
perto colorista, al estilo del Corregió; 
y Espiridión Carrión, cuyo talento igua- 
laba casi al de sus coliegas .... Trepaban 
á esa altura vertiginosa por los pies de- 
rechos de lia cimbra, y se consagraban á 
su labor, guardando difícilmente el equi- 
hbrio sobre vigas sostenidas por cuer- 
das y que se m^^ían como columpios .... 
Sólo aquellos hombres pudieron realizar 
obra semejante, con medios tan escasos, 
y poniendo en tan grave peligro su vida. . . 
Eran de una naturaleza distinta de la 
nuestra: aquella raza, la que nos prece- 
dió, tenía unos alientos qué á nosotros 
nos faltan. 

— Es verdad, repuso la joven asombra- 
da, j Y cómo pudieron pinttar tan bien, 
sintiéndose en riesgo de caer á cada mo- 
mento ! 

— ^Porque tenían un grande amor al ar- 
te, y un gran corazón. 

— ^Ahora explícame lo que significa la 
(liecoración de la cara interior d^el arco 
del foro. 

— 'Con mucho gusto. El cuadro que ves 
en e\ centro, sobre un cielo de color azul 
tierno, representa el Tienupo y las Horas. 
El Tiempo, que es inmutable, está figu- 
rado por ese viejo inmóvil y de barba 
blaca. que aparece sentado en la parte cen- 






588 . ' 

tral; y las hermosas doncellas que girain 
en su dlerredor cog^idas die la mano, son 
;;;í|. las alegres y fugaces horas, que hacen la 

"?; - eterna ronda de la vida. A los lados 

Qy,. áel arco, en las pe-ohinas, esto es, en la 
,;?^. parte plana que llena los ángulos-, haiy 
j^;. dtes figuras aéreas, que tocan trampetas 
^i^- enormes y van volando por el espacio, 
íf^T: con las blancas alas desplegadas : represen- 
'^_/' tan la Fama, memsaj era de Júpiter é hi- 
ja die la esperanza y de la tierra. . . . To- 
.\, db está aquí hecho y preparado pam ele- 
^\ var el estpíritu, enardecer la imaginación 
y hacer soñar al artista y al poeta .... 
Es éste un templo levantado al arte y al 
g ensueño, al aplauso y á la gloria. 

— <l De veras ! murmuró Benta soñadora 
y presa de instintiva emoción. ] • 

Así continuaron largo tiempo depar- 
?• -^ tiendo, y absortos en la contemplación 
H de tan sublime cuadro, hasta que los pre- 

? parativos de la escena los obligaron á 

dejar el sitio, porque iba á correrse un 
S'egiindb telón, poco distante del de bo- 
^. ca, para ocultar la decoración de Fontn- 

'" na y formar la escena deJ concierto. 

c — ^Vamos á mi cuarto, dijo la jo^ven á 

t" Joaquín, tirándole suavemiente por el bra- 
?.'■ ,^ zo. Voy á preparar mi traje de Malinche, 
f% que debo vestir en el último número del 
proigrama. 

— ^Vamos, hija, repuso Joaquín; nos 



m 



íOi^ 



•':?;■!•-!' 



•.^'•. 






589 

habíamos olvidado de muchas cosas, ab- 
sortos en la contemiplación del .coliseo. 

Iban en camino, cuando se les acercó 
un empleado, con un mensaje para Jo- 
quín. 

— ^Un caballero que aguarda en el pór- 
tico, le dijo, me ha dado esta carta para 
usted.' 

La abrió Sandovaí y leyó lo que sigue : 

"Señor Sandovaí: • 

"Acabo de escribir una paso doble pa- 
ra la Banda de la Escuela de Artes, de 
que soy Director. Se llama "Ecos de Mé- 
jico," y mis músicos y yo desearíamos 
estrenarlo' esta noche en el teatro, en 
honor de usted y de su esposa. ¿Acepta 
nuestra cariñosa oírendia? Aguarda sú 
respuesta y le saluda con el afecto de 
siemipre. — ^Clemente Aguirre." 

— ^Estamos de plácemes, exclamó Joa- 
quín gozoso al terminar la lectura. Berta 
mía, el gran compositor y maestro don 
Clemente Aguirre quiere hacernos el ob- 
sequio de estrenar aquí esta noche un pa- 
so doible que acaba de comiponer.. Voy á 
llevarle la respuesta por mí mismo ; vuel- 
vo dentro de unos momentos. v>: 



Entretanto, don Teodomiro, Torrente- 
ra y Blanco, conversaban formando grur 

PRICURS«RBS— )3 









590 

po junto á la taquilla, y Gómez y Pérez, 
que se mostraba muy excitado, lleivaba 
en la mano un periódico. 

—¿Han visto ustedes "El Azote?'' pre- 
guntaba á sus compañeros. I 

,' — ^No, respondieron Jos interpelados ; 
nunca lo compramos. 

— 'Pues voy á leerles lo que dice de 
nuestro conderto. 

Y leyó con voz alterada : I 

"EL CONCIERTO DE HOY.— Aun- 
que ha sido anunciado con mucho bom- 
bo el que ha de verificarse esta noche 
en el Teatro Alarcón, estamos seguros 
de que no asistirán a él ni las moscas. 
Su programa es de lo más ingrato ; se 
compone, en parte, de vegestorios mu- 
sicales, como el aria de "Din'hora" y la 
del "Delirio" de "Lucía," y, en parte, de 
logogrifos ininteligibles de la música ale- 
mana. Los precios, sobre todo, son des- 
proporcionados para la insignificancia de 
•la audición ; apenas los operista más re- 
nombrados se han atrevido á ponernos 
en Fópoli tan alta la tarifa. ¡Con su pan 
se lo coman los presuntuosos é infumables 
"artistas " 



— ¿Qué les parece, eh? pregurrtó don 
Teodomiro furioso al concluir la lectura. 

— ¡ Atroz ! ¡ insensato ! repuso Torren- 
tera indignado. 



yt^ 



591 ;.. _'/V:v.-:: 

— ¿Quién habrá escrito eso? pregun- 
tó candidamente don Ángel. 

— ¿Quién ha de ser? repuso Gómez y 
Pérez exasperado, sino ese bellaco de 
Becerril. Hace tiempo me viene queman- 
do la sangre con su petulancia, fanfa- 
rronadas y pretensiones. ¡ Es un majade- 
ro ! ¡Es un ! 

— ¡ Cálmese maestro ! intervino Blan- 
co alarmado al ver que los transeúntes, 
aitraídos por sus altas voces, fijaban la 
atención en el grupo. 

— Por afhora me aguanto, prosiguió 
don Teodomiro bajando el tono; pero no 
me llamo Teodomiro Gómez y Pérez, si 
no le arreglo las cuentas después á ese 
pillo. 

— >Hay que guardar reserva, observó 
Torrentera : que no lo sepan Joiquín ni 
Berta. 

— Por supuesto, convino don Teodo- 
miro; estamos obligados á disi/mulir y 
caillar en estos momentos. 

Metió el papel estrujado en la bolsa del 
pantalón, y exclamó golpeándolo con la 
mano al través de la tela. 

■ ^¡ Pero ya me las pagará muy bien pa- 
gadas el píllete ! 

Hubo un momento de silenoo. después 
del cual preguntó Blanco : 

— ¿En qué estado te hallará la venta 
de boletos? 

— Vamos á verlo, repuso Torrentera, ya 






V'/flf 



592 

que nuestra guardia 110 tiene más objeto 
que vigilar la taquilla. 

Los tres amigos se acercaron á ella 
y echaron un vistazo al plano del tea- 
tro : se hallaba poco más ó menos en el 
mismo estado en que Joaquín y Berta lo 
habían dejado, esto es, casi intacto. Le- 
chuga informó que desde el oscurecer no 
se habían vendido más que cuatro ó cin- 
co entradas de luneta, pues las dos pri- 
meras hileras de números que falta'ban 
en la tabla, habían sido tomadas con mu- 
cha anticipación. 

— ¿Y los palcos y plateas? preguntó 
don Teodomiro. 

— Iban muy bien hasta hace poco, con- 
testó Lechuga ; pero comienzan á andar 
malí.... Están siendo devueltos con 
gran prisa. 

Lechuga contó una por una las invita- 
ciones amontonadas sobre la mesa, y re- 
sultaron veinticinco. I 

— ^De donde se infiere, comentó To- 
rrentera, que sólo diez y seis han queda- 
do por la ciudad. 

En aquel momento llegó un quídam 
aipresurado y presentó cinco sobres á Le- 
dhuga. ¡ 

— ¿ Qué es eso ? interrlogó éste. 

— (Palcos devueltos, "repuso con seque- 
dad el emisario. 

Don Teodomiro. que continuaba muy 



593 

ecxitado, tomó, la cosa por su cuenta v 
saltó á la palestra : 

— ¡ Cómo ! exdamó ¡ devolver boletos 
á la hora de la futición ! Son las ocho 
de la noche, mire usted. 

Y mostraba el reloj á su interlocutor. 

— lEs verdad, repuso con frialdad el in- 
terpelado. 

— ¿Sabe usted cómo se llama esto? vo- 
ciferó el anciano. Se llama no tener de- 
licadeza. ¿Y quiénes 2on los que los de- 
vuelven ? 

— Los señores Batres, Regil, Sumaya 
y 

— La crema de nuestra ''aristocrácea,'' 
vociferó el anciano con tono despectivo. 
Parece mentira. Hace una semana fueron 
repartidas las esquelas y ¡ esos señores se* 
las han guardado hasta ahora ! ¿ Por qué 
no las devolvieron siquiera con tiempo? 
S€ hubieran enviado á otras direcciones. 
y tal vez hubiesen sido colocadas. ¡ Es el 
colmo de la "miserea" y del abuso ! 

El mensajero puso mala cara al oír 
tan amargo desahogo, pero se abstuvo 
de replicar por temor a una disputa, y se 
puso en cobro lo más pronto posible. De 
a'hí en adelante continuaron las cosas de 
mal en peor, y al fin de todo, á las ocho y 
media de la noche^ sólo quedaban toma- 
dos dos palcos primeros y cuatro plateas, 
pues las demás localidades habían sido 
devueltas. 



594 

— ¿Qué hacemos? preguntó Torrente- 
ra aniosta25aido ; pasa ya media hora de la 
anunciada para comenzar el comcierto. 
¿'Continuamos e&perando? 

— ^Otro jx>co, á ver si viene más con- 
currencia, insinuó don Ángel. 

— Es inútil, repuso don Teodoimiro co- 
Jérico ; no vendrá nadie más. Vláyanse 
ustedes á la orquesta, mientras pongo al 
tanto á Joaquín y B^erta de lo que ocurre, 
de la mejor manera posible.... 

Halló á los jóv^enes ansiosos y sin po- 
der explicarse la ausencia del maesitro. 

— ¿Qué pasa, maestro? le preguntó 
Joaquín. ¿Por qué no hemos comenzado? 

— ^Torrentera y yo no habíamos llegado 
todavía, repuso don Teodomiro. 

— ¿Pero por qué? preguntó la joven. 

— ^^Porque estábamos viendo cómo iba 
la venta de boletos. 

— Y ¿cómo ha seguido ? interrogó San- 
doval. 

— ^No quisiera decirlo; pero bastante 
mal. 

— Ya e'stábamos sospechándolo Berta 
y yo, repuso Sandoval con tristeza, pues 
veíamos poca gente en el patio. Por for- 
tuna las entradas de plateas y palcos han 
sido buenas. Hace poco nos intformó Le- 
c'huiga que sólo dos ó tres invitaciones 
habían sido deivueltas. 

— ^^Desgraciadamente ha cambiado el 
asipeoto de las cosas desde que ustedes 



59S 

Itegaron, murmuró el maestro con voz 
trémula. 

— ¿Nos ha desairado todo el mundo? 
interroigó Joaquín con no reprimida an- 
gustia. 

— ^To'do el mundo no, r-epuso Gómez y 
Pérez ; é iba á agregar "pero casi todo," 
cuando lo contuvo la expresión afiigida 
del rostro de Berta. ':• 

— ¿Cuántas invitaciones han sido de- 
vueltas? preguntó la joven con timidez. 

— No lo sé, contestó don Teodomiro ; 
pero han sido muohas. Sin embargo, 
agregó con el propósito de dar un con- 
suelo á los jóvenes, han estado entran- 
do algunas familias de lo principal de Fó- 
poli, por la inteligencia, el buen gusto y 
el amor al arte, como la de Polanco, la 
de Clement, la de Arias y otras que no 
recuerdo. , .. 

Berta y Joaquín se sintieron halagados 
por la presencia en el salón de tan distin- 
guidos d'iilettanti, y hasta un tanto alivia- 
dos de su congoja. * ■-: 

— ¿Cree usted que no vendrá más con- 
currencia? preguntó Joaquín. 

— 'Así lo presumo, repuso Gómez y Pé- 
rez, porque falta sólo un cuarto para las 
nueve. 

— ¿Qué hacemos, pues? preguntó Ber- 
ta confusa. 

-'Comenzar, no hay más recurso, re- 



.596 

(puso don Teodomiro ; demasiado hemos 
hecho esperar al púbhco. 

— 'Es verdad, repuso Joaquín densa- 
mente pálido ; debem(js cumplir nuestros 
compromisos. 

— ¿ Están ustedes dispuestos ? preguntó 
Gómez y Pérez. I 

— ^Lo estamos, repuso Joaquín. 

Berta se limitó á hacer tristes movi- 
mientos afirmativos con la cabeza, por- 
que la congoja le embargaba la voz. 

— 'En tal caso, repuso Gómez y Pérez, 
¡á nuestro puesto!.... ¡Cada cual al su- 
yo!.... ¡ Firmes ! ¡ Buen rostro al mal 
tiempo ! . . . . 

Y dominado por la idea rencorosa que 
le dominaba, agregó inconscientemente : 

— ^Si ese bri'bón se sale con la suya, dé- 
mosle, al menos, el disgusto de mostrar- 
nos superiores á nuestra suerte. 

— ¿A qué bribón alude usted, maestro? 
perguntó Sandoval. , 

— ¿ A cuál ? . . . . ¡ Ah ! vamos .... ¿ Con 
que á qué bribón?. . . . Pues al público: al 
público que está brillando por su ausen- 
cia. ¿Puedes imaginar mayor picardía que 
la suya ? repuso Gómez y Pérez volviendo 
en sí y procurando disimular la impru- 
dencia. 

Joaquín no vio mu}' claro en el nego- 
cio ; pero estaba tan preocupado por lo 
que le pasaba, que se contentó con mur- 
murar : 



'" ' Tí'-'' 

■ 597 ■ ' ' "•-'■' 

— i Vaya ! . . . . pues había creído otra 
cosa. 

Vaciló unos momentos y luego conti- 
nuó : 

— ^Maestro, hágame usted la gracia de 
acompañar á Berta mientras voy á dirigir 
la orquesta, pues tengo que comenzar 
con la obertura de "Doña Marina".... 
Y tú, hija, continuó dirigiéndose á su es- 
posa, no te aflijas tanto ; nos toca la 
suerte co'mún á todos los artistas de Fópo- 
li. Ni más ni menos. 

Pero Berta, sin poder contener&e, se 
echó á llorar á lágrima viva. 

— ¿ Para qué nos habremos metido en 
estas honduras, Joaquín?, sollozó. 

— Tienes razón, repuso el interpelado, 
no debimos hacerlo ; pero, ya que lo hi- 
cimos, no es tiempo de quebrarnos la ca- 
beza haciéndonos esas preguntas. Por aho- 
ra debemos sacar de la situación el mejor 
partido posible ; tenemos que defender 
nuestra reputación y nuestro nom.bre. 

. — lEl tuyo, Joaquín, repuso Berta so- 
llozando : el tuyo es el que importa. 

— ^Pues hazlo por mí, agregó Sandoval 
tiernamente. Repórtate, no llores. 

Y enjugó con el pañuelo las lágrimas 
que rodaban por las mejillas de su mujer. 

— 'Por tí todo, contestó ésta procuran- 
do serenarse. 

— Figúrate que cantas para mí solo, y 



■ (.■■• >''-7.t»..--;;",»''\ 



■^. 



598 

yo me figuraré que te consagro mi mú- , 
sica á tí sola tamibién. "■ ' 

— ^Tú para mí y yo para tí, prosiguió la '■■ 
joven. 

— *Desipués de todo, prosiguió Joaquín, 
esa es la verdad, pues en tí se encierra 
todo el mundo mío. 

— iLo mismo que en tí se encierra todo 
mi mundo. 

— ¿Y no me dejan ustedes un lugarci- 
to en medio de sus dos mundos ? pregun- • 
tó don Teodomiro. 

— iLe dejatnos el de un padre en nues- 
tro corazón, prosiguió Joaquín emocio- 
n^tdo. 

— 'Sí, repuso el anciano, así delbe ser, 
pues son ustedes los hijos de mis "afi- "., 
■ceónes" y de mis desventuras. 

Y visiblemente emocionado, abrió los 
brazos y estrechó en ellos á ambos jó- 
venes. Pronto se repuso, con todo, y con 
voz entera siguió diciendo : 

— i Ea ! basta de debilidades. ¡Cada 
cual á su puesto ! . . . . ¡ Joaquín, á tomar 
la batuta ! Anda sin cuidado ; me encargo 
de Berta : estará en escena en tiempo 
oportuno. 1 ■ 



Al sahr del foro Joaquín, quedó cons- 
ternado ante la soledad* del patio: te- 
nía alguna semejanza con la del desitro. 
Aparte de uno ú otro grupo de escasos 
concurrentes, que se veían acá ó allá, no 



■- \ 



• 599 

había alma viviente en el resto del salón. 
No faltaba coaicurrencia en las localida- 
dies altas; pero las plateas y los palcos 
prim.eros estalban desocupados casi por 
completo. La eleg'ante y esbelta estruc- 
tura óel teatro, sin la animación 3'^ la 
alegría que el público comunica, parecía 
un esqueltO' gigante y descarnado ; aque- 
lla soledad daba frío, y producía depre- 
sión y malestar en el ánimo. 

Tales fiueron las impresiones del joven 
cuando ocup-ó su puesto en medio de la 
orquesta. Los músicos habían estado tem- 
plando sus instrumentos desde hacía lar- 
go rato, y se hallaban listas para princi- 
piar la audición. Cuando le vieron, re- 
quirieron sus flautas, cometas y violineS) 
abrieron y colocaron los cuadernos de mú- 
sica sobre ios atriles y fijaron en él los ojos 
aguardando sus órdenes. Sandoval echó un 
rápido vistazo á derecha é izquierda para 
asegiurarse de que todo estaba en regla, 
y levantó en seguida la varilla de ébano 
sacudiéndola en el aire. En aquel mismo 
instante resonó el golpe de la música, lle- 
no, coimpacto,. unísono, como si brotase de 
un solo armonioso y poderosísimo instru- 
menito ; y levaintándose á la vez el telón, de- 
jó ver en medio de la escena á la hermosa 
Berta, elegantísimamente ataviaida y con 
un papel de música en la mano. El efeoto 
producido en el auditorio por aquel gol- 



1 «■ 



6oo 

pe sinfónico y por aquella ideal apari- 
ción, fué maravilloso. 

Aunqiue modesta y sencilla de ordina- 
rio, había, procurado b, joven eniga'lanarse 
lo mejor posible, esa noche eternamente 
memorable en su vida de esposa y de 
artista. Sin que nadie la hubiese aconse- 
jado, había acertado á elegir lo más pro- 
pio y henmoso en punto á corte, celas y 
adornos para su indumentaria, por una 
secreta adivinación de su naturaleza ex- 
quisita. Sabía que el azul es el color que 
mejor cuadra á las rubias, porque su tinte 
suave y etéreo armoniza á maravilla con la 
blancura de la piel y el oro del pelo ; pe- 
ro no había querido echar mano de él, 
por no aparecer coqueta ni apelar á los 
grandes recursos. Formaban, pues, el 
conjun-to de su vestido, á la vez que lu- 
joso, fresco y vaporoso, una larga falda 
de crespón de blanca seda, con anchos 
volantes y rizado de gasa en la orla, y 
una elegante polonesa de igual tela y 
color, recogida hacia los lados en graciosos 
pliegues. La polonesa de corte irrepro- 
chable, marcaba y subrayaba las líneas 
purísimas de su busto, y, discretamente 
abierta en la garganta, dejaba al descubier- 
to un corto rinconcito de su seno de pa- 
loma, sobre el cual había prendido un , 
sencillo ramillete de madreselvas' y mos- 
quetas. En medio de aquiel leve vaipor, , 
de aquella delicada y blanca nube que la .: 



6oi ' ■ " 

envoilívía, flotaba, como suave icelaje, la 
preciosa "dra¡pería" de seda sin torcer,, 
codor oro y blanco, que las huérfanas del 
Hosipicio- haibían ejecutado para ella con 
exquisito primor, pero no con tanto pri- 
mor como cariño. Su adorable cabeza de 
pelo ondulado y color de trigo, ostentaba 
un precioso peinado de nudo alto, á la 
usanza griega, que remataba hacia atrás, 
en amplios y flotantes rizos, que bajaban 
á acariciar su cuello de cisne y sus es- 
paldas de diosa. Tan pronto como apare- 
ció en el proscenio, se dirigieron á ella 
todos los gemelos del teatro, y no hubo 
más que una voz, desde las galerías hasta 
el patio, para proclamarla ángel por la 
belleza y reina por la majestad y por la- 
gracia. 

La obertura se fué desarrollando gra- 
dualmente, como río que nace apacible, 
pero crece pronto y se ensancha, á medida 
que se aleja de sus fuentes y orígenes. Era 
un precioso y nutrido resumen de los 
principales motivos de la ópera, y como 
el programa de todos los pensamientos^ 
que el maestro se había propuesto desen- 
volver en la partitura. Insipirado en tm 
argumento grandioso y hondamente sen- 
tido, se distinguía, sobre todo, por su ori- 
ginalidad pintorq[|ca : á modo de elegante 
cofrecillo, lleno de joyeles, sortijas y todo 
género de joyas deslumbrantes y pre- 
ciosas. El exuberante vigor v la altiva 



w 



602 

eJe vacien del numen; ©ohábanse de ver 
hasta en los menores detalles de la coim- 
poskión, sin que la abundancia de las 
me'lodías que bullían y se renovaban á 
cada momento en la comipo'sición, impi- 
diese en lo más mínimo el amiplio y majes- 
tuoso desipJieigue de una armonía robusta 
y triunfal. Bien hubiera podido decirse que 
el compositor, al construir aiquella esplén- 
dida catedral de- cantos diulcísimos y ar- 
pegios .encantadores, había agotado todas 
Í|f, las formas con que es posible dar elevada, 

í^ gallarda y patética distribución á las notas 

^i-. de la música. El libreto había sugerido á 
;j^ Sandoval una porción de contrastes ya 
de carácter, ya de timbre, con los que 
había logrado dar idea de un choque y 
• de una confusión formidtalMes ; los cua- 
les no eran otros, según su intención, que 
'■ los producidos por la rápida colisión 

de lo'S pueblos, razas y mundos que figu- 
raban en su obra. Llevado de aquel pro- 
pósito, había caracterizado á los euro- 
peos por la voz de los clarines y las trom- 
pas, que levantaban su acento robusto y 
penetrante soibre la masa de los otros ins- 
trumentos; en tanto que, para diseñar y 
'.;: personificar al mundo americano, había 
apelado al recurso de las flautas quejum- 
brosas y de los lúgubre^ caracoles, cuyo 
acento se elevaba sobre el confuso y va- 
go rumor del teponatxle, que sona'ba co- 
mo eco doloroso del sangriento culto de 



- . 6o3 

Mexitli. El efecto producido por tan d€S- 
cnocidas y originales novedadies, sacudió 
las fibras más hondas y delicadas del au- 
ditorio. 

De improviso se alzó la voz perlada 
de Berta, acompañada d« cerca por la 
flauta de Blanco, entonando el aria de la 
obertura; una aria en que la joven Amé- 
rica, entre acentos de amor semisalvaje 
á las cordrUeras y á las selvas vírgenes, 
prorrumpe en un himno profético y triun- 
fad á la grandeza de sus futuros destinos. 
El arte de que se valió Joaquín para engar- 
zar ese canto tan singular por su corte, 
como grandioso y sublime por su des- 
arrollo, en el cuerpo de la partición, fué 
un chispazo de genio ; procedimiento de 
artífice exquisito que, para realzar la be- 
lleza de una piedra preciosa de deslum- 
brantes facetas, la monta y coiloca sobre 
trono de negro esmalte y oro riquísimo, 
donde eslplend»e con fulguraciones sobera- 
nas. Aquella aria, pues, cantada por Berta 
con voz como de ensueño, formó la parte 
culminante de la composición, erigiéndose 
sobre su Sinaí de notas y arpegios que 
le formaban ipeana gloriosa. 

¿ Dónde encontraron Berta y Joaquín 
inspiración tan desusada y alientos tan 
extraordinarios para desempeñar cada 
cual su parte en aquella apoteosis : él di- 
rigiéndolo todo con su batuta, semejante 
á varilila de virtudes, que cría maravillas 



6o4 

y prodigios á su solo movimiento, y ella 
sacando del fondo de la garganta, voz tan 
fresca, gorgeos tan limpios y acentos tan 
sentidos, que ú ella misma la sorprendían? 
El numen que los había arreba.tado había 
sido el del amor y el del dolor : el del amor, 
porque, pensando ella en él y él en ella, ha- 
bían logrado arrancar del centro de su ser 
cuanto había allí-, de más hermoso y eleva- 
do, para ofrecérselo mutuamente en pren- 
da de su mutua devoción infinita ; y el del 
dolor, porque consternados por el fracaso 
de sus proyectos, sentían sangrar el cora- 
zón debajo de sus trajes lujosos, y la emo- 
ción que los embargaba, comunicaba á su 
espíritu un vigor heroico y un imipulso pa- 
tético. Sin duda por eso, al terminar la 
obertura, resonó por el amiplio coliseo un 
trueno sostenido y estrepitoso, producido 
por una sola y enorme palmada. Las qui- 
nientas personas que ocupaban el recinto, 
aplaudiéronla al unísono movidas ¡por un 
imipulso único. La emoción estética se 
había apoderado del auditorio, y lo sub- 
yugaba bajo su dulce peso; debiendo que-' 
dar consignado aquí, no obstante, que los 
aplausos más vivos, sostenidos y estrepi- 
tosos que en aquel punto y hora reso- 
naron, salieron del palco ocupado por 
Virginia y José. Antes de que conclil\'e- 
se la ovación, cayó de las galerías una 
lluvia de papelitos de diversos co'lores, 
con décimas y pareados en honor de Ber- 



St.'f ;- ;■-' 



605 

ta¡ y Joaquín, los cuales fueron recogi- 
dos con interés y curiosidad por cuantos 
ocupaban las localidades bajas. Al ver 
los jóvenes esposos revolver por el aire 
aquella bandada como de mariposas de di- 
versos colores, sintieron una viva alegría ; 
pues los multiplicados y fervientes home- 
najes del público, habían levantado y con- 
fortado sus ánimos, haciéndoles olvidar por 
unos momentos sus preocupaciones. Ma- 
nos amigas se apoderaron de aquellas 
ofrendas y se las llevaron á la escena, 
donde fueron leídas por ellos con júbilo 
■ndescriptibk. ¿Qué numen amigo se las 
enviaba ? No lo adivinaban, pues de cuantas 
personas trataban de cerca', ninguna sa- 
bía tañer la lira'. El suceso, pues venía 
de origen desconocido y fuente imparcíal, 
y era más plausible i>or lo mismo. 

Roto el hielo del desvío pecuniariií por 
el huracán del entusiasmo general, siguió 
desarrollándose el programa de la audi- 
ción en medio del creciente interés de 
ilos circimstantes ; y don Teodomiro, 
Joaquín, Torrentera y Blanco, fueron 
apareciendo en la escena uno tras otro. 
para mostrar sus sendas ihabilidíides ar- 
tísticais, 3' cosechar cada cual á su vez, 
nutridas salvas de aiplausos. 

Cuando sie presentó Gómez y Pérez en 
el proscenio, recortado de pelo y barba, 
y Kmpio y bien vestido, levantóse en el 
recinto un rumor de respeto y simpatía. 

fRICURSORB*— JO 



I&-- 






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%■:,<■ 



6oe> 

Ahí estaba el ardiente cultivador de la 
música, el obrero infatirgable del arte, el 
maestro de tres generaciones, el quijote 
incorregible, el sublime loco que soñaba 
con las grandezas mayores del mundo, 
en .quella ciudad incipiente, que ape- 
nas salía de la horrible pesadilla de la lu- 
cha civil y de la destrucción. Fué escu- 
chado con silencio religioso. Su arco ve- 
loz parecía acariciar, más que rozar, las 
cuerdas del instrumento ; y aq jel viejo 
Stradivarius, puesto á prueba una vez 
más por una mano maestra, lanzó del seno 
de su caja vetusta, notas delicadas y ex- 
quisitas, que parecían cantos de espíri- 
tus invisibles, en ella aprisionados, más 
bien que sonidos brotados de instrumen- 
to construido por mano de hombre. ¡Qué 
talento tan grande y cuántos desvelos 
estaban compendiados y contenidos en 
aquella sin igual ejecución, donde no se 
sabía qué aplaudir más, si la destreza del 
músico 6 la elevada interpretación del 
artista! El público, fuera de sí de entu- 
siasmo, aclamó á éste al fin de cada ima de 
las piezas que fué desempeñando, y, pues- 
tos en pie hombre y mujeres, no cesaban 
de gritar: 

— '¡Bien, maestro! 

— ^¡ Bravo, maestro! 

— ¡ Bravísimo ! ¡ bravísimo ! 

No fué menos entusiasta la acogida 
dispensada á Joaquín cuando ocu|>ó el 



6o7 ■ • 

piano para interpretar las suiblimes par- 
tituras de Liszt y de C'hopin. Las manos 
del joven recorrían con pasmosa rapidez 
el extenso teclado, registrándolo sin es- 
fuerzo ; y, como si fuese poseedor de al- 
gún secreto mágico al que se rindiesen las 
teclas marfilinas, las hacía moverse á la 
medida de su voluntad, para producir can- 
tos, trinos, escalas y arpegios de una pure- 
za y una elegancia supremas ; y hacíalas 
enternecerse y modular suaves sollozos, ó 
estallar en estrépito furioso de mar em- 
bravecida y volcán en erupción. El pia- 
no en sus manos parecía fiera domesticr- 
da, á la cual hacía cantar, rugir, reír y llo- 
rar, según su capricho, pues adquiría ba- 
jo la presión de sus dedos, timbres, tona- 
lidades y expresión corprendentes. Fu^ 
un triunfo inmenso para él; uno de aque- 
llos que hacen época en la vida de un 
artista, uno de los que nunca se olvidan. 
y sirven para refrescar con su grato re- 
cuerdo, muchas horas mustias y amar- 
gan de una larga existencia. 

El violoncello de Torrentera llegó á 
su máximum de sonoridnd y expresión 
cuando le tocó su turno de mostrarse, in- 
terpretando la sonata de Bach. El estí- 
mulo producido por la habirdad con que 
Jos otros instrumentistas habían desem- 
peñado sus partes, hizo que don Pomposo 
alcanzase acuella noche la cúsipide de 
sus facultades. El entnáiasmo y el aplau- 



,j'-r 



so que andaban vagando por la atmásfe- 

ra y palpitaban en todos los corazones, 

avivaron y afirmaron su talento. A voz 

humana sonaba la de su instrumento, 

;> cuando le arrancaba sonorid'ades patéti- 

'• ' cas con el arco poderoso, que blandía en 

la diestra y robusta mano. Gemidos acor- 

"■';;; dados y ternísimas quejas parecían las 

■5 notas producida^ por el trémulo cordaje, 

de cuya potencia artística y sentimental, 

guardaba Torrentera solo el secreto. Con 

esto, la vibración del público •entusiasmo 

f continuó desarrollándose, y traduciéndos'e 

«vi a cada instante en palmadas y gritos áe 

''y'i: aprobación. 

La flauta de don Ángel Blanco fué 
, ta'mbién muy elogiada y debidamente 

** .' aclamada, tanto en el aria de "Lucía" de 

Donizzetti, como en e'l rondó final die 
"Bellini," en que acompañó, realzó y sub- 
rayó la voz ágil y canora de Berta, con 
tal pureza de sonido, con celo tan delicado 
í' y con ternura tan incomparable, que deja- 

ron pasmado al auditorio. Así que la joven, 
cada vez que terminaba alguna de aque- 
if. Has partituras, se hacía aco^mpañar en 

V^ el tablado por el huraño don Ángel, para 

' r recibir juntamente con él, los aplausos 

del público ; pues, aunque se negaba el 
flautista á seguirla, y pretendía quedarse 
atrás y ocultarse entre bastidores, ella íe 
sujetaba cariñosamente por la mano, y le 
llevaba hacia adelante, obligándole á ha- 



¿3^¿': 



cer tímidas y torpes reverencias al sobe- 
rano dispensador de todos los triunfos. 

Al terminar la primera parte del pro- 
grama, se oíreció al público, como grata 
sorpresa, la audición inesperada y nó 
anun-ciada en el programa, de los "Ecos 
de Méjico," obra del celebrado y glorioso 
maestro don Clemente Aguirre. Fué para 
ello dividida la banda en tres grupos: ei 
principal y más numeroso ocupó el pros- 
cenio, con su director á la cabeza ; los 
otros dos quedaron distribuidos en los 
palcos segundos, á uno y otro lado dd 
arco del foro. Comenzó la pieza con un 
redoble marcial de tambores, luego se 
escucharon las cornetas, y en seguida, el 
grupo central' moduló el tema de una 
marcha fácil, animada y viril ; poco á po- 
co fué aumentando gradualmente la in- 
tensidad de los sonidos, y al llegar á lo 
más elevado de su fuerza, uniéronse á 
ellos, los tambores y clarines de las gale- 
rías, como ríos tributarios que hacen su 
confluencia con el río principal ; y junto así 
aquel caudal de notas fuertes y metálicas, 
siguió corriendo abundante y magnífico, 
bajo la alta y sonora bóveda, hasta al- 
canzar tal punto de intensidad y resonan- 
cia, que no hubo quien no sintiera conmovi- 
dos en .el fondo de su ser, los ocultos resor- 
tes de la vida y el entusiasmo. Y sigirieroíi 
alternando entre sí las partes distintas de 
la composición, distribuidas en cantos de 



6io 



■:■;■» 

■'-.vi' 



una melodía exquisita, desempeñados por 
el grupo central, á ratos, y á ratos por los 
''tutti" poderosos y arrebatadores de todos 
los instrumentos juntor>, de todas las sono- 
ridades reunidas, de todas las percuciones 
béJicas de la banda, producendo un con- 
junto tan arrebatador y magnífico, que 
arrastraba en su ímpetu hasta á las natura- 
lezas más tibias y desalentadas. El con- 
concurso fuera de sí y enardecido con 
aquel estimulante, prorrumpió en todo 
género de manifestaciones de entusias- 
mo; en tanto que el venerable é inspira- 
do compositor se inclinaba en el foro con 
visible emoción para dar las gracias por 
tan calurosa acogida. 

Continuaron después las otras partes 
ofrecidas, ya de canto, ya de orquesta ó 
concierto, sucesivamente y con arreglo al 
programa ; y fueron acogidas todas por el 
concurso con no debilitadas muestras de 
aipro'bación, hasta que llegó la vez de ser 
representada y cantada por Berta el aria 
del primer acto de "Doña Marina," que 
era el último número del programa. 

El público aguardaba ansioso aquel co- 
diciado remate de la audición, tanto por 
la novedad de la música, como por sa- 
berse á ciencia cierta, que iba á ser pues- 
to en escena el episodio con toda la pro- 
piedad y magnificencia de una verdadera 
ópera. La realidad superó á las más li- 
sonjeras esperanzas de todos. Au::que 



M 



6ii 



los espectadores tenían por sabido que 
las decoraciones señan muy hermosas, 
niunca se las habían figurado tan perfec- 
tas como las pintadas por Fontana; así 
que, cuando quedó á la vista el brillante 
escenario, dispuesto é iluminado con su- 
mo arte, cautivó por sí solo la atención 
y el aplauso de la multitud. En medio de 
una naturaleza lozana y .magnífica, y 
bajo un cielo diáfano y puro, apareció 
Berta de súbito ataviada con el rico y pin- 
destoresco traje de princesa azteca, cuya 
descripción ya conocemos. Los más doc- 
tos de los presentes recordaban haber vis- 
to en pinturas, alegorías ó cuadros vivos. 
la representación de algo semejante á 
aquella indumentaria ; pero tan tosco y 
absurdo, que les había hecho la impre- 
sión de cosa fea y bárbara. Mas ahora, 
ante aquel conjunto de graciosos y ale- 
gres ropajes tan bien combinados, y de 
aquella fiesta de colores y esplendores 
metálicos, que armonizaban entre sí de 
un modo tan perfecto, quedaron sorprendi- 
dos, como si todo aquello fuese para ellos 
cosa enteramente nueva, nunca vista y ja- 
más imaginada. El efecto óptico de aquel 
conjunto era de grande originalidad ; si 
bien debe admitirse que la parte principal 
del éx'to puede haberse deb'do, no á las 
telas ni á su corte, no á los colores ni á 
las üentejuelas ó dorados flecos del traje; 
sino á la singular be'leza de la jov-en en 



■ • -^v ■ - 



612 

torno de cuyo cuerpo andaban ajustadas }' :;: 
prendidas, y á la gracia irresistible del ros- 
tro que servía de corona 'y remate á aquel ' 
gracioso y fantástico monumento de ga- = , 
sas, relámpagos y colores. 

La música no fué á la zaga de tantas ; ;' 
excelencias ópticas. Interpretaba aquel ' 
pasaje de la ópera en que, estando Her- 
nán Cortés absorto en la visión proféti- 
ca de sus grandes destinos, llega hasta él • 
furtivamente doña Marina, y, en canto 
breve y apasionado, le revela. la próxima - . 
acomet da del ejército tabasqueño. El co<m- . '' 
positor fopolitano delineó la situación en 
que se desarrolla el episodio, haciendo t 
resonar constantemente, para formar la 
base del tema, bien meditadas disonan- 
cias, que retrataban al vivo, gritos leja- 
nos de guerra, pasos de ejército y cho- 
que codiiuso de espadas y escudos, ro- ' 
délas y pedernales. Obra maestra de ins- 
piración y saber pareció al público aquel ' 
trozo, el cual, con un poco más de con- 
fusión de sonidos, habría resultado mons- • 
truoso é informe, y, con un poco menos de ■ 
extrañeza y disonancia, habría dejado 
de producir la impresión de alarma y 
azoramiento que Uev^aba á los ánimos. 
Sobre aquel tumulto de notas sofocadas, 
hirvientes y temerosas, se elevó el canto 
de la soprano, lleno de emoción y timi- 
dez. Berta interpretó el pasaje con tal 
acierto, que pareció que sentía realmen- 



* 6i3 

te la situación, y que lanzaba aquellas 
notas apasionadas y trémulas, por movi- 
miento propio y natural de su instinto. 
Nunca, como en aquellos momentos, ra- 
yaron tan alto sus facultades de cantante 
y sus adivinaciones de artista. Su voz 
olara, fresca y de timbre ardoroso, ad- 
quirió tal vehemencia y colorido á me- 
dida que fué avanzando la interpretación, 
que coíTiiunicó al auditorio los etfectOiS 
mismO'S que interpretaba; de suerte que 
el público, aunque escaso y disperso por 
el enorme edificio, vibró al unísono con 
su voz y con la intención del compositor ; 
y fascinado y fuera de sí, saludó con una 
ovación inaudita, el fin de aquel pasaje 
culminante. 

Mas no paró en eso aquel delirio artís- 
tico. Cuando se creía que todo había con- 
cluido, porque el telón había caído ya. 
volvió éste á levantarse, y apareció á los 
ojos de los espectadores la sorpresa fi- 
nal de la noche, que fué la felicitación de 
la juventud de poetas y literatos de Fó- 
poJi á los artistas. 

Formaba la falanje literaria, un grupo de 
jóvenes entre los diez y ocho y los veinti- 
dós años, de rostro de adolescentes é in- 
cipiente bozo : mal vestidos los más. tor- 
pes y acortados algunos, pero animados 
todos por el fuego del entusiasmo. Pare- 
cían aterrados á la vista del público } 
temerosos de la escena, pero alegres al 









614 , 

mismo tiempo por verse, acaso por 1* 
primera vez de su vida, figurando en si- 
tio de honor en ocasión tan solemne. 
Eran miembros de una Sociedad literaria 
fundada no hacia mucho en Fópoli, con 
el etéreo y romántico nombre de "Aso- 
ciación del Ideal." Desde que tuvieron 
conocimiento de la próxima representa- 
ción del concierto, se habían preparado 
para ovacionar calurosamente á aquel 
grupo de escogidos, y muy especialmente 
al joven compositor, que se iba atrevien- 
do á tanto, y á su bellís'ma compañera, esi- 
pejo y lustre de femenil hermosura y de 
sublimes é inspiradas cantantes. 

Los idealistas formaron grupo frente ^ 
Berta, Joaquín, don Teodomiro, Torren- ' 
tera y Blanco. Y en medio del silencio y 
de la espectación del público, después de 
breves momentos de pausa, adelantó al- 
gunos pasos el presidente de ellos con un ' 
painel en la mano, saludó profundamente 
á los artista^, y dio lectura en seguida á 
ima extensa compos'ción en prosa. En 
su discurso lleno de imágenes y tropos, 
demostró que el arte es la f!or de la civi- 
lización, aue los pueblos más artistas son ■; 
y han sido siempre los más adelantados, ,": 
y que las almas artistas son las mejores ; 
de tod^s las del mundo. Concretándose al 
caso, dijo que la ópera "Doña Marina," ; 
á juzgar por las partes que de el'la se ha- ; 
bían conocido, era una obra acabada por 



^^ 



• 615 ;-Í^- 

su inspiración, novedad y filosofía ; y dio 
por sentado que marcaba una nueva era 
en la vida de la ciudad. Antes de ella, 
todo había sido atraso, crepúsculo, es- 
pectación en Fópoli; ahora todo era ya 
luz y esperanza, triunfo y alegría. El 
nombre de Joaquín Sandoval iba á ser 
inscrito bien pronto con letras de luz en 
los anales de la historia patria, y procla- 
mado con orgullo por todo íopoJitano 
amante del adelanto y de la gloria. Habló 
también en general de la música, del sen- 
timiento y -Je la belleza; y ponderó" con 
frases elocuentes los merecimientos y el 
talento de todos los artistas que habían 
figurado en el concierto (y muy especial 
j calurosamente los de Berta), diciendo 
de ellos que eran prez y org^ullo "no s'^'o 
de la ciudad, sino del Estado, no sólo del 
Estado, sino de la República." Se exten- 
dió sobre el porvenir del arte en aque- 
lla po-blación de almas vibrantes y cora- 
zones apas'onados ; y acabó predic'endo 
que Fópoli llegaría á ser, no muy tarde, 
un gran centro de vida artística, ab"erto 
á todas las inspiraciones, un foco magnífi- 
co de luz colocado sobre la altura, al 
cual se volverían todos los ojos para ad- 
mirar, y todas las manos para aplaud-r. 

Siguieron á aquel discurso, dos hermo- 
sas poesíns leídas por ióvenes vates de 
f»Tan nombradla en la ciudad. en.cam'na- 
das, la una, á ensalzar la genial inspira- 



6ió 

ción de Joaquín, y la otra, á poner por 
las nubes «1 canto angélico de Berta. Y 
cuando hubieron concluido los aplausos 
nutridísimos arrancados al auditorio por 
el orador y los poetas, volvió á tomar la 
palabra el presidente de los ''idealistas,'' 
y avanzando hacia Joaquín y Berta con 
■la gravedad y la emoción de un sacerdo- 
te que ejecuta un rito sagrado, pronun- 
ció breve peroración llena de entusias- 
mo juvenil, y ciñó luego sucesivamente 
á sus frentes, dO'S preciosas coronas de 
laurel que llevaba en las manos. Una tem- 
pestad de aplausos y aclamaciones sigiii<> 
á aquella manifestación literaria, y el 
concierto concluyó con ''dianas" repetida? 
que tocó la orquesta á instancias del pú- 
blico. 

Entretanto, los ojos de Joaquín, hu- 
■miedecidos por las lágrimas, divagaban 
por las alturas del Coliseo ; y era tanta la 
emoción del laureado compositor, y tan 
íntimo y poderoso el delirio que le embar- 
gaba en aquellos instantes, que le pareció 
ver que se animaban v movían allá arriba 
todas las figuras ornamentales, todas las 
formas imponentes y emblemáticas es- 
tampadas en arco y bóveda por el pincel 
de los muertos artistas. El Tiempo son- 
reía satisfedho en medio del azul, viendo 
desfilar ante sí á las dichosas horas en 
ronda interminable ; las Famas aéreas 
agitaban las alas con estrépito y hacían 



6i7 

sonar sus trompetas propagando la gloría 
de aquella noche; y el imponente grupo 
de filósifos, guerreros, artistas y poetas, 
con sus túnicas y mantos de colores vi- 
vos, se agitaba y sonreía desde la con- 
vexidad del altó dombo, entusiasmado 
y vuelto á la vida por el hermoso é inol- 
vidable espectáculo que se desarrollaba 
á sus plantas. » 



El piano y el violín ^ 

Hasta en la vida del hombre más des- 
graciado, hay un momento en que todo 
parece sonreír, en que bajan al fondo del 
corazón inefables alegrías, y en que los 
pensamientos encandecidos por el entu- 
siasmo, brillan en el cerebro con el ful- 
gor de astros inmortales. Entonces se mi- 
ra el mundo como vergel sembrado de 
flores y se contempla la inmensidad cual 
imperio propio y como si se tuviesen 
alas capaces para entrar en posesión de 
toda él. La esperanza multiforme, tan- 
tas veces falaz, y las alegres ilusiones, tan 
efímeras coano las libélulas, reaparecen 
sonrientes, llevando en las doradas alas 
oamo dádiva regia, el cumplimiento de 



\ 



Vi* 



■}.}■. 



6i8 

un sueño. Al llegar ese instante, único y 
etemamente memorable de la existencia, 
míranse condensarse de golpe y eJi un so- 
lo punto, todos los .deseos, todos los sus- 
piros, todos los delirios de la juventud, y 
la ansiada corono tras la que se había co- 
rrido tanto, llega rodando por sí sola á 
ponerse al alcance de la mano. Vista la 
existencia á esa luz, es un poema gue no 
debiera acabar nunca ; y siéntese entónoes 
la criatura encumbrada á la plenitud de su 
propio ser, como astro en su apogeo, que 
llega cerca del sol. 

Tales fueron los sentimientos de Joa- 
quín y Berta durante las cuarenta y ocho 
horas siguientes á la celebración del con- 
cierto. Embriagados por el triunfo y sa- 
turados de arte hasta la médula de los 
huesos, olvidaron penuria, compromisos 
y realidades tristes, y se entregaron con 
toda confianza al desbordado y dulce go- 
ce de su reciente victoria. 

— ¿Ves, Joaquín, decía Berta á su es- 
poso, cómo no me había equivocado a¿ 
predecirte un éxito brillante? 

— Sí, respondía Sandoval ; sería muy 
injusto si me quejase de la acogida con 
que han sido recibidos mis primeros enr 
sayos. Me parece que todo esto no es 
más que un sueño. 

— Pero no lo es; demasiado reil ha 
sido la ovación que has recibido. 

— Tu canto electrizó al auditorio. ' 



6i9 ;,■.;. ;^. 

— No he hecho más que inspirarme en tu 
obra. 

— Pero de tal modo, que la has criado 
de nuevo, dándoJe una entonación y un 
colorido de que yo mismo no la creía sus- 
ceptible. 

— Como me encanta todo lo que haces, 
y sé leer en tu alma como en libro abier- 
to, puedo interpretar tu música con bas- 
tante seguridad. ■ v 

— Es porque nos comprendemos y nos 
completamos. 

— ^Creelo, Joaquín, si cantar tu ópera, 
me preocupaba por tí más que por mí, y lo 
único que quería era hacer resaltar sus 
bellezas; por eso me esforcé tanto. Can- 
taba por tí y para tí ; aun el aplauso del 
público lo pedía para tí solo. 

— No hallo palabras con que expresar- 
te mi reconocimiento. Tengo la convic- 
ción de que cantada mi música por otra 
voz menos hermosa que la tuya, y pocr 
otra artista menos inspirada que tú, no 
hubiera sido tan aplaudida. 

— Eso no, pues vale mucho por sí mis- 
ma; pero si crees que en algo he podido 
contribuir á hacerla recibir con aplauso, 
quedo muy satisfecha. 

A ese tenor eran los diálogos que te- 
nían á cada momento ios jóvenes, pues no 
hacían más que comentar de m'I mane- 
ras los episodios de aquella noche inolvi- 
dable. 



'- . "^ is 






— 'Desde que llegué al teatro, -decía 
Berta, me sentí como transportada á otro 
mundo, y más cuando me explicaste el 
significado de las pinturas de la bóveda 
y el arco. No sé lo que pasó por mí cuan- 
do me hablaste de aquellas cosas: fué la 
mía una emoción como de miedo, respeto 
y pasmo. 

— Experimenté lo mismo que tú al en- 
trar en aquellos detalles. No sé por qué se 
m'C vinieron entonces á las mientes con 
tanta precisión y viveza. Todo' m-e hacía 
.profunda impresión ; mis sentidos estaban 
más afinados. 

— ¡Cuan bueno es el maestro Aguirre! 
prosiguió la joven cambiando de tema. Su 
paso doble arrebató al auditorio. 

— ¿Y qué dices de la lluvia de parea- 
dos y décimas que cayó de las galerías? 

— '¡Una gran sorpresa! ¡Cuan entusias- 
tas y simpáticos son los "idealistas!" 

— Ni quien pensara en lo que iban á 
h'acer. 

— El presidente de esa asociación, de- 
be ser muy instruido. ¿No viste cuan bien 
habló del arte? 

— ¡Y qué poesías tan hermosas nos di- 
jeron ! Esta juventud fopolitana es muy 
fogosa é inspirada. 

Las almas de Berta y Joaquín no se 
apartaban de aquel sen-dero sembrado de 
flores, y mutuamente impulsadas por las 
ilusiones y el amor, se engolfaban miás 



V- más en risueñas y poéticas perspecti- 
vas ; así que Berta hasta Ikgó á pronosti- 
caT á su esposo un próximo viaj€ á Euro- 
pa y la conquista de un no'mbre célebre en 
el mundo ; y don Teodomiro, que solía to- 
mar parte en la conversación, con vehe- 
mente entusiasmo, echaba nuevo combus- 
til>le á la hoguera. 

— ^No creo que los más famosos com- 
positores europeos, excepto Mozart, que 
fué un "prodigieo," decía sentenciosamente, 
ó algiín otro célebre maestro, cuyo nom- 
bre no recuerdo ahora, hayan hecho más 
que tú ó tanto como tú á la edad que 
cuentas. 

Las mismas hermanas de la Caridad 
contribuían también, á pesar de su repo- 
so y prudencia habituales, á exaltar la fan- 
tasía de los ióvenes, poniendo por las nu- 
bes su habilidad y talento, y iponderaedo 
hiperbólicamente la magnitud de sus trium- 
fos. Una de tantas ocasiones como acu- 
dieron los jóvenes al Ho'spicio, pasó ¡lo que 
vamos á relatar. 

— Las damas y caballeros que oyeron 
tu música y el canto de- Berta, dijo sor 
Ignacia á Joaauín, han venido á cxprí^- 
feso á felicitarnos. , • 

— Con eso quedamos muy orgullosos, 
repuso el joven. 

^-¡Quiera Dios, prosiguió la superio- 
ra, que. cuando hayamos salido, de e.5ta 

• PtBCilií'SOPÍES— 40 



*>' 



f: 



-m: 

%, 






casa, continúen nuestras sucesoras fo- 
mentando los estudios musicales! 

— ^¡Cómo! interrogó Berta. ¿Qué dice 
usted de salir del Hospicio? - 

— Sí, Berta : tiene que suceder así, y no 
muy tarde, repuso sor Ignacia con tris- 
teza. 

— ¿Está usted segura? preguntó Joa- 
quín con vivo y doloroso interés. 

— iCtertísima, prosiguió la superiora. No 
había querido hablar de ello antes, por 
no entristecerlos; pero el hecho es que 
desde hace tiempo sabemos, á no dudar- 
lo, qive poco tiempo nos queda de estar 
en.el Hospicio. -t 

Berta y Joaquín indagarcm cuanto pu- 
dieron sobre el asunto. ¿Qué pasaba? 
¿Cómo se sabía? ¿Era indudable? Sor 
Ignacia fué contestando todas las pre- 
guntas, una por una, refiriéndose á la 
prensa, á los info-rmes de la Madre Ge- 
neral y á los privados" de personas recien- 
temente llegfadafi de México. 

— Todavía más, concluyó con amargura; 
la ley de supresión ha sido votada ya, y 
debe ser publicada aquí uno de estos 
días: tal vez hoy ó mañana. 

— ^¡ Jesús, Jesús ! clamó Berta cubrién- 
dose la cara oon las manos. Pero ¿qué 
piensan esos señores? ¿por qué hacen co- 
sas tan malas? 

— No se comprende, prosiguió Joaquín 
traistornado. ¿Por qué arrojar de la Tte- 



ft. 



y-f :.■■::■ ^■-.:-i :/•■ 623 ■ - •■- ■' 

pública una- iirstitucióü <}«€ jio hace da- 
ño á nad/ie y es el apoyo y tial consuelo de ■- 
los desgraciados? . . z.: -í e\ > ;-- 

— Nuestros enemigos deben tener siis ; 
razone's; nosotros lo atribuímos todo á ' 
fluestros pecados, repuso sor Marcelina 
con gravedad. : - =- ... f- • - •; 

—Pero vamos, muchachos, interrumpió - 
sor Ignacia haciendo lo posible por po- ' 
nerse contenta; no hay que pensar ahora 
en cosas tristes .... 

- , — «Mejor querriamos haber sido silba- 
dos, repuso Joaiquín, que presenciar ta- .. 
maña injusticia. 

— iMil gracias, repuso lá superiorá . ;V; 
pero doblemos la hoja, ya que no pode- 
mos arreglar el mundo á n«estro placer. 

Y haciendo gran esfuerzo para tomar , 
un tono placenfceto, agregó : 

■^Las hermanas y yo les tenemos pre- 
parado un refresco. - •- • 

Al decir esto, plegó el biombo que se 
extendía por un rincón del recibidor, y 
puso de manifiesto una mesa muy limpia ^ 
y coqueta, sobre la cual se ostentaban 
bandiejas con pasteles, galletas y düloes, 
y algunas botellas de vino generoso, ro- 
deadas de un grupo de diáfanas y brillan- .. 
tes copitas. A la vista de aquellas go- 
losinas y objetos brillantes, parecieron 
disiparse las nubes qué oscurecían los es- 
píritus ; y como las religiosas extrema- 
ron sus obsequros, lograron, á fuerza de 






^vií^ - 






624 

amabilidad y finura, ponier un paréntesis 
de alegría á las tristezas de la situación. 
Así que entre . charla y buen humor, se 
pasaron gratamente las horas. 

Cuando B^rta y Joaquín volvían á casa 
cogidos del brazo, iban por -la calk rien- 
do y comentando la escena con alboro- 
zo. Mas ¿por qué se comp-laoe el desti- 
no en €char á perdvii* los mejores mo- 
mentos de la vida? ¿Por qué no son eter- 
n»as las alegrías, y sigue el dolor al júbi- 
lo, como la sombra á la luz? La p^na 
odiosa, qu-e se cuela de repente en las 
situaciones mejores, es como la voz del 
grajo en medio de un coro de risueñores, 
como la mano del desoillinador en la blan- 
cura del armiño, como la pezuña del as- 
no sobre el cristal de Ven^egia. En -el caso 
de que se trata, la voz del grajo, la mano 
deil desollinador, y la 'pezuña del asno, 
aparecieron en la casa de nuestros ami- 
gos, €n la forma de una cuenta presenta- 
da al cobro. Era la de. la modista; la lle- 
vaba una remilgada costurerilla, junta- 
mente con un apremiante recado de "rña- 
dama" relativo á gran urgencia de dinle- 
ro. 

La vista del pai>el sorprendió tanto á 
los jóvenes, como si no supies-en que te- 
nían que pagar lo que debían. No estaban 
acostumbrados á compromisos, y habían 
andado tan absortos en musarañas iK>é- 
ticas, que habían perdido de vista las co- 



sas de este bajo mundo. La inesperada 
llegada del recibo los sacó brutaimente 
del arrobo. Joaquín, leyó, rekyó y exa- 
minó la cuenta, sin saber lo que hacia, 
y la pasó lu^go á Berta, quien le echó 
á su vez un vistazo con visible emoción. 

— 'Está bi€n y conforme á lo convenido, 
murmuró ésta. 

Los jóvenes se cambiaron una mirada, 
como diciéndose entre si: "¿Y qué ha- 
cemos ahora? No tenemos din-ero" No 
obstante, Joaquín, después de breves mo- 
mentos de vaci'laciónr djjo á la costurera : 

— Sírvase usted decir á la señora mo- 
dista que por allá paso á pagarle. 

— ¿Ahora m'smo? preguntó la mujer. 

— Ahora mismo, ó mañama á más tar- 
dar. 

— Bien, repuso la mensajera. 

Y se marchó desipués de haber recogi- 
do la factura. No bien volvieron los es- 
posos á quedarse solos, preguntó Berta 
á Sandoval: 

— ¿Por qué has dicho que irás á pagar 
hoy mismo, ó mañana? ¿Tienes dinero 
con qué hacerlo? 

—No, repuso Joaquín. 

— Pues ¿por qué te has comprometido» 
con tanta seguridad? "^ 

— Sólo por salir deil paso y para dar 
tiemno al tiemioo. 

— Pero ¿qué piensas hacer? Insistió la 
esposa. 



626 






* ■ ^ >. ■ 






.'y •>!• 



— No sé, repuso Sandoval preocupa- 
do ¡Y ese Lechuga que no vien>e! 

Poco después, no obstante, como si 
Joaquín hubiese evocado el espíritu del 
vendedor de boktos, se presentó éste lle- 
vando la cuenta y el dinero recaudado. 
Sandoval examinó aíjuélla con detención: 
se habían vendido algo más áe cien en- 
tradas de patio, seis palcos y plateas, y 
como cien localidades altas. El producto 
pasaba apenas de trescientos pesos. Le- 
chuga entregó minuciosamente el dinero, 
y, después de recibir el importe de su 
honorario, se marchó saludando con cor- 
tesía. Siguió luego una larga delibera- 
ción entre los jóvenes, respecto á la in- 
versión que debería darse á los fondos. 
y estando en ella todavía, llegó don Teo- 
domiro, quien se engolfó en ja misma 
conversación. Después de tomadas en 
. cuenta por los tres todas las circunstan- 
cias del caso,: y la naturaleza de los diver- 
sos servicios recibidos, se decidió cubrir, 
ante todo, los gastos de papeleta, alum- 
brado é imprenta, que sumaban casi tan- 
to como lo recaudado. 

— Es necesario pagar primeramente á 
• •los pobres, dijo don Teodomiro. Los in- 
felices que prestan pequeños servicios, 
tienen necesidades que no admiten apla- 
zamiento. Impresores, teloneros, acomo- 
dadores y mozos, son gente que goza fue- 
ro La cuenta de la luz, por ser re- 



la<tivaínient€ corta, puede saádarse tam- 
bién; así "nos iremos" descargando de 
deudas. 

—Soy de la misma opinión, repuso 
Sandoval. 

Quedó, pwes, resuelto eil punto, y Gó- 
mez y Pérez con la comisión de hacer la 
distribución entre los agraciados. Aun no 
concluía el cóncSove, cuando llegaron nue- 
vos papeles de cobro; parecía que se ha- 
bían puesto de acuerdo los acreedores 
para caer de golpe sobre aquel hogar. 
Eil pintor escenógrafo manifestaba en 
carta breve que, teniendo que saJár del 
lugar dentro de dos días, suplicaba se le 
remitiese con el portador, el pago de sus 
honorarios. Eil sastre se limitaba á enviar 
su factura. Ambas reclamaciones eran die 
carácter apremiante. Joaquín contestó 
con mayor aplomo que la vez anterior, 
pues ya tenía andado el camino de los 
aplazamientos, que pasaría personalmen- 
te á cubrir ambas cuentas aquell mismo 
día ó el siguiente 

— 'Ahora, dijo el joven profundamente 
contristado, cuando se hubieron marcha- 
do los acreedoaies, debo resolver este pro- 
blema, ¿iCómo pago esas cuentas? Nues- 
tro concierto ha sido un éxito artístico, 
es verdad ; pero como negocio, un desas- 
tre, un fracaso. 

— ^¡Un desastre.! repitió Berta como un 
eco. 






'■'■S.V-: 



■.ríjar^. 


















-"■■-.* •. 



628 ■•;■ , ■-- 

— ¿A cuánto monta el deficiente? pre- 
guntó don Teodoimiro sin opomerse al co- 
mentario. 

— -A unos setecientos p-esos, repuso el 
jo'ven. 

— ¿Y "nuestro efetivo?" siguió pregun" 
tando Gómez y Pérez con vivo interés. 

— A cero, repuso el joven despechado. 
Berta y yo vamos al d^a : vivimos sin con- 
goja, pero nada nos sobra. 

— No tanto, Joaquín, intervino Berta- 
ruborizándose • algo tenemos en la hucha. 

—¿Es posible? exclamó Sandovafl 
asombrado. ; ^-^-■' ^ • í'-'P ^ ^^-- -^ IJ^F • 

— Sí, prosiguió la joven, líe hecho mis 
economías. No es mucho ; serán unos cin- 
cuenta pesos. . . . 

Corto y casi insignificante era, en efec- 
to, él ahorro para consolidar la situación : 
mas la noticia causó á Sandoval una im- 
presión tan inesperada, que k hizo pal- 
pitar el corazón de alegría, más por el 
descubrimiento de una nueva perfecc'ón 
en su esposa, que por la importancia del 
auxilio. No podía explicarse cómo había 
podido ser aquello ; era una obra de mi- 
lagro. ... De lo que se deducía, lo mi's- 
mo que de todo, que Berta era un ángel : 
y se dedujo también que era preciso es- 
trecharle y besarle la mano, como lo hizo 
Sandoval en las barbas mismas del maes- 
tro. 

— Algo- es algo, repuso don Teodbmi- 



■>'': v ■'■-•. ': '-:.'---^v 629 '-■■ 

ro, sin darse, por entendido de aquel len- 
guaje mudo; no hay que eohar en saco 
roto eil p.quillo. Con todo, €s ed deficien- 
te tan considerable, que necesitamos mo- 
vernos mucho para salir del paso. 
, — Pero ¿cómo? preguntó Sandoval con 
desaliento. A mi no se me ocurre nada. 

— ¿No se te ocurre? Pues voy á decir-- 
telo, repuso don Teodomiro con energía. 
Revolver cielo y t'erra, y no estarte aquí 
encerrado y cruzado de brazos. ¡Vamos 
á la calle: tú por tu lado y yo por el 
mío ! . . . . ¡A ver amigos, prestamistas, 
empeñeros, y cuanta sabandija pueda pro- 
porcionarnos dinero! 

— ^Tiene usted razón, repuso el joven 
aturdido ; ahora es cuando debe apelar- 
se á los grandes recursos. 

— Pues manos á la obra, prosiguió el 
maestro levantándose ; no hay que perder 
un solo momento. Te has puesto plazos 
demasiado cortos, pero haremos lo que 
se pueda ; y, en todo caso, los alargare- 
mos cuanto sea necesario contra todo 
viento y marea. 

•Alentado por la actitud del maestro, el 
joven, aunque carecía de experiencia, re- 
lac'ones, trato é iniciativa, tomó el som- 
brero y salió coai el anciano, dejando á 
Berta hondamente preocupada. Ya en la 
calle, celebraron breve oonferencia maes- 
tro y discípulo, y convinieron en dividir- 
se la ci!uda)d en dos partes (como los 






i,«ív 



Apósteles se dividieron el mtuidb en do- 
ce) para no hacer doble {rabajo. Don 
Teodomiro marchó hacia d Sur y Sando- 
val hacia el Norte; ambos en busca ded 
vellocino de oro. 

Sería necesario escribir largas y nutridas 
páginas para narrar Jas malandanzas de los 
exploradores de voluntades en su vago é 
indeterminado curso al través de barrios, 
plazas, calles y callejas, ya por casas de 
amigos, colegas ó simples conocidos, ora 
llamando á la puerta de los ricos, ora á 
la de los pobres ; solicitando aquí la asis- 
tencia de algún negociante, más allá la 
de algTÍn filántropo. Bástenos decir, para 
compendiar tan lamentable, penosa y 
melancólica odisea, que ni el anciano ni 
el joven pudieron encontrar quién les 
abriese el bolsillo, ni éste por su negro 
bozo, ni aquél por su barba cana; pues 
poT todas partes y con diversos pretex- 
tos, recibieron de tirios y troyanos, nega- 
tivas más ó menos rotundas ó disfraza- 
das, pero siempre dolorosa y claramente 
inteligibles. En Fópoli hay mucha gente 
roñosa, que ama á Dios á puño cerrado. 
No faltan por ahí algunos buenos y gene- 
rosos cristianos que saben tender la mano 
al desvalido y se duelen de los pobres ; pe- 
ro, como en todas partes, esas almas hu- 
manitarias forman una reducida aristocra- 
cia, en tanto que el número de. los Har- 
pagones y licenoiados Cabras, es tan in- 



coíitable como el de las estrellas del cielo 
y las arenillas del mar. De ello adqui- 
rieron dolorosa experiencia aquellos 
pobres artistas en su ardorosa y deses- 
perada • caza tras los duros, por las ho-j^ 
rriblemente soleadas calles de la ciudad. 
Bien mirado el caso, era lógico el resul- 
tado de tan loco empeño, pues ¿qué era 
lo que ofrecían á "la gente adineríida" en 
cambio del servicio? Na<ia, sino buenas 
promesas. Mas como los ricachones, que 
son gente de olfato- fino para los buenos 
negocios, no percibían en aquellos mo- 
mentos el perfume de una transacción 
usuraria y s-egura, se negaban abierta- 
mente, como era natu.-all, á lo que -se les 
pedia, ó tenían la desfachatez de exigir 
de eiUos cosas estupendas, «n forma de' 
garantías de primer orden, como ricas 
alhajas, ó fiadores opulentos, que renun- 
ciasen los berreficios de orden, escusión y 
hasta el derecho llamado del "pataleo." 
Los artistas habrían convenido en devol- 
ver ciento por ciento del préstamo al año. 
ail semestre ó al mes de la fecha, sá á ese 
precio hubiesen logrado salir del apuro; 
pero no podían ofrecer alhajas ni fiado- 
res: en primer lug^ar, por carecer de re- 
lojes de oro y fistoles ó anillos de brillan- 
tes, y en segundo, por no tener quién los 
conociese ni se doliese de su desdicha so- 
bre la tierra, aparte de las hermanas de 
la Caridad, que eran tan pobres como 



ir 



ellos. De donde resulró que el problema 
quedase en pie y sin soilución, pues si era 
verdad que había dinero y negociantes 
dispuestos á colocarlo can todo género de 
seguridade''s y á tipo alto, también lo era 
que los cofres no s-e abrían por falta de 
aqueiilOiS nimios, abominables y enfadosos 
requisitos. 

A'lgunos de los buenos amigos de los 
.artistas hubieran tenido gran placer en 
saicarlos del charco, sin interés allguno y 
por la pura satisfacción de servirles ; pero 
quiso la mala suerte que la poca gente 
desiprendida y bien intencionada de la ciu- 
dad, fuese tan pobre como Job en el es- 
tercolero. Y como los buenos deseos, aun- 
que laudables, no son metal fino que pueda 
acuñarse, venderse ó darse á peños, resul- 
taron inút'les en la práctica cuantos sen- 
timientos benévolos hallaron los artistas 
al paso, y lo único que de su prolongada 
excursión sacaron en limpio, fué conocer 
de cerca la despreciable ruindad de los 
unos y la impotencia lastimosa de los 
otros. La situación quedó, pues, reducida 
á lo siguiente : los que tenían dinero, cj- 
recían de voiluniad de soltarlo, y los que 
tenían voluntad de soltarlo, carecían de 
dinero que soltar. Así que, cuando J01- 
quín volvió á casa, no sólo no llevaba pe- 
cunia, s"no había perdido hasta la espe- 
ranza de obtenerla por cualquier medio. . 
Berta k aguardaba á la ventana llena de 



'/■::-v:i.-.V',. . .;. 633 . • . 

ansiedad, y, como carecía de experien- 
cia en todo y confiaba cieg'amente en el 
talento de su marido, había llegado á creer 
qiue éste lograse salvar la d ficultad al fin 
de todo ; pero al observar el aspecto lán- 
guido y desmayado que traía, compren- 
dió que su mala s-uerte había sido más 
fuerte que sus enormes facultades. 
— He andado casi todo Fópoli, dijo Joa- 
' (juín sudoroso y consternado ; he llama- 
do á todas las puertas y ninguna se me ha 
abierto. Nadie ha querido tenderme la 
mano. 

Y refirió á su esposa punto por punto, 
su peregrinación semi mendicante al través 
de media ciudad. Berta le oyó con con- 

• ROJa. • • ^ 

— ¿De suerte, le dijo cuando el relato 
hubo terminado, que no nos queda nin- 
gún recurso de qué echar mano? * 

— Así lo creo, repuso Joaquín ; he ape- 
lado á todos los medios imaginables. 

— Y ¿ qué va á ser de nosotros ? 

— Só'lo Dios lo sabe. 

— ¿Nos pondrán en la cárcel? 

— No sé ... ; creo que nó, contestó el 

joven pensativo He oido decir que 

en nuestro país está abolida la prisión por 
deudas. ■■'--. '--li-V- 

La joven pareció algo más tranquila al 
oír la respuesta. 

— Pero «no por eso nos salivaremos, 
prosiguió Joaquín con voz lúgubre. Si no 



V. , 



nos encarcelan, perderemos el crédito y 
se dirá que no tenemos vergüenza. 

Hubo im prolongado silencio, durante 
el cual ambos cavilábame con la sabeza 
caída sobre el pecho. ^ ( 

-^¿Y don Teodoimiro? preguntó Berta 
como si se despertase de un sueño. 

— Al maestro debe haberle pasado lo 
mismo q-ue á mí, repuso Sandoval con tris- 
te convicción ; la ciudad es igual por el 
Norte que por el Sur: por todas partes in- 
grata. Yo ar.duve hac-a el Sur y volví tan 
pobre como me fui ; él ha caminado hacia 
el Norte y tornará tan desolado como yo. 

Ya entrada la noche, se presentó, en 
efecto, Gómez y Pérez, haciendo una his- 
* toria tan triste y ^olorosa de su excur- 
sión, que parecía la segunda edición, co- 
rregid-a y aumentada, de la que pocos mo- 
mentos autes había hecho su discípulo. 

— ¡Ni ricos ni pobres! concluyó: ¡las 
puertas cerradas por todas partes ! ¡ Los 
unos porque no tienen y los otros porque 
no quieren ; todos son igualmente inúti- 
les ! 

Hizo mía breve pausa, y luego continuó 
alegremente : 

— 'Pero eso sí, no vengo con las maaios 
vacías. ,■ '. - ■ ¡ ", 

Los jóvenes le miraron con sorpresa. 

— Sí, señores, prosiguió el maestro ; 
traigo un pequeño ccntingenite para cu- 
brir los gastos insolutos. 



Y echando mano al bolsillo', sacó uno 
por uno, hasta cuarenita pesos, que en 
cuatro columnitas de á diez cada una, fué 
colocando sobre la mesa. 

— ^¿ Dónde pudo usted conseguir eso? 
preguntó Joaquín Meno de asombro. 

— ¿Qué alma caritativa se los ha pres- 
tado? preguntó Berta. 

— Nadie, repuso don Teodomiro, á na- 
die le debo el favor ; es dSncro que me he 
procurado por mí mi-smo. 

Joaquín, que. conocía las circunstancias 
•apuradas en que vivía siempre el maes- 
tro, hizo un gesto ée duda. > ' :v?iK\; 

— Vamos, maestro, repuso, no nos ven- 
ga usted con bromitas. La historia está 
buena para quien no le conozca ; pero no 
Ipara nosotros, que sabemos se le puede 
a'horcar con un cabello. ■ ''*-^J^ ' . 

— No he querido dar á entender, repu- 
so el anciano, que -ese corto auxilio salga 
de mis ahorros, pues no los tengo ni los 
he tenido nunca ; 'lo que afirmo es que me 
lo he procurado yo solo, sin recibir faivor 
de nadie. 

Berta y Joaquín le miraron con ojos de 
imoredulidad. 

— -Üsitedes saben, siguió Gómez y Pé- 
rez, penetrando su pensamiento, que "ino- 
ro" la ciencia de engañar, que na soy co- 
mddiiante y que no sé tergiversar las co- 
sas. Un hombre como yo, siempre llama 
pan al pan y vino ail vino. De suente que 






r-9,1-.; ^ 



636 



I 



no ttngo para qué hacer misterio de lo 
que he hecho. . . . Voy á decirlo en dos 
palabras He vend'do mi "veo-lín." 

Pronunció el maestro con taí naturali- 
dad aquie'lla frase, que Berta y Joaquín 
se sintieron aterrados. ¡Cómo! ¿hablaba 
. el maestro de veras ? ¿ Se refería á su 
Stradi'varius ? ¿Había tenido valor para , 
desprender&e de él? ¿Había enajenado 
aquella preciosidad, aquella alhaja, aque- 
lla maravilla, que veía como cosa sagrada, 
que amaba como á las ñipas de sus ojos y 
era como parte de siu ser mismo ? 

— 'No, maestro, repuso Saüdoval, eso 
no puede ser. ¡ Cómo habría usted de ha- 
ber heoho eso! 

— 'Como lo oyes, repuso Gómez y Pé- 
rez; cuando digo que lo he vendido, es- 
porque lo he vend'do. 

Los jóvenes hallaron eoi el rostro y to- 
no del maestro, la confirmación d^ lo que 
decía, y de golpe comiprendieron cuanto 
de tierno, generoso y noble encerraba su 
acto magnánimo. El Stradlvarius, genui- 
no ó nó, había sido compañero de Gómez 
y Pérez durante casi toda su vida : su con- 
suelo, su orgullo, la prenda más valiosa 
que había caído en sus manos. Cuando 
hablaba de él, le temblaba la voz, se ponía 
grav2 y era invad'do por un respeto casi 
religfioso ; y cuando lo mostraba á ami- 
gos y conocidos, decía de él cosas muy 
elocuentes, pronunciaba largos discursos 



^37 . 

y devaba la frente con' soberbia. Aquel! 
violín había sido testigo de sus pobrezas, 
confidente de sus penas, depositario ác 
sus esperanzas, y fiel amigo en cuyo seno 
haibia deipositado todas sus quejas. ¿A 
dÓMde podía ir privado de aquella fuente 
de vida, de ese foco de inspiración? ¿Qué 
haría en adelante sin aquella ilusión que 
le guiara y sin aquel encanto que le sos- 
tuviera? ¿Qué otro objeto precioso, qué 
otra joya de valor inestimable iría á 
¡llenar d hueco que dejaba en su corazón 
y en el desmudo muro de su íülcoba aquel 
amadisimo instrumento de siu alma? Tan 
humilde acto de desprendimiento, era sen- 
cáílamente, ni más ni menos, un acto de 
incomp'rensible heroísmo; era más que 
d/esprendimienito, más que generosidad y 
heroísmo, era una amputación del pro- 
pio ser : era ¿orno si el pobre viejo se hu- 
biese sacado los ojos ó desgarrado d tím- 
Ipano auditivo, ó arrancado el corazón 
con su propia mano, para renunciar á ver, 
oír y sentir. ¡Y todo por ayudar á sus 
discípulos con su grano de arena, con su ; 
óbdlo de mártir, con el gemidlo de su pe- -:. 
oho, con la sangre de sus venas, con el 
ailiento de su propia vida, á salvar su dolor ~ 
y su insolvencia, sin medir la intensidad 
del sacrifiicio, ni curarse dd abandono, • 
la tristeza y la soledad en que iba á que- - 
dar sumergido ! 









- -638 

: — ¿ En cuánto 'lo vendió ? pregunitó Joa- 
qüíií icon voz trémula y congojosa. 

— En eso, contestó brevemente el an- 
ciano, señalando el dinero, a^vt^ 

— i En cuarenta pesos ! exclaiíió Berta 
aterrada ante lo exíg-uo de la suma. 

— ¡Por esa miseria 1 elijo Joaquín más 
y más abismado. 

— No hubo quien diera más que eso, re- 
puso Gómez y Pérez sin inmutarse; lo hu- 
biera vendido por lo que me "hubieran 
ofrecido. Las cosas valen por los ser- 
vicios .que prestan cuando se les necesita. 

No fué posible resistir .á la evidencia; 
don Teodomiro hablaba de veras, había 
vendido el Stradivarius y . se había des- 
prendido de él por cuareíita •pesos, Ber- 
ta y Joaquín coñmcxvidos ante grandeza 
tan modesta y generosidad ta^n increíble, 
no hallaron palabras que 'pronunciar ni 
ideas qué emitir á la altura de las circuns- 
tancias ; así que, como movidos por un re- 
sorte y ohedeciendo un solo impulso, fue- 
ron derecho al maestro con los brazos ex- 
tend"dos y los ojos arrasados de lágrimas, 
y lo estrecharon largamente sobre el cora- 
zón. Pero den Teodomira estaba resuel- 
to á no conmoverse, y^ aunque corres- 
pondió su abrazo efusivo, continuó apa- 
rentando una tranquilidad imperturbable, 
como si se tratase del hecho más trivial 
é insignificante del mundo...- 

— ^Déjense de niñerías, decía con torio 






pat-crnaíl. No hay que dar "demaaeada" 
importancia á una cosa baladí. ¿No era 
"asurdo" que yo, sieíido tan pobre, tuvie- 
se en mi poder un "incatrumento" tan 
valioso como ese? Ya me lo había dicho -^ 
varias veces á mí mismo; pero por prin- 
cipio de necio egoísmo y orguillo incali- 
ficable, no había llegado á resolverme á 
venderlo. Me había dicho que, al menos, 
podría ser un recurso precioso para "cir- 
cunstánceas" extremas, y ya ven como no 
me he equivocado; acaba de prestarme 
un gran servicio al permitirme ser útil 
á ustedes, aunque de modo bien misera'- 
ble ; pero les aseguro que, si mis viejas 
entrañas valieran algo, me las arrancaría 
por mí mismo para venderlas y sacarlos 
del apuro. Por lo demás, a)l despedirse de 
mí, me ha dejado el "veoHn" la "impre- 
seón" de una angélica melodía. 

Al hablar de esta suerte, semtía el po- 
bre viejo desgarrado el corazón ; pero se 
empeñaba en no darlo á. conocer, y ni un 
solo músculo de su rostro se contrajo, ni 
se notó el menor temblor en su acento. 

— Maestro, exclamó Sandoval con tono 
aflig'do. ¿A dónde ha conducido á usted 
el afecto que nos protfesa? Le hemos ser- 
vido de pesada carga, hemos sido su som- 
bra negra. > : ' - 

— ¡ Calla ! rppuso Gómez y Pérez con 
exaltación; lo que estás dáciendo es tn- 
scn-sato. Los remordimientos no deben 



v/, 



">A- 



640 

ser tuyos, sino míos. Yo soy quien ha si- 
do tu verdugo, yo quien te ha impulsado 
por €l camino d'cl arte sin recompensa, 
yo quien te ha "incspirado" ese anhelo 

insaciable de saber y de gloria Si te 

has consagrado á la música con tanta 
"paseón" y si has aspirado á tamto, ha si- 
do porque te be obligado á ello, forman- 
do tu "caráter" según mi albedrío y tras-, 
mitiéndote mis mismas "anseas" y "aspi- 
raceónes." Si no me hubieras conocido, 
habrías podido vivir pobre é "inorado," 
pero satisfecho de tu suerte ; mientras 
ahora, por más fracasos que sufras, lle- 
varás en el alma el dolor de una "iluseón" 
desvanecida y el torcedor de un inextingui- 
ble deseo. Pobre de tí, Joaquín, continuo 
el viejo con acento conmovido, pK>bre Je 
tí, que sueñas con un c'elo de esplendores 
al que nunca subirás, porque siempre ha- 
brá de impedírtelo la mano de la fatali- 
dad. .... Si hay alguien culpable de lo 
que sufres ya y de lo que seguirás su- 
friendo desDués, ese soy yo. . . . ¡Soy yo, 
Joaquín ! j Sólo yo, Berta ! 

— No diga usited eso don Teodomiro, 
repuso Berta llorando. Usted para nos- 
otros ha sido siempre un protector gene- 
roso, una guía sabio, un jefe querido. 

— Padrastro deberías lllamarme, y sería 
lo justo, ins'stió Gómez y Pérez, pues yo 
soy qui«n los ha orillado á estas penas, 
aunque con la mejor inteíición. Por eso 



no d'ében extrañar les ayude cómo pueda 
á salir del paso. Es mi deber, y nada más 
que mi deber. Es un "miserea" lo que 
acabo de hacer, para lo que me g^"!^ ^ 

conciencia No saben ustede% de lo 

qu€ sería capaz para evitarles penas y 
contratiempos, para colmarlos de dichas 
y para llevarlos á la cúspide del éxito, de 
la "glórea" y de la riqueza. 

Y enternecido al fin, dejó correr don 
Teodomiro el llanto que hacía tiempo 
pugnaba por brotar de sus ojos, hasta el 
punto de que, cubriéndose el rostro con 
ambas manos, prorrumpió en viriles y 
pausados sollozos. 

— ^Pero ¿qué puede hacer uti viejo inú- 
til como yo, por más que pugne y se es- 
fuerce? s'guió diciendo. Nada más que 
echar mano de un "veolín" viejo, ven- 
derlo al mejor postor y traer á sus "víti- 
mas" ese miserable recurso. 

— Más precioso para nosotros que to- 
dos los tesoros del mundo, repuso Joa- 
quín. . ' V, . . 

— Recíbamlo como prenda de mi amor 
y de mi arrepentimiento, murmuró efi vie- 
jo con acento de ruego. 

Ruido de pasos á la puerta interrum- 
pió de súbito el coloquio. ¿ Eran de nuevo 
los em'sarios de los acreedores, que ve- 
nían á urgir el pago inmediato de las cuen 
tas? Tai vez. El rostro del anciano se se*?-^ 
reno de goípe para que nadie observase • 



642 /-''í-t- 

su debilidad, y Berta y Joaquín' procura- 
ron también parecer :ranquilos ; pero -en 
lugar de presentarse los temidos exac- 
tores de los "ingleses," fué d grupo de pro- 
fesores de la orquesta el que apareció en 
esioena, encabezado por Blanco y Torren- 
tera. 

— Perdonen, dijo éste al entrar, lo ino- 
portuno de ia hora; pero aguardábaimos 
reunimos, y hasta hace unos momentos 
quedamos completos. Y <:omo no. -quería- 
mos retardar 'la visita, nos resolvimos á 
venar desde luego, aunque son ya las nue- 
^^- -■ ve de la noche. 

— Ustedes son y serán siempre bienve- 
nidos á esta su casa, repuso Saodoval al- 
go tranquilizado y con exquisita amabili- 
dad. Berta y yo tenemos gran satisfacción 
en verlos; pues son nuestros compañeros, 
y más que compañeros, nuestros amigos. 

— i Llámennos ustedes sus amigos! dijo 
Blanco. 

— ¡ Sí, amigos, amigos ! murmuraron en 
coro los músicos. 1'-':^: 

. — Admiradores y amigos, agiregó To- 
rrentera, 

— ¡Admiradores y amigos! repitió el 
coro. 

— Estos señores y yo, prosiguió don 
Pomposo, traemos el objeto, primero y 
antes que todo, de darles nuestros para- 
bienes por d éxito del concierto, y mani- 
festarles que nps sentimos orgullosos .... 



•:?- 



-rr:-'-:v-^-^ -■:-■■■ ■043-- ■■:-■,, -^ • 

-^Ustedes nos coníunden, -murmuró 

Sandováh ; . ; , : 

r-r-No baleemos^ replicó Blanco, sino tri- 
butacks -justicia. Aunque -entre nosotros' 
no suele haber gran armenia,, en este ca^ 
sQ estainois de a-cuerdo. en lo dicho, y ve* 
nimos á. rendir á u&tedes los homenajes 
de nuestra admiración. 
—-¡Sí! ísí! murmuraron los músicos. 
tY. luego, por movimiento esponitáneo, 
se celia ron á ,^ gritar : . : ; . ■ . . . ; r. . .>.;;^ lüt 
-H Vká iBeirta Cabanas 1 :; -M ' 

■ -^¡-Viva ! ¡ viva ! ¡ viva ! ' - ' ■■■ ' ^^i^-s-r-, 
— ¡Viva Joaquín Sandoval! "¿AyU-ffii. 

■— rjViivaaa!''- ■ '.■•.--' •' /i- n<<<^^, 
Berta y Joaquín dieron las gracias ^á:^ 
sus compañeros con^ rostro demudado ., 
por la ernoéión y modesptais frases impreg-.^^ 
nadas de ^cariño, estrechando la maño de Q'- 
todosf -- ■" ■ " - y' '^^ V 

-^^El segundo objeto que nos trae á eS- * 
ta casa, prosiguió Torrentera dirigiendo- t 
se á Joaquín, es el de manifestarles que '■'_ 
nos rehusamos en to absí>luto á réicibif '^:_ 
pagó de honorarios. - <^¡t-f^-^- ' • =^1 ^ 

— ¡Bravo! exclamó don Téodo miro pail-" 
moteando. 

— No, -no; eso ño es, justo, repilkó Sa^n- - 
doval protestando. No es justo hagan -tts^ ? 
tedes d sacrifiido. 

—No diga sacrifiició, reptiso Torrente- ^^ 
ra; sino satisfacción graaide é íntima. í 

—•Hay en la orquesta, repuso Sando-. 






■;«'í'Ü 






644 ;•■,_::,"- ■ ..,,;■ 

val, . personas que no pueden prescindir 
de la retribución que les corresíponde. 

— ^Se había dicho eso en "eíeto," inter- 
vino Gómez y Pérez; pero se ha "refle- 

seonado" mejor Los señores no han 

perdido más que una noche, y no se qiue- 
dan más pobres ni onás ricos por su bella 
"acceón." 
— ¡Cierto, ci-erto! murmuraron todos. 
Sandoval resistía y no quería dejarse 
persuadir; pero fueron tales y tan since- 
ras las instancias de don Pomposo, don 
Ángel y los otros músicos, que comenzó 
íi. vacilar. 

Don Teodomiro cortó la dificulltad por 
lo sano. : . '■■"' I 

— í Vamos! dijo, no seas terco, Joa-' 
quín. ¿Qué es do que cada uno^ de estos 
señores te oírece? Una bicoca. Sería 
ofenderlos negarte fKDr más tiempo. Si no 
lois complaces, van á creer que los des- 
precias. 

— Líbreme Dios de ello, repuso el jo- 
ven con nobleza, pues los quiero de co- 
razón y estimo su generosidad en todo 
cuanto vale. Sea, pues, como lo desean, 
y que el cielo se lo pague, .ya que Ber- 
ta y yo no tenemos más que niuestra gra- 
titiíd para recompensarlos. 

Y después de breve pausa, empfleada en 
desanudar la emocionada garganta, con- 
tánuó, poniendo la diestra sobre el cora- 
zón : 






;•■ ■•■■„• :>>"■- :;■•' 645 - ■' ■■• 

— ^í\quí quedará grabada su generosi- 
dad para siempre. 

Berta " no apartaba el pañuelo de los 
ojos, hondamente enternecida por el des- 
prendimiento de aquella gente. 

—Estas cosas, murmuró sollozando, 
Wegan ail trono mismo de Dios. 

Conmovidos los músicos ante aquel 
hermoso cuadro, estrechánronse cariño- 
samente en torno de Joaquín y su espo- 
sa, dándoles repetidas veces las sfracias 
por haber ac&ptado su homenaje, pero 
con una emoción tan viva, como s<i hu- 
biesen sido ellos mismos los favorecidos. 

Siguieron luego algunos instantes de con- 
versación cariñosa, durante los cuales se 
mezclaron fraternalmente los artistas en 
instrumentos de metal con los dedicados á 
soplar los de madera, y los tañedores ó fro- 
tadores de cuerdas, con los que aporreaban 
aparatos de percusión. Y todo fué con- 
tento, satisfacción y armonía mientras du- 
ró la visita, la cual terminó con algunos 
brindis calurosos, después que Berta hu- 
bo sacado botellas y copas de la despen- 
sa y puesto aquéllas y éstas á la disposi- 
ción de los artistas. 

Cuando estuvieron soJos de nuevo don 
Teodomiro y sus discípulos, dieron éstos 
rienda suelta á sus sentimientos de gra- 
titud. 

— Han hecho bien esos muchachos, re- 
puso gravemente don Teodomiro; estoy 



1 



646 V 

org-ulloso de su comportamiento. Los ar- 
tistas somos pobres de dinero, pero ricos, 
muy ricos de corazón. 

— ^Dignos discípulos de usted,, observó 
Berta. 

— ¡Aduladora! repuso el viejo. Como^ 
quiera que sea, la situación se de^ipcja. 
No podemos negar que hay un Dios en 
el cielo, que protejc á sus criaturas. Ya 
ustedes lo ven: queda sujprimida la par- 
tida de la música. 

—Así es, repuso Sand oval, debido á 
ia increíble abnegación de esos señoreó. . .. 
Pero aun quedan en pie las más pesadas.: 
las de la modista, el sastre y ei pintor. 

— Hagamos "comoposiceón". de lugar: 
¿de cuánto "disponemos" para cubrir to- 
do eso? preguntó don Teodomiro. 1 ,. ." 

—De los cincuenta pesos de mi hucha, 
repuso Berta. 

— Y de los cuarenta que he traído, 
agregó el maestro, señalando con la ma- 
no el d:nero dejado sobre la mesa. í, ;!:../. 

— Noventa por todo ; no hay ni para 
empezar, repuso el joven. ¿Qué esperanza 
tenemos de reunir los setecientos y pico 
que nos faltan? 

— Ninguna, contestó Berta desconcer- 
tada. .\ ...-. : ,-,-.y-:.- ^ :.:_^ f, ^-:;..t^| -ijt^'i 

— En estos casos, dijo don Teodomiro 
pensativo, hay que echar mano de todo, 
"asolutamente" de todo, y sin "campa- 



s€Ón." Veamos, ¿qué alhaja tienciL- uste- 
des buena para empeñar ó vender? f _ 

Berta y Joaquín echaron maquinalmen-% 
te una mirada indagadora, por la sala,,j: 
los ojos de la joven se iluminaron de.xer ?; 
pente con un rayo de luz. * : v-'^fe 

— j El piano ! exclamó con júbilo. 

— ¡El piano! repitió Joaquín. No, eso 
no ; los compraste con tu dinero y no de- 
be responder por mis deudas. . 

— No es mío, repuso la joven con fir-_ 
meza, sino tuyo y mío. Todo cuanto me 
pertenece ó te pertenece, es de los dos. 

— Sería indecoroso echar mano de él, 
prosiguió Sandoval. ¡ Sólo eso faltaba ! 
Que, cuando no he podido darte más. que 
|)obreza y desdichas, fuese á despojarte 

d-e lo único valioso que tienes Y ¿qué.. 

haríamos sin él ? Es nuestro compañero,' "- 
nuestra aikgría, la única sontrisa de núes- ;; 
tro hogar. i: 4^^..^/;; 

Don Teodomiro no apartaba los ojos 
de su discípulo, y le miraba con expre-, 
sión de doloroso reproche, pareciendo/, 
decirle con la mirada: "¿Pues no me he v 
desprendido yo de mi "veoilín?" Soy vie^b; 
jo, y vivo solo y sin amores ; y no obstante'. 
eso, he renunciado á ese mágico y queri-*¿ 
do talismán, que era el ún'co alivio de mis 
penas y la única alegría de mi alma. Lo 
necesitaba tanto como la luz, como el ai- 
re, como la fe y la esperanza, y, no obs- 
tante, lo he sacrificado • sin vacilar, sólo i 



-^-' 



■■"'.■■».■..■ 



648 ; *: ., 

por amor á ustedes. Y ¡ tú, Joaquín, n<J 
quieres deshacerte del "peano," cuando 
tienes á Berta contigo, cuando amas y 
eres amado, cuando 0I cielo sonríe sobre 
tu cabeza; y retrocedes ante un sacrificio 

mil veces menos duro que el mío !" 

Pero reservó para sí solo aquellas tristes 
reflexiones y se contentó con objetar. 

— No es tiempo de andarse con escrú- 
pulos de monja. Berta tiene razón y cum- 
ple su deber de buena esposa al ofrecer 
esa alhaja para el "sacrificeo." Ya había 
pensado yo en ese medio' de salvar la "si- ' 
tuaceón." 

Joaquín hizo con la cabeza una señal 
negativa. 

— ¿Cómo nó? preguntó don Teodomi- 
ro impaciente. ¿Niegas que los esposos 
deban ser abnegados? 

— No digo eso, replicó Joaquín ; lo que 
digo es que no acepto la indicación. 

— Reflexiónalo bien, prosiguió el maes- 
tro. ¿No ves que si ustedes no dan ese 
paso voluntariamente, lo darán obligados 
por los acreedores? Ocurrirán éstos á 
los tribunalse, embargarán el "peano" y 
lo rematarán á vil precio ; eso no tiene 
remed'o. 

— ¡ Dios mío ! murmuró d joven Meno 
de angustia. ¿ Qué hacer entonces ? 

— Lo que dice Berta, sencillamente, re- 
puso el maestro. Ni siquiera debes vaci- 
lar; la honra antes que todo. Tiempos me- 






jores vendrán, porque sois jóvenes, y po- 
dréis reponer lo que perdéis aihora. 

Sandovail dejó caer la cabeza sobre el 
pecho y nada objetó ya, indicando con su 
silencio que capitulaba sin condiciones. 
Berta, al observarlo, soltó un prolongado 
suspiro de ailivio y de alegría. 

— Casualmente, observó con viiveza, 
tewgo la seguridad de hallar quien lo 
compre luego, en condiciones excelentes. 
Una de mis discípulas, que viene á reci- 
bir leccioines á casa, se ha prendado de él, 
y aun ha traído á su padre varias veces 
para que lo vea y oiga puilsar. El buen se- 
ñor, comerciante rico de pueblo que quie- 
re mucho á la niña, me ha hecho repeti- 
das instancias para que _se lo' venda ; y 
habiéndole contado la historia de su ad- 
qu''sición, me ha 4icho qae cuando quiera 
desprenderme de él, estairá dispuesto á 
comprármelo por lo mismo que me costó. 

— i Mifen qué casualidad ! repuso don 
Teodomiro; pues hay que aprovecharla. 

— ^^íañana, prosiguió Berta llena .de 
aliento, me levanto temprano y voy á la 
casa de mi discípula para hablar con su 
padire. Estoy segura de que el negocio 
quedará hecho en un santiamén, y saldre- 
mos de apuros. ¡Dios sea bendito! Pagar 
¡qué alegría! ¿Qué gusto puede haber 
más grande que pagar lo que se debe? 

Joaquín ocntinnaba silencioso. En aque- 
llos momentos de suprema, angustia, sen- 



tía que el mundo s'e desplomaba sobre su 
cabeza, no oía más que voces confusas, y 
no -veía en torno más que sombras. Don 
Teodomiro y Berta, comprendiendo la lu- 
cha dolorosa que en su interior libraba 
con Ja necesidad y la desesperación, pro- 
curaban serenarlo. 

—¡Arriba! decía el maestro sacudién- 
dole los brazos. No te amilanes por tan 
^oco; no todos los tiempos son unos. 

Sandoval meneaba tristemente la cabe- 
za. 

— ^Joaquín, murmuró Berta con infinita 
dulzura, tomando asiento junto á .él y 
apartando con sus blancas manos el re- 
vuelto y negro pelo que había caídO' sobre 
la frente del joven; se va el piano, pero 
yo no me voy. ¿No te basta mi compa- 
ñía? • 

Al eco de aquellas palabras y al contac- 
to de aquella tierna caiicia, Joaquín se es- 
tremeció emocionado, y apoderándose de 
la diestra de la joven, la estrechó contra 
el corazón y 'la besó tierna y 'largamente, 

— ^Eres mi luz, mi vida, mi todo, mur- 
m'uró ; lo has sido siempre y lo serás has- 
ta que me muera. Dios te bendiga por 
bella, buena y cariñosa. 

Y al terminar la frase, la envolvió en 
una mirada de afecto tan hondo y de gra- 
titud tari intensa, que la joven se sintió 
" triunfante sobre la tristeza y el abatimien- 
to de Joaquín; y hubiera dado todos los 



..píaiios de! munido, á liab-erlos tenido, por 
.volver á recoger de ios ojos d€ su ama- 
do-, otra mirada. tan dulce. y luminosa. co- 
mo aquella. 



La tarde del siguiente día, vino, en 
eefoto, el comerciante á la casa de Berta, 
. á terminar él contrato que había sido apa- 
. labrado por la mañana. Pu&o en manos 
de lia joven el precio convenido, y ésta 
/ hizo con gracia y buen humor la entre- 
/ ga del querido y precioso instrumento. 
Joaquín no tuvo fuerzas para presenciar- 
lo; "pero oyó desde la pieza contigua, el 
tragín de la mudanza. Y tanto por las vo- 
ces y. pasos recatados que resonaban en 
^ la sala, como por la forma del piano de 
cola, que percibió ail través, de los crisita- 
les, tuvo la impresión de que aquella ma- 
niobra era 'la de la extracción de un ataúd 
dentro del cual iban encerradais su ju- 
ventud y sus ilusiones. Doiminado por id-ea 
tan . dolo-rosa, se sentó desolado en un 
rincón, y, puestos los codos sobre las ro- 
diillas y la cabeza entre las manos, se echó 
á llorar como un niño. 

'Berta, entre-tanto, se ocupaba en dar 

un nuevo arreglo á las sillas del salonci- 

' to para llenar el hueco que el piano ha- 

' bía dejado contra el muro; y, sospechan- 

' do que Joaquín estaba tristísimo, y había 

oído cuanto pasaba,, gorgeaba sin cesar, 

talareando alegres canciones con su fres- 



'<-i 






w 

M 



ca voz de calandria, para mostrar conten- 
to y levantar el ánimo de su esposo, sin 
que éste sospechase su intención. 



• ', ^ VI 

Un desquite y un adiós 



Don TeodoTn'ro tenía buenos amigos 
en Méjico, á donde había ido con frecuen- 
cia, unas veces por mero placer, y lla- 
mado otras para toimar parte en grandes 
solemnidades musicales. Desde la repre- 
s-entación de la "lldegon'da" y el "Gino 
Corsini" del maestro Morales, había re- 
cibido el arte mejicano un gran impulso; 
y sus más ardientes cui't'vadores se ha- • 
bían reunido en asociación permanente 
para fomentarlo, desarrollarlo y hacesrlo 
florecer. El joven autor de aqu'&llas obras 
aplaudidisimas acababa de volver de un 
di'latado viaje por Italia; venía lleno de 
conocimientos, de inspiración y de fe, y 
ardiendo en deseos de impartir todo esp á 
las nuevas generaciones. De aquel mo- 
vimiento espontáneo y entusiasta, nació . 
la creación del Conservatorio Nacional 
de Música, que no tardó en tener ca- 
sa propia, pues le fué ced'do por Juárez 
el edificio de la antigua Universidad. Una 






m 



^3 ■ -f 

vez adquirido cl local, fué preciso adaptar- 
lo á su objeto. De elilo se encargó el 
M-hg€aiiero don Antonio García Cubas, 
honra de 'la ciencia y d'e Jas Jetras meji- 
canas, y uno de los más ce'losos dilettanti 
de la música, quien improvisó 'en el vetus- 
to edificio, im bermosO' teatro con exce- 
lentes condiciones acústicas. Asi comen- 
zaron bien prontO' Jas audiciones vocates 
é instrumentailes del nuevo plante'l á des- 
pertar el estimulo público. 

Al organizarse los s'ervicios del Con- 
servatorio, fundáronse dlases de compo- 
sición y armonía, no conocidas antes en 
nuestro país, y de las que fué initroductor 
di imd'smo Moríales. Los innovadores, re- 
sueltos á aprovechar en favor de &u idea 
todo's los buenos elementos de la Repúbh- 
ca, entraron en corresponden cía desde lue- 
go con los más notables músicos del país, 
y entre otros, con el Sr. Gómez y Pérez, 
á cuyo mérito hacían la debida justicia ; y 
soilicitaron de él con instancia, cooperación 
inmediata para el desempeño de alguna de 
las asignaturas del programa de estudios. 
¡ Quién más digno y apto que él para 
aKjiuella labor fecundísima ! Su briilante 
y honrosa carrera, su dilatada experien- 
cia en e'l magisterio y su pasión nunca 
desmentida por el arte, le hacían acree- 
dor de toda justicia á aquella tan ¡honro- 
sa distinción. "Venga usted, 4e decía Mo- 
rales en una hermosa carta autógrafa que 

PRBCURSORES— 41 






'i'<*;: 



todavía se conserva, á formar cuerpo con 
nosotros, ahora que vamos á emiprender 
ima gran cruzada en favor del arte; ven- 
ga á ayudarnos á poner los fufidamentos* 
d'e esta cbra colosa'I, d'estinada á producir 
frutO'S preciosos para Méjico en día no' le- 
jano. Aguardamos y necesitamos su con- 
curso ; así rematará usted una ■existencia 
Iilena d'e mérito, con un gran epílogo de s^er- 
vicio'S eminientes. Por acá se abre ya un 
buen porvenir á los artistas. Aunque el 
sueldo que k ofrécemeos por ahora, no 
sea considerable, pues apenas comenza- 
mos nuestras labores, le garantizamos 
que no pasará penurias y aflicciones en- 
tre nosotrois, puesi nos obligamos á pro- 
porcionarLe entre nuestros conocimien- 
tos, lecciones particulares, las cuales, uni- 
das á los trabajos extraordinarios que 
se le presenten, le bastarán para ganarse 
más de 'lo necesario para vivir holgada- 
mente y con decoro." 

Don Teodomiro comenzó por rechazar 
porfiadamente toda idea de cambio de do- 
micilio, pues quería á Fópoli entrañable- 
mente, amaba con ardOr á sus discípulos y 
deseaiba continuar atizando el santo fuego 
del arte en aquella oscura caipital de pro- 
vincia, cuyo porvendr tenia por cierto lia- 
bría de ser muy grande algún día ; pero en 
vista del triste giro que iban tomando los 
sucesos en mi ciudad natal, había ido fla- 
queando poco á poco en sus resoluciones, y 



•V-'.-V-, 



655 :■■ -;...■/. 

á últimas fechas, había acabado por entrar 
en pláticas reseTvadas con sus favorecie- 
dores acerca de las condiciones bajo las ■ 
■ cuales podría aceptar sus ofertas. 

Así las cosas, una mañana, como ocho 
días después del concierto, fué tempraino 
á lia Casa de Correos en busca de su 
correspondencia, y haiUó una carta pa- 
ra él con sello de México. Era del Di- , 
rector del Conservatorio, quien le ccfn- 
testaba aceptando lisa y llanamente sus 
propo'siic iones, y le remitía por adelan- 
tado ochenita pesos en una letra, para 
los gastos del viaje. "Está usted ha- 
ciéndonos mucha falta, le decía, pues 
no hallamos persona capaz de des^empe- 
ñar á nuestra satisfacción la clase que le 
tenemos reservada ; así que le rogamos 
se ponga en maraha tan pronto como re- , 
ciba la presente. Tentémosle preparado ya 
un buen alojamiento, é iremos varios pro- 
fesores y yo á recibirlo á la casa de Di- 
ligencias para instalarle en su nueva ha- 
bitación. Necesitamos hablar de cosas 
muy importantes, relacionadas con nues- 
trO'S propósitos." Impres-ionado con aquie- 
11a lectura, entró de golpe en un nuevo tor- 
bellino de dudas y vacilaciones suscitadas ' 
por el giro rápido que habían tomado los 
acontecimientos. Su profundo apego á las 
cosas y personas die aquel lugar; los re- 
cuertlos de su juventud y de su larga vi- 
da transcurrida bajo tan hermoso y e-:- 






• ¡rtí : . 

■' -i 



656 ' 

pléndido cielo; sus anhelos de grandeza 
y g-loria para Pópoli. alentados durante 
cerca de medio sigflo ; todo aiquel mundo 
de ideas, imágenes, cifectcs y esiperanzas 
agolpado á su corazón y á su cerebro en 
un solo momento, sumiéronle eti profun- 
da confuisión v le infundieron un desalien- 
to horrihle. No en balde se han vivido 
cerca de setenta años len im lugar, por 
secundario que sea, amándolo y admirán- 
dolo sin reserva; no en balde se han acos- 
tumbrado los ojos á ver unos mismos ho- 
rizontes, unos mismos celajes, unos niis- 
mos otbjetos y unos mismos rostros du- 
rante una larga existencia ; y no en bal- 
de se ha participado del espíritu y de los 
sentimientos ide una colectividad des.de que 
se abrieron los ojos á la luz hasta una 
edad avanzada. El día en que el viejo ha- 
bituado á ese género de vida, quiere des^ 
prenderse del cuadro donde se halla meti- 
do é incrustrado, siente como s>\ se le des- 
garrasen lias entrañas, como si se nubla- 
ra la luz del sol, como si se le acabara la 
vida : y al separarse de alhí, deja en el 
amado y nimca olvidado sitio, pedazos 
del rebelde corazón, como dejan las os- 
tras parte de su envoltura adcárea, al ser 
arrancadas de las rocas á que han es.ta- 
do adheridas. 

Pero la reflexión se abrió paso bien 
])ronito en aquella alma enérgica y viril. 

Debía obrar con la cabeza v no con el 



657 -J-. 

corazón. Cuanto había estado en su po- 
der, lo había hecho ya en favor de Fo- 
dolí. Su ma}'or esfuerzo se había reali- 
zado ya, y no había para qué insistir en 
aquella, labor inútil. Todo cuanto había 
sabido enseñar, lo había enseñado; todo 
cuanto había podidoi trasimátir, lo había 
trasmitido. Ahí estaban sus distípulos pa- 
ra testificarlo, y, sobre todo, aquellos dos 
predilectos de su alma, Joaquín y Berta, 
los más empeñosos, inspirados y bu-enos 
de cuantos habían caído bajo su direc- 
ción paternail y entusiasta. En ellos ha- 
bía fundado S'US esperanzas ; había tenido 
fe ciega en su porvenir, y había aguar- 
dado lleno de confianza su aparición en 
la escena del mundo, como se aguarda 
la salida de dos astros esplendorosos. 
Diesgraciadamente, sus ilusiones habían 
fracasado, pues aqueíla ingrata sociedad 
no ihabía sabido apreciarlos, y con glacial 
indiferencia los había dejado hundirse en 
la miseria y la desesiperación. Xada le que- 
daba por hacer en aquella capital, poco dis- 
l^nesta todavía á servir de cuna y almacigo 
de grandes y nobks artistas. Continuar 
vegetando en aquel pozo osturo, y en- 
vuelto en aquella atmósfera iría y silen- 
ciosa, sería un suicilio cruel y lento. Pre- 
ciso era. por lo mismo, trasladarse á otro 
luírar, <loiide hubi'ese horizontes extensos 
y claridades matutinas. ¡A ^[éjico. pues! 
Era su destino. Abríase allá amplio cam- 



4'. 



■■u tí 



658 

ÍK> donde podría cosechar mies abuirdant'C. 
. . Pocos años le quedaban de vida y debía 
aiproveoharilos en favor de la música., que 
era, ha'bía sido y seg-uíría siendo hast^ la 
muerte de la señara de sus pensamiientos. 
Mucho le dolía dar un paso tan cruel y de- 
cisivo; pero le consolaba pensar que no lo 
hacía arrastradlo por la codicia ni por la in- 
■ ' g^ratituid, sino obliígado tan sólo por su de- 

• voción infimiita á tan garande y noble causa. 

Tomó, pues, su partido, y, sin consultar 

V ■; con nadie, por temor de flaiq^uear, y á fin 

V de quemar luego sus naves, como Cortés, 
•- ■ >e dirigió sin más preámbulo á da casa ban- 
*;; caria donde debía serle pagado el mise- 
rable giro que acababa de recibir, y des- 
i;aés de haberlo cobrado, se trasladó de- 
.r'tichamiente á la de diligencias, donde to- 
tnó pasaje para Méjico. En seguida salió 
ciiel destpacho Mevando en eí boilsillo algún 
•dinero sobrante y el billete comprado, pa- 
ra enderezar los pasos hacia la casa de 
Sandoval y ponerlo ^odo en conocimiento 
de sus jóvenes amigos. 

Iba preocupado por el camino, ipensan- 

. -• ;Io en su próxima maroha y en la vida 

nueva que -le aguardaba, cuando troipezó 

'■■>>[■.. con una bandada de cliiqíuiTlos harapien- 

tos y descalzos, que corrían por las ca- 
ites llevando gruesos rollos de paipel de- 
bajo del brazo, y gritando á voz en cue- 

:¿- lio: 

. " — "¡ El Azoite !" "¡ El Azote !" 



-i 



rf*'^'^^?»^,V-fíy VM . 






659 

Sins voces le liioieron reflexionar que 
r^nia algo más que arreglar anites d-e 
niaricharse de Fópoíi, -y e"l recuerdo d-e 
liecerril se le monh'» al cerebro con pun- 
zantisima cólera. 

— Hoy es cabo de semana, se dijo, y 
como no ha tenido ocasión anterior ese 
3>ellaco para liater comentarios sobre nues- 
tro concierto, porque su .periódico sale ca- 
da ocho días únicameote, es seguro que 
hoy los hará en su inmundo papelucho. 

Para desengañarse, llamó á uno de los 
pilhielo's, y le comlpró un nitmero del 
''Azote." 

— 'Es el dinero más mal gastado de mi 
viJa, refunifuñó al desprenderse de su di- 
nero. ' 

Eiohó un rápido vistazo á las páginas 
del semanario, y bien pronto, en la se- 
gunda de ellas, tropezó con lo que busca- 
ba. Era otro "enitrefidet," que decía : 

"EL CONCIERTO DE LA SEMA- 
NA PASADA.— 'La "cosa" salió peor de 
'lo qiue nos figurábamos. El teatro Alar- 
c(m estuvo desierto, pues no h'ubo almas 
candidas que cayesen en la ratonera. Uno 
ú otro melómano de esos de "peor es na- 
da," se sentaron en las primeras lunetas'; 
pero tan silenciosos y acortados, que no se 
atrevían ni aun siquiera á verse los unos á 
los otros. Las familias principales de Fó- 
poíi brillaron por su ausencia. Los escasí- 
simo-s palcos y lunetas ocupados, se per- 



ó6o 

dían entre un multitud de ii/iichos siíl'encio- 
so's y desiertos, parecidos á g-avetas áe 
campo'santo. Sólo -en las galerías altas hu- 
bo sllguna. concurrencia ; pero, segiin es- 
tamos inifio miados, fué formada en s'U ma- 
yor parte por hosipic'anois qute asistieron 
de ba'kl'e al espectáculo. Con esto se gran- 
gearon los artistas "una ovaición espon- 
tánea."' La cacareada miisáca de "'Doña 
jMariii^a"' del "maestro meji'cano" Sando- 
vaj, no va'le tres cominos; pero es muy 
presuntuosa, y tiene pujos ridículos de 
"berliozisttno" y *'wagnerisimo." En opi- 
nión de los inteligentes, no es más qu'e 
un zurcido de trozos plagiados de 'estos 
dos maestros. La prima donna canta me- 
nos que medianamente, y carece absoluta- 
mente de es'cuela. Para muestra de su per- 
fecta inconscientia, diebemos decir que en 
la escena en que personificó á la Malinche, 
sacó á relucir su hermosa cabellera rubia. 
¡ Ignora, según parece, hasta que las indias 
la tienen neigra!.... En resumen: el es- 
pectácuilo fué ridi'cu'lo y fastidioso. El ver- 
dadero responsable del "fiascO'," es el lo- 
co don Te od o miro Gómez y Pérez, maes- 
tro de ese grupo de "inspirados,'* porque 
es él quien 'les ha metido en la mollera 
c|u>e Fópoli es Floremcia y "edüos unos ,q:e- 
n ios .desconocidos. .. . Dicese que en la 
taquilla no se reunieron más que 'S-eii.Ue 
reales." 

— ^: Con que sí, eh?' se ]>reg'untó á sí 



. ■• ^ ■ . ■■%■ ■ w 

66i ' ^"^ 

mismo don Teodamiro, tragando gordo 
y rojo como la púrpura, después de ha- 
bersie impuesto d^l insolente párrafo. 
Pues ahora vamos á verlo. 

Coigió el periódico, y doblán'doilo cuida- 
dosamente con aparente calma, como si 
fuese cosa preciosa, lo guardó en Ja fal- 
triquera donde conserval^a el de la sema- 
na anterior. 

— La redacción, pensó, esiíá en 'la calle 
de San Agustín, no lejos de aquí. Es po- 
sible que en ella se ha'Ue Becerril en es- 
tos momentos, por ser la hora en que da 
á la venta su periódico. 

Monologando de este modo, tomó el 
camino de San Agustín, y pronto llegó 
á donde iba. El local destinadoi á la redac- 
ción del "Azote" se reducía á una pieza 
con puerta á la ica'lle, sin más ajuar que 
una mesa de madera blanca en la testera 
y unas cuantas sillas desvencijadas, arri- 
madas á las cuatro paredes. Pendientes 
de ganchos y clavos, mirábanse colecoio- 
n'es de periódicos por los muros, y sobre 
las siUas y mesas, montones del último 
número áel "Azote," húmedos aún y olo- 
rosos á tinta de imprenta. Don Valente 
estaba ahí, en efecto, y se ocupaba á la 
sazón, en vender su semanario' á los pa- 
peleros : pues como el ejercicio' del perio- 
dismo dejaba escasos rendimientos en 
V'^ópoli, se veía obligado á hacerlo todo 
por sí mismo : escribir, corregir ivrue- 



662 

has, contratar anuncios }"- adminástrar la 
publicación. Aunque don Teodomiro le 
vio desde que sentó la .planta en el uimbral 
de la ])uerta, (fingió no conocerle, y pre- ■ 
guntó con voz alta y áspera: | 

— ^¿Está aiquí un tal Becerril? 

El periodista levantó la cabeza que te- 
nía inclinada sobre la mesa, y frunciendo 
el ceño, preguntó á su vez con acritud: 

— ^i Por quién pregunta usted? :. ■' 

— ^Por un tal Becerril, repuso Gómez y ,. 
Pérez clavando en su interlocutor la pro- 
vocativa mirada. 

— ¡ Vaya con la educación ! Parece que 
no nos conocemos, Repuso don Valente. 
Por lo visito, no sabe usted de cortesías, 
ilustrísimo maestro. 

— No vienigO' á hacer cumpli'dos,. mi s:e- 
ñor, sino á cosa muy diferente. 
— ¿Pues á qué entonces? I 

— A castigar á usted por insolente, gri- 
tó Gómez y Pérez más rojo nue un pi- '■ 
miento. 

— Vuélvalo usted á decir y le rompo las 
' muelas, exclamó don Valente lanzando 
chispas por los ojos al oírse maltratar de 
aquel modo. 

Don Teodomiro haíbía sacado del boj- 
sillo, los dos número's del "Azote" y los 
llevaba y agitaba nerviosamente ten Ha 
mano izquierda. I 

— ;Ha escrita usted esto? preguntó 



663 

mostrando 'á.Beoerril los papeles impre- 
sos. 

— Sí, señor, repuso ^ste con altanería. 
Y ¿qué iteniemos con ello? 

' — O'Ue es usted un majadero, un mise- 
rable, un canalla, y que voy á hacerle tra- 
gar sus inmundos escritos. 

— ¿A mí? preguntó el period'ista con 
infinito desprecio. iMe parece usted muy 
poco hombre para ello ; taoto, que á pun- 
tajpiés vOv á arrojarle de aquí ahora mis. 

mo. , .,. 

Y saliendo furioso de detrás de la mesa, 
se echó sobre Gómez y Pérez con los pu- . 
ños crispados y levantando en alto el pie 
derecho, en ademán agresivo ; ipero Jel 
anciano, que le aguardaba en medio de la 
estancia, fué el primero en romper <las 
hostilidades, azotándole el rostro con los 
periódicos. La vapuleada enloqueció de 
tm modo inaudito á don \^alente, quien 
la emprendió á golpes y pescozones con 
su agresor con indescriptible coraje. Una 
lucha ifrcnética, realzada por interjeccio- 
nes y palabras . de carretero, se entabló 
luego entre los dOs adversarios. Becerril 
llevaba la ventaja de la juventud; pero 
don Teodomiro la de su temíperamento 
exaltado y nervioso. El uno tenía más vi- 
da; pero el otro más arranque ; de suerte 
que casi estaban equilibradas sus fuerzas. . 
Magullados y jadeantes rodaron bien 



M- 



.>V 



-.#' 



664 

pronto por e3 suelo, derribando sillas y 
hacien'db' un estrépito infernal; y conti- 
nuaron largo rato -desipués die caídos corn- 
tundiéndosie de lo lin.do, pero sin ventaja 
d'Ooisivia por ninguna de las das partes. 
Desgraciadamente Becerrií, en medio de 
la pugna, fué á dar con k cabeza con- 
tra una de las patas de S'U propia me- 
sa de escribir, y quedó atU'rdJdo por el 
golpe durainte uiios momentos ; y don Ted- 
domiro supo aprovechar bien la coyuntu- 
ra para ganar la ventaja de montarse 
sobre él á horcajadas como sobre potro 
bronco y serrano. Reducidoi así á la im- 
potencia, se limitó dbn Vailente á tomar 
desquite con la lengua^ prorrumpiendo en. 
las maldiciones más groseras y soeces que 
sea dable imaginar; mas aquellos inso- 
lentes desahogos fueron bien aprovecha- 
dos por e-l maestro, quien, -á merced de' 
las descompasadas gesticulaciones del es- 
critor, le introdujo por la boca brusca- 
mente y hasta el esófago, los girones del 
"Azote," que ihabía conservado en la ma- 
no. Después de eso Je golpeó las mejilías 
repetidas veces con los puños, y acabó 
por aflojar las rodillas y permitirle con 
infinito desprecio que se levantase del 
suelo. Don Valente se puso en pie bu- 
fando, escupiendo espuma y mascando pa- 
pel ; y se disponía á comemzar de nuevo la 
lucha con más rabia que nunca, cuando >e 
presentó en escena un guard'ián del orden 



■público, que acudía atraídO' por la ba- 
raúnda y la gritería de los papeleros. 

— ¿Qué es eso? ¿Qué alboroto es es- 
te ? preguntó con imperio, como si no es- 
tuviese viendo lo que pasaba. 1^ 

— ^^Pues nad'a, sino que este viejo perro 
ha venido á provocarme iá mi propia casa, 
repuso Becerril medio sofocado. - 

— ^Este canalla me 'ha linsultado en su 
periódico, vociferó Gómez y Pérez, aio 
más libre de la respiración que el preopi- 
nante. 

Los rijosos tenían los rostros amorata- 
dos, revuelta la cabellera, rotos los tra- 
jes y desangradas las narices ; pero el 
combate no liabía menguado sus iras ni 
sus deseos d¡e exterminio y á no ser por 
la presencia del gendarme, habrían vuelto 
á las andada?, sin pérdida de tiempo, se- 
gún lo daba á entender su aspecto espas- 
módico de energúmenos. 

— !En la comisaría acabarán ustedes de 
arreglar sus cuentas, declaró el guardián 
del orden interponiéndose entre los bra- 
vos paladines, y empujándolos á la ca'Me. 

— Yo no voy allá, protestó Becerriil con 
arrogancia, porque además de periodista, 
soy el in;sultado. El es quien debe ir. (Y 
señalaba á don TeOdomiro.) 

— O vamos los dos. ó ninguno, declaró 
el anciano con energía. El señor miente ; 
YO sov el insultado. 



■'•e- 



666 






:1>Í 



Y ninguno de los dos obedecia la or- 
den (le marcha. 

El gendarme, hombre vulgar y sin ener- 
gía, no se atrevió á hacer uso de la vio- 
lencia para imponer su autoridad á aquel 
par de personas decentes, y entrando en^ 
cOTTiponendas con ellas, después de larga 
y acaloradla disputa, acabó por dejar li- 
bres á los reñidores mediante algún dine- 
ro :que de ellos obtuvo; consolándose de 
su debilidad entretanto, con la considera- 
ción de que la sangre no habgía llegado 
al rio, y de que más provecho sacaba de 
aquella multa moderada que él mismo im- 
ponía, cjue de hacer comparecer á los 
trastornadores del orden ante otro fun- 
cionario, que no haría más de lo que él 
propio había hecho, guardándose para sí 
los tecolines. 

Una vez libre, se dirigió don Teodomi- 
ro á su casa, para poner en orden sus co- 
sas y arreglar la maleta ; y concluidos en 
im santiamén sus preparativos de viaje 
(por la endénr'ca y fabulosa escasez de su 
indumentaria), apeló á las maravillas de 
la tintura de árnica para disimular lo me- 
jor posible los estragos de la reciente lu- 
cha, V quedcir en estado medio presenta- 
ble. Cuando creyó haber logrado su ob- 
jeto, salió de nuevo á la calle seguido por 
un muchacho que llevaba- su exiguo equi- 
paje sobre la cabeza, y así llegó á la casa 
de Joac|uín. cerca del oscurecer, y á tiem- 



■ 667 

po en que éste y Berta se hallaban sen- 
tados á la mesa tomando la colación noc- 
turna. 

— Vale más llegar á tiempo que rondar 
un año, dijo-Íes cariñosamente al saludar- 
los, haciendo gala de la erudición zorri- 
Uesca propia de la época. 

— ¡Hola, maestro! repuso Joaquín. 

— ¿ Xos acompaña á tomar el chocola- 
te ? preguntó Berta ; lo tenemos muy 
bueno. 

— Y .leche excelente, añadió Joaquín 
para -estimular el apetito del recién lle- 
gado. 

— 'De mil amores, contestó el maestro 
de capilla. He venido á pe<lirlies una pro- 
longada hospitalidad, pues pienso pasar 
aiquí toda la noche, si me aguantan. Xo 
quiero dejarlos sino hasta el aníanec^r. 

— Con mucho gusto, repuso SandovaU 
sorprendido de la .respuesta, pero mani- 
fiestamente complacido por el anuncio; 
ya sabe que esta casa es suya. 

Los jóvenes no alcanzaban á expli- 
carse el suceso, y más perplejos se queda- 
ron al oibservar en el rostro de su inter- 
loc^itor las huellas del combate reciente. 

— ¿Pero qué tiene usted en la cara, 
maestro? le preguntó Sandoval. ¿Ha su- 
frido alguna caídia? 

— 'Parecen raspones y golpes, agregó 
Berta examinándole de cerca. 

— ^X^o es nada, repuso Gómez y Pérez 



668 

con buen humor; es el precio que he pa- 
gado por un gustazo que acabo de dar- 
me. I ■ ■-;:, 

— ¿Cuál? preguntó Sandoval.. 

— El de sentar las costuras á ese bri- 
l>ón de Becerril, repuso don Teodiomiro 
radiante de júbilo. Aunque viejo, aun ten- 
go briois en el alma 3^ sangre en las venas. 

— ¿Cómo, maestro? preguntó Joaquín. 
¿ Ha reñido' usted con don Valente ? 

— Ni más ni menos ; hemos reñido y le 
he pegado. i 

— ^j Pero señor! repuso Berta azorada, 
á la edad de usted, y siendo persona de 
tanto respeto. . . . 

— ¿Ridículo, no es verdad? Si, hija 
mía, lo comprendo, asintió el maestro ; 
pero no ,he podido contenerme. Hace 
tiempo tenía recetada una buena solfa á 
ese tunante, y cábemje la satisfacción de ha- 
bérsela dado. Es verdad que también él 
me lia pegado algunas coces ; pero ha 
llevado la peor parte. 

— ¿ Pero, por qué ha sido ? interrogó 
Sandoval. 

— ^Por varias cosas, repuso don Teodo- 
miro ; por todo, por nada, por lo que, us- 
tedes quieran. Ese hombre me tenía co- 
Cído'S los hígados, y no liubiera vuelto á 
tener paz en la vida, si no le hubiese pues- 
to encima la mano .... Sobre todo, tengo 
el inmenso placer de haberle obligado á 
comerse su periódico. 



• 669 

Berta y Joaquín, que no estaban en an- 
tecedentes, no podían comprender de lo 
que se trataba. El maestro s« lo explicó 
despacio . refiriéndoles cuanto babía he- 
cho y dicho don Valente contra él y ellos 
en su semanario. Berta, aunque asustadla 
por el giro que habían tomado las cosas 
(como pasa siempre con las tímidas muje- 
res, cuando los hombres intervienen para 
arreglar por sí mismos sus diferencias), 
celebraba para sus adentros que aquel 
mal hombre hubiese recibido una buena 
lección, en tanto que Joaquín crispaba los 
puños y lanzaba centellas por los ojos, al 
persuadirse de la doblez, .la perfid'a y la 
mala intención del escritorzuelo. Su ma- 
yor deseo hub i-era sido el die ir luego 
en busca de Becerril y adminisitrarie 
una segunda tunda. ¡Y aquélla sí que hu- 
biera s'do buena! Porque Joaquín tenía 
buenos bíceps y puños de acero, y hubie- 
ra sido capaz de desvencijar á puñetazo* 
la enclenque armazón del «periodista; pe- 
ro ni don Teodomiro ni Berta le permi- 
tieron salir á la calle, sino antes bien 
procuraron calmarle, haciéndole ver que no 
era conveniente repetir el escándalo, y 
que bastaba y sobraba con lo hecho, pa- 
ra escarmiento y castigo de tan vil perso- 
naje. 

Como don Teodomiro tenía buen ape- 
tito y el pogf'Iato había puesto sus visce- 
ras en actividad, se 4anz6 con denuedo so^ 




J- , 









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;.%r. 



. , 'i. 



• 670 ^^ • ■ 

bre la colación que sus amigos te afrc- 
cíán, y tomó ocwi visiible dideite la gran 
jicara de. espumoso chocolate que Berta 
batió para él con sus blancas manos, enri- 
queciendo la ibebida con buenos bocados 
diel oloroso y rico pan que «n graciosa 
canastilla de mimbre se ostenta;ba sobre 
eí mantel. Después vació -poco á poco y 
paladeándolos sibaríticamente, dos vasos 
de leche fresca, blanca y rica de espesa 
y sabrosa crema. El cumplimiento d€ lo 
que él llamaba "un deber sacratisimo" (la 
in-troduicción por la boca de Becerril de 
los números del "Azote"), había l-evan- 
tado sus espíritus y despertado su buen 
humor; de s.uerte que todo se volvió bro- 
ma, jácara y epigramas diurante la cena. 
Restauradas así las fuerzas y agotado €l 
tema belicoso, tomó -la palabra Joaquín. 

— «Maestro, dijo, nos debe usted una 
explicación. Nos ha dicho que va á que- 
darse en casa hasta el amanecer. ¿Por 
qué? Graii placer nos causa su compañía, 
pero el caso nos parece sorprendiente. 

' — ^Tienes razón, repuso dem Teodomi- 
ro ; pero la "explicaceón" es muy sencilla. 
Mañana me marcho para Méjico. 

— íCómo así! exdamó Sanidov^ sair 
tando d'e la silla. "-I-- 

— ¿De verías? pregtiintó Berta soirpreln- 
dida. 

—'No teblo «n broUM, repuso ei ma«9- 
tffvr con gruv^edaíd. ímiíum .mci 



w 



C.l \*5-' 



v-v-T'- /- ;v;>-/-^:^ 671 

e^fiapdj-e está en la sala ; pueden ustedes 
caerlo si gustan. Traigo conmigo, además, 
la Eave die la casa, para que ustedes ía en- 
treguen aJ casero, des$>ués de repartir en- 
tre gente necesitada mis pobres y viejos 
mueibiles. De nadie me d-espido : ustedes di- 
rán adiós en mi nomtw^ á mis discípulos y 
amigas, y, sobre todo, á sor Ignacia y á las 
hermanas, á quienes no tengo corazón para 
vier, porque sé que van á ser expulsadas 
en estos mismos días. 

Los jóvenes sabían ya que él maestro 
se carteaba con los grandes filarmónicos 
de la caipitall, porque él mismo se lo había 
confiado; pero hatbían reputado imposible 
se resoiMes-e á salir de F<^>oli, cuando an'- 
dftba ya peinando los setenta años. Mas tu- 
vieron que rendirse á la evidencia, cuan- 
do don Teodomiro, además de exponer- 
les los motivos que le habían inducido á 
dar aquel paso, les mostró la última car- 
ta del maestro Morales, y -puso ante sus 
ojos el billete de diligencáa que ^había aca- 
bado de comprar. 

—Es triste, tristísimo, dijo Sandovaíl 
000 voz sorda cuando hulbo concluido el 
relato. Todo lo perdemos á un tiempo 
Berta y yo. Vamos á quedamos solos en 
««ta ciudad. Usted, que es el amigo más 
cariñoso, fiel y bueno que tenemos, se nos; 
va ahcMra. ..... Dentro de unos días se; 

marchaión también las ^termunas, nue»:'^ 
ItfA b*eai»ech9m9« -nuestra única fap!il%^ 



' ■ ---?, .r^ 









672 

sobre Ja tierra; y no tendremos en derre- 
dor nuestro, ni un rostro cariñoso que 
contepiplar, ni un corazón que lata á com- 
pás con el huestro. 

— i Cuan solos y tristes vamos á vivir! 
murmuró Berta desolada. Y todo junto, y 
die una vez, como si no fuera suficiente 
un solo golpe. 

— ^Tal es la vida, repuso el anciano con 
amargura. ¿Creen ustedes que para mí no 
sea muy duro salir de esta capital, y lan- 
zarme á correr aventuras, á mi edad y tan 
lejos de Fópoli? S'empre había creído 
morir aquí, y deseado ser enterrado en 
este sagrado suelo, que guarda los hue- 
sos de mis padres; pero Dios dispone 
otra cosa, y no hay más que acatar sus 
inexcrutables "desíneos." 

— hAsí sea, repuso Joaquín con voz aho* 
gada; pero es muy amargo y cruel. 

La noche se pasó sin que nadie pensa- 
se en dormir. La diligencia debía partir á 
las cuatro de la mañana; pocas horas de 
compañía quedaban, pues, á aquellos bue- 
nos amigos, que sentían la necesidad de 
aproveclKir bien el tiempo. Berta renovó 
varias veces la cafetera ; y tomando tacita» 
de excelente Colima, se fué pasando el 
tiempo, con el quinqué brillando sobre 
la cabeza, sin que desmayase un punto 
la coniversacion, ya con reflejos de espe- 
ranza ó anpreganada de desaliento; co» 
mentándose ios sucesos, fra^fuándose pro- 



m 



:'..•:,.', ..-■•■:■ 673 -■#■./- 

yectos, haciendo encargos, ofreciendo lar- 
gas cartas; pero dominando sobre todo 
eso, una grande y negra sombra de tris- 
teza : la de la próxima separación. ¿ Volve- 
rían á verse? ¿Cuándo? ¿Dónd€? Ekxn 
Teodomiro aseguraba que sí, y hasta llegó 
á prometer á los jóvemes venir á visitarlos 
cada año. Berta y Joaquín ofr-ecleron tam- 
bién ir á verle de cuando en cuando ; pero 
en el fondo de sus corazones, los tres du- 
daban del futuro. 

— Si van á Méjico, les d5jo el maestro 
fing-endo alegría, los llevaré por donde 
quiera, les mostraré lo más hermoso de 
por allá, y los presentaré con mis discí- 
pulos y amigos. \ Ojalá me sea posible ha- 
cerles un lugarcito en el mismo Conser- 
vatorio ! . . . . En fin, ya (veremos ; Dios 
dirá. 

Así transcurriern las horas, hasta que 
sonaron las tres de la madrugada y fué 
preciso pensar en la partida. El criado de 
Sandoval se echó á cuestas la ligera ma- 
leta de don Teodomiro, y los tres amigos 
Se pusieron en marcha. Cuando llegaron 
á la Casa de Diligencias, hallaron el ca- 
rruaje ya en la calle y enganchadas las 
muías. Los empleados se ocupaban en re- 
cibir los equipajes, pesarlos en la báscu- 
la y pegarles las -"etiquetas." Los pasa- 
jeros arrebujados en 5us abr'gos para li- 
brarse del fresco vientecillo de la maña- 
na, fumaban puros enormes para matar 






674 

el tiempo; y una ú otra pasajera con som- 
brero, guantes y largo cuibrepolvo, ci- 
beceaba en los bancos ■die la adlmiimstra- 
ción. El ruido de las conversaciones se 
mezclaba con las altas voces de los mayo- 
rales qu-e acomodaban la carga, y con el 
chirrido de los cueros, correas y cadienas 
con que era asegurada y comprimida en 
da zaga una enorme y desbordante colec- 
ción de maletas y valijas. 

La maniobra de poner en orden el nu- 
meroso y ruidoso ganado que iba á tirar 
de la diligencia, cuyos tirantes á cada mo- 
mento se enganchaban, desenganchaban j 
enredaiban de niil modos, fué muy compli- 
cada á la rojiza luz de las teas, que manos 
diligentes alzaban y llevaban por donde era 
preciso. Al fin Uegó la hora de partir, y kw 
pasajeros entraron en la oscuridad del 
ventrudo vethículo. Don Teodomiro se 
acomodó junto á una vetiitanilla, y desde 
ahí, manteniendo apartada la cortina de 
cuero con una mano, prosiguió hablando 
con sus amigos. Cuando el administrador 

fr^í dio la voz de marcha, el mozo que tenía 
";»>: por la brida las bestias delanteras, las 
dejó en libertad, hizo chasquear agfuda- 
mente su enorme látigo el auriga, y co- 

^3^ menzó á moverse el pesado armatoste con 
gran estrépito de su propio herraje, co- 
mo si fuese á hacerse añicos antes de par- 
tir. En aquel momento sacó la diestra por 
:*v la ventanilla don Teodomiro, y estrechó 



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■,i." ^^^ .r/ i ''.^ 

nápidannente y con •efusión las manos áe 
sus dos discípoiáos, en tanto que d mons- 
truo rodante aivanzaba gimiendo por el re- 
■qjo y des guau empedrado, y que los jóvenes 
permanecían en la puerta de la posada 
viéndolo alejarse. De ahí no se movieron 
hasta que el coche dio vuelta en medio d!e 
la oscuridad, por una calle lejana. 

Camino de sü casa, sollozaba Joaquín 
con desconsuelo por la ausencia del que- 
rido maestro; pero Berta, más fuerte que 
él, como pasa con la débil mujer en las 
ocasiones críticas de la vida, procuraba 
consolarle, aunque el joven no se daba á 
partido y continuaba anonadado. Enton- 
ces apeló ella como supremo recurso, á 
un importantísimo secreto que en el alma 
llevaba y manitenía de reserva desde ha- 
cía tiempo, para echar mano de él en ca- 
so necesario. 

— Tengo que comunicarte una nuera, 
le dijo con voz trémula, recatada y cari- 
ñosa. 

-—¿Una nueva? preguntó Joaquín dis- 
traído. 

— Sí, repuso Berta, y muy importan^ 
!te. . . . Estoy segura de que te va á intere- 
sar. 

— ^¡A ver! murmuró el joven sin cam- 
biar de tono. 

— Que Dios ha oído nuestros ruegos. 

' — ^¿Cuáles, Berta? *« 



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676 

—¿No los recuerdas?.... ¿Qué es lo 
que le hemos pedido tanto? 

— Muchas cosas; no sé á cuál de ellas 
te refieras. ^ 

— A la principal. ¿No le hemos pedido 
que nos conceda un niño? 

— Sí, repuso el joven con viveza y co- 
mo salien-do' de un pesado letargo. 

— ^Pues bien, continuó la joven atenuatt- 
éo el sentido de la frase con pudor ine- 
fable ; he recibido; noticia cierta de que 
Dios nos lo va á conceder. 

— ¿De veras? preguntó el joven pu- 
diendo creer apenas lo que oía. 

— 'De veras, ratificó Berta buscando con 
la suya la diestra de su esposo. 

Todo' entonces cambió en un momento: 
penas sufridas, pobreza en perspectiva, 
soledad creciente, abandono, la partida 
misma de don Teodomiro y la próxima de 
las hermanas de la Caridad; todo fué di- 
solviéndose y esfumándose á los ojos de 
Joaquín, como velo de niebla rasgado por 
el sol. ¡Un niño! ¡Un heredero! ¡Un hijo 
die Berta! ¡La sonrisa en la casa, la es- 
peranza de la vida, la perpetuidad del 
amor que ella y él se habían profesado! 
Había sido el anhelo más vivo de su exis- 
tencia, la ilusión más cara de su alma; 
pero como habían transcurrido dos años 
de inútil espera, habían acabado por du- 
dar de su reailización. ¡ Dios al fin escu- 
dhaba sus votos! Levantó Joaquín los 



óJos al ciclo, y, distinguiendo en la pe- 
numbra del alba que comenzaba á apun- 
tar, una ráfaga luminosa, creyó ver en 
ella la trayectoria del ser purísimo, hermoi- 
so y querido que la bondad infinita des- 
prendía ya del empíreo para enviarlo á 
su hogar pobre y desolado», como alegría, 
consuelo y bendición de sus humildes y fu- 
turos días. Bajo aquella impresión tan dul- . 
ce, su i>ensamiento se convirtió en tin cán- 
tico, y su corazón en un coro de hosan- 
nas ; y, reconciliándose con la existencia 
que había comenzado á parecerle tan . 
odiosa, se entregó á soñar con un porve- 
nir halagüeño de cariño y abnegación, per- ' 
sonificado en aquel ser tierno é inefabl-é á ': 
quien amaba ya con delirio. 



'■•■•--" VII ■ ;;;^; 

' Adiós á todo: vida nueva 

El hermosísimo cielo de Fópoli, azul y 
brillante de ordinario como inmenso y lim- 
pio zafiro, amanec'ó empañado y oscuro 
aiquella triste mañana del mes de enero. 
Denso y compacto nublado de coJor plomi- 
zo lo cubría; y era tan espesa la capa de 
vapores acuosos que vagaba por la at- 
mósfera, que el sol mismo con todo sit 



^ 678 

poder, l.ograba apenas filtrar al través de 
* su capuz, una claridaíl lúgubre y cenici-en- 

ta, como de duelo cósmico y tragedia eté- 
rea. Lluvia fina, silenciosa y pertinaz, au- 
mentaba la melancolía del cuadro, coma 
si los espíritus invisibles que cruzaban la 
cerrada nublazón, llorasen envueltos en 
capas de bruma, y regasen la tierra con 
Manto sutil y misterioso, plañendo una in- 
mensa desventura. Soplaba una brisa fria 
y penietrante, que azotaba eil rostro co- 
mo duro látigo, y convertía el aliento en 
pardo vapor, semejante á humo de calde- 
ro. Pocos transeúntes se aventuraban á 
salir de su® casas y á desafiar las rachas 
heladas que recorrían ila ciudad, como 
mensajeras de resfriados y pulmonías; y 
por la silenciosa y desierta vía pública, 
cruzaba sólo la gente trabajadora, cuyos 
pies descalzos iban chopoteando por char- 
cos y baches. 

Mal día fué aquél para las hermanas 
de la Caridad, pues debiendo salir del 
Hospicio antes del oscurecer y teniendo 
-rf A,' - el propósito de entregarlo limpio, arre- 

glado y en perfecto orden, ge veían obli- 
gadas á trabajar de firme, con la circuns- 
0: tancia agravante de tener en su contra 

]■ r la humedad de la atmósfera y la falta del 

^, calor del sol. A pesar de todo, fueron lo- 

^ grando salir del mal paso, pKDTquc días an- 

'■0^- tes había comenzado el aseo del cstable- 

-%• cimiento. Escobas, escobetas, rodillas y 

* ' -1 ■ * ' , 

,- *!•;■ 

.■-1! ^ , -, ■ 

■• ;-C ■ . » 






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^/-v^^-v-y-ir::?,:. 679 ^^^■-^■-■■' - 

m-udiísiina agua habían andado de carre- 
ra por todas partes, escudriñando los es- 
condrijos y rincones, limpiando trastos y 
cristales y haciendo desaparecer man- 
dias, adherencias y fealdades del piso. 
Pintores, albañiks y carpinteros habían 
reparado los desperfectos de muros, puer- 
tas y vidrieras, ya rellenando agujeros, ya 
avivando tintas, ya poniendo en orden fa- 
llebas y aldabas comidas de ollín 6 de tor- 
pe funcionamiento. El principal trabajo 
fué el del lavado de la ropa. Todo estaba 
bien de ordinario ; pero en la ocasión, de- 
bía estar muciho mejor. ¡Y qué tarea la 
de hacer que ni sábanas, ni colchones, ni 
fundas de almohadas quedasen de color 
dudoso ó faltos de lustre! La ropa blan- 
ca de los más de mil asilados aue en^ 
aquella casa se albergaban, no debía en- 
tregarsie así como quiera ; no debía haber 
camisa rota ni falda sin cintas, ni prenda 
alguna donde faltasen botón, remiendo 
ó zurcido ! ¡ Aquella sí que fué obra de ro- 
manos ! Pero como nada se dejó para la úl- 
timo hora, sino todo se hizo con ticmipo, 
pudo salirse bien de-l a(t«sco y hacer cuanto 
se debía. Aquella misma mañana queda- 
ron las camas cambiadas de limpio, bien- 
vestidos los asilados y atestadas las alace- 
nas con inmensas cantidades de ropa al- 
beante y bien oliente, y bien surtidas de 
todo. Como ailgunas piezas de manta y li- 
no habían quedado rezagadas, fué pretí- 



68o 













SO lavarlas y alistarlas á última hora, á 
fuerza de mucha agua y jabón, buenos 
puños y planchas muy calientes. 

Las religiosas habían arreglado con an- 
ticipación sus asuntos particulares, guar- 
dando sus i>obres cosas en baúles y mun- 
dos que, colocados en hilera junto á las 
paredes y cerca de la cancela, se veían por 
los corredores 'del primar patio. Todo es- 
taba dispuesto para la marcha; sólo fal- 
taba que las hermanas hiciesen entrega 
oficial de los departamentos. Una vez 
concluido el trajín de aquellos arreglos, 
pensaron ellas en despedirse de los niños, 
de los ancianos, de las discípulas, de la casa 
misma donde habían vivido tantos años, 
pues amaban aquel vasto y disímil con- 
junto de cosas y personas que dejaban 
tras sí, como lo más querido de su alma. 

Sor Asunción se presentó bien entrado 
el día en la clase de costura ; echó un vis- 
tazo á las obras de mano, corrigió aquí 
una puntada, dio allá otra, hizo algunas 
observaciones sobre las labores de las 
niñas, y dirigiéndose al fin á todas éstas 
en general, díjoles en voz alta: 

— Seguid cultivando la costura-; así po- 
dréis ganaros la vida con independencia, 
y, sí Dios os llama por el camino del ma- 
trimonio, sabréis cumpl-'r vuestros debe- 
res de esposas y de madres. Poco deja el 
trabajo de la aguja ; oero propKDrciona á 
lia mujer vida honrada, la aparta de la 



holganza, que es tan perniciosa, y la li- 
bra tle las tentaciones. Si lo-gráis perfec- 
cionaros en los bordados finos'y en los 
calados, podréis obtener una remunera- 
ción más crecida de vuestra clientela; lo 
que importa es que seáis laboriosas, bue- 
nas y amantes del hogar. 

Y continuó dándoles muchos cuerdos, 
cariñosos y sentidos consejos, y hablán- 
doles de su porvenir con interés mater- 
nal ; y las oyentes conmovidas guardaban 
silencio y regaban con lágrim^ de sus 
ojos enrojecidos, las telas que cosían ó 
aparentaban coser. 

Sor Águeda, por su parte, reunió á los 
mendigos y ancianos en uno d'e los co- 
rredores die su depaftamento, y les habló 
en estos ó parecidos términos : 

— Hermanos míos, nadie es necesario 
sobre la tierra; todos somos criaturas mi- 
serables y destituidas de poder. No hay, 
por otra parte, ser tan ruin ni miserable, 
que esté abandonado de Dios, ni dejado 
de su santa mano. El vela por todas sus 
criaturas, desde las más grandes y bri- 
llantes como el sol, hasta las más peque- 
ñas y oscuras como los animal'llos ruines 
é invisibles que aplastamos con el pie. 
Siento separarme de vosotros, porque os 
he querido profundamente en nuestro Se- 
ñor Jesucristo; pero nada raigo por mí 
misma, y he podido hacer bien poco por 
vosotros. Vendrán á reemplazarme pcrso^ 






682 

ñas más competentes que yo y capaoes 
de serviros mejor qu€ yo lo he hecho; 
pero no que os quieran más que yo os 
he querido. Ojalá gocéis mayor bienestar 
que el de ahora cuando os quedéis sin 
nosotras ; tened oonifianza en 'la ¿níkiita 
misericordia. 

El acento ée la hermana elevándose en 
el silencio de la enorme galería, á donde 
s61o llegaba el rumor de la .porfiada llu- 
via, parecia venir, por su tono y diulzura, 
de un mundo próximo, aunque ignoto y 
velado por la cenicienta penumbra; y la 
extraordinaria flacura y mate palidez de la 
religiosa, en la brumosa y húmeda con- 
fusión de aquella mañana triste, dábanle 
el aspecto de un fantasma levemente es- 
fumado, apenas visible y casi dilmdo en 
las sucias tintas de la atmósfera opaca. 
Al saber que se alejaba de ello¿ para 
siempre, sentían los pobres el dolor y la 
desesperación de una nueva miseria, como 
lo expresaron claramente con llanto amar- 
go y desconsolado, que poMó de gemi- 
dos el desolado recinto. Y sor Águeda, 
consternada aíl ver tanta desdicha, no ha- 
cia para confortarlos, más que thatularles 
de Dios, de su bondad y de otra veda me- 
jor que ésta; y exhortados á rezar rosa--, 
ríos y jaculatorias, y sobre todo, la "Mag- ' 
nifica," ese canto sublime de aidoración y 
aiabanza, ea que se glorifica al Altísimo 
por su inmenso poder, por su inoornap^y 



-v;^ 



683 

tibie justicia, y por la protección- que im- 
parte á los 'humildes y pequeños de la 
tierra. Nunca, ni en medio de una peste» 
ni en los momentos precursores de un 
naufragio, han rezado almas aílgidas y 
expirantes con mayor fervor y ternura^ 
que aquel día los ancianos y mendigos, 
al arrullo de la voz suplicante de sor 
Águeda. 

Sor Petra lavó d^a cara por última vez á 
los rapazuelos del asilo y los peinó con su- 
mo esmero y cuidado ; luego los hizo re- 
zar, cantar y marchar ag^itando en aíto 
banderitas de papel; y al concluir la en- 
señanza y el ejercicio, les explicó que iba 
á dejarlos para siempre, pero no p>or su 
voluntad, sino porque así lo quería Dios, 
y que se separaba de su lado con pesar in- 
decible, con un pesar tan grande, que 
no sabía cómo iba á seguir viviendo sin 
ellos. Les recomendó, para concluir, que 
no la olvidasen nunca, nunca, y fuesen 
siempre obedientes, buenos y puros, para 
que Dios los b«idijere y les fuese bien 
en todo. Los niños, aunque compren- 
dían imperfectamente lo que k hermaiui 
les decía, participaban por instinto de las 
tristezas de aquella ihora aciaga, y se 
echaron á UcM-ar á lág^ma viva, apretán- 
diose en tomo de la buena y dulce madre, 
cuyo taílle rodeaban con sus tiernos bra« 
á/t«m* y cuyas oMJilttus besaban coa stm 
boqfúUs frescas é ÚMceates. 
, i . . ......... . . . .' 'i 



:i-f''' 



,_.i.v . 



684 



I 



Sor Marcelina .pasó la mañana en la 
Sala de Cima tomando en brazos á los 
exf>ósitos uno á uno, y estrechándolos 
tierna y amorosamente contra su cora- 
zón. -•;,] 

—Cuiden bien á estos niños ahora que 
me voy, decía á las nodrizas, quiéranlos 
y ténganles paciencia más que nunca; 
conténtenlos cuando lloren, y mÍTcnlo® 
siempre con caridad, porque son huerfa- 
nitos y no tienen en este mundo más que 
á Dios y á ustedes por amparo. 

Se interesó particularmente por los más 
debil'uchos y enfermizos, y, deteniéndose 
á examinar cada una de las cunas, cuidó 
de que nada faltase en ellas, y tiraba de és^ 
ta ó aquélla hasta ponerlas en perfecta si- 
metría, Arreg-ló las cabelleras indómitas, 
ciñó cuidadosamente á las imperfectas 
cinturas, ' los pañales desarreglados, calzó 
oon mediecitas y 2:apatitos abrigadoTes 
los piececitos descalzos, y ató coqueta- 
mente las cintas de las gorras por d"el>ar 
jo de las redondas barbitas. Y aquellos 
inocente, sin comprender lo que pasaba, 
se mostraban alegres, sonreían á sor Mar- 
celina, y le regalaban los oídos con U 
música de sus gorgeos, aue todavía no 
decía nada, pero que signiñcaba tanto. 

Poco antes del refectorio, se reumó U 
comunidad en la Cabilla, donde entró en 
oración ; y ahí tuvieron franca, filiai y dulce 
expansión los sentimientos de aqtiellas 






685 

santas mujeres. En el silencio y recogi- 
miento diel sagrado recinto, levantáronse. 
las compuertas del contenido llanto, in- 
clináronse las frentes hasta el suelo y 
acatáronse sin reserva los decretos del 
Aitísimo con actos interiores de sublime 
huimiddad y recooocimiiento. x^ntes de sa- 
lir, di joles sor Ig'nacia : 

— 'Hermanas, ofrezcamos á Dios Nues- 
tro Señor este sacrificio. El nos lo impone; 
recibáimosilo con resignación : que se haga 
su V olí untad, sacrosanta. Pidáimos'le qu'e 
nos guíe por los senderos del mundo, y 
nos ll^tve á donde podamos continuar 
desempeñando nuestra misión, cerca de 
otros pobres que necesiten tiambién nues- 
tros cuidados. Por donde quiera hay po- 
bres, hijas mías ; el munido está lleno de 
pobres, y ellos son nuestra heretíad j 
nuestra mies. PiÜiáimosile también derrame 
sus bendiciones sobre esta santa casa ; 
(jue no desampare á este pueblo de iníeli- 
ces, de cuyo lado nos separamos con tan- 
to dolor; que la suerte de los desvalidos 
que deja.mos atrás de no,sotras, mejore 
después de nuestra separación ; y que de 
tal modo los coníorte y consuele, qu'e no 
nos edhen de menos n^unca, que no les ha- 
gamos fáltela para nada, ni para la saflud del 
aíma ni para la del cuerpo. No somos más 
que instrumentos en la mano de Dios ; no 
llevemos fuera de aiquí amargura ni ren;co>r, 
sino im corazón sano y limpio, Meno de 

PM«VMOMt— 44 






-V 






m 686 _ 

-«I 

''?^.^ amor para todos, tanto para amigos co- 

jj^ mo para enemigos. ¡ Y Dios s'ea con nos- 

otros, y líos perdone nuestras culpas ! 

t-i;^¿. A esta exhortación siguieron breves 

momentos de silencio, dlirante los cuales 
las religiosas, recogidas d'entro de sí mis- 

'^. mas, el'evaron á Dios él coro de sus pre- 

ces, impregnado de humildad y dulzura, 
vibrante de .perdón y de amor. 

La hora del refectorio fué muy imelan- 
cólica. No s€ veían en la inm^isa gale- 
ría más que rostros aibatidos por el dolor 
y labios mudos y sollozantes por la con- 
goja ; nadie tenía voluntad de liablar, ni 
muciho menos de reír ; reinaba un silencio 
sepulcral en aquel sitio tan ruidoso de 
continuo. Iban y venían por todas partes 
las religiosas vigilando el servicio y aten- 
diendo á los asilados con la misma soli- 
citud que de ordinario ; pero flotaba en la 
atmósfera un duelo tan intenso, que todo 
sie miraba alterado y mortecino al través 
de aquella niebla sombría. Una de las 
hermanas, para confortar al concurso, le- 
yó en alta voz algunos capítulos de la 
''Imitación de Cristo," relativos á la con- 
forimídad cristiana con las cruces y las 
pruiebas ; y el rumot de la lectura, man- 
so y misericordioso, se extendió por el 
vasto recinto como una suave caricia pa- 
ra el oído y el corazón. 

A las tres de la tardie llegó en coche el 
Gobernador del Estado, resigna rdadó por 






• 68; ' ■ 

largo "water-proof" y zapatos i-mpermea- 
bl'es, y acompañado por la nueva Direc- 
tora y el cua<i)ro de empleados que de- 
bían substituir á las rdigiosais. vSor Igna- 
cia Iqs i-ecibió en ©1 saJóni principal con se- 
renidad y cortesía, y departió con ellos 
dignamente, sin hacer alusión á su dolor 
y al d'e la comunidad. 

— Es penosa mi comisión, dijo el Go- ■ 
bemador un tanto cohibido; pero tengo 
que cumplir con la ley. No he querido 
valerme de ningún colmisionad'o para lie- . 
var á cabo e:sita fo-rmalidad, con el propó- - 
siito de dar á usted y á las hermanas esta 
nueva mues'tra de mi consideración per- 
sonal.- > • •"* '" •' ■ 

— ^Muy reconocida á las finezas de su 
excelencia, contestó sor Ignacia iniCliinán- 
(toise. Comprendo que su dieber oficial le . 
obliga á cumplir los mandatos del Con- 
greso ; todo está dispuesto para cuando 
su excelencia lo disponga. 

Con esto se levantaron, y comenzó la 
jira al través diel establecimiento. Sor I;^- 
nacia, de paso, dio orden de qne 2- .'v' i- 
s'e recado á Joaquín y Berta para que 
acudíesien al Hospicio sin pérdida de mo- 
mento, pues iba á marcharse ya \' desea- 
ba verlos por última vez ; pu'es los jóvenies . 
ignoraban que aqnel día fueis^e «1 designado 
para la separación de lais religiosas, por- 
que sor Ignacia había tenido cuidado es- 
pecial en ocultárselo. 












688 

La noohe anterior, precisamente, liabía 
reciibiidb Joaquín, venida de Méjico, >la 
primera carta de don Teodomiro, la cual 
lie habla imipresionado de im modo in- 
diecible. Había alimentado Sandoval la se- 
creta esperanza d'e que su maestro regr^ 
sase pronto, por incapaioidad de adaptarse 
^r á un medio desconocido, y por necesidad 

¿|¿ ; de A'^olVer á sus affitiguos Mbitos ; mas con 

■'*'^' grande y penosa sorpresa, se enteró ahora 

por sus letras, de que estaba contentísi- 
-^ mo por aílá, y sin pizca die deseos de tor- 

#^ narse á Fópoli. Hablaba en su misiva con 

|s tal entusiasmo de la generosidad con que 

i ; había sidQ recibido por sus colegas de tía 

capital, del gran movimiento iniciado en 
el arte por aquel grulpo de apóstoles, y 
del magnífico porvenir abierto en la me- 
trópoli á los dilettanti, virtuosos y maes- 
tros, que impresionaba y conmovía con 
su fogoso lenguaje ; y daba á conocer des- 
de á legua, que habían renacido en su in- 
corregible corazón, con tanta fuerza co- 
mo antaño, ó con mayor fuerza que nun- 
;■ ca, sus inveteradas aficiones idolátricas 

hacia los mismos ideales. 

"Aquí anclo deifiniitivamente. queridísi- 
mos dis'CÍipulos míos, les decía. Ya que el 
destino me ha traído á ésta que fué oaipi- 
¿>^ tal de-l im«peria de Moctezuma, permanece- 

;;.; ré en ella todo el tiempo que 'Dios quiera 

concedterme de vida ,• pues alquí podré rea- 
lizar algtma de mis vi^ejas aspiraciones, 



. ; tí 

V' _ .-'■' 



.- íc 

'■>,,V 



'■irí:-''^- 



ya que no ieleváiidome á la altura que ha- 
bía anhelado, por ser demasiado viejo, 
sí, al menos, iniciando é impuÜsando por 
eJ camino del arte á la juventud que pue- 
bla ya nuiestras aulas y se miiiestra ávida 
de .recibir nuestra enseñanza." 

Ponderaba con gratitud la cariñosa 
acogida que había recibido del Director 
y d!e los maestros del nuevo plantel, dfes- 
cri'bía puntualmienbe su métoidio' de vida, 
ha'blaba de sus imgnesos pecuíiiarios (mu- 
cho superiores á los que había logrado 
reunir en Fóp6li aun en sus mejores tiem- 
pos), y continnaba así : 

"M& siento en este medio como el pez 
en el agua. Lo único que lamento es no 
liaberme trasladlado á este lugar antes de 
aJiora, pues aquí no me ahogo como allá, 
sino respiro' una atmósfera que me alien- 
ta y rejiiveoece. No e&toy en condiciones 
de hacerme célebrie, pero tengo todavía 
bastante fuego para gozar y sentí rmie di- 
choso con este bello y grandioso ama- 
necer del arte mejicano. Moriré loco de 
remate, coimo diijo Biecerril, y perpietua- 
mente enamOradio de la música ; y al mar- 
charme de este mundo, liaré mi profesión 
de fe, diciendo con lel personaje de W'ag- 
mer en la novela titulada "El Final de un 
artista en París :" "Creo en Dios, en Mo- 
zart y en Beetlioven ; dreo también en 
sns disscípulos y aipóstoles : oreo en ia . 
santidad del espíritu y en la verdad del 



m: 



690 

arte iiuo é indivisiible. Creo que éste es 
áe fuente dlivina y vive en el corazón de 
todos los hombnes á quiemes alumbra utn 
reisp^landor celesite ; creo que, después de 
haber gustado sus sublimes "deilíoeas," 
queda el almai con'siagrada á él fatalimen- 
te y para siempre. . . . Creo en un juicio 
final en que serán cottidenados á penas 
teiT'ibles todos- aquellos que en este mun- 
do liayan osado traificaír con el arte sú- 
bame y casto, todos los que ,1o liayain 
manchado y ihecho degenerar por la baje- 
za de sus sentimientos y por la vil codi- 
cia de los goces materiales. Oreo, final- 
mente, que sus dfecíputlos fieles serán g^lo- 
rificados allá arriba, y que, envueltos en -. 
im tejido celeste de rayos, perfumes y ; 
acordes, vcfllverám á perderse por toda 
la eternidad, en la fuente divina de to- J 
da felicidad y de toda armonía." 1 • " -: 

Concluía diciendo que lo único que le 
dolía, era verse lejos de los discípulos á 
quienes tanto amaba, y que desde allá los 
bendecía con la investidura que le daban 
su ancianJidad y el acendrado cariño que 
siempre les había profesado. 

Doloroisa impresión prodlijo en el á:ni- 

í, mo de SandoVal aiquella lectura. ' Era un 

hedho: ¡'ha¡bía perdido para siempre á su 

grande, noble y decidido protector! Una 

voz interior le decía que no volvería á 

/i verlo, y que al despedirse de él en la Ca- 

.'■ sa de Dilig'encias, se habían dicho adiós 



■ •^JSs 






091 

para srempre; y el vacío que dejó en su 
corazón aqueMa crdenicia, mató de golpe 
las pocas ílusionies por la gloria que aun 
le quedaban. ¡ Romper con el pasadlo, 
quedar solo eh la s^enda árida é intermi- 
nable, ver apagarse len un mo'ni'ento la 
columna de fuego qule guiabéf su marcha 
hacáia adieilainte, y elevar la voz en el de- 
sierto, sin que nadie le oyese ni oontes- 
feíse : ¡ qué indecible, qué infinita, qué im- 
pondierable amargura ! SintáÓ como si al- 
go :s.e desgarrase en su interior, oyó en el 
fondo de su corazón como el estampido 
de un inmenso derrumbe, y comprlendliió 
que d curso die su vidíi, toreado por ila 
fatalidlad, retrocedía gimiendo para eii^ 
trar en un cauce oscuro, seco y descono- 
cido. Se le figuró que llegaba á la orilla de 
un abismo donde iba á despeñars'e, y que 
en adlelariite paisana la vida en el fondlo de 
aquel' vacío lúgubre y san eco, de dbndie 
no podrían resurgir las cosas preciosas 
y sagradas que había perdido. ¡Trágica 
noche de insoinmio aquella, «n que perdlió 
Joaquín la ilusión y la esperanza, y sin- 
tió el agudísimo tormento de la amputa- 
ción die sus alas de artista ! Era preciso 
]>ajar die los espacios imaginarios para 
caminar á pie por los abrojos del suelo, 
y apagar la sublime llama del corazón 
que alumbraba sii existencia, para 'seguir 
marchando por el mundo á la luz de las 
luciérnagas y de los fuegos sepulcrales. 



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692 ^ ■■"■: 

— ¡Sea, pues, asi! pensó transido de 
despecho ; y yai que el destino abre mi 
abismo eiitre mi pasado y mi presante, 
ayudémosle á consumar la obra impla- 
cable y demoledora. 

Febril y exaltado, salió de la alcoba á 
la madrugada, aiTidaiido de puntillas pa- 
ra no despertar á Berta, que dormía aún. 
Habia en el cielo una cerrazón tan ne- 
gra como la áíe su esipíritu, y no halla- 
ron sus tristes ojos en toda la inmensii- 
dad,. una sola ráfaga luminosa que los 
acariciara con sus esplendores-. Y la oscu- 
ridad del cielo, la frialdad die la atmós- 
fera y el menudo llamto que se despren- 
día die las nubes, se le metieron por el 
corazHm como un nuevo dueío. Domi- 
nado por aquella angustia, tuvo una idea 
feroz, que quiso arrojar de sí, pero no 
pudo; la de destruir en el acto y sin mi- 
sericordia sus propias y amadas creacio- 
nes. ¡ Era preciso romper con el pasado, 
abofetear al destino y arrojar á los pies 
de lia fatalidad los. restos doloridos del 
naufragio' d'e s'us ilus-ione'S ! Había que 
ser hombre una vez por tod^as, y cortar 
con mano firme las ligaduras que 1j man- 
tenían atado á la absurda época de ¡rtís 
sueños. ¡ Nada de idlealismos, nada dk-. 
poesías, nada de locas y absurdas ambi- 
ciones ! j Al ras d'e la tierra, al centro dlel 
arroyo, á la vida común, á la vulgaridad, 
á la insignificancia, á la nada ! 



^^.••r "'■--■:? --:i: 693 _ -■ ;j;; 

"'■ Se dirigió quedo y oon planta recata- 
da al armario dondie tenía arcliiivaidios y 
en orden sus papeles: la ópera "Doña 
Marina" ms'truimenitada ya; sus obertu-- 
ras, sus sitifonías, sus romanzas, cuanto 
había pTod'ucido hasta entonces; y car- 
ganidio con aquellos preciosos fardos, fué 
y vino varias veces de su despacho al co- ' 
rra'l, donde había un pequeño, cobertizo ; 
ail abrigo de la lluvia, y hacinó en un rin- 
cón papales y cuadernos. Al ténu-e ful- "■ 
gor d'el alba, que luchaba trabajosiamenite 
por sonreír al través del nublado, comen- ;.. 
zaban á distiniguirsé sobre la blancura del ; 
papel, las pautas y notas de las piezas, que ; 
parecían pedirie misericordia ; pero no hi- , _ 
zo aprecio de ellas, ni de sus dudas, ni de ;■> 
s/u dolor, ni de cosa alguna que significase 
piedad, y famió á:on ac|uello'S pobres des- 
pojos d'e su fracaso juvenil y artístico, una 
alta y ligera pirámide. Prendió luego una 
cerilla, la colocó en la base deil' precioso , 
comibus tibie, y puso fuego al cotrijiinto. ^" 
Pronto se levantó una grao llamarada ro- . 
ja y aguda del seno de aquel montón de 
papeles, que representaban sus ansias y en- 
sueños de tanto tiempo; algunos de ellos, 
aventados por el ^viento ó por' el chispo- 
rroteo de las llamas, resbalaban y vola- ,. 
ban á dnstaiicia ; pero él cuidaba de reco- '. 
gerlos con prisa y die volverlos á la ho- 
guera, para que nada, ni el más pequeño . 









. iíí 






víTv 



694 

fragmento de sus trabajas escritos, 'esca- 
pasie á una campleta oonflagraoión. 

El cruel auto de fe produjo bien prouito 
urna gránele y espesa humareda, que salien- 
do del corral, se difundió sutilmiente por 
el patio, y peaietró por todos los esconid'ri- 
JQs de la casa. Aquella extraña y asfixian- 
te hedioaidez despertó á Berta, y le pro- 
dujo accesos repetidlos de tos. Alarmada la 
joven, dio volees á Jotaiquín para preguntarle 
qué era lo que pasaba, y cooio éste no 
acudiese á su llamado y parecía no hallarse 
en la a(lco;ba. temió mil cosas aciagas, y 
entre otras, que se hubiesie dieolarado un 
incendio; por lo que se levantó ¡lo más 
(le prisa que pudo, y guiada por la den- 
sidad diel mismo humo, pudb llegar hasta 
el corraí y presenciar el extraño espec- 
táculo de la quema dirigida por su es- 
poiso. 

— ¿Qué es eso, Joaquín? preguntó á 
éste al verle entregado. á su faeiía. ¿Qué 
estás haciendo? ." ! 

— Quemo mis naves, repuso con fiereza 
el interpelado. 

— ¿Q^ié naves son esas? volvió á pre- 
guntar la esposa sin comprender nada to- 
davía. 1 •; > 

■ — jM.is papeles dte música, repuso se 
caniente Sandovai. 

— ^¡ Tus papeles de música ! clamó des- 
pavorida la joven. ¡Tus papeks ! ¡Tus pa- 
peles ! ¡ Tus papeles ! Eso no puede ser. 



'^í^' 



■>: 695 ■-■'. '¥■': 

— Sí, repuso Joaquín; estoy d'estruyeii- 
áo las ejecutorias d^e mi locura. Quiero 
¿anar de la enajenaición mental que taaítos 
años he padleddo, para no volvfer á sufnr- 
la jaTnás. 

— ¿ Pero ihas perdido la conciencia de bu 
deber? repuso Berta tan aicongojada co- 
mo si hut>iese visto en el fuego á sus pro- 
pios hijos. ¡ Es insensato, cruel y malo lo 
qufe esitás ihaciaido! ¡Detente, por Dios, 
detente! 

Y acercándose á la hoguera, procuró 
apag-arla con los pies y con las ma;nos, á 
riesgo de abrasarse y perecer; y hurgan- 
do en lais calientes cenizas, 'hizo lo posi- 
ble por salvar aquellos preciadlots tesoro.s 
de la inspiración de su amado. Desgracia- 
daánente llegaba tarde, pues la obra de 
destrucción estaba concluida, y de todos 
aqueflllos cantos juveniles y enitusiastas, 
sólo quedaba un montón die negros é in- 
formes 'restos, que se quebraban y vola- 
tilizaban á la presión de los dfedos. 

— ^¿Por qué has hecho e&to, Joaquín*' 
clamó consternada volviendo á él los ojos 
llorosos. ¿Por qué no me dijiste lo que 
ibas á haoer? 

— ^Temí ser débil si te lo consultaba, re- 
puso Joaquín humildemente ; y mi reso- 
lución era iirrevocable. • 

— 'Es el primer disgusto que me das ; 
pero es muy grave, y nuinca te lo he de 
perdonar, sollozó Berta. ¡ Destruir tus 



f 



696 - ;■ '. . ^ ; 

propáas obras, tus camtos h€irmo'S'isimos, 
tus admirables composiciones, todo eso 
quiC yo quería y adimiraba tanto ! Ingrato, 
me has herido en lo más prohwidb del co- 
razón. 

Y echándose á llorar amargamiente, con- 
tinuó buscando algo que hubiese podido 
salivarse entre la>s cenizas, como si en el 
sieino de aquelía jKjlvoTiientta negrura es- 
perase hallar oro' y piedras preciosas ; pe- 
ro' todo fué iniútiil, ipues no q-uedaba nada 
de :1a obra de Sandovall, todo se había per- 
dido para siempre. 

— 'Por fortuna, murmuró gim.iendo, 
conservo en el armario las canciones que 
me compusiste antes de nai estro maitrimo- 
^ nio. ¡ Siquiera esas piezas han e&caipado á 
tu crueldad! 



■m. 



■.;*.■- 






■■'Xb- 



M:) Le temblaba la barbilla de un modo 

lastimero, y su pequeña boca roja y con- 
\aillsa, se contraía con espasimo' de sollo- 
zos. Joaquín, vuelto en sí, se arrepintió 
caisi (le lo hecho al ver eíl hondo y amar- 
go dolor de su esposa querida, y apoderán- 
dose tiernamente de suis manos, se 'las besó 
coíi traitsporte. 

— ^í*erdóname, le suplicó ; la tristeza y la 
deseperación me han vuelto loco. He su- 
fridlo tanto estos días, que casi no sé 
Ib qfie me !ha,go. Siento lo que acabo de 
hacer, no por mí ciertamente, 'sinO' por tí, 
Berta mia. Comprendo que mis ambicio- 
nes no son ni han sido más que un deli- 



rio vano ; que no se abre porvenir alguno 
delante de mis i>aso's ; y que no d^ebo con- 
tinuar fomentando las ridiculas extrava- 
gancias, incoim'paitibks con niuiestra pobre- 
za, que lian desíviado de su camino racioíiaJ 
mi atención y mis fuerzas por tan largfo 
tiempo. Xo quiero más fantasías, musara- 
ñas ni empresas pueriles ; sino trabajo na- 
tural y lógico, pro{>io de este medio, de 
nuestro pobre y triste medio, y de los in- 
gratísimos tiempos en que vivimas. Aspiro 
sólo á ganarme la /ida y á pasarla como 
todos, vulgar y oscuramente, pero sosega- 
do y en armonía con todo lo que me ro- 
dea. 

— iXÍ) eres agrade ci'do con Dios, repusio 
lierta iiKonsolable. Recibiste de El do-nes 
preciosos, extraordinairios, ¿y con eso le 
pagas? . •■ 

— Lo que dices ha sido mi perdición, 
repulso SandO'val con acenito rencoroso. 
Estoy harto de ilusiones y fftntaisimagorías 
irrisorias. ¿ No ves por qué camino tan erra- 
do me- han llevado hasta aiquí todas esas 'lo- 
curáis? ¿Qué veintaja he sacado de mi en- 
simismamiento, de mi abstracción, de mi 
sonaimbulJstmo de mús-ico y soñadoir. en 
es-ta ciudad que no da importancia algunia 
á mis pretendidas excelerkcias ? ¿ A dónde 
iría á parar, si continuase maircbaindo por 
e,se camino falaz, fuera de la reailidíad de 
la vida y como suspenso en los espacios 



imasfinanos ? 



'W 



t:4: 



698 

— Aun así, replicó Berta, ¿qué necesi- 
dad tenias de desitruír tus composkioines ? 
Lais huibiéramos cotnservatío como un re- 
cuerdo de nuestra juventud' y de nues- 
tros amores. 

— Esos papéJes, continuó Sandovaí, ha- 
brían envejecido en nttesitros armarios, 
se habrían tornado amari'lloís con el tras- 
curso del tiempo, habrían sido pasto de 
la polilla, y su vista hubiera ^sido para mí 
un torcedor linsopoirtabk, porque me ha- 
bría recordado mis errores y mis d'erro- 
tais. 

Siguieron á esas, otras razones entre 
los dos jóvenies, acusatorias las unas, ex- 
l>lioativas las otras, y todas vehementes, 
cariñosas y nacMas del' corarón. Berta no 
ciuería peirdonar el pecado conietid'o por 
Joaquín; pero éste insistió y ro'gó tanto 
(como delincuente que pide gracia á los 
pies de su reina y señora), que acabó ixür 
obtener lo qfiie tanto desieaba y podía, y 
no S16I0 eso', sino tambi'én ailgunas caricias 
de reconciliación, que Barita Moroisa y en- 
ternecida, le otorgó al fin, con la más 
graciosa y cordial efusión de su alima. 

Cuando se firmaron las paces, era ya 
de madrugada., y anidaba en^ pie y entre- 
gada' á 'su's fae?nas habituales la reducida 
servidliimbre de la casa. Entonces pensaron 
los jóvenies en to^mar algún alimento ; y des- 
pués que la colación hubo concluido, salió 
Joaquín, á pesar de la lluvia y del viento frío 



*. 



que no cesaba de soplar, paira ver lo que 
arregilaba y disponía para la reatlizaciy5n 
del nuievo' plan de operad onies que se 
ha'bía trazado; y ocupado en diversos asuai- 
tos y combinación e's, iio' cesó de coirretear 
tolda íá mañana, al través de las cailles de 
Fópoli, convertidas en. arroyois y lodazales. 
Cuando volvió á casa á la hora de comer, 
dio cuenta á Berta de cuanto había hedh'o. 

— 'He caminado, dijo, con. mejor suerte 
dle lo que esperaba. 

— ¡Benidrto sea Dios! repuso Benta ; di- 
me lo que has hecho». 

— Voy á oonttártelo todo punto, por pun- 
to. Como tenig"© el propósito de conver- 
tirme en hombre práctico y nada más que 
práotico', he apelado á cuantos medios 
pueden coiiducirme á ese fin. En nuestra 
ciudad, bien lo ¿abes, no es posible ganar 
el sustento con el ejercicio libre de la 
m'úsica!; se necesita para medio, vivir, bus- 
car colocaciones seguras, aamque sean 
humildes y dejen poco. 

— lAsí es, repuso Berta ; pero dime, 
¿piensas dedicarte á alguna otra cosa que 
noi sea el arte ? • ' 

— ^No, repuso Joaquín, porque no sé 
hacer más que eso. Lo que pasa es que 
deseo no estar sujeto á las eventualida- 
des de lo continigente. Tenía pláticas en- 
tabJadáis ya con el Cabildo de la Cátedra:! 
y con el Obispo, y hoy llegaron nuestros 
preliminares á isu resiultado final. Voy á 









•<v'J^ 






•-:í?'-^ 









700 ' Á :-;}'■ 

ser organista 'de la iglesia metropolitana 
con cincuenta pesos meniSiiiales de retri- 
Ijivción ; cantor, con veinticinco y maestro 
dfe soilfeo de ios imonaguillos, con otros 
veiaiti cinco. Total : cien pesos. 

— Mucho trabajo y poca recompensa, 
repuso la joven; vas á matarte.... No 
hay necesidad de tanto esfuerzo; yo tam- 
bién doy lecbiomes de canto, y algO' me 
gano ; así es que bien pufeides prescindir 
cíe alguna de esas labores. 

— 'He ajcjuí precisamente io- que me pro- 
pongo evitar, replicó Joaiquín ; 110 quiero 
que trabajes ya, ni que vuelvas á expo- 
merte á molestias ni desaires. De aquí en 
adelante, vivirás sólo para mí y para 
nuestra familia, si Dios nos 'la concede. 
Trabajaré cuanto pueda, pero nada más 
yo; traeré á casa cuanto Dios quiera dar- 
me, y A^'ivirémos como podamos, pero co>n 
el sudor de mi rostro solo, y nó con el del 
tuyo y el mío. Serás la soberana del 'hogar, 
■mi ángel de la guarda y la felicidad de mi 
corazón ; pero tu poder quedará circunscri- 
to á las paredes de la ca.sa, donde reina- 
rais con imperio absoluto, como reina el 
sol en los cielos. - ■ • " I '^ 

— 'No es justo, repuso Berta gravemen- 
te; somos pobres y ambos debemos tra- 
bajar. 

— 'De ningún modo, insistió Joaquín re- 
sueltamente. Aunque los sueldos <jue voy 
á ganar sean pequeños, como tienen la 



■.*^- 



■Jí.. 

• i:: 



701 V 

ventaja de ser constantes y puntualmente 
])aga'dos, podrán servirnos de muy bue- 
na; ibase para la vida. Con eso, com las 
leccionies que doy y con las entradas ex- 
tnao-rdinarias que puedan venirme de 
conciertos, óperas y oailes. pues no he de 
hacer astos á ning-ún trabajo, la pasare- 
mos pobremente, pero con independencia y 
sin que nadie nos hiera ni lastime. Sere- 
mos económicos, procuraremos forniar 
peso á peso algunos ahorros, y, si Dios 
es siervido. volveremos algún día á com- 
prar otro piano para fomento de nuestras 
incurables aficiones artísticas en lo es* 
trictamente privado. 

— Sí, Joaquín, tan ])ronto como poda- 
mos, y sin hacer locuras. 

— Entonces nos entregaremos á nues- 
tras propias tendemcias. Tú cantarás para 
mí y yo tocaré para tí; y el leno-uaje que 
no's preste la armoinia, irá derecho á nues- 
tros corazones para embellecer nuestra 
vida. \o necesitamos más, ni po^demos ha- 
cer más c[ue eso ; pero será suficiente pa- 
ra nuestra felicidad. ¿Xo te parece? 

— Sí, repuso Berta, contigo me basta 
para &er dichosa: pero si llegamos á te- 
ner piano, será una nueva bendición. 

Continuó largo rato el cotoquio de so- 
l)remesa, con desarrollo de planes muy se- 
rios y sesudos para lo por\-enir acerca de 
una nueva existencia sencilla y laboriosa, 
de mo-destia y cariño; ya no espléndida 

'"RICUPSORES -4í 



•^i 



^m- 



'•:í-' 



702 

ni rtotaiTte en los espacios iiiiagiTiairios co- 
mo la) antiguai ; sino adherida á esite su€do, 
donde crecen tantas piaintas débiles y 
tantas )■ tantas hierbezuelas humilldes que 
S'C alegran con los raí vos del s>oil y se ier- 
gnen y ufanan con las caricias del céfi- 
ro, sin' que nadie las mire, tronche ni 
arranque de la tierra. El recado de sor 
Igiiacia llamándolos con prisa, cortó 'la 
conversación de un modo brusco, pues los 
jóvenes esperaban todo, menos eso. 

— ¡Cómo! dijo Berta trastornada. ¿Taii 
pronto? ¿ahora mismo? j 

— Sí. señora, repuso el emisario; en 
estos precisos momentos. 

— tXo puede ser, objetó Joaquín ; las co- 
sas no se liacen así. . . ; soibre todo, cuan- 
do son de tanta magnitud. Se preparan 
con tiempo y se hacen ipoco á poco. 

— Nada puedo contestar á eso, volvió 
á decir el mensajero; ilo que aseguro al 
señor es que no tardan las madrecitas 
en salir del Hospicio, y que si ustedes no 
se dan prisa, tal vez no las alcancen. 

— .Para allá vamos, volando, repuso 
líerta levantándose del asiento, pálida y 
<lescompuesta. 

Y en 'efecto, en el acto dieron traza los 
jóvenes de i:)onerse en mardha hatia el 
Hospicio. Berta tomó el chai, Joaiquín el 
sombrero y se dirigiieron ambos preciipita- 
damente á la puerta; mas habla sido el 



M 



'W 



703 " , 

golp€ tan repentino para la joven, que se 
siniti(S trastornada y enferma. 

— No sé qué me pasa, munnuró llle^ . 
\~ántdose la mano al corazón. 

— ¿ Qué tienes ? le preguntó Joaquín so- 
hcíto y ailarmado. 

— No sé, repuso Berta ; una especie de . 
mareo: todo lo veo negro, y siento el co- 
razón vuelto loco de agitación y sobre- 
salto. 

Abria 'la boca para aspirar el aire, y las 
finas' y sonrosadas ventanililas de su nariz, 
se plegaban y desplegaban á cada instantíe 
con movimientos acooigojados é insócro- 
nos. Joaquín la condujo niuevamentte á la 
alcoba, y Ja recostó en un d;iván, aguar- 
dando qne todo pasara bien pronto. Por 
momentos parecía qii€ recobraba el bien- 
es.tar; pero tornaba á sentirse desvaneci- 
da cuando se ponía en pie, y se veía obli- 
gada á tenderse de nuevo en el lecho im- 
tprovisado. Aquel trastorno era el resmlta- 
do de la situación delicada de Berta y- de 
las emociones del día. . . . Con todo, des- 
pués de largo espacio de reposo, logró po- 
nerse en estado de cainiinai', aunque des- 
psbáo y sofocándose á cada instante ; así 
emprendieron ella y él la triste marcha, 
llenos 'de sobresalto y temerosos de 'llegar 
demasiiado tarde. 

Era el oscurecer. El ipórtico del Hos- 
mcio estaba atestado de gente;; todos los 
pobres .del establecimiento se liallaban ■ 



-Ü 



704 

aglamerados ahí y en el primer patio. Una 
hileira de ca:rruajes particu'lares aguarda- 
ba al pie de la esicalinata ; carros entolda- 
dois y tira'dcxs por mudas, recogían las ma- 
letas, baúiles y mundos de las religiosas. 
Las hermanas formaban grupo pintoresco 
y visible entre la multitud, y'parecían diri- 
girsie ya á la gradería para entrar en los 
veihícüilos. Todo se volvía voces, desconcier- 
to y consternación en el seno de aquella 
abigarrada multitud. Las religiosas l'lora- 
bain sin poderlo remediar, y sus lágrimas si- 
lencioisas .caían gota á gota sobre sus blan- 
cos y almidonad oís pedhe riñes, en tanto que 
lois pobres las rodeaiban, las estrechaban y 
les salían al paso, impidiéndoles la marcha. 
Pairiecía que ellas no querían irse, y que 
ello'S no querían permitir que se fueran. En 
medio de aiquel apiñamiento y de aquella 
ensordecedora baraúnda, con dificultad 
lograron Berta y Joaiquín ll'legar ihasta 
stis amadas 'bienhechoras. 

— ¡A! fin llegan! dijo sot Ignacia con 
voz coinio de alivio aí distinguirlos. ¿Por 
(|ué vienen tan tarde? Temíamos no vol- 
ver a verlos. 

— Me puse mala, repuso Berta, y no 
m.e e;ra posible caminar : he llegado con 
mucho trabajo. 

— «Nos estamos marchando, dijo sor 
Marcelina; nuestroi sailudo será al mis- 
mo tiempo nuesitra despedida. 

' — ¿ A dónde van ? preguntó Joaquín ; 



no pueden ya ¡salir hoi}- de Fápoli ; €s de- 
masiado tarde. 

— ^A una casa de ejercicios, donde per- 
maneceremos unos días, y de donde sal- 
dremos para Méjico y Europa. Este se- 
rá el último día en que veamos á nuestros 
amigos. 

— 'Las acompañaremos á donde vayan, 
si ustedes nos lo permiten,, suplicó el jo- 
ven. 

— 'No, Joaiquín, repuso la superiora, va- 
le imás (jue no, ¿á qué prolonigar nuestro 
martirio? Albora nos diremos adiós de un 
modo definitivo'. "^ :® í ' V o; 

— ¡Ay, madre! exclamó Berta rom- 
piendo á .Morar con amargo dotlor. ¡ Ay 
madre, madre mía! ¡Ay, madres, madres 
mías, mis únicas madres soibre la tierra, 
puesi no he conocido otras ! ¿Cómo es 'po- 
sibte que las pierda para siempre? ¿Cómo 
es posible' que no volvamos á vernos nun- 
ca? 

Joaquín se oprimió las sLenes con las 
mano»s nerviosamente; todo se le figuraba 
un sueño, una pesadilla horriible. 

— Así lo' dispone Dios, contestó sor 
Águeda, volviendo lois ojos al cielo. 

— iPero^iaty quie tenier fe en su bondad, 
prosiguió sor Ignacia procurando mo's- 
trairse íuerte, aimque estaba á punto de 
romper en sollozos. Cuanto El dispone es 
buieno, y para nuestro bien. .' 

— ^Y no debemos desconifiar de su mise- 



■ .-■'*■_ 



•v' 



4k 706 

ricordia, continuó sor Marcelina con ex- 
traña graivedad pintaida eii el rostro, 

— ^Con todo, repitió sor Igiiacia ; «lia- 
gámonos la ouenita de que este aidiós 

ej últiimo Nos volveremos á ver en 

el cielo, si lo ganamos. 

Al oír la repetición óe aquel'las pala- 
bras, "adiós último," acongojóse Berta 
más, mu'cho más que nunca ; echóse á flo- 
rar á lágrima viva, sollozó y gimió con es- 
trépito, iy sus laimen.tog fueron tales, ¡que 
llegaron á convertirse en clamor fuerte y 
grito herido, que doiminó á todos los 
otros, y acabó por aíairmar á las religiosas 
y á todos los oircunstaaites. 

— iBerta, Berta, murmuró Sandovail afli- 
gido al -verla y oírla. ¿ Qué tienies ? ¿ Qué 
te pasa? ¡Cálmate, por Dios! ¡Te 3¡o rue- 
go por lo que más quierais ! I ' : 

Las relitgiosas procuraban también tran- 
quilizarila acariciándola y dirigiéndole pa- 
labras cariñosas ; pero, en vez de lograr 
calmar sus nervios, parecían dar níuevo 
pá'bulo á su dolor con sus mismos cuida- 
dos, pues eí llanto de la joven degeneró 
protnto en acceso convulsivo, acompañado 
de espaislmos y sofocación. No era la pena 
sola la que causaba aquella ofisis, pues 
SU' aflicción iba imida á su estado enfermi- 
zo, el cuail no le permita tener serenidad 
para nada, y la hacía vibrar de im modo 
doloroso con cualquier emoción por pe- 
queña que fuese, como el cordaje de un. 



7^ ■ ■:■ 

arpa rozado por el viento.. Su naturadeza 
impresionable, afectada por tantas perias 
colmo había sufrido los últimos días, fla- 
qiueaba ya y se negaba á seguir funcio- 
nando' con regularidad. La cruel penuria 
• sufrida, la transformación de su antigua 
existencia en O'tra nueva y desconocida," 
los extraños planes de Joaquín para lo 
posnvemir, la aíusiencia de don Teodomiro. 
y, finaílneníte, la partida inesiperada de 
las berananas, habían predisipuiesto su sis- 
tema deMcaido y neitrótico á aquella ex- 
plosión de histerismo. No había podido 
resíSítir tantas y tan duras pruebas como 
habían ido lloviendo sobre ella en corto 
tiemipo, sin .caer al fin agobiada por el do- 
lor. Para que no empeorase su estado, 
fué preciso apartarfla de aquel cuadro de 
llaTito y congoja, y conducirla al recibi- 
dor, que esitaba desierto por fortuna en 
esos momentos. Llevóla en brazos Joa- 
quíií como si fuese un niño, la tendió en 
el espacioso sotfá d'e la testera, cerró puer- 
tas y ventanas para que no Heigasten á ella - 
víslnan-bres y ruidos exteriolres, y ttnien- 
tras venía d' médico que mandó llamar, 
la auxilió lo mejor que pudo, desabro- 
chándole el corpino para que respirase 
con libertad, frotándole los brazos y ha- 
ciéndole aspirar un frasquito de sa'les 
que llevaba prevenido. Y arrodiUado jun- _ 
to á ella com sin igual cariño', le decía por 
lo bajo, :inuiy dulcemente : 



•>■: 



7óS 

— ^Tranquilízate, Berta' mía, no te en- 
tregiues de esa martera á la pema. ¿ No ves 
que >me matas? 

— 'Peiro, decía ella con voz entrecorta- 
da por los sollozos, ¿noi ves cómo se van? 
¿No ves cómo nos dejan? 

— ^Es verdad, repuso Joaquín. Es muiy 
doloroso; pero no por eso debes matar- 
te ni matarme. 

— ¿Pero qué vamos á hacer sin edla;s? 

Joaquín sintió en el corazón aguidia- 
mente la amarg-ura de aquella pregunita, 
y casi se le saltaron las lágrimas' de los 
ojos, pues, en efecto, no saibía qué iba á 
ser de él y de su esposa sin aquel apo- 
yo, sin'^aqu'el cariño, sin aquella providen- 
cia; pero, sobreponiéndose á su propia 
eimoición, contestó con voz aparentemente 
sosieigada : '■,:;. 

— ¿Sabes lo que vamos á hacer? A que- 
rernos mucho; ahora más que nuíi'ca, 
porque vamos á quedanios solos. Hasta 
a)q,uí hemos tenido' varios cariños; de hoy- 
en adelanite no tendremos más que uno. . . . 
Además, stgr&gó hablando muy bajo, de- 
bes cuHdarte y ahonrar tus fuerzas, porque 
son preciosas, pues no vives ya para tí 
sola, sino también para ese otro s^ que 
vienie camino del cielo á alegirar nuestra 
morada. Repórtate, pues; té lo suplico 
por k) más sagrado: por mí, por pi hijo, 
por nuestro cariño. ' ' ' "^ " 

Berta, en' medio d-el vértigo de sflil' es- 



■v 



• 709 í 

pasmo, oyó aquellas pala/bras con aten- 
ción concenitirada, y penetró ¡bien su senti- 
do. A'brió los bermoisois ojos rodeados de 
profundas ojeras, y los claivó cariñosa- 
m^enite en los de su amado. Luego siguió 
IToorando, pero más dul'cemenite, sin ed so- 
bresalto y la agonía de antes ; y aqu€il llo- 
ro de nuevo género que rodaba por sus 
mejilias, en lugar de enfermarla, parecía 
aliviar &u congoja ; has'ta quie acabo por 
rodear con entrambos brazois el cuello de 
Joalquín, y por murmurar á su oído tcom 
voz blanda v armoniosa: 

— 'Soy una loca ; tienes razón'. Perdó- 
naime .... No hubiera debido entregarme 
á esitos extremos ; pero no' he podido 
contenerme, porque es cosa de mi estado. 
Hasta yo misma me desconozco. ¡ Pero 
lo quie nos pasa es cosa horrible ! ¡ Vamo? 
á perder á nuestras madres: ! 

La evocación de este recuerdo trajo con- 
sigo -él amaigo de un nuevo acceso nervio- 
so y de otros gemidos conivulsiivos ; pero 
Sandoval logró callknarla con tiernas cari- 
cias y palabras afectuosas. - >; 

— Berta, Berta, repetía. ¿ Noi m>e qiuie- 
res ya ? (No seas tonta ; no debes pensar 
en eso, (ponqué te hace daño. Piensa en 
mí y en tu hijo; ten fe en Dios'. T« lo. 
ruego, ténme Estima. ¿Quieres que te lo 
pida de ródilíasi?. ... 

■. - . *, .-ai* 

Eflitretanto, ed cuadro patético át la 



• .;' .1 



^^V 



->á^ 



710 

despedida) había seguido desarroillándose 
en el pórtico. Virginia y José abrazaban 
lina á una á las hermanas, s.olloizando. y 
transidos de d-oloír; y doña Dorotea, más 
encoirvada que ntmca, como si hubiesen 
pasado veinte años por ella, llora'ba con 
llainto contenido y desconsolado. 

— '¿Qué va á ser de mi? decía á las re- 
Iig;iosas. iDesde que me quedé pobre y 
desamtparada, he halladoi en ustedes cari- 
dad' y afecto, y he pasado estos años de 
mi vida casi olvidada de mis penas ; pero 
aihora que se van, ¿quién me consolatrá? 
¿Quién) tendrá caridad de mí? Mejor se- 
ría que Dios me l'laimara á su seno. 

El mísero notario don Sabas tembla- 
ba como azogado, ihalblaba oon trabajo y 
entre sollozos, y tendiendo las manos ha- 
cia lias hermanas, las interrogaba dicién- 
dole»: 

— ^¿Para qué sirvo ni para qué soy? 
Tenigo hijos; pero es como si no los tu- 
viera. Los eché al mimdo, eduqué y for- 
mé ; pero se ollividaní de mí y me dejaíi' vi- 
vir de la caridad' pública. ¿Por qué no 
vienen por mí ahora? ¿Por qué me con- 
denan á este martirio? 

El gigantesco don Lino, apoyado en su 
muleta, oblkuo el cuerpvo para no caicr, 
y raspando el sueloi con la punta del des- 
mayado pie iziquierdo, no lograba Hegar 
hasta las hermanas; perO' las veía desde 
leijos, y piTOcuraba expresarles su emo- 



X^: 



7" ■ " ■■■^^■;; 

ción y su dolor con exagerados visajes y 
contorsiones. A fuerza de gruñidos y sa- ^ 
cucHdas de cabeza logró al fin atraer su V 
atención, y con ojos humedecidos por Jas 
lágrimas, les dijo mil cosas entemeoedoras. 
El sondo y ronco hervor que le salía de la- ■ 
garganta, daba testimonio del estado de 
agitación en que se hallaba. Lanzó largos • 
res o|)iI idos, alzando el pecho como si fue- 
se enorme fuelle, y, al cabo de tanta fa- 
tiga, rompió á llorar con voz estentórea de 
toro herido. 

Atenójeaes el idrota, se coló por entre 
el genitío liasta cerca de sor Ignacia. Era 
ya un hombre ; habíale brotado en las 
mejillas barba rala y cerdosa; pero la ex- 
presión de su fisonomía a'sámétrica, era \ 
siempre la misma: to:rpe, infantil y casi - 
])esíjal. ¿iComprendía lo que pasaba? Di- • 
iicil hubiera sido decirlo. En todo caso, 
¡a consternación general le hería el cora- 
zón como por contaigio, y él también su- 
fría. Se acercó á la suiperiora con toijpe 
ademán de niño viejo: niño tanto más la- 
mentable, cuanto <jue te, eíCpresián de sus 
coníusas penas hacía más pronunciada y 
repelante su deformidad. Sor Ignacia se 
enterneció á la vista die aiquél monstruo 
acongojado. : 

— i Pobre Atenógenes ! murmuró •enju- 
gtanido una, lágrima que le temblaba en 
las pestañáis. 

Bí idiota se apoderó de unía de las 



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*' 






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■A 



712 

manos de la superiora, y clavando en les 
ajos de ésta una mirada de súplica inde- 
finibk, gritaiba con voz que pairecia balida 
de manso cordero: 



— ^¡ Mamá ! . . . ¡ Mamá ! 



Mamá ! . . 



La des'garrodora escena se pj-olonigaba 
demasiado, sin más resultado que el de 
haicer interminable la congoja de aquellos 
instanites. Las religiosais, sintiendo la ne- 
cesidad de ponerle término en obsietquio 
de todos, apresuraron eil desenilace; así 
que sor Ignacia dio la señal de mardha, 
y el grupo- de las ihermanas se movió 
hacia la escalinata, venciendo toda dase 
de obstácuilos V produciendo lentre) los 
hospicianos una ©moción indescriptible. 
Una voz íntima y secreta decía á ésitos 
qiue iban á perder para siempre con la 
partida die lais hermanas, una gran pro- 
tección, irreemplazable y preciosa ; que no' 
conitarían en adelante con la aibnegación 
heróica de quienes se consagraban á la 
caridad por amor á Dios y á ellos; que 
no vol'verían á ver por los departamenitos 
las consoladoras y queridas blancas cor- 
netas y hábitos azules de ías hijas de San 
Vicente de Paul, semejantes á alas de se- 
rafines y girones de cielo, cuya sola pre- 
sencia alebraba sus mustios y tristes co- 
raziowes; quie no escucharían ya blandas 
frases de ailiento y esperanza brotada® de 
laibios virginales y puros, ni exhartacro- 
nies bajadas de lo alto, y confortantes 00- 



; 713 

mo el cáliz áeil Huerto de Jetzemaní, ni 
plegarias como' hosannas que arrebataísen 
su espíritu ihasta el trono mismo del A1- 
tísimo. Lbanse para no volver sus fieles 
compañerasi, sus aimg-as cariñosa'S, sus 
bienihetíhoras inifatig-ables y santas ; y 
ellos, los desaimparadois, los llorosos, los 
pobres de fortuna y de espíritu, iban á 
quedar más trís¡tes, poibres y míseros que 
nunca, en medio de la soledad' del alma 
y del corazón. ¿Por qué no se había do- 
lido de ellos el desconocido poder que 
les an^ebataiba su único y dulce consuelo 
en este mundo? ¿Qué habíam hecho ellos, 
ruines y desventuradas •criaturas, para 
excitar en siu comtra aquella inmensa é 
imiplacable cólera, y atraer sombre su caíbe- 
za castig-o tan espantoso? No; aquel gol- 
pe no iba dirigido contra las hermanas, 
sino contra ellos solos ; contra ellos, que 
no dislponían de esicudo para defenderse, 
ni die armas para combatir; contra ellos, 
que. nO' tenían más que postración y mi- 
seria, sinfrimientcs y láigrimas. ¡Su misma 
debilidad y desdi'dha hubieran debido ha- 
cerlos sagrados é intangibles para los po- 
derosos ! Se les partía el corazón pensan- 
do' atropellada y osicuramente todas esas 
cotsas. y de sus labios ansiosos y geme- 
buntdos brótaiban iqitejas >" palalbras in- 
coherentes. "¿Por qué?" "¿Por qué?" se 
d.ecían; y no cesaban de preguntarse 
siempre lo' misimo. Y sus iníéligencias en- 



J ir 



714 ' ■ 

'tenebreicidas por 'la ignoiraocia y angus- 
tiadas por el sufrimiento, no hallaban res- 
pu!es.ta lal «s^antoiso problema quie S€ er- 
guía ante sus ojos. Por instinto, y ¡ha- 
ciendo uso, á su manera, del deredho de 
defenderse, lanzáronse como movidos tior 
tm resointe hacia adelante de las iherma- 
nas, y, dispersóaidoise por la extensa gra- 
dería de la fachada, sin hacer aprecio del 
viento ni de la ÚiUivia que les azotalba eJ 
rostro y empapaba sus rclpais, procuraban 
rod'eadas y estreiciiarlas para no permitir- 
les ailejarse ni dejarlos lentregados á mía 
nueva orfandad'. Y gritaiban en tono la- 
mentable: 

— ¡ No, madres, no se vaiyan, no nos de- 
jen/! ¡No se irán; no Tas dejaremos ir! 

Ei día estaba próximo á expirar. El dé- 
bil y mortecimo crepúsculo de aquella tar- 
de lluviosa, luchaba penosamente en el 
ocaso con las sombras que comenzaiban 
á invadir Ja ciudad por el lado del orien- 
te. Aquella claridad vacilante mezclada de 
tinieblas, daba al dramático cuadro tonos 
luiminosos y oscuros de misterioso con- 
traste, semejantes á pinceladas magistra- 
les de Rembrandt ; y aJqiuiellla multitud aifli- 
gida, dispersa de alto abajo de la artística 
gradería, seimejaba una legión confusa de 
sombras, moviéndose y retorciéndose n>e- 
dio disuelta em los limbos semirreales de 
un sueño fatigoso y cruel. Las hermanas 
en tanto, lívidas v tcadávéricas, no tentam 



715 

vdkmtad de marcharse, porque ahí sen- 
tían arraigado su corazón como las eai- 
cimas ein el bosique ; pero comprendían que 
aquella desgracia común era irremediable, 
y qu€ delbíain marcharse sin aguardar ma- 
yor tieimtpo. Peiro ¡ á costa de cuánto pesar 
y cuántas lágrimas! 

— LAlpártenise, hijos míos, murmuiraron 
con voz desfallecida, separando á los po- 
bres suavemente con las manos. Nos va- 
mos contra nuiestra voluntad, Dios bien lo 
sajbe ; pero tenemos que obedecer las ór- 
der^es del Gobierno. Si no lo 'hiciéremos 
así, lo haríaimos obligadas por la fuerza. 
¿Quieren ustedes que vengan los tsolda- 
dos y nos arrojen de aquí con violencia 
é ignominiai? 

— 'No, eso' no, contestaron los pobres 
asustados al pensar que podrían s'er cau- 
sa de aquel atropetlllo. 

Y subyugados ya' y oibedeclendo á tan 
blandas insin/uaciones, no'ludharon más, 
sino se separaron formando estrecho ca- 
mino para facilitar él éxodo doloroso de 
sus bienhedhoiras, en tanto que por todas 
partes resonaban gritos y exolamacionies 
de desesperación y de amargura. 

— '¡Adiós, madres!, decían. : ; 

— ^j Adiós hermanas ! 

— j Que EWos Jas bendiga ! ¡ Que Dios 
las ddienda! ¡Que les vaya bien en todo! 

Tales era» las voces que salían de aique- 
lla masa compacta de mendigos, ancianos. 



/ 









1: 






■->'>.v 






7ié 

pairailiti'cos y huérfanos, de aquel corO' de 
deavaiHdos arrojados por 'Ja desg'racia en 
las iplaiyas ho'sí)italairia'S de la caridad, y 
cri'Stpados alhoira ipor los esipaismos de un 
dolo'r imdescriiptible. Por última vez ile- 
^aiban en coofuso tropel hasta las ma- 
dres, sus madres de verdad por la caridad 
y por él amor, y cogiéndoles las manos-, 
se las llevalban al corazón y á los labios 
y las bañaban con sius calientes lágrimas ; 
ó cu anido no podían más, asían la orla de 
sns 'liáibitos y Ja besaban con respeto y 
venieración. Así lliegaron 'las hermanas 
hasta lo más bajo' de la gradería, donde 
se detuvieron unos instantes para ver á 
S.US píobres por la' vez última. La supe- 
riora entonces, hablando en nombre de 
todas, les dijo con acento entrecortaido 
por la emoción: 

— ¡ Adiós, bijitO's míos ! ¡ Que Dios lo's 
acompañe ! \ Numca los olvidaremos ! ¡ Us- 
tedes tamipoco nios olviden ! 

— ¡Eso nunca, nunca! prdtestó el gru- 
po gimiendo. 

— i Ruelguen por nosotras constante- 
. mentte ! imploró sior Ignacia con ihumildad. 

— lAsí lo harémo's, auniquie malos ; pero 
también ustedes rueguen siemipre por 
nosotros. 

— i,No los olvidaremos ni un. momento 
ei> nuestras oraciones : los llevamos en 
el corazón. 

Para conicluír. etíhó mano sor Iginacia 



del pequeño Crucifijo de bronce que lle- 
vaba pendiente del cuello, y elevándolo 
con la diestra sobre su cabeza, los bendije 
diciendo : 

— ¡ Sean ustedes l)cnditos en el nombre 
tlel Padre, del Hijo y del Esipíritu Santo! 

Va\ seguida entraron las religiosas en I06 
Toches que las aguardaban, y los .vehículos 
fueron desfilando tristemente uno tras otro 
bajo el menudo \v silencioso llanto del cie- 
lo, hasta que comenzaron á perderse á dis- 
tanda en la sombra de la noche ; mas en 
el pórtico siguió resonando por largo 
tiempo el alarido del gentío desolado, el 
impotente y angustiado clamor de la mu- 
chedumbre huérfana y transida de deses- 
peración ; en tanto que sobre aiquel coro 
de voces inarmónicas y desgarradoras, se 
elevaban el hipo alto y congojosp del he- 
niiplégico don Lino y el grito lamentab'k 
del deforme Atenógenes. Él idiota no ce- 
saba de clamar : 

— ¡ Mamá ! . . . !Mamá ! . . . ¡ Mamiá ! . . . . 
como un eco de la universal y dolorosa 
orfandad en que quedaba la multitud. 

Cuando volvieron los pobres á entrar 
en el Hospicio, acogiéndose á la sombra 
del régimen filantrópico que se inauigwra- 
ba para ellos, sintieron que, al cerrarse la 
puerta del establecimiento, se cerraiba 
también para sus almas h era de la ca- 
. ridad v del amor. 

FIN. ''' 

PRiCURSORS»— 46 

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1. ■ ,-.. 



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10 


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de 


23 


21 contesté 


contestó . i 


M 


27 así, 


sí, - 


67 


1 la 


'las 


67 


22 México 


Méjico 


67 


29 México 


Méjico 


68 


22 México 


Méjico 


71 


5 coma 


como 


73 


29 er = 


1er • /fo' "/• 


73 


80 > - 


Á ' .■■, .^r-.:". 


74 


7 má ' '■'i'^. 


más 


80 


4 palma 


paltEfo 


80 


30 de otros 


de los otros 


86 


12 pregunta 


preguntar 


86 


24 bienechores 


bienhechores 


121 


1 podrá 


podrán 


mt' 


17 y el sable 


ó echar al hom- 
bro el fusil 


134 


1 México 


Méjico 


137 


33 refirieron 


eñrieron 


143 


32 peftsar, dar 


pensar, y dar 




- * ■ ' ■ '. 






• . ' ■. . 






.'' . ' ' .. .-',■' '^ 







■ ' • • ' -L A 




- 




- 720 




■-tii:>:;.: 


Pág. 


lAn. , Dice 


Debe decir 




156 


18* melagómano 


megalómano 


159 


11 naturalmente 


naturalmente ; 


178 


26 físonómicas 


ñsionómicas 


189 


28 la 


haciéndose la 


198 


23 almáciga 


almacigo 




222 


10 razgos 


rasgos 


« 


242 


11 itnpalpables alas 


invisibles 


alas 


288 


1 IV 


VII 




310 


12 le instruyesen 


la instruy 


esen 


310 


14 gira 


jira 




341 


28 afirmara 


afirmar 




343 


19 comenló 


comendó 




356 6 


á Id de gente bien ar- 


de gente bien ar- 




mada y capaz de 


mada y capaz de 




tenerse — taba 


tenérselas tie- 




su oonjunto im- 


sas con los a- 




propio por su 


mantes de lo a- 




mismo— sel as 


jeno, ó 


bien, el 




tiesas- con los 


aspect 


des- 




amantes de lo 


arrapado que 




ajeno — ó bien el 


presenta b a su 




aspecto desarrai 


conjunto 


, ímpro 




pado que pre- 


pió por 


su mis- 




sen — ruindad, á 


m a rui 


ndad á 




despertar la co- 


desperta 


r la co- 




dícicia del mis- 


dicia del 


mismí- 




mo 


simo 




371 


16 descontento mur- 


desconté 


nt y 




muraba 


murmuraba 


371 


32 ó orquesta 


ú orquest 


a 


373 


23 como 


por 




375 


12 delgadas tendi- 


delgadas 


y ten- 




das 


didas 




379 


14 tenunceo 


renunceo 




379 


20 que los 


que á los 




380 


25 agua bajo 


a^ua baja 


i 



721 



Pá)í. 



Líu. 



Dioe 



Uelift decir. 



398 

102 

406 

448 

450- 

452 

462 

504 

505 

508 

511 

519 

522 

524 

526 

553 

539 



576 
590 
598 
598 
599 
603 
611 
613 
622 
656 
657 
658 



23 levantando 
31 nosotros 
31 io 
10 platos, trastes 

4 Sabás 
30 misma 

23 impulso - • ■ 
9 mostraban 
8 01 

5 México - 

19 sin 

10 odres f }: 
18 puede 

20 violmes 
15 casacada 
10 o 

15 .-■■.■ .. ■■•'.-■ 



22 preocuciones 

23 operista 
5 prosiguió 

31 desitro 

15 listas 
26 su 

12 destoresco 
10 efectos 
23 México 
28 aclcárea 
28 Buicilío 
5 muerte de la se- 
ñora 

16 dinero 






levantado 

nosotras 

los 

trastes 

ISabas 

mismo 

empuje 

mostraba 

Al 

Méjico :^í 

con fv 

dores 

puedo ^' 

violines 

cascada 

lo 

VI. Aria del deli- 
reo de Lucia^.. ■ ■ 
Donizzetti 'Ber- 
ta Cabanas de 
Sabdoval y Án- 
gel Blanco. 

preocupaciones 

operistas 

continuó 

desierto 

listos ^ 4 

un ■'%■- 

toreBCO if 

afectos ^ 

Méjico 

calcárea 

suicidio 

muerte la señora 

■ 'íí'^ - - 
moneda 



:;■>.■ 



-)\^.'"^- 



722 



I'ág. 


I^iii. Dice 


Debe decir 


660 


1 entre un 


u entre una 


666 


12 habgía 


había 


684 


25 inocente r 


inocentes 


684 


18 Arregló ,. 


Peinó 


706 


4 adiós 


adiós es 


706 


30 permita 


permitía 




(■ _ •-:• 



insriDi GE 



„g^ ;. PRIMERA PARTE. 

"^- V V CRISÁLIDAS. 



'^r 






i'áíísi. 



Lo que es este* libro \'ll 

I La ciudad luminosa ...... i 

II El Aguacero. ......... 7 

III Matute. . 17 

IV. Una buena colecta 35 

V Se .rompe un velo inútil. .... 53 

VI Cómo murió Palacios •. 67 

VII Un náufrago 78 

VIII Se salva el Hospicio 97 

IX El Colegio. . . ... ..... 109 

X Tiempos aciagos. ': . ..... 124 

XI Don Teodomiro I39 

XTI La familia de Hena 17T 



.■T»*!-, 



SEGUNDA PARTE, fí> 



f^^ 



, MARIPOSAS. : -m 

• 

I LTn concierto matinal. ...... 187 

II Continuación del anterior. . . • ^^3 

III San Vicente de Paul. ...... il? . i 

IV Tiernos escaramuzas 233 ij 



IT 



ÍNDICE. 






^tr 



• ■.^■, - 
■ri- .. ■ 



V Ancianos v mendigos 253 

VI El "Stabát Mater" 271 

\ II Un tercero en discordia. . . . 288 

\'III Dimes y diretes | v 301) 

iX Después de la batalla 336 

X Rinnores y Paisajes 355 

XI Algunas metamorfosis. .... 389 

XII Primeros Preludios 414 

XIII X^uevos Preludios. . . . j , 442 

XIV A to<la orquesta 464 



PARTE TERCI':K.\. 

LA LLAMA. 



T Una buena noticia. . . . . . . 493 

il Un gran proyecto*?» 517' 



ni Antes del concierto 
I\' El Teatro Alarcón. . . 
y El piano y el violín. . . . 
VI Un desquite }■ un adiós. 
\"IT Adiós á todo : vida nueva 

Ff (]e ovrnt.'íf! :. 



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543 
571 
617 

652 
677 






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BIBLIOTECA DE AUTORES MEXICANOS 



Tomos publicados 



Obras de Oarcia Icazbalceta— Tomos I y III opl^scu- 
los varios. — III y IV Biografías. — Biografía de D. Fr* 
luandeZumárraga. — VI, VII y VIII Opúsculos varios.— 
IX Biografías. — X. Opúsculos Varios. 

Obras de Peón CONtreRas.— Tomos 1 y II. Teatro. III 
Romances. 

Obras de Vili.aseñor y Vii.lashñor.— Tomos I y II. Es 
tudios Históricos. 

Obras literarias de D. Victoriano Agüeros. — Tomo I. 

Obras de D. José López Portillo y Rojas.— Tomo 1.- 
La Parcela, noVela inédita.— Tomo \\ y III Novelas Cor- 
tas.— Torao IV. Los Precursores. 

Obras de Coüto. 1 orno 1 Opúsculos varios. 

Obras de D. J. Fern* Ramírez.— Tomo 1. Opúsculos hls 
tóricos.—Tomoll. — Adiciones á la Biblioteca de Berta- 
•/<íi;;. inéditas.— Tomo 111, Adiciones á la Biblioteca de 
Berisiáiv conclusióii y opúsculos históricos. 

Tomos IV y V, Memorias para servir á la Historia del 
Segundo Imperio Mexicano. Primera y segunda parte. 

Obras literarias de D. José de Jesús Cuevas.— Tomo I. 

Obras de D, Ignacio Manuel Altamirano.— Tomo I. 

Obras deD. Manuel E. de Gorostiza.— Teatro comple- 
to.— Cuatro tomos. 

Obras de D. Lucas Alamán— Tomos 1. II, lll y IV.— Di- 
sertaciones sobre la Historia de México. 

Obras literarias de D.Juan Baranda.— IJn tomo. 

Obras de D. Rafael Ángel oh la Peña.— Un limo. 

Obras literarias del Sr. Lie. D. Silvestre Moreno.— Un 
tomo. 

Novelas CoRTAsde Autores Mexicanos del primer ter- 
cio del Siglo XTX [Rodríguez, Galván, Pesado, Paclieco 
Nawarro, etc.] Dos tomos. 

Obras de D. Manuel Pavno, Tomo i. o Novelas cortas. 

Obras del Lic.D. Primo Feliciano V ELÁzQUEz--Of)»ísrM- 
los Historíeos. — VntovcLO. 

Obras de Roa Barcena.— Tomo I, Cuentos.— Tomos II. 



III y IV. Recuerdos de li Invasión Norte-air.ericana, 
I84h-18 8. Tomo IV.— Bloarafíaa. 

Obras da D. Femando Calderón.— Poesías y Teatro. 

Ohnisdo I). Rafiíel Uelsfado. Tomo I,Cuenio>.~II "Lo» 
pnrlentes Kloo-," Novela 

Obras <ieD. Juan Daz Covarrubias.-s-Novelas 

Obras de Florencio M del Castillo.— Novelas. 

Obras df- Don Bern.Trdo Ponce y Jont.— IFn tomo. 
ObrasdeFr. Manuel Navarrete —Un tomo. 

Obra'- del Lio. D. Alfredo Cbavero. Tomo I. 

Obras de^ I>r. D.Justo Sierra.- Tomos I. II y I íl. 

Obras del Jlo. Ignacio Pérez Salazar.— Un tomo 

Obra sdelVio Rafael Ceniceros y Villarreal. -Novelas. 

Obras de V • Mandel Ramírez Aparicio.— Tomos I y 
II. LosConv»nt08 suprimidos en México. 

Perttles de artistas, por el Lie. D. Manuel G. Revilla. 

Cuentos y Narraciones, por el Lio. D. Alfonso M. Mal 
donado. 

Obras del Rr. Dr. D. Mannel Domínguez. 
En prensa Cue"nto8 y Narraolones. Tomo II —Nobles y 
Pltbellos, de Alfonso M Maldonarto. 
Cueutos Cortos del 8r. Lie. D. Rafael Ceniceros y Villa- 
rreal. 



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$1.50 en toda la República y $2 en e)extranit.'rn- 



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presenta. De venta en la Administración y I Ibrería de 
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más librerías de la capital.- En los Estados, en lascsRas 
de ios Airentes y correspon.«;ales dc"EL TIEMPO." 



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